Elipsis: Evasión, hueco, bostezo con un mínimo de calidad literaria.
Un ahorro de energía presumiendo que el entendimiento (de ser necesario) verterá lo suyo en la grietas como si fueran moldecitos.
(después de todo, los ojos no la pasan preguntando qué cosas han dejado de mirar)
Su fatalidad diaria comienza con el vértigo tras la pesadilla. Ella interpreta cada amanecer como una advertencia nueva, cada vez más severa. Ni otra cosa que “sufrirás, sufrirás, sufrirás por no responder, por no responder y no haber preguntado”.
Abre los ojos justo en ese punto en el que la opción se balancea entre desentenderse de todo y decidir que todo es la mar de interesante. Un punto absolutamente creativo, dirán algunos. Dos pulmones inspirando y expirando al ritmo que exige el funcionamiento de la máquina. Así da comienzo su día.
Se levanta de la cama y en un acto amoroso recubre con la manta la superficie colmada de aquel con quien ha compartido el más intenso de los viajes (con ese acto inaugura el momento metafórico en el que todas las cosas comienzan a volverse otras).
- Deberíamos retratar todo antes de la nieve.
Pero Amelia habla demasiado bajo. Y además, ese hombre ya ha vuelto a ser un hombre corriente, de esos que entran.
Simplemente.
Y el cerebro de Amelia quiere –necesita- estructuras nuevas.
También perspectivas. Para desafiar a los elementos y dejar ese silencio fundado en una historia difícil de contar.
Los más valientes suelen ser los más suicidas, dicen, pero a Amelia le da exactamente igual. O no. Tal vez ella prefiera más bien un estado anímico nuevo a ponerse a escribir su propio epitafio.
Porque todos los días ella amanece como una pantera poco antes de saltar sobre algún cuello. Sí, algo así. Y si bien no hay ni trauma ni perversidad en el acto que protagoniza al enfrentar al día, ella preferiría despertar y correr las diez cuadras que la separan del mar y zambullirse en él o pasarse la mañana bailando en una única baldosa por simple entusiasmo.
Como siguiendo el consejo de Roberto que le dice “pruebe dejarlo todo diariamente”, ella sale de la habitación y deja por fin pasar a médicos y sacerdotes.
(no a cualquiera ella le regala sus no)
Mientras se aleja, sus ojos buscan puntos de referencia para no salir despedidos por la inercia. Algo a qué adherirse.
Quizá sopese, cerca del mediodía, la posibilidad de aliarse a aquel libro que absorbe todos los olores de su cama, lea algún cuento y se ponga a reír muerta de nostalgia mientras se le va desempañando el aliento del que en la habitación ya debe haber dejado de existir.
Quizás deje pasar la tarde con la inquietud de quien ha descubierto que el sentido de la vida -de todas las vidas- es esto: decidir si la noche es un comienzo o una nueva despedida.
Pero primero esconderá sus manos de la flecha fantasma. Las meterá en los bolsillos para amasarlas.
(a escondidas se egoístan los disfrutes)
Que el próximo objeto no sospeche, que no note la demanda hasta que quiera saber quién es esa con la que ha viajado.
Hasta que se atreva a preguntar quién es la que parece que está por saltar sobre su cuello para luego echarse a correr cansada, harta, no de lo que deseó, sino de lo hubiera querido desear.
Los límites son tajantes y le fueron asignados.
¿Cuánto tiempo hasta que codicie que ella lo devore?
Hay una sola cosa que yo hago antes de olvidarme de casi todo y esa cosa es darle a todo una última oportunidad. Así me queda la impresión de que se ha hecho lo posible aunque en el fondo sepa que no es así, que ya desde el vamos ese asunto fue una causa perdida. Incluso eso -el saberlo de antemano- también se perderá en el olvido y de esa manera las cosas seguirán su curso como desde siempre estuvo planeado.
Resulta triste. Me tomaría un café mirando el techo pero no tengo café (algunos dicen que tampoco techo). Me están explicando últimamente que hay que ser claros como antes. Claro, es que yo antes organizaba mejor el pensamiento y las ideas, y los podía ordenar de una manera mucho más eficaz y convincente que ahora. Para que haya encuentro, me dicen.
Yo lo llamaría, se sabe, vestida con esos humores que resbalan y zigzaguean desde donde se me vierte la vanidosa. Desde ahí, digamos, no nos costaría demasiado si –también es bien sabido- a él los espasmos se le acaban enseguida y a la mía se la convoca más fácil que pronto con sólo hacerme oler esos anzuelos dulzones que buscan y se llevan de cualquier desnudo su putrefacto.
Como si me fuera de prudencia lo llamaría que si no igual, parecido y hasta el final de su sermón.
Y entonces se iría, pero quedando algo lector y mucho juez de mis ideas sobre verdad o exactitud, y de nuevo arrodillado ante la parroquia de lo binario.
Y no menos ni bien acercar a cuanto mundo el desate del nudo a su vuelta de horca -hay tantas viejas comiéndose los mocos- pero lo llamaría y se me iría de la boca que ya no se naufrague con distorsiones, porque cuando todo se blanca, cuando todo es protocolo, no queda otra que quedarse pero ido y con la incertidumbre del me habré apropiado de lo poco como último alarde o consuelo (porque si había algo que no se pudo, que no se vio ni se le va a aparecer por más devoto, ya está pasado de sincronía y así están las cosas).
Rara vez lo llamaría, pero sí cada tanto. En especial sobre esos días en los que la misa se cruza a practicarme, tan sopa ella en su mística, únicamente porque yo le resulto la más vela de todos los rituales.
Que si me pongo, diría que le resulto: la como ritmo una seda, la que en parte nombre, la como vida un violín, la mejor, la aunque la nadien, la que lo hembra y lo alumbra, la insistidora, la fósforo blanco, la mentolada.
Pero como no me pongo: La que le traduce su yo del no siempre alfil o coronel del se debe.
Entonces yo voy y no lo llamo.
Y no lo llamo porque él -insisto- y porque en él son todos.
(y porque corro el riesgo de que se le pueda venir encima todo el analfabetismo familiar hasta taparlo por completo (y no quisiera ser yo la que lo convierta en penetrante sólo porque quedó accidentalmente metido en el desasosiego ancestral)).
Se vienen las preguntas. Pero son preguntas que ya no van a tener suerte. Hay otras urgencias como las de la cuchara y la mosca que flota en la olvidada.
¿Lo de la mosca será el hartazgo de caminar por el filo del cuchillo sin que a sus patas les pase nada?
¿Qué será peor, la angustia de quedar al descubierto o ver que a quien le prestaste la voz ya no vuelve?
Se sabe que cuando la ceremonia se destreza de su carácter hermético lo que agenda percibido es, con sólo mirarlo, un estorbo. Como la mosca.
Y entonces se va y se queda de la mano -de esa mano suya- que insecta inexistencia. Y entonces le toca –¿le acaricia?- el lomo a los únicos ardores (pero al perro no le basta y al libro le pica y (otra demanda al mérito) él no alcanza a rascar bien el lugar).
Son formas, nomás, dirá el experto en discursivas. Un ensayo de soberanía sobre las reglas de la palabra. Para algunos, una brújula en blanco hacia el objeto insondable. Para la literatura, un ejercicio poco enriquecedor. Para mí, lo que sobra del floreo. El agua que queda alrededor de las lentejas.
Pero era necesaria esta instancia para que volvieran y han vuelto.
Las voces han vuelto.
Excelente.
Ellos también son y se mueven. Los casilleros también arden desesperados por que alguien los llene de fichas, todas en equilibrio fluctuante, todas en jaque continuo. Carne fresca. Sólo soy observador de todos esos juegos. No hago nada más que alimentarlos y verlos comer.
Aprendí mi primer oficio a la edad de un mes y medio. Dos oficios más a los tres años. A los cinco ya pervertía los signos de casi todas las cosas.
Muchos oficios pero nadie se da cuenta, quizás porque a veces actúo de manera aficionada, sin compromiso, no lo sé, pero es más cómodo después de todo, hacer las cosas sabiendo que podemos detenernos en cualquier momento. Y mi momento es siempre la hora de la responsabilidad.
Ahí es cuando me disgrego, supongo que por pose.
A nadie le gusta cuando lo hago ¿sabe? pero si me entablan debates o me demandan yo me vuelvo invisible y sin siquiera tener que desaparecer.
En las relaciones forzar y decretar tablas no es nada del otro mundo, es sólo cuestión de hacer que se repitan las jugadas como se repiten los sueños. En definitiva, los casilleros no son tantos, como tampoco son tantos los sueños.
Yo siempre sueño que abro el telón y que espero sentado en mi butaca a que todo esto deje de suceder. Es mi sueño más frecuente, de los más definidos, de esos que uno recuerda como explosiones a lo largo del día en las que cada esquirla es una pincelada más y cada detalle que se completa reconstruye una nueva esquirla mucho más grande.
En mi sueño yo abro el telón y espero. Me concentro en la obra. Mucho me concentro, sabe. A veces pienso que si pudiera en esos momentos me despojaría de toda idea previa, pero es imposible, uno es esclavo de esas cosas.
Me concentro, le decía, y enseguida me doy cuenta de que la obra intenta desintegrarme. Trato de defenderme quitando la vista del escenario. Así he logrado obstruir muchas batallas. Pienso mucho en eso.
- Al quitarle la vista le quita valor.
Un simple desprecio aleja las manías de preguntar y de responder. Es una manera práctica y efectiva de salir de ahí.
- ¿Preguntar y responder son manías?
¿Cuántas veces tengo que decirle que no sé cómo decir de otra forma todo lo que le estoy diciendo? ¡Claro que son manías! Como leer un libro con un lápiz en la mano para subrayarlo, para anotar al margen. Claro que no sucede con todos los libros pero cuando sucede es desesperante la necesidad de tomar posesión. Con las preguntas pasa lo mismo. Y también con las respuestas. Todo es un ajedrez.
En mi sueño sólo sería cuestión de levantar la cruz de madera, desenredar los hilos y manejar los trebejos como si fueran marionetas, pero por alguna razón no puedo hacerlo.
- Prosiga.
A veces el sueño cambia, empeora, y la insistencia de las preguntas me obliga a ser egoísta y a mostrarme en todo mi esplendor. En esos casos las preguntas intentan poseerme y no responderles es mi modo de preservarme. No me doblegan, nunca lo logran, sabe, y entonces en mi sueño me aparto de lo que queda de esa noche magistral de teatro. Me retiro, retrocedo. Ofrezco piezas sin valor. Humo gris. Intento escapar de la sala, del pasillo. Todos me persiguen. Bajo las escaleras, enderezo las luces y los cuadros y sigo corriendo. Corro hasta una esquina. Ahí me espera un carro al que le ato un globo aerostático. Me trepo en él y comenzamos a carretear. Unos metros después, se eleva. Contengo la respiración. Sigo volando unas cuadras más hasta que ellos se cansan de correr y desaparecen. Vuelvo a respirar pero me ahogo, toso. Cada letra que regurgito cae y quiebra una baldosa. Es un discurso brutal y siniestro.
Entonces me duermo en mi propio sueño y descanso un poco aún sabiendo que mañana estaré hablando con algún otro que querrá otra vez revelar todas mis poses.
¡Un juego tan estúpido es tratar de entender! Siempre resulta en un final absurdo. Por suerte es sólo un sueño y los sueños no duran demasiado.
- No pueden durar demasiado si tenerlos es siempre detenerlos.
Nadie los detiene. Ellos simplemente se cansan antes que yo.
…
Para el paciente, preguntar es intentar poseer y no responder es preservarse. Su historial clínico espera ser unido por algún fervor literario en un relato medianamente descifrable. Nunca alcanzará a ser libro y no por falta de calidad sino porque él mismo así lo solicita.
(para mí es suficiente bajo este formato, para otros sólo será evocable el día que su historia se deje domesticar como un perro cuyo lomo sepa describir una posición entre aquellos bellísimos ejemplares en los estantes de la biblioteca)
- Usted es el responsable ante el desierto.
- Es que me ven y no me ven.
Habla de su alma como si fuera un camisón. Refiere llevarla siempre por sobre encima del cuerpo de manera que le sea sencillo quitársela en caso de emergencia.
Su andar, la manera en la que se mueve, parece ajustarse más al miedo que al libre albedrío. Según el parecer de las enfermeras, se dejaría llevar por el sonido de sus propias pisadas: “Como si quisiera sentir el contraste que hacen sus zapatos con el silencio del suelo.”
Ha calificado a la oscuridad con adjetivos tales como: compacta, esponjosa, áspera e imperceptible.
Esto mismo es lo que nos ha llevado a considerar su caso como irrecuperable.
Se quedará en observación hasta que algo suceda.
No me sorprendió cuando la combi llena de cieguitos frenó a mi lado (tampoco me había sorprendido cuando Amanda llegó con la bandeja llena de galletitas de avena, deformes todas, pero con el clásico sabor de las pasiones reprimidas).
Resulta lógico y esperable no sorprenderse de esas cosas si uno finalmente decide poner en manos del destino todas las creencias ¿no le parece? Después de todo, si esto no hubiese sucedido (lo de la combi) jamás nos habríamos dado cuenta de lo profundamente desconocidos que éramos el uno para el otro. ¿O acaso hay alguien más desconocido que aquel a quien estamos viendo por primera vez?
Toda una tentación, dígame si no. El privilegio de ver vs. una multitud de ciegos. ¡Pude haber hecho tantas cosas! Confundirlos con el silencio, marearlos con una conversación rotundamente liviana (pero llena de palabras complicadas), seducirlos, confundirlos, exponerlos, rechazarlos.
Los ciegos estaban tan en mis manos, sabe, que hasta sentí que por una vez, si me lo proponía, podría torcer todo eso que llaman destino. ¿Por qué no? De ninguna manera era difícil hacerlos desaparecer, matarlos de a uno o en bloque, a martillazos o de sed, dejándolos atados a un árbol o sueltos en una autopista y a la buena de Dios.
Pero no. A mí todavía me quedaba algo de sensibilidad y a los cieguitos, bastante de suerte.
Recordar todo esto es como ver un humito desleído escaparse de mis sienes. Se eleva licuándose, apagándose, olvidándose de su función hasta desaparecer por completo.
¡Cuánto más simple sería vivir una vida en la que las elipsis sean los únicos momentos memorables! Me tranquiliza pensar que desde un punto de vista ético, debe ser mucho peor crear un recuerdo que olvidarlo.
Durante esos ratos paréntesis, brevísimos espacios de conciencia, me dice que a menudo se pregunta por qué nunca le ha interesado saber qué otras más ingles que la de ella habrían querido, él y su propia lengua, lamer.
Yo aprovecho esos instantes de conexión para conocerlo. Le sugiero que se haga esa pregunta y que intente contestarse.
Se pone violento. Me dice que no es amigo de las preguntas y menos de las respuestas, pero a veces lo intenta.
Una vez me contestó lo que no quería oír y el frío me corrió como una anguila mecánica por la espalda. Le pedí que se callara pero continuó. Mi lengua no se detuvo. La información sobre mis prácticas linguales, presuntamente democráticas, que siguió manifestándome a lo largo de aquella conversación intentaba satisfacerme, pero lejos de eso, sólo logró hacerme sentir el principal responsable.
¿Por qué propicio yo esa fuga de curiosidad?
Al finalizar me confiesa que ha sido doloroso, aunque sin duda, muy interesante conocer de la especial glotonería de “la declarante” (así se refiere el paciente a su lengua) acerca de orejas y dedos varios.
Su confesión anticipa la desconexión y volvemos al lugar primario en el que las palabras se susurran a sí mismas al oído de la inteligencia.
No es falta de interés – me dirá desde el diván antes de irse – hay cosas que uno ve en los ciegos que a otros, aún con el camisón remachado a los huesos, sencillamente se les escapa. Quizás esta gente se ocupe de otra realidad y la busque en otra parte. Yo no.
Nadie es igual a nadie. Es sólo una cuestión de talento.
“Just as you take my hand
Just as the drinks arrive
Just as they play your favourite song”
Vamos, niña ciega, agarrá el costurerito que ya es hora de ir retomando el patchwork.
Así la despertó. Maneras y maneras, formas y más formas. Pero que no se queje, por favor, si recién, hace instantes, abrazada a su monstruo mostraba sus penas al pasto (imperio de lo reciclable de casi todas las cosas) y se dejaba marear por el loop de lo sabido.
Que no joda ahora. Después de todo, qué tanto le puede costar recomenzar con el bordado?
La circunferencia, amiguita de lo plano, se arma cuando la niña se dice, se desdice y vos te quedás parado de esclavo ante la opereta ritual. Qué virtuosismo! Ella se tira de los pelos, se te cae de los dedos y te nombra Elemento.
(completan la idea varias lagunitas en las que se bañan las veredas y todo lo demás: Plantas, gnomos, “parole, parole, parole…”)
Y entonces se incorpora: Te tiembla acá, viste, y se señala ahí, en el cambio. Digo y nombro, retruca, pero ya no le queda nada más que la ficha con las diferencias que hay entre el mapa y el posible territorio.
- En cuál terreno hemos de construirte? Habrá que nivelarte, cascarita? A vos te parece?
Y si. Si hasta la soguita hecha de brazos se desvive por salvarse de entre todos de colores, por qué ellos no?
“Luminosa” dijo (”wish away the nightmare, you’ve got a light, you can feel it on your back”).
Y era así, nomás, aunque no lo pareciera.
(ya no puedo reconocer las canciones, tengo un nudo en las cuerditas)
La tipa (los niños crecen rápido, casi de un día para el otro te diría) ahora habla del hijo (que también crecerá) y sangra energía, pobrecita.
(y mirá que habiendo cosas para sangrar, inteligencia, por ejemplo, vos viste, se iba en energía la infeliz… qué pelotuda).
Todo esto es demasiado complicado de explicar. Si no estuviste, no vas a entender. Éramos veinte y parecíamos como treinta o treinta y tres. Nos habían cosido a la tela para que fuéramos un barrio pero no sé, ahí la cosa venía medio de sin bromas, de ver qué tenés para ofrecer y hasta dónde podrías recibir (si, aunque suene licencioso o arriesgado, cada tanto tenés que dejar que te den) determinadas puntaditas.
Y después a laburar de cosquilla para que nadie te pueda venir a quebrar las vertebritas.
Algunos se molestan por asuntos de dinero, otros porque la energía se les pueda ir a borbotones, pero la mayoría se preocupa porque la muerte los vaya a dejar muy solos. Se llevaban a mi hija y a mi amor… (la cara desencajada de lo humano y puesta en pose de “Yo bananas no te como”)
Si no estuviste, no vas a entender, pero te cuento que la radio viajaba por los celulares, por el aire y la physical manifestation (ayer el rocío se hacía la niebla) te entraba por los poros.
Igual siempre hay alguien que está mucho peor.
(a él le entró la vida por el culo, imaginate, así que para qué preguntarle si se siente presionado)
Todavía ensayo la floración a pesar de que toda ternura parecería vulgar. Todavía ensayo el arroz suficiente que me seque el cansancio.
(es que apoyarme en lo extraordinario es lo único que me confirma que acá no pasa nada)
Esquiva la caída, lo veo desde mi cama -aún no he podido sacarme la vergüenza. Lo hace. Él camina sobre hilos de arroz.
Antes fue –o pudo haber sido- una foto de Moriyama, pero ya no. Parecería que se desteje -como quien habla de su propia muerte y así muestra su presencia ante las cosas- pero no, tampoco es eso.
Me gustó Moriyama porque su nombre me sonó inmediatamente como el de alguien conocido: Una enfermera – o era una mucama, o era una ilusión o una fotografía de esas que crujen a los ojos de tan secas o grises, escondidas para siempre en la comodidad de las cenizas?
No hay modo de saber quién es quién en ciertos libros. Y ahora, después de Moriyama, tampoco hay modo de ver qué lugar ocupamos en las fotos.
Alguna vez le hablé -le advertí, mejor dicho- del peligro de aventurarse por los techos, pero él, nada. No quedará nadie, ni loco, ni negro que cante gospel en el mundo, le dije.
Me contestó que “seguramente” – él es un encanto, nunca me contradice- llegaría la noche “esa”, de la que yo le hablaba, “a aplastar a todos entre la estupidez y el delirio”, pero que él estaría a salvo del incidente.
La noche “esa” de la que yo hablaba, dijo.
Después de eso, para qué decirle –avisarle- que la noche – “esa” noche de la que yo hablaba- sería un infierno, si era ese infierno mismo algo dignísimo de su gusto?
Es indudable que la ciudad crece, pero de noche parece detenerse. Desde los tejados por los que él deambula las botellas de las tapias son coronas afiladas. Todo es accidental (de noche, cualquier sonido se puede volver un ruido tremendo) Todos quieren ese cristal. Muchos lo piden (para después desangrarse con ganas)
Esquiva la caída aunque abajo ya no espere nadie. De qué cosa será garantía el silencio impar?
El perdón llegará? El derrumbe es inminente.
Pero además, anoche soñé que finalmente vos y yo nos encontrábamos. Vos sonreías.
Yo, en cambio, seguía mirando los últimos veinte segundos del video una y otra y otra vez.
Hace ocho minutos que ella habla con su lápiz de labios.
Los vidrios de las ventanas están cerrados. En la cocina, desde el suelo y debajo de la silla, Artemio mueve la cola en la visión del cotidiano tacho con agua y del hueso que ha heredado de mamá.
Mucho mejor, piensa, que las plumas que ha venido tragando y tosiendo durante los últimos episodios.
La puerta también está cerrada.
Por la ventana pasan de a pie las cabezas.
(cómo respiran estas cabezas si no es esquivándose las unas a las otras?)
Responderán a las expectativas del organizador? Acaso alguien, esta vez, habrá podido organizarlas?
(acaso alguien, alguna vez, habrá podido responderle?)
Desde el agua se asoman y llegan al aire más cabezas con sus labios cuarteados. Miles de cabezas cruzan el pueblo, se ovillan con los caminos, se meten en la sangre codiciándonos el hierro.
(diferentes modos de llegar a un mismo punto, dirás, pero decime si atravesando otra vez el parabrisas no sería delicioso…)
El perro le ladra. La mujer no le contesta.
(Artemio está harto de ser la única cosa que une a su ama con los consuelos y encima ahora ella no se aviene a la mímesis del ladrido)
Si el cielo estuviera limpio Artemio se pondría a pensar cualitativamente hasta alcanzar ideas tales como: “con mi sola existencia, he logrado dividir al infinito en dos semieternidades, multidireccionales de opuestos sentidos, aunque con un origen y un fin idénticos: Yo mismo”, pero hoy no va a poder porque el cielo se ha oscurecido y por más que él esté a salvo, esa circunstancia le moja el equilibrio
(eso y lo que le está pasando con la mujer, que no se aviene)
Afuera, a los pájaros se les ha antojado invadir el espacio que ocupan las cabezas. Les caen encima, bárbaros, con sus sombras en la panza. No se puede respirar. Por sobre las calles y las veredas, todo se llena de picos y plumas. Ahora ya nadie podrá leer lo que digan los carteles.
(la próxima salida podría ser la definitiva y quizás las cabezas no alcancen a verla)
Qué violenta circunstancia la de los pájaros conquistando el lugar de las cabezas!
Primero les arrancan los ojos.
(así comienza la primera ceguera)
No se describe intención en los pájaros de querer acreditarse de una forma más amable ante ellas.
No se registra en ellas muestra alguna de adaptación etológica ante el ataque.
La influencia de los pájaros se aprecia negativa para el conjunto de ojos.
La lógica y la ética no son tenidas en cuenta como variables en este sistema.
El curso de acción de los pájaros parecería ilimitado
- Cómo puede ser – se pregunta el perro- si cuando mi ama dicta, yo escribo?
(como si en ese acto de dictar y escribir, los dos lograran entenderse)
Cómo puede ser?
(cómo, pobre Artemio, podrá entender que simplemente pierde las partidas porque pierde según las reglas de un juego que no puede reinventar?)
- Pero cómo puede ser!
Hace nueve minutos que ella habla con su lápiz de labios. La imagen de su boca en el espejo parece que se cae.
(como si dijera: “he de morir de cosas así”, pero en realidad dice otra cosa)
Debajo de la silla, Artemio cierra los ojos y vuelve a su indolencia más pura.
(y está bien, porque mirar es buscarle un sentido a lo que no lo tiene)
Sabe que la mujer va a abrir la puerta y se va a ir sin haber ladrado ni una sola puta vez.
(y está bien, porque hablar es querer darle un sentido a algo que jamás lo va a tener)
Detrás de la mujer y de la puerta, en la cocina, desde el suelo y debajo de la silla, Artemio alcanza a oír el aleteo y a los pájaros abrevando sus picos en el hueco que dejaron los ojos de ella.
(y claro que se siente más seguro ahora que los pájaros y el dolor se han hecho realidad)
La cabeza de la mujer pasa de a pie por la ventana. Su cara es un desastre sin ojos. El frío le espesa el aliento -parecen nubes blancas.
Si Artemio la viera, diría que esas nubes son los globos de diálogo de toda esta historieta.
Pero el perro tiene los ojos cerrados. Sueña que ella no existe, que alguien así no puede ser, que es imposible.
Escrituras y fórmulas para atrapar una abstracción cualquiera hasta que no se pudiera más y entonces…
…para qué era que debíamos decir la soledad?
- Te juego un juego. Es todo o nada.
- Dale.
Cada vez me fascina más la efigie de lo vano. Lo importante me tienta un poco todavía, seguramente porque me señala el quiebre y, desde ahí, la distancia. Pero es lo trivial lo que me lleva al vaivén que va del abuso a la saciedad, hasta quedar desorganizada a un costado, plena de indiferencia, como quien se dilapida en un sueño suspendido.
- Tan triste y aún riendo. Eso es lo que más me gusta de vos.
Aprovecho esta luz accidental para ponerme a pensar si será de noche o verano ahí adentro y a fotografiar este ligero registro del límite para, de ahí en adelante, ir para allá – cualquiera sea el allá- con mucho más cuidado.
- Hay que crear un estilo nuevo para cada obra para no terminar esclavo de la seguridad que define.
Sin esa búsqueda de lo Otro, sin esa purga del carácter, quedaríamos expuestos al pacto que siempre, indefectiblemente, hace alejar al precipicio de su pobre víctima.
Yo he oído tanto sobre las cárceles en las que se han viciado todos. Todos intentando decir lo mismo con mayor o menor brío, tino o talento.
De eso no se escapa.
- Digamos que poco o nada me costaría rehacerme esta vez -las costumbres son arados. Sin embargo, rehacerme, no es otra manera de hacer continuar en mí un pasado inmodificable?
Para qué seguir si seguir es repetirme incapaz de entender el acto consumado de esta nueva catástrofe?
- Porque en cada nueva creación existe un presente puro que nos permite jugar a que las reparaciones son posibles.
- Un presente almacén que le daría un sentido a la nada?
- No, mi querida, con la iniciativa lo único que hacemos es jugar.
- Un ejercicio aparentemente inútil.
- Inútil pero entretenido. Se trata de calmar al sedicioso que tenemos acorralado en el escondedero de la desolación, orgulloso de su sufrir, simulándole que podrá acomodarse algún día a esta nueva nada, otra vez tan recurrente.
- Bueno, dale. Empecemos.
- Tan triste y aún jugando. Eso es lo que más me gusta de vos.
“Me escondo para que no pueda despedirse. Alegre por encontrar la travesura, me escondo. Me escondo detrás de mis párpados al cerrar los ojos, como cuando era feliz y esperaba que alguien me salpicara para abrirlos y reír.” Carlos Viturro
“Asterión”
Lo hiciste de nuevo. Tomaste una decisión por mí.
Esta vez, que no pudiera despedirme.
(y que no pudiera despedirte)
Te fuiste a escondidas.
Y está bien, porque no despedirnos fue tu Gran forma de hacerme saber que siempre vas a estar.
Gracias, Aste.
(igual, aunque yo sepa que estás, te voy a extrañar tanto)
Te quiero
Te lloro
Vig
“Pero peor que peor,
lo que le pasa al perro Goma
que cuando se rasca se borra
que cuando se rasca se borra.”
Omar Argentino.
Nunca fue fácil. La presencia de los lobos nos acobardaba -nos acobarda aún hoy- y no habíamos decidido si íbamos a volver, o derecho a atravesar los blancos dibujados con las tizas que el bienestar tarjetero nos había dejado como migas mientras nos pasaba por arriba.
No recuerdo quién de nosotros, una vez muertos los lobos (o esquivados), fue el que aceleró, se adelantó, dibujó los blancos y volvió corriendo sobre sus pasos para convencer al otro de que los atravesáramos juntos. Tampoco si yo -de los nervios, supongo- me puse a hacer sombras de animales con las manos, o a tomar distancia como solía hacer cada vez que aparecían los lobos.
- Cómo piensa contarme su historia si no se acuerda de las cosas?
- Es que son datos anecdóticos y sin ninguna importancia. Qué más da si fui yo, o no, si acá el tema es que el bienestar nos sacó varios cuerpos y que adelantarnos a cada rato para dibujar en el mapa los blancos a traspasar nos llevaba más energía que correr guiados por los olores de los lobos?
- Pero debería usted recordarlo. Fue parte de su historia.
(dicen que quienes no guardamos ni convocamos, y dejamos desaparecer los recuerdos, nos quedamos desprovistos y vacíos, dependientes del futuro, porque el pasado no nos pertenece)
- No lo creo. La memoria tiende a ser despótica, invasora y excesiva.
La cosa es que a pesar de lo demorados que íbamos y de las ausencias extremas que los dos llevábamos encima, llegamos a tiempo (ahí adonde las paralelas se unen) para ver al verdugo vestirse de ceremonia: Una a una –pudimos verlo muy de cerca y casi vivirlo en carne propia- se acomodaba las navajitas.
(los verdugos también tienen toda una historia con el tiempo y los apuros que nunca celebran, porque los apuros vienen de la necesidad del sujeto de buscarse a sí mismo, y sabido es que a los verdugos sólo les interesa saber si durante la ejecución tiene pensado llover (“don’t rain on my parade!”) o si pueden salir tranquilos, sin miedo a que se les corra el maquillaje)
- Y por qué no los escribe? Si para eso, en el afán de conservar los recuerdos, el hombre inventó el tiempo y la escritura.
(y escribió, sistemáticamente, por siglos, cada detalle de su historia, cada dato, cada sensación)
- Para conservarlos o para reinventarse?
- Véalo así: Al escribirlo, se volvió un productor de la exteriorización de sus recuerdos.
- Eso es inexacto. Los recuerdos son inasibles: la memoria siempre exagera los contornos.
(y los negros, y los blancos…)
En realidad, nosotros éramos de los que opinan que la esencia de las acciones está en la previa, en la preparación del momento, y no en el momento en sí. Por eso es que vivíamos a mil, yendo de una celebración a la otra, buscando los camarines de los verdugos y –claro que dependiendo del sistema en el que estuviéramos inmersos- también de los payasos. Verlos maquillarse era el premio a todos nuestros viajes. La búsqueda misma del vínculo entre la preparación como tránsito –o trance- y la muerte –o la carcajada, vamos- como hecho final.
Si yo hacía animalitos de sombra con las manos, o tomaba distancia escondiéndome en mi hombre, si había sido yo la que corría a dibujar, o no, quiero decir, recordarlo ahora, qué sentido puede tener?
- Yo creo que hay un tiempo para guardar y un tiempo para olvidar…
- Todo es olvidable.
- …y uno para apurarse y otro para llegar.
- Pero si nadie nos espera, por Dios…!
Vimos en detalle todos los principios y todos los antes de todos los principios. Era una delicia vernos mendigar y relamernos como gatos los restos de la Gran Sardina Creadora. Un deporte bien resuelto para nosotros que siempre habíamos vividos limitados por cuestiones económicas o de geodesia.
- Pero ahora ya ni eso. Ni esa curiosidad nos queda. De hecho, yo creo que ya no tengo estómago para estas navajitas. Y sin embargo, no pasan más de cien noches sin que extrañe ese fulgor. No las cuento una por una, porque eso de contar es parte de lo que le decía de la memoria. Como cuando hay que contar las sílabas para poder decir que algo es poesía. Dígame si no es ridículo!
- Yo creo que no.
- Usted es de los que estudian el Origami? De los que leen en detalle las historias que otros escribieron para protegerse?
- Es más entretenido y útil que olvidar.
- Claro. Leer en lugar de olvidar. Es lo que ellos buscan. Fecundarnos con su producto. Objetivan los recuerdos, literalizan su memoria para alienarnos y que nosotros los regestemos. Ese es su método de conservación, entiende? Nos invaden, nos embarazan de su producto plagado de fonemas intrigantes, fonemas de vanguardia, activos y pasivos esmeriles. No lo ve? Por favor, que está clarísimo!
- Entonces, es por eso es que usted ya no lee?
- Leer? Leer es lo de menos. Lo que importa es olvidar. Acá no pueden hacernos nada. No entiende? Cuando yo me olvido, acá llueve. Entiéndalo de una vez. Léame bien: Cuando yo me olvido, acá llue-ve!
Cuando hayas entendido la primera frase, lo habrás entendido todo.
Debe ser blanca o amarilla. O rosa pálido, la rosa. Así comienza el cuento de atar.
Cuando llegues a atar, conocerás, comprenderás y serás todas las cosas selladas.
(pero antes deberás enseñarles a caminar a las muñecas, a pintar a los mancos, a cantar a los bailarines, a secarse a las nubes y a llover a la tierra)
Atar, atar es imposible.
- Qué lástima que yo sea paralítica…
- Mejor que seas paralítica, así soy yo quien te pasea.
- Qué bueno eres, Fando…
Citar no existe. Mentir y decir es creer que siempre hay solución para los juegos. Pero esto no es un juego.
Desde el coro todos los títeres hablan de papeles y de volumen:
- Si cuando se incendia la música tu único interés es saber quién toca, estás perdido, Fando. Todo tiene una zona, un lugar adonde entrar. Solamente hay que esperar que te inviten. Es sólo cuestión de tiempo.
(y tiempo es aquello que nos ocupa cuando nuestro espíritu descansa)
Cuando arde la música el títere es obligado por La Gran Tijera a dejar de refugiarse en la dualidad de los hilos:
- Lo que importa es saber adónde va el viento.
- Lo que importa es saber de dónde viene el viento.
En el zoológico las mujeres se disparan, le sonríen, te desnudan:
- El cerdo está crudo. En lugar de comerlo, lo podemos besar?
Es barato divertirse en un zoológico de títeres. Uno se mira la mano, los huesitos, y se ríe. ¿Porque nuestras manos son verdaderas? No. Nos reímos porque nuestras manos se mueven igual que las de ellos, como movidas por otro.
(nuestras manos, además, parecen arañas)
Una vez alguien me habló de alguien que le había puesto manteca en las manos a un títere para pedirle después que se subiera a un trapecio.
Algo falla cuando nos reímos de la ironía que debería hacernos llorar.
(pero es que todo es tan gracioso!)
- Agoniza la perfección!
- Oh, qué maravilloso espectáculo, Fandor! Nadie revienta mejor que ella…
Cuando llegues a atar, morirás. No importa el modo.
(la música y las luces se apagan dos veces en los cementerios)
El humo, o es poco, o es niebla. La noche llega como si se descolgaran velos grises, uno sobre otro, hasta taparnos del todo.
Cuando llegues a atar…
Cuando llegues, quedarás suspendido, amplificado en vos. Cuando llegues a atar, podrás mirar a través de las vitrinas del museo a La Maravillosa Alteridad.
- Yo me acordaré de ti. Iré a verte al cementerio con una flor y un perro. Quiero hacer muchas cosas por ti.
- Cuántas?
(una punción en la lengua pudo haberlo salvado, pero Fandor no la dejaba quieta)
- Cuando miento, Fandor, mi lengua queda apenada. Se seca, se agrieta, se descascara. Cuando miento, Fandor, me ataca una aridez en la sangre tan grande como México.
Escribieron tantas veces sus nombres en el cuerpo del otro que se resultaron ilegibles.
Ella no quiso explicarle más nada. Fando tampoco preguntó.
Daban ganas de llorar.
Yo nací vaciada de origen. Todo se redujo a un accidente, a un ensamblaje aleatorio de circunstancias en el que quedé como mera observadora de lo colectivo.
Como quien se extrema desde la placenta sabiendo que la herida no va a cerrarse, los vi irse y llegar a todos sin nombre ni despedidas. Desapegada de los actos, para qué interesarme por nada? Una perpetua dejación (demasiado obscena tal vez) de la curiosidad que nunca tuve y del conocimiento al que nunca aspiré. No puedo separar mi desinterés de mi comportamiento. Considero un ejercicio inútil investigar si lo que se busca es caer en el hueco avaro del Otro y, solamente, concurrirlo.
Levanto los ojos y lo veo todo. Un lugar privilegiado. La escena dura unos pocos minutos. Ellas arrancan, tironean, engullen. Luego desaparecen. Se van igual de volando que como llegaron. Los Otros también desaparecen. Se renuevan. De ambos bandos. El teatro bidireccional es lo que más trabaja cuando todo descansa.
Busco algún resto de pelo o de sangre. Otro me llama. Es gratis, me dice, y me señala un visor panorámico. Voy. Exploro con mis nuevas (y gratis) lentes las restingas. Por entre las grietas se cuela la creciente y yo quiero tocarla pero, aunque ahora se ve más cerca, sigue lejos y además están las barreras (y el respeto hacia ellas, claro).
Otro me apura y yo bajo un escalón y cedo el lugar ante el visor. Sólo es comida de gaviotas, pienso. Nada más que eso. Nada más que comida de gaviotas.
La fauna y sus muertes. Debí sospechar que tanta fauna a morir ante nosotros era un presagio disgregado.
Por qué la muerte se demora tanto en ejecutarse sobre ciertas cosas? Lo explícito del frío hasta en las plumas más profundas nos ajena del verbo. Hay un descompromiso que fluctúa entre la memoria y el temor al arrepentimiento. La desatención vs. La curiosidad rígida. Querida, no te subas, me soplan al oído. Sin embargo, la memoria de los órganos de a ratos funciona y trae la pausa del golpe.
Se vive para eso. Para ese instante, el de la partícula que castiga o recompensa.
Nadie habla nunca de la Otra belleza.
Algo me distingue de las Ostras. Es gracioso.
Cómo que no hay fotos? No. Pero te acordás de todo? Casi. Es que todo era inminente. No había tiempo para fotos. Qué tal por acá? Nos cortaron el teléfono. Está bien, hay que dejar de usarlo de vez en cuando. Y vos qué pensás hacer? Me vuelvo ahora. Y tu equipaje? Es todo esto redondo? Te parece raro? Una Orca. La forma, no sé, una Orca. La forma? Las formas se agotan, se redondean, el sueño se agota, la voz se redondea, todo. Si. Y tu sábana? Llevás tus sábanas? Si, y dejo la espátula. Mejor. Decime si algún día necesitás que te peine de la tapa de la mesa. Seguro, pero ahora contame sobre vos. Contame lo que quieras. Las ovejas? Las ovejas pasan de a montones. Cuántas son? No hay fotos. No? No. Qué puedo esperar, entonces? Otra vez? Cerrá los ojos y contame. No pienso cerrar los ojos. Bueno, decime entonces qué querés ante la muerte: la apretada insignificancia de lo serio o la carcajada completa?
A veces creo que es mejor callar que desaparecer aplastada por las criaturas horrorosas que cuelgan del arbolito.
Saber quién es el dueño de la paternidad, nos salva.
Al menos sabemos que alguna vez alguna cosa nos hizo comenzar.
Antes de eso, éramos serpientes adentro de una canasta (cuando las canastas duraban más de la mitad de la vida) gozando de la lascivia del doble límite.
Alcanzó tu nombre (su sonido) a mis ojos (sólo a mis ojos) y algo se conmovió un poco.
Y dije.
Y luego seguí descansando.
(lo considero un gesto suficiente)
- Si acaso hubieras venido, no habría dicho lo que dije.
(la distancia, para esas cosas, todavía es un amparo)
Supe esperar el momento, ignoré a la impaciencia con delectación. Ese goce me mantuvo viva.
(hay acciones que nadie se atrevería a usurparme, pero yo ya doy por pagada mi deuda y puedo decir que soy capaz de engendrar sin engendrar y de destruir sin hacerlo)
- He salvado mi equilibrio.
(hoy yo podría ser la peor compañía para los muertos)
“Cuando esta noche empiece a llover, cuando el hastío me (oh!) abra los ojos y me coagule la mirada, ruego que ya nada, ni vos mismo, nos interrumpa el diálogo, amor mío.”
Y ya que hablamos de diálogo, podría escribir un pequeño diálogo, quitar de la escena las coincidencias y los buenos y malos entendidos y después armar una película con lo que va quedando. Con los recortes de una historia dialogada entre un mendigo y una equilibrista, ambos bajo las órdenes de un director seriamente trastornado por su madre, que estaría siempre en primera fila, dándole al flash, para que el pobre infeliz no la pierda nunca de vista.
Eso es la literatura, Señores!
(y Señoras, claro…)
Pero como de mi gusto por la fotografía nació mi antipatía hacia la literatura no voy a escribir tal diálogo ni nada que mencione a la equilibrista ni a la madre de nadie, que puede ser la de cualquiera, hasta del director.
(en definitiva, todas las madres son La Madre)
…
De verdad no creo que escriba nada sobre la equilibrista.
Tampoco creo que hable mucho ya. Me preocupa decir la misma cosa siempre, una y otra vez.
(la gente no quiere oír siempre las mismas cosas)
- La gente no quiere ver siempre las mismas cosas.
- Gente… gente…
- Si. Gente.
- La tal gente saldría del cine ciega -a tientas- tarareando mis canciones! Y yo me convertiría en una mujer audible! Audible, entendés?!
- Y si en vez de audible fueras un lugar?
- Y si fuera una cosa? Una sóla y única cosa?
- Existen las solas cosas?
- Siempre igual vos…
(si yo fuera un lugar, sería todo aquello que está afuera)
Penélope se desquita. Nada le hace sombra.
Salto mortal sin redes posibles. Lo siente todo.
Ella quiere no mentir y busca cómo ignorarlo.
Mientras soporta. Mientras se esfuerza.
Apenada. Mucho. Muchísimo. Y luego el callo. No hay triunfo.
Izará las velas.
Será amada. Dios hará que el hielo se le suavice en el alma.
Ella le canta. Dejará su ropa. Seguirá la corriente.
El amor brindará por el desnudo.
Penélope descorre la sombra. No la deja hacer.
Salta, mortal, sin modo de sentir que todo es posible.
Ella no ignora qué quiere. Lo hace mentir. Lo busca.
Mientras soporta. Mientras se esfuerza.
Por nada. Mucho. Muchísimo. Y luego encalla sobre el triunfo.
Izará las vendas.
Será almohada. Suave deshará el hielo de los desalmados.
A ella le encanta. Una copa dejará en la corriente.
El amor no tendrá con qué brindar.
Penélope corre distinto. No hace sombra. O la deja.
Salta el sentir de modo que todo sea posible de matar.
