Seis letras

Mayo 7, 2008 by Laviga

Hay tantas dentaduras diciéndolo con mímica
que es una picardía que yo nunca recuerde la película.

La gracia consiste en hacerle sacar chispas al frío hasta llegar al incendio. Que mis dedos se entumezcan y mi rostro se descascare dando lugar a caras nuevas que no terminan nunca de desprenderse ni de nacer. Que por frotación se desmiguen y caigan de a pedazos a llenar los entredichos del teclado.
Es curioso, pero mi cuerpo parece haber nacido para esto y se acomoda fácilmente a las lepras de la gracia.

Once años, la edad de las necesidades y de la espalda en la vereda.
A los once se trata de redactar el cielo y que él nos traduzca el futuro. Simple, simple, simple. Como hablar, como tener sed y tomar agua de lluvia hasta que calme y se borre el espejismo. Redactarlo sin datos, sin lunares, sin pelo en los ojos, ni sillas, ni abandono.
Así de simple, como que no haya lunes en ninguna palabra.

La gracia. La forma de la gracia es lo que llena un vaso de agua tónica en enero. La gracia es llegar a todas partes dando vueltas perfectas como esferas de espuma a pesar del contramano de los ojos.
Cada tanto la gracia y cada tanto se aleja.
De sentir, yo la sentiría revisarme desde adentro buscándome los bordes.

Esto es realmente insostenible. Se acerca, me condena cada instante.
Las venas se arriman con la gracia a las paredes. Qué disfuncional parece la gracia cuando está cerca del aire.
Ser disfuncional no tiene nada de extraordinario (tampoco tiene por qué tenerlo). La disfunción es como ir a sesenta en una onda verde a las tres de la mañana.
Lo normal sería cortar todo lo más pequeño posible de manera que entre en una bolsa cualquiera.

A los once escribí una serie de fórmulas matemáticas (o serían químicas) sobre un mantel de hule prestado.
(si sobrevivo a esta escena, juré sobre ese mantel, (si sobrevivo) voy a dedicar mis ratos libres (todos mis ratos libres) al desahogo).

Es tan fuerte todo acá arriba que si esta vez sobrevivo, (si sobrevivo) voy a dedicarme a buscar un sistema que me dosifique los vuelos sobre la trenza que forma el río con las vías y las frenadas que di en las banquinas. Que por nada del mundo se libere la válvula o podría volverme profeta y tartamudear sobre todos y asustar a los perros que se comen entre ellos y mis huellas con las lenguas todas tendiendo hacia afuera.

El día llegó sin peldaños y tiene las ventanillas cerradas. Necesito que alguien disipe las emanaciones de tanta gente almacenada. El pasado se viene con todo y habrá que reinventarse para no tener que lamer heridas equivocadas con lenguas ajenas.

A los once, la vida se lee como el párrafo final de un libro interminable.

Tanto baldío

Abril 21, 2008 by Laviga

Como cuando yo culpo a la puerta porque existe el otro lado.

El ciclo se repite en un loop onírico que ya no me necesita. La persiana, aún en mi ausencia, multiplica los soles como fauces en mi espalda.
De noche, una parte de la luna ocupa mi espacio unicelular y alumbra desde allí a la sordina de los grillos para que alguien crea que cantan bajo esa crema de jazmines.
Cuando vuelvo, suelo quebrar a varios (grillos y jazmines) con mis zapatos. Alguien (que no soy yo) sabría cómo caminar con tanto poder encima. Un poder que parece escrito para mí y que sin embargo no domino.
Yo me desaparecería cada vez que mis letras no me rompen con sus botas. A pesar del miedo horroroso, yo me desaparecería.
A veces un detalle entre dos palabras basta para que yo me sienta algo mejor por unos cuantos días.
Aproximadamente.

Mummers Play

Abril 20, 2008 by Laviga

En una historia lineal, el nudo es lo de menos. No importa lo que pasa, los límites de imponen. La avidez invade a la novedad y al desenlace y todo se vuelve pensamientos golosina ante la mirada ociosa de la peste indiferencia.

El sudor le representa su propia obra durante la hora sirvienta. Intenta una explicación sobre su frente, pero no alcanza. Ya nada puede desteñir el código de rimel grabado en sus párpados. Causa y efecto. Durante esa hora, sus minutos no respiran. Un estremecimiento sólido, como de hielo hecho serpientes, se le filtra por los hombros.
Dicen que únicamente se espera durante la hora desnuda.

El telón de fondo es un espejo solidario que le absorbe las sombras, el lado oscuro proyectado por ese cuerpo deshuesado que jinetea el escenario; su deber: devorar lo que quede del aplauso.
El actor, en escena, es todo lo que no es el elogio. Cuentas claras: lo único necesario para sostener el equilibrio entre escena y auditorio. Eso, y un puñado de pochoclos húmedos y amargos y pastillas para la tos, porque, eso sí, nadie quiere interrupciones molestas. Incluso el tren, cuando pase, lo hará en silencio; se zambullirá calladamente como una escalera mecánica en el suelo.
Una raíz metálica perforando el escenario encierra mucho misterio y despierta una curiosidad mezcla de infantil con mediocre que, aunque no divierte a nadie, en los intervalos distrae.

La distancia entre los dos telones roza el acto; se siente en la piel el espacio. Está en el aire. Tan sólo hay que tocarla para que comience y eso hacemos. Qué más puede pasar? Nuestras cabezas no se sumergirán en esa composición tan artificial teniendo una tela de madera tejida con sabor a pasto verdadero oficiándonos de suelo y a nuestras manos ya profesionales del aplauso y del tropiezo contra todo lo posible (aunque parezcan siempre condenadas, ellas ya aprendieron a disolver el azúcar simulándose cucharas).

Dicen que la muerte se llenó de sujetos vestidos con máscaras que no les tocan las caras. Entre ellos y el disfraz hay un viento encerrado y susurros y gritos y voces que no atraviesan ni el cartón ni la carne. Un colchón transparente. Húmedo. Tibio. Un escenario que los protege del frío para que el deambular les sea más amable.

Debería informar a la audiencia que hay un guión navegable para todos y que debajo del asiento encontrarán los diálogos, las navajas, los tazones y la miel.
Cuando amanezca, los tazones deberán estar llenos. Hay avalanchas disponibles para quienes tengan dificultad con los contenidos.
Posteriormente iremos al mar. Todos. Cada uno llevará su taza y su cuervo. Ahí, quizás, nos sintamos menos solos que en este teatro lleno de agujeros y de aplausos, porque en ese mar amarillo, ni la libertad es una estatua ni el mundo es tan tan grande.
En ese escenario, las estrellas tomarán nota de todo lo que ven. Ellas creen en eso de la astrología y de las constelaciones, pero nosotros sabemos que nadie sabe nada de nadie.

Y ya. Que no hay mucho más que contar. Cada uno tendrá su experiencia individual y única, aunque cuando el sol nos deletree en la arena pensaremos que a éste deja vu ya también lo vivimos.
Sumamente aburrida esta obra. Nadie se ahoga, nadie se convierte en cucaracha, nadie termina de teñir el mar con la tinta de los tazones. Entonces, por qué no nos sentamos en la playa y miramos concentradísimos su marea? Miren cómo sube y baja automático el telón. Cómo se expone! Cuánto aplaude! Cómo abdica su orilla!
De eso que a nosotros no nos cuesta tanto, resignar la frontera, él obtiene una ventaja.
La estrategia del mar es brillante.

between 2007-12-03 and 9999-99-99

Abril 16, 2008 by Laviga

“pero sucede que, para algunos, las veredas de la calma tienden a agotarse en poco tiempo. Entonces, de ese plato hondo lleno de éxtasis empiezan a manar los desacuerdos.
Presagios negros como hormigas saliendo de la azucarera mejor labrada”
p.

