Seis letras
Mayo 7, 2008 by LavigaHay tantas dentaduras diciéndolo con mímica
que es una picardía que yo nunca recuerde la película.
La gracia consiste en hacerle sacar chispas al frío hasta llegar al incendio. Que mis dedos se entumezcan y mi rostro se descascare dando lugar a caras nuevas que no terminan nunca de desprenderse ni de nacer. Que por frotación se desmiguen y caigan de a pedazos a llenar los entredichos del teclado.
Es curioso, pero mi cuerpo parece haber nacido para esto y se acomoda fácilmente a las lepras de la gracia.
Once años, la edad de las necesidades y de la espalda en la vereda.
A los once se trata de redactar el cielo y que él nos traduzca el futuro. Simple, simple, simple. Como hablar, como tener sed y tomar agua de lluvia hasta que calme y se borre el espejismo. Redactarlo sin datos, sin lunares, sin pelo en los ojos, ni sillas, ni abandono.
Así de simple, como que no haya lunes en ninguna palabra.
La gracia. La forma de la gracia es lo que llena un vaso de agua tónica en enero. La gracia es llegar a todas partes dando vueltas perfectas como esferas de espuma a pesar del contramano de los ojos.
Cada tanto la gracia y cada tanto se aleja.
De sentir, yo la sentiría revisarme desde adentro buscándome los bordes.
Esto es realmente insostenible. Se acerca, me condena cada instante.
Las venas se arriman con la gracia a las paredes. Qué disfuncional parece la gracia cuando está cerca del aire.
Ser disfuncional no tiene nada de extraordinario (tampoco tiene por qué tenerlo). La disfunción es como ir a sesenta en una onda verde a las tres de la mañana.
Lo normal sería cortar todo lo más pequeño posible de manera que entre en una bolsa cualquiera.
A los once escribí una serie de fórmulas matemáticas (o serían químicas) sobre un mantel de hule prestado.
(si sobrevivo a esta escena, juré sobre ese mantel, (si sobrevivo) voy a dedicar mis ratos libres (todos mis ratos libres) al desahogo).
Es tan fuerte todo acá arriba que si esta vez sobrevivo, (si sobrevivo) voy a dedicarme a buscar un sistema que me dosifique los vuelos sobre la trenza que forma el río con las vías y las frenadas que di en las banquinas. Que por nada del mundo se libere la válvula o podría volverme profeta y tartamudear sobre todos y asustar a los perros que se comen entre ellos y mis huellas con las lenguas todas tendiendo hacia afuera.
El día llegó sin peldaños y tiene las ventanillas cerradas. Necesito que alguien disipe las emanaciones de tanta gente almacenada. El pasado se viene con todo y habrá que reinventarse para no tener que lamer heridas equivocadas con lenguas ajenas.
A los once, la vida se lee como el párrafo final de un libro interminable.