Ella ignora lo que quiere y hace que busca. Miente.
Mientras soporta. Mientras se esfuerza.
Por poco, mucho. Muchísimo. Y luego se calla para sorber su triunfo.
Buscarán la venda.
Embalsamados serán suaves. Serán almohadas en el deshielo.
Ella será la copa. Se dejará cantar por la corriente.
El amor tendría que aprender a nadar.
Penélope deja de correr a su instinto. Volverá a ser la sombra.
Y salta para sentir todos los modos posibles de morir.
Ella no los ignora. También hace que quiere mientras busca.
Mientras soporta. Mientras se esfuerza.
Por boca. Mucho. Muchísimo. Y luego se calla para sorber su triunfo.
Vendrán a buscarla.
Embalsados. No habrá qué suavizar, serán almohadas de hielo.
Ella se hará de copas y el cántaro dejará de correr.
El amor, entonces, no tendrá nada que hacer.
Penélope deja correr a su instinto. No va a volver a la sombra.
Salta para sentirse de todos los modos posibles antes de morir.
Ella no los ignora. También hace lo que quiere mientras busca.
Mientras soporta. Mientras se esfuerza.
Provoca. Mucho. Muchísimo. Y luego se calla para sorber su triunfo.
Vendrá a buscarla.
En la balsa no habrá que suavizar, ni almohadas ni hielo.
Ella será la copa o el cántaro cuando deje de correr.
Y entonces si, el amor podrá dedicarse a su mejor menester.
El mar tiene el entusiasmo y la capacidad de escuchar y anotar con minuciosidad entomológica cada uno de los deseos de Penélope. Claro que después hace cualquier otra cosa. Y con una impavidez sorprendente.
Corre. Sus tacos permanecen más tiempo en el aire que en la tierra. Escucha el razonar de todas las formas con las que el agua se ajusta bajo su piel.
(Penélope no reconocería ninguna otra lluvia)
Siembra unos pasos como migas para armar el atlas que la traiga de regreso.
(pero el barro siempre se apura a negar los picotazos)
- Para que haya consuelo no es necesario que se muera la sombra. El consuelo nace de lo oscuro y desde ahí se desliza hacia la superficie.
(es extraña la actitud de Penélope. La sombra podría ser un refugio perfecto)
Mientras salta despreocupada a través de la ventana, de la pared colador, el cuerpo de Penélope se descompone. La curvatura móvil de su silueta portante se astilla.
- Cuando llegue la cianosis, cuando ya no sea necesario volver a respirar, mi cuerpo ya no servirá para nada.
(tampoco “los rastros de este afán”).
El deterioro le dice: “Besalos, besalos pronto, nena, hacelos felices a estos pobres pobres hombres.”
Ella los mira. Busca en la fractura inmensa del agua por donde emergen los barcos. Pero su búsqueda no tiene objeto.
- Sólo los cuerpos han de buscarse, mi niña, no los objetos.
- No te cansás de enviarme reemplazantes? Hasta hace unos días no podía pensar ni un minuto sin ser interrumpida por alguno de tus enviados y sus estúpidas mordeduras.
Es bien conocido el poder de las palabras, pero nadie imagina el peligro que despierta del silencio de Penélope. De la gangrena de la lengua que duerme en Penélope.
Ella se siente ganadora porque con su silencio podrá evitar que las órbitas se choquen. La suya, tan solo rozará el encantamiento.
Con los ojos bañados en el almíbar que le brota desde el conocimiento del triunfo, Penélope se eleva hacia la abrasión de lo dulce, al festival de la promesa.
Penélope vive de la esperanza, cierta por imposible, de que llegue el barco con la gota que la rebalse. A los ardores los suaviza con el fresco y tonto placer de dar vuelta la almohada o con el de masticar el hielo que se ha ido quedando en las copas.
(esas que podríamos haber seguido rompiendo hasta la harina)
Ay! Si pudiera ser ella como un reloj, si pudiera culpar del destiempo a su triste e imperfecta maquinaria!
NdA: Todos los personajes de esta historia hacemos bien nuestra tarea. La vida sigue y todos tenemos cosas que hacer mientras Penélope corre.
- Se detendrá Penélope algún día?
- Quién sabe. O quizás también nosotros comencemos a correr.
- Y el amor?
- El amor podría dedicarse a tejer algo mientras tanto.
Según las épocas van variando las infusiones.
A alguno le debe pasar con las golosinas,
con las marcas de cigarrillo o con las lecturas.
A mí me pasa con las infusiones.
Según las épocas es el bicho que se arrima.
La hormiga se me escurre por entre los dedos
pero se baja enseguida. Ya no siente ese dulzor, supongo.
Era noviembre cuando leí: “me agarró un miedo como si te fueras a morir de frío o de repente”
Fue como una premonición. Creo que ese fue el día en que dejé de leer.
(vos que me preguntabas que cómo, qué cuándo, que por qué)
Era noviembre, es noviembre.
(continuamente debería ser noviembre)
Rapsodia de noviembres
Mes en el que todo comienza a comenzar entregado a su ser.
Mes en el que todos estamos, no en el camino del medio,
sino en el medio del camino
(como estorbos almacenados que esperan Navidad)
En noviembre somos:
Abalorios magullados en el pecho o adornos para el futuro arbolito.
(Nota: si esto te suena de alguna manera romántico, algo estás leyendo mal. Esto es decididamente técnico)
La donación de los segmentos de la lepra arbórea avanza como bala por los plexos en ayuno. Es la tundra violeta de noviembre.
¿O no es la decadencia del jacarandá una cosa de todos los días pero noviembre el mes en el que este ocaso se le nota?
Hace un tiempo se habían puesto de moda las flores para las ensaladas. Se te pegaban al paladar. Se escapaban del vinagre primero y de la lengua después. Ni un ruido hacían y entonces no te dabas cuenta de que habías comido hasta que (con suerte) alguien te avisaba que tenías algo violeta pegado en los dientes y empezaba a guiar a tu uña ciega.
- Más arriba, más al costado, no no, del otro lado… ahí, si.
Y listo.
Ahora es todo más competitivo y es raro que alguien te avise que tenés algo entre dientes.
O los cordones desatados.
(o el reloj a medio abrochar)
Yo tenía una flor que me hacía el numerito del silencio cada vez que le pedía. Como a un títere yo la desvalijaba de todo lo que era espuma hasta que se le veía bien bien toda la rabia. Como un esqueleto sin excusas para el circo de las fotos o de los espejos.
Pero, en realidad, lo que yo quería decir con todo esto es que las flores siempre triunfan.
Y triunfan porque no pueden ser abandonadas.
Ellas se van como quien dice ya vuelvo
(pero no)
Se alejan un poco
Se acercan bastante
(como suelen hacer las cosas imposibles)
Acercar y alejar, dos verbos en definitivo
(como amar o látigo o sin tiempo)
En noviembre, la flor es la previa, el pan a la boca.
Después viene lo bravo.
Porque por más que nos encandile, la florcita violenta no va a hacer que los párpados nos pesen y se caigan y tapen finalmente al tedio existencial
Liso
Chato
Abstinente
Sobrio
Ingenuo
Simple
Frugal
El tedio. El sometimiento. El hartazgo.
Ese cautiverio en el claustro interminable de la fiebre,
donde todo es lamer la fruta hasta el carozo,
olerla hasta el carozo,
desearla hasta que la saliva sangre
(pero sin morderla jamás porque algo nos debemos los que respiramos y porque además conocemos bien el riesgo y nos sabemos de memoria los contornos del abismo)
- La insistente persecución de la memoria se concentra sobre aquello que adora, sobre aquello a lo que se le cree siempre y cuya sombra nos remolca.
Pero nada es para siempre, lo cual es un alivio.
El otro día pusimos en algún lugar del universo una mesa con forma de aljibe mientras dejábamos en claro que la elección se quedaba entre la tierra y la cápsula.
- Todo esto se acomodará en el reloj según señalen las agujas de la recaptación
(o de la capitulación)
El día o la noche duran lo que dura la actitud.
(el problema surge cuando la actitud se escribe con una prosa que se regocija en su pobreza tópica)
“A grandes errores, pequeñas rectificaciones” podría ser una gran frase célebre.
No tengo otra observación inteligente que hacer al respecto.
- Haría esas cosas sin darse cuenta (sin querer?)
- Sí, si aún hoy, fíjese, patea a un costado las cáscaras de banana.
Yo creo en ella todavía, aunque pocos me entiendan cuando explico que, para mí, lo hace para que nadie detrás de ella -y mientras ella no acompase su paso para salvarlos- vaya a patinarse y a matarse contra el cordón de la vereda.
De esa manera, su espíritu apenas sufre. Sufre a penas.
Como cuando yo me pongo a creer en lo indefendible, se entiende? Cualquiera puede. Como pasa con tantas otras cosas que cualquiera puede.
Sube el telón de la metáfora y al escenario el mago.
(demasiado pañuelo tapando el nada por aquí, nada por allá, dirán, pero el mago sabe que lo más rico de los quesos son siempre los agujeros, que el anzuelo está ahí, en el mismísimo agujero)
Separación vínculo separación.
Todos los días nacen los árboles y todos los días hay que podar.
- Déjame que te cuente mi leña, ahora que aún se esfuma el recuerdo…
(todo por sobre la imagen, que sigue levando)
- Debe ser muy difícil morirse uno del todo, pero hasta la arena va a terminar pudriéndose también.
Es que si la arena tuviera bordes definidos, todo sería más fácil. Pero nadie enmarca. Las cosas ya no son arte, cuánto hace. Cuánto que los compromisos son agua, lisura, aire, guiones que separan al yo apelmazado?
(con la mano las eleva por el precipicio. Una por una, las piedras del alud van subiendo el abismo. Cantos rodados, gigantescas, medianas, arenilla y guijarros. Sube el barro también. Remonta la basura, las cáscaras de banana, la lluvia, el polvo, hasta que en el fondo sólo queda ella. Un rato sola. En lo profundo.
Y después, lógicamente, ella también se eleva)
Separación vínculo separación.
Y ahí está el pájaro con sus alas clavadas al suelo en actitud de airoso volar, con la cara contra el piso y la vida retirada de la vida.
Así es como el pájaro, pienso yo, se inventa las cosas. Cargando todo el peso de sus alas en el suelo.
- Y cuando se aburra?
- Y bueno, cuando se aburra aprenderá a esperar los incendios y luego al deshielo.
El pájaro que se inventa las cosas dice que eso es mejor que volar.
- Pero si ves muchas películas o escuchás mucha radio o leés muchos libros, no vas a poder protagonizarte en nada. No te va a quedar tiempo! Los ojos tienen que andar más sueltos, pajarito. Libres. Para meterse adonde puedas entrar.
De qué se trata la película?
(estas son las preguntas que nos justifican el hecho de estar vivos)
Nada por aquí, nada por allá…
Los besos dichos, vistos o escritos, no son besos. Son películas y radionovelas en las que no nos besaron.
El exotismo se vuelve algo común para los ojos curtidos sobre el viejo puente. Los ojos de las mil visitas al río. Ojos gastados de filosofar sin arte para alcanzar el saber de la alameda.
Quizás algún día el hartazgo nos modifique tanto las preferencias que ya no haga falta buscarnos en los espacios comunes.
Todavía mordemos los cabos para que no se nos escapen las derivas.
Todavía barremos las noches de la niebla y a los finales que se marchitan lejos y apurados.
Breves todos. Como jazmines.
No tengo el más mínimo recuerdo de haber aceptado participar de esto.
Los de abajo se han encerrado y el capitán ha ordenado que abramos las puertas. Por debajo de nosotros se los oye trabajar como siempre, sin embargo, los ruidos no son los mismos que oíamos antes. Los han alterado, ya no se oyen huecos sino húmedos y hay una arritmia en el orden de los gritos, siempre seguidos de un golpe que nos deja vibrando como varillas o diapasones que no saben de pulso.
A la muerte de Krane la sobrevino la venganza de los de abajo. Algo envenenó la calma. Quizás el subestimar esta realidad plagada de conceptos y licuada de pruebas.
La guerra y el genocidio son ciertamente un tema deprimente sobre el cual escribir por lo que obviaré detalles. Todo es tan irrelevante como irreversible. Sólo diré que durante estos nueve días una cosa que hicimos mucho en cubierta fue arrojar a sus muertos por la borda. Los de abajo, en cambio, dejaron las portillas abiertas, no para que se ventilara tanto olor a muerte que emanaba de esa suerte de catacumba submarina, sino para que nosotros supiéramos que abajo estaban los nuestros, también pudriéndose.
Los demás son todos detalles forenses.
Lo cierto es que ahora hay que abrir las puertas pero nadie quiere acercarse por temor a ser muerto.
(o como un intento por continuar por sobre la inexorable derrota)
Es que sin este miedo estaríamos privados de redención.
- Miedo es rezar todas las mañanas para que sea feliz. Aunque ya no me ame. Eso es el miedo.
Palabras del capitán, que lucha ahora en solitario contra las cadenas, contra los tablones que obstruyen las entradas del infierno.
Le sangran las manos. Le sangran los huesos de ese esqueleto que vivió envuelto en carnes y carnes y en más carnes, sin partirse, porque no es la herida lo que lo mueve, sino su cicatriz, estar frente a la puerta con la gemida sospecha que quizás detrás ya no haya nada.
Durante los últimos días he estado intentando adivinar sus intenciones a través de la lectura de sus gestos, de sus ojos inestables, inmóviles, porque sé que desde ciertos ángulos, algunas cosas parecen menos peligrosas de lo que realmente son, pero decir que el capitán se ha vuelto loco sería insultarlo. Él estuvo toda su vida más allá de la cordura o de la demencia.
Cómo se atreven los demás a bajar la mirada para ocultarle que no van a seguirlo?
Bassard mira y fuma, y mientras tanto amanece, llueve, anochece y vuelve a amanecer. La niebla nos roba consistencia (siempre) unos minutos antes de la lluvia.
- Nadie logrará quitar esos clavos. Entre ellos y la madera hay un momento eterno. Atrapado.
Siento cierta antipatía ante esos días que no tienen ni la menor idea de para qué vinieron.
También por el cielo, cuando llueve o graniza cómo única forma de caérsenos encima.
El cadáver morado de Krane fue encontrado a la mañana siguiente. Sus ojos entrecerrados, llenos de pelo y moco, producían una distorsión grave al sentido de la estética.
Primero fue el ruido de los golpes estratégicamente combinados con el de sus huesos quebrándose, luego la rápida y panorámica caída hacia las redes, después la nausea, el miedo, el pensamiento organizado y entonces sí, ahí sí, el cuerpo de Arseni Krane supo lo que era el dolor.
(probablemente haya sido la pesadilla de sabores que se mezcló en su boca lo que lo alertó sobre el padecimiento al que estaba siendo sometida su carne, lo cierto es que Arseni Krane nunca supo qué o quién lo estaba matando)
El capitán ordenó un funeral inmediato y que se les comunicara la pérdida a todos los de abajo.
Se presentaron algunos, todos jóvenes transparentes, y su mujer, una adolescente de no más de 15 años que de tan blanca, celeste, la cual subió a cubierta con sus hijos, todos ellos envueltos como ella en infinitas telas de gasa, también blancas.
(al verla pensé que la providencia lúbrica de todas las selvas del mundo se había concentrado exclusivamente en ella)
Los restos de Krane se fueron hundiendo en el mar como una elegante y rectangular miga seca de pan dulce.
No hubo palabras de despedida ni llanto.
(a veces necesitaríamos al menos una mosca que nos zumbe alrededor del silencio de las brasas de esta tribu que se extingue)
Los de abajo se fueron enseguida para tranquilidad de todos los acostumbrados a ser siempre mayoría. Estos que anuncian su amor con alegorías. Los que nunca entenderán que hay gente que no necesita disimular con ropa colorida que todo no es más que una mortaja provisoria.
“Los individuos que se temen se recluyen (a leer, a estudiar o a comer en exceso) con la esperanza de que pase pronto.”
A la hora de almorzar, cuando en el suelo se comenzó a dibujar esa sombra fresca como de árbol, sólo quedábamos en cubierta Bassard, el capitán y yo, que me disponía a subir a mi puesto.
(un capitán sin mujer, un hombre que nunca se ganó un regazo sobre el cual reposar su cabeza y una vigía atormentada por el deber de callar lo mejor de lo observado)
Según lo establecido, el infierno y la desolación que anclan cada mañana sobre nosotros se van dispersando conforme se acerca la noche. Solamente nos es concedido cierto descanso durante el rato en el que el sol nos olvida o se detiene la tortura de la sal.
O cuando brota esa sombra de árbol sin árbol o esas otras maravillas que nos invaden a diario.
Lo cual es de agradecer (ciertas veces, digo) a quien sea que esté a cargo.
Interlocutora de las no bodas vienen a mí las palabras, significaciones listas para envejecer hasta hacerse ininteligibles y que nadie, ni ellas mismas, se piensen.
Asisto al delirio colectivo mientras el barco continúa con sus movimientos negligentes. El caos mismo del Universo representado en su marchar diabólico, desordenado como el deambular de los infantes, para quienes todavía resulta lo mismo pisar los bordes que los interiores de las baldosas.
Persisto en el delirio. Toda esta mentira es, para quien quiera creerla, nada más que un cuento de jugos nucleares, una piñata repleta de papelitos que dicen el día, la hora y el modo en el que algo ocurrirá, cualquier cosa.
Anoche el capitán se sentó por primera vez con nosotros. Al verlo, Bassard se puso de pie, plegó su reposera y desapareció rumbo a los camarotes. Yo acerqué mi silla:
- Capitán, no hay modo de glosar esta irrealidad.
- ¿Deberíamos entonces, según usted, no hablar ya más de nada?
Uno de los de abajo, el más joven, aprovechó el nivel del capitán para hablarle de las necesidades de su grupo. Se presentó como Arseni Krane y le solicitó un caballo. ¿Para qué necesitarían un caballo? Al cabo de unos días, él también se aburriría, pensé. Sin embargo el capitán lo escuchó con atención sin que su cara sufriera el mínimo cambio. Krane entonces, continuó. Se quejó de las carencias en las bodegas y le sugirió al capitán que saqueara (en realidad, utilizó el verbo incautar) animales y alimentos de las balsas que se fueran acercando. A todos nos pareció otra estupidez de los de abajo, aunque esta vez, ver tanta osadía, tanta audacia junta en uno de ellos, me resultó sospechoso.
Es que en el momento en el que algo -alguien- ejecuta una acción que no comprendemos, aparece indefectiblemente la desconfianza. Como cuando todo esto comenzó, que sospechábamos de cada una de las falsas señales: de las sombras, de las manchas en los animales, de los incendios, de todas aquellas cosas que sin explicación comenzaban a cambiar su forma de expresión.
Al principio intentamos reparar los daños. Buscábamos métodos, embalses, modos de control. Denunciamos a la suerte en las iglesias, en los templos y en cuanto foro nos dio cabida.
Pasaron varios días. Meses. Llegado el tercer año nos comenzamos a armar (para luego creer con firmeza) cada uno su propia teoría sobre la devastación. Era necesario edificar desde un nuevo cimiento nuevas certezas que validaran esta nueva realidad.
Así, entonces, el capitán edificó sobre el cálculo de que Ella nunca lo quiso a pesar de sus ahogos y de sus intentos por mantener el nivel de romanticismo a una altura media, cómoda y respetable; Bassard, sobre la convicción de que no importa cuánto él haga, es Dios quien no lo quiere particularmente a él y la de que a la vena poética es mejor dejarla de lado para los pobres penitentes y penar únicamente bajo el conjuro de la prosa o del monólogo romántico como para pasar mejor este tiempo, que es mucho.
Yo recalco (y no me falta el aliento para repetirlo) que tuvimos suerte. Y sobre esa teoría construyo.
Nada es demasiado complicado. Alguien quiere contar una historia deliciosa a partir de personas encerradas en un barco y ordena sin sentido concreto lo inadmisible.
Y qué más quisiera ese alguien que anduviera todo de maravilla, de verdad, aunque no importa, quiero decir, todo este drama, el suyo, el nuestro.
Lejos de preferencias o gustos, no cabe duda que ya la experiencia nos habrá inmunizado a todos contra toda la maravilla que pudiere andar, independientemente, ya lo dije, de deseos inocultables por sinceros y gordos.
Escribo esta crónica por aquello que alguna vez prometí de escribir todo lo que ese alguien me pidiera.
Creo sin pruebas. No hace falta más nada.
Bassard me habla mirando al mar. Con gestualidad nula se ofrece a buscar por mí a alguien en quien yo pueda ser todo lo ávida que quiera.
La mímica del sufrimiento sumada a una sintaxis borrosa, y la muerte alojada en la pausa (en la armadura parsimonia de la cosa literaria), contra el pensamiento diáfano.
(con esto él intenta un declive, sembrar una ausencia razonable en esa esquina de mi pensamiento, la esquina perdida por donde siempre me queda la narración incierta, confusa y extrema)
- Hace falta ocupar el distrito ese que existe entre los dedos, Bassard?
- Todo se desvanece en una sed mal saciada, mi niña.
(Ay! con la acusadora seguridad de los otros!)
En cubierta, lo más parecido a un pájaro es uno de los viejos del grupo de los viejos, el que tiene muchos ojos; el que para tomar sus píldoras levanta la cabeza al igual que las gallinas.
Es el más enfermo, pero goza. Goza con sus problemas de orificios, de salivas y de nalgas picoteadas. Se mira el dedo gordo del pie y goza. Gime. Bellísimos y punzantes fragmentos:
- “Señora, su esposo se está ajustando la cuerda demasiado fuerte alrededor del cuello; que tenga cuidado que se puede matar”.
Sin embargo esta señora está dispuesta a seguir ignorándolos. Devotamente. A él por viejo y por enfermo, y a su esposo… con su esposo la comunicación es inoperante. Desesperante. Insoportable. La comunicación entre ellos fue concebida únicamente para guardarse secretos.
El viejo quizás muera cuando el gozo lo harte o el cuerpo se digne, pero el hombre de las sogas no morirá; juró no morir hasta que el capitán le consiga un ataúd y algo de tierra. Cree que el carácter de la intención producirá ese fenomenal resultado para sus funerales.
Hemos leído y estudiado todo pero para nadie parece ya haber consuelo en el conocimiento de lo inmediato, y la densidad inmaternal de los datos comienza a plastificar también el discurso de Bassard:
“La certeza es la sonrisa de los locos inconexos. La prosa piloto les ha ido aislando a algunos el encéfalo”
El barco hace espigar la locura y con ella llegan las ferocidades a besarlo a los mordiscos. No hay nada malévolo en ellas, por el contrario, se encargan de devorar las ramificaciones oscuras que le crecen de entre las maderas al barco por las noches.
Lo verdaderamente tenebroso sigue siendo el ruido.
(esta noche será noche de plegaria, ninguna criatura se comerá lo poco del polidogma que me queda)
Mañana el gato gris se enredará en los pies del capitán mientras él trapee desnudo los desmanes de la noche. Todo es más de lo mismo, no parece que nada fuera a mejorar ni a empeorar.
No tenemos esa suerte.
“Sabés? a veces hace mucho pero mucho mucho mucho mucho calor, y parece que julio es enero, y no hay más nieve. Y enormes olas están barriendo las ciudades y hay huracanes en todas partes.
Y todo el mundo sabe que eso es un problema.
Pero si algunos expertos dicen que no es un problema, y otros expertos afirman que no es un problema (o explican por qué no es un problema), entonces, simplemente, no es un problema.”
Laurie Anderson
La sal nos endurece y los días no perdonan. El barco apesta menos cuando se aleja de las nubes.
Y vienen a mi mente los tiempos firmes, tiempos en los que salir de lo seguro nos llenaba de un deseo que aún no estaba claro.
(sólo la reconocible pulsión de querer ser parte de la Zona)
El barco nos mira, él tampoco nos recuerda. Traza círculos vacíos comandado por un capitán que siente que aborda con firmeza a quien pródigamente lo acecha.
(parecería que todos nos dormimos para que mañana empiece otra mañana idéntica en la que caminaremos de nuevo por sobre la saliva ya seca con la que estamos hablando)
Dicen las mujeres que en la cocina hay una puta que agoniza.
La cocina es fría pero la curandera no ha pasado una sola noche en otro lugar del barco que no sea esta cocina especialmente diseñada para cercenar a las almas de los cuerpos que ya han renunciado a la idea de ser épicos.
La curandera supervisa la agonía. La desviste, la calma. Le cuenta a la puta sus fracasos.
(qué probará conmigo cuando me llegue la hora?)
La bohemia de las cocinas, dirá Bassard.
La entretiene con desengaños porque no sabría contar historias que no ha vivido:
- Yo no sé nadar. Yo solamente planeo.
Mujer que vuela sobre un hombre que nada, pensará, si es que le cabe, la moribunda, que lleva su piedra ácida a todas partes. Para que la registren. Porque sabe que formará parte de la trama hasta que la olviden y se vuelva de mimbre y ya no se reconozca sino en su duplicado flexible.
Un exceso de algo desconocido. Serán las primeras muelas, los molares de algún dolor amable y deseado. No sé qué cosa estará matando a la puta.
(y cuando no se sabe, lo mejor es dejar todo en manos del vino)
- Es que así no se puede nadar, así de endurecida, digo.- continúa la vieja.
A veces la vida le ofrece demasiados predicados a un único sujeto.
(algunos para ser deseados, otros para ser vistos en el vivir de los otros)
Nadie se viste de nuevo para amar pero tampoco se llega a un destino diferente por la ruta de siempre.
Es la dialéctica del sujeto sujeto al lenguaje.
(¡pero si el lenguaje solo nos sirve para avisarle al entorno que ya estamos muertos!)
La hinchazón de los secantes, explicará Bassard mientras arrojemos el cadáver por la borda.
Hay un hombre que miente en el interior de cada cosa. Se podría decir que fascinado por las aguas más oscuras de su espejismo externo o por una misión.
Fue suficiente. No puedo yo revelarles tanto.
Mientras hervía el caldo, recordé aquel encuentro con Bassard a la salida del cementerio. Ya se habían ido todos pero él seguía en la vereda. Espontáneamente se había puesto a hablar, desde su borrachera y hacia quien quisiera oír, sobre las bondades de la difunta.
Recordé también cómo por el paredón comenzaron a bajar los gusanos, todavía ellos con sus bocas repletas de la piel de la mujer, muerta y húmeda, y la extrañeza de notar que ya nadie se sorprendía por los hechos formidables que habían comenzado a suceder desde hacía un tiempo, quizás como una defensa última y extraordinaria que nos preservara de la locura. Una batalla contra la imaginación y la realidad, que ya no parecían competir entre ellas sino en contra de todos nosotros.
Como si fueran cachorros perfumados, los miró Bassard sin incomodarse al tiempo que yo evaluaba el modo mejor para cortarles la cabeza: uno por uno me los debería colocar entre los dientes hasta encontrarles el cuello con la lengua. Ahí iría el corte. Exacto en el cuello.
Los gusanos se acercaron a nosotros esquivando y siendo esquivados por chicos de las manos de sus madres las que, al ver la escena, los arrastraban lejos porque: ¿qué madre quiere que la suela de su hijo se hunda entre gusanos?
Bassard continuaba su ponencia. Habrían amarronado aún más sus pulmones cinco o seis cigarrillos cuando noté que los gusanos retrocedían hacia el paredón, seguramente satisfechos por la charla en la que él la nombraba y nuevamente hambrientos de su carne, todavía fresca.
Eso, imaginarlos penetrar nuevamente su féretro, fue lo que quizás apuró mi despedida y lo que luego provocó mi vómito contra el paredón, vómito que enseguida fue devorado por los enviados del “Señor de las Moscas”, como llamábamos a quien quisiera ser el responsable de estos sucesos que nos estaban invadiendo los oficios.
Con Bassard siempre nos habíamos preguntado las razones para tanta pared alrededor de los cementerios. Nadie quería entrar y hasta los gusanos se escapaban.
Habría que enterrar también a los cementerios, pensé en aquel momento en el que aún sentía que podía haber una alternativa mejor para todas las cosas. Pero si eso sucedía, si tapábamos con más tierra a los cementerios, se elevarían montañas inmensas en cada ciudad convirtiendo al paisaje mundial en un mayor camposanto.
Hoy, frente a este caldo, me pregunto adónde estarán las montañas ahora que los mapas ya no sirven para nada.
El verdadero su-puesto poder está en poder vencer y no vencer, en poder huir y no hacerlo. Él y yo lo sabemos. El capitán, que yo sé marchar con paso que simula sometimiento, y yo, que él no posee el pulso correcto para el buen combate, sino la particularidad de prestar sus oídos, su sexo, su boca. De prestarse a todos sin transigir con absoluta-mente ninguno.
Como un adicto, bajaría para avisarle al capitán que se acerca una balsa. Hace un rato que la tengo a la vista y que trato de imaginar qué cara pondrían si oyeran mi narración, mi micro mensaje que diría:
- Balsalavista!
El mío es un trabajo parecido al de las parteras: la noticia, o es buena, o es mala.
No hay intermedios.
a- La aparición de la balsa se vivirá con entusiasmo. En la balsa hay animales, árboles frutales, vino, música, equilibrio.
b- La aparición de la balsa se vivirá con recelo. Son humanos pero el capitán verá parásitos que hablarán (que gritarán!) en todos los idiomas que ayudemos a sus críos.
El capitán elegirá la b y nos ordenará no entrar en contacto con la balsa.
(para nuestro capitán, amor y dolor no se reparten sino que se multiplican con la compañía)
Esa será la orden, lo sé, y así estará muy bien porque, en definitiva, nada de lo que expone la balsa nos fuerza a ser buenos.
(o acaso no estamos acá, en este barco, a fuerza de ser buenos?)
La balsa es un problema innecesario.
Bassard dirá: – Sabemos Capitán! Conocemos sobre astronomía, sobre astrología, sobre gramática, matemática y dialéctica, Capitán. Repiense! Deje subir a esos niños. Nosotros podemos instruirlos!
Mi capitán responderá: - Oh, Bassard! Cómo te atreves? Tantas disciplinas no han podido disciplinarte!
Y el disparo a Bassard, aunque no lo matará, nos convencerá a todos.
La balsa es un problema evitable.
Y mientras bajo a cubierta sin decidir si pensar en que salvé a Bassard o en cómo se crea la distancia entre nosotros y esa balsa, llega una nueva orden del capitán y mis labores cambian.
Debo ahora limpiar todos los frutos que le quitamos a este gigantesco árbol de agua. Sentarme a quitar espinas, a quitar escamas, a quitar escorias.
(si fuera una granja sería como desplumar, descuartizar, desmenuzar)
Pero no es una granja, es un barco, y hay espinas y escamas y escoria y esa será, sólo por hoy, mi nueva tarea. Un descanso merecido.
Mañana volveré a mi verdadero puesto a rescatar al gato.
(pienso que no tan menuda es la tarea de las menudencias a la hora del caldo, mi querida verdurita)
“Ellos nos miran creyendo que lo saben y sabiendo que no creen, y nosotros, nada, porque dar explicaciones es de fatuos, de perros sin dueño, de pulgas de arrabal, de muros en blanco, de bacalao en góndola”.
S. Bassard
Anoche vi al capitán haciendo un avioncito de papel. No alcancé a dar vuelta la cara lo suficientemente rápido y, por lógica, la curiosidad tuvo después la justa necesidad de sentirse consolada.
Fue como aquella vez que lo sorprendí trapeando la cubierta. No puedo quitarme esa imagen de la cabeza. Terriblemente desnudo escurría el trapo de piso por la borda. ¡Con una delicadeza tan automática! La misma con la que anoche lo vi hacer los dobleces.
Una delicadeza sin conciencia ni ilusiones y la lentitud con la que sólo se le cierran los ojos a los muertos.
“La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño.”
Cuando me siento mi rato a descansar y a transcribir los hechos, me cuesta asegurar que todo esto sea cierto. Los últimos años, digo. El golpe seco durante esta pausa es agotador. Como aquella otra vez cuando enmudeció en el último boulevard seco que quedaba y yo comprendí que, a determinada confidencialidad, yo jamás sería invitada.
Después de eso ya no pudo (o no quiso o no supo) explicarme más nada.
“Seco” es otra de las palabras que ya casi no usamos en el barco.
El gato gris llora.
Esta noche no lo voy a bajar a cubierta, lo voy a dejar acá arriba, en este micromundo arrinconado en lo más profundo de la superficie.
(porque acá arriba todos podemos llorar, porque acá arriba nadie tiene la culpa de nada)
El error se aceita los rieles en quien se dilapida.
Así es la modalidad del proceso:
Nos sentamos, pliegue sobre pliegue formando la masa, el drapeado, la desorganización. Nadie habla, nadie dice. Todo conforma una mueca que extraña la dolencia.
- Definir es la manía del soberbio- nos dice el maestro a los tres pero mirándola a ella.
La voz del maestro y su técnica, sumadas a la terapéutica basal que nos construimos para que sobre ella él nos edifique, nos descomprime, nos suelta un poco, nos pasea, nos alimenta.
- El escéptico, en cambio, no se concentra en el dilema, pues para él no hay dilema sino un espacio a atravesar.
Es cierto, y lo podemos aprobar porque lo hemos visto. Al escéptico. Hastiado y falto de intensidad, este es su modo: Buscar la reabsorción de la incertidumbre y el debilitamiento de la palabra para avanzar.
- Tomaron agua alguna vez en Buenos Aires?
La que festeja los vértigos del sufrimiento, sonríe. La otra siembra esperanzas sin convicción en una banquina de uso frecuente. Alguien que ama ser castigado zapatea su espanto sobre la narración. Jadeante. Extenuado. Vegetal que no fruta de ninguna índole su genio. Tan delirado, tan irreprimible, vive así engañado en la valoración de su propia nada.
Mi puesto de vigía me confiere una dudosa intimidad. Compruebo que existo. Me siento redimir aquí arriba.
Ocultarse es sinónimo de que afuera es una guerra.
Desde esta cumbre, el barco se ve como un gran zapato de madera. Los ochenta metros de perímetro que nos enmarcan parecen patinar sosteniendo la tibia virulenta de un cuerpo amputado.
A esta altura ya nos hemos hecho las preguntas más urgentes (a nosotros mismos y luego entre nosotros y después al espejo y también a las paredes y al resto de las cosas) pero nadie ha llegado a ningún lado ni ha obtenido respuestas.
(el capitán nos consuela diciendo que es mejor conservar ciertas incógnitas como una reserva de energía o una pócima secreta para cuando sea necesario)
En el barco hay unas cosas que gritan y cada tanto debemos sumergirles las cabezas en el agua para que se callen. Entonces el mar se oye como respiraciones.
Las manos nos quedan temblando después de eso.
(el gato gris quiere volver a cubierta pero no sabe cómo bajar sin mi ayuda)
Anoche sufrimos la llegada del verano más caliente de la historia. Estábamos todos jugando al juego de los siete errores, enroscados a las bufandas, cuando llegó. Creo que fue una gran suerte que semejante verano haya durado sólo una noche y la mitad de la mañana de hoy. Con algo más de sol habríamos muerto. El secreto de este juego está en pasar los ojos por los detalles. Nos envolvimos en telas mojadas para soportarlo. Una especie de Braille pero por los puntos menos sobresalientes. Eso nos refrescó un poco. Por la topografía latente que deja la melancolía de lo general. Por el agua mezclada con el viento. El juego de encontrar los errores como si las diferencias… como si fuera mejor encontrarlos que aguantar la disonancia.
(hoy no tengo intenciones de ayudar al gato)
Todavía quedan en el barco algunas cosas a las que no les hemos puesto nombre. Eso nos inquieta aunque no sean tantas esas cosas, ni llamarlas tan urgente. Nos preocupa más cuidarnos de que no vuelvan los días anteriores. Son los peores. Porque son los días en los que hay que decidir algo, y decidir es siempre una separación.
Solamente nos separa una decisión.
- ¡Tiremos los relojes por la borda!
Pero ya no hace falta. Hace tiempo que en el barco no hay relojes.
Todo el tiempo es tarde.
“Vivirás mejor, Licinio, si no te adentras”
Horacio
El cadáver del último infectado flota de espaldas.
(no es una visión disonante con el resto de lo que ya hemos visto).
Vemos cómo el cadáver se aleja desde la perspectiva enferma de los que creen que todo sucede por afuera de uno.
El cadáver se aleja y a bordo nacen los rumores y todos volvemos a nuestros quehaceres como argumento de emergencia para cambiar de paisaje.
-Vivir es querer ser otro.
En este barco no hay cuadros ni imágenes ni fotos.
Algunos vivimos a la espera de que otros más también se pierdan y lleguen.
(nuevas caras para que no todo sea una eterna despedida)
Otros, acaso los indolentes, se contentan con los fantasmas que ven pasar por entre el humo de los cigarrillos.
-Vivir es creer ser otro.
El capitán ha ordenado una gran fiesta para esta tarde.
Deberemos vestir a los maniquíes y no decir nada sobre la falta de música.
(a él no se lo contradice ni se le da consejo si no lo solicita)
Nuestro capitán es un príncipe, un emperador, un hombre reservado que ante un cadáver resume que no hubo curación y regresa al timón para retomar la marcha y olvidar.
¡Y ahora se adelanta, bravo, apretando al mar contra la orilla esférica y abriendo tajos en el agua para que despierte y nos alimente!
(nuestro capitán obliga al enemigo a alimentarnos y el agua pliega su soberbia y entrega su sal sobre el alcohol y los manteles).
-¿Adónde se habrá escondido el perro que nos lamía la cara?
Luego de la fiesta, y como cada noche, comenzarán las historias de peatones. El capitán lo ha dispuesto así para los insomnes. Una tras otra se sucederán las historias y los narradores de asfalto y los insomnes sonreiremos mientras pasa la noche y los libros se siguen muriendo sobre la mesa.
(por la mañana volveré a mi posición y me llevaré conmigo a mis dos gatos)
Seguimos navegando y es primavera y el orgullo despliega su escándalo y libremente exhibe su calavera.
La guerra tiene eso: o matás o te matan.
(y si hemos de matar, que sea con determinación y presteza)
“La ruina de muchos comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron ninguna importancia en su momento.”
Thomas de Quincey
Decir por no hacer y hacer por no decir. Eso, y nada más que eso, es lo que forma las cavernas.
Viajo en compañía de un barco que hace zanja rumbo a Sudamérica. Vamos a la velocidad de los ciegos (se hace lo que se puede durante las curvas). El agua quieta nos retiene en nuestro afán tácito y lento.
Todos quisimos no irnos de casa, pero a las casas no iba a llegar la inspiración que nos fecundara a cada uno su marcha.
- Colgada como un vestido en una de sus perchas, sólo aparezco cuando busca sus camisas. No debo moverme.
El barco hace escalofriantes pausas. Algunos dicen que para meditar, otros que para tantear con sus manos el fondo, sus dedos a cerrar los ojos de los mapas muertos, desnudos entre algas.
- Desde la silla, colgada, soy su esclava, su señora, su bufón y su tumba. Me ofrece vino cuando tiene sed y me pregunta mi precio hojeando la carta y su cartera.
Y cuando las manos vuelven a la embarcación, retorna el viento y seguimos navegando. Pero barco y capitán han cambiado el sentido de todo y debemos aprender los nuevos nombres de las cosas. Salimos de un error para introducirnos en otro.
- Su muñeca en la pared. Mis ojos abiertos día y noche.
Sin descanso.
Nadie nos convoca. Nadie nos nombra fuera de este barco. Rodeando las salidas el silencio no amenaza: cumple.
Hay bicicletas para todos pero yo me pregunto cuánto se puede pedalear en cubierta sin enloquecer por completo.
- Soy un retrato colgado en su cuarto. Oigo que por detrás de mí alguien me llama. Es la misma voz de siempre. Si pudiera darme vuelta sabría que no hay nadie.
Tal vez sea su condición de posible lo que acabe por evitarnos las sales de un mar de placeres y degradación. Tal vez aquel haya sido el momento del insecto y en un rato ya no nos interese más que volver a la clausura de la máscara. Hemos de volver antes de perder de vista las orillas o podríamos dejar de ser lo que somos.
Cuando lleguemos a la costa, me descalzaré durante una sección del silencio y vomitaremos el mareo a orillas del lago en el que efectuamos las prácticas.
No hay nada que hacer ¿de qué me asombro?
Siempre fuimos intrépidos balseros de cuadripléjicas lagunas.
Dicen que si no se puede contar es porque no sucedió.
Era lógico que Juan utilizara las horas de la noche y los días de tormenta para anidar su apocalíptica locura como una cicatriz sobre los brazos (a veces demasiado largos, a veces demasiado cortos) de aquella que ocupaba su misma y única trinchera acolchonada. Su último bastión.
Compartir ese refugio con ella era para Juan como una victoria. Como una victoria, pero sin las alas que las victorias suelen otorgar a quienes cargan con ellas.
Miraba al río discurrir frente a ellos sin más compañía que la memoria, la mujer y algunos objetos olvidados por los otros durante el apuro infantil por adueñarse del escape.
No había profilaxis entre ellos, ni progreso, ni quietud, y si bien eso se localizaba dentro de lo temible, como no existían alternativas, ellos lo aceptaban así.
Desde el aire se los veía tan claramente que de haber pasado un ave enemiga los habría apresado o tal vez comido como único intento de comunicación.
El ruido del río les era grato pero el temor, el terror a ser descubiertos y fusilados, no les permitía permanecer en la orilla por más tiempo que el necesario para cargar el agua con el que preparaban el café que constantemente bebían para ayudar al estómago a soportar las pastillas.
Juan seguía una bitácora, un diario prolijo, con fechas, mapas y algunos detalles climáticos para que no hiciera falta observar el avance de las cicatrices como método para calcular el paso del tiempo. Un diario cuidadoso, con líneas que formaban planos y luego nuevas líneas que trazaban nuevas formas y rutas para un nuevo y exitoso escape, un diario en el que cada día iniciaba una página en blanco (mantuviera o no continuidad con el argumento heredado del día anterior) sabiendo que, si sólo hay dos momentos en la vida de las personas, el que había que aprovechar era siempre el segundo porque, el segundo, también es el último y ella, invariablemente, le sonreiría siempre a último momento.
Todos sabemos que en las historias lo que no se cuenta es lo que de verdad importa y lo que se dice nada más que un ejercicio retórico practicado por el puro placer de la descripción y de la búsqueda de nuestra propia y mejor purga existencial.
Por eso considero preciso decir lo menos posible sobre Juan y sobre su circunstancia. Porque, a diferencia de lo que sucede en la vida real, una vez escrita una historia, sea verdad o mentira, se convierte ésta en permanente e irrevocable y Juan no posee todavía, de la victoria, las alas que lo ayuden a soportar que juega un juego sin nombre y sin reglas.
Por otro lado, ella tampoco conoce las reglas. Seguramente, de compartir ese conocimiento, durante los descansos conversarían sobre la partida en lugar de sentir temor, o escribir bitácoras o planes, o de disfrutar del ruido del agua con la que, mañana, volverán a preparar el café, que, ya sabemos, ayudará a que les sea más fácil a comenzar el día.