Sabe qué? Me desconcentré. Cómo se puede usar la palabra “delicioso” en una oración que también contenga la palabra “mate”?
No sé. No pasa nada. Sólo el cordón de la cama que a veces cambia de hemisferio.
A mí me alteran estas cosas tanto como las máquinas, las letrinas y los sábados por la noche, cuando empezar un libro es lo mismo que empezar una gripe y todo es incomodidad.
Se repiten las siestas. Ya me leí como siete y son todas iguales a pesar de que las leí, a cada una, en un idioma diferente.
Leer en otro idioma es una manera refrescante de traducirme la nada.
Y sabe qué más? No se cansa el tiempo de servirse en las tazas. Puede derramarse sin mover una pestaña. La grieta en el mármol que lo inventa tiene cuerda para rato.
El amor es que alguien.
El gozo de que alguien despierte la belleza. Después viene el balanceo y el volumen. Y la erosión por el hervor en el caldito light de las siete preguntas.
Cuando esté usted en el freezer, va a entender por qué el azúcar en la nafta no nos hace bien a las personas. Tanto dulce no nos deja arrancar y nos contentamos desgarrando.
Elija su propia dentadura (es el multiple choice que yo sé que le gusta)
a-Dientes
b-Colmillos
c-Muelas
d-Ns/Nc

Acá somos todos evangelistas y el demonio, al fin y al cabo, no es más que un angelito que cayó en desgracia y que todavía rebota en las piedras que le pusimos a la sopa.
Pero nadie muere en el primer intento, eso es un hecho. Hay algunas cosas que no nos fueron dadas: la muerte de primera, los electrodos calientes, una buena dentadura que mastique esta galleta hecha de plumas y de manotazos.
Una ecografía? Por qué siempre me habla de sismógrafos? Esas máquinas no pueden medir los pasos que lo alejan de la palabra “canción”. Las máquinas y la Iglesia son el bar de los poetas miedosos. Llevan en una mano a sus Frankestein para bautizarles el patchwork (un poquitito de aquí, un poquitito de allá, pieces of themselves everywhere) y en la otra bidones de combustible. Mucho combustible para esconder a las huellas.
Y todo termina con una misa de semillas blandas conciliando las vergüenzas en los labios de una guerra tristemente arbolada.
(vamos a negro, pero en gris, con los ojos enormes y tarareando manzanas)
Si no me cansa el Drama? Y si… De a ratos me cansa. Pero hablemos de usted: Qué ve desde la orilla del plagio? Un baldazo de agua o a un niño regalando insectos? Vamos, muérdase la violencia. Tómese esta ampolla con forma de vesícula semántica y descríbame lo primero que sienta en la espalda.
- Ruidos.
- Adentro o afuera?
- Si, bueno, todos fingimos que hay ruidos de noche.
- Y el humo? Siente el humo? Sigue usted fumando?
- Algo, a veces. Fumar es otro modo de escribir, más fugaz, más perecedero.
- Entiendo.
- Oh, Dr. Benway, deme algo que me desfibrile el alma!

No estoy loca, lo juro. Puedo manejarlo

Sólo por hoy

Abril 13, 2008 by Laviga

Y eso es todo, me temo. Y así seguirá siendo.
Presente inaguantable. Presente forzoso. Presente sin remedio.
Así, sólo por hoy, y hasta que llegue el aplomo.

En un estado de responsabilidad aberrante y prodigiosa, Luciana forzó un paréntesis sobre su desconexión y comenzó a rezar.
Que Dios esté grave no es impedimento.
Que Él sienta esta repugnancia impasible por sus criaturas no es nada más que una falla en el percutor de su pereza.

Y, como cada vez, Luciana pidió cosas razonables: La saciedad; seguir sin adquirir un estilo; no ser culpable de las mentiras que estrangulan su poesía e impermeabilizan su prosa con la refinada intención de preservar sus diferencias (mínimas); y conservar la salud
que va y viene…

- Luciana reza?
- Si.

Hay cosas que ella siente ante determinados estímulos que a otros sencillamente se les pasa. Ella sabe mucho más de lo que aparenta, ella entiende a las cosas naturales como lo que son y a las mágicas como lo que quieren decir. No hay modo de que ocurra otra cosa, ella entiende la señal. Sabe que no es posible sentir el lugar ocupable sino hasta estarlo ocupando y por eso no se adelanta.
Futuro y pasado están viciados de irrealidad. Ambos carecen de la precisión necesaria para volverse vulgares.

Luciana está a mitad de camino del doble de todo y todavía no tiene nada resuelto. No sabe a qué va a jugar, ni si volverá a nublarse alguna vez; si mañana se animaría a detener la eternidad o si aprenderá otra cosa.
Ella tiene miedo.
Lloverán tableros, dice la radio, pero el Universo, que siempre se adelanta, ya chispea los primeros peones. Caen como alfileres
(con lo que a ella la asustan los alfileres!)

- Se sentirá mejor Luciana cuando pare de llover?
- Seguramente.

El ajedrez es un juego peligroso. Los tableros son como paisajes, escenarios fantasma. Ni campo ni ciudad. Cada tablero es un escenario diferente. Algunos, con árboles de papel que ya fue árbol, otros, con animales embalsamados en sí mismos sobre la arena, que sigue siendo arena pero que de lejos se ve playa, o desierto.

Cuando caigan las torres, la reina ya habrá muerto.

- Y por qué reza?
- Porque cuando no reza, Luciana no duerme tranquila.

Hay quienes han sido tristemente favorecidos con la cosecha (tardía, si) de ciertos aprendizajes banales. Sufrieron cada tormenta viendo peligrar a las espigas como a novicias que vuelven.

(- Pero durante la tempestad del síntoma, algunos malestares suelen alterar las señales.)
(- Si, por eso el apuro, por eso la nostalgia, por eso el hastío.)

Hay quienes son muy tristemente sabios. Como Luciana, que sabe que tiene miedo y entonces es mala. Mala porque les pega a los hijos y a los huérfanos. Mala por hija de puta egoísta, violenta, calculadora, desleal, tramposa, golpeadora, asesina.

Mala.

Luciana tiene miedo y entonces miente, pega, traiciona, engaña, fuerza, abandona.
Tiene miedo.
Es vieja. Le teme a la muerte. Le teme al sida, a la lepra, al hambre, al rehén, al asco, a la duda.

A veces, al dar por aprendida la lección, los nuevos sabios se abandonan al amparo del ungüento que los reviste de gracia. Y se descomen en su asombro y resiembran ociosamente la estupidez por sobre el delirio lento y ya seco, ese sabio Dios planta de una sola temporada.

- Y cuando reza, descansa?
- No, cuando reza, tampoco.

“Las luces se encienden

Abril 2, 2008 by Laviga

en calle Corrientes…”

Presentación del libro de Luc:

“CONSIDERACIONES ACERCA DE
TUTIPLENES
Y OTROS FRUTOS DEL MAR”

El miércoles 9 de abril a las 19:30 hs.
en el Centro Cultural de la Cooperación
Corrientes 1543, Ciudad de Buenos Aires.

¿Qué otro plan puede ser mejor?

pequeños círculos entre las ramas

Marzo 26, 2008 by Laviga

“¿No ves que son ojos?
Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas”
Eduardo Galeano.

Mi primer amor fue de suicidios. Él me llamaba a mí: “mi aquella muerta” y yo a él: “el destinado”.
Yo no era yo, yo era mis costumbres. Él, en cambio, era todo lo que yo quería significar.

Nuestro amor mayor consistía en darle fin a todos los artificios consumando todas las aventuras, la más deseada a veces, la más inútil por lo general.
El “Equinoccio de las mariposas” era el título secreto para nuestra profesión sin título. “Mariposa”, por el insecto más bello e instantáneo que habíamos conocido y “equinoccio”, porque sí.

Dormimos muchas noches como pájaros, supongo que para sentirnos más acompañados durante el tiempo que durara nuestra novela.
La más corta de las novelas de miedo y de pobreza.
Dormimos mucho. En cables, en carteles, en árboles húmedos de nidos vacíos.

Me pedía que le sacara fotos, que le extirpara el alma (como si eso pudiera salvarnos) mientras él me arrancaba la mía y la vaciaba de un sorbo. Luego la dejaba sobre la mesa y se iba y yo me encargaba de volverla a llenar. Para que él volviera. Para que no me dejara sola.

Durante nuestra última fantasía quedamos de acuerdo en encontrarnos. Sería en un mapa.
Entre la multitud y los días nos íbamos a encontrar.
Me pinté los ojos y los labios y fui. Pero no lo busqué. Ni él a mí.

Hoy yo miro la ventana. Todos los días. Quisiera saber qué hay detrás del vidrio, pero miro la ventana.
Él pasa, me cierra los ojos y se abre las venas. Todos los días.