Una vez, yendo por una ruta, mi viejo cambió una gorra por dos frutas y se sintió un campeón. Hasta ahí todo bien, pero a los dos kilómetros quiso que mi hermano y yo le diéramos las nuestras para seguir con el negocio.
Había muchos misterios. Ese auto era como un callejón donde a veces se oía alguna música perdida o rasante y otras un silencio ideal sólo para el sufrimiento o para la creación de pensamientos obsesivos.
- La bestia me ronda esta noche como antes volaba por adentro del auto. Va a querer, digo yo, ajustar el cuerpo contra los argumentos y después va a quedar todo el tapizado pegoteado. Yo no sé si atarla o ir preparando el jabón y los trapos.
- Y viste cuando te mordisquea los deditos… Levanta los ojos para que veas que en verdad lo que quiere es comerte el hígado. Y después sólo queda pensar ¿Adónde guardo el hígado ahora?
- Es que dan ganas de comerlo. De morder, yo entiendo. Es tan estéril todo sin la parte de los filos. Es desesperante. Como imaginar a Piazzolla tocando bluegrass en el Tibet.
- No hay caso, no, yo no lo puedo entender. Para mí que a la música hay que hacerla circular para que no se escape del cuerpo. Sea cual sea.
- ¿La música o el cuerpo?
- No sé. Ya te dije cómo son las cosas y vos sólo querés que nos encerremos en el placard a escribir mensajitos verde agua el uno contra el otro.
- Es que cuando los escribo ahí adentro siento que me salen con menos grito, como con nueve defensas y sólo dos delanteros. Son los viejos filtros ¿qué esperabas? ¿Filo?
- ¿Entonces vos decís que estamos condenados a cantar para siempre estas mismas canciones de mierda? ¿Nunca otra cosa? ¿Cómo puede ser que todavía queden oyentes para estas músicas?
- Podríamos alquilar gente que se ría por teléfono, si querés, para no aburrir a la audiencia.
- A mí con un solo acto me sobra y cuanto antes se vacíe la sala por mí mejor. El resto, a la hornalla, que se queme junto a las tostadas. Yo no voy a mirar.
- Pero ¿y el olor?
- El olor es una gran parte. Hace un tiempo me ofrecieron un mundo sin olores pero no lo acepté. Me pareció que podría ser algo similar a no vivir pero estando despiertos.
- No mirar es otra de las formas de esconderse. ¿Por qué todos se esconden? Decime ¿tienen la saliva apelmazada?
- La gente que se esconde sólo sirve para escenografía, y se sabe que vale más una mesa que alguien que se esconde. Una mierda.
- Yo sigo sin entender. Para mí que es algo con la saliva.
- Es la mierda. Viene por ese lado.
- Puede ser. Es que mierda, saliva y vergüenza es lo único propio que nos queda, en eso estamos de acuerdo. Y eso se cuida hasta lo último. El resto si, se puede dejar secar sobre la hornalla que no interesa.
- A mí se me complican algunas cosas, como ser la diferencia entre “lo único” y “lo último”, y ante esa duda prefiero edificarme una muy buena tapia llena de carteles de “Peligro” “Warning” “Achtung” a la que, en tu honor, llamaremos Mierda o Vergüenza.
- Todo un detalle, pero son dos cosas diferentes. Pensar que son la misma cosa sería como confundir a Urdapilleta con Tortonese sólo porque alguna vez los nombraste de corrido.
- Esos carteles no sabés cómo me salvan de las catervas de idiotas y de los modelos básicos de la lencería cerebral. Es casi instantáneo.
- Si, si, extremadamente interesante, pero para la bestia un “Don’t trespassing” adornado con colgajos humanos es la gloria. La bestia huele la sangre a años de distancia. Es como la casita de la bruja del cuento de Gretel. Demasiada golosina. Y las golosinas no despiertan ni respeto ni indiferencia.
- Yo antes guardaba un montón de dulces en la heladera y para conservarlas me compraba todos los días una o dos pizzas de fugazzeta. Ahora creo que todas esas cosas están vencidas, pero no me animo ni a mirarles la fecha. ¿Cuánto tiempo habrá pasado?
- ¿En años o en fracciones de segundo? Yo también llevo vencidas muchas delicatessens y rotas cantidad de muñecas porque yo estaba ahí y no supieron disfrutarme ¿Entendés? ¡Yo estaba ahí!
- Es un misterio, si, si. Lo raro del tiempo es que alcanza para todos pero nunca para todo ¿te diste cuenta?
En la noche, que corre a equivocarse en otra de sus formas leves, obsesivas, des esperadas.
Se tendió sin saber que yo iba a glosar
Espiar por la hendidura de los caracteres al que se oculta en el túnel inconexo de la escritura.
Ver cómo se destroza, cómo se rasga y se desarma para alcanzar y poder así acariciarse la espalda (ese lugar que no se conoce) o darse palmadas.
la decoración de su trampa
El azote primordial de las mejillas, el aserrín, la miseria, la degradación desmedida, esa sensación de refrán incompleto, de metáfora en equilibrio.
(porque para nosotros llegaba la noche que encerraría a todas las dolencias)
No me dirijo a nadie.
No defino ni intento el fondo de nada porque los fondos (yo ya lo sé) a nada conducen.
No inmovilizo las inclinaciones que me constituyen ni las contrarío
(ellas me organizan el tormento y lo guían hacia el delta de todas las preguntas)
un viaje, tarde, llevando a Pinocho en el auto
(malherido y mintiendo a intoxicados en la radio porque sólo los humanos lucen hospitales)
puertos de huesos, de cabecitas
Porque:
Nunca nada de lo asido permanece.
Permanecer es vulgar.
Lo incompleto me enaltece.
(yo te aprendo en las preguntas, en tu quemar en mí el tu saber)
tu simiente esperanza
(un suicida en equilibrio sobre mi desarticulada urgencia)
Sólo eso me libera. Cuando baja el río.
Cuando baja al río.
Cuando baje.
Ni el principio ni el final, no hubo modo de verlos.
Sólo los medios suelen quedarse al descubierto.
(como puentes colgantes)
símbolo de nuestras humanas voluntades
Y otras veces soy yo quien se tiende. Quien te atiende.
Quien te tiende.
que te vuelven del río
(quién te entiende?)
para levantar el vuelo que habrá de alejarme de la queja que une a estas dos ciudades
Y mientras tanto, acá, rodeando la extrañeza, está el escrúpulo placentero con el que espero.
Porque:
Todo el mundo espera que pasen las cosas.
Que pasen.
Pero:
Nadie que retrocedan
Ya fue suficiente interrogarme, he de sentirme plenamente satisfecha de no haberme delatado.
Desobedientes hasta en la desobediencia de la estampa y detenidos en una nostalgia que ya ni se afeita (y no por falta de filo sino de espejos) nosotros esperamos una nueva confusión que nos alucine como epílogo del trampolín que mira hacia todos los finales.
Y eso que sabemos, o más bien sospechamos, que no nacen finales sin epílogo ni llantos sin engaño, y que no hay finales que consuelen desde afuera y para adentro sino que todos ellos nos atraviesan el esqueleto como si fuera un agujero negro hacia una nueva plenitud.
(lo sabemos, lo intuimos, qué más da…)
Es el reverso del aliento, dirán, redimido, insensato, vacío de juicio en su velocidad invisible.
Quién es la distancia y el límite durante la expulsión que precede a la epilepsia amorosa?
Y sin esa respuesta no hay huída ni derrota posible. Ni rastro ni posibilidad de un orden diferente.
Probar que aún en ausencia existimos, aunque tan sólo como un ingrediente más (e insulso) de las horas, nos basta.
Podríamos no hablar de nada o de las causas del servilismo o sobre qué conmueve al músculo que vivió trajeado de locura pasajera sin que se nos agite nada más que el abrigar los forcejeos de la insuflada introspección, rival de lo que somos (y con razones más que serias para serlo) pero no lo hacemos.
Podríamos teorizar sobre la inutilidad del vacío o sobre la neurosis de lo serio. Sobre si el hastío tiene forma, tal vez, de cuerpo o de látigo hambriento. Sobre literatura y literatos, sobre las redes que atajan a los prosistas y hacen rebotar a los poetas. Tantas cosas. Pero no lo hacemos.
Porque ante tanta intensidad abstracta, ante tanta vanidad filosófica y retórica, hay un humor que se filtra a través de la primera palabra contrariando a todas las inclinaciones que intentan especular (también) sobre las razones de la piel.
Entonces, de qué hablar.
De qué? Vos decime.
Lo mejor siempre está lejos. Maldita propensión (la de lo hermoso) de crecer siempre tan lejos.
Que por qué no voy a buscarlo? Porque es inútil. Lo bello corre con tanta rapidez que sería como intentar remontar el más delicado de los barriletes en el rincón más apretado del vacío.
Pasamos por nosotros por entre nosotros. Llevábamos ladrillos rotos en las manos. Apoyados en dos árboles tomábamos todo tal cual se nos daba (importa poco asegurar los peldaños cuando uno necesita quedarse en lo llano).
Hubo palabras cabalgando animales. Se creyeron tan nuestras que nos hicieron fiesta todas las tardes. Por las noches, algunas se levantaban para devorarnos. Nuestros despojos amanecían con hambre de palabras que siguieran con la fiesta como primer borrador de nuestra risa.
Como si fuese indiscutible que en cada color vive un sonido y en cada forma una historia, la ciudad camina ahora por detrás nuestro simulando un paisaje reciclable.
Cada tanto siento que todavía puedo dejar sin bodas a todas las cosas impares que me alman. Como a la desgracia de vivir tan al norte del alivio o a esta cara que busca una respuesta cierta en un pantalón sin bolsillos.
La clave está en el tiempo que pude enhebrar viendo cómo el mar se tragaba las botellas.
Yo que siempre supe saltear las canciones que menos me gustan, me veo reptar por entre los pastos sin saber que lo que busco quizás sean los pasos que voy dejando atrás.
Tus dedos se enrulan alrededor de mis muñecas y mi pelo, como una madreselva, te acerca a esa hora que hasta hace poco me pertenecía.
La morfina me sonríe y yo floto mientras se diluye y se desparrama por debajo de mi ropa.
Solitaria y discreta, por el subsuelo de las cosas.
Los días son tan iguales…
No conocen el deterioro?
1- El escenario responde de manera muy extraña y cada día con detalles más nuevos que reemplazan (de derecha a izquierda) a todo lo que se va saliendo de plano.
El aplauso es grande, gigantesco, pero nunca nadie sabe si es para los que salen o para los que van entrando.
2- Es el acto perfecto sobre la escenografía ideal. Entran dos personajes a entender de qué se trata. Por un rato disfrutan de la perfección hasta que el director les recuerda, a cada uno, su papel en la obra. Entonces, cada uno con su tiempo y con su estilo, comienzan a mirar todo, a tocar todo, a desmenuzarlo, a olerlo todo hasta que, segundos antes de los aplausos, lo único que queda son moléculas de cosas tapizándoles el suelo.
3- Una obrita con tres personajes que hablan todo el tiempo sobre tres cosas diferentes. Son dos horas.
El público, al principio, trata de seguirlos a los tres (en general, nadie quiere perderse nada) pero lo cierto es que eso es humanamente imposible.
A la salida del teatro te hacen una encuesta para averiguar por cuál te decidiste, a cuál de ellos le prestaste más atención.
Un 80% de los encuestados suele decir que se pasó las dos horas intentando unir los tres discursos en un sentido único y proporcionado. Un 15% dice que al cabo de unos minutos se decidió por la voz que resaltaba más por sobre las otras (interesante es que no todos destacaron a la misma). El resto, un 5%, refiere que se sentó y disfrutó de la musicalidad de esa especie de Bel Canto Coral desarmonizado y casi sin melodías simultáneas.
Una vez salió uno que dijo que era la cuarta vez que veía la obra.
Hay que dejarse azotar por la amonestación de las pesadillas.
En la cualquiera de un verso, de un abrazo o de una placita descampada, quemo el mucho adiós fisiológico que me devuelven algunas lenguas sin discurso.
Para saber dónde tendría más miedo yo, si en el campo, acomodando los leños durante una noche bien bien cerrada, o en mi propia cama con la luz abierta, abiertísima, para que las chispas salgan volando.
Y no sería, no, como una búsqueda que fuera a significar algo. No, no. Sería, salvando las distancias (pero salvándolas de qué, de qué peligro o de qué experiencia o acaso debería descubrir si es salvarlas hacer que se acerquen o dejarlas así como están de alejadas), sería como si se tratara de una empanada, una empanada a la que hay que encontrarle el condimento que le falta para ser esa empanada que uno aquella vez comió y fue una revelación, una epifanía de la empanada y de la historia de los alimentos que pasaron por el mundo.
Supongo que encontrando esa falta podría yo convertirme en la entidad más fuerte del mundo, pues ya no le temería más a más nada.
- Extrañará usted mi miedo?
Pues vaya haciéndose a la idea.
(porque quizás ya no quede talento, recursos, ni tiempo en el consorcio de los pensamientos impares, y quizás tampoco haya modo de que yo alcance a entender algún día este metro cuadrado de lugar que ocupo yo con mi propia historia, pero miedo, lo que se dice miedo…)
Existe algo que sombra, que produce un volumen que emite una distancia, pero es tenue. Tan solo un instante.
Dejé de temerle a la Máquina de Orán por si acaso la ferocidad naciera de la aprensión misma y para mi propia destrucción y desgaste imaginario. Por si acaso de ese miedo hacia la forma tan bestial con el que su ritmo enguantado nos arrancaba las costillas como pétalos.
Ya lo sé, eran miedos exagerados (fundamentalmente porque ya en aquel tiempo yo había entendido que La Máquina era para nosotros un artefacto muy útil).
Ella se dedicaba a devorar todo aquello que le parecía perfecto, dejando a la vista, y como única existencia, humanos incompletos, decrepitudes, síntomas y búsquedas insaciables.
En ella encontraba yo la dulzura natural de todos los algo que no son nada pero a la vez tan necesarios como lo es la palabra exacta adentro del verso inevitable.
En La Máquina.
- Tres y diez y usted acá, mirando. La laguna se seca, el chalet se seca, las plantaciones, y usted acá mirando.
La Máquina.
Ella se nutría de plexos que no se resfriaban, que respiraban hondo sin asmas ni miedo. De pechos descapotados, de pechos pecera, despechos pájaro. Los cortaba al bies hasta que dejaban de reír, hasta que nimios, hasta que accesorios, hasta que el cuello o hasta que alguien, más aterrado que yo misma, la apagaba o le envenenaba de óxido la espalda para que durante un tiempo, al menos, no pudiera trabajar.
Entonces el desconcierto general, las corridas, el delivery urgente de prendas de hospital para salvarla.
- Si muere, volverá el pájaro de espuma sobre la quietud de las cosas y se reirá satisfecho de nosotros imperfectos por debajo del eclipse.
¿Cómo se podría convivir nuevamente con los pájaros de espuma? ¿Cómo con el pecho tan desahogado?
Sobre las últimas tejas, las del borde, se posaban a esperarla las cunas y los tejidos blandos; sin sonido ni violencia, en silencio, la esperaban sin llegar ni a rozarle su mano dormida.
Todos nos arremangábamos hacia los pulmones. Los mecánicos y las anguilas avanzaban por sus fisuras como paridos hacia adentro. Epidurales metálicas en su boca monedero. Pulpa ansiosa de llanto donante. Lluvias de sed legítima y efectiva por las venas. Todo lo que hiciera falta para recuperarle la salud a La Máquina.
Se me borran fechas, la mayoría de los nombres, los detalles. Sólo recuerdo que yo ya no le temía y que los curiosos acontecimientos que constituyen el tema de esta crónica se produjeron en el año 194… en Orán.
Alguien soñó alguna vez con la Sra. Keuner. En el sueño se la veía muy razonable y sensata.
Ya llegará otra historia, otro paso del que yo pueda volver a escaparme.
Como no puede hacerse transparente, la Sra. Keuner se maquilla. Está nublado pero a ella le da igual. Caminar bajo el sol o por debajo de las nubes sólo modifica el lugar donde se posa la sombra.
-Hace unos años que las nubes se nos parecen, querida, y no es serio crecer sin ser vistas.
Se maquilla para que las vean los del vagón comedor. El vagón comedor tiene la arquitectura justa para el caos. En el vagón comedor, la felicidad pasa por ver cómo los camareros reparten el té y las naranjas.
-Para ser aire, mi querida, lo primero que deberíamos hacer es dejar de ser pájaros.
El paisaje desde los subtes es muy simple. Pared, estación, pared, estación, pared.
(realmente no me explico por qué me obstino en torcer los desarrollos suaves, pero increiblemente de su cartera nace un revolver de colores demasiado Warhol para una señora como ella.
No me lo explico, pero así son las cosas)
Su caos les apunta directo al centro del centro y las primeras sonrisas se desparraman por el cuero como almejas en un balde con agua.
(hay, puedo verlo, en general, una incapacidad mediana hacia la tolerancia en la mayoría de mis personajes)
En el ambiente se percibe tanto miedo que el azúcar se disuelve sola en las tazas mientras ella dispara. El inspector observa la escena desde cierta distancia. Su saliva endulzada comenzará a llenarse de gritos en la próxima estación.
En unas horas todo el mundo hablará del incidente y en el noticiero pasarán imágenes de archivo con gente automática que espera para subir a los vagones o de una escalera mecánica por la que bajan cientos de personas como un río de cemento hacia un dique vacío.
La Sra. Keuner no abre los ojos porque no quiere enterarse de que acaba de aniquilar al setenta por ciento de sus compañeros de vagón. La pequeña esconde la cara entre los pliegues de su vestido de princesa.
-Maldición, querida! Así nunca serás una niña verdadera.
Tiene un muñón de plástico ahí donde hace tiempo hubo una pierna y todavía le duele.
Mientras se arrastra arañando los interminables pasillos del tren, la imagino caminando por el túnel sin equilibrio. Ya no siente sabores en la boca ni diferencia entre volar o precipitarse al abismo de su relieve roto. Mira hacia la cámara (no he podido traducir su gesto) y se aleja despacio hasta que las luces de las linternas ya no la alcanzan.
¿Debería indultarla y concederle el fantástico privilegio de desaparecer o debería continuar esta catarsis de parto, de vientre, de tripa que percute tristemente mi médula?
Con esta narración dilapido su esencia febril, efervescente, carente de todo significado. La humillo, la delato en su dolor.
¿Debería yo volver a mi posición de ser otra estación a la espera de un nuevo entretenimiento pasajero, menos delirante, que genere en mí otros entusiasmos algo más razonables para mi desprolija jerarquía de ficciones? ¿Cómo y de quién ser libre?
Los cuentos tienen una forma, pero dan una sombra que no se les parece. ¿Da lo mismo que se los diga o es mejor dejarlos a ustedes adivinar qué cosas hay detrás de cada puerta consumiendo espacio, obligándolos así a asumir el riesgo que imaginar implica?
En el suelo dejé una muñeca semimuerta que espera a un valiente que soporte los cuentos incompletos.
El de Luc.
Cómo será de milagroso que despertó a Livio…!
Y esto recién comienza.
Testimonio 1: “Yo antes la gente no me entendía y necesitaba que ya sea me redondearan, ya sea me tradujeran los posts debido a la complejitud de los mismos:
Pero ahora que asisto con mi participación virtual y presencial al Taller de Milagros Literarios de Luc, profundizo y reobservo los conceptos propios míos escritos y la gente me entiende, es decir, concretizo mejor y por ende me explico de manera más claramente simple e inverosimil.”
Laviga
”Escuchar sangre. ¿Dónde? ¿En la fístula azul o en las arterias ciegas? Allí el hierro silba, o arde, quizá: no somos más que miserable hemoglobina.” Antonio Gamoneda
”Cuanto mayor el sufrimiento tanto mayor el poeta. Tanto más duro el trabajo. Tanto más profundo el sentido.” Ernst Herbeck
Pero de mi prosa carente de exclamación, cuya raíz no es ni siquiera identificable, qué esperar? Qué decir?
No supongas. Hay sombras que se ocultan de la noche y de su propia muerte. Duelen los dedos que se obligan al silencio, a desmembrarse granada escondida hondamente en mi pecho dulce. Ausencias que llenarán al cuerpo revelando el espacio y el tiempo.
No alcances ritmo en la lectura. Son verdades conscientes de sus persianas. Adentro no es de noche ni junio, adentro reina una luz artificial tan cruel y circular como los límites de un circo transparente. Se concentra y se desvanece como el vapor en las ventanas.
No te dejes confundir. Hay que ser impermeable al magma. Espectros atentos sobrevolando el margen afectivo sin riesgos, amparados en el privilegio de ser ajenos oyentes. Sé que no es sencillo. El ingenio no se entrega fácil a la indiscreción de las almas.
No seas cómplice de tu ser ingenuo. El espanto lúdico es precioso. Que siga escribiendo es absurdo. Giran filos afeitando a las palabras. Caen gajos. Algunas se doblan entre los espacios. Se esconden del secreto. Otras se alejan. Son las que ya me entendieron el fracaso.
No dejes de juzgar esta catástrofe. Sin juicio no podría liberarme. El caos simulado es esclavo de la trampa. Facilita el desinterés, promueve la humillación, hace nacer al desprecio. Darle tono a la humareda promueve el final del suplicio para volver al origen. A la derrota. Al refugio natural de lo que callo.
No le pidas explicaciones a la angustia. Ella nos tienta a pensar en el desequilibrio. Ocupa el espacio de nuestra necesidad de producir con la inminencia de un castigo horripilante. Hay que abreviar su autoridad. Pobremente soberana en el diálogo ella renunciaría. Dejarla en el silencio hasta que vuelva la calma, que ya no exista la posibilidad de que vuelva a censurarnos.
No practiques la erudición almacén. Es incompatible, no alcanza a reconciliarse con la verdad primitiva. Hay que desvivirlo todo, retroceder, ir hacia el atrás, hacia el fondo de la totalidad de las cosas. Flotando y sin interrumpir la agenda de nuestra oficina cotidiana.
No deconstruyas la mirada ni la respiración. Lo imperfecto siempre se excede quemando los límites hasta que ya no se oye el eco. Quién es la distancia? Nadie más que nosotros atravesando la frontera de los nombres que nos significan ausencia.
No perviertas tu naturaleza. Somos calamidades con una poderosa habilidad intelectual que nos mantiene suspendidos en la tortura interrogativa. Existencias desprovistas por completo de la serenidad suficiente como para concebir una respuesta cualquiera.
Y eso vendría a ser todo, me temo.
Yo debería hacer algo diferente, pero, para variar (y para gran pena de los comienzos) todavía no cuento ni con mi propia aprobación. Soy lo que me limita y me contiene como un asterisco ante la enormidad. Algún día he volver al tema.
Lo que no deseo no existe, entonces, dónde, para qué ser, por qué no abandonarme y flotar sobre aguas prestadas completamente vacía de fiesta, y pensar en que tal vez sólo sea cuestión de aceptar mis garabatos y el desorden. Para qué hacer estos efervescentes esfuerzos por salvarlo todo, si siempre quedan los mismos? Si sólo resisten los versos que tienen suerte con el eco. Ellos no derrochan a las paredes, ellos viven atentos a procurarse un alma, el arte de hacer, de nacer, en lugar de morder los dientes para que traben mi lengua.
De tanto apretar los ojos para que no entren las noches mal iluminadas, parezco frívola.
Mañana será otro día de reclusión. Habrá en la libertad de mañana algún refugio alternativo, menos grotesco o con bordes más acolchonados?
De a ratos me canso de darme calor en las manos. Lo que debiera calmarme me vuelve denuncia. Quién me llenó con la idea del deber de contraprestar el calor? La luna ya nos fue dada, repartida cada porción, una obra de equidad que se vuelve cada día más injusta. Mi porción de luna discurre atraída como hoja seca por el suelo que otoña a toda esta mitad de planeta. Como la nausea de saber que nada nos exime de no llegar, de no alcanzar a ser absolutamente nada.
Es una pena tener la barba y la piel tan endurecidas, dirán las viejas cuando las ficciones ya no alcancen para llenar el silencio. Uno se enfría con el tiempo y entonces todo se fortalece y yo pienso que ya llevo mucho tiempo cansándome de endurecerme de frío. Por eso ahora cuando hace frío yo ya no estoy ahí sino en otra parte artificialmente más blanda y más tibia y más segura, donde el aire no vuela techos ni tiembla ventanas, donde hasta el viento es tan poco viento que no puede levantar ni las hojas del suelo.
A los ocho años, una aguja me punzó el pensamiento durante el instante en el que brilló aquel flash. La foto no muestra el daño, pero yo lo noto cada vez que la veo. Yo no sé qué pasó, pero todavía siento cómo, por ese agujero, aún hoy tratan de nacer cosas que no van a tener muchas oportunidades allá afuera.
Sobrevivir es hostil, ya lo sabemos. Mucho más hostil que la amenaza perpetua a la que nos invita la fe.
A veces me parece que cada uno de esos nacimientos inaugura un vacío que clona al anterior. No puedo decir que exactamente igual, pero tampoco es que yo les vea alguna diferencia.
En esos vacíos todo lo verde cierra la boca y ya no canta esperando a que se diluya esa falsa separación que nos comprime. Todos quieren asegurarse y se recorren el decorado para ver si encuentran la falla y la reparan antes de que no quede otra cosa que una bolsa de café caliente entre las sábanas o nadar en café tibio o alguna otra cosa con café y calor que nos bendiga un poco y nos despierte algo, porque ya ni queremos matarnos de tanto cansancio.
Entonces todos pintan o bailan o se desesperan, como si los colores o el movimiento pudieran variar lo poco que representan, y la desesperación hacer algo por las semillas que no crecen antes de que aparezcan los pájaros.
Habría que romper las paredes de la cárcel agujero y escapar gritando y corriendo con los brazos como aspas o como lenguas, o no sé, como cualquier otra cosa que corte lo suficiente.
Cuando consiga el ácido, o el sarcasmo necesario, ya no me va a hacer falta seguir entablillando tendones para que sonrían de memoria ante cada gesto extranjero o ante cada imposibilidad de dar una respuesta.
La mayoría de las personas se enamora del episodio anterior durante el episodio siguiente (las cárceles más pequeñas son las que encierran más gente). Una minoría esperanzada, en cambio, vive siempre enamorada de lo que está por pasar.
Y después estamos nosotros, los que desayunamos sano mientras paladeamos el agridulce modo en que nos vamos desafectando, extinguiéndonos como neones que se ciegan desde la entraña misma, rodeados de todo este espacio somnoliento cansado de huesos.
Si pudiera apagar de manera natural el pensamiento y que ya no me nazcan criaturas a morir enseguida para darme duelo y sin sabor a frutos rojos ni a vainilla, yo lo haría. Pero creo que para eso todavía algo me falta y ese algo de seguro que es de lento transcurrir. Lo natural siempre se toma su tiempo, en miniatura, para que nos duela en cuenta gotas, para que marquemos las paredes en rayitas de a semana, “para que aprendas”. Lo natural tiene tanto de sabio como de perverso.
Uno se encariña, pero la desgracia es vulgar.
Tragedia y miseria ocurren todo el tiempo.
Quizás mi vida no sea nada más que la novela en la que me invento.
# Le beso la boca, ahí está el cadáver. Quiero atravesarlo.
Lo beso y la lengua pasa. Mi boca, su único vínculo con el mundo.
Ahí está el cadáver y lo beso.
Otro corazón traspasado por mi lengua.
# “Qué haré con la vida que en mí vive y se revuelca en verdades mal documentadas?
Soy culpable de haberme engañado con realidades que heredé de mí misma.
Modelé el pensamiento a partir del magma estructural que me formaba.”
# Relieves abreviados por la rutina, “esos miles de detalles que conforman la vida”. Asumir el tedio como único castigo por ya haberlo encontrado todo. Desenfermar a la memoria química del cerebro que jura, bajo la pesada sombra de la certeza, que no existe algo mejor, que no habrá nada superior, ningún nuevo evento lleno de vértigo que esperar.
# “Con gran orgullo me permito la degradación de tanta virtud.
Soy muy por debajo de lo que puedo como escudo feroz ante el desencanto.”
# Besamos las bocas que oxigenan. No hay más respiración que la de ese aire dulce que hace cima y se ofrece en nuestro adentro, en los espacios comunes, diáfanos, que no esperan nada, pues nada les falta.
# “No he de buscar vivir por fuera de esta servidumbre, no he de alcanzar goce alguno, todo será ignorado, abdicado hasta que ya no quede nada por perder y por fin alcance la calma, la promesa muerta, la paz furibunda de no desear nada”
# La boca como una mezcladora de hormigón queriendo cimentar el espacio que divide, que separa el diálogo. Intentar materia en el vacío, en lo tenue, un pretexto que sustente alguna idea de unidad sobre la herida abierta. Conseguir una base tan sólida que cueste distanciarse si no es ejercitando un prudente ensayo sobre el espanto.
Fuimos una sola y única célula durante todo nuestro primer
día de existencia.
A partir de entonces, no dejamos de dividirnos.
Eso lo explicaría prácticamente todo.
otra jornada en el tablero
con el frío
en los dientes
apretados
entre el día y la cama
nuestro llega
el consuelo a bañar
en pétalos
pájaros
tazas de nido
de incienso a exhibir
los árboles
su posición de tormenta
efervecen los filos
los cortes
acumulan viento
aquí y allá el malabar
y en la cuerda
segundos arriba la herida
se equilibra
caminan los huesos
sin contarse
ni en pasos ni en razones
dividen
la red los acróbatas tejen
misma los brazos
dos hilos
que es un único río deriva
de pie
por sobre la calma
esfera
tal suerte de aliento de alivio
quedarnos
mitades dejarnos
juntos
multiplicadas las caras
las fotos
el gesto sepa alguna vez
pruebe el sabor
natural
de engañar a la trama
antes
del olvido
del corte perderán
equilibrio entre las piernas
los dados
entre las piedras la espuma
volverá
en mapa transformada
en luna
en silencio
sin ser silencio otro más
que duerma
quieto nosotros el aire
la brisa
la boca que explore su caída
por tan vivo
privilegio el nuestro
de poner
sobre la piedra la promesa
el poder
sin estertores fundirnos
evaporarnos
fuera de agonías volverle
al magma
sus fantásticas virtudes
el gozo
el completo gozo de caer
vivir
muriendo en el ardor
amorosamente
abrazados
a una piedra que se hunde
“Yo soy una parte que en un principio lo era todo”
del Fausto de Goethe
El frío ha sido atrapado en este infierno
De enredadera que tapa la puerta, la salida
No necesito otra técnica para perderme de vista.
Que mis necesidades básicas no fueron cubiertas, me aclara mientras hace su ademán. Y que la carne roja no alcanza.
Después comienza a romper el pan, a introducirlo en el café con leche y a no convidar. Lo sumerge y lo aplasta y lo empuja hasta que se hace una pasta grumosa, cómoda para arrancarla de a cucharaditas y, sin gotear, llevársela a la boca.
Entonces yo le cuento que en el casillero que lleva mi nombre también hay una montaña que crece con la música, un vino respetable que nunca me fuerza y una cuerda que sólo uso para desatarme; que la montaña se acerca, que la soga huele a manchas de un animal de pupilas enormes y que lo del vino en realidad no importa.
Porque puede ser que me hayan visto pasar, pero nunca como un suspiro que fuera a anidar en ninguna parte. Porque puede ser que me hayan visto, pero siempre con el collar bien apretado a la garganta.
Necesidad fraticida insatisfecha, declara. Y ajusta. Y esta vez también lo anota en su cuaderno; pero yo le explico que ese deseo se ha ido pixelando con los años y que a los rezos ya los repatrié desde estos cuatro ángeles centenarios que ya no me representan aunque sigan alentando sentados en mi cama, cada uno en su arista, los cuatro esperando que algún día y de una vez por todas yo me quede dormida.
- Ellos fracasaron- le digo- ellos hacen frío. Desde que duermen conmigo que amanezco celeste. En esa habitación hasta los veranos se hielan. Si ellos no hubieran estado yo lo habría hecho mejor.
- Cual fue tu error?
(ella nunca se cansa)
Mi error? Cómo sonaría mi error si existieran palabras?
(debería confesarlo pero es tarde aunque sobren los minutos)
- Yo no sé nada – le miento.
(no seré yo quien otra vez siga de largo para que mi niña se avergüence de su piel de tierra y de sus manos de mandarina. Ya una vez quemé mi bastón junto a los barcos y no voy a hacerlo de nuevo)
Insiste
(podría ser cariño, pero sostenerle la mirada a un escorpión quema en los ojos).
No creo saber levantarme, pero sabré morirme a través de sus cuadernos que vivo como trámites.
Para qué insistir, para qué tanto drama sobre el filo de la nada?
Si se detuviera mi corazón, no me daría cuenta.
El frío llega a mis dedos y sé que si los froto volverán a desprenderse. Soy los segundos por los que caen al abismo la incertidumbre y la tierra firme. El día me fue dejando a oscuras, ya no hablo y con las manos tejo nidos tan pequeños como inútiles. Una mezcla complicada entre hormonas y sedantes para pasar la noche esperando que se abra el techo y entre el aire o uno de los cuatro vientos capitales, el más veloz o el que haya comenzado antes.
Cuando presentí la verdad decidí que los iba a dejar engañarme y, como en un teatro higiénico y destilado, me besé la cruz y comencé a perder el tiempo sanamente, sin preocuparme por el fragmento o por la parte. Una ficción de mirada holística sobre el tiempo que pasa en simultáneo sobre todas las cosas como único modo de evitar la mimesis del relato.
(mis nietos sabrán entender que corrían actores hirviendo rodando grava por mis venas como claves para vivir, como posibles fugas, como una manera de salvar de la inseguridad a mi delicadísima y precaria síntesis)
Ella escribirá:
“La experiencia no la ha vuelto más inteligente, sino menos espontánea. Haber aprendido a resistir, saber que sobrevivirá no la hace sabia, sino peligrosa. El riesgo ha crecido en los últimos días”.
Hay tantas dentaduras diciéndolo con mímica
que es una picardía que yo nunca recuerde la película.
La gracia consiste en hacerle sacar chispas al frío hasta llegar al incendio. Que mis dedos se entumezcan y mi rostro se descascare dando lugar a caras nuevas que no terminan nunca de desprenderse ni de nacer. Que por frotación se desmiguen y caigan de a pedazos a llenar los entredichos del teclado.
Es curioso, pero mi cuerpo parece haber nacido para esto y se acomoda fácilmente a las lepras de la gracia.
Once años, la edad de las necesidades y de la espalda en la vereda.
A los once se trata de redactar el cielo y que él nos traduzca el futuro. Simple, simple, simple. Como hablar, como tener sed y tomar agua de lluvia hasta que calme y se borre el espejismo. Redactarlo sin datos, sin lunares, sin pelo en los ojos, ni sillas, ni abandono.
Así de simple, como que no haya lunes en ninguna palabra.
La gracia. La forma de la gracia es lo que llena un vaso de agua tónica en enero. La gracia es llegar a todas partes dando vueltas perfectas como esferas de espuma a pesar del contramano de los ojos.
Cada tanto la gracia y cada tanto se aleja.
De sentir, yo la sentiría revisarme desde adentro buscándome los bordes.
Esto es realmente insostenible. Se acerca, me condena cada instante.
Las venas se arriman con la gracia a las paredes. Qué disfuncional parece la gracia cuando está cerca del aire.
Ser disfuncional no tiene nada de extraordinario (tampoco tiene por qué tenerlo). La disfunción es como ir a sesenta en una onda verde a las tres de la mañana.
Lo normal sería cortar todo lo más pequeño posible de manera que entre en una bolsa cualquiera.
A los once escribí una serie de fórmulas matemáticas (o serían químicas) sobre un mantel de hule prestado.
(si sobrevivo a esta escena, juré sobre ese mantel, (si sobrevivo) voy a dedicar mis ratos libres (todos mis ratos libres) al desahogo).
Es tan fuerte todo acá arriba que si esta vez sobrevivo, (si sobrevivo) voy a dedicarme a buscar un sistema que me dosifique los vuelos sobre la trenza que forma el río con las vías y las frenadas que di en las banquinas. Que por nada del mundo se libere la válvula o podría volverme profeta y tartamudear sobre todos y asustar a los perros que se comen entre ellos y mis huellas con las lenguas todas tendiendo hacia afuera.
El día llegó sin peldaños y tiene las ventanillas cerradas. Necesito que alguien disipe las emanaciones de tanta gente almacenada. El pasado se viene con todo y habrá que reinventarse para no tener que lamer heridas equivocadas con lenguas ajenas.
A los once, la vida se lee como el párrafo final de un libro interminable.
Como cuando yo culpo a la puerta porque existe el otro lado.
El ciclo se repite en un loop onírico que ya no me necesita. La persiana, aún en mi ausencia, multiplica los soles como fauces en mi espalda.
De noche, una parte de la luna ocupa mi espacio unicelular y alumbra desde allí a la sordina de los grillos para que alguien crea que cantan bajo esa crema de jazmines.
Cuando vuelvo, suelo quebrar a varios (grillos y jazmines) con mis zapatos. Alguien (que no soy yo) sabría cómo caminar con tanto poder encima. Un poder que parece escrito para mí y que sin embargo no domino.
Yo me desaparecería cada vez que mis letras no me rompen con sus botas. A pesar del miedo horroroso, yo me desaparecería.
A veces un detalle entre dos palabras basta para que yo me sienta algo mejor por unos cuantos días.
Aproximadamente.
En una historia lineal, el nudo es lo de menos. No importa lo que pasa, los límites de imponen. La avidez invade a la novedad y al desenlace y todo se vuelve pensamientos golosina ante la mirada ociosa de la peste indiferencia.
El sudor le representa su propia obra durante la hora sirvienta. Intenta una explicación sobre su frente, pero no alcanza. Ya nada puede desteñir el código de rimel grabado en sus párpados. Causa y efecto. Durante esa hora, sus minutos no respiran. Un estremecimiento sólido, como de hielo hecho serpientes, se le filtra por los hombros.
Dicen que únicamente se espera durante la hora desnuda.
El telón de fondo es un espejo solidario que le absorbe las sombras, el lado oscuro proyectado por ese cuerpo deshuesado que jinetea el escenario; su deber: devorar lo que quede del aplauso.
El actor, en escena, es todo lo que no es el elogio. Cuentas claras: lo único necesario para sostener el equilibrio entre escena y auditorio. Eso, y un puñado de pochoclos húmedos y amargos y pastillas para la tos, porque, eso sí, nadie quiere interrupciones molestas. Incluso el tren, cuando pase, lo hará en silencio; se zambullirá calladamente como una escalera mecánica en el suelo.
Una raíz metálica perforando el escenario encierra mucho misterio y despierta una curiosidad mezcla de infantil con mediocre que, aunque no divierte a nadie, en los intervalos distrae.
La distancia entre los dos telones roza el acto; se siente en la piel el espacio. Está en el aire. Tan sólo hay que tocarla para que comience y eso hacemos. Qué más puede pasar? Nuestras cabezas no se sumergirán en esa composición tan artificial teniendo una tela de madera tejida con sabor a pasto verdadero oficiándonos de suelo y a nuestras manos ya profesionales del aplauso y del tropiezo contra todo lo posible (aunque parezcan siempre condenadas, ellas ya aprendieron a disolver el azúcar simulándose cucharas).
Dicen que la muerte se llenó de sujetos vestidos con máscaras que no les tocan las caras. Entre ellos y el disfraz hay un viento encerrado y susurros y gritos y voces que no atraviesan ni el cartón ni la carne. Un colchón transparente. Húmedo. Tibio. Un escenario que los protege del frío para que el deambular les sea más amable.
Debería informar a la audiencia que hay un guión navegable para todos y que debajo del asiento encontrarán los diálogos, las navajas, los tazones y la miel.
Cuando amanezca, los tazones deberán estar llenos. Hay avalanchas disponibles para quienes tengan dificultad con los contenidos.
Posteriormente iremos al mar. Todos. Cada uno llevará su taza y su cuervo. Ahí, quizás, nos sintamos menos solos que en este teatro lleno de agujeros y de aplausos, porque en ese mar amarillo, ni la libertad es una estatua ni el mundo es tan tan grande.
En ese escenario, las estrellas tomarán nota de todo lo que ven. Ellas creen en eso de la astrología y de las constelaciones, pero nosotros sabemos que nadie sabe nada de nadie.
Y ya. Que no hay mucho más que contar. Cada uno tendrá su experiencia individual y única, aunque cuando el sol nos deletree en la arena pensaremos que a éste deja vu ya también lo vivimos.
Sumamente aburrida esta obra. Nadie se ahoga, nadie se convierte en cucaracha, nadie termina de teñir el mar con la tinta de los tazones. Entonces, por qué no nos sentamos en la playa y miramos concentradísimos su marea? Miren cómo sube y baja automático el telón. Cómo se expone! Cuánto aplaude! Cómo abdica su orilla!
De eso que a nosotros no nos cuesta tanto, resignar la frontera, él obtiene una ventaja.
La estrategia del mar es brillante.
“pero sucede que, para algunos, las veredas de la calma tienden a agotarse en poco tiempo. Entonces, de ese plato hondo lleno de éxtasis empiezan a manar los desacuerdos.
Presagios negros como hormigas saliendo de la azucarera mejor labrada”
p.
Sabe qué? Me desconcentré. Cómo se puede usar la palabra “delicioso” en una oración que también contenga la palabra “mate”?
No sé. No pasa nada. Sólo el cordón de la cama que a veces cambia de hemisferio.
A mí me alteran estas cosas tanto como las máquinas, las letrinas y los sábados por la noche, cuando empezar un libro es lo mismo que empezar una gripe y todo es incomodidad.
Se repiten las siestas. Ya me leí como siete y son todas iguales a pesar de que las leí, a cada una, en un idioma diferente.
Leer en otro idioma es una manera refrescante de traducirme la nada.
Y sabe qué más? No se cansa el tiempo de servirse en las tazas. Puede derramarse sin mover una pestaña. La grieta en el mármol que lo inventa tiene cuerda para rato.
El amor es que alguien.
El gozo de que alguien despierte la belleza. Después viene el balanceo y el volumen. Y la erosión por el hervor en el caldito light de las siete preguntas.
Cuando esté usted en el freezer, va a entender por qué el azúcar en la nafta no nos hace bien a las personas. Tanto dulce no nos deja arrancar y nos contentamos desgarrando.
Elija su propia dentadura (es el multiple choice que yo sé que le gusta) a-Dientes
b-Colmillos
c-Muelas
d-Ns/Nc
Acá somos todos evangelistas y el demonio, al fin y al cabo, no es más que un angelito que cayó en desgracia y que todavía rebota en las piedras que le pusimos a la sopa.
Pero nadie muere en el primer intento, eso es un hecho. Hay algunas cosas que no nos fueron dadas: la muerte de primera, los electrodos calientes, una buena dentadura que mastique esta galleta hecha de plumas y de manotazos.