No puedo dejar de reírme de los que creen en las palabras, cuando está claro que el planeta únicamente considera lo sólido.
Algunos días hay demasiado dios en el aire. Será por eso que ya nadie cree lo suficiente. En unos años vamos a tener que cambiar los colchones si los seguimos llenando de raíces.

Elegíamos palabras porque sí, dormíamos como pájaros. La Tierra no nos invocaba. Flotábamos.
Creo que de verdad nos amábamos.
Yo era “su aquella muerta” y él era mi costumbre, mi “destinado”. Todo lo que yo podía significar.

Film Gun

Marzo 22, 2008 by Laviga

Como cuando tosí y los de allá sintieron erróneamente que se insignificaban las distancias sólo porque había compartido con ellos ese ratito de mi gigantesca intimidad, sería útil que supieras que yo no me tiré por vos. Que yo me caí tratando de encuadrarme (o de quedar medianamente en foco)

Como ese primer martes que no fui feliz y no supe explicarle a la prensa exactamente el por qué, mientras me ataba de la soga al edificio más alto y respiraba agitada más oxígeno del que quería gastar.
(para qué tratarme con oxígeno, ese goloso elemento oxidante, si el violeta me pega con todo?)
Dosis periodísticas de radicales libres cuando en realidad lo que yo quería era ser cineasta.
(ni bien le encuentre el cuello al próximo martes, le voy a morder la yugular con el obturador de mi film gun. Y que se exponga lo menos posible a la luz de mi existencia si quiere volverme a ocupar un fotograma).

-Quietos! Sonrían! Enfermos pero de pie! - les grito.- Vamos que vamos! Que estamos pariendo nuestra cama más justa como prólogo para nuestra propia tumba!

Acción!

“Dios no nos odia”, comienza diciendo a cámara el bueno de Job. Y yo pienso que Dios simplemente nos ignora un poco desde su estancia en la grúa. Finje divinidad con su sórdido kamasutra de milagros naturales. Dios es un presagio punk, creo yo. Y lo creo campante y sin temor a represalias, porque en el baile de desmáscaras yo atendía el guardarropas y lo vi. Me lo acuerdo perfectamente: Yo colgué su secreto más negro en una percha y a cambio le di su numerito. Y no le cobré. Me agradeció bastante el gesto, pero igual eso no le hizo cambiar la idea de enfermarme dentro de unos años con artritis y ceguera.
Recuerdo que cuando terminaron de entrar todos, yo le pedí permiso a la ONU para retirarme. No quería presenciar la elección de las Misses de la Nueva Realidad: Miss Nuclear Total War, Miss Universe Richter Scale, Miss Global Warming y además no me sentía nada bien. Pero no, los psicoanalistas de la Organización me dijeron que tenía que quedarme hasta el final de la fiesta y algunas cosas más sobre la continuidad del guión y sobre la posproducción.

“Pero los piojos no nos morimos de catarro”, seguía declamando Job, “tenemos cosas más importantes por las qué morir.” Si, claro, siempre es mejor metabolizar el oxígeno maquinando una falsa revolución o sembrando pejerreyes en el hambre africano. Quizás con cosas así de nobles algún día me reconozcan como un ser de este planeta y me den un ascenso o me hagan entrega de la corbata (y si también me sacan el marcapasos, mucho mejor) pensé, pero me resultaba difícil seguir el hilo de mi historia.
(ahora que lo pienso, algo debieron poner en mi bebida).

El guión dice que Job después se acomoda el moñito y le acerca el ramo de rosas a Miss World Wide Web mientras yo me escondo entre las perchas. Arriba, Dios debería rascarse la cabeza desde la grúa.
Silencio…
Se graba.

Dócil ejercicio para el cansancio

Marzo 19, 2008 by Laviga

Ya nada queda
Lo que debió
Ser ha sido. Algo
Una mancha gris
Organiza el olvido

La pena es una sola
Una nueva farsa
Alguien saluda y este espejo
Que no me desempaña

A su balbuceo nadie le reclama. Su lengua lisa lo sabe y la fecunda. Somos, sus crías, formas recién escritas, desordenadas, sin vibración y con la sabiduría del abandono como única placenta. Un aire de yoga elevado a los huesos de Occidente.
Siempre negativa y fulminante, mamá. Qué ortografía de cloroformo la durmió de mí? Cuántos verbos me desvistieron de su sangrísima entraña? Yo hoy me muero. Brindo con mi vida por dos vasos de su plástico y un cordón impar que por fin nos conecte, que filtre la imprudencia con la que transmite, con la que me ataca, sus risitas introspectas, su recital de ruinas desde la fila de los que no aprenden. Ni aplauden.
Por qué tengo yo que velar a oscuras a la insigne? Se hizo aniquilar por su parto para cortar (para seguir) con la pena de la quemadura abierta que le arde (cómo le arde!) gozosa y tierna como una jauría que lame y se relame (de los labios) la sangrecita del tibio vientre. Sin músculo. Como beso. Como moneda número treinta, que le embaraza de vergüenza los pechos de su mediocridad triste triste.
Se extiende la explicación, mezcla escasa, por el suelo, sobre el hielo, sobre la contractura de la lengua macha que no entiende al equilibrio y se queda entonces cada vez más quieta, cada instante más anclada al ombligo.
Quillas que
olvidaron al puerto
me cortan la arena

Lo que a mí me avergüenza es su canto editado. Que en la panza de su hambre haya más hambre naciendo, que la taza no alcance para tapar para mí, de su mano, la herida.
Hay una madre que sangra la ley y un hijo que se le encueva adentro y al costado. Ella es una ventana en alquiler (adentro anidan olas por si los barcos vuelven a su espejo, a sus puertos en flor)
Cuando no puedo dormir, pienso en poesía como último recurso para no pensar en nada.

Audrey

Marzo 10, 2008 by Laviga

“No parece que haga mal a nadie; pero casi me resulta dolorosa la idea de que me pueda sobrevivir.”
F. Kafka

Observemos cómo sus piernas cuelgan desde esa cadera carretel apoyada contra la pared por donde salen los fantasmas. Cuelgan hacia el vacío como antes colgaban sus hilos y ahora todo lo que se le cae. O lo que él deja caer.
No se acerquen. Miren cómo nos desafía a través del cristal.
Hace unos días creímos que había muerto. Dejamos pasar unas horas antes de incinerar los restos, pero al amanecer resurgió, sereno y suave como un puto fénix de las malditas cenizas. Quisimos curar su memoria en ese momento, pero, si antes era mitad monstruo y mitad humano, después de renacer, el humano comenzó a desvanecerse y hoy ya no hallamos más que silencio en su razonamiento.
Observen su plumaje y el brillo de sus dientes. Dicen los cuidadores que antes de dormir los pone en un vaso con licor, pero por el aliento yo digo que debe ser de cerveza.
También fuma. Miren el detalle del amarillo en la mirada. Tiene toda la nicotina adherida a los ojos. Creemos que la usa para camuflarse.
A las sonrisas también las esconde. Las diluye en todo lo que traga hasta llegarlas a la sangre que es donde continuamente las advertimos. Tarde. Como siempre. Como todo.
Por qué razón no quiere que pensemos que cada tanto sonreiría? Un pudor original? Un desquite? Él cree que el amarillo de la mirada lo socorre, pero nosotros las vemos. Nosotros lo sabemos.
Y observen sus manos. Vean. No son armas. Son nada más que dos diccionarios. Las espadas le nacen sólo cuando habla. Como cuando se escribe un silencio y no se oculta que no se dice nada como parte de la queja o como único agravio.
Miren el vaivén, cómo lleva la llaga de una mano hacia la otra. Interesante evolución. Antes de renacer, rebotaba contra las paredes cuando comenzaban las llagas. Un buen rato. Después se relajaba y el alma se le desenroscaba de los dedos. Una vez dormido, todo volvía a su lugar. Ahora, todos los cambios que le suceden durante el día se instalan. Como si en él se estuviera gestando un molde.
Yo les aseguro que no es sencillo sobrellevar la investigación sobre qué es o que será de él. De mis pieles cuelga la culpa, por mi exceso de prudencia o por no haber podido curarlo a través del vidrio.
Yo debí renunciar a entenderlo hace tiempo.
Yo debí dejarlo volar, porque tal vez, tal vez…

Perfumadas Criaturas II

Marzo 7, 2008 by Laviga

Los sentimientos con los que me visto no son míos.
Se los robo a ese espacio que se crea entre los ojos de una madre y los de su hijo recién nacido.
Alguien llena de sentimientos ese espacio. Para seducir
(o para convencernos de alguna otra cosa)

Veo pájaros atornillarse
A los campos de batalla
Monumentos a lo inmóvil
Torres piedra se deshacen
Obleas en mi taza de porcelana

Perfumadas Criaturas

Febrero 29, 2008 by Laviga

“Wovon man nicht sprechen kann, darüber muß man schweigen”
Ludwig Wittgenstein

Tengo al universo en la punta de la flecha
Alguien desde el paisaje grita tregua
(yo le oigo flores blancas)
Mis soldados caminan en círculos por el patio
Es de día. Todo huele a sombra.