Una ecografía? Por qué siempre me habla de sismógrafos? Esas máquinas no pueden medir los pasos que lo alejan de la palabra “canción”. Las máquinas y la Iglesia son el bar de los poetas miedosos. Llevan en una mano a sus Frankestein para bautizarles el patchwork (un poquitito de aquí, un poquitito de allá, pieces of themselves everywhere) y en la otra bidones de combustible. Mucho combustible para esconder a las huellas.
Y todo termina con una misa de semillas blandas conciliando las vergüenzas en los labios de una guerra tristemente arbolada.
(vamos a negro, pero en gris, con los ojos enormes y tarareando manzanas)
Si no me cansa el Drama? Y si… De a ratos me cansa. Pero hablemos de usted: Qué ve desde la orilla del plagio? Un baldazo de agua o a un niño regalando insectos? Vamos, muérdase la violencia. Tómese esta ampolla con forma de vesícula semántica y descríbame lo primero que sienta en la espalda.
- Ruidos.
- Adentro o afuera?
- Si, bueno, todos fingimos que hay ruidos de noche.
- Y el humo? Siente el humo? Sigue usted fumando?
- Algo, a veces. Fumar es otro modo de escribir, más fugaz, más perecedero.
- Entiendo.
- Oh, Dr. Benway, deme algo que me desfibrile el alma!
Y eso es todo, me temo. Y así seguirá siendo.
Presente inaguantable. Presente forzoso. Presente sin remedio.
Así, sólo por hoy, y hasta que llegue el aplomo.
En un estado de responsabilidad aberrante y prodigiosa, Luciana forzó un paréntesis sobre su desconexión y comenzó a rezar.
Que Dios esté grave no es impedimento.
Que Él sienta esta repugnancia impasible por sus criaturas no es nada más que una falla en el percutor de su pereza.
Y, como cada vez, Luciana pidió cosas razonables: La saciedad; seguir sin adquirir un estilo; no ser culpable de las mentiras que estrangulan su poesía e impermeabilizan su prosa con la refinada intención de preservar sus diferencias (mínimas); y conservar la salud
que va y viene…
- Luciana reza?
- Si.
Hay cosas que ella siente ante determinados estímulos que a otros sencillamente se les pasa. Ella sabe mucho más de lo que aparenta, ella entiende a las cosas naturales como lo que son y a las mágicas como lo que quieren decir. No hay modo de que ocurra otra cosa, ella entiende la señal. Sabe que no es posible sentir el lugar ocupable sino hasta estarlo ocupando y por eso no se adelanta.
Futuro y pasado están viciados de irrealidad. Ambos carecen de la precisión necesaria para volverse vulgares.
Luciana está a mitad de camino del doble de todo y todavía no tiene nada resuelto. No sabe a qué va a jugar, ni si volverá a nublarse alguna vez; si mañana se animaría a detener la eternidad o si aprenderá otra cosa.
Ella tiene miedo.
Lloverán tableros, dice la radio, pero el Universo, que siempre se adelanta, ya chispea los primeros peones. Caen como alfileres
(con lo que a ella la asustan los alfileres!)
- Se sentirá mejor Luciana cuando pare de llover?
- Seguramente.
El ajedrez es un juego peligroso. Los tableros son como paisajes, escenarios fantasma. Ni campo ni ciudad. Cada tablero es un escenario diferente. Algunos, con árboles de papel que ya fue árbol, otros, con animales embalsamados en sí mismos sobre la arena, que sigue siendo arena pero que de lejos se ve playa, o desierto.
Cuando caigan las torres, la reina ya habrá muerto.
- Y por qué reza?
- Porque cuando no reza, Luciana no duerme tranquila.
Hay quienes han sido tristemente favorecidos con la cosecha (tardía, si) de ciertos aprendizajes banales. Sufrieron cada tormenta viendo peligrar a las espigas como a novicias que vuelven.
(- Pero durante la tempestad del síntoma, algunos malestares suelen alterar las señales.)
(- Si, por eso el apuro, por eso la nostalgia, por eso el hastío.)
Hay quienes son muy tristemente sabios. Como Luciana, que sabe que tiene miedo y entonces es mala. Mala porque les pega a los hijos y a los huérfanos. Mala por hija de puta egoísta, violenta, calculadora, desleal, tramposa, golpeadora, asesina.
Mala.
Luciana tiene miedo y entonces miente, pega, traiciona, engaña, fuerza, abandona.
Tiene miedo.
Es vieja. Le teme a la muerte. Le teme al sida, a la lepra, al hambre, al rehén, al asco, a la duda.
A veces, al dar por aprendida la lección, los nuevos sabios se abandonan al amparo del ungüento que los reviste de gracia. Y se descomen en su asombro y resiembran ociosamente la estupidez por sobre el delirio lento y ya seco, ese sabio Dios planta de una sola temporada.
- Y cuando reza, descansa?
- No, cuando reza, tampoco.
“¿No ves que son ojos?
Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas”
Eduardo Galeano.
Mi primer amor fue de suicidios. Él me llamaba a mí: “mi aquella muerta” y yo a él: “el destinado”.
Yo no era yo, yo era mis costumbres. Él, en cambio, era todo lo que yo quería significar.
Nuestro amor mayor consistía en darle fin a todos los artificios consumando todas las aventuras, la más deseada a veces, la más inútil por lo general.
El “Equinoccio de las mariposas” era el título secreto para nuestra profesión sin título. “Mariposa”, por el insecto más bello e instantáneo que habíamos conocido y “equinoccio”, porque sí.
Dormimos muchas noches como pájaros, supongo que para sentirnos más acompañados durante el tiempo que durara nuestra novela.
La más corta de las novelas de miedo y de pobreza.
Dormimos mucho. En cables, en carteles, en árboles húmedos de nidos vacíos.
Me pedía que le sacara fotos, que le extirpara el alma (como si eso pudiera salvarnos) mientras él me arrancaba la mía y la vaciaba de un sorbo. Luego la dejaba sobre la mesa y se iba y yo me encargaba de volverla a llenar. Para que él volviera. Para que no me dejara sola.
Durante nuestra última fantasía quedamos de acuerdo en encontrarnos. Sería en un mapa.
Entre la multitud y los días nos íbamos a encontrar.
Me pinté los ojos y los labios y fui. Pero no lo busqué. Ni él a mí.
Hoy yo miro la ventana. Todos los días. Quisiera saber qué hay detrás del vidrio, pero miro la ventana.
Él pasa, me cierra los ojos y se abre las venas. Todos los días.
No puedo dejar de reírme de los que creen en las palabras, cuando está claro que el planeta únicamente considera lo sólido.
Algunos días hay demasiado dios en el aire. Será por eso que ya nadie cree lo suficiente. En unos años vamos a tener que cambiar los colchones si los seguimos llenando de raíces.
Elegíamos palabras porque sí, dormíamos como pájaros. La Tierra no nos invocaba. Flotábamos.
Creo que de verdad nos amábamos.
Yo era “su aquella muerta” y él era mi costumbre, mi “destinado”. Todo lo que yo podía significar.
Como cuando tosí y los de allá sintieron erróneamente que se insignificaban las distancias sólo porque había compartido con ellos ese ratito de mi gigantesca intimidad, sería útil que supieras que yo no me tiré por vos. Que yo me caí tratando de encuadrarme (o de quedar medianamente en foco)
Como ese primer martes que no fui feliz y no supe explicarle a la prensa exactamente el por qué, mientras me ataba de la soga al edificio más alto y respiraba agitada más oxígeno del que quería gastar.
(para qué tratarme con oxígeno, ese goloso elemento oxidante, si el violeta me pega con todo?)
Dosis periodísticas de radicales libres cuando en realidad lo que yo quería era ser cineasta.
(ni bien le encuentre el cuello al próximo martes, le voy a morder la yugular con el obturador de mi film gun. Y que se exponga lo menos posible a la luz de mi existencia si quiere volverme a ocupar un fotograma).
-Quietos! Sonrían! Enfermos pero de pie! – les grito.- Vamos que vamos! Que estamos pariendo nuestra cama más justa como prólogo para nuestra propia tumba!
Acción!
“Dios no nos odia”, comienza diciendo a cámara el bueno de Job. Y yo pienso que Dios simplemente nos ignora un poco desde su estancia en la grúa. Finje divinidad con su sórdido kamasutra de milagros naturales. Dios es un presagio punk, creo yo. Y lo creo campante y sin temor a represalias, porque en el baile de desmáscaras yo atendía el guardarropas y lo vi. Me lo acuerdo perfectamente: Yo colgué su secreto más negro en una percha y a cambio le di su numerito. Y no le cobré. Me agradeció bastante el gesto, pero igual eso no le hizo cambiar la idea de enfermarme dentro de unos años con artritis y ceguera.
Recuerdo que cuando terminaron de entrar todos, yo le pedí permiso a la ONU para retirarme. No quería presenciar la elección de las Misses de la Nueva Realidad: Miss Nuclear Total War, Miss Universe Richter Scale, Miss Global Warming y además no me sentía nada bien. Pero no, los psicoanalistas de la Organización me dijeron que tenía que quedarme hasta el final de la fiesta y algunas cosas más sobre la continuidad del guión y sobre la posproducción.
“Pero los piojos no nos morimos de catarro”, seguía declamando Job, “tenemos cosas más importantes por las qué morir.” Si, claro, siempre es mejor metabolizar el oxígeno maquinando una falsa revolución o sembrando pejerreyes en el hambre africano. Quizás con cosas así de nobles algún día me reconozcan como un ser de este planeta y me den un ascenso o me hagan entrega de la corbata (y si también me sacan el marcapasos, mucho mejor) pensé, pero me resultaba difícil seguir el hilo de mi historia.
(ahora que lo pienso, algo debieron poner en mi bebida).
El guión dice que Job después se acomoda el moñito y le acerca el ramo de rosas a Miss World Wide Web mientras yo me escondo entre las perchas. Arriba, Dios debería rascarse la cabeza desde la grúa.
Silencio…
Se graba.
Ya nada queda
Lo que debió
Ser ha sido. Algo
Una mancha gris
Organiza el olvido
La pena es una sola
Una nueva farsa
Alguien saluda y este espejo
Que no me desempaña
A su balbuceo nadie le reclama. Su lengua lisa lo sabe y la fecunda. Somos, sus crías, formas recién escritas, desordenadas, sin vibración y con la sabiduría del abandono como única placenta. Un aire de yoga elevado a los huesos de Occidente.
Siempre negativa y fulminante, mamá. Qué ortografía de cloroformo la durmió de mí? Cuántos verbos me desvistieron de su sangrísima entraña? Yo hoy me muero. Brindo con mi vida por dos vasos de su plástico y un cordón impar que por fin nos conecte, que filtre la imprudencia con la que transmite, con la que me ataca, sus risitas introspectas, su recital de ruinas desde la fila de los que no aprenden. Ni aplauden.
Por qué tengo yo que velar a oscuras a la insigne? Se hizo aniquilar por su parto para cortar (para seguir) con la pena de la quemadura abierta que le arde (cómo le arde!) gozosa y tierna como una jauría que lame y se relame (de los labios) la sangrecita del tibio vientre. Sin músculo. Como beso. Como moneda número treinta, que le embaraza de vergüenza los pechos de su mediocridad triste triste.
Se extiende la explicación, mezcla escasa, por el suelo, sobre el hielo, sobre la contractura de la lengua macha que no entiende al equilibrio y se queda entonces cada vez más quieta, cada instante más anclada al ombligo. Quillas que
olvidaron al puerto
me cortan la arena
Lo que a mí me avergüenza es su canto editado. Que en la panza de su hambre haya más hambre naciendo, que la taza no alcance para tapar para mí, de su mano, la herida.
Hay una madre que sangra la ley y un hijo que se le encueva adentro y al costado. Ella es una ventana en alquiler (adentro anidan olas por si los barcos vuelven a su espejo, a sus puertos en flor)
Cuando no puedo dormir, pienso en poesía como último recurso para no pensar en nada.
“No parece que haga mal a nadie; pero casi me resulta dolorosa la idea de que me pueda sobrevivir.”
F. Kafka
Observemos cómo sus piernas cuelgan desde esa cadera carretel apoyada contra la pared por donde salen los fantasmas. Cuelgan hacia el vacío como antes colgaban sus hilos y ahora todo lo que se le cae. O lo que él deja caer.
No se acerquen. Miren cómo nos desafía a través del cristal.
Hace unos días creímos que había muerto. Dejamos pasar unas horas antes de incinerar los restos, pero al amanecer resurgió, sereno y suave como un puto fénix de las malditas cenizas. Quisimos curar su memoria en ese momento, pero, si antes era mitad monstruo y mitad humano, después de renacer, el humano comenzó a desvanecerse y hoy ya no hallamos más que silencio en su razonamiento.
Observen su plumaje y el brillo de sus dientes. Dicen los cuidadores que antes de dormir los pone en un vaso con licor, pero por el aliento yo digo que debe ser de cerveza.
También fuma. Miren el detalle del amarillo en la mirada. Tiene toda la nicotina adherida a los ojos. Creemos que la usa para camuflarse.
A las sonrisas también las esconde. Las diluye en todo lo que traga hasta llegarlas a la sangre que es donde continuamente las advertimos. Tarde. Como siempre. Como todo.
Por qué razón no quiere que pensemos que cada tanto sonreiría? Un pudor original? Un desquite? Él cree que el amarillo de la mirada lo socorre, pero nosotros las vemos. Nosotros lo sabemos.
Y observen sus manos. Vean. No son armas. Son nada más que dos diccionarios. Las espadas le nacen sólo cuando habla. Como cuando se escribe un silencio y no se oculta que no se dice nada como parte de la queja o como único agravio.
Miren el vaivén, cómo lleva la llaga de una mano hacia la otra. Interesante evolución. Antes de renacer, rebotaba contra las paredes cuando comenzaban las llagas. Un buen rato. Después se relajaba y el alma se le desenroscaba de los dedos. Una vez dormido, todo volvía a su lugar. Ahora, todos los cambios que le suceden durante el día se instalan. Como si en él se estuviera gestando un molde.
Yo les aseguro que no es sencillo sobrellevar la investigación sobre qué es o que será de él. De mis pieles cuelga la culpa, por mi exceso de prudencia o por no haber podido curarlo a través del vidrio.
Yo debí renunciar a entenderlo hace tiempo.
Yo debí dejarlo volar, porque tal vez, tal vez…
Los sentimientos con los que me visto no son míos.
Se los robo a ese espacio que se crea entre los ojos de una madre y los de su hijo recién nacido.
Alguien llena de sentimientos ese espacio. Para seducir
(o para convencernos de alguna otra cosa)
Veo pájaros atornillarse
A los campos de batalla
Monumentos a lo inmóvil
Torres piedra se deshacen
Obleas en mi taza de porcelana
“Wovon man nicht sprechen kann, darüber muß man schweigen”
Ludwig Wittgenstein
Tengo al universo en la punta de la flecha
Alguien desde el paisaje grita tregua
(yo le oigo flores blancas)
Mis soldados caminan en círculos por el patio
Es de día. Todo huele a sombra.
Voy a alejar al diamante de los gusanos.
No me importa cuántos sean. No voy a dejar de resucitarlo.
Las ballenas, hirviendo luz arriba, cuentan que hay mosquitous que no se animan a vivir ahí donde se puede mirar sin permiso. Ni parpadeando, ni durmiendo de a ratos para descansar las alitas.
Las ballenas, escondiendo sombra abajo, cuentan que hay mosquitous que juegan al tetris en condiciones de gravedad cero, bien alejados de los peligros que las tormentas encierran.
No será por relleno, será por vacío. Voy a poner una fábrica de semillas de ballena para ganarle a la muerte. No dejarlas nacer será mi serena venganza.
En lugar de un silencio, voy a dejar un espacio muy muy vacío en el agua.
Los mares quedarán vacíos. Seguirán fríos como los pies de los perros que mordisquean el viento.
Algunos peces saldrán también a coquetear con el aire. Ellos correrán con la ventaja de los diablos, al igual que los bomberos que todo lo incendian desde sus fósforos de madera balsa.
Y yo me voy a encender en la orilla. Para que impacten las semillas en mi fuego y no en aquello otro que es un perpetuo espejismo (ni en el mar, que será un enorme, un gran gran vacío).
- Era acá? – me preguntarán las fallidas ballenas mientras ardan.
La muerte va a entrar por el agujero que ellas dejen al incrustarse en mi fuego.
Moraleja:
No se puede ser un mosquito impresionable en una tormenta de ideas. No se puede ser una happy ballena en un río de amargura.
(hay tantas cosas no se pueden, hay tantas cosas no se deben, y sin embargo…)
Ellos encontraron el infierno entre las tablas que se separan en el piso de parquet. Preguntas perfectas para respuestas idénticas.
Mi abuela mira. Ni en pedo piensa bajar por la hendidura.
Cada siete días, del bolsillo de mi abuela sangra una suerte de amor milagroso. A veces se juntan grupos de hasta treinta para beberlo. Ella les cobra más barato porque llegan por su cuenta. Con la abuela no se fía.
Y al juntar las cien monedas, mi abuela se vuelve a dormir.
Ella descansa en que algo habrá de consolar sus intenciones, las formas de la ausencia o quizás la respuesta cierta de si murió la rosa.
Siempre hay una señora que habla con mi abuela mientras ella descose los ruedos. En la foto, sin embargo, parece que estuviera sola y que no estuvieran haciendo nada. Por alguna razón, esa foto huele a perejil recién cortado.
Cada vez que saco la cámara del bolso, las caras de todos cambian de formato. Se tensan los labios, las mandíbulas titilan, las frentes se elevan. Mi abuela se pone los anteojos y con esos ojos me mira.
(con esos ojos me llora, con esos ojos me cierra)
Un día se olvidó de llover. Al día siguiente se cortó la luz. Dos días después notamos que ya no había viento ni nubes. Mi abuela y yo compramos rifles.
Los cambios complotan contra la salud mental de los humanos.
Cambiamos todos de tribu los domingos de foto y siesta.
- No hagan caras, hagan memoria.- dice mi abuela.
Veníamos sonriendo, cantando, bailando bajito. Para qué cambiar? Para qué salir, para qué volver?
Para tí oh! queridísima Lucrecia va este oh! humilde pero no por eso menos sentido oh! menaje por tus 6 (6) (que no cinco (cinco)) años en esto.
Que no se corte!
La pizarrita de hoy se reserva a la resacada que camina vereda por las calles del retroceso en una natación brutal por el consomé asfaltado del civismo (y enarbolando!)
A la que a toda esperanza da por injusta y entonces (no va y) la cesa.
A la que arranca y desgaja de blancos y negros la (oh!) desgracia gentil de los sepulcros.
A la que agosteciendo de alcoholes y abusandos, la noche retractil deja existir como a la espera turbia (noche que se le otorgó también en domicilio y tregua)
Pero no valen la pena los aspectos furtivos y explicables al claro iris de los verbos mieles. Crespos. Que a veces como sedas que a veces como balas. No.
La memoria se me vuelve como grande adormidera por los años de dulce afán desdibujado en el balcón de los ensayos y que en los garbos decreta. De Creta. De Greta.
La paciente corteza se me moja en los sillones mientras trago glutiente sus pretextos más rentables. Burbujeantes… (habituados a los esguinces inmerecidos de las mañanas)
Y no es necesario decir lo que se quiso, lo que guisamos o lo que emparentamos entre versos interminables como pozos en la piedra o como besos en la piel de la mejilla. Tampoco.
La forma sinuosa de su lengua puente (demente) por el que siempre viene del hígado hacia mi yo espejo para que le aligere las voces con el perdón de nosotros y de nuestra temeraria carne, no piensa enderezarse (sólo por hoy)
Y a mí me parece perfecto.
Aunque ella humeante. Aunque ella hervida.
Es todo tan reciente que ni hace falta nombrarlo.
Aún no hay dedos, aún no hay mundo.
(sólo un poco de barro en una cantera de diamantes)
Blas se depila la incoherencia de tener plumas junto con las de gaviota que le nacen en la mucosa del estómago.
Una interrupción más adentro de la principal interrupción que son los días.
Las alas que le crecen cosquillas adentro son circunstancias muy molestas para Blas.
Por eso, cuando termina, Blas se besa las manos. Con las manos en el aire, Blas no pierde el equilibrio.
Él se arremanga los párpados a muy bajo costo. Es que dejarlos cerrados le resulta muy violento.
Cerrados podrían descubrir lo quieto que puede quedarse el silencio.
Blas no necesita ser feliz. Blas no necesita nada.
Él sólo quiere que pase un día sin pensar en eso.
Él podría suplantarse en su sueño para no vivir dejándose, divorciado de sí, invisible y parroquial de la piel a la cabeza, pero le resulta tan fácil desapercibirse y tan imposible desaparecer.
Por las mañanas, Blas se despierta y escupe sangre.
El mar ronca sus presagios en los entretiempos de su sueño.
Podría suplantarse en el sueño, pero Blas prefiere obligarse a decir. El costo, un peso de hielo la palabra. Buen negocio si entendemos que a Blas lo que menos le importa es el hielo.
Y una vez que se haga hablar, probablemente Blas se corrija y luego enmiende los detalles que no lo conformen.
Como una burbuja metálica que resiste el viento y las palabras
el tiempo de Blas se deja elevar
y se pierde rodando
Soberbio, primicio, desconfiado.
Este paso de comedia es otra forma paralela de convalecer la vida.
Tus palabras anochecen en el conocimiento de la farsa. Ellas existen pero no para nombrar, sino para desintegrarte.
Y lo digo sin desconocer que, al fin y al cabo, yo también te finjo a veces poemas entre las letras.
Cuando vos escribís, toda la miseria, toda la esclava ilusión del paréntesis lírico se limita del desnudo de lo individual y se convierte en un escenario líquido en el que sólo se puede andar, despacio pero andar, hacia la ciática de lo último. Como chicos acostumbrados a la espera
Cuando vos escribís, envueltos por el humo que apoeta las cosas, el énfasis y el misterio pierden su potencia. Entran y salen de conversaciones por encargo, reescribiendo sobreentendidos tan nutricios como cuestionables.
En cambio, cuando yo escribo, hay sombras que se cotejan entre ellas la grisura, sin entender que no existen grises sin una médula rehén que les avale la mímica.
Cuando yo escribo, ellas se pelean por saber qué es menos mentira, si lo que no digo o lo que me callo, si lo que oculto o lo que se esconde, porque, para mí, escribir es disimular la indiferencia mediante una filosofía sencilla e imaginaria sobre (y para) nuestros Yo más inestables.
Pero, cada tanto, vos y yo nos leemos en un orden que expresa el grito de volar escrito a un reloj y simulando un verso, verso que aún no existe y sin embargo ansía, tímido, ser nuestro lecho en la escritura. Entonces, ya no hay desorden porque volvemos al origen perfecto de la ausencia de censura. Y es tan sólo un instante lo que nos dura esa amabilidad de pensamiento ausente. Y aunque ambos sabemos que en ese acto la plenitud nos consume, esa atonía ante la verdad nos resulta irresistible.
Nada hay más seductor que un abstracto al que le cuesta alejarse y, por eso, merodea.
Yo ya no debería concurrirme.
Hay un terror inexpresable durante el minuto racional
que antecede al amor.
Puede pasar un tren o una manzana transportando conejos que da igual. Da igual lo que cruce la calle, lo que calle, o lo que se vaya a decir.
Cuando Fermín vive, da igual si la pena asciende o enciende la ruta. La vida de Fermín es una solución psicológica que se adecua, se amolda, se adapta, a veces como humo, otras veces como plomo tibio a las formas del mundo.
El ministerio del resquicio en sus paredes, de las grietas formadas por las dieciséis bocas que inhalan sexo exhalando sus secretos, hace de mis ciencias sobre él, una licuadora llena de ojos que miran del museo privado de la noche, la sala exacta, la sala de la noche especial en la que la suciedad nos alejó de nosotros para abandonarnos a pesar de las letritas de colores que habíamos ido dejando migar desde el rechispe que hacíamos cuando frotábamos palabra con palabra para que nos hicieran de antorcha o de bengala.
En la noche especial, que es cualquier noche.
Y yo no hago nada más que escucharlo y decir. Es que, a veces, escuchar o decir pecados es más excitante que su cometer.
Y Fermín dice. Y yo creo en Dios.
Y creo en la tibia búsqueda del tempo, con todas mis cabezas encorvadas sobre mí, meneándose lisérgicas.
Y Fermín dice:
- Hoy no voy a dejar que me entrevistes la floración ni a mis datos impares.
Y ahí, ya nada más le escucho decir a su espectro y entonces digo yo y me vuelvo inhumillable en mi decir.
Él me calma la inquietud de tener que ser siempre antes que el despertador, sin ser última, ni tampoco la primera, sin saber adónde suspirar las risas que flotan como nubes sobre mi plexo buitre, sin transformaciones, sin arabescos.
Su decir son ríos de neón iluminándome la cara. Son las telas que una araña les desteje a los fantasmas que viven entre los marfiles de mi cuarto violeta.
Fermín me enseña que es imposible fraccionar el límite. Que es improbable que yo desgarre el cordón si me forro los dientes con la profilaxis blanda de la palabra lengua. Ese conmovido músculo, palenque, gatera de la letra, tajada de mi carne que aún no se digna, que aún no se alma.
Él me enseña porque él es todo lo que hay que saber.
Su alma tiene aturdidas a las noches que el mundo dejó escapar en cada exhalación.
Mi mente está habitada por estanterías con estática en las que se me pegan las ficciones. Unas cuantas metáforas sueltas, unidas en gentil relación, o en alguna oculta forma de coherencia que les tape el absurdo. Algo como para negar el tiempo mientras espero, sentada frente a mi asombro, que evolucione o cambie (mi asombro, claro) o haga algo que lo distinga de algo, o algo.
Así es como pierdo el tiempo, negándolo.
Y así es como pierdo la conciencia, buscándola.
Y mientras tanto, en otra parte, me desarmo en explicaciones vanas sobre el deseo y las necesidades. Sería bueno dejarnos en paz, pienso, que hoy casi llueve y hace hambre. Pero para qué adelantarnos, me dice alguien, por más difícil que sea hay que seguirnos soportando cada momento hasta el final. Podés hacerlo buscando en cada bolsillo una respuesta para cada cosa, y también podés sentarte y esperar. El tiempo siempre va a ser el mismo. Al igual que el silencio o la desesperación con la que nos arropa la soledad hasta volvernos heladas fiebres eternas besando el camino de caracol que flota por debajo de nosotros, junto a ese insólito deseo de rebotar luz, como hace la luna, que cae para embellecerlo todo, y de iluminar la falta, para que algo pudiera ser un poco más liviano o más decible, como una mesa o como una silla.
Hay una maravilla innombrable, algo como una bombita de luz que se desenrosca sin razón del techo y estalla en el aire segundos antes de tocar el suelo. Demasiado honesta. Demasiado digna y discreta.
No hay una palabra suficiente para cerrar con armonía lo absoluto de una metáfora, pero tampoco hay palabras lo suficientemente poco como para no mostrarse agradecidas de su propio decir.
(y con eso, que nos baste. Nos obligan. Y calladitos. No vaya que a alguien le pueda resultar un poco menos difícil digerirse el engrudo, que va…)
“No me lleves a sombras de la muerte
Adonde se hará sombra mi vida,
Donde sólo se vive el haber sido.
No quiero el vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
De mí un ausente
Y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.”
Macedonio Fernández
El primer disparo nos arranca de la noche, como un latigazo, al vacío que antecede al miedo. La tinta enemiga salpica de enredos a todos los idiotas. No se siente el dolor, pero cómo lastima. Adentro, el viento atormenta a una estrella fugaz que espera no perderse en el desierto convertida en una gran olla de vidrio.
Vemos desde una fe estroboscópica caminos empapados con fantasmas heridos. Ofrecemos los saludos colaterales como única previa al olvido anual. El tacto siempre es eficaz para los asuntos a diferir.
La segunda descarga nos encuentra con un color de pelo nuevo, ardientes y con los dedos repitiendo. Ahí es cuando más nos parecemos a un sabio, perplejo él ante la carta de postres. Flan o budín de pan? Crema o dulce? El humor intacto y nutrido en el buen silencio de muñeca se deja adoptar por el mejor refrán del mercado, ese que nos ayudará a iniciar la guerra fría del nomenadies. Podrá la Mona Lisa algún día comulgar con el sacramento de la risa sin sentirse amenazada? Humores grandes sin partes móviles ni piezas pequeñas que puedan ahogarnos, son bienvenidos. Agradeceré. Recompensaré. No son bienvenidos en cambio los amores, porque los daños que infringe el amor sobre las almas con recursos insuficientes o en los corazones reacios a la calistenia mental (o elemental) son menores, pero a la gente como nosotros puede matarla a fulminazos.
Y eso no le hace bien a nadie. Mucho menos a la gente como nosotros.
Momentos antes del tercer corcho, se acercan las palabras que aparecen como moscas con cada mutilación. Las putas surgen de la nada para saludar y preguntar por tus cosas y sobre qué haremos con lo que nos quedó de la amputación, que si fuera amor derrocharíamos sin culpas en un Universo paralelo al de los pretextos, pero que no siendo amor, es sólo un resto humano a definir. Y ellas quieren saber. Podrías disfrazarte de mesa para no perder el equilibrio, sugieren. Que podríamos sentarnos ante el mostrador de la sed hasta que cicatrice la mirada. O tal vez, como un desgarro fijo, tenso, extenuante, fisurarnos en secreto.
Sin embargo, qué saben las palabras? No tiene sentido que salgamos del momento para alimentar melancolías. Deberíamos, digo yo, aprender a quedarnos de vez en cuando, algunos días, en el interior de lo que somos ahora. Porque afuera está la escarcha intacta del invierno que no termina de irse entumeciendo todo lo que no supo cuidarse y, en cambio, adentro, muy adentro, la esperanza de que todavía tengamos algunas cosas que perder.
Podría contar quién era yo esta mañana, pero qué sentido tiene si ya debo haber cambiado algunas cuantas veces desde entonces. Solo sepan que sigo con el deseo dominical apilado, inerte y con el vicio de la pregunta moderado por las musas no invitadas a la convención del sigilo, con ser luna como actividad pendiente para mi lado oscuro, con las paredes convertidas en palestras, el sentido atento y con la punta de mi lengua como trampolín humano hacia el más abismal de los suelos.
Hagan ustedes su mejor 2008. Un año con 25 horas extras no puede salir mal. O al menos, no debería…
Salud!
La extravagancia del pez cuerda consiste en sostener los límites de la ausencia con las aletitas de atrás. Lleva tanto tiempo muerto que las membranas exteriores parecen de cera. Por momentos me da la sensación de que si lo prendiera fuego, no se apagaría nunca.
Está esperando que le crezcan pies para poder escaparse del agua. No sé por qué no espera alas. Es casi tan imposible como lo otro.
Si alguien te contratara para que soñaras tus sueños para él y te diera para eso brebajes amazónicos y te llevara a una cama nueva y blanca y confortable, en un cuarto también blanco de una casa que no es tuya, ni es nueva, ni es blanca pero que se deja vivir. Si a tus sueños entonces entrara él, cada noche, a vivir tus ideas, a esconderse entre tus fantasías y a jugar a tus terrores. Si pudieras comprobar que este ser que te visita no puede lastimarte y que sólo despierto corrés verdadero peligro. Si ese que te habita te dijera que está todo bien. Querrías despertar?
Mal día hoy para los paraguas. Y hay un escarabajo caminando por la protección.
Se quedaba siempre un rato más. Siempre fantaseando vidas en donde eso estuviera permitido. Disfrutaba haciéndolo.
Yo anotaba en mis libretas cada avance tras amarlo. Después lo abandonaba en una cama fría y grande y me vestía.
Sin mirarlo.
Él había estado ensayando casualidades aquella noche dejando que sus ojos cayeran por azar sobre tres de las tres millones de palabras que había para elegir. De a dos veces por minuto, al rato ya tenía suficientes. Como para armar algo, decía.
Llenaba cajas con los resultados y esperaba a que alguien se le atreviera y pidiera permiso para jugar. Y siempre había alguien dispuesto.
(esa gente a la que uno jamás invitaría)
Pero nadie sabía qué hacer con sus cosas una vez abiertas las cajas.
Creo que lo salvó de la soledad más extrema el hecho de que yo estuviera siempre ahí para explicarles a todos cómo se usaban. Igualmente siempre me resultó complicado hacerle entender a la gente que su voz, ese viento cargado con arena, no era de balas, y que mis bombas no son nunca una amenaza, y todas las mañanas encontrábamos que algunos se habían ido (o suicidado).
Recuerdo que en algún momento de esa noche me subí a la calesita vintage y abrí los ojos para esquivar a la sortija.
Y volví a mi mesa sin pensarlo. Y volví a mi casa sin saber volver.
(nunca se sabe)
Y me senté.
El juego no pudo marearme, les dije.
Y les recé (a más de tres dioses diferentes) para que le dieran la fuerza, toda la magia que le hacía falta.
Pero ellos, ellos no le veían al juego nada especial.
¡Y no se iban nunca! Y me hablaban y me hablaban…
¿Qué decían? ¡Querían hacerme creer que me falta libertad!
Pero si yo había ido a la cocina…
Y a un programa de televisión en el que un conductor me paseó por varios temas en los que muchas mujeres no se atreverían ni a pensar…
Y también convertí montones de papeles en aburridos tesoros que ahora me hacen compañía…
Y él lo supo. Nunca entendí cómo, pero él se enteró y vino a buscarme a mi casa de encierro.
Tratá de comportarte como si no estuvieran ahí, me dijo, los dioses son sólo un interminable deambular de sombras.
Decidimos dormir en la cocina. Analizamos la situación. Deberíamos correr esos hierros a un costado (cuándo los habríamos puesto ahí?)
Íbamos a tener que dormir abrazados.
Nuevamente.
(nos dábamos cuenta de lo solos que íbamos a parecer si no nos abrazábamos durante esa maldita sensación como de estar cayendo)
Nuevamente.
Había poderosas oscuridades que nos unían.
Entonces los oímos. Habían vuelto.
(tampoco yo los había escuchando acercarse)
Volvían con buenas palabras y sin dejar de sonreír. Los hombres de la cena jugaban a ser buenos.
Cuando alargó la mano hacia el interruptor, para asustarlos, hacerlos reír, o ambas cosas, y se puso a contarles que ya no podía, que ya nada tenía sentido, no me quedó claro por qué me pareció que había ganado.
¿Cuántos minutos le quedarían de vida?
Entonces lo tomaron del brazo y le hicieron levantar las cajas, esos bloques de nada, y él no entendía de qué mierda le estaban hablando ¡Éramos toda gente tan bien educada!
Se quedó un rato secándose la cara y jugándoles con las cajas. Esta vez el juego consistía en desmantelarlas pero, para variar, nadie entendía nada.
Dejó que su boca se le llenara de golpes y de agua y se desbordara. Una creciente flor roja insistió. Era mi cara, ahí, dibujada, que nunca le había dejado de quemar ni de doler.
Y el tiempo no se iba a detener.
Hay personas que nada más viven, sólo que no lo saben.
Pero él no quería vivir (quería evitarse los nervios de pensar que tras las puertas pudiera haber cosas con dientes)
Escuchó, sin embargo, cómo yo les explicaba mis razones. Un esfuerzo inútil, pero algo, cualquier cosa que nos permitiera continuar.
Tristemente.
No servía de nada hablar ni intentar que ya no le pegaran más.
Sé amable, no muestres tu miedo porque pueden olerlo, me dijo al oído a pesar de que hablar nos estaba permitido.
Entonces se levantó de la mesa, me pidió que no me asustara, y se puso gritar y a disparar contra todos los hombres a los que nadie había invitado y contra los dioses y a las paredes.
Yo flotaba.
Cortemos acá la lectura. No vale la pena. La reparación es más sentimiento del que puedo sentir. Esto termina mal. El cazador es la caza misma.
Me dedicaré a pensar en eso hoy. Esta tarde. Si, y a cantar bajito.
Cuando el mar quiere romperse, se golpea contra mí
(porque no existe libertad sin un beso que la trabe)
Por dentro está la certeza de que no cabe esperar mucho ni de uno mismo cuando lo primero que se siente ante el desencanto es un cansancio infinito.
Pero estoy mejor así, con el deseo agraviado, incapaz de reclamarlo para que no pierda el sentido. No quisiera que le pase lo que a algunas palabras, que se mecen en el vaivén del va y viene, va y viene de unos labios a otros labios hasta que ya no se oyen porque perdieron identidad de tanto ir y venir y se quedaron en silencio, cansadas, mudas, en ese lugar donde los fracasos se dan una segunda oportunidad, donde el Este se pone al sol y los otoños se levantan para que las piadosas (y geniales) primaveras los fotografíen un poco.
Diferenciar una buena foto de una mala es muy fácil. Simplemente se sabe, de la misma manera que se sabe a quién le corre agua en lugar de sangre por las venas.
Y no digo aire, ni ácido, ni magma. Digo agua.
Habría que dejar de ver a la realidad así, con cada objeto redefiniendo y a su vez redefinido por otro que lo abarca y lo confina en límites artificiales que no son nada, ni frontera (y cómo nos cuesta entender las cosas que andan sueltas, sin su marco, por el mundo)
Lo real me seduce cada vez que descubro que a la fantasía, en el fondo, la tengo sobrevalorada. Y viceversa.
Decir algo divertido sería apropiado. Reírse.
Me gustaría estar en esta noche. Haber venido a legislar en lugar de saber que no existen leyes cuando no se piensa en mañana
(pero hoy ya es mañana y nos toca hablarnos sin el fuego de ayer y mañana no existe, y si existe, no promete demasiado)
Desmantelo mis alas, voy hacia atrás
Destejo despacio, inhalo mi seda
Devuelvo el aire que me envolvió
Y me arrastro en sinuoso bajar
Detrás me esperan más alas, no mariposas
Aves que esperan por mí, picos abiertos
Qué tan cerca tuvimos que estar para ausentarnos del otro?
Qué tan lejos tendremos que estar para estar unidos siempre?
La concupiscencia fue domesticada y ahora fluye hacia adelante.
Y no digo ni futuro, ni mañana. Digo adelante.
Y se fue hundiendo, montado al ancla, seco de tanto tomar.
Iba meando los corales.
Les había declarado amor eterno desde adentro de la escafandra.
Sabía varias recetas de comidas con relleno:
Tomates rellenos, zapallitos rellenos, huevos rellenos.
Digo yo: El obelisco tendrá raiz?
Uno de mis mayores problemas es que tengo una imaginación plagada de contradicciones. Por eso, en los cuentos que imagino, todos los personajes mueren (o ya están muertos y todavía no se enteran) o dibujaron una puerta en alguna de las medianeras de la historia y se escaparon para siempre, porque saben (si, siempre los dejé que se dieran cuenta de eso) que, en realidad, los límites que les impongo no existen, como tampoco existen los espejismos, ni los oasis, y en cambio sí las puertas y las paredes y las ganas de atravesarlas y de escapar.
A veces me pasa que es tanta la quietud de este lado, la ausencia de historias sensatas o cuentos lógicos, que me dejo atrapar por el deseo de adentrarme a imaginar qué puede estar pasando ahí adentro y ver así si todos los personajes que inventé (y que eligieron quedarse) están igual que cuando los nací, o también se han ido, o muerto.
Pero no lo hago. Y creo que no lo hago porque ellos me avergüenzan.
No puedo (ni quiero) pensar que detrás de esta calma mía de pincel vacío, de sin puertas y sin ganas, hay entes posibles, y no solamente ideas amputadas de ánimo que no saben qué hacer con lo que les queda, que es, probablemente, sólo un enorme miedo a escapar.
Pero de todas maneras, y aún sabiendo que no voy a entrar ni por un instante, me siento frente a la pared y la miro. Porque la placidez del muro sin puertas me señala que la vida, en general, ya no es para siempre, lo cual es un alivio, en particular para mí (aunque algunos todavía se empecinen en hablarme de la eternidad y del cielo y del infierno con palabras con las que sólo logran reforzar las propias esperanzas de éxito a sus más íntimos anhelos de continuidad).
Me gusta ver esa pared, en silencio, morbosamente llena yo de lápices en la mano, porque es en esos momentos, mientras la observo, cuando más siento que algo me encadena radicalmente al suelo (pues de otra manera sería imposible no elevarme yo varios centímetros y prenderme fuego en el aire en una espeluznante coreografía bonzo) y vuelvo a comprender que, muy a pesar de mi orgullo, lo mío es, también, una cuestión de miedo.
Y qué extravagancia tanto miedo untado a mi adn contradiciéndole el deseo de desovillarse y hundirse en el barro en busca de nutrientes. Yo podría tomar las puntas de sus hilos y devanarlo para (otro día) tejerme de nuevo en una yo más tranquila o más sabia. Una nueva construcción sin palabras sintéticas ni perfumes asfixiantes. La luz nacería de mis ojos y no habría nada que corregir. Sólo sería mirar las paredes con la consciencia sanada y las pestañas quietas.
Pero nada de esto ocurre y entonces, cada tanto, me siento un buen rato frente a la pared a imaginar ventanas y puertas para que mis personajes escapen y mis raíces aprovechen y busquen y busquen por donde hay que buscar.
Voy a erigirme una estatua para contradecir aquello
de que sólo los vencedores construyen monumentos.
Me duelen las palabras donde digo silencio
Las horas más lentas eligen la noche
El deshielo marchita y yo soy su paisaje
¿Cómo podré defenderme del agua?
El gato perdona al ratón y se lo demuestra matándolo.
Él se despierta y su deber le da la bienvenida y lo despega del mundo. Se durmió detrás de sí, absolutamente ausente y ahora despliega sus dientes hacia el fondo del cielo y estira su lengua hacia su oasis redondo y perfecto como para dibujarse blanco y dejar que todo continúe mareado y perdido adentro. Entre sus ojos, su pensamiento comienza a romperse como cada amanecer. Unas nuevas veinticuatro horas, un nuevo gran viaje inmóvil y sin pensamiento por la inconsistencia de la realidad, lo que, además de cómodo, le resulta fabuloso.
Él, ahora, sólo tiene que restaurar la belleza que durante el sueño se ha ido deteriorando. Levantará gajos y replantará flores allí por donde sus ejércitos desfilaron anoche.
Y la perfección se instala junto a él. Sus manos flotan como nubes, livianas e inmortales bajo una mirada que nadie ocupa.
Él es un cuidador que ha desarrollado tanto su olfato, que ahora es capaz de reconocer el amor, la vida y la muerte que hay en cada cosa con solo acercarse, aunque tomando siempre ciertas precauciones, pues alguna vez le sucedió que una fragancia o un hedor (y no hay peor hedor que el de una flor cuando se pudre) lo penetraron tan profundamente que debió luego arrastrarlos durante días hasta que, ellos mismos, y sin razón aparente, decidieron desaferrarse de su nariz por su propia cuenta.
Él cuida la poesía que hay en el día, caracterizado bajo la forma de un hombre al que, porque ha nacido, hay que consolar, y que, entre dientes, masculla que sólo por hombre, y por nacido, se ha rendido ante dios.