Happy Ballena and So So Sad Mosquitou

Febrero 24, 2008 by Laviga

Voy a alejar al diamante de los gusanos.
No me importa cuántos sean. No voy a dejar de resucitarlo.

Las ballenas, hirviendo luz arriba, cuentan que hay mosquitous que no se animan a vivir ahí donde se puede mirar sin permiso. Ni parpadeando, ni durmiendo de a ratos para descansar las alitas.
Las ballenas, escondiendo sombra abajo, cuentan que hay mosquitous que juegan al tetris en condiciones de gravedad cero, bien alejados de los peligros que las tormentas encierran.

No será por relleno, será por vacío. Voy a poner una fábrica de semillas de ballena para ganarle a la muerte. No dejarlas nacer será mi serena venganza.
En lugar de un silencio, voy a dejar un espacio muy muy vacío en el agua.
Los mares quedarán vacíos. Seguirán fríos como los pies de los perros que mordisquean el viento.
Algunos peces saldrán también a coquetear con el aire. Ellos correrán con la ventaja de los diablos, al igual que los bomberos que todo lo incendian desde sus fósforos de madera balsa.

Y yo me voy a encender en la orilla. Para que impacten las semillas en mi fuego y no en aquello otro que es un perpetuo espejismo (ni en el mar, que será un enorme, un gran gran vacío).
- Era acá? – me preguntarán las fallidas ballenas mientras ardan.
La muerte va a entrar por el agujero que ellas dejen al incrustarse en mi fuego.

Moraleja:
No se puede ser un mosquito impresionable en una tormenta de ideas. No se puede ser una happy ballena en un río de amargura.
(hay tantas cosas no se pueden, hay tantas cosas no se deben, y sin embargo…)

También la marca

Febrero 19, 2008 by Laviga

Ellos encontraron el infierno entre las tablas que se separan en el piso de parquet. Preguntas perfectas para respuestas idénticas.
Mi abuela mira. Ni en pedo piensa bajar por la hendidura.

Cada siete días, del bolsillo de mi abuela sangra una suerte de amor milagroso. A veces se juntan grupos de hasta treinta para beberlo. Ella les cobra más barato porque llegan por su cuenta. Con la abuela no se fía.

Y al juntar las cien monedas, mi abuela se vuelve a dormir.
Ella descansa en que algo habrá de consolar sus intenciones, las formas de la ausencia o quizás la respuesta cierta de si murió la rosa.

Siempre hay una señora que habla con mi abuela mientras ella descose los ruedos. En la foto, sin embargo, parece que estuviera sola y que no estuvieran haciendo nada. Por alguna razón, esa foto huele a perejil recién cortado.

Cada vez que saco la cámara del bolso, las caras de todos cambian de formato. Se tensan los labios, las mandíbulas titilan, las frentes se elevan. Mi abuela se pone los anteojos y con esos ojos me mira.
(con esos ojos me llora, con esos ojos me cierra)

Un día se olvidó de llover. Al día siguiente se cortó la luz. Dos días después notamos que ya no había viento ni nubes. Mi abuela y yo compramos rifles.
Los cambios complotan contra la salud mental de los humanos.

Cambiamos todos de tribu los domingos de foto y siesta.
- No hagan caras, hagan memoria.- dice mi abuela.
Veníamos sonriendo, cantando, bailando bajito. Para qué cambiar? Para qué salir, para qué volver?

Rascasol (ella siempre enamorada)

Febrero 15, 2008 by Laviga

Para tí oh! queridísima Lucrecia va este oh! humilde pero no por eso menos sentido oh! menaje por tus 6 (6) (que no cinco (cinco)) años en esto.
Que no se corte!

La pizarrita de hoy se reserva a la resacada que camina vereda por las calles del retroceso en una natación brutal por el consomé asfaltado del civismo (y enarbolando!)
A la que a toda esperanza da por injusta y entonces (no va y) la cesa.
A la que arranca y desgaja de blancos y negros la (oh!) desgracia gentil de los sepulcros.
A la que agosteciendo de alcoholes y abusandos, la noche retractil deja existir como a la espera turbia (noche que se le otorgó también en domicilio y tregua)
Pero no valen la pena los aspectos furtivos y explicables al claro iris de los verbos mieles. Crespos. Que a veces como sedas que a veces como balas. No.
La memoria se me vuelve como grande adormidera por los años de dulce afán desdibujado en el balcón de los ensayos y que en los garbos decreta. De Creta. De Greta.
La paciente corteza se me moja en los sillones mientras trago glutiente sus pretextos más rentables. Burbujeantes… (habituados a los esguinces inmerecidos de las mañanas)
Y no es necesario decir lo que se quiso, lo que guisamos o lo que emparentamos entre versos interminables como pozos en la piedra o como besos en la piel de la mejilla. Tampoco.
La forma sinuosa de su lengua puente (demente) por el que siempre viene del hígado hacia mi yo espejo para que le aligere las voces con el perdón de nosotros y de nuestra temeraria carne, no piensa enderezarse (sólo por hoy)
Y a mí me parece perfecto.
Aunque ella humeante. Aunque ella hervida.

Cortitos sobre Blas

Febrero 10, 2008 by Laviga

Es todo tan reciente que ni hace falta nombrarlo.
Aún no hay dedos, aún no hay mundo.
(sólo un poco de barro en una cantera de diamantes)

Blas se depila la incoherencia de tener plumas junto con las de gaviota que le nacen en la mucosa del estómago.
Una interrupción más adentro de la principal interrupción que son los días.
Las alas que le crecen cosquillas adentro son circunstancias muy molestas para Blas.
Por eso, cuando termina, Blas se besa las manos. Con las manos en el aire, Blas no pierde el equilibrio.

Él se arremanga los párpados a muy bajo costo. Es que dejarlos cerrados le resulta muy violento.
Cerrados podrían descubrir lo quieto que puede quedarse el silencio.
Blas no necesita ser feliz. Blas no necesita nada.
Él sólo quiere que pase un día sin pensar en eso.

Él podría suplantarse en su sueño para no vivir dejándose, divorciado de sí, invisible y parroquial de la piel a la cabeza, pero le resulta tan fácil desapercibirse y tan imposible desaparecer.
Por las mañanas, Blas se despierta y escupe sangre.
El mar ronca sus presagios en los entretiempos de su sueño.

Podría suplantarse en el sueño, pero Blas prefiere obligarse a decir. El costo, un peso de hielo la palabra. Buen negocio si entendemos que a Blas lo que menos le importa es el hielo.
Y una vez que se haga hablar, probablemente Blas se corrija y luego enmiende los detalles que no lo conformen.

Como una burbuja metálica que resiste el viento y las palabras
el tiempo de Blas se deja elevar
y se pierde rodando
Soberbio, primicio, desconfiado.

No te lo puedo decir

Febrero 6, 2008 by Laviga

Este paso de comedia es otra forma paralela de convalecer la vida.

Tus palabras anochecen en el conocimiento de la farsa. Ellas existen pero no para nombrar, sino para desintegrarte.
Y lo digo sin desconocer que, al fin y al cabo, yo también te finjo a veces poemas entre las letras.
Cuando vos escribís, toda la miseria, toda la esclava ilusión del paréntesis lírico se limita del desnudo de lo individual y se convierte en un escenario líquido en el que sólo se puede andar, despacio pero andar, hacia la ciática de lo último. Como chicos acostumbrados a la espera
Cuando vos escribís, envueltos por el humo que apoeta las cosas, el énfasis y el misterio pierden su potencia. Entran y salen de conversaciones por encargo, reescribiendo sobreentendidos tan nutricios como cuestionables.