Y aunque ante el altar de sus despojos él se ofrece como alguien dócil ante la bondad divina, bondad que le ilumina sus días pardos y los convierte en jazmines (y luego nuevamente en noches), él sabe que hay algo (quizás malicia) más allá de esa bondad manifiesta en el día y en los jazmines y en los aromas que se pudren según llega la tarde, y esa sospecha le llena el alma como llenan los vampiros el vacío de las noches.
Él es la periferia y el centro. La ausencia del gesto y del disfraz, la falsa impresión de que el borde existe y vive en él. Él se ha rendido, pero aún desconfía de ese dios misericordioso y engrupido. Y mientras siembra, una vieja cicatriz en su mirada lo mantiene en sus límites impidiéndole avanzar demasiado pues también sabe que el horizonte retrocederá siempre (y como todos) hacia dios, hacia ese fanfarrón y vanidoso dios al que le gusta presumir sobre todo, pues sobre todo ya tiene preparada una maldita, redonda y magnífica respuesta.
Él es un muerto incapaz de morir. Su felicidad es mecánica. En su jardín todo es belleza recuperada pero en el centro de esa alegría nadie sonríe ni respira. En su paraíso sin bordes el paisaje entero se comprime sobre el piso donde el miedo abre su infinito ángulo hacia la noche, noche que en pocas horas vendrá. Puntual. Porque la noche, con sus ejércitos que marchan, no tarda.
¿A qué altura de los ojos se apagará el sol
Cuando casque el módulo
Caiga líquido hirviendo
Sobre mi público evento de existencia?
Hay una máquina de círculos que gotea ampollas llenas de redondeles.
Es el reparto masivo de hipnosis y tengo frío.
Cada uno de los latidos sugiere un quiebre único, nuclear y sucesivo (como nacidos de un corazón armado sólo con errores)
Se nos va de foco durante la sístole para volver con la diástole y pasar al olvido.
Alguien debería apagar todas las luces.
Permítanme que sujete mi piel a algunas de las vidas paralelas que pasan como piedras por mi boca.
Déjenme expresar mis ardores en un teatro menos animado de seducciones cansadas o carnavales impasibles.
Alguien debería doblegar a los renglones como se aflojan los corpiños para liberar a la invertebrada fuerza que duerme.
La humanidad nos late al ras del suelo, ceñida, anhelante del exquisito arte del arrebato.
Déjenme evocar el romance de los ojos y omitir los aplausos desparramados por el limbo azul de la entrepierna.
Alguien debería dejar de abofetearme con canciones viejas.
Y mientras tanto, las señales se graban infectando la cinta, como a un pañuelo negro infectan las babas blancas del prepucio de un soldado.
El director siempre es el asesino. Se masturba lo blando y le vemos alejar la carcajada seminal dando saltitos, primero sobre el piso, segundo sobre el piano. Así buscan algunos aclaraciones para las botellas que florecen de sus tapias.
No me explico por qué yo tengo que acallar los breves instantes en los que estuve viva.
“Madre, dicen que me falta libertad
Madre, abróchame al cuerpo
Abrígame
Madre
que se me escapa el alma
Madre
y ellos quieren desnudarme”
(quién preparará ahora las pastas y dejará que me caiga inconsciente y de cara contra el plato?)
(se me va a las manos la historia que tengo en mente y se me va de las manos lo que es hermoso que tengo que pensar.
Mentes que rugen sobre manos carcomidas se llevan mi historia)
Mi personaje intenta levantarse de la ronda de camas y grita, y de pronto, algo deja de latir. Yo le sostengo la mano. Alguien tiene que darle ánimo al infeliz.
- “Se repite esta operación hasta que todos decimos el nombre de Ese por quien silenciamos a nuestras almohadas”.- nos dice uno de los enfermeros.
(quizás sean vínculos inútiles los que lo mantienen atado a la cama, correas ajustadas que le impiden arrancarse la alimentación forzosa, ese suero que nunca lo termina de llenar y que apenas le humedece el subsuelo de las venas)
- “Y parecería que todos dormimos, pero ¡Silencio! ¡Oigamos! Todos estamos nombrando”.- sigue.
El enfermero parece una maestra jardinera.
A veces uno se da cuenta de que todo terminó cuando (nota que) (siente que) tiene que volver a empezar.
(pero hay cosas que empiezan antes de que todo termine)
La muerte planea, siempre dando vueltas, siempre cerca de ese segundo en el que todo comienza.
Lo miro retorcerse y no, no entiendo cómo pudo terminar así.
“Hablaba poco, pero con ese poco, él podía convencer a la luna de que se hiciera dado para su Ludo Matic. Después desaparecía hacia las torres más oscuras a esperar un nuevo renacimiento en serie, algo que lo llenara de maravillas, o a esperar a que se le durmieran las fieras, esas cosas que lo desgarraban, tan parecidas a su alma.”
Yo lo dejo que apriete mi mano. Nada memorable ni excepcional saldrá de mi propio vacío. Nada grandioso, salvo el saber que el viento (también) nace en mis pulmones.
“Lo suyo era como un sueño, un mandala a medio desmantelar trabado en el disimulo de mi escritura, como el de un ángel al que por error le hubiera dado por tomar forma humana hasta llorar por lo único que no ha perdido pero que aún no encuentra.”
Las comillas, los paréntesis y las letras cursivas siempre me recuerdan que los corazones se huelen a pesar de las distancias.
El enfermero se acerca a nosotros y nos señala. Sólo le falta la Biblia y escupirme.
- “Una persona que es capaz de arrojar su alma hacia arriba sabiendo que no va a atravesar el techo es deliberadamente estúpida”.
Él lo hacía.
(lógicamente su alma nunca atravesó el techo)
“Cayó su alma, varias veces muerta (o sin un rasguño) al suelo.
Se elevó su alma, varias veces viva (o sin sentido) hacia el techo.
Y varias veces, mientras él la arrojaba y nombraba, yo profanaba con mi tinta y con mi mente su historia de diamante.”
O el techo o su alma, algo hice demasiado sólido.
Pude hacérsela más fácil. Pero no lo hice.
(y un poco me arrepiento)
Somos la biblioteca itinerante de algún dios aburridísimo
“Sale a la calle, camina un poco, entra a un bar, pide un café y abre el libro, y mientras revuelve el azúcar, oye cómo un tipo le cuenta al mozo las virtudes de la mujer que se acaba de comprar. El entorno es desolador. Alrededor de una mesa fijada al piso con cuatro bulones enormes, se reúnen tres sujetos que parecen haber estado torturando a sus novias o esposas hasta recién.”
Tiene mucho que ver con mis estructuras psíquicas el hecho de que yo necesite ordenar todo según lo que yo considero una correcta sucesión de escenas y de sonidos para poder aproximarme lo más posible al olvido. Un orden tan encantadoramente simple como cerrar los ojos y poner la mente en transparente. Un orden que convierte al mundo en un lugar pacífico y dialogante.
(la otra es una película no apta para todos los estómagos, una cuidada puesta en escena con cierta insoportable tendencia al videoclip)
No somos capaces de renunciar a lo que no podemos tener con la urgencia que el deseo nos exige. Harían falta muchos trailers metafóricos de este mundo para animarnos a abrir los ojos frente al jodido sol de noviembre, ese que nos calienta la vereda, los cuerpos y hasta los más infames pensamientos.
La gran paradoja del futuro es que, tarde o temprano, también se va a convertir en un presente de mierda.
(y eso que en el fondo (tengo que admitir que aunque no lo parezca) hoy el optimismo invade mis venas como un cáncer positivo)
Un orden que no me quite tiempo para disfrutar de un buen disco, de un capítulo más, del sueño de dormir y de viajar sin riesgos. Uno que me habilite tiempo para amar y para odiar (y para hacerlo con la intensidad necesaria)
“En las últimas veinticuatro horas este hombre ha bajado dos kilos y rozando la locura en tres oportunidades. Sus huesos agrietados, su sexo agitado, sus contracturas musculares, el deseo de ser o de ser nada, esperan. Le encanta masturbar su mediocridad con logros absurdos como creerse que nadie le sería inalcanzable.”
(a veces tengo la impresión de haber envejecido 40 años en este espacio sobre el cual me leen)
Los viernes son unos días muy raros. La sensación de ahogo es tan intensa que la mejor opción resulta salir a la calle en plena tormenta o arrojarme por la primera ventana que encuentre, lo suficientemente alta como para que todo resulte exitoso.
(otra posibilidad es dejar que nuestros cerebros se vayan pudriendo hasta convertirse en pequeños y fétidos montículos de grasa y de materia fecal, al tiempo que esperamos que, “sólo por hoy”, ningún meteorito se nos estrelle muy encima)
No sé qué es lo que me distorsiona la percepción del tiempo, si un desequilibrio químico o algún microorganismo que basa la unicelular lógica de su existencia en reproducirse lo más devastadoramente posible dentro de mí.
Los viernes son unos días muy raros. Me brota una obligación a huir de las contradicciones que me detienen (o por activas o por pasivas, da igual)
Los viernes no me dejan otra opción que abrir la boca y generar bilis en cantidades monstruosas.
Sólo diré que nunca había visto a un hombre tan grotescamente deformado como ese. Demasiados restos de pobreza y de resignación. Al lado de los obscenos, esos sujetos con sus mujeres de culos trucados, casi se oía su grito animal. Tengo que vomitar.
Buenas noches.
Las cositas de vos, las entizadas piezas que de tu puño acorazo, tan desiladito en pena, remutilada voz, se me silencian.
¿y cómo rasgo entonces a tu ensueño lavado? cómo si no empapo en clarita tu recuadro ¿en qué día a mi almitai se le desapegará el fuerte de tu sangrecita? ¿qué tan mi cara se nos adentrará por tu tan pávida cueva? ¿qué tan de raicita decime es que te escrujen las noches? esta veredita de vos, de tu cielito corto ¿me nace? ¿me resiembra el desol la secadita alma, tu ayuno oscurito, tu milagro, tu desiesta? ¿golpea tu presencia cieguísima el diván minimando mi clausura?
El ensayo de vos, esa obra siempre dolor, la de luto moribundo tan de tu plexo ¿te destiende lo solito de tu sin vos, de tu sin sogas soledad?
Criaturita que te diarmé, de apretarme vocecita, de corazón en tu boca. Agujerito de nuncas, desalmadita de mi herida, de mi misma, mismamente de mi propia.
Desermosear las pareditas de tu espalda para que el diáfano vuelva.
Qué extrañísima es la guerra que le aternuran tus nuncas a mi volvedera vivenda.
Hay un espacio al que van a morir las almas contrariadas. Pero nada es fácil y el camino se ensancha hasta que ya no hay brújula que las salve. Por eso caminan en círculos cada vez más grandes, tratando de no repetirse, hasta que el espiral es tan enorme que se hace insoportable. Ese es el momento en el que eligen volver.
· Nació, y lo primero que hizo fue reírse de todo, ávida nariz con forma de conejo, o de nombre propio. Los médicos no le perdonaron la no repetición. Nadie más se reía.
Chicos repelentes con modos incompletos y ombligos de calambre.
· Afuera, una mujer viejísima salió a caminar por la lluvia. Nadie lo entiende. Con cada paso pensaba refutar uno a uno sus poemas hasta que ya no le quedara nada más por recordar. Pensó en guardar luego los restos entre los pliegues de su cerebro. Cada pájaro en su jaula.
· Algunos se habían atrevido a entrar solos, seducidos por los misterios de la caja. A todos nos habían dicho que era una locura, que ya habría tiempo, que lo que había adentro no debía diferir demasiado con lo que habíamos afuera.
Pero igual nosotros escribimos esas cartas. Pero igual nosotros entramos esa noche.
· Cada vez que él quería calmar la pena, se ponía en penitencia y así se acordaba de su mamá. La pena pronto se transformaba en ira. Ese era el momento en el que él se subía los pantalones y comenzaba armar el rifle.
Y todo el tiempo, bajo su sonrisa de goteo,
él hizo tamborillear la taza de café.
Era el paño grueso y suave de tantas, tantas cenas.
En dos días la naturaleza se volverá de barro siniestro
Submarino.
Mirada hacia afuera, la noche ciega
No podrá distinguir los techos ni las espinas de las casas
Cada minuto estallará en una habitación diferente
Un globo repleto de ruido explotando en mi cuarto
Del cementerio a la cama la curva percibirá al corazón
¿Para quién tomaría yo al hombre entre mis manos
si todo lo que resta de la noche vuela en línea recta
y es una pista tensa de rumores profundos, irrecuperables?
Un hombre toserá bajo la superficie del mar todo su amor
Y un temblor perforará el silencio del barro
Caerán sobre sus pies los misterios
Seguirán bajando y bajando
¿Qué mujer se sentirá deseada entonces
si todos son igualmente hermosos al enfrentarse a los ojos?
(el amor en exceso es también una forma de ceguera)
Y que te acuerdes de mí y de mi intento de poema
De que puedo escribir yo también versos nocturnos
De queja
Porque no es que yo muera de amor
Ni que brinde con vos bohemios intentos de despedida
(si ya nos habíamos escapado del vicio
sin tácticas ni verdades)
Yo espero también
Escaparme de vos
Porque el dolerme y faltarme del alma los labios
(niña de adentros que anoche dormía)
Desesperada sabiendo que el sol se le iba
(sobre redondeles de luna perdidos de ella)
Sin que yo la oyera preguntarme adónde iríamos
Con ese ir de reír llorando
En suave viceversa de madre congelada, inmóvil, infranqueable
Siempre de ánimo de estado de despedida fílica
Casual
De maestra infiel y alrededores perdidos
Entre dones y un aquí que es un himno de grito o de caricia
Fuera de sentido, lejano del amor de carbón
Una elegía de perlas partidas
Quien sabe
Yo te recuerdo tal cual eras
Corazón desinformado
De la hora, de lo oscuro que es todo cuando se presta al olvido
No era amor si los heraldos me querían negra
O blanca
Yo no nací para llamar a tu risa
Soldado
O fatal oda a la culpa
O a lo tarde
Me encanta el interior de esos catorce versos llorados
(que no pueden decirse con las manos)
De las revueltas, de los tristes cantares dormidos que nos saben
/prohibidos
Pies hermosos, margaritas de la luna descrita entre tus dientes
Dos palabras lucero que renuncian a su nombre
Una casa en la cara de dios prisma
Que defina nada más que a su cuerpo que no es nada
Ni cobardía ni nostalgia ni gracia
Sólo un recuerdo que fibrila en el adiós aguacero de mi espalda
(nocturno pirata de lámpara azul bajo el túnel mineral
/de unos sexos sin cultivo)
Tu nombre se va con algo mío que detuve en la sombra
(sencillos versos de primavera en la cabecera feroz
/de un otoño de utopía)
Perdón.
No tenía derecho al celo sobre un agua que no podía tener ni dejar
El caballo está en la puerta y nunca volverá a sernos joven
El profeta habla de madrigueras para vos y para mí
Despecho íntimo de las piedras negras
/sobre las que blancas se van volviendo
Como el corazón
Que vuelve del sueño lento de la niña cisne
/que preguntaba y se torcía
Y se dejaba mordisquear sin saber yo para qué
(creo que ella tampoco sabía)
Abrazado, vos dormías y yo planeaba y decidía el clima. La casa, con aliento a incienso, viajaba sentada en el asiento de atrás. A su lado, un cura nos hablaba sin parar sobre sus molestas erecciones y de todos los pueblos mediocres que conoció y de su fuerte convicción de que estos pueblos no merecían formar parte de un paisaje tan perfecto.
Tener a este trastornado en el auto estando tan cerca de la frontera me obligaba a acelerar. Cada seis o siete minutos, yo le pedía que entrara a la casa y preparara un poco de café o mate o cualquier otra cosa que lo mantuviera entretenido, pero sobre todo, callado. El cura ya no estaba en edad de aprender límites y yo tampoco tenía muchas más ganas de ponerme a educar a nadie. Además para ese viaje yo me había propuesto ser más comprensiva con las realidades ajenas.
En el televisor pasaban videos de unos animales que acaban de descubrir en Zambia. Parecían radiadores de aceite forrados con piel de cebra. Alucinantes. El cura decía que seguro que eran el resultado de algún experimento yanqui, y yo lo dejaba decir.
Tuve que dejar de mirar porque si no nos íbamos a hacer mierda todos.
Lo único cierto es que esos bichos existen, y que el cura se iba a bajar ni bien llegáramos a la frontera.
Te desperté para que cambiaras de canal y para que dejaras subir a otra persona. Un músico con dos baúles llenos de instrumentos que, lógicamente, tuvimos que meter adentro de la casa porque en el auto ya no cabía un alfiler.
Mientras subía, yo busqué en la guantera la máquina de fotos y le saqué una al cura, que miraba quién sabe qué cosa a través de la ventanilla.
Decí que la casa me tapaba el espejito, que si no, me hubiera mandado una marcha atrás de 5 o 6 kilómetros sólo por el gusto de verles esta vez yo a ustedes la nuca aterrada, así que puse primera, y por enésima vez recomenzamos el acercamiento a la frontera.
A pesar de que era hora pico, no se veía otro auto en la ruta y pude acelerar tranquila, sin embargo, cada vez que acelero me salta el recuerdo alarma de esas palabras que me dijo Julián el día que lo fui a buscar al psiquiátrico: “La locura sólo es graciosa cuando es en segunda persona. Ni en tercera ni en primera. En segunda”
Mientras manejo, mi cerebro siempre abre otras ventanas y ejecuta otros procesos como pensar: “Mierda! Yo siempre giro en segunda”.
Será por eso que muchas veces termino incinerada entre los neumáticos preventivos de las curvas más violentas.
El músico iba sentado entre la casa y el cura. Tenía una cara de lo más agradable y unas uñas de más de un centímetro de largo en la mano derecha. En otra ventana, mi cabeza confeccionaba un esquema comparativo que me llevó a la conclusión de que las extremidades de la derecha por lo general se les deforman a los diestros que nacen demasiado fanáticos. Y el otro caso es Vilas.
“Hay muchos Guillermos zurdos”, les comenté a los pasajeros y el músico contestó, “no sé, yo me llamo Guillermo y hago todo con la derecha” (otro desubicado que se iba a bajar en la frontera, porque si la realidad ajena es irrespetuosa, yo no veo por qué tengo que aguantarlo).
Para cuando terminé de cerrar las ventanas y me di cuenta de que aún si frenaba, la pared de neumáticos igual se nos iba a venir encima, pensé en que mucho mejor habría sido enfrentarla dormida que con los ojos así de enormes mirándolo todo. Pero yo nunca había podido quedarme dormida mientras manejaba. No entiendo por qué yo siempre me jacté de eso si, la verdad, no es nada bueno, o al menos no resultaba serlo en ese caso. Como fuera, el viaje ya venía medio bodrio y vos habías empezado a joder con ese mal humor que te da cuando se te caen líquidos calientes en la entrepierna.
La velocidad era tanta que me acuerdo que dijiste que al asiento lo sentías como una mochila pesada empujándote la espalda. Otra ventana: Por qué te recuerdo comiendo helado si lo que te chorreabas siempre eran líquidos calientes?
El ruido de la chapa acordonéandose sobre nosotros nos pareció diferente a todo lo que hasta entonces habíamos escuchado, y eso que con tu trabajo, los ruidos raros se te daban a diario. Por qué habrán puesto neumáticos en esa curva si hay tan pocos autos circulando?
A mí me gustó especialmente el segundo ese en el que a pesar del miedo que teníamos, vos me miraste y me sonreíste. Todo un detalle. Tengo los gritos del cura grabados en la médula y tu cara tallada en mi retina. Lamento que lo que yo te devolviera a cambio fuese solo un rictus de asco, pero decime: cuántas veces te dije que no me gusta que te hagas ese horroroso corte de pelo? Algún bombero va a estar de acuerdo conmigo cuando trate de apagarnos.
Quisiera no haber tenido las dos manos sobre el volante en el momento del accidente. Es lo único que cambiaría de ese día. Menos mal que estabas muerto, porque si hubieras visto todo lo que les costó despegar mis dedos del plástico, me habrías reclamado tanta pasión hacia otro objeto. Defenderme de una pasión como la botella o tu cara me habría resultado más fácil. Sabés? Vos nunca me dejabas concentrar y veo que seguís con esa tara. No ves? Ya no sé a qué venía con todo esto.
Bueno, la cosa es que yo iba lo más bien, sentada, con el cinturón puesto y exprimiendo el volante como si fueran las solapas del que me dio la noticia de que vos también te habías muerto, y tuve que frenar contra neumáticos porque para eso estaban prolijamente dispuestos a recibirnos en esa agudísima curva de aquella tan deshabitada ruta.
Hasta hace unas horas me resultaba desalmado eso de que todos hayamos muerto de esa manera, pero medio que ya me voy haciendo a la idea. Peor sería conmigo viva. Yo sola no habría podido soportar el dolor.
A pesar de que pudieron rescatar los baúles, a la casa la dejaron quemarse por completo y ya sacaron a todos. Solamente falta una parte de mí. Ellos aún intentan despegarla del auto y del alquitrán que todavía humea por sobre mis piernas.
Este fuego es sumamente inspirador. A mí en el fondo me encantan este tipo de sorpresas.
“Se han de romper las naves,
ha de astillarse el aire como el vidrio corriente,
pero la caja, no.
Dios puede enloquecer y ha de quebrarse al fin
como un volátil superior,
pero la caja, no.”
Eduardo Lizalde
Por entre el prólogo manifiesto de las texturas nerviosas, me siento a ver cómo va el partidito mientras la casa se hunde. Sentada en un bote de noche, yo sabría perderme en la confusión de las coronaciones públicas. De eterna, a nieblareina para todos los papeles.
El mar me haría del santo vacío de la memoria, el cielo de espalda, y la luna de bala celestial que gana tiempo fabricándonos la ropa con pedacitos de espacio para que nos la abrochemos con anzuelos a esta nada portante que nos agrupa los ratos en paquetitos de a años.
Y ahí están. Suben a escena los secundarios, los sirvientes con sus cuerpos impregnados de flashes y de gritos que les gotean de la cara después de cada día piraña. Y ahí está el dueño, flotando su bigote en el aire, sus problemas con el yo, con el vos, con el nosotros.
Los sirvientes siempre se mueren después de un día piraña. Cumplen su acto, pero ese no es mi problema, yo también floto dueña mientras hago malabares con mis pobres dientes y mi crueldad (yo maté mucho más que tres moscas, pastelito, pero escondí el cadáver en un placard lejos de casa como para poder seguir amándote de por vida ante la envidia de todos los que no entienden que no amar es infinito).
Venite, dueñonuestro, venite a vivir mi reino, haceme la voluntad, que no se me note la tierra fértil tanto en las venas como en invierno. Endeudémonos mutuamente, así como nosotros te perdonamos a vos (y no nos dejes caer en la tentación).
El mar no nos hace más inocentes, y por eso nos hundimos cantando “Barbara Ann” y haciendo así con los deditos. Good Vibrations. Y abajo no hay nada, solo el cielo, que no se da vuelta ni para vernos caer, y la arena, que camina Alfonsina para llegar más temprano a su cajita de remedios.
Decime, racimito de letras, qué sería de nosotros si no estuviéramos tan enfermos?
Como cuando tomábamos sol en plena tormenta y nos tiraba la piel y nos ardían los corazones porque nos arrancaron a pedazos de un sueño en el que no habíamos perdido todavía, a mí todavía me jode que aquel maldito rayo no nos haya fulminado.
Yo lamento no haber sido lo suficientemente homicida como para matarte como tu alma me pedía. Me apena no haberme atrevido a probar si alguna vez ibas a decirme basta (es que es lícito para mí dudar que a lo mejor nunca lo habrías dicho).
Es tan humano delirar metafísicamente dentro de las restringidas inteligencias que nos tocan. Es tan humano entender nuestra historia como lo único único e irrepetible. Es tan humano enredarse en la tristeza que florece al comprobar que, finalmente, todo es igual, que con o sin bastas todo acaba siendo igualmente fulminado por el tiempo o por la muerte (aunque nunca por ese maldito rayo).
Tengo la desesperanza recurrente de que pase cualquier cosa y sin embargo hoy sólo puedo sentir que hay una boa acercándose inexorable a aplastarme el corazón.
(es extraño que aún entendiendo que voy a aniquilarme sola, yo siga temiéndole a algunos factores tan externos. Tan alevosa mente externos).
Como sentarse frente a la verdad y tener que mirarla a los ojos hasta hacerla callar por abandono. Nuestro.
Cada tarde Valdez se apiada de la luna y recorre Buenos Aires recogiendo para ella luces viejas y pinceles.
Nada hay más rotundo que lo que hace falta, ni condena mayor que reflejar para siempre todo aquello que es ajeno.
El irrefutable dios de cada historia maneja un barrilete pretendiendo ignorar a los espejos que lo muestran con descaro y de cuerpo entero.
A Valdez no le gusta que lo desprecien sin razón y por eso su piel miente el misterio. Su boca escupe las poesías que de a ratos hacen sombra sobre ciertos vientres.
Yo creo que si Valdez quisiera dar un paso más allá, él lo daría, pero encomendándose al error como para asegurar el hecho de que va a morirse como un perro.
Una mujer lo espera desnuda y lista, y Valdez le pide al Universo que le tape con lluvias el amor y la vergüenza.
Comienza a llover y a Valdez una sombra acribillada le dibuja un rombo gris en el medio de la espalda.
La mujer cierra su cuerpo.
Valdez se aleja, se inclina, y recoge del suelo cuatro lamparitas usadas.
La rota le hurga el dedo índice y él las deja caer.
Hay una única que tiene la cortesía de no explotar y es la que por error golpea sobre su pie y con sinuosa gracia rueda hasta depositarse en el suelo.
Las otras dos revientan como dos hijas de puta.
Dios detiene su juego, y a medida que el barrilete se le enrieda por los cables, él se va acercando a Valdez.
No se explica el argumento de la lámpara bendita, y de una memorable pisada la reincorpora al destino.
Los espejos multiplican hasta el último detalle.
Valdez junta saliva. Sólo piensa en la muerte del perro y en su propia sangre, que ya comienza a pedirle explicaciones.
La luna se boceta con envidia hijos negros en la espalda.
Dios quita los cristales incrustados en su bota, el barrilete es declarado donante y las lamparitas, arena.
La mujer acuna su cuerpo todo repleto de hijos, y el Universo, más lleno de intenciones que de eficacia, se sienta sobre Valdez, y rascándose la cabeza, relee la trama y se pregunta idiotamente, qué puede tener de malo morirse como un perro. Descargar Satellite Of Love – U2 & MDH Band
Tener las puntas de los pies adheridas a ese alquitrán, a ese asfalto acribillado de dudas, solo se asemeja al miedo que brota cuando intentamos dejar el refugio para visitar a la poesía (sin custodia, y con la sombra bien firme y muy, muy puesta. Rara. Encendida)
Saldré a caminar y cuando recién haya puesto el pan a tostar, ya estaré volviendo.
Nada demasiado humano puede durar más que lo que tarda una tostada en hacerse.
Saldré a caminar, y ya pasadas todas las ganas, pasadas las tareas que me abandonan de un cuerpo que de tanto expuesto al agua y a la sal más se parece a un Guernica que a un cuerpo, me sentaré a mirarme.
Saldré sonriendo, sabiendo que nada de lo real se merece, que nada traspasa el espacio y que cada centavo es una bomba cayendo sobre cada cosa que no es yo.
Saldré sabiendo que sólo soy cuando camino en conjunto como parte de una misma resistencia con los otros que caminan tan callados como yo.
Saldré y caminaré antes de haberlo dicho o pensado todo, y en esa acción inscribiré a mi ser humana en la vereda fresca, siniestramente enferma, de los conocimientos que nunca tuve, por eludir al tacto y a embarcarme en el mundo desde la fatal expiación de la poesía, ese falso triunfo que se alcanza cuando creemos que volamos por sobre todo lo verde.
Y supongo que luego me sentaré y me acomodaré sobre los fotogramas, también sonriendo, y armaré la maqueta con el enmarque mejor para cada detalle.
Un plan excelente, como un paisaje fonético que corre y que cambia de ventanilla con la velocidad con que cambian las diapositivas en los documentales sobre el odio, como un vino fabuloso que resbala y nosotros saboreándolo desde arriba del tren con el oculto goce que le reservamos a lo imprevisto, y con la historia real oscurecida oficiando de ejemplar telón de fondo para cada uno de los sueños.
En cada trago, uno se vuelve más y más dueño de los signos, (y así se actualiza la distancia insalvable) sin interrupción ni cortes en el tiempo.
Quizás haya una obra tardía, una acción latente, una esperanza.
Quizás no, y todo se vaya borrando lentamente, las cartas, las razones, los espasmos, al pié de la lágrima, a cargo de nada o con toda la sensación de hastío ante esta convulsión que nos preserva siempre del conocimiento de esa mínima diferencia que nos separa del mundo, de este mundo roto donde la falta existe, ese querer frágil donde todo es agitar.
Esta forma de morir tan nuestra, como de sábanas dobladas en estantes vacíos y cerrados, en casas vacías y cerradas.
(y sin embargo, de esa casa, cada tanto se escapaban los pájaros de los cuadros…)
“Come on baby, light my fire
Come on baby, light my fire
Try to set the night on fire
Yeah, yeah, yeah, yeah
Oh oh
Mmmm, yeah
Oh oh”
Las pelotitas de naftalina germinando no parecen tan reales. Pero crecen. Por sobre todas las cosas, crecen. Increíble. Como esa noche, cuando todos los pensamientos se me fusionaron en uno. Ese único día. En ese mismo minuto. Fatal. Si. Fue muy extraño tanto amor atravesando la costilla.
Parecía un video de hormigas negras huyendo de un hormiguero recién pisado, pero en reversa. Venían corriendo por cinco cuerdas flojas bocetando la partitura de lo que sería el día. Circulaban por estas arterias por las que corre un vacío interminable, trayendo sus tesoros, también ellas, con las venas rajadas.
Desde este hueco sanguinario que se me abre en los plexos se ve claramente que los cortes no cumplieron del todo las promesas. Si lo hubieran hecho, sospecho que deberían verse los caminos mucho mejor iluminados.
Y yo que no sabía si hacer venir o no a mis ganas de dejarlas afuera, ganas siempre tan ocupadas en fabricar procesos de destrucción, o de alguna otra cosa igual de estúpida, en lugar de armar algo como para poder retratar mejor a esta espera de cemento que se avecina sin segundas intenciones, en la que ni soy yo, ni me calmo, ni me cubro de la noche, ni me salvo de nada.
Porque a veces está bien, pero hay días en los que no deberíamos pensar en el foco y otros en los que pensarlo podría ser diferente, como si todo fuera música o una canción escrita por alguien que no sabe cantar.
La seducción que ejercen los espíritus del suicidio es más franca y eficaz que cualquier buen plan. Con el tiempo, para los cuerpos indecisos, se convierte en una vaca muerta que nos respira por los agujeros que a su cuero le abren los gusanos. Con el tiempo, todo se fosiliza; con el tiempo, todo cambia.
Y qué hice yo desde el ansia por la gota que cae derramada de mi boca más que aprender que lo más bello es seguir esperándome siempre?
Sólo deseo que dentro de un tiempo yo aún sienta esto que soy adentro de los escalofríos del olvido y que se note que tanta entrega ha frutado enormemente.
Tendría que ponerme a leer ciertos versos porque sé que ahí voy a encontrarme. Parada, sentada. De perfil.
(el anillito me aprieta, las medias me dan pavor) “Tengo asegurada la pena por largos varios años”, dijo el viejo Moriyama segundos antes de morirse de la risa cuando alguien le preguntó que por qué ya no jugaba al amor y él le respondió que por miedo a confundir “ese bonito juego” con la espantosa realidad.
La palabra “bonito” debería quemarse en una hoguera enorme. Yo colaboro con la madera de mi mesa ratona y con dos o tres litritos de nafta. Aunque ahora que lo pienso, hay mucho más que una palabra para quemar en esta podrida ciudad. Cosas como el pan de ayer, los complejos náuticos, las salidas a la derecha y algunas virginidades.
Nadie pide crueldad ni brutalidad. Tampoco es venganza. Es solamente un recorte forzado del cuadro. Un fragmento de realidad robada a una fotografía demasiado satisfecha de sí misma en donde poner el odio.
Creo que un fósforo alcanzaría para que no nos olviden.
Y que cuando abra una puerta
tenga yo derecho a desear
que del otro lado no haya nada.
Cuando se despertó, todavía le temblaban las manos desde adentro de los guantes de cocina. En su sueño, ella podría haber doblado a la derecha pero no lo hizo. Para qué dar giros sobre algo que gira solo? Los planetas se desgastan sin motivo.
Me pregunto qué querrá proteger dejando un par de zapatillas en cada una de las casas a las que va.
Se lavó con agua helada. El ruido de los calefones cuando encienden siempre la sobresaltan.
Ella debería probar ser un gato o algún otro animal de esos que se acostumbran enseguida a las cosas.
Prendió la radio. Buscó por un buen rato algo bueno. Después la apagó y se puso a silbar.
Tenía el libro listo para publicar desde hacía unos tres o cuatro meses. Desde el verano. Sobre la mesa. Se trata de un enano, pero todavía no tiene título. Algún día ella cree que le va a llegar la inspiración. De repente.
Me pregunto de nuevo lo de las zapatillas. Es extraño. Un título se le ocurre a cualquiera.
Cuando tenemos sueño a todos se nos aparecen títulos. Y las peores emociones. Sobre la mesa. En cambio a ella se le llena la boca de bombones y de caramelos de fruta. Eso y lo de las zapatillas.
Cuando ella se despertó todavía los planetas se desgastaban sin motivo. Serían las zapatillas. O tanta nieve adentro.
Ella tiene una caja fuerte donde guarda las ojotas y las pavas con agua hirviendo. Desde el verano. La clave de la caja podría ser un buen título para el libro sobre el enano. El de la nieve en la cabeza. También guarda una tarjetita que dice “no te voy a querer más”.
Es extraño. Eso y lo de las zapatillas. Y también lo de los caramelos de fruta.
Cuando se despertó, todavía le temblaban las manos y la inspiración. Prendió la radio. Alguien hablaba de la hora. De repente. Eran las 3 de la tarde.
- Esperá. Porque el verdugo ya está activo y afilando la navaja. La acción previa, la importante.
Hay un cierto perfume. Deslumbrante. Maneja los filos invocando una aceptación caleidoscópica. El apuro es todo eso. El final sigue estando siempre igual de lejos.
Dios tiene la idea y la está dando en el escenario que hay entre el hueso y la frente. Los dedos hacen de títeres, y las uñas de caretas. Nueve de ellos le pegan al décimo como payasos, como molinetes en ronda esperando su turno, pero todos toman distancia cuando la cuerda se tensa y se descorre el telón de la trepanadora, que parece una mortaja.
Abajo no hay nada y el telón se eleva como música desde ese siniestro simulacro de suelo.
- Somos nueve vampiros que esperamos. Nueve serpientes inseguibles surcando la arena que nos quedó en la escalera.
- Mirá. Allá atrás algo se tuerce, algo se sale de cuadro. Comienza el sismo, la conmoción. Las brujas se despiertan y se espantan. Ellas se dan cuenta y se abrochan el corpiño. Se atornillan a las manos al compás de las escobas. El mundo no espera.
(Tranquilo. Una extraña pose verbal se va a fosilizar, vas a ver, hasta convertirse en un banco de cemento donde sentarán a los magos para explicarles un poco. Del silencio. Mirá…)
- Atención. Escuchen. Hay dos silencios. Uno que suena como millones de escarbadientes rodando por toboganes de mármol, como fósforos que se encienden, como ballenas riéndose de Noé, y otro que es como el de los peces Udu nadándonos por el esternón.
Ese último es el difícil, porque es el del chapoteo del alma, que suena como náufragos que se asoman desde la afonía de una bañera cargada, como burbujas de saliva explotando frente al reloj mientras todas las agujas se clavan donde no deben (será que lo usamos a veces para tapar los gemidos?).
– Somos nueve almas celebrando a las culebras. Nueve estampitas de la medusa y el niño. Un móvil con nueve muñequitos budú adornándonos la cuna.
Y entre tanto, vuela la sangre del infeliz hasta caer como martillo, como accidente, como una primera derrota exorcizable a quemar en la galera.
Alguien del público se apiada:
- Usá los gritos como incienso que los respire, como emulsión, como razón que desea ser afecto o comunicación minúscula hacia otro tren analfabeto, inofensivo hasta la náusea. O como freno microscópico de una vacilación transitoria, efímera, pero a la larga bastante bien resuelta. Vos sos como un puerto helado. A vos te golpean las gotas de un mar que se ocupa nada más que del movimiento eterno y del orden oceánico, que se dedica a golpear cada piedra de a gotas, como escribiendo algo prolijamente estudiado, letra sobre letra sobre letra y así, en orden, como golpes, cortaduras limpias en tu cara, en cada brazo suicida y permanente. No las sientas.
Y la misma sangre que caiga, gota sobre gota, se leerá como el agua y la sal contenida en cada infierno.
Cada gota una palabra, una oración, un cuento, una buena letra pívot que gire hasta calzar en el destino pobre y exacto del fanático loop con el que dios nos entretiene a los nenes mientras nosotros vamos al kiosco esquivándonos entre todos para comprar algo rico. Ponele, pochoclos.
Hemos tomado la medicación
Podemos funcionar
Otro día
Rima el sol y afuera hay risas
Entonces
Como ramas vaciadas de su canto
Mis párpados se abrazan a los ojos
A madurarme el miedo
Frente a todos los paraísos en los que yo me desnudé
Como un nido en la boca de un lobo
Que tose y se desarma en el destiempo
Abismo abajo
Hacia la fiesta de los huesos que nos visten de perlas y de brillo
Adonde la música es
Todo lo que yo no soy y que me esquiva
Sombra del hueco vacío en el que bailo mi encierro
Inútil
Mensajero que anuncia la ceguera compartida
Del cielo y de la tierra
Y de su imposible horizonte
Para exprimir de ellos mucho más que una laguna
Y reconocer por fin que la poesía es solamente su voz
Y decir
Que ya entiendo la verdad
Y la consiento
Porque yo no sé de sueños
Sólo un poco del silencio que florezco
Para tapar las espinas
Y que vuelvan los pájaros
De nuevo tengo ante mí la puerta. La miro y recorro mentalmente el camino de mi mano con la llave hasta ella. Trazo una línea con la mente y mientras lo hago imagino las mismas sensaciones una y otra vez (siento cómo gira cada vuelta y puedo verla abrirse. cada centímetro. cada tabla del parquet por delante de mis pies).
Todos los días hago el recorrido varias veces mentalmente, pero si pudiera ser sincera, debería confesar que todavía no sé cómo hacerlo.
Quizás sea por eso que sólo me dedico a esperar.
Duele el estado de fascinación con el que esperamos que las pinturas broten de nuestras manos, alucinando sombra y luz que cae desde lo blando por las canaletas suaves de una nada que se anhela y se aniquila en el rincón preferido de la noche, como un cese histórico dibujado sobre el pentagrama de nuestros cinco dedos. Algo como un abandono huracanado escrito especialmente para piano y tinta.
Las cuerdas se tensan como un último milagro y los gusanos las pasan por debajo, en una carrera solidaria, todos en hilera y a la voz de tres.
El natural modo con el que tropiezan ante la amenaza, ese crujido espeluznante que anticipa el golpe de sus insignificantes figuras, mitad contra el lustre y mitad contra la pared más húmeda de la cueva nos despierta lo suficiente como para sentir nuestra propia caída sobre el azul cactus de la hierba, planos de sentido. Como dibujos.
Y nos abrazamos a la tierra a través del hilván que la química se sabe bien. Y nos dejamos convencer de que abajo no hay nada (pero ese simulacro de piso no es más que una medianera al infierno). Y giramos espantados la cintura y la costura cede un poco y se nos desprende la tarde, y ya no hay papel sino galletas con la sonrisa sostenida de las partes (pero la química nos dice que abajo no hay nada) y las paredes son cielo, y son mar y son pronto, porque la espera nos excede (y abajo no hay nada) y ya casi es de día y hay que levantarse. Porque es de día. Y hay que levantarse.
Porque es de día.
Y hay que levantarse.
“la fiebre que escupo,
la rabia:
puntos de apoyo
en el camino oscuro del regreso a casa.”
como si fuera una luz desquiciada a la que hay que cazar y atrapar y coser cada noche. Una luz con la que puedo reiniciar una cansada, nueva e irresponsable exploración sobre el mundo del cual yo me declaro ausente.
(debería estar convencida de que así se resuelve la tristeza que estratégicamente escondí dentro del fuera de foco neural, pero…)
“No. No creo en mí…”
(a muchos les daría ternura mi aridez tan nítida de mí, como un dolor, una pena que se deshabla, que se desarma en rotos los pedacitos en los que de mí me parto, como una oscuridad cieguísima de dios, de plenitudes, como una búsqueda obcecada, sabiendo que buscar es simplemente ya haber llegado tarde)
Y tironeo entonces de mí a un otro, a alguna raicita de miedo exacto, a la sepultura visceral, al principal paisaje, y dejo a la pasión sin esperanza alguna de mundo.
Y los detalles se van fumando al espejo y el humo se cae de rodillas ante mí.
Sobre la sábana. Sobre la flaca pesadez de nuestros sexos.
Y me converso disfrazada de salivitas, de mensajes sin códigos, de fúnebres rescates.
Y fundo un transcurrir basado en la inacción.
“No. No creo en mí…”
Y así, eso que a veces me ausenta se resuelve sin mi presencia y mansamente se equilibra y me abandono del conflicto hasta que casi no quedan ganas de derrotas ni de íntimos cansancios.
“No. No creo en mí…”
Porque tengo una razón muerta, carente de toda belleza, una esclava mortaja sobre cada embrión concupiscente.
Una razón que exfolia máscaras a dentelladas desde el atrás murallón que la acobarda.
Una razón que sólo se hace a un lado cuando llega la roncha verbal, la hinchazón salvaje en la frente, la mutilación del decoro.
Y esa paz que sangran las puntas de los dedos, exhaustos, se hace dialéctica que me calma con su desplazarse entre estúpida e indolente como si fuera una luz desquiciada a la que hay que cazar y atrapar y coser cada noche. Una luz con la que puedo reiniciar una cansada, nueva e irresponsable exploración sobre el mundo del cual yo me declaro ausente.
“Los ojos se han cerrado para no afrontar
que aunque parezca extraño, te quiero devorar”
Bebe
El rey la ha elegido de entre sus siete hijas mujeres y ha expresado ante su pueblo que enviar a la más bella hará que no se repitan los ataques del tan temido dragón.
Sus hermanas mayores la visten y la peinan, felices las seis de no ser tan hermosas. Frente al espejo, la pequeña juega a mover sus dientecitos de leche.
Su madre le explica como un último cuento que no debe temer, que todo será rápido si ella cierra muy pero muy pero muy fuerte los ojos.