En cambio, cuando yo escribo, hay sombras que se cotejan entre ellas la grisura, sin entender que no existen grises sin una médula rehén que les avale la mímica.
Cuando yo escribo, ellas se pelean por saber qué es menos mentira, si lo que no digo o lo que me callo, si lo que oculto o lo que se esconde, porque, para mí, escribir es disimular la indiferencia mediante una filosofía sencilla e imaginaria sobre (y para) nuestros Yo más inestables.

Pero, cada tanto, vos y yo nos leemos en un orden que expresa el grito de volar escrito a un reloj y simulando un verso, verso que aún no existe y sin embargo ansía, tímido, ser nuestro lecho en la escritura. Entonces, ya no hay desorden porque volvemos al origen perfecto de la ausencia de censura. Y es tan sólo un instante lo que nos dura esa amabilidad de pensamiento ausente. Y aunque ambos sabemos que en ese acto la plenitud nos consume, esa atonía ante la verdad nos resulta irresistible.

Nada hay más seductor que un abstracto al que le cuesta alejarse y, por eso, merodea.

Lobo Sapiens

Enero 28, 2008 by Laviga

Yo ya no debería concurrirme.
Hay un terror inexpresable durante el minuto racional
que antecede al amor.

Puede pasar un tren o una manzana transportando conejos que da igual. Da igual lo que cruce la calle, lo que calle, o lo que se vaya a decir.
Cuando Fermín vive, da igual si la pena asciende o enciende la ruta. La vida de Fermín es una solución psicológica que se adecua, se amolda, se adapta, a veces como humo, otras veces como plomo tibio a las formas del mundo.
El ministerio del resquicio en sus paredes, de las grietas formadas por las dieciséis bocas que inhalan sexo exhalando sus secretos, hace de mis ciencias sobre él, una licuadora llena de ojos que miran del museo privado de la noche, la sala exacta, la sala de la noche especial en la que la suciedad nos alejó de nosotros para abandonarnos a pesar de las letritas de colores que habíamos ido dejando migar desde el rechispe que hacíamos cuando frotábamos palabra con palabra para que nos hicieran de antorcha o de bengala.
En la noche especial, que es cualquier noche.
Y yo no hago nada más que escucharlo y decir. Es que, a veces, escuchar o decir pecados es más excitante que su cometer.
Y Fermín dice. Y yo creo en Dios.
Y creo en la tibia búsqueda del tempo, con todas mis cabezas encorvadas sobre mí, meneándose lisérgicas.
Y Fermín dice:
- Hoy no voy a dejar que me entrevistes la floración ni a mis datos impares.
Y ahí, ya nada más le escucho decir a su espectro y entonces digo yo y me vuelvo inhumillable en mi decir.
Él me calma la inquietud de tener que ser siempre antes que el despertador, sin ser última, ni tampoco la primera, sin saber adónde suspirar las risas que flotan como nubes sobre mi plexo buitre, sin transformaciones, sin arabescos.
Su decir son ríos de neón iluminándome la cara. Son las telas que una araña les desteje a los fantasmas que viven entre los marfiles de mi cuarto violeta.
Fermín me enseña que es imposible fraccionar el límite. Que es improbable que yo desgarre el cordón si me forro los dientes con la profilaxis blanda de la palabra lengua. Ese conmovido músculo, palenque, gatera de la letra, tajada de mi carne que aún no se digna, que aún no se alma.
Él me enseña porque él es todo lo que hay que saber.
Su alma tiene aturdidas a las noches que el mundo dejó escapar en cada exhalación.

Watt the Hell llevoi

Enero 18, 2008 by Laviga

Mi mente está habitada por estanterías con estática en las que se me pegan las ficciones. Unas cuantas metáforas sueltas, unidas en gentil relación, o en alguna oculta forma de coherencia que les tape el absurdo. Algo como para negar el tiempo mientras espero, sentada frente a mi asombro, que evolucione o cambie (mi asombro, claro) o haga algo que lo distinga de algo, o algo.
Así es como pierdo el tiempo, negándolo.
Y así es como pierdo la conciencia, buscándola.

Y mientras tanto, en otra parte, me desarmo en explicaciones vanas sobre el deseo y las necesidades. Sería bueno dejarnos en paz, pienso, que hoy casi llueve y hace hambre. Pero para qué adelantarnos, me dice alguien, por más difícil que sea hay que seguirnos soportando cada momento hasta el final. Podés hacerlo buscando en cada bolsillo una respuesta para cada cosa, y también podés sentarte y esperar. El tiempo siempre va a ser el mismo. Al igual que el silencio o la desesperación con la que nos arropa la soledad hasta volvernos heladas fiebres eternas besando el camino de caracol que flota por debajo de nosotros, junto a ese insólito deseo de rebotar luz, como hace la luna, que cae para embellecerlo todo, y de iluminar la falta, para que algo pudiera ser un poco más liviano o más decible, como una mesa o como una silla.
Hay una maravilla innombrable, algo como una bombita de luz que se desenrosca sin razón del techo y estalla en el aire segundos antes de tocar el suelo. Demasiado honesta. Demasiado digna y discreta.
No hay una palabra suficiente para cerrar con armonía lo absoluto de una metáfora, pero tampoco hay palabras lo suficientemente poco como para no mostrarse agradecidas de su propio decir.

(y con eso, que nos baste. Nos obligan. Y calladitos. No vaya que a alguien le pueda resultar un poco menos difícil digerirse el engrudo, que va…)

Strawberry Fizz Forever

Diciembre 30, 2007 by Laviga

“No me lleves a sombras de la muerte
Adonde se hará sombra mi vida,
Donde sólo se vive el haber sido.
No quiero el vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
De mí un ausente
Y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.”
Macedonio Fernández

El primer disparo nos arranca de la noche, como un latigazo, al vacío que antecede al miedo. La tinta enemiga salpica de enredos a todos los idiotas. No se siente el dolor, pero cómo lastima. Adentro, el viento atormenta a una estrella fugaz que espera no perderse en el desierto convertida en una gran olla de vidrio.
Vemos desde una fe estroboscópica caminos empapados con fantasmas heridos. Ofrecemos los saludos colaterales como única previa al olvido anual. El tacto siempre es eficaz para los asuntos a diferir.
La segunda descarga nos encuentra con un color de pelo nuevo, ardientes y con los dedos repitiendo. Ahí es cuando más nos parecemos a un sabio, perplejo él ante la carta de postres. Flan o budín de pan? Crema o dulce? El humor intacto y nutrido en el buen silencio de muñeca se deja adoptar por el mejor refrán del mercado, ese que nos ayudará a iniciar la guerra fría del nomenadies. Podrá la Mona Lisa algún día comulgar con el sacramento de la risa sin sentirse amenazada? Humores grandes sin partes móviles ni piezas pequeñas que puedan ahogarnos, son bienvenidos. Agradeceré. Recompensaré. No son bienvenidos en cambio los amores, porque los daños que infringe el amor sobre las almas con recursos insuficientes o en los corazones reacios a la calistenia mental (o elemental) son menores, pero a la gente como nosotros puede matarla a fulminazos.
Y eso no le hace bien a nadie. Mucho menos a la gente como nosotros.
Momentos antes del tercer corcho, se acercan las palabras que aparecen como moscas con cada mutilación. Las putas surgen de la nada para saludar y preguntar por tus cosas y sobre qué haremos con lo que nos quedó de la amputación, que si fuera amor derrocharíamos sin culpas en un Universo paralelo al de los pretextos, pero que no siendo amor, es sólo un resto humano a definir. Y ellas quieren saber. Podrías disfrazarte de mesa para no perder el equilibrio, sugieren. Que podríamos sentarnos ante el mostrador de la sed hasta que cicatrice la mirada. O tal vez, como un desgarro fijo, tenso, extenuante, fisurarnos en secreto.
Sin embargo, qué saben las palabras? No tiene sentido que salgamos del momento para alimentar melancolías. Deberíamos, digo yo, aprender a quedarnos de vez en cuando, algunos días, en el interior de lo que somos ahora. Porque afuera está la escarcha intacta del invierno que no termina de irse entumeciendo todo lo que no supo cuidarse y, en cambio, adentro, muy adentro, la esperanza de que todavía tengamos algunas cosas que perder.
Podría contar quién era yo esta mañana, pero qué sentido tiene si ya debo haber cambiado algunas cuantas veces desde entonces. Solo sepan que sigo con el deseo dominical apilado, inerte y con el vicio de la pregunta moderado por las musas no invitadas a la convención del sigilo, con ser luna como actividad pendiente para mi lado oscuro, con las paredes convertidas en palestras, el sentido atento y con la punta de mi lengua como trampolín humano hacia el más abismal de los suelos.

Hagan ustedes su mejor 2008. Un año con 25 horas extras no puede salir mal. O al menos, no debería…
Salud!

Anem al llit

Diciembre 21, 2007 by Laviga

La extravagancia del pez cuerda consiste en sostener los límites de la ausencia con las aletitas de atrás. Lleva tanto tiempo muerto que las membranas exteriores parecen de cera. Por momentos me da la sensación de que si lo prendiera fuego, no se apagaría nunca.
Está esperando que le crezcan pies para poder escaparse del agua. No sé por qué no espera alas. Es casi tan imposible como lo otro.

Si alguien te contratara para que soñaras tus sueños para él y te diera para eso brebajes amazónicos y te llevara a una cama nueva y blanca y confortable, en un cuarto también blanco de una casa que no es tuya, ni es nueva, ni es blanca pero que se deja vivir. Si a tus sueños entonces entrara él, cada noche, a vivir tus ideas, a esconderse entre tus fantasías y a jugar a tus terrores. Si pudieras comprobar que este ser que te visita no puede lastimarte y que sólo despierto corrés verdadero peligro. Si ese que te habita te dijera que está todo bien. Querrías despertar?

Velado (en blanca noche)

Diciembre 19, 2007 by Laviga

Mal día hoy para los paraguas. Y hay un escarabajo caminando por la protección.

Se quedaba siempre un rato más. Siempre fantaseando vidas en donde eso estuviera permitido. Disfrutaba haciéndolo.
Yo anotaba en mis libretas cada avance tras amarlo. Después lo abandonaba en una cama fría y grande y me vestía.
Sin mirarlo.
Él había estado ensayando casualidades aquella noche dejando que sus ojos cayeran por azar sobre tres de las tres millones de palabras que había para elegir. De a dos veces por minuto, al rato ya tenía suficientes. Como para armar algo, decía.
Llenaba cajas con los resultados y esperaba a que alguien se le atreviera y pidiera permiso para jugar. Y siempre había alguien dispuesto.
(esa gente a la que uno jamás invitaría)
Pero nadie sabía qué hacer con sus cosas una vez abiertas las cajas.
Creo que lo salvó de la soledad más extrema el hecho de que yo estuviera siempre ahí para explicarles a todos cómo se usaban. Igualmente siempre me resultó complicado hacerle entender a la gente que su voz, ese viento cargado con arena, no era de balas, y que mis bombas no son nunca una amenaza, y todas las mañanas encontrábamos que algunos se habían ido (o suicidado).

Recuerdo que en algún momento de esa noche me subí a la calesita vintage y abrí los ojos para esquivar a la sortija.
Y volví a mi mesa sin pensarlo. Y volví a mi casa sin saber volver.
(nunca se sabe)
Y me senté.
El juego no pudo marearme, les dije.
Y les recé (a más de tres dioses diferentes) para que le dieran la fuerza, toda la magia que le hacía falta.
Pero ellos, ellos no le veían al juego nada especial.
¡Y no se iban nunca! Y me hablaban y me hablaban…
¿Qué decían? ¡Querían hacerme creer que me falta libertad!
Pero si yo había ido a la cocina…
Y a un programa de televisión en el que un conductor me paseó por varios temas en los que muchas mujeres no se atreverían ni a pensar…
Y también convertí montones de papeles en aburridos tesoros que ahora me hacen compañía…

Y él lo supo. Nunca entendí cómo, pero él se enteró y vino a buscarme a mi casa de encierro.
Tratá de comportarte como si no estuvieran ahí, me dijo, los dioses son sólo un interminable deambular de sombras.

Decidimos dormir en la cocina. Analizamos la situación. Deberíamos correr esos hierros a un costado (cuándo los habríamos puesto ahí?)
Íbamos a tener que dormir abrazados.
Nuevamente.
(nos dábamos cuenta de lo solos que íbamos a parecer si no nos abrazábamos durante esa maldita sensación como de estar cayendo)
Nuevamente.
Había poderosas oscuridades que nos unían.

Entonces los oímos. Habían vuelto.
(tampoco yo los había escuchando acercarse)
Volvían con buenas palabras y sin dejar de sonreír. Los hombres de la cena jugaban a ser buenos.
Cuando alargó la mano hacia el interruptor, para asustarlos, hacerlos reír, o ambas cosas, y se puso a contarles que ya no podía, que ya nada tenía sentido, no me quedó claro por qué me pareció que había ganado.
¿Cuántos minutos le quedarían de vida?
Entonces lo tomaron del brazo y le hicieron levantar las cajas, esos bloques de nada, y él no entendía de qué mierda le estaban hablando ¡Éramos toda gente tan bien educada!
Se quedó un rato secándose la cara y jugándoles con las cajas. Esta vez el juego consistía en desmantelarlas pero, para variar, nadie entendía nada.
Dejó que su boca se le llenara de golpes y de agua y se desbordara. Una creciente flor roja insistió. Era mi cara, ahí, dibujada, que nunca le había dejado de quemar ni de doler.
Y el tiempo no se iba a detener.
Hay personas que nada más viven, sólo que no lo saben.
Pero él no quería vivir (quería evitarse los nervios de pensar que tras las puertas pudiera haber cosas con dientes)
Escuchó, sin embargo, cómo yo les explicaba mis razones. Un esfuerzo inútil, pero algo, cualquier cosa que nos permitiera continuar.
Tristemente.
No servía de nada hablar ni intentar que ya no le pegaran más.
Sé amable, no muestres tu miedo porque pueden olerlo, me dijo al oído a pesar de que hablar nos estaba permitido.
Entonces se levantó de la mesa, me pidió que no me asustara, y se puso gritar y a disparar contra todos los hombres a los que nadie había invitado y contra los dioses y a las paredes.
Yo flotaba.
Cortemos acá la lectura. No vale la pena. La reparación es más sentimiento del que puedo sentir. Esto termina mal. El cazador es la caza misma.
Me dedicaré a pensar en eso hoy. Esta tarde. Si, y a cantar bajito.

Detalles

Diciembre 9, 2007 by Laviga

Cuando el mar quiere romperse, se golpea contra mí
(porque no existe libertad sin un beso que la trabe)

Por dentro está la certeza de que no cabe esperar mucho ni de uno mismo cuando lo primero que se siente ante el desencanto es un cansancio infinito.
Pero estoy mejor así, con el deseo agraviado, incapaz de reclamarlo para que no pierda el sentido. No quisiera que le pase lo que a algunas palabras, que se mecen en el vaivén del va y viene, va y viene de unos labios a otros labios hasta que ya no se oyen porque perdieron identidad de tanto ir y venir y se quedaron en silencio, cansadas, mudas, en ese lugar donde los fracasos se dan una segunda oportunidad, donde el Este se pone al sol y los otoños se levantan para que las piadosas (y geniales) primaveras los fotografíen un poco.

Diferenciar una buena foto de una mala es muy fácil. Simplemente se sabe, de la misma manera que se sabe a quién le corre agua en lugar de sangre por las venas.
Y no digo aire, ni ácido, ni magma. Digo agua.

Habría que dejar de ver a la realidad así, con cada objeto redefiniendo y a su vez redefinido por otro que lo abarca y lo confina en límites artificiales que no son nada, ni frontera (y cómo nos cuesta entender las cosas que andan sueltas, sin su marco, por el mundo)
Lo real me seduce cada vez que descubro que a la fantasía, en el fondo, la tengo sobrevalorada. Y viceversa.