Mientras escucha a la reina, ella comprende que ya no habrá más cisnes, ni patitos, ni ranas, ni sirenas. Hoy se acaban los príncipes y las hadas. No más sastrecillos, ni brujas, ni madrinas milagrosas. Piensa en lo rico que estuvieron los enanos y el pequeño Ratón Pérez y siente en las encías una fiebre que se asoma y en sus manos de muñeca un poder extraordinario. No más lobos ni Pinochos.
Hoy se termina la fantasía. Hoy de sus dedos salen uñas nuevas. Hoy estrena los colmillos.
Hoy el dragón se entera de cómo somos las verdaderas princesas.
Cuando algo se les sale del plan, los dioses zafan con casualidades.
Las brujas constantemente me sugieren una vida de dedicada y elaborada decadencia, pero todo lo que ellas dicen es siempre aplastado por una voz secreta que sale de mis huesos. La sabiduría que comienza cuando los dioses se distraen entre las dos identidades del silencio para copular frente a mis inflamaciones mentales. Me siento más sabia y cínica que el infierno, y mientras mi cuerpo me habla y se mueve, yo me escondo en mi sombra, que pesa como cinco mil almohadas.
Pienso al mundo como un solo relato en el que soy dueña de todo lo que pasa. Para bien o para mal. Y siento que si no lo escribo en ese minuto, en ese exacto momento, corro el riesgo de convertirlo en un sueño y que ese sueño se desdibuje instantáneamente en el olvido. Los textos y yo nos escribimos mutuamente. Ellos me defienden de las vagas salpicaduras de algunas verdades, de la frustración anticipada, de la timidez del espíritu cuando piensa que nada de lo que siente es cierto y que el afecto es un simulacro, una metáfora ordinaria de algo similar a un alfajor de maicena o a una vacilación.
Hay que dejar de escapar del perseguidor que nos nubla y entender que aunque no corramos, igual vamos a mantener la distancia.
Hay que dejar de ver la realidad así, con cada objeto redefinido por otro que lo abarca y lo confina en límites artificiales.
Hay que dejar y dejar de dejar.
Estamos todos invitados a exudar destellos sin sentir que los brazos son como alambres de humo que no llegan a integrarse a la fonética del cuerpo. Algunos sujetos renegamos de estos dones porque aceptarlos sería condenarlos a morir.
La misión del adjetivo siempre fue demorar al predicado.
Ayer me desperté pensando en un Buenos Aires probablemente vacío y al rato empezó la nieve a desplazar todo de su lugar lógico. El silencio se defendía de su imagen esquizoide clavándose en los parabrisas. Flotaba hasta caer como remache de luna, como confesión de aguapalabra. Toda la masa del universo se travistió para hacernos el favor de una mentira. Ayer los dioses exprimieron sus forros y pintaron con semen varias galaxias de blanco.
Continuo con el legado que me dejó esta Yegua.
Lo acepto agradecida y lo cumplo con honor, aunque de ninguna manera lo llamaré “meme” porque ese es un nombre del orto para cualquier cosa que no sea una mamadera o pertenezca a un Jardín de Infantes o a un programa de Utilísima Satelital.
En fin…
Se trata de: “copiar el segundo párrafo de la página 139 del libro que están leyendo”.
Aclaro que el libro que estaba leyendo (cuyo nombre jamás nunca diré y quienes lo saben se cayan porque si lo dicen será vuestra palabra contra la mía) no tenía más que 96 páginas, de las cuales 10 eran referencias bibliográficas que elegantemente omití leer para llegar lo antes posible a leer éste, cuyo “segundo párrafo de la página 139″ a continuación trascribo:
“La odio.”
Convengamos en que Palahniuk es un tipo de párrafo corto, así que voy a trascribir un poco más (de onda):
“La odio.
Yo me pudro, después de haberme desangrado, con esa ropa de concubina travesti de Suzie Wong Tokio Rose que me han sujetado con alfileres en la espalda para que se me ajuste mejor.
Parezco una mierda muerta.
Parezco mierda muerta.
Apuñalaría a Evie ahora mismo por teléfono.
No, en realidad, le diría a la señora Cottrell, mientras colocamos la urna de Evie en el nicho familiar de algún lugar de mala muerte de Texas, que Evie quería que la incinerasen.
Yo, en el funeral de Evie, llevaría mi minivestido negro de Gianni Versace, ajustado como un torniquete, con metros y metros de guantes de seda negra amontonados en los brazos. Me sentaría al lado de Manus, en el asiento trasero del Caddy fúnebre, y llevaría puesto un sombrero de Christian Lacroix negro y grande como una rueda de tren, con un velo negro que luego podría quitarme para ir a una subasta inflada o a una venta pública o algo por el estilo, y luego a almorzar.
Evie, Evie estaría sucia. Vale, cenizas.”
Ahora les toca a los internacionales (la caridad empieza por casa) PatoMusa , Bart y Lobo.
Avisados quedan de que si cortan esta cadena yo no me enojaré pues me da lo mismo y el ruido de rotas cadenas no me aflige, pero sepan que hay instancias superiores a mí misma (aunque no parezca) que podrían tomar represalias que afecten el futuro de toda la humanidad “anche” (que en francés se dice curiosamente “meme”) los blogs de cada uno y los aledaños.
Así que… ustedes sabrán…
No trates de suicidarte. A nadie le interesa demasiado.
Un sentimiento tan intenso, la acción más íntima…
(te recuerdo que cuando nacés hay al menos dos personas
(a la muerte, en cambio, la podés vivir a solas)
Interesante detalle, no?)
Los sostiene tanta contractura numeral, la nota exacta que eligieron para darle a las canciones lo que le roban a la vida, esa pieza rota del Universo donde nunca faltan ni un cigarrillo ni un árbol. Añitos tristes de soledad dormida, de bandoneón polémico, de suspicacias y remires de alta graduación gaseosa blandiendo voluntades por no decir artificios y madrepatrias (o selvas).
Titulados Reinas, ya nada más les queda por pretender que alguna caricia olvidada o el recuerdo arrinconado en un tangal malevo en el que cantarían todos los parias (machos y hembras) a los que alguna vez amaron. Una armonía pasajera, inmediata, de varios pero pocos segundos y personajes.
Cierto egoísmo corre hoy por la casa. Solo en la cocina hierve algo compartible.
Las personas que se acercan ¿sabrán que el protoplasma en el que flotan los dramas está preparado con un licor finito de absurdia?
El estigma de los escribientes parece ser la velocidad que adquieren las palabras superando muchas veces las crisis vocales con herméticas consonantes cosidas a los detalles que de otra manera se habrían ahogado en un mar de odio rabioso (ellos prometen compensar lo que les falta empardar cuando lleguen a las buenas mientras yo me visto de gota que rebalsa o de colección de presagios para esperarlos (una porción para cada uno (yo sería un muy ideal destino modular para todos mis futuros), e intuyo (a pesar de mis manos) que la realidad no me cree cierta (si no, no se explican tantas dudas a la hora de tocarme, siempre mirándome de lejos, de refilón, a mí, que no soy una cuestión de fe sino algo bastante menos que eso, algo como el serruchito de las hojas deshilachando el conciente como a una pluma de nylon, la ensalada mancillada, el cigarrillo en la taza, la estufa que ni ahí alcanza)))
Hablamos (hablamos hablamos) de todo lo muerto, cascaritas blancas que nos amanecen, prudentes ante todo. Paz. Paz, y no sabría decir qué otra cosa.
Parecería que denominador y dominado se simplificaran y se fueran tachando y tachando como si el resultado pudiera cambiarlos en algo (el show de los ruiditos acalambrando mano sobre mano sobre todo sobre mí, que me sigo rebalsando de esperas).
Miro (miro miro) lo que duran los hasta el filtro del cigarrillo desde una pose que fue desarrollada para cada una de sus formas (creo que nada me entusiasma más que jugar a que me adapto a todo (creo sinceramente que esa es la única manera de mentira que yo puedo tolerarme)), y a mis pulmones golpenadome con sus puños para que yo me despierte y no siga durmiendo sobre los humos celestes.
Y cuando ya no esté la moto, cuando sea simplemente una búsqueda tranqui de qué habrán de ofrecer sin golpear a la vara de cemento con piñatas irrompibles, cuando el futuro se instale en la duda que existe en este instante entre dar un enter o levantar la taza (igual, siempre está el recurso de pasarse cuatro años en cana por alguna sonsera o evitar el yerro y que la bala entre como tragada por un esófago ideal hacia el cerebro), cuando algo más que la nada tampoco nos importe, cuando la resma se resigne al estante…
(cuando ya no esté la moto, yo no sé, cuando todo se detenga, quién, quién, al fin y al cabo, quién, cuando todo se detenga necesitará algo más,
algo más que
algo
más
que
levantar
esa
taza?)
Entre algodones
días de hospicio
Todos somos
frascos sin sentido
La esclava se esforzaba por aprender. Tironeaba del corsé con precisión y rapidez.
Pronto no serían necesarias más vírgenes que ella para vestir a la reina.
Pronto sólo con ella alcanzaría.
Pronto quedarían las dos en la alcoba.
Solas. Con el tiempo suficiente.
A veces, incluso las personas más quietitas se enfurecen de golpe. No depende de los estudios, de la cultura o de las políticas de vida, sino de alguna energía injusta y antigua que se adueña de sus arterias, de las piedras de sus músculos, de las entrañas, de los lugares más oscuros del alma.
Mientras pesca, piensa que mejor no podría pasar sus domingos. La costanera siempre le calma el stress. Sentado frente al río, observa a los aviones despegar y se abrocha el cinturón. Por la ventanilla ve cómo una de las turbinas se incendia y desde el fuego, a la india cocinar las vasijas. Amasa el barro mientras mira a los caballos correr salvajes. Fecunda a una yegua al paso de la caravana peregrina que desconfía del águila. Observa desde el aire al tren, y sentado en el último vagón, ve la aglomeración de autos detenida en el paso a nivel. Toca la bocina como loco y cuando sube la barrera, acelera hasta el puente y el ruido y la congestión lo detienen y se baja y se asoma al río desesperado. Allí distingue una trucha saltando. Nada por horas buscando alimento hasta llegar a esa delicia suspendida de eso tan brillante. La muerde. Siente el tirón. El terror lo paraliza, el sedal lo asciende. Antes de la asfixia alcanza a verse a sí mismo. Tranquilísimo. Pescando. Como cada domingo.
Beatriz no se mueve más que para temblar y ese temblor le borronea el contorno. Será que cree que las olas la pueden golpear en seco, que son como Haikus, formales, ordenadas y consentidas.
Pobre Beatriz, que no conoce el mar y por eso le teme.
Cuando suena el track de las ballenas, Beatriz se lamenta y murmura algo sobre caballos, cosas que no entiendo entremezcladas en una masa particular de sonidos modernos, un lamento de felicidad que tunea la pena.
Cuando suena el track de las ballenas, ella murmura sobre caballos.
Aunque todos sepamos que se trata de ballenas.
Tira los dados, golpea con los nudillos, se hace la brava y grita ¨Chapita!¨. En la siguiente escena se dedica a probar instrumentos de viento. Todos suenan lo que yo me obstino en llamar mal.
Hace tres días Beatriz estuvo a punto de morir atragantada con la cereza que recibió de labios de un didgeridoo.
Cuando le canta al agua, ella la nombra en secreto. Yo no termino de entender qué es lo que me atrae de Beatriz si a mí los secretos me alejan. Además, el agua que ella describe siempre está helada. No hacía falta el secreto. Me habría alejado de todos modos.
En la canción de despedida, Beatriz canta a capella. Casi al final, pasa un pájaro aleteando y ella silva bajito hasta desaparecer. Fade out. Después, todo es silencio.
Ella cría ciervos. Qué suerte para tus ojos, le digo cada vez que sale el tema. Beatriz me mira extrañada. Creo que nunca va a entender el chiste.
“Enséñame un héroe y te escribiré una tragedia”
Francis Scott Fitzgerald
Ciertas espumas a partir de las babas de un sonido inexistente le pinchan una esquina lunar, le aplacan la semilla, le pausan el anhelo, serenan y alisan las pasiones de Aguirre.
Para él es exasperante tanta calma. El silencio no se le rompe ni con piedras. Igual no importa. Él cuenta con la posibilidad de que el silencio también sea falso.
No me animo a escribir nada si todo es sospechable, dice siempre Aguirre, la libertad pasa rozándome la reja en un finito arriesgado: Alguien bien cerca de las vías del subte, mi viejo matando chanchos, una olla de agua hirviendo cayendo sobre mi panza.
Hoy escuché a Aguirre decir que las vitaminas hacen que sientas que Nietzche era un pelotudo (y eso aparte del rejuvenecimiento y la vitalidad). Él supone que la depresión genera pensadores y el amor pasional, poetas. Qué será entonces lo que genera el amor, me preguntó, sino la ingobernable necesidad de escribir una poesía?
El accidente de que exista el tiempo restante es lo que le agota las salidas a Aguirre. Es la circunstancia de tanta gente por todas partes. Un ocurrir desgraciado son, en su vida, los extremos de la pena y del baile.
Se eleva cierto fervor admirativo ante la observación de las formas más elementales de mi amor por Aguirre. Saber que sólo es un germen no me resuelve el conflicto ni le quita gravedad al asunto. A lo mejor, si yo pudiese saber qué ideas absurdas pasan por la cabeza de este feto transparente, sería capaz de adelantarme.
Todas las mentiras y fantasías que seleccioné para negar con corrección, como los conformes que se acuestan sobre el quebrado silencio aferrados a las piernas de una mariposa, no me alcanzan para olvidarme de Aguirre.
Vivimos para ver caer el dado del lado inocente. Para gritar culo, dar vuelta el brillante y describir lo que nunca estuvo.
Soy el monstruo que canta a través de su ojo siniestro.
Yo ya no puedo sentirme las manos. Tiempo a tiempo se retuercen anémicas a través de estos paneles muertos de papel de barrilete.
La imperfección del amor separa al mundo entero de la nube.
Y estoy
y soy como una muchedumbre de porcentajes
soy cinco y nadie ve.
Acontezco sujeta.
(y si a alguien satisface todo esto, no es a mí).
El sueño nos despedazaba y no sé si estábamos dirigiéndonos por una caída al pozo simple de la pereza de ser o si nos habíamos adelantado para ver si más allá del infame cartel de nosotros ya estaba todo desmantelado.
No puede llevar demasiado investigar, dijimos, no es un gozo despreciable y siempre viene bien un intervalo en la indolencia.
Quizás aquellas dudas eran las almas depuestas, o el segundo despertar del vacío de los ojos. La acidez invasiva que le dilata el flemón artístico a todo aquel que se dice hombre.
Yo estaba dispuesta a la aceptación del fracaso ni bien tocara el fondo del abismo biológico. Sería como un último homenaje a la esperanza. Mediocre.
Otra promesa podría haber sido el niño que tenemos que inventar para que habite el terreno del que la mar de las veces nos declaramos ausentes.
Para salvar a la noche.
Rompiendo el azul estábamos buscando la manera, secreta y ágil, de arrancarle al silencio algún jugo como de cuerpos.
Y sostenía el mío en frío y en silencio, examinando los auscultes que hay en cada dolor placebo o en las ausencias extremas y conversas que catequizan los fulgores del pulso abierto o recién suturado (para que de ellos se alimente el oculto monstruo del tórax).
Lo que dicen del lugar para cada cosa y del no llorar por la letra y sí por los ojos la pena que se abrió en mi agrisado contexto de paz, ese del sonido que se estrangulaba en la garganta, ese de la apuesta del contra beso al resto, es de a ratos tan cierto.
En el gusto de mis ansias danza una miseria abierta. Éste es el sonido del desorden que me inicia en el olvido.
Estoy entre una nube y ahí me voy liquidando para bajar militarmente
a desaparecerme en el su río de paredes a volcarlas.
Cuál más será desde ahora ese sonido?
Estoy en tu cabeza, pensé que le oí decir. Que él sería algo muerto, que mi vida sería aparte… que estamos separados… que nosotros estamos separados.
Funcionamos.
Morimos de hambre a las cosas.
Las divinas aguas borrachas roban de mí azúcares.
Les siento el comenzar a tomarme.
Adónde se fueron todos los enjambres que ahora yo necesito para ahorrarme?
Cómo pudo realmente haber muerto la nostalgia completa de lo nunca celebrado?
Acuno en mí la conciencia de la llaga de haberlo percibido.
“escuche decir
que el juego termina
y te vi correr
por las calles del odio
vamos a hablar
de las sombras
que esperan ser vistas
vamos a hablar de esta herida
que sangra de noche”
Cuando ella le contó del desastre, habían pasado algo más de dos meses. A él se le ocurrieron algunos chistes fáciles, pero como no era tan boludo, se tragó en seco el atrevimiento y se puso de golpe un poquito más serio. Ella siguió explicándole que entre la distancia en metros y la que había en días era mucho peor la de los días porque no podía más que agrandarse. Le habló del accidente y de cómo la recuperación la había llevado a conocer gente extraña.
- ¿Vos no tendrás un gajo de ilusión como para pasar la noche? ¿Como para que deje que el hielo se desfonde al menos por un rato? Una puerta hacia otras dimensiones, tal vez menos frías.
Onetti habla de una ella tan triste que necesita de revólveres diminutos para deshacerse del niño enorme. Un escritor amigo lo torneó (al cuento) como para que el cañón del revolver adquiriera un calor desde adentro de su boca. Usó la palabra “lamiéndolo”. También usó “farsa”, “fallido” y “cráneo”. Nada de buen final ha de poder escribirse con esas palabras.
- Hablate algo del poema inexistente, me pidió. ¿Qué te anda faltando que no sea fácil de encontrar?
O de heredar.
A veces me despierto a la tempranísima hora de siempre y me quedo pensando en dónde, o en el por qué de algunas pocas cosas. Es la peor hora, decía Juan. Yo creo que él se debe haber matado cerca de las cinco. ¿Habrán crecido hongos en su tumba?
Si ella hubiese sabido que él se iría convirtiendo en de mármol, le habría leído muchas más cosas al oído. Pero estas cosas se van sabiendo lerdas y las respuestas llegan cuando ya las preguntas están embalsamadas y puestas (muy puestas) al resguardo de los otros. Solo algunos trabajamos con té. Otros prefieren un agua mineral, o varias botellas de vino. Para mí, la elegancia de las formas es fundamental. Los suicidios no deberían ser escandalosos, así como tampoco deberían serlo las soledades autoimpuestas.
Él se inclinó y le ofreció “dame el humo de tu boca” y algo paralizó la distancia.
Como única referencia, sólo aparecían álbumes de música y algunas fotos con puentes. Puentes. Puentes. Acá iría una frase del tipo: Malditos puentes!!, pero ya ves, la elegancia.
Eleonora no toleraba que nadie se le saliera de sitio. Y caminaba, y así le daba ritmo a la razón, arrastrándose cuerpísima, dulcemente arrastrando.
Ella se dejaría que le chupes el cuore, corazón. Que te lleves todo lo que su sangre te sirve en cantidades adultas y calidades de infante.
El jueves oí hablar sobre el final de las cosas. “Lo último no es simplemente la nada”.
Ni el olvido, ni el silencio. Lo último será el intento por entender, o por alguna otra cosa. El intento. Lo humano tiene eso. No Pedro? Lo humano tiene eso.
Esto podría ser una carta, una adivinanza o una confesión. Podría ser un dibujo, un arrecife y hasta la mitad de un sachet de leche. Da lo mismo lo que sea mientras ocupe paciente el soberbio lugarcito que le dimos. Otro de esos giros extraños que tienen las novelas modernas.
“No quepo en su boca, me trata de tragar
pero se atora con un trébol de mi sien.”
Y cómo
si ya
va que ya vas
siendo tu gran Mismo
planísimo sistema
Autorivotrilante vos
escindido, lanzado, alejado
como penamente pueda yo
de y desde mí
mala trecha extraviada
hacia tu Afán
Y a más
mucho menos ya de mí
en demonstrancias nulitas
La nada nada se queda
y perpleja
Y acorralado mi verde permiso
natural como te fui
de brillanzas y riquezas
por ver a tu velero en desalmada osadía
retarme en mis tres días
a un reduelo marabunto
Locales las disculpas
de mi gris inalterable.
El mundo es de los que nacen.
Yo creo que le tengo más miedo a nacer que a la muerte.
(por eso esta caligrafía rápida y el tamiz aceitado por el que hago pasar el tiempo, escurriendo lo banal y dejando las toses de la inspiración sobre la enrejada superficie coladora, desnudas, como besos calientes).
Hoy pensaba en cómo sería tal canción a ojos cerrados y con un sobretodo puesto por sobre lo sobrepuesto de la noche. Esa que nos pide más, que corramos, que le ganemos al perseguidor que nos viene mordiendo el pelo.
Los pies sonarían como relojes. Atravesaríamos las mismas cajas de cartón que alguna vez nos envolvieron.
La humedad con la que se empañan los vidrios de la casa, esa grotesca necesidad del aire de imprimirse en mis ventanas (la atmósfera debería estamparlo contra el piso en forma de laguna gris) se hace más hambre que nunca y sé, que de estar el charco, yo lo pisaría (juro que sentí el olor del agua y hasta el ruido que hacen mis zapatillas cuando corren mojadas).
Pero me quedo de este lado.
Todavía hay tantas cosas que no van a pasar.
Más de veinte días hace que el agua sube y baja por el ambiente.
“Tu boca es un paseo de compras que se inunda. La primera vez yo tuve algo de miedo, claro, me imaginaba a todas tus amantes buzo recorriendo los pasillos con llaves Stillson, listas a cerrar las válvulas para que no te ahogues.
Tan grande es la manera del agua, que hasta los fósforos deciden callarse. El aire es de pasta y el pedal se hace a cada instante más y más ligero.
Nada es señal en vos, ni el sol, que sale de a ratos.”
Si suena bien, está bien. Pero algo terrible acontece. Entonces dejamos de sonreír y los días se convierten en un invento a pulir. Después, todo es llegar tarde.
“Salí de la casa y solo encontré tierra. Una tierra toda llena de certezas. Un manicomio marrón. Un despropósito universal que nunca iba a ser nada.
Y vos también.
Salíste de la casa y solo encontraste tierra.”
No nos une más que un adiós no dicho y un dios,
que descansa en los que como yo, ya no le creemos nada.
Una hipoteca sobre el tiempo, un a ver quién vive más alto, más calmo o más agudo… relieves o lisitos. Día a día pasan los días.
No quiero vivir por mi causa.
Si yo estuviera loca no tendría que andar inventando cosas.
(el reloj sigue excretando arena mojada)
Un alero de agonía, la aspereza de la sal contenida entre los ojos, una tráquea anegada en tinta seca.
Así la estrategia miserable del olvido.
Ya ves, no puedo ni nombrarte.
IV- (Forte)
Él se presenta
mayórdoma señal,
de mis palmas debatidas
sobre víctimas y agostos
Abril triunfa en desconciertos de cámara
de arrebato fatal
de comienzos
principios
y así
como todo
se envilece
también
el aire
El Rey
la voluntad de morir
la de matar en julio.
Y el fuego que siempre arde entredientes
acuerda
Y luego firma.
VI- (Fortísimo)
Era algo que golpeaba
pesado
las mentes
Y de las vendas goteaban las ranuras
(es que la cabeza siempre gira en algo,
decía)
las muertes detraídas
las figuritas importadas
gente que hubo, que amaron
y murieron
tan solamente.
V- (Allegro – Vité)
Decidimos los tres
dar al entierro por nuevamente terminado
Estampitas repetidas de nuestro álbum budú
Y me reí
Y recibimos a pesares
apretones
atriunfos
vinagre
y cada uno un cuatro inviernos
(con dependencia)
I- (Andante)
Migrando
(la desesperación pica en los dedos de adelante)
como panteras
de la selva a la selva silenciosa
oscilando huesos y miedos
Creyéndose música
en cualquier estadía
que le peine lisa sus pieles y espinas
(y de sus patas remueva la verdad más infecciosa).
VIII- (Magnificat)
“Magnificat anima mea Dominum”
Así practico los restos
los enseres usurpados a un amor inconveniente
y toca él del piano los más bellos tambores
armónica de nadies
y me describe sin hacerlo
la canción de las canciones
la de los cuatro olvidos importantes
(manos minúsculas firman escri(ben parti)turas).
VII- (Adagio)
Un bruto capital de savia vitalicia
colabora en silencio
al remedio
faro que se planta
grito que me empaña
Es muy firme su luz
De malicia en la frontera.
II- (Vivace)
Llegará.
Su gran ojo me guiña los paisajes.
Quizás cuatro docenas de polillas ayudaron a su venda
(ella luego mató a las polillas, se retiró y jugó hábilmente lo que había quedado abierto) La venda, que ahora se desliza a través de la frontera a jugar con los temblores.
Y con los oficiales. Ellos siempre soldados uniformes
infelices
sin sus mandos naturales
descorren y fuerzan fieramente
(pero ya tarde son para todo y no lo saben)
sus partes, el fuego opulento y el registro
el descubrir al hombre
que debía carne-gancho-hierro
ser
deshuesado compañero.
Graciosamente. Y acordó un paseo prodigioso
suave y fluorescente
a tiempo compartido en la deshonra
tarde
a golpear las pieles
intento guardarino en la etiqueta del trapo bien a tiempo.
Por qué el infierno, decía, era su venda, y ella
y ella
III- (Pianissimo)
ella no importaba
Los millares de manos invisibles
Femeninas lumbreras
saldrán a auxiliar a los vencidos:
Amar a tiempo de la venda,
haciendo de una sección entera
la secuencia de sus solos de violines.
IX- (Presto)
El resultado fúnebre integral
nuevoprincipio
fusión de tradiciones ambulantes
tus cenizas
antepasadas de ejecución
lenta caída.
Una venda extensiva
Tampoco cegaría la pena.
X- (Scherzo)
Mi guiño, por siempre vencida
Reparadora venganza
Vaya con mi firma
y mi cansancio
Mi sombrerazo final hacia la muerte.
Está escrito y hay que hacernos madre, ser patria, isla y puente hacia nosotros. Murmullo y graznido lento que se desplaza de 78 a 45… 33… 16 rpms. hasta desaparecer al silencio gutural del útero propio, de tules y aguarosas.
La oscuridad del barro se alumbra ante la ausencia del miedo y festejar que todo sea es tan simple que duele, que trista los ojos, marea la razón, miseria los huesos subterráneos que se quiebran como ramitas nacidas para fuego.
Nos estamos extinguiendo quietamente.
Desnuda la memoria frente a la verdad irredenta, dejo derrapar los fragmentos que de mí caen a estrellarse en su igual del agua que me extingue, huérfanas ambas de nosotras mismas, cuando menos, y del alma.
Y las sábanas se lavan, se secan, se queman y se vuelven a lavar. Es un retrato orgánico esa acidez y tanto ese silencio enmarcándolo todo.
La vida se nos vive encima. Nos suspende de la decisión, se nos hace sola.
Es obscena tanta inutilidad final ante la propia sombra y su monumental carcajada.
“He de morir en mi sombra
cualquiera que sea
y mi sombra será
la que me venga a buscar”
Si fuera hombre entraría como amante. Vivoreando el cuerpo y mi imagen, reptando y creciendo para cubrirme de mielina todas las veredas.
Pero la noche llega a mi tragedia de razones (no de besos, Alejandra, no de besos).
Y el silencio
Delimitando
Una explicación
Última
Para después salirme yo de las cosas.
Una cuenta, una demostración. Algo en la lengua que aletea que no la olvide ni la engañe.
Tantos libros encallados que se entregan en una crisis ingenua, espasmódica de fe y se fingen mujer enamorada.
Qué mal negocio es ser inquilina de la fe, decía el Gran Fumador.
Entonces la agarré de los pelos y la obligué al suelo. Le sostuve una mano y con mi bota le pisé la mejilla derecha. El taco le sacó un poquito de sangre de la comisura de los labios (nunca me imaginé tan filosa). Ella forcejeaba.
- Siempre te negaste a obedecerle a mis caricias.
Con mi mano libre le subí el volumen al equipo. Apreté la bota.
Su único y subversivo ojo abierto acompañó a la canción.
Adentro mío se producía una dulzura incomprensible pero su resistencia excedida de toda razón y tiempo hacía embudo en una única salida. Quité mi pie de su cara y le solté el brazo. Ella solo atinó a cubrirse.
- Vamos, aflojate, tontita, que a poco me saben los besos que te robé.
Se tocó el labiecito. Miró su sangre primero y luego me miró a mí.
Me sentí tan despreciada.
Solo recuerdo que caí sobre ella y ya no pude detenerme. Le abrí las piernas forzando sus muslos. Sus rodillas cedieron. Ella, tan arisca, tan cerrada, tan endurecida, por fin se ablandaba. Me entré caminando. Sentí mi sangre caliente rodeando mi carne.
Para cuando dejé de ver el rojo, la oscuridad ya era total.
Y mi pleura rebelde se deshará y todo lo de adentro por fin será unido.
Como besarse el cuerpo muerto y los algodones de la boca.
Los huesos también caerán en siniestra evocación de que es más de lo mismo este encierro que cualquiera. Se dormirán para siempre los dolores y el lunar. Un artificio metálico alertará a los gusanos si no ganan antes los de afuera. El párpado derecho hará malabares con cada imagen fantasmal y desde adentro entenderemos de a mitades los principios de las cosas.
Al menos por un tiempo. Probablemente con los días vuelva el tedio. Y con él una nueva angustia y con ella, de nuevo, el deseo por la vida y por volver a nacer y a nacer y a nacer.
El día que ella recicló la tristeza, me acuerdo, yo había salido a comprar pan como para tapizar el mundo. Volví cerca del mediodía. Ella ya había preparado las milanesas y sonreía. Hacía tanto que yo no la veía sonreír, que fue como un latigazo.
Me levanté del trato con el pie izquierdo. La luz de los candelabros no alcanzaba a iluminar el suelo de mi cuarto cuyo estilo se me caía a pedazos. Hacía meses que nadie podaba las paredes y las preguntas crecían salvajes madurando respuestas como manzanas.
El jilguerito mudo emitía lágrimas cada 7 segundos. Parecían ojos de parto y ninguna esperanza de volver a gritar creía yo verlo mordisquear con su pico.
De sus alas enormes salía la sombra en la que amamos, el escenario apagado, los días sin contar, la constante vacuidad en el atrás incuestionable, la trastienda de los ojos.
Traté de no tropezar, pero había un contrato al que no le cabían excusas, así que simulé la caída y me di la frente contra el marco de la puerta con la soberbia convicción de que había sido creíble. Llegué como pude a la cocina. La oscuridad y el golpe no eran buena compañía pero yo sabía lo que había que hacer. Busqué a tientas un poco de hielo y después de ubicarlo en el dolor, me preparé el desayuno, miré el reloj y calculé que a una lágrima cada siete segundos, el jilguerito no tardaría en deshidratarse más que lo que yo en terminarme las tostadas.
Una pena. Aún discapacitado, yo le tenía una gran estima.
Escribo para que los bordes de la cordura, esos que tocamos siempre antes iniciar la travesía, nos sepan a algo que se escapa pero vuelve.
“Je ne sais pas, je ne sais plus, je suis perdu.”
Creemos poesía a la baqueta del alma, explotada con piedad por un cuerpo sin retorno, a la otoñal manera de caernos compitiéndole a la virtud desnutrida de querer enterarnos. No existe el regreso, parece, si aún no partimos más que en pedazos a la inaugural esperanza de la bolsita rasgada. La nariz y el ansia voraz, la desdentada misión de convencer a la luna, la amenaza cierta del me das o te robo, el caudal de potencias que sin el hálito tramitado esquiva hasta el hartazgo y se nos hace un simple transcurrir simulando la vida.
Y entonces aprendemos a cicatrizarnos de los trabajos, del ascensor, del camino de ida, a remendar el soplo cerebral que nos muestra el gris en un foco inapelable (las linternas señalan los bordes claramente). Y se nos traba el horizonte y los bises nos atacan desde el jukebox de la noche.
- Tenés que Mirar, ya no te queda otra.
Mirar o parir, parir o reventar, reventar o Mirar.
“Gotea el grifo
y algo de la piedra se va con el agua”
Hugo Mujica
Hay que escuchar contra y de espaldas a la nada lo desdicho. Todo. Una matriz desprovista, las cenizas apagadas de un cuento, una mentira. Trompetistas o nada. No vale más lo que escribí que lo que no se habla, ese arca vegetal en el que flotan los mares, esa sopa que ilumina los cimientos de vos, sótano doliente, regada entrepierna.
Yo te impugno el recuerdo, no lo olvides, con la fuerza del acero esqueletando al terciopelo. Poco le quedaría a la noche si yo le sacara su parche a los días. Un espantano vómito de buitre en el cuarto oscuro de los sueños, y me abrocho la espalda, morral de sospecha, porque sé que yo sólo intranquila me acerco al misterio.
¿Cómo el mar puede arriesgarse tan ciego a la arena precipicia? ¿Cómo nadie la sospecha basilisco ni le escapa a la profundidad potencial de que sea un espejo en la mañana? Estúpida polilla y tu febril golpeteo a la luz que yo pujo. La estética del odio convertida en poesía. Ella escapaba de la noche como si hubiera entendido que estaba llegando.
Todos querían jugar nuevamente y para eso debían dejar que yo me inyectara de nuevo. Solo así el sensible random podría funcionar.
Salí del cuarto y corrí hacia el palier segura de que en la puerta de entrada me estaría esperando con su tapado de piel, él siempre tan raro. Llevaba yo en una mano la impresión de que algo diferente iba a tener en la mirada y en la otra la de las fotos que me había pedido, unas copias horribles de su viaje a Europa, ese viaje iniciático del que volvió con piojos y una sed impresionante.
Me acuerdo que cuando lo fui a buscar al aeropuerto tenía la cámara colgando del hombro como si hasta último momento hubiera estado fotografiando la ciudad a la que nunca volvería. Yo sé, yo sé lo que le costó esa vuelta, o acaso no sé yo quiénes somos? Y ahora, sabiendo que está en la puerta, pienso que a lo mejor debimos evitar ese viaje. Todo el mundo nos miraba como a locos el día que dijimos que él se iba, alguien alcanzará a recordar? Y nosotros nada. Siempre tan nosotros, nosotros.
Yo en aquella época no tenía ni idea de cómo se armaba una valija. Lo más lejos que había ido era a General Villegas para una cosecha de soja medio tardía, a comer unos guisos que ni te cuento. Quizás hoy haga alguno. Como para no olvidarme tanto de que a veces la tierra enseña un poco.
Cuando traté de cerrarla (a la valija), él se rió porque yo no había calculado que allá arriba era invierno y me dijo que la empezara de nuevo. Nunca se lo dije, pero yo lo sabía y quise demorarlo. Me parece, ahora, viendo todo desde lejos, que yo también sabía que el viejo mundo no era para él. Podrán decir, si claro, podrán decirme que lo hice para retenerlo y quién sabe, a lo mejor lo acepto y todo con tal de no romper más nada demasiado.
Y de nuevo el timbre, y saberlo ante mi puerta me revuelve a aquella época. Qué tanto ocupa un año en la vida de la gente? Cuántos milagros suceden en una madrugada? Cómo se arrancan raíces sin herir a la tierra?
Pero ahí llegan a vigilarme. Visitantes llegan a mi celda. Traen jeringas de madera. Ellos vienen a decirme lo que pasa que no pasa y por qué pasa que no pasa. Sostienen hábilmente que yo me engaño con fiebre y con silencios. Oraciones falaces, dicen, como siempre. Hace ratos que ellos llegan. Y cómo entender que las más finas volaron y otras se negaron y hubo una primera vez? Mucha gente a la perfección, casi todos y la misma queja una y otra vez. No te hartás de oírnos grillos? Y siguen hablando.
A mí a veces me da un poco de vergüenza oírlos y por eso cambio a boludeces así finalmente se aquieta el espacio y puedo entretenerme con la fetal certeza de que ni bien se vayan voy a volver a inyectarme de mí. Un poco de madera que queme al insomnio voluntario de buscarlo en el asfalto.
Y después de hacerlo, yo que ya ni me suicido tanto ni nunca ni del todo, les dejaría un veneno miserable a las inevitables jeringas y organizaría una sucia limpieza. Volarían.
Y muchos llegarían, algunos hasta sin elegir orden. Yo creo que ya nada es casual.
Criticar a las ausencias como si la vida fuera una cajita con sandías, creyendo que a lo mejor lo urbano nos extirpe más las raíces, esas, las que tanto miedo nos da roer, desterrar, quebrar de un golpe.
Eran dos hermanas, milagrosas ambas. Una desierta, la otra de bosques y monte, gatos salvajes y mosquitos elefantes. Una tenue, seca y arisca, la otra simultanea, llena, una semejante nodriza hacedora de plantas, helechos y palos de escoba. Una real, la otra verdadera, una de cristal, la otra crisálida.
Paseaban del brazo, caminaban por Palermo. Una rengueaba, la otra la orillaba, le peinaba la piel, la ponía a contrapelo, le tejía sillones con arena y pasto seco. Nada singular a su paso y se reían de los adoquines y pisaban turistas los paños artesanos si no gustaban de collares, pulseritas o demonios. Las hermanas se decían en idiomas, se besaban a colores, se escuchaban los cementos, se hilvanaban las pestañas. Ellas navegaban por los secos ríos de Palermo, despuntaban perros sórdidos, abrigaban veredas, techaban ancianos. Caminaban resueltas, flamantes como ideas. Eso decía mi único abuelo muerto, Juan no existe, Elisabeth quedó en la tierra con todo el amor viejo, humeando un poco, por eso de las medias. Ellas pasean por Palermo y sin embargo las medias. Y sin embargo el fuego y las cenizas, y el agua poco y sacrificio, y las uñas llenas de raíces, remos y herramientas.
Ellas pasan por Palermo, y sin embargo lo importante nos pasea en otro lado.
Cuando el cazador dispara, su estirpe guerrera se estremece en los genes al olor de la pólvora.
Cuando la presa huele la pólvora, sabe que también en ese olor va mezclada su sangre.
En ese momento, cazador y fiera son la misma presa.
Y después, el silencio, lavando los restos.
El libre albedrío debería incluir la elección de adónde queremos ir después de muertos.
Hay palabras que nacieron para ser últimas palabras y no sólo palabras no dichas. Quería ser magia y puente y no solo tener esa certeza de haber soñado, esa que nace segundos después de que el sueño se esfuma. Era como un tesoro, como si hubiéramos sido reunidos a la fuerza por alguna abrumadora circunstancia similar a una guerra o a una plaga y hubiéramos tenido que armar un mundo propio, plano y estéril. Gracias a vos conozco el río, y por vos no puedo cruzarlo.
Hace unos días sentí a la fuerza de gravedad pegarme como cachetazos en la planta de los pies. Até las sábanas con deseperación. Añoré mis alas y me entregué al barro, y busqué en la ventana el sabor del lino planchado de obsesión, a mil grados y con aroma a vereda infantil. El olor del camino inerme de las flores naranjas, el del subte, la rodhesia recién abierta, la chapita de Coca Cola, el del aire acondicionado en los autos nuevos. O ese olor a comida ajena en los palieres compartidos.
Pero nuevamente, como si de solo eso se tratara, las letras se amontonaron en un manojo de intentos y se abarrotaron de pruebas vanas que invitan a la muerte. Y eso que nos habíamos sentado decididos a que esta vez no, esta vez va a ser distinto, o acaso no fuimos creciendo y diciendo menos mandíbulas y más labios? Pero no. Ficciones. Simulacros a priori que nos habiliten un rato más de esta miel escribible. Y no. Tampoco hoy. Ni mañana.
Algunas veces me odio, algunas veces me quiero, muchas otras te olvido. Me preguntaba si sabrá todavía tu piel a vos y si tus mayúsculas son gritos o canales aliviadores de tu ahogo. Nos conjugamos en tiempos tan distintos y sin embargo me gusta, en silencio, darle calor al secreto deseo de que alguna vez te alegres de mi exiliada y ya tan fantasmal compañía.
Por primera vez no voy a ser Crédula (lindo nombre para un personaje de Shakespeare). No voy a creer en eso de que a veces se gana más cuando se pierde que cuando se gana, que hay premios pírricos. Yo voy por el triunfo. Basta de días nadando entre montañas de letras que aplastan el deseo exorcizando a la memoria y convocando al olvido. Voy a enamorar a Raúl.
Y encima este calor repugnante que no me deja creer en nada.
· A Raúl ya no le quedaban historias para contar. Todos los cuentos ya habían sido escritos. Consultó a una bruja en busca de ideas. Ella lo llevó al Pepsi Music y, desde la tribuna, le señaló una mujer.
· Una pensadita y a la cama, le dijo su mamá minutos antes de las 9 de la noche. Y Raulito, que cambiaba mil postres por un pensamiento, se deleitó con el último de la noche y se acostó sin más.
· Cuando Raúl sube los escalones piensa que nada puede ser peor y trata de resistir hasta la cumbre. Mira para atrás y ve que la neblina se acerca inexorable. Ya ni se acuerda qué dejó abajo pero tiene un vago recuerdo de que algunos diablos y terrores le mordían los pies.
La leyenda dice que arriba solo hay alegría. Entonces sus dedos sangran, su espalda se amordaza, aprieta los labios y sigue trepando.
· Las puertas de Raúl se reinventan a diario y él tiene que conseguir las nuevas llaves cada día para poderse entrar.
· “Corriendo se te va la vida”. Raúl dijo eso y se sentó dando por terminada toda la charla y yo, que siempre guardo mis opiniones bien afuera de mi cuerpo, no pude sino asentir.
· Con Raúl odiamos el jazz y yo creo que porque el jazz imita nuestro movimiento constante entre tensiones. Somos pura improvisación, me parece. Por eso el jazz nos duele en la encía. Como unas ganas locas de mordernos a trompetazos, diría si pudiera, pero mi fuerte no son las palabras de molde y más que esto no quiero arriesgar de momento.
· Siempre hay un refugio, una canción triste que nos salva, una paz prometida o la arrobadora cinta infinita de la fuerza bruta corrida bajo el palo psicodélico de On the Run. Ves? A esa canción yo no me cansaría de correrla. Los brazos como molinos para mantener el equilibrio y la cara roja del miedo a morir. Qué preferís, me pregunta Raúl, morir en mis brazos o morir en mis manos?
Dicen que uno siempre se muere en la ciudad de origen y no hay nada más cierto.
Dicen que hay gente que vive sin miedo en ciudades sin muros.
En ese instante, cuando el esqueleto queda liquidado, la carne inerte y la piel justificada. Cuando mi pecho te fagocita y el aire entra en mí solidario a rescatarte. Cuando el agua no soporta la asfixia y se asoma entre nosotros a una oscuridad que lo pasma y le cuestiona evaporarse, cuando el peso de mi alma se diluye en tu peso. Cuando la nada manda, cuando sólo queda el retorno lento y doloroso hacia la vida y el silencio suena como un río, cuando todo huele a plantaciones clandestinas y el mundo se desprende redimido hacia en el olvido, ahí, en ese instante.
“La lluvia es bella y triste
y acaso nuestro amor sea bello y triste
y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría.
Raúl González Tuñón
(la pena no es más que una alegría gastada)
Mansa tu mies
Águila de tu mano
yo en la noche
tuya
de arroz y remota
Te decía del fuego
Y apilaba mis fósforos sobre piras troqueladas
por los hielos que asoman del iceberg del alma
(de tu poesía, una gota)
Ella consoló
(como únicamente el agua desde siempre sabe hacerlo)
Habituada a transformarse
Sin temor
en leche
en sangre
/vino
/amnios
en vapor de pantanos
en sudor
en jugos y escarcha
hasta a elevarse y estallar
y caerse en mil pedazos
La gota
Muerde
Detenida
Encantada
Ella suplanta el lugar de la lágrima
Borronea lo que sombra
Se contiene
Orienta su oído a tu fugaz lado quieto
tienta a tu lengua
Emite su brillo de diamante
Te mira
(encenderme)
Y se rearma
(ancestral rocío interminable)
hacia una nueva miscelánea
de añicos de cristales de mendrugos de espejos
Macumba de las nubes
De lo gris de lo redondo
Y siempre el lenguaje estéril
El límite y la falla
No nos basta lluvia
Que es imposible narrar
(dios)
A este repertorio
colosal
ejemplo
de abandono
Agua desnuda
Life must go on. But it siempre happens que I always forget just why. It seems un hueco simbólico holding a little pool by the tide, a tepid boat, secándose inward from the edge.
Too much shaped la luna, le dije. Pero le dio igual. Luna’s waters striking my shore, pensé. Y que nadie ya me construya their houses inland in my mind. I know a winter when it comes…
Las coplas runicirculares de las psicorutas se doman en festivales extraviados, parajes anchos como la más divina necedad de creernos menos crónicos y así darnos permiso para escatimar el espanto.
Nadie en lo salvaje del alma resiste el escaleo de elevarse sin manubrios.
Y somos preciosimios inmaculados levantando sobre altares exóticos y resplandores fílmicos de cago de risa fácil, el maleo contagioso del éxtasis del letargo.
Borrones sin cuentas nuevas.
Hiperadiós y qué, si más quequé la risa empañe lo ilusorio hay otras instancias en fiel trinchera que hacen de lo extraño un modus ponens tan cruelmente afirmante que nos dejan los nos sin ninguna base cierta, entre otras extrafalencias, que para qué voy a enumerar si ya no hay tiempo ni nada.
Y el pebete masoqueado debatiendo entre tenido y cieguito de masiados y mesetas férreas. Implacables. In ex horable. Mesetas desalmadas como gárgolas gigantes enredadas entre cales, viento, nichos y pegote.
Y después, muchos, demasiados demasiados serían para tu tan tiernal escapadita, primoroso afán (agresiva acotación malrecibió), numerosos callos en tu retina, banda de USBs en desuso, ratón, oí que le decían.
Yo te fusilaría y diría que fue por tu bien, mi bien. Y sí, lo haría (capaz que lo hago), por incapaz (yo) o porque sí, o porque a lo mejor es parte de lo que partemente hay y debería, y bien, mi bien, para qué postergar si fue tan solo una misorden, a pedido del inestimable y nunca, por fortuna, lo sobradamente vilipendiado auditorio interno y soberano de miss misma que lo mira con velo y por teverte después.
Y ya de tan cierta la noción, la orden, loqueháyques y eso, me da como pasto seco (ese amargor de planta) hacerlo si ya ni pienso, pero yo nunca dejo sin cumplir mis lemas letanías así me lleve al misremísimo remísero demonio cada debo que final mente me cumplo.
La necesidad mezquina de temperatura ante el abismo de las letras, la singular galería de talentos, los frescos vacíos, la amarga densidad de los adentros voluptuosos.
Todo es nada más que una soga supersticiosa, un fuego fatuo, un exoesqueleto de espejos sobrebalsa de bastones manejándonos el magma.
Si el pasaje inverso de lo absurdo se dignase acaso a sumergirse en acertijos crípticos, de seguro florecerían palabras netas, desprovistas de velos o de aliento. Serían sustantivos firmes, adverbios naturales, verbos al desnudo. Porque no hay nada que la claridad explique y para entender está la poesía que marea los sentidos que al desaparecer hacen brillar al universo.
Nos esquivamos en la agobiante búsqueda de ser otros, en la minúscula razón del tedio. Apoyados en la pared, calesiteros banales, sostenemos la queja incansable ante la imperfección del pensamiento, sortija de Troya. Una sortija más que nos gira alrededando, hacemos tiempo fumándonos el alma.
El gesto como de escoba cepillando zapatos estancados en desgano, la lamida triste a la música, la trivial despedida final, la fetal indiferencia y la cuestionable belleza secándose en los ojos.
Buscamos segundos, apenas un instante sin arena en las orillas.
Alguien habrá de descoserlos
Y dejarlos seguir lo interrumpido
Vomitar gritos que se encimen sobre el pasto
Toses, un empacho fulminante de elegías
Mirarlos como a hijos a la cara
Ojos de paño
Entregarles el manual de la letra y la palabra
Y dejarlos aprender sobre el silencio que ya los bañó antes
Animarlos a treparse a las gotas de la escarcha
Dejarlos acosar y asustar desde lejos a la noche
Alentarlos a besar los juegos, las peleas
Y que estremezcan de nuevo a las tinieblas
Y a la nieve, si sucede
Las puntas de sus pies y su raíz de crepúsculo
Acaricien dulcemente a la tierra que se aleja
Despidiéndoles el vuelo con mil pájaros de incienso
Que ellos espanten a sus sombras
Que la noche tiemble ante sus voces
como un árbol que sospecha que hay tijeras
y rayos y leña y hormiguitas
No sé de dónde salen tantas alegorías sobre la resurrección si apenas podemos dominar los músculos estriados. Granadina inaguantable. Una calesita infernal de parientes. Ellos están pariendo miradas, preguntas de modo, dativas búsquedas rasantes como un Pin Ball por mi cara.
Hay mesas que pueden vivirse. Habitables como la boca de una ballena, como un farol apagado en una esquina canadiense. Hay mesas sin puertas. Hay mesas practicantes. Son mesas sin salida, mesas de calvario, de misa, de crucifixión. Mesas de prueba, de relajo, de climas y macetas. Mesas golpeables, de flor y de manteca, mesas de consuelo y de miseria. Mesas de albur, fuertes, sediciosas. Mesas claras y pesadas, volátiles y hambrientas. Mesas que te dicen, que te arman, que te retan, te anudan, te destrozan, te rescatan, que exterminan los matices, que te aman sin remedio. Mesas púas y de verso. De calma y puritanas, de pie o de sentadas. Mesas que trinan, que caminan, que destinan, que se calzan por las noches. Mesas del medio y del norte, de paraísos y mentiras. Mesas. Sin puertas.
Dicen que hay que sentarse ante todas las mesas para resolver el misterio. Y en alguna se habrán de almorzar mis perdices. No importa. A veces el sacrificio es la más efectiva manera de vengarse.
Todos tenemos a alguien que tiene océanos de hilos en los bolsillos para nosotros. Un océano de hilos llenos de posibilidades y un campo de cerezas atravesando el pasado.
Y entonces ella se ve a sí misma sin entender qué es lo que está buscando en ese cuarto. Hay una desesperación que le sube por la garganta. Se pregunta qué está haciendo, se mira las manos y fuerza a la memoria para que le sople el desenlace. Nada sucede y rápidamente entiende que todo ha terminado. Qué de nuevo no hay preguntas. Que su búsqueda, por fin, ha vuelto a ser objeto.
Cuando se pone así no hay caso. Cuando recuerda que él le cantaba canciones viejas y ella se sumergía en su voz para no besarlo y volver a quedar a la deriva, no hay caso.
Que alguien la proteja de los labios que vienen a arrancarle esos besos que no deben darse.
Hubo un tiempo, un rato, en el que en esa habitación pudieron elegir quedarse así para siempre. Quien sepa el por qué, que no lo diga justo ahora, pero es sabido que los dos prefirieron llegar hasta el amanecer para probar que el sol existía y que el infinito continuaba allá, tan deliciosamente imposible.
Debería existir una manera de describir algunos sonidos como el del fósforo al encenderse, el de las chispas o el de los cuerpos aplaudiendo al amor. De existir, ella jura que haría un descargo onomatopéyico, claro, si alguien se atreviera a oírlo. Pero siempre está el miedo, dice, y a eso no hay con qué darle.
Lo que más me molesta de ella es que siempre sabe menos de lo que quiero pero más de lo que creo. Esa cualidad la agremia con las brujas. Si ella entendiera una pizca más, si no fuera solamente una instantánea, una foto enmarcada con la prolijidad con que se arman los rascacielos, a lo mejor, todo sería más sencillo.
Ella siente que si se desliza le roba al espacio y al viento. Ella tiene una arista al descubierto, una arista que no creerías. Siempre en retirada, siempre de caminar lento para atrás y sin mirar. Siempre dejando un lugar en el aire.
Varias formas le va dando a la vereda según cómo le pegue con su luz a las paredes, según cómo maneje las sombras el ladrillo.
Esta comunicación errática, simbólica, cadáver sintáctico del ombligo inicial, de fecunda y racional ausencia, ha de acabarse pronto.
La lengua se deja caer en la tempestad que practican en mi boca las palabras atadas a este paréntesis de carne.
Los párpados rayan el braille leyendo la danza del papel acribillado, esas cúspides que del reverso enfosan también hasta al más valiente.
Silencios, que escritos entre los rumores prolijos del pentagrama inconsciente maquillan lo más ínfimo volviéndonos a todos mucho menos vulnerables.
Silencios como clavos marcando bien la herida, salivita miserable en la desolación de las noches.
(respirás un presente que te hunde en los zapatos mientras tu sed de vos mismo se te chupa en los mirrores con cada agudo y convulsivo y militar estancamiento)
Silencios que se amoldan al viento, celados por portones que la nausea segrega de tanto analizar la imagen de tu risa nerva, amargadrama lasciva de tu hambre con lujuria (que no cede).
Tu revés al agua y al aire mueren provocarme y yo me quedo callada porque sé que son sólo los últimos vuelos del hermoso vino de tu pena, un último vuelo antes de escapar (uno de estos días).
Y todo para que yo mire
Tengo un hueco en el ojo. Desde ahí no se ve nada. Alrededor hay color, brillo y contraste, pero adentro nada. Mi psique siempre descarga su cliba en mis ojos. Me los pica, me los cierra, me los fuma. Esto pensé hoy cuando frente a la pantalla ya no pude ver nada. Los médicos dicen que es temporal, pero yo no les creo.
Hoy le ofrezco una bala a quien pueda mirar esta realidad de infamia dormida, de puerca pista almidonada, seca, sin dársela de consejo, de buen augurio o remediante.
Considerando clase a la póstuma elegía sintáctica, nada menos que decir que el silencio parcial es como un buen estornudo de diamantes filosos. Y darle a los ojos es fundamental. O que floten a la deriva de los planetas. Una abstención de pensamiento y acción, mas nunca de palabras, que son prismas, disfraces múltiples según el día, el ánimo y qué tan lastimados estén los meñiques.
La literatura parásita, que obliga al constante pedaleo de signos y a encallar en arenas superficiales nuestra calabacita calada, es dejada de lado y la miramos como quien espera ver pasar nuestra casa en lugar del cadáver de enemigos que no existen.
Si en el recuerdo de mí, solo hay su vergüenza peor, la del cristo que llora de dolor y de hambre, tan trémulo el ánimo, no sabe ser vergüenza y baña de explicaciones, de tristes y fatuos entendimientos a lo que ya ni duele ni tanto en la sonrisa, entonces es que hay un tiempo verbal infinito imperfecto sobre el cual yo me ofrecería a intentar una conjugación simple a su primer y único modo posible, subjuntiva, conjuntiva y elegantemente, algo que pasme al mundo, que le anuncie que siete colores sobran, que con mucho menos la cosa igual marcha, que un pisotón en el colectivo no es nada más que un desequilibrio universal, algo así como una bomba nuclear pero en chiquito, que la gente no quiere hacernos tanto tanto tanto daño. Supongo. No sé. Creo que al respecto sigo algo confundida.
Habráquetraducirlocomoalosabismoshabráquemasajearlo
como a los silencios
habráquetolerarlocomoalasparterashabráquerecortarlo
cuando se nos dilate
habráqueprogramarlocomoalosplacereshabráquecontemplarlo
como al infinito.
Ya nada proteje, no hay espesores entre lo eterno y la paz del llanto acabado de evaporarse sobre las letras cementadas unas sobre otras y al sol, siempre tan frágiles, tan pulcras bienvestidas. La miseria que fluctúa entre orgasmos centrífugos y el hecho de sabernos portadores sanos de un alma con problemas. Será posible también vaciar de a uno a los átomos? La geometría se despliega dándole a las cosas formas espiraladas, todas dirigidas al centro mismo del residuo más cercano a nosotros. Miente quien dice que el cuerpo es un traje para el alma. Nadie puede desnudarse para adentro las llagas breves y confusas con sabor a anzuelo o a adjetivo exacto que calme un poco a este ojo que me lee rápido el paso por el mundo. Relatividad impaciente, espacio estructural para vidas a llegar, un encargo de atmósferas serenas que bloqueen la pretensión dispersa de ser. Inclasificable la expresión que acompaña a ese muñón de entorno difuso, lejano y fuera de plano, de foco y de mi ser impermeable.
La realidad entra para salir trastornada y convertida en un objeto del pasado. Hereda al infierno renovado, y cada día sale, con más y más
y más carga.
Perdón,
hoy hay “cierta acidez dictándome los silencios”.
Es como desnudar al cielo de sentido.
Como caminar el laberinto de los dedos buscando la hiel que descamó las certezas.
Como llegar al puerto vistiendo murgas y tambores oxidados y un color a rancio, a malestar, al inseguro equilibrio de las mañanas desgrasadas.
Así es el instante que desflora y atraviesa anestesiado al himen de las horas. Y ellas se cuelgan del vestido y sangran, percibiendo al pavimento con el gran angular de la sospecha.
El pelo lacio, largo, todo está lloviendo carne abajo, verano y paisajes.
Es necesario un brebaje absoluto que ayude a anestesiar lo que falta que enhebremos.
(El ovillito de la vida o el collar de los absurdos?)
Es necesario un potaje de galeras de mago blanco o de magias furibundas.
Un guiso de panales, una sustancia colectiva. Un té de universales.
No sé, algo así. O parecido.
Mi lengua está pariendo en un sillón de enfermería lirios rotos. Cruje la pelvis de amarillo aceitando de si muertes utilitarias sin permiso y con algo que flamea y no es bandera ni sábanas. A lo mejor sea un ancla moribunda que alguna vez fue refugio de intentonas y de escapes.
De la laguna amniótica salen caminando cientos de escafandras vacías que no hallaron el lamento perdido. El lamento se oculta en el aire porque nadie sabe demasiado y él lo considera justicia si no hay reglas ni martillos que juzguen al deseo. Marchan hacia los árboles hervidos en la bruma, todo es caldo y este calor que ya no nos cree nada porque vivió siglos mirándonos mentir que íbamos a hacer algo alguna vez en abundancia. Si tuviera boca, este calor se reiría para siempre de los fórceps. Es tanto lo contenido, tanta la risa escondida en el cuerpo. Las pasiones ejercen mientras el calor se deja balancear por la marea, que te trae, te aleja y así hasta que ya no vuelvas y ya no te reciba volando pañuelos como palomas atadas.
Me esperan las fechas que nos deshicieron. Cada minuto adorna el almanaque, florean el tiempo, enmarcan el exilio supurado, las ostias enfermas, las uñas salidas de tanto cavar cajones, letreros, velas, zapatos y nunca hallar el lamento. Las escafandras ya están en el bosque y siguen buscando. Todo continua, todo crece, los cactus y los hijos, el taller, el remedio. Leva la vida esperando el horno, saltan los cachorros las vallas del encierro y es todo mucho más de lo mismo en el corral del universo. La fisión no crea, destila tiempo y alcoholiza el espacio. Vuelvo a la música de siempre: Funeral, por nombrar un disco y Wake up, por decir un tema.
Describa aquí mismo su microclima y mándelo por mail. Nuestros tahúres sabrán ocuparse como el caso grite, contestarán sabiendo del secreto de sumario. Acá (en la isla) tenemos abogados amigos, amigo, por eso estamos tranqui, sabe. Haremos un eco asociativo de cada una de sus letras, las tamizaremos de recuerdos creados, corregiremos sus silencios con apropiados saltos creativos y haremos debates básicamente técnicos sobre los carozos que le laten en las yemas. Pasaremos el contador para medir lo radiactivo de sus retoños, caramelito, y le curaremos los contornos fotosensibles que lo distraen de la palabra carne. Dicotomizarele yo misma cada esquizita mitad en cuartos estilo Luis 16 y le arremangaré la cabeza para que su cuerpo sea extraído sin demasiado vuelco. Ese es el plan. O podemos jugar a las metaforitas de dios, yo te cuento una y vos me la retrucás con algo de mayor vuelo, de magnética ausencia, aséptico, deslatigado, sin sílices ni filo. Eso se publica, no chocolatín? Siempre habrá un lugar, una libreta de a bordo con un cinturón de explosivos para lo académico de los sentidos haciendo signos con lo humano en vísperas, espesando la sintaxis, evitando el áspero abismo del tedio que nos irrumpe en las palmípedas caras de la inteligencia, poniéndole curitas a los cráteres semánticos. Mis medias tienen asma. No comas fritos. Llevás abrigo, mi amor?
Ahora si, el post glacial:
Qué feroz la diferencia prolijamente dispuesta en la gran mesa de las comparaciones. De noche tu féretro itinerante me ríe y yo cierro los ojos como para no asfixiarme de tu espacio. La clave está en que vos no me nombres, quisiste decir, pero sólo querías que me quedara quieta. Por suerte yo corrí y bajé las escaleras de a cuatro renglones y me escondí detrás del… (estoy contando el pecado como en las películas de malos y podrían usar esto en mi contra) y me escondí. Para afuera. Si. Y punto.
Y después lo que ya sabés, esa móvil coincidencia y la metástasis de inutilidad en todos los páramos del rapto. Toda la mesa de la razón olvidada en el licuado fatal del relieve de las sombras, acuarela que poco le concede a la fantasía, aunque no creo que te acuerdes de esa parte del amor en la que yo levanto involuntariamente un pensamiento de la nada y mediante un sol de un ciclo atérmico, como biela bloqueada de irreflexión tácita y constante, le cambio el color a las tazas sólo para que queden como éramos, ávidos por comprender (paladear, saber) este pasquín clásico de sonetos, de cuartetas prolijas, de semántica perfecta, lengua viva, hasta finalmente elegir el ritual sórdido y cómodo de no querer más. Un bloqueo militar a la retórica, a la dialéctica. A la posibilidad incómoda, elíptica, de hechizar, de transformar la desazón en un troquel con cientos de salidas.
El ser y su inacabable potencialidad son sólo una amenaza de destrucción, me dijiste desde adentro, sabiendo que yo no te iba a creer tanto, pero hoy leí: el calorcito en los bolsillos y pensé en vos, que siempre me hacés desairar a las letras. Pensé en la frase como gran big bang de algo, como elemento vanguardista de la pluma fuente, del cesto de flores de porcelana helada, del pesado crisol que se forma entre la red y los paraguas.
Podría estar enhebrando un deseo cualquiera, o enmendándolo, con la certeza de que ésta vez te gano antes de abandonar con cualquier excusa (muerta por incurable), en el tiempo que se filtra por debajo de tu tiempo mientras sesentayocho tortugas me amputan sin miramientos de lo que no se hizo y del a tu lado yermo. O podría estar mezclando en este mismo instante más de diez personajes en algún tratamiento escandaloso y divertido que afloje las bisagras de ese cofrecito que nunca abrigó nada. Porque es esa diversión que roza lo infecundo la que me libera el endometrio del alma.
En otro orden de cosas, es asombroso cómo crece el cráter de mi dedo. Una boca purulenta resuelta a no cesar en su grito de asombro cerrado, un arco de introducciones y exorbitancias, un canal de parto en alguna otra dirección. Sin códigos. La piel se pela en corazón. Es que la fiebre por vía dental suele ser peor que la de las cucharadas de leche.
Los planetas comenzaron a segregar extrañas sustancias, dijo hoy Clarín. Infosiesta se abstiene y la Página de los calientes duda. Un vinito te tomás? Para cuando ardas en brasas de melittas, el café ya va a estar cicatrizado y el tapón de la pizarra un poco más pesado que anoche.
La basura inhóspita es desesperante. Plastiquitos en flor, suculentas plazas investidas del gozo de caducar. Un papel crep, una cimitarra que intercepta a los que vienen, esa intención que sobra cuando lo que falta es el apuro.
Y los restos orgánicos quedan siempre encerrados, nadie más que nosotros lo sabe.
Estuvo bueno imaginarte tranquilo mientras todos ocupábamos los marcos. Algunos de cuadros, otros de puertas que no cierran. Yo no le dije nada a nadie. A veces es mucho mejor callarse y que el empeño por penetrar cada lamparita de cada mísera guirnalda de fandango rural pague por nosotros. No!… esas luces no son blandas, carboncito, le diría, pero no tiene sentido. Igual se empeña, pobre, contra los faroles. Y finalmente cae semimuerto, a los pies de un boleto escolar que no vale más que sus sueños, enfermos de muerte, gastados de batallar, como las primeras vidas se cansaban ensayando muertes también primeras, creyendo que hay alma y descansando de a ratos en eso, inventando instrumentos, y con ellos sonidos y arquetípicas ideas, nuevas en cada propio paradigma. Algo así, pero mejor expresado, porque claro, a punto de morir de tanto golpe transparente ni siquiera me arreglo, ya ni me peino.
Que estés intentando aunque sea de costado o por lejano, arrimarte a la sola idea de desentramar uno solo de mis más ridículos conflictos, me honra, pero igual, no me hagas demasiado caso…
- i
Palabra que más cerca. lo que late esas ramas de exhalar lengua. de manos escondidas, y no es el plato ni el balanceo labiado ni todas las tardes de estornudar puentes tragando saliva y a esperar que se diluyan los rumores. un manojo de buenas intenciones y vicio. en el fondo somos buenos: no nos queda otra (algunos señores de piel estirada insisten en el chiste del perro y los cuñados) un enigma musical apropiado para masticarlo todo y quejarse a los besos.
- madre: hay algo peor que las uñas?
- no vamos a empezar con las preguntas ahora. y la calma.
- dale: nunca aprendí a leer líneas, ni ninguna otra cosa.
- tocame y ves: esta arena es días de cerrar las manos. no importa cuánto quemen los dedos ni hacer montoncitos con la sed de nada. un baile roto somos. y el resto se come. todo. como esconderse, pero para afuera.
- hace tiempo que quiero escribir gotitas.
- ¿de qué rabia estábamos hablando? con toda esta gama de colores pastel. y tan a mano.
habrá que nordeltearse o mandarse a hacer un sello. o un balde.
ii
conservo mi boleto
todavía,
pensaba vestirme de luces
y escupir balas en la boca del engaño. (ilusito)
hoy tengo una cosquilla en los dientes,
las manos listas
y una primavera
frágil
de aliento sostenido
- Guau, y yo tan sindormida tañendo sustancias que recuerdan y recuerdan que uñas y de carne y en el fondo qué? si nada labia la espera finalmente y nunca se diluyen las noches disfrazadas de noches (y no existe chiste, ni manojo, ni piel entre los pelos)
uñas, sed: hay algo peor que las madres? o el puño de arena puerca de vidas de cerrar
algo
vida
o nosotros
como sea, de cerrar
y no limar uñas que nos enciendan los dedos
mutilada la esperanza y roto el espacio y la pista
exprimir las últimas letras de los ojos no nos hace menos rabia
ni más puros los colores, tan a puño
los baldes, los señores sabios, las palabras que preñan al enojo
habrá.
pero nunca hoy
y conservamos el retorno comodín
y la mentira hecha estaciones (ilusito)
el ahogo no hace más que detener la risa
- El ahogo, entre otras cosas, cambia los colores. si no me creés probá dejar de respirar un ratito y vas a ver, al menos, estrellitas violeta arriba de los ojos. como cuando se mira mucho tiempo una luz blanca. como encandilarse para adentro.
si mahoma no va a la montaña irá a la costa, o al cono sur, o a la concha de su madre (esta última es, quizás, la más probable). por mí, que vaya donde quiera: no puede importarme menos.
cuidado: algunos incautos insisten en encender su pirotecnia al resguardo del día. no importa cuánto les avise, cuánto les demuestre que las luces se pierden, ellos la tiran igual. y creeme, no son comodines viejos, son cosas escondidas.
guau dicen los perros y a veces algunos hombres que destilan dientes perlados de un silencio lleno de gestos. guau y otras cosas dicen, cosas que guardan en frasquitos y frasquitos que guardan en alacenas que custodian casas que cuidan policías rabiosos. tanto quilombo para evitar el menor momentito de silencio. cuando a nadie se le ocurre nada (en la isla) abrimos un frasco y dejamos que el contenido gotee hasta el suelo, a veces por nuestras piernas.
¿cuando decís puño decís urgencia a manera de mordida, latido que rebota en la pija minúscula del alma? (después de todo, seguimos siendo jovencitos pudorosos: algunos le hacen a las rayitas descoloridas, otros a los gritos histéricos en recitales de los bítles y otros al punki, dicen. en el fondo es el mismo miedo a pura espalda inflamable) tragar aire para escupirlo distinto, pero sobre todas las cosas para que el lento moverse de nuestras panzas nos devuelva un pálido registro de vida.
no es lo negro ni el silencio que crece. no son espirales de estaciones teñidas por el espanto ni el loop de cranealidades quemadas: es nuestro grito, que encoge.
- Ni los perros mas locuaces guauguarían al recibir un mail premadrugado, la sorpresa para ellos no pasa mas allá de un dogui húmedo o un par de hamburguesas diet o ahogadoras. el pie (con su patada al hombro) se ve venir desde afuera, como si los ojos estuvieran cincuenta, ponele, sesenta centímetros adelantados mirando todo de afuera y sin darse vuelta ni cuenta nunca. y el depósito del agua se sigue llenando y parece que desborda pero siempre alguien nos tira de las bolas y el nivel baja un poquito y a cargar de nuevo de líquidos varios, sangre porai de luz transparente o a medio pudrir, pero eso sí, llenecita de estrelladas, destrelladas, dentelladas conchas maternales de encono azul y pirotecnia con sellos y estampitas de diosnossalve a todos menos a mí, diosnosabe cómo salvarnos y se come el comodín como grillos al cerote que salen de frasquitos que contienen frasquitos y adentro mares con botellas llenas de más frasquitos y todos vacíos y la sed que siempre se ocupa de todo y del alma macho con sus huevos chupados y la mesa puesta, yo no sé, pero que no gotee, por favor, que no gotee nada que el agua transmite la corriente y nos llevaría mas de dos mil vidas volver a subir a la canoita que anda como si tal cosa en tu costa de agua tibia de vientre. y ya sabemos que el agua caliente encoge…
- El otro día lo crucé a dios en un pasillo de canal nueve. iba con un reluciente disfraz de facundo arana y cuando le pregunté el por qué de toda la maniobra se rió sin mirarme y dijo que era para tener éxito con las mujeres. salió corriendo en dirección a un estudio y no lo vi más. tuve la ilusión de que existiera, al menos en esa tarde, la justicia divina. pero feinmann salió nomás en la tele. y de dios no supe más nada. más tarde un guardia de seguridad me informó que una vestuarista hospitalaria le propinó un trotecito casi cordial aún sabiendo que era un impostor. salvar el qué? no, no. para eso estamos ocupados. descubra quien baila estas líneas y gánese una inyección de fiebre. busque las diez diferencias. hoy veremos a dos hermanas siamesas indispuestas y a un sanguche de panceta y ajises ayudar al olvido de raúles. no se lo pueden perder. tampoco a los pistols, ni a los clash ni a nadie, en realidad. ya los conocemos, pastelito, nosotros sabemos lo que te estamos batiendo. vos andá y decí que vas de parte mía. cuando los domingos íbamos todos a plaza francia a fumar artesanías pakistaníes. las artesanías en pakistán tienen un pegue bárbaro, posta. ando buscando porque estoy en una misión apostólica, arqueológica, antropofílica o esa de las estampitas. llegan a lomo de perico, vía puerto rico, por eso el precio. si juntás las suficientes y las consumís a intervalos regulares y disponiendo de todos los avales correspondientes, te hacés acreedor a una entrada al soundgarden, que en el budhismo zenil se denomina nirvana que a su vez en egipcio quiere decir “me odio mucho quiero y quiero morir ya mismo” (los daños son para visitar las examinaciones)
- El pasillaje de Gelly suele convocar a más de un fantasma convencido de que la fiebre viene en pastillas y con el tupé suficiente como para que las paredes le reboten la imagen derretida. Digna y todo. Un buen baile cabalgando masajes hembra porque para salvarte hay tiempo y la nebulosa sigue y no deja nada para el difrute pordiosero. Éxito! y no lo vi más… solo el flequillo acongojado de feinny y sucio de dos décadas de malos pensamientos y peor lenguaje liberado a las sintomanías que chocan con miles de monos que no ven, no oyen, no hablan, ni sienten mal. Dos décadas, de casis, dos décadas de filamentos secados al sol de nuestra biblia de antónimos y gerónimos, ambos de apellidos patrios y con poco moretón poguero.
Cuál de las siamesas se pierde primero la ayahuasca? Cuál olvida primero los aullidos? Cuál celebra el rito y pide damedamedame como si corriera pisando serpientes?
Yo paso de la pornografía, la realidad es mucho más hot cuando vas en primera pegadito al cordón. mirás cada paso y eyaculás, mirás un florista que busca cambio y al palo nuevamente, un carrito de supermercado y explotás porque el carro te hace todo lo que no te hace el buda anarquista que espera sentadito a que te canses del damedamedame. Por favor, pedilo bien… con mayonesa me dijiste?
Agachate! Cuidado! que revolotea el Big Brother numismático tirando moneditas de nirvana que si te pegan te quedás duro para siempre. Parapetate en Plaza Once, debajo de los manteles que esconden gritos pasajeros, no como los nuestros que son de paquistán norte, como el viento que vuelve cerdos a los locos. (las inseminaciones son para visar los sueños)
Toma (Hopper) Número 39. Chacarita-Constitución-Barracas.
Primer plano de la venda de Él Apleno sentado en el 39 rumbo a la clínica de las Santísimas Miradas que nos Echamos de los Santos del Otro Día. El Santa Luzmía está con problemas idílicicios y no puede prestarle la atención necesaria a la producción que no está para problemas, mucho menos este año que ni te cuento la de gastos que tenemos con el tema de la Laptop y eso. Bueno, y bajando de la venda por el torso, la cámara se detiene en sus dedos que quisieran tamborillear pero que no pueden debido al peso de la alianza francesa que le ocupa todo el cuerpo (aunque no la mente, ni el alma cosa que la producción se place en notar y en mostrar en este nuevo capítulo, hoy auspiciado poooorrr Vajilla La Barricada, su vajilla amiga).
Braillemente Él nota que la siguiente es su parada y tanteando medio colectivo con su bastón de escasa mielina, da finalmente con el timbre, al que pulsa con obstinación casi torera.
Cámara 2 toma la escena desde la vereda. Apleno baja despacio, sin ayuda que nadie ofrece. Se siente abandonado y para colmo la puta ceguera bitemporal que le impide ver la mierda que lo rodea (y la de los perros) y se siente tan sucio y tan desanimado que no nota que la vereda se termina en la vidriera de una gran juguetería. Su nariz choca con ella y echa sueños de vapor, pero el vidrio va empañando la ilusión, así que retrocede dos casilleros, tira de nuevo, se duerme y se aleja rumbo a la clínica.
Cierra a blanco.
Toma 41, de blanco a venda y mano desenroscándola de los ojos.
- Vino solo?
- No, con soda, por favor
- Me refiero a…
- Si, si, entendí, pero es que soy un gracioso bárbaro.
- Ya veo
- Dichoso de usted…
(risas)
Corte.
(la producción sopesa la posibilidad de convertir este drama en comedia liviana y cree que debe probar al público con chistes fáciles para ver qué onda el rating).
Toma 42. Plano móvil del bastón siendo arrojado al aire en la vereda del Santísimas Miradas, en clara alusión al filme de Kubrick, Stanley Ezequiel, “2001 Odisea del Despacio”.
La producción está (no vayan a creer) dándose cuenta de que esta superidem puede llegar a Natalliwood sin mayores problemas, así que probablemente los próximos capítulos sean un touch más cortitos. Estirar, que le dicen.
Por otro lado, no olvida.
(”y de qué te sirve el perdón sin olvido?”)
Por otro, sostiene que es menester necesario ineludible que el pueblo sea escuchado, aunque luego no se haga nada con eso.
Otra cosa, mariposa, es que leer a Cortázar en ayunas puede traer desarreglos intestinos.
Le recordamos que hoy (todos los días es Navidad) es el Día Mundial de la Lucha Contra el Sida, y que si quiere donar, o informarse, lo puede hacer al (0054)-011-4981-7777. www.huesped.org.ar.
Esto sucedía a diario en una ciudad del noeraeste argentino, dentro una plaza bautizada en honor a un héroe nacional cuyo nombre no quiero acordarme.
Sentado en el borde de la hamaca no entendía (nadie) sus premoniciones, divinas ellas, sordo él (y todos) y el ruido sobre la arena, hueco y grave, se oía a lo largo del círculo metropolitano, tanto, que hasta el arzobispo levantaba la mirada.
Recuerdo haberlo visto caminando (yo) por medianeras de papel, sin dudar un instante (él) entre perder el equilibrio y alguna otra cosa, quizás yo.
Él sabía lo que a mí me gustaba la palabra consabida discurriendo por su boca. Por eso será que me la decía poco (cuando quiere, y más a menudo de lo que a mi humor le conviene, él es un hijo de puta)
A veces siento que los fantasmas de su vida pasada llegan sólo para atormentarme a mí (habrá consuelo en los sistemas cíclicos del alma?)
Lo quiero todo, desde el alba hasta el fracaso, me decía siempre, pero no se dejaba (nunca) y patinaba por debajo de algunos de los lagos de existencia dudosa que quedan en el parque.
Creo que la mandarina que comimos fue lo único naranja de nuestras vidas (surgida (la mandarina) de una inapropiada traición del árbol sumada al deliberado descuido de la serpiente)
Lo pasado pisado, me propuso una vez y yo me acordé de una propaganda de zapatillas. Ni un segundo de más y ni un metro de menos pactamos. Y cumplimos. Piedra y, sobre todo, vapor de ojos y horizonte.
(algunos dicen que hay remedio en una planta que habla de madres.
De puta madres)
Corrés y la fiebre
porque alguna
Mi bien
Alguna vez
Tu amenaza
Tomó la mezcla (se va la segunda)
Y si ya nada
Y la cosa
cara
se le niega a la belleza
Caray con él
Y con todo lo que él toca
Carbónico
o un prestado o heredado o anhelado simulcop
bombardeando el papel
histológico del calco
Que algo salve
al orgasmo indiscutible
en los ojos
de la muerte cierta y fabulosa
Que corra, inválida sexa, lastime y muerda!
Que ordeñe bodrios hasta la última
charca
laguna
en perenne búsqueda inmensa
supina
primera
de un piélago descanso
porque el ansia resiste y lo rojo
Arde
como chisme
como cristos de bizancio
como el abismo irremediable
de sus fosos de tormento
Lucía bella, alpargata y nueces en el patio reflejan tu adolescer cristiano de flores y cementerios, mi bella. Juan, tardes de arrollo y palermo a la deriva. Marceleste y plata, años de cuchilla, filo y bruma. Virginia y Victoria al plato tibio de las noches fuertes, sus piernas se vesan, se vomitan, se vuelan en candombes que nadie solo ellas bienviven doblevente y simplemente entre la nube de faso y en infierno verdeflor de cincuenta guita. Matilde, costanea sinuosita su andar levantando, no muestra, mira y el sol se le detiene en la frente, almíbar de plomo y música blandita. Fabiana se desviste y el agua le llueve un aroma sin vida, un buscar constante de esencias y médanos tibios, patina en religiones, me llama mamá, me dice queridayudamepordiostelopido y le doy un peso y que dioselopague y yo, sí, diosiempredevuelve y más querida serás vos y otras excusas livianas. Abstracto misticismo es el desaire.
Toma 34. Como Los años de Mary (perra).
De blanco a un primer plano de Ella girando alrededor de la silla donde él está sentado con los ojos vendados. Quiere jugar al gallito ciego.
- Quién soy? Qué quiero? Hasta cuándo?
- No pienso jugar a este juego, me puedo lastimar. No ves que no veo veo?
- Qué ves?
Corte y toma que abarca la parcela Apleno en el country. El jardín familiar, vergel como pocos, florido y sin par, contiene a las nenas que gatean y tratan de tocarlo todo. Ella no puede con ellas. La azul, cada día más hermosa hace garabatos en la tierra (para vos), Margot hace ruido con dos palitos contra todo lo que cree sólido (atrevida), y la roja arranca y mordisquea plantas venenosas (qué peligro). Un peligro el jardín. Nadie las mira. Suena Michelle (felizcumpleMichii…) en la radio portátil, pero no la Michelle de los Beatles, sino la Michelle instrumental de All that Jazz, en un enganchado para nada bailable con Vivaldi y su Concert in G, del mismo colegio. Seis minutos exactos de domingo con sol (sostenido).
La cámara gira hacia Marquitos que juega, desde una palangana, a romper con la pelota las flores del jardín. Primero, un pelotazo a cada Margarita, luego a la alegría del hogar y por último, a los pensamientos, que crecen como enredaderas y suben por la medianera, como queriendo escapar de tanto encierro inútil.
- Papá, cuándo me vas a traer la témpera? pregunta Marquitos. Margot levanta la mirada.
- Cuando me saque la venda de los ojos, querido. No ves que no veo, veo?
- Qué ves?
Ella le acerca un mate con hojitas de verdeo (para darle sabor). La yerba es insípida y abundante. Nada calma la ausencia, todos con su histeria a cuestas, a matelisto y baybiscuits. Él sonríe. La quiere tanto. Quiere tanto amarla y hacerla feliz.
- Cuando sea grande quiero enamorarte.
- Está caliente?
- Si yo pudiera, te haría tan feliz…
- Mirá esas nubes. Mejor destiendo la ropa y la entro antes de que se venga la lluvia y me moje todo de nuevo otra vez.
- …como un día de domingo.
Ella corre a buscar la palangana de Marquitos, que sale disparado de la misma.
- Enjuagala mami, mirá que se me cayó algo del blanco adentro.
- Vos y tus blancos, hacemelfavor y entrá a las nenas que se me van a deteñir cuando llegue la tormenta.
Marquitos obedece con una ternura inmensa y las lleva de a una hacia el interior de la casa. Ella vacía la soga justo a tiempo para evitar las primeras gotas de lo que ya comienza a parecer la tormenta de Santa Rosa, con su eterno delay hacia septiembre, que este año parece durar mucho más demasiado que en años anteriores.
Toma 38. Desde el interior de la cocina hacia el jardín. La lluvia ya es torrencial.
- Y papá? pregunta Marquitos. Margot levanta la mirada.
- Y papá? pregunta Ella.
Y papá afuera. Toma desde la grúa, en picada a primer plano de él Apleno bajo el agua, con la venda empapada y el alma que retoza en el recuerdo del recuerdo del recuerdo del milagro de las pieles bajo el agua de hace tanto.
Cierra el capítulo a blanco. La producción comienza a guardar todo en el camión antes de que el barro no les permita salir del country.
- Oiga… no prefiere entrar? Adentro está más calientito, Don Apleno. Lo ayudo? Quiere que lo lleve?
- Deje señor director, yo me arreglo solo. Vayan nomás.
- Como quiera. Nos vemos mañana.
- No creo. No ve que no veo veo?
- Qué ve?
- Muy gracioso…
MAXIMAS Y SERVICIOS A LA COMUNIDAD:
(su aviso “Aquí”)
Pague sus expensas.
No es lo mismo alegría sin diques, que alergia sin diques.
Leer mal y rápido aumenta el riesgo de morir horriblemente.
No todo lo que no brilla no es oro.
Alegrías y tristezas, tedio y diversión son sucesos cíclicos.
Hoy estamos, mañana no… qué más da.
Viernes 3 PM. Toma aérea de la Planta Empacadora, humo gris, sirenas, tambores. La sentada india continúa, todos esperan el humo blanco del habemus pax pero ninguna de las partes cede terreno. Sin embargo, es hora de volver a casa, y él ficha la salida.
- Pero qué de pocas son las ganas de volver… todo sangrando, todo chorreando, todo mojado siempre y pegajoso.- murmura él mientras camina hacia la parada de la Nordelteña (Cartel Blanco). No se detiene en la primera. No se detiene en la segunda, ni en la tercera y sigue caminando. Pasa la cuarta parada y sigue. Sigue. Pensando, caminando, queriendo estornudar, toser, sacar afuera las pasiones que le inflaman inquebrantables el pulmón derecho.
Toma múltiple del hombre caminando vencido por el destino, harto, cansado, va vagando, angustiado, silencioso, va del brazo de su amiga, de su amiga la ilusión. Pateando veredas y extrañando las baldosas mixtas de su infancia en Villa Balducho.
(Nda: el actor que lo interprete deberá usar una camisa y deberá: llevar muchos papeles abajo el brazo y un bolso colgado al hombre, saber que no se oculta lo perdonable, ser adorable, y una hipoteca de cienmil dolores como para, medianamente, intentar dar con el physique du rol, la psique du behaviorisme y la pisque de la más tré yolí personalité del sujet)
La Cámara 1 gira alrededor de él, que camina y camina (la Cámara 2 toma a la producción que corre sosteniendo cañas de micrófonos, cables, trípodes, carros, dollys, cargadores, audio y baterias, y archiva los rollos de súper 8 para el making off oficial de la peli)
Y de repente, súbitly, él se queda inmóvil al borde del camino, (y congela el júbilo, se llena de calma, se piensa sin sangre) se congela el aire, (como todo en julio) se congelan su espíritu y su alma. Y la cámara también. Congela la imagen en su brusca y enajenada mirada.
Una señal, una aparición, una pintura esplendorosa. La más epicúrea epifanía ante sus ojos purpúreos de repentina emoción. Un ícono magnífico de belleza imperturbable se presenta ante a él.
Cámaras 1 y 2 giran y toman planos urgentes, el foco no se demora en registrar a La Marmita más bellamente construida por manos humanas jamás de los nunca jamases: La Basilisca de La Nuestrísma Señora de los Sostenes de Fierro.
Toma general del templo, zoom y tilt up hacia La Cúpula, dónde revientan las estrellas en cámara y hacen las delicias de grandes y chicos (y de la producción también).