Decir algo divertido sería apropiado. Reírse.
Me gustaría estar en esta noche. Haber venido a legislar en lugar de saber que no existen leyes cuando no se piensa en mañana
(pero hoy ya es mañana y nos toca hablarnos sin el fuego de ayer y mañana no existe, y si existe, no promete demasiado)

Desmantelo mis alas, voy hacia atrás
Destejo despacio, inhalo mi seda
Devuelvo el aire que me envolvió
Y me arrastro en sinuoso bajar
Detrás me esperan más alas, no mariposas
Aves que esperan por mí, picos abiertos

Qué tan cerca tuvimos que estar para ausentarnos del otro?
Qué tan lejos tendremos que estar para estar unidos siempre?
La concupiscencia fue domesticada y ahora fluye hacia adelante.
Y no digo ni futuro, ni mañana. Digo adelante.

Scherezada

Diciembre 8, 2007 by Laviga

Y se fue hundiendo, montado al ancla, seco de tanto tomar.
Iba meando los corales.
Les había declarado amor eterno desde adentro de la escafandra.
Sabía varias recetas de comidas con relleno:
Tomates rellenos, zapallitos rellenos, huevos rellenos.
Digo yo: El obelisco tendrá raiz?

Uno de mis mayores problemas es que tengo una imaginación plagada de contradicciones. Por eso, en los cuentos que imagino, todos los personajes mueren (o ya están muertos y todavía no se enteran) o dibujaron una puerta en alguna de las medianeras de la historia y se escaparon para siempre, porque saben (si, siempre los dejé que se dieran cuenta de eso) que, en realidad, los límites que les impongo no existen, como tampoco existen los espejismos, ni los oasis, y en cambio sí las puertas y las paredes y las ganas de atravesarlas y de escapar.
A veces me pasa que es tanta la quietud de este lado, la ausencia de historias sensatas o cuentos lógicos, que me dejo atrapar por el deseo de adentrarme a imaginar qué puede estar pasando ahí adentro y ver así si todos los personajes que inventé (y que eligieron quedarse) están igual que cuando los nací, o también se han ido, o muerto.
Pero no lo hago. Y creo que no lo hago porque ellos me avergüenzan.
No puedo (ni quiero) pensar que detrás de esta calma mía de pincel vacío, de sin puertas y sin ganas, hay entes posibles, y no solamente ideas amputadas de ánimo que no saben qué hacer con lo que les queda, que es, probablemente, sólo un enorme miedo a escapar.
Pero de todas maneras, y aún sabiendo que no voy a entrar ni por un instante, me siento frente a la pared y la miro. Porque la placidez del muro sin puertas me señala que la vida, en general, ya no es para siempre, lo cual es un alivio, en particular para mí (aunque algunos todavía se empecinen en hablarme de la eternidad y del cielo y del infierno con palabras con las que sólo logran reforzar las propias esperanzas de éxito a sus más íntimos anhelos de continuidad).
Me gusta ver esa pared, en silencio, morbosamente llena yo de lápices en la mano, porque es en esos momentos, mientras la observo, cuando más siento que algo me encadena radicalmente al suelo (pues de otra manera sería imposible no elevarme yo varios centímetros y prenderme fuego en el aire en una espeluznante coreografía bonzo) y vuelvo a comprender que, muy a pesar de mi orgullo, lo mío es, también, una cuestión de miedo.
Y qué extravagancia tanto miedo untado a mi adn contradiciéndole el deseo de desovillarse y hundirse en el barro en busca de nutrientes. Yo podría tomar las puntas de sus hilos y devanarlo para (otro día) tejerme de nuevo en una yo más tranquila o más sabia. Una nueva construcción sin palabras sintéticas ni perfumes asfixiantes. La luz nacería de mis ojos y no habría nada que corregir. Sólo sería mirar las paredes con la consciencia sanada y las pestañas quietas.
Pero nada de esto ocurre y entonces, cada tanto, me siento un buen rato frente a la pared a imaginar ventanas y puertas para que mis personajes escapen y mis raíces aprovechen y busquen y busquen por donde hay que buscar.

Manchas

Diciembre 8, 2007 by Laviga

Voy a erigirme una estatua para contradecir aquello
de que sólo los vencedores construyen monumentos.

Me duelen las palabras donde digo silencio
Las horas más lentas eligen la noche
El deshielo marchita y yo soy su paisaje
¿Cómo podré defenderme del agua?

La noche no tarda

Diciembre 2, 2007 by Laviga

El gato perdona al ratón y se lo demuestra matándolo.

Él se despierta y su deber le da la bienvenida y lo despega del mundo. Se durmió detrás de sí, absolutamente ausente y ahora despliega sus dientes hacia el fondo del cielo y estira su lengua hacia su oasis redondo y perfecto como para dibujarse blanco y dejar que todo continúe mareado y perdido adentro. Entre sus ojos, su pensamiento comienza a romperse como cada amanecer. Unas nuevas veinticuatro horas, un nuevo gran viaje inmóvil y sin pensamiento por la inconsistencia de la realidad, lo que, además de cómodo, le resulta fabuloso.

Él, ahora, sólo tiene que restaurar la belleza que durante el sueño se ha ido deteriorando. Levantará gajos y replantará flores allí por donde sus ejércitos desfilaron anoche.
Y la perfección se instala junto a él. Sus manos flotan como nubes, livianas e inmortales bajo una mirada que nadie ocupa.

Él es un cuidador que ha desarrollado tanto su olfato, que ahora es capaz de reconocer el amor, la vida y la muerte que hay en cada cosa con solo acercarse, aunque tomando siempre ciertas precauciones, pues alguna vez le sucedió que una fragancia o un hedor (y no hay peor hedor que el de una flor cuando se pudre) lo penetraron tan profundamente que debió luego arrastrarlos durante días hasta que, ellos mismos, y sin razón aparente, decidieron desaferrarse de su nariz por su propia cuenta.

Él cuida la poesía que hay en el día, caracterizado bajo la forma de un hombre al que, porque ha nacido, hay que consolar, y que, entre dientes, masculla que sólo por hombre, y por nacido, se ha rendido ante dios.
Y aunque ante el altar de sus despojos él se ofrece como alguien dócil ante la bondad divina, bondad que le ilumina sus días pardos y los convierte en jazmines (y luego nuevamente en noches), él sabe que hay algo (quizás malicia) más allá de esa bondad manifiesta en el día y en los jazmines y en los aromas que se pudren según llega la tarde, y esa sospecha le llena el alma como llenan los vampiros el vacío de las noches.

Él es la periferia y el centro. La ausencia del gesto y del disfraz, la falsa impresión de que el borde existe y vive en él. Él se ha rendido, pero aún desconfía de ese dios misericordioso y engrupido. Y mientras siembra, una vieja cicatriz en su mirada lo mantiene en sus límites impidiéndole avanzar demasiado pues también sabe que el horizonte retrocederá siempre (y como todos) hacia dios, hacia ese fanfarrón y vanidoso dios al que le gusta presumir sobre todo, pues sobre todo ya tiene preparada una maldita, redonda y magnífica respuesta.

Él es un muerto incapaz de morir. Su felicidad es mecánica. En su jardín todo es belleza recuperada pero en el centro de esa alegría nadie sonríe ni respira. En su paraíso sin bordes el paisaje entero se comprime sobre el piso donde el miedo abre su infinito ángulo hacia la noche, noche que en pocas horas vendrá. Puntual. Porque la noche, con sus ejércitos que marchan, no tarda.

Bris (du vinner)

Noviembre 11, 2007 by Laviga

¿A qué altura de los ojos se apagará el sol
Cuando casque el módulo
Caiga líquido hirviendo
Sobre mi público evento de existencia?

Hay una máquina de círculos que gotea ampollas llenas de redondeles.
Es el reparto masivo de hipnosis y tengo frío.
Cada uno de los latidos sugiere un quiebre único, nuclear y sucesivo (como nacidos de un corazón armado sólo con errores)
Se nos va de foco durante la sístole para volver con la diástole y pasar al olvido.

Alguien debería apagar todas las luces.

Permítanme que sujete mi piel a algunas de las vidas paralelas que pasan como piedras por mi boca.
Déjenme expresar mis ardores en un teatro menos animado de seducciones cansadas o carnavales impasibles.

Alguien debería doblegar a los renglones como se aflojan los corpiños para liberar a la invertebrada fuerza que duerme.

La humanidad nos late al ras del suelo, ceñida, anhelante del exquisito arte del arrebato.
Déjenme evocar el romance de los ojos y omitir los aplausos desparramados por el limbo azul de la entrepierna.

Alguien debería dejar de abofetearme con canciones viejas.