- Yo conozco este lugar… Yo conozco la escalera en espiral hacia allí…
Él no se amilana ni un poco y se deja llevar por el impulso frenético que le pide entrar, que lo obliga a meterse instintiva y salvajemente en la Marmita.
Toma desde el atrio, él se acerca deapoco al altar. Una luz fuerte y titilante no le permite mirar el rostro de La Diosa y lo obliga a restregarse furibundo los ojos una y otra vez, razón por la cual se le produce un desgarro de córnea de Dios y Señorísima nuestros y la escena debe cortarse para trasladarlo de emergencia al Santa Luzmía, donde lo operan exitosamente y lo mandan de nuevo a su casa hasta el lunes, que tiene que volver para un control de rutina y otro de retina.
La producción putea por lo bajo. No puede haber más contratiempos, se dicen los unos y los otros, pero levantan todo y se van lo más campantes a ver a Paloma Guerrera al Luna Park, después a comer chino porái y listo el pollo saltado con almendra y pescado rabioso.
La vida es difícil y da tanto trabajo, que si nos pagaran por ella, seríamos todos millonarios (palabras del director, durante la última curda, donde el barro se subleva, llorando su sermón de vino a la tropilla de la zurda o algo así, estabamos todos muy borrachos…)
Toma 24. Horas. Como las de Él, pobresanto, como las 24 de Bauer que nunca duerme nunca. Ni come, ni come, ni deja dormir.
24 horas las que se toma el agua para bajar lenta hacia el canal.
24 horas para llegar al hogar a disimular los destrozos.
Un travelling lo sigue por la casa con foco sobre su hombro derecho. Silencio. Sólo se escuchan las pisadas de él sobre la alfombra mojada. Llega al dormitorio de las nenas y saca los colchones. Hace lo mismo con el de Marquitos, que chorrea un poco demasiado más. El conyugal va a tener que esperar, tanta lágrima lo ha hecho tan pesado. Se queda parado y quieto mirando su cama. Gira sobre sí mismo. Medium Shot a Ella que aparece por la puerta y un Zoom in hasta el Extreme Close Up de sus ojos que comienzan a llenarse nuevamente de lágrimas.
Segunda cámara toma la escena desde el pasillo. Él la abraza como sólo él sabe hacerlo. Ella se afloja y sonríe.
- Yo te abrazo, pero no lluevas más mi vida, seamos razonables, ya no lluevas más (mira el colchón).
A blanco desde el abrazo prometido.
De lento blanco a un sutil temblequeo de la cámara con foco en la cara de él, sentado y mirando un punto muerto por la ventanilla del colectivo que lo lleva a la empaquetadora. Un travelling lo sigue, baja con él, atraviesan juntos una manifestación de protesta lunfarda contra los mandatarios de Nordelta por la recuperación de sus tierras.
Él cierra fuertemente el puño y sigue caminando. Ficha. Allí lo esperan Brisa de Pluma Fuerte, una india Taichí que se desempeña con él en el mostrador de empaque y su jefe de planta, Pacha, cacique también de los indios lunfardos, tribu que otrora ocupara las tierras donde hoy crece y se desarrolla Nordelta.
- Supimos lo de tu coqueto chalecito. Cómo están tus hijos?
- Y… lo tengo a Marquitos que sigue destiñendo y a Margot insatisfecha con su color. Parece que le vamos a dar una manito de violeta, o algún lavanda, no sé.. lo que consiga. A mí me sigue gustando el rojo sangre, que combina con todo. Te conté que a Ella le regalamos el lavarropas?
- Pero Ella no quería una camperita blanca?
- No. Ella siempre quiso un lavarropas.
Corte a blanco.
Toma del lavarropas (de carga horizontal) frenando el último centrifugado y un zoom out que incluye lentamente los dedos de Ella tamborillenado en el vidrio durante el minuto entero que demora el sistema de seguridad en dejar abrir la puerta. Tararea Strangers in the Night y comienza a poner la ropa y los trapitos limpios en la palangana verde verde. Como la aceituna. Como el mate. Como la esperan.
Corte.
Toma fija de varias sogas cargadas de ropa blanca, toallas, manteles, sábanas, todo prolijamente abrochado y puesto a secar al sol y al viento. Suave.
- No voy a llorar más.
Marquitos aparece en escena corriendo y agitado. Su cuerpo chorrea tinta, pero se lo ve radiante.
- Hoy trae papá mi tinta, hoy papá trae mi tinta, hoy mi papá trae tinta, hoy mi tinta trae papá!
Desaparece como vino. Blanco. Torrontés.
La producción ayuda a Ella a doblar la ropa y a armar nuevamente la casa. Gracias a Shinefully solo se arruinó la mesita de la compu y la conexión a internet. La producción le ofrece una cpu nueva que sacó por canje en Garbazores pero Ella lo medita dos segundos y rechaza la oferta.
- Mejor así…
(La producción de esta magnífica superproducción usa Fibertel
a sabiendas de que no existen conexiones seguras ni confiables).
Toma veinte. Toma veinte y los anuda. Toma otros veinte y otro nudo. Veinte más y sigue. Hace mechoncitos de a veinte pelos, casi todos canitas, casi todos al aire viciado de la jungla de cemento y diurna polución. Los guarda en el cofre diario que ella le regala con cada amanecer.
- Es como adjuntar archivos en falta, querido. Vos los ponés ahí, en draft, y listo.
- No entiendo.
- Mirá. Si guardás tus canitas en tu cofre, si de veras las guardás con amor, a lo mejor prosperan y crecen ilimitadamente como en ese libro de García Márquez, ese que a la chica le crecían los pelos después de muerta, te acordás mi vida? (…te acordás de mi vida? Te acordás de cómo éramos antes de los detalles de pintura de marcos? Ay, mi vida, cómo te extraño… Ay! cuánto dolor es más no verte! Me duele tanto que) …me bañaría en xilocaína si tuviéramos bañera.
- Eh? No tenemos bañera?
(a ella se le escapa una lagrimilla que se desparrama por el pasto del diminutísimo jardín familiar y produce una inundación de considerables dimensiones, razón por la cual deben abandonar la isla en una canoa que él siempre tiene a mano por si acaso llueve demasiado en Nordelta).
Toma aérea larga y lenta de la canoa a la deriva por los canales del Tigre. La familia Apleno, con Marquitos de grumete, él como capitán de la nada y ella tejiendo felicidades en RGB para calmar a las nenas que chillan como nenas, que lloran como nenas, que reclaman como nenas. Las tres en una. Las tres en ella. Las tres, débiles mujercitas desmembradas, despersonalizadas, llenas de miedo al agua (la tierra engorda y el fuego me envenena la salsa, dame aire, oropeles y valores. Dame luces patinadas que envuelvan el viciorama de tanto color inalcanzable).
Se acerca toma steadycamerada y deja foco en la cara de él, en sus ojos desorbitados de alma en remojo. Se pregunta si para abajo hay dos metros de agua o si es como el Nahuel Huapí el lago que se lloró su mujer.
- Al próximo, si es varón, le vamos a poner Nahuelito…
Corte.
Toma fija del atrio de la Parroquia de Nordelta. Aparece (por la derecha) el Sumo Sacerdote acompañado por el Chamán de turno y una intérprete bilingüe que habla español y Taichí.
- Lo sentimos mucho, querida familia.
- …
- …
- Les podemos ofrecer techo, unas mantas y un plato de frijoles. De seguro mañana todo volverá a ser como antes del diluvio.
- Gracias… (la perplejidad no la deja pedir mayonesa para aderezar los porotos) padre.
Marquitos nota la desesperanza en los ojos de su madre y se come el llanto. Nace una neurosis en escena, esto es casi como The Truman Show! (la producción está tan feliz, que larga todo sin cortes, sin foco, y se va a festejar el golazo a Las Cañitas, razón por la cual la familia Apleno pasa la noche bajo el cobijo del techo de la Iglesia de la Virgen de la Divinísima Soledad de la Hostia de Nuestro Señor Shinefully, se come los frijoles y de postre, la misa vespertina)
El capítulo cierra cuando la cámara se queda sin batería, foco en el atrio, sonido ambient, Café del Mar.
AVISO: La producción no se hace responsable de los ataques de pánico o vicios mentales que pudieran aparecer con la lectura de Lo que sangra. A lo sumo pide disculpas e invita a leer Orsai o a Bucai o similares. Si sufre de trastornos estomacales, vértigo inmemorial y calores premenstruales, aléjese de la pantalla. Si no sufre, pase la receta. Esta producción se comunica con Personal y lee Las viudas de los jueves para achicar el espacio temporal con la muerte. Elija usted cuál de estas habitaciones se ajusta mejor a su encierro. (gracias dibujitos)
Toma quince. Quince minutos nada más darse cuenta, pero nadie lo hace y los chicos crecen, la vida sigue, los pajaritos cantan, la vieja se levanta.
Mesa familiar. Cada uno en su Sitio, él con una inflamación elegante de canas, ella que sirve, Marquitos mirando el charco blanco debajo de su lugar, las nenas en sus sillitas, cada una en la suya.
Margarita (la roja) es la más feliz, siempre se notó. Es que tener al papi embobado es grandioso, ya lo decía Freud. La azul, zafa (Marquitos la entretiene y está híper estimulada). La amarilla, en cambio, sufre como perro (salió al padre), la tienen bajo tubos de luz día todo el idem porque nadie entiende que el amarillo es su color y no los anticuerpos oxidados de la madre (Freud también decía que las madres tienen todas las culpas, pero esta vez, no es el caso).
- Con tanto foco puesto en ella, se la va a creer.
- Mientras no se haga modelo. O puta… Hay más alcauciles querida?
- Si, pero son para mañana. Están carísimos… casi dos pesos cada uno… Te imaginás? Ya no sos mi Margarita… qué gracioso… Pasame la mayonesa.
- Por qué tengo que esperar hasta mañana si ya los pagué? (le alcanza la sal)
- Para que duren. La mayonesa te dije…
Corte.
Toma general del palier del edificio.
- Venimos por el aviso de Clarín.
- Si si, adelante. Es un caos, disculpe. No sabe lo difícil que es criar trillizas…
- Las expensas son caras?
- … nos comen vivos.
(la producción nota el chiste bobo, pero no le dice nada al director, porque sabe que está sensible por el Día del Niño, tantas ventas, tantas compras, tantas entregas de amor en blistercitos brillantes y cajas de cartón). (salió verso sin esfuerzo, je je… la producción a veces se divierte con tan poco…).
Corte
Publicidad de Nordelta (la larga, esa que te explica las bondades de vivir cerca de la naturaleza y esas cosas bellas que tiene la vida lejos de la Gran Ciudad y que te muestra niños felicísismos andando en bicicletas brillantes con cataforesis y dos ringtones a elección, mientras las Madres Hacendosas cocinan pasteles y toman clases de Paddlington y los papás empaquetan y venden por ahí pa poder parar la olla con pobreza franciscana en el triste conventillo alumbrado a querosén y disfrutar de los pasteles recién horneados… En definitiva, la larga, digamos… (semejante superproducción necesitaba de un buen sponsor))
Toma general del coqueto chalecito que acaban de comprar con la venta del departamento y una hipoteca de u$s 100.000 (Nda: Nordelta es caro, pero lo mássss…). Tiene techo a dos agujas, cocina amplia y espaciosa, piscina cubierta y radial y un jardín al fondo, diminutísimo, pero suficiente para un rico asadito al voleo. La familia Apleno parece inmensamente feliz y sonríe para la foto. Flash y a blanco. Pantalla muerta en blanco. Marquitos se acuerda de su drama y recomienza el llanto. Dice sollozando que su color no seca. Nadie lo calma. Fade out al silencio.
Prolongado silencio. Molesto silencio. Casi eterno. Tanto, que se podrían inventar nuevos ruidos con tal de apagarlo.
Fade in al llanto de un bebé. De blanco a amarillo, en un primerísimo plano de Margot berreando.
- No sé lo que le pasa, querido… la nena no para de llorar, seguro que a ella tampoco le gusta su color… qué vamos a hacer??
- Calmate, mañana cuando vuelva de empaquetadora, saco los pinceles y le doy algún otro color. Andá viendo cuales le combinan, así compro la témpera antes de tomarme el bondi.
- No sé qué haría sin vos…
- (Yo sí sé qué haría sin vos)
Corte.
Primerísimo plano sobre la mano de él en el picaporte del baño. Abre, entra y cierra tras de sí (la eterna costumbre de cerrar todo). Echa llave. Prende la ducha y piensa mil letras mientras se arranca los pelos de a uno frente al espejo que se va empañando de a poco.
- Qué pena no tener batería…
A gris desde el espejo (la polución, por más que huyamos del humo y de la City, llega a todas partes. Hoy, lo que manda es la Globalización. Por amor, usá preservativo)
Toma ocho. Ocho. Una sobre la otra ella se las toma (disueltas en el Chardonnay que él usó para limpiar los pinceles). Muy blanco todo. Sepulcral. Las únicas cosas con color son el mate, la uñas y la aceituna que ella se tragó (finalmente ella nunca escupió el carozo, pero él la perdona lo mismo). Él mira a la cámara, toma americana, y hace sonar el anillo contra todo lo hueco, para ver cómo suena de lindo percutiendo.
- Si tuviera una batería…
Ella grita fuerte. Cada cinco minutos (siguen los signos). Del estómago le salen tres margaritas y Marquitos las levanta y se las lleva a la ventana. La témpera blanca aún no seca y él se pega los pétalos de a uno.
- se quieren, no se quieren, se quieren, no se quieren.
Se quieren. Si no, no se explica el embarazo de las trillizas. Una para cada uno, bromean en la mesa de operaciones. Marquitos quiere la azul. Él, la roja. A ella le da igual.
- Mientras venga sanita…
Sala de espera. Marquitos llora. Él lo quiere tranquilizar y le ofrece un sanguchito pero Marquitos rechaza las dos cosas.
- Aprovechá mis brazos ahora, antes de que lleguen tus hermanitas.
Marquitos sigue llorando. Desesperado. Está todo pintado con témpera blanca (y a él le gustaba tanto la azul).
- Sin bichos, pero sin miga (el placer nunca es completo). Si no lo querés, no insisto. Yo sé lo que se siente al masticar esto.
Marquitos se ahoga en llanto, es insoportable. La enfermera les prende la tele. No los aguanta.
(Publicidad de lavarropas y cocinas. Se viene el Día de la Madre Hacendosa (y buena). Vamos con música enternecedora (pero convincente))
A blanco (a pesar de Marquitos).
Volvemos de blanco, toma panorámica de la Gran Ciudad (todos están en la Gran Ciudad, incluídos él (sugerente…) y ella).
- Se lo envuelvo para regalo?
- No no, me lo llevo puesto, gracias.
Toma de él alejándose, vestido de lavarropas. A blanco nuevamente. Blanco y suave algodón (venía con un Vívere y algunos enzolves verde aceituna, verde mate, verde esperan, de regalo)
Marquitos, amoratado de tanto llorar (nunca paró) esboza una sonrisita al verlo. Una mueca.
- Puedo yo? Puedo yo?
- Si. Vení. Metete adentro, así le damos la sorpresa a mami.
- Mamá me dijo quería una camperita blanca que vio en el centro.
- No. Mami siempre quiso un lavarropas. Vení. Metete.
(lloran los dos)
Cierra a negro.
Se escuchan los gritos de alegría de ella al ver los regalos y las carcajadas de los seis. La familia a pleno, la ropa limpia.
Baja la música. Bajan las risas. Baja la temperatura.
Baja la campera.
(queda el sonido del tránsito porteño, que no baja nunca. Nacer en Buenos Aires, definitivamente es insalubre).
Siete menos diez. El llega. Ella lo espera con el pincel en la mano derecha, un mate en la izquierda y una aceituna en la boca. Él hace un ademán de beso, para comerse la aceituna, pero ella se la traga y la apura con el mate. Perplejo se queda con el pincel y busca la tempera roja para empezar con los deberes. Hoy, marcos.
- Marquitos está tan lindo… se está poniendo hermoso, no mi vida, mirá, si hasta tiene tu puta atracción por las mujeres. Ay, Marquitos… no le hagas esto vos también a mami (signos).
(solo queda témpera blanca y eso lo exaspera más que saber que ella no escupió el carozo).
Venimos de blanco, como en sueños.
- Vamos de paseo querido, vamos. Nada personal. Just checking tu amor, mi amor. Yo te manejo, así no te cansás, no te aburrís, no te odiás de tanto simular, quedate tranquilo mi vida, yo manejo.
Toma aérea del sueño del hombre y un zoom anatómico a las partes.
- La polución me está matando, nena. No sabés cómo te extraño cada vez que me toco, no sabés. Toso y toso como nunca. Es que tanto humo en la cabeza, vos sabés y las aceitunas. Esto no me hace nada bien.
La ruta se aleja hacia algún satélite y vuelve haciendo otro zoom al sanguchito de salame que traían por las dudas, por si el tedio irritaba más que el ácido.
(se ven claramente los dedos de ella sacando los gusanitos para dárselo limpio a la luz de sus ojos. Vacíos. Porque. No. Lo. Ama. Más. Y eso la aburre y se entretiene con lo que puede y puede poco)
- Que se lo coma entero, putamadre, así se duerme y puedo extrañar tranquilo por la ventana la vez anterior sin tus sanguches horribles, si yo quería de miga, por qué no me hiciste de miga si yo (se duerme)
Bolsos, enseres, monederos y papeles. Lagañas. Humo, bancos y todo el mundo en pantalones (para que él no sufra, porque hasta ese nivel llega el detalle de todo). Seguramente ella se está enterando de que él no se lo dijo y seguramente comienza a sembrar la ilusión, aun sabiendo que es difícil de creer, casi a punto de caer, no siente miedo, sigue sonriendo (sé que te excita saber hasta dónde llegaré). Pero sigue. Increíblemente.
Taxi. Porque sí. Es lógico. Por qué no? Ahora nada nos libra. Nada más queda.
- Cuanto es, viejo?
- Nada, invita la casa (guarda la billetera).
Chin chines festivos. Guirnaldas alusivas. Foto de perros muertos en patio viejo.
- Y vos que me decías que nadie te quiere, mi amor… mirá querido!
- Me dejarás dormir al amanecer entre tus piernas? (para ocultarme bien y desaparecer entre la niebla, piensa)
Pero no. Ella solo está probando. Sus piezas tiernas y solidarias quedaron atorando alguna máquina infernal.
Taza, taza y esta vez ya no todos usan pantalones. Ella ya no quiere aliviarle la pena. Ni la culpa, y manda a sus ángeles recién muertos a que le recuerden a él lo puta que es la vida mala cuando no se la rocía con antiácidos de adentro hacia fuera. Tanta aceituna contrariada, tanto carozo taponando el sentimiento.
Toma… como siete, creo. Si. La obvia. De nuevo un zoom violento (hay abuso de recursos, lo sé) al sanguche. Ella tiene las uñas pintadísimas.
- Viste? Tu mamá los hizo sin gusanitos. No quiere que nos enfermemos. Qué divina es tu mamá, y vos que nunca te acordás de ella. También vos… cómo te va a querer si nunca la llamás ni le mandás encomiendas. No querés uno? Dale… así dormimos un rato.
Me convirtió al brillantísmo la maestra de mi hijo durante la última entrega de boletines de quinto grado. Al principio me desesperé, y amenacé con cancelar la reunión, pues el estatuto escolar deja bien claro que no pueden catequizarnos en clase, pero Ceci, la seño, me dijo que una reunión no era clase y siguió tan tranquila adoctrinando mi cabeza.
Cuando empecé a notar la transformación me fui calmando, y me di cuenta de las ventajas de la fe frente a mi desolada y desértica vida de antes, sin ilusiones ni esperanzas, ni expectativas de nada.
Ahora soy uno de ellos. El trato con el resto de los padres es bueno. Cuando nos cruzamos nos saludamos con sonrisas y bendiciones, y a los que no adhieren, los invitamos tranquilamente a la reunión siguiente.
El opio, tarde o temprano, los convence a todos.
La escultura de Botero se desparrama por el suelo con una flor cruzada en los labios y con nada en el ojal desnudo de su cuerpo.
Mira con chispazos de violencia. Te destrozaría asquerosamente si tan solo te acercaras.
Ella te mira mientras mastica su flor (y a quién le importa si ella la riega?)
Te fuma entero sin que vos puedas ni siquiera enterarte de que ya sos
humo en sus pulmones.
Ella te lame, te enciende, te recita tus miedos directamente en la oreja
y vos nada podés decirle, porque para qué, si ella nunca te oyó (y no va a empezar justo hoy) y te quedás. Mojada la oreja y seco tu destino de maestro mayor de obras. Cansado. Harto. De. Hacer. Siempre. Nada más
que dos plantas. Una. Y otra. Y otra vez.
Manteca al techo del primer piso. Para patinarte encima, y en la noche, a la sombra de tu sombra, con tu gorrito de lana y el termómetro en los dientes darte cuenta de que hiela. Hiela y tu boca. Hiela. Y tu boca. No puede disimularlo.
- Dame una pizca del goce de vivir.
- El camino es largo y la prisa indebida, mi querida.
- Es endiabladamente difícil no ansiar el fracaso.
- Vienen a nosotros, pero no se convierten en nosotros, ángel. El león no prueba el pasto cuando visita al ganado. Y el ganado no debería ver al león como un insecto fastidioso.
- Quizás una parte de mi ser anhele ser devorada por los leones.
- Deseás la sabiduría del infierno.
- Infierno o Paraíso me dan exactamente lo mismo. Yo no me disculpo por lo que soy.
- Te vas a quemar.
- Me vas a quemar.
Yo lo miraba correr. Corría con las manos como alitas, para todos lados, casi sin mirar nada más que a mí. Quizás haya querido chequear en mis ojos una calificación, un elogio para su locura, para su libertad momentánea de parque eterno, correteable.
Cerca del mediodía, se sentaba en la fuente y se mojaba íntegro. Yo no sé cómo hacía, pero quedaba como nuevo en apenas dos minutos. Y enseguida me pedía algunos sanguches y se los devoraba como si hiciera siglos que no viera uno, aunque yo siempre llevaba varios para él.
Verlo comer era agradable, a pesar de su apuro. Comía con sonrisa. Al día de hoy, no puedo recordar su cara en otra circunstancia. Ni sin sonrisa, ni sin sanguche. Su cara era eso, una mezcla de sonrisa y migas de pan.
Después, sacaba un sachet de leche de la bolsa y le mordía la punta. Un agujero chiquito del que mamaba el litro entero. Solo algún chorrito le hilaba cada tanto el cuello, pero hasta ese acto salvaje quedaba elegante en su cuadro. Litros y litros debo haberlo mirado tomar por aquel entonces. Litros de leche buena, que se hicieron dientes hermosos, huesos fuertes.
Él decía que la leche se hacía dientes y que la cebolla se convertía en pelo, y que por eso él era rubio.
Yo nunca entendí lo de la cebolla, pero me reía cada vez que lo decía, porque todo lo que él decía, para mí sabía a mieles, a estufa con cáscaras de naranja, a paraísos en flor.
Todo transcurre alrededando mis hilos
Yo no hago nada, todo se hace y yo
Sostengo el abismo
Cuelga de mis manos
Juntas. Pronas. Heladas.
Un perro me mira y envejece fulminante
Brotan golondrinas de su cuerpo
Levantan viento y huracanan el polvo
Sobre mis dedos
Lacios.
Y ellas también caen
Pero algunas quedan flotando el aire
Como nubes de pluma gris
De día gris, de vida gris
Recordando que recordar es de ese color exacto
Un tango me aceita los nudillos
Llueven letras de nuevo al precipicio
(El barco está volviendo a casa ahora)
Y el faro
También borracho y mareado entre los cactus
Que imprime tu selva para hacerla más altiva
Con el alma abierta y el viento soplando de tu mano
Y tus (plumas camino del nido tiemblan como seda)
Y mi amor que vuelve de otro domingo más muerto
En balsa mares cáscaras de llagas novedosas
Haber amado por momentos me hace grande
Todo es sinsentido
Y las vigas caen
No ves?
Cada segundo
Sin más que prisas.
Atravesás el aire que te separa sin esfuerzo
Y te dejás ver más allá de vos
Y sos botella con mares llenos de botellas
y de mares
De socorro, de auxilio, de alegría intensa
De sabiduría mujer
De encanto dormida
Majestuosa en el alma que te riega
catarata
por tu ropa humanidad.
Quieras no opacar con tu piel tu llena de talentos
te cela tu piel
tu piel que no alcanza y se exaspera.
Pica tu alma? Pica mentir necesidad?
Pica sentir tu amor enorme?
Rascasol. Rascaedades.
Entre tus dientes, caracoles y arena, algas y sal
Me avisan tu naufragio es dominó de tu talento
Voy a gritarte por tu ojo mucho verde
Hasta que diluyas el vidrio
Hasta que notes tu presencia en tu presencia
Me arden los puños de saberte maravilla.
Todos nos resistimos al goce
De la humillación de yacer derramados
Damos nuestras aguas, la risa
A ojos abiertos. Miramos
No, nunca. Nadie sabe y entonces
La negra entrega es negra
Y la blanca belleza, un disparo
Sábanas que abiertas cubren
Ciegan amantes, secan aguas
Parte a futuro lo que une grácil
Bellamente
Sabio vive lo que va a morir
Que sin muerte no hay retorno
Y sin retorno, el amor
Suicida. El amor suicida
Mar alma sangre soles
Vasijas barro humo motor
Que no viene
Granada, brillo general compasivo
A tu ritmo. Sabio en vos
En mi duda
Dudamente sueña el deseo
Habrá sido? Será que habrá sido?
Si en cada cuerpo de dos
Hay la gracia de un alma
Quebrada al inicio del inicio
Lunes de la creación, alma rota
Primer ensayo
De munditos, fuegointensos
Graves en su medio
Cómo en infinito hoy se encuentran?
No estaba en los planes
Reparar el daño
Hordas de ángeles atacan
Las mitades
Vallan caminos
Piedras, palabras
Silencios, errores
Siembran en el paso
Obsecuentes militares
El error será cubierto, Majestad
Nadie sabrá de su desliz
Aguatumba de amores
Indecibles, secundarios
Maralientos inmorales
De acre y pulcro absolutismo
Sacramentos del capricho
Oscuran y amurcielan
Trasvasando los empeños
Que derraman delirantes
Tierra firme en lo bebible
Las versiones poliocéanicas
Del sepulcro de las alas
Soy cómplice del mundo en el saber de su risa
Y culpable de la gota
Que derrames a mi orilla
Miedo, falta, muerte mansa
Simpatía de verano en tus rebordes
Manejan la noche tus migajas
Dominando al equilibrio, hacen cumbre subterránea
En las voces infantiles que mascullan universos
Perdidas en la sombra de los soles sin descanso
Aguamar. Janaína. Vehículo de amantes inasibles
Tumbaliento feroz del amor encarcelado
Contemplo tu carácter
Ladrón de consuelos
Captor de humedades
Pero. Aun lo recuerdo
Hubo una vez
Su cabeza en mi hombro
Generoso saber el del agua
Que toca a la semilla por debajo de nosotros
Haremos sombra a su brote desparejo
Principal, vertical, arrasatierra
Le haremos sombra a la vida que lo logra
Daremos testimonio, diremos que nació
A pesar de los nosotros que indignábamos el barro
No le importarán las voces, ni la noche, ni el deseo
Ella subirá
Para hacer su propia mezcla con el aire de los aires
Y hasta el final de los tiempos, la veremos voluptuosa
No tuvimos nunca el derecho de quitarla
Primitivos forcejeando con palabras
Nosotros también hemos subido
Dirá
Estos duros escalones de existencia peregrina
El arca asimila embriones de nostalgia
Pero nunca alcanzamos a parir al muerto
Ni a la desnuda conciencia de no ser imprescindibles
El agua misma se descompone a nuestra sombra
De tanto sentar cabeza, hemos culpado a las sillas
Hemos perdido la gracia
Qué esperanza nos abriga
Con qué vanos gorjeos nutriremos a los hijos
Cómo no bajar la cabeza
Cómo no sentir vergüenza
Si se nos ha olvidado la esencia
Si ya no hay revolución
Desde el auto lo descubre y sabe que él es el hombre de su vida.
Fantasea rápidamente una cena con él, una tarde con él, una existencia con él.
El semáforo se suelta. La primera no entra y las bocinas comienzan a apurarla.
El hombre deja de interesarle.
Desde el auto lo descubre y sabe que él es el hombre de su vida.
Fantasea rápidamente una cena con él, una tarde con él, una existencia con él.
El semáforo libera la caravana. Ella pone primera.
Ese hombre no le pertenece.
Simulás ser un hada maldita que recorre las turbulencias del alma.
Una nube te acobarda y tanto amor te guapea. Puta. Mil veces mal.
Hada simulante. Creadora de holocaustos y de mares inmetibles.
Deberías someterte a tu misericordia. Dejar de lado tu fiebre volida.
Y miseriar a los que te robaron tanto. Más que la vida, los sueños. La libertad. Y hasta a un poco del hambre que también te robaron. Casi una herencia. Es sólo cuestión de decirlo, lo entiendan o no. La cosa está muy clara. Los cuerpos relajados y las respiraciones violentas.
La demolición es a dos cuadras de acá. No nos van a afectar los escombros.
Vos quedate mirándote fijo en la virgen. Eso no falla nunca. Vos mirala bien.
Las flores se van a ir pudriendo, las velas. Pero no te preocupes.
Vos seguí mirando. Hasta que ya no se muera y se vuelva acuarela en tus ojos.
Hasta que tenga que simular también ella el milagro.
Hasta que grite de sangre, de limpieza, de tul, de baldes, de boda.
Vos seguí. Seguí mirando.
Perdices y amores, aprendan de esto. Miren también!
Que ya llega el misil a explotarle el costado.
- Adónde se escondió la noche de tus ojos?
- Por qué no mirás esa ola? Se parece a vos.
- No me vas a contestar esa?
- Es que la ola se te parece. Y hace un miedo de locos.
- Hace años me gustaba creer que yo era primavera.
- Vos no creés que hace un miedo de locos?
- Para mí que hace tiempo. Mis dedos están entumecidos. Será la tristeza. Adónde se escondió la noche de tus ojos?
- No había notado lo de tu risa.
- Una sensación rara ver una ola con forma de mí. Es lindo esto de las raras sensaciones.
- Me voy a tirar vueltacarnero desde el cubilete y le voy a hacer jaque a ese ancho de espadas que tenés en la gatera.
- Linda frase. Yo voy a ver si me hago unos mates salados. Me irritan bien la garganta.
- Te dije que ayer cumplí ciento veinticinco días sin mirarme?
- Adónde vas cuando nada alcanza?
- Yo me quedo quietito. A lo mejor no se derrama.
- Si, claro. Suena lógico.
A casi un año del inicio de la tragedia, cada domingo, la psique sigue expuesta a riesgos por fallas en el funcionamiento de la percepción.
Luego del último siniestro, se incrementaron las inspecciones sobre los individuos, muchos de los cuales fueron aislados y hasta excluidos, de modo que, en la actualidad, sólo funciona la tercera parte de los de hace un año.
Sin embargo, como señalan desde la propia Intuición, en ese período aumentó la actividad emotiva en zonas no habilitadas, situación que beneficia a aquellos sujetos que no reúnen las condiciones exigidas, en detrimento de quienes sí operan con los papeles al día.
Por otra parte, como también reconocen fuentes oficiales, el sistema de sanciones es tan benigno, que permite que sujetos sancionados varias veces vuelvan a ser funcionales luego de pagar una multa reducida.
Todo indica que, a pesar de la magnitud de la tragedia vivida, ni el Súper Yo, ni la Intuición hicieron los esfuerzos necesarios para adecuar el sistema de controles y de sanciones a las necesidades del Yo, priorizando las luchas internas por los espacios de poder. Se sabe que, durante esta etapa, ambos organismos invirtieron una notable cantidad de horas sesión y de energías en pujas vinculadas con la distribución de los espacios de placer.
Éste estado de situación coloca en riesgo a todas las zonas que intentan la felicidad y las obliga a suplir con su propio juicio y criterio las fallas en el funcionamiento de la Intuición y los abusos del Súper Yo, otra consecuencia que genera una competencia desleal entre los individuos, viéndose perjudicados aquellos que invierten para cumplir con las normas establecidas tendientes al bienestar general (y particular) de las partes.
Desde el comienzo siente que algo lo espesa, que su sustancia incompleta y virgen tiene una acústica distante, que las voces escórpias y las máximas sagitarias flamean en su inteligencia y descargan significados que intenta adivinar.
Cada astro lo confunde y el espacio mismo se descomprime en milésimas inalcanzables y en zumbidos de mercurio infectado con agujas.
Espatula respuestas y tiñe con sangre sus rojos vespertinos. El mareo de tanto caos lo irrita.
Ya no recuerda las poesías leídas, ni el rigor de la balanza. Todo sabe a café quemado, pero ya no todo se vomita bailando.
Las señales lo confunden, y una marquesina de leonas, toros y cabras se inconexa en su orilla y le eclipsa las prudencias. Las murallas ocultan tumores y en el mar lácteo, dos peces gigantescos contienen la respiración y huyen de la incertidumbre.
Antes de dormirse, entre millones de estrellas, tiene tiempo de desear
que un fuego semiariano lo convierta en galaxia digna.
Había otra vez, ya no una mosca. Esta vez, era otra cosa. Desconocida. Enorme. Gigantesca, monstruosa. Que vivía a pocas manzanas de mi planta de geranios, planta enriquecedora de plutonio que, bañada en agua pesada y sahumada con cigarrillos de todos los colores, transcurría sus días muy deliciosamente.
Ésta otra cosa, acrecentaba su power desde la ventaja dada por la cercanía, por la vecindad con mi planta de geranios, y se llenaba de electrones libres que, cada segundo, aumentaban su velocidad orbital, obviamente, alrededor de ella.
Le orbitaban, cada instante, más y más partículas que la enriquecían pero que, a su vez, la hacían mas tóxica y potente.
Y ella se preocupaba, cómo no hacerlo, porque sinlentamente se iba volviendo inestable, peligrosamente delicada. Un disparo más puntual en su núcleo, y listo. Chau. Todo al recarajo. Todo lo logrado, chau. Kaput. Se finí.
Por eso, esta otra cosa se esforzaba por girar en contra.
Ella batallaba por volver siempre el tiempo atrás. Antihoraria.
Como Superman I, enajenado, queriendo salvar a su amada Louise (por qué nunca nadie piensa en Thelma?).
Y se moría por convocarlo, muy a pesar del día, muy a pesar de no tener la clave, el número mágico, muy a pesar, su muy pesar. Su gran pesar de domingo madrugado sin noche previa, más que en sus ojos, como decía Aute (aunque ella odiara a Aute más que a su destino de ser simplemente otra cosa. Desconocida. Enorme. Gigantesca, monstruosa.)
Y entonces se aflojaba de la pena, se resiganaba y dejaba caer los hombros y los párpados, y a los electrones hacer su trabajo y al reactor dispararle, bien en el centro de su núcleo, ese neutrón que le hiciera la fisión suficiente como para romperla en miles de millones de trillones de pedazos y obligarla de esa manera a rearmarse de nuevo, cíclica. Tricíclica (aunque ella odiara el pedaleo, tanto como a Aute, o quizás un poco menos…)
Abandonó los papeles mientras se iban carbonizando. Dejó atrás todo: palabras, signos y las más ideales historias aún no escritas.
Huyó como lo hacía siempre de los placeres.
Luego, desde lejos, desde bien lejos, y viendo como se elevaban las llamas, pensó en describir esa furia y al miedo, pero las oraciones se le resbalaban asustadas por entre los dedos y tuvo que contentarse con un mirar indolente y desgraciado, con oír el crepitar de su fueguito, que ya se iba extinguiendo, y con no sentir más que el lamento azul que se le aparecía de a ratos.
Las estaciones pasaban como trenes, insultantemente ajenas, y las novelas seguían sin crecer, como si las llamas las hubieran arrancado de raíz en una profilaxis ridícula hacia el amor.
Atrapado por nuevos espejismos, y más resistente a la locura ajena que a la propia, sintió que aquellos relatos aparentes formaban un vacío denso y celular, y notó, en la soledad que le reflejaba ese humo, la Némesis de su desmesura. Entendió. Que cuando finalmente las musas lo perdonaran, ya sería demasiado tarde. Supo que cuando pudiera volver a escribir, ya no habría ojos, ni pieles, ni lágrimas, ni almas salvajes que quisieran regresar. Supo que estaría solo en ese infierno de fuegos sin sentido. Supo que ya nadie volvería. Ni a leerle las historias, ni a sanarle las heridas.
Ella sabe. Ella podría traducir y revestir todo con el mismo blanco acartonado de las mangas atadas por la espalda y dejarse llevar. Libre.
Pero elige quedarse y mecer el miedo. Para controlar. Para someterlo. Todo se escapa del orden.
Existir o desertar.
Y cuántos significados quedan. Cuánto más por descifrar y ni matándolas de a una y ni sosteniendo los féretros los restos las letras pueden decir que nada alcanza.
Seducir o asesinar.
Y todo pasa el tiempo la vida el gris lamentos amparando a las que quedan que redundan en la nada. Una a una las desangra. Una a una las cercena. Una a una las aplaca las mata las escolta hasta su nicho.
Matar o se quedar.
Y cuando ya no importe y solo quede el verbo esperando arrasarla y la luz. Cuando ya nada importe ni el luto el asombro la pena la vergüenza. Cuando la pregunta sea el signo y la respuesta el punto. Cuando solo sea el verbo flotando en su silueta.
Amar o respirar.
Ella espera. Agazapada en el silencio de su mirada clandestina. Ha descubierto algo y ya no puede ser la misma que declamaba paxfelícitas mientras escupía los dientes y se atragantaba con su propia sangre. Ya no más de eso.
Desde su cráneo se le puede ver la médula, y chorreando por ella, los restos de varios caramelos de menta. Triste escucha todas las historias que le cuentan los espejos. No se conmueve y acecha desde el trono sofista que le fue prestado con el conocimiento de la nada, ese que hoy le revuelve el estómago y que intenta sofocar con alcohol y drogas blandas.
Tiene pájaros en los colmillos y vampiros en los pies. Social se mueve en la parcialidad de universos atascados. Encuentra insípidos el silencio y la compañía. Lumpen en reposo. Ya no más de eso.
Piensa en el tiempo que consume en maquillarse y en los minutos perdidos en el aprendizaje de otras tantas banalidades que le duran para siempre. Ya no más de eso. Ya no más cigarrillos de desgano ni palabras ampulosas sobre conocimientos vanos. Ya no más libros, ya no más letras, ya no más nada sobre la nada que ella ya sabe.
Cierra los labios y dentro de ella, quedan los pájaros de sus colmillos y la leyenda de sus zapatos. Ya no más nada de tanta nada. Ya no más nada.
Ya no más.
Si un día alucinado, de esos pocos que renguean
Como pájaros quebrados que se miden lo que falta
Me ves
Voluntariamente llorándole a la tarde
Velando su luzúltima, barroca entre las nubes
Copiados sus mil rojos de mis ojos imperantes
No reanimes con tu calma, vicio pulcro
(de la sabiduría que te hermana al estado de la sangre)
mi razón.
No me salves
Y si soplo impunemente en mis fríos calendarios
Una nieve entorpecida
Y le enhebro a las montañas guirnalditas de nostalgia
No me tapes, no me arrulles
No me atajes las caídas aunque veas que interrumpo
Y me caigo como gajo en vacíos de cemento
No me laves, no me cures
No me alivies ni un peldaño el camino hacia la cima
Ni observando que es estéril esta grada aniversaria
No me salves
No me informes asistente
Si permito en el camino a mil millones y una noche
Convertirse en miradores de presentes mutilados
Si en perdones de vigilia duermo amores contrariados
Dame ser en lo que creo muchas veces sin milagros
Sin pavores combativos que destronen mi locura
No me avises misionero, si del gozo de las pieles
erradico mi alma injusta, la balanza inquisidora
del silencio que presagia los desiertos de mi boca.
No me salves
No serenes ni un segundo el dolor de mi partida
Aunque veas que me hundo en lo divino de mi sombra
No me esquives de mi trance la mañana decisiva
Ni propongas reservorios al restito de mi aliento
No me evites que transcurra el sacrificio de las almas
Que es la cuna de mi vida este andar sin amuletos
Y la muerte de lo muerto, la señal de que resisto
Si ella se muestra
un universo desaparece
Si ella canta
la tierra suspende su girar
y se detiene la noche
Si ella busca
mis huesos fracasos le brillan a la luna
se dejan encontrar
Para sanar
Para sanar
Si ella habla
mis ojos descienden
vuela mi suficiencia
La Vieja, lenta, sabia
Loba de beso, diosa
de barros leídos con los pies
Sabe de cuerpos
huecos por la ausencia
Si ella baila
su ritual me catequiza
y de orejas se alfombra mi cuerpo
Se entibia su ropa
Si ella me mira
Si ella sonríe
visitaré su dentadura
y sabré
si ella quiere
si ella me deja
si se conmueve
si dios existe
En la medida en que esa cosa de la transversalidad pretendía tomar forma como proyecto de alma, la vida, vacunada de los desentendimientos que había vivido, acompañaba las ciclotímicas tempestades, tendiendo una sábana de riesgos que dilataban la comprensión de una homilía insípida y unitaria.
Paradójicamente, ese ensanchamiento ocasionaba un ruido en los discursos que habían construido los imaginarios de hasta cinco versiones de una misma vida. Y todo esto en el interín del propio rock mental, donde la rampa de la oratoria doméstica y chauvinista había impregnado lo que alguna vez fuera una canción colorida, fatua y con destrezas retóricas que la llevaran a los mismísimos laureles de la introliteratura personal.
Sin embargo, en ese nuevo concepto, salvajemente frontal, la vida se había rebajado a una segunda instancia, y su orador, había usurpado su papel protagónico.
Pero la vida, divina ella, supo encontrar también voces alternativas que participaron en otra construcción de la lectura del alma, una desconsolada, escéptica y melancólica, que, si bien aspira a transformarse en un amplificador unipersonal, no pretende la titularidad intuitiva de todo.
Se trata de una sangre instantánea, y al mismo tiempo contrariada, que, pese a que sufre también los trastornos del alma, no siente la presión de representar sino a su contexto inmediato. Esta vida descorazonada, que encuentra antecedentes remotos en todos los espejos, atraviesa hoy un caleidoscopio musical que tiene en la precariedad de la voz y la modernidad del word, sus principales herramientas.
Y no sé a cuento de qué, pero es lo que hay.
Se sentó.
- El grito ya está listo.
Y respiró con la exquisitez de quien devora historias. Inhaló como alquimista que junta materia, o paciente brujo que concentra hojas en Candem (solo por fuertecreerlas diarias trayectorias de estrellas).
Yo esperaba dormida que pasaran (cuántos dijo?) trillones de solsticios? Muerte, vida, muerte y así? Así era?
Porque yo suponía que a ella no le iba a alcanzar ni todo aire, ni todo el vacío, ni todo el nada de nada de nada.
- Cuando quieras.
Y una gota de oro