Y mientras tanto, las señales se graban infectando la cinta, como a un pañuelo negro infectan las babas blancas del prepucio de un soldado.
El director siempre es el asesino. Se masturba lo blando y le vemos alejar la carcajada seminal dando saltitos, primero sobre el piso, segundo sobre el piano. Así buscan algunos aclaraciones para las botellas que florecen de sus tapias.
No me explico por qué yo tengo que acallar los breves instantes en los que estuve viva.

“Madre, dicen que me falta libertad
Madre, abróchame al cuerpo
Abrígame
Madre
que se me escapa el alma
Madre
y ellos quieren desnudarme”

(quién preparará ahora las pastas y dejará que me caiga inconsciente y de cara contra el plato?)

Mala Vida

Octubre 22, 2007 by Laviga

(se me va a las manos la historia que tengo en mente y se me va de las manos lo que es hermoso que tengo que pensar.
Mentes que rugen sobre manos carcomidas se llevan mi historia)

Mi personaje intenta levantarse de la ronda de camas y grita, y de pronto, algo deja de latir. Yo le sostengo la mano. Alguien tiene que darle ánimo al infeliz.

- “Se repite esta operación hasta que todos decimos el nombre de Ese por quien silenciamos a nuestras almohadas”.- nos dice uno de los enfermeros.

(quizás sean vínculos inútiles los que lo mantienen atado a la cama, correas ajustadas que le impiden arrancarse la alimentación forzosa, ese suero que nunca lo termina de llenar y que apenas le humedece el subsuelo de las venas)

- “Y parecería que todos dormimos, pero ¡Silencio! ¡Oigamos! Todos estamos nombrando”.- sigue.
El enfermero parece una maestra jardinera.

A veces uno se da cuenta de que todo terminó cuando (nota que) (siente que) tiene que volver a empezar.
(pero hay cosas que empiezan antes de que todo termine)
La muerte planea, siempre dando vueltas, siempre cerca de ese segundo en el que todo comienza.

Lo miro retorcerse y no, no entiendo cómo pudo terminar así.

“Hablaba poco, pero con ese poco, él podía convencer a la luna de que se hiciera dado para su Ludo Matic. Después desaparecía hacia las torres más oscuras a esperar un nuevo renacimiento en serie, algo que lo llenara de maravillas, o a esperar a que se le durmieran las fieras, esas cosas que lo desgarraban, tan parecidas a su alma.”

Yo lo dejo que apriete mi mano. Nada memorable ni excepcional saldrá de mi propio vacío. Nada grandioso, salvo el saber que el viento (también) nace en mis pulmones.

“Lo suyo era como un sueño, un mandala a medio desmantelar trabado en el disimulo de mi escritura, como el de un ángel al que por error le hubiera dado por tomar forma humana hasta llorar por lo único que no ha perdido pero que aún no encuentra.”

Las comillas, los paréntesis y las letras cursivas siempre me recuerdan que los corazones se huelen a pesar de las distancias.

El enfermero se acerca a nosotros y nos señala. Sólo le falta la Biblia y escupirme.
- “Una persona que es capaz de arrojar su alma hacia arriba sabiendo que no va a atravesar el techo es deliberadamente estúpida”.

Él lo hacía.

(lógicamente su alma nunca atravesó el techo)

“Cayó su alma, varias veces muerta (o sin un rasguño) al suelo.
Se elevó su alma, varias veces viva (o sin sentido) hacia el techo.
Y varias veces, mientras él la arrojaba y nombraba, yo profanaba con mi tinta y con mi mente su historia de diamante.”

O el techo o su alma, algo hice demasiado sólido.
Pude hacérsela más fácil. Pero no lo hice.
(y un poco me arrepiento)

Cerdos y Peces

Octubre 12, 2007 by Laviga

Somos la biblioteca itinerante de algún dios aburridísimo

“Sale a la calle, camina un poco, entra a un bar, pide un café y abre el libro, y mientras revuelve el azúcar, oye cómo un tipo le cuenta al mozo las virtudes de la mujer que se acaba de comprar. El entorno es desolador. Alrededor de una mesa fijada al piso con cuatro bulones enormes, se reúnen tres sujetos que parecen haber estado torturando a sus novias o esposas hasta recién.”
Tiene mucho que ver con mis estructuras psíquicas el hecho de que yo necesite ordenar todo según lo que yo considero una correcta sucesión de escenas y de sonidos para poder aproximarme lo más posible al olvido. Un orden tan encantadoramente simple como cerrar los ojos y poner la mente en transparente. Un orden que convierte al mundo en un lugar pacífico y dialogante.
(la otra es una película no apta para todos los estómagos, una cuidada puesta en escena con cierta insoportable tendencia al videoclip)
No somos capaces de renunciar a lo que no podemos tener con la urgencia que el deseo nos exige. Harían falta muchos trailers metafóricos de este mundo para animarnos a abrir los ojos frente al jodido sol de noviembre, ese que nos calienta la vereda, los cuerpos y hasta los más infames pensamientos.
La gran paradoja del futuro es que, tarde o temprano, también se va a convertir en un presente de mierda.
(y eso que en el fondo (tengo que admitir que aunque no lo parezca) hoy el optimismo invade mis venas como un cáncer positivo)
Un orden que no me quite tiempo para disfrutar de un buen disco, de un capítulo más, del sueño de dormir y de viajar sin riesgos. Uno que me habilite tiempo para amar y para odiar (y para hacerlo con la intensidad necesaria)
“En las últimas veinticuatro horas este hombre ha bajado dos kilos y rozando la locura en tres oportunidades. Sus huesos agrietados, su sexo agitado, sus contracturas musculares, el deseo de ser o de ser nada, esperan. Le encanta masturbar su mediocridad con logros absurdos como creerse que nadie le sería inalcanzable.”
(a veces tengo la impresión de haber envejecido 40 años en este espacio sobre el cual me leen)
Los viernes son unos días muy raros. La sensación de ahogo es tan intensa que la mejor opción resulta salir a la calle en plena tormenta o arrojarme por la primera ventana que encuentre, lo suficientemente alta como para que todo resulte exitoso.
(otra posibilidad es dejar que nuestros cerebros se vayan pudriendo hasta convertirse en pequeños y fétidos montículos de grasa y de materia fecal, al tiempo que esperamos que, “sólo por hoy”, ningún meteorito se nos estrelle muy encima)
No sé qué es lo que me distorsiona la percepción del tiempo, si un desequilibrio químico o algún microorganismo que basa la unicelular lógica de su existencia en reproducirse lo más devastadoramente posible dentro de mí.
Los viernes son unos días muy raros. Me brota una obligación a huir de las contradicciones que me detienen (o por activas o por pasivas, da igual)
Los viernes no me dejan otra opción que abrir la boca y generar bilis en cantidades monstruosas.
Sólo diré que nunca había visto a un hombre tan grotescamente deformado como ese. Demasiados restos de pobreza y de resignación. Al lado de los obscenos, esos sujetos con sus mujeres de culos trucados, casi se oía su grito animal. Tengo que vomitar.
Buenas noches.

Como sombrita de tu nunca pena

Octubre 9, 2007 by Laviga

Si te desarmo, vas a saltar en pedazos?

Las cositas de vos, las entizadas piezas que de tu puño acorazo, tan desiladito en pena, remutilada voz, se me silencian.
¿y cómo rasgo entonces a tu ensueño lavado? cómo si no empapo en clarita tu recuadro ¿en qué día a mi almitai se le desapegará el fuerte de tu sangrecita? ¿qué tan mi cara se nos adentrará por tu tan pávida cueva? ¿qué tan de raicita decime es que te escrujen las noches? esta veredita de vos, de tu cielito corto ¿me nace? ¿me resiembra el desol la secadita alma, tu ayuno oscurito, tu milagro, tu desiesta? ¿golpea tu presencia cieguísima el diván minimando mi clausura?
El ensayo de vos, esa obra siempre dolor, la de luto moribundo tan de tu plexo ¿te destiende lo solito de tu sin vos, de tu sin sogas soledad?
Criaturita que te diarmé, de apretarme vocecita, de corazón en tu boca. Agujerito de nuncas, desalmadita de mi herida, de mi misma, mismamente de mi propia.
Desermosear las pareditas de tu espalda para que el diáfano vuelva.
Qué extrañísima es la guerra que le aternuran tus nuncas a mi volvedera vivenda.