Archive for the ‘Aire’ Category

Lhasa

enero 6, 2010

(1972-2010)

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En otro orden de cosas…

marzo 18, 2009

Todavía ensayo la floración a pesar de que toda ternura parecería vulgar. Todavía ensayo el arroz suficiente que me seque el cansancio.
(es que apoyarme en lo extraordinario es lo único que me confirma que acá no pasa nada)

Esquiva la caída, lo veo desde mi cama -aún no he podido sacarme la vergüenza. Lo hace. Él camina sobre hilos de arroz.
Antes fue –o pudo haber sido- una foto de Moriyama, pero ya no. Parecería que se desteje -como quien habla de su propia muerte y así muestra su presencia ante las cosas- pero no, tampoco es eso.

Me gustó Moriyama porque su nombre me sonó inmediatamente como el de alguien conocido: Una enfermera – o era una mucama, o era una ilusión o una fotografía de esas que crujen a los ojos de tan secas o grises, escondidas para siempre en la comodidad de las cenizas?
No hay modo de saber quién es quién en ciertos libros. Y ahora, después de Moriyama, tampoco hay modo de ver qué lugar ocupamos en las fotos.

Alguna vez le hablé -le advertí, mejor dicho- del peligro de aventurarse por los techos, pero él, nada. No quedará nadie, ni loco, ni negro que cante gospel en el mundo, le dije.
Me contestó que “seguramente” – él es un encanto, nunca me contradice- llegaría la noche “esa”, de la que yo le hablaba, “a aplastar a todos entre la estupidez y el delirio”, pero que él estaría a salvo del incidente.
La noche “esa” de la que yo hablaba, dijo.
Después de eso, para qué decirle –avisarle- que la noche – “esa” noche de la que yo hablaba- sería un infierno, si era ese infierno mismo algo dignísimo de su gusto?

Es indudable que la ciudad crece, pero de noche parece detenerse. Desde los tejados por los que él deambula las botellas de las tapias son coronas afiladas. Todo es accidental (de noche, cualquier sonido se puede volver un ruido tremendo) Todos quieren ese cristal. Muchos lo piden (para después desangrarse con ganas)

Esquiva la caída aunque abajo ya no espere nadie. De qué cosa será garantía el silencio impar?
El perdón llegará? El derrumbe es inminente.

Funny Girl

febrero 6, 2009

“Pero peor que peor,
lo que le pasa al perro Goma
que cuando se rasca se borra
que cuando se rasca se borra.”

Omar Argentino.

Nunca fue fácil. La presencia de los lobos nos acobardaba -nos acobarda aún hoy- y no habíamos decidido si íbamos a volver, o derecho a atravesar los blancos dibujados con las tizas que el bienestar tarjetero nos había dejado como migas mientras nos pasaba por arriba.
No recuerdo quién de nosotros, una vez muertos los lobos (o esquivados), fue el que aceleró, se adelantó, dibujó los blancos y volvió corriendo sobre sus pasos para convencer al otro de que los atravesáramos juntos. Tampoco si yo -de los nervios, supongo- me puse a hacer sombras de animales con las manos, o a tomar distancia como solía hacer cada vez que aparecían los lobos.

– Cómo piensa contarme su historia si no se acuerda de las cosas?
– Es que son datos anecdóticos y sin ninguna importancia. Qué más da si fui yo, o no, si acá el tema es que el bienestar nos sacó varios cuerpos y que adelantarnos a cada rato para dibujar en el mapa los blancos a traspasar nos llevaba más energía que correr guiados por los olores de los lobos?
– Pero debería usted recordarlo. Fue parte de su historia.

(dicen que quienes no guardamos ni convocamos, y dejamos desaparecer los recuerdos, nos quedamos desprovistos y vacíos, dependientes del futuro, porque el pasado no nos pertenece)

– No lo creo. La memoria tiende a ser despótica, invasora y excesiva.

La cosa es que a pesar de lo demorados que íbamos y de las ausencias extremas que los dos llevábamos encima, llegamos a tiempo (ahí adonde las paralelas se unen) para ver al verdugo vestirse de ceremonia: Una a una –pudimos verlo muy de cerca y casi vivirlo en carne propia- se acomodaba las navajitas.

(los verdugos también tienen toda una historia con el tiempo y los apuros que nunca celebran, porque los apuros vienen de la necesidad del sujeto de buscarse a sí mismo, y sabido es que a los verdugos sólo les interesa saber si durante la ejecución tiene pensado llover (“don’t rain on my parade!”) o si pueden salir tranquilos, sin miedo a que se les corra el maquillaje)

– Y por qué no los escribe? Si para eso, en el afán de conservar los recuerdos, el hombre inventó el tiempo y la escritura.

(y escribió, sistemáticamente, por siglos, cada detalle de su historia, cada dato, cada sensación)

– Para conservarlos o para reinventarse?
– Véalo así: Al escribirlo, se volvió un productor de la exteriorización de sus recuerdos.
– Eso es inexacto. Los recuerdos son inasibles: la memoria siempre exagera los contornos.

(y los negros, y los blancos…)

En realidad, nosotros éramos de los que opinan que la esencia de las acciones está en la previa, en la preparación del momento, y no en el momento en sí. Por eso es que vivíamos a mil, yendo de una celebración a la otra, buscando los camarines de los verdugos y –claro que dependiendo del sistema en el que estuviéramos inmersos- también de los payasos. Verlos maquillarse era el premio a todos nuestros viajes. La búsqueda misma del vínculo entre la preparación como tránsito –o trance- y la muerte –o la carcajada, vamos- como hecho final.
Si yo hacía animalitos de sombra con las manos, o tomaba distancia escondiéndome en mi hombre, si había sido yo la que corría a dibujar, o no, quiero decir, recordarlo ahora, qué sentido puede tener?

– Yo creo que hay un tiempo para guardar y un tiempo para olvidar…
– Todo es olvidable.
– …y uno para apurarse y otro para llegar.
– Pero si nadie nos espera, por Dios…!

Vimos en detalle todos los principios y todos los antes de todos los principios. Era una delicia vernos mendigar y relamernos como gatos los restos de la Gran Sardina Creadora. Un deporte bien resuelto para nosotros que siempre habíamos vividos limitados por cuestiones económicas o de geodesia.

– Pero ahora ya ni eso. Ni esa curiosidad nos queda. De hecho, yo creo que ya no tengo estómago para estas navajitas. Y sin embargo, no pasan más de cien noches sin que extrañe ese fulgor. No las cuento una por una, porque eso de contar es parte de lo que le decía de la memoria. Como cuando hay que contar las sílabas para poder decir que algo es poesía. Dígame si no es ridículo!
– Yo creo que no.
– Usted es de los que estudian el Origami? De los que leen en detalle las historias que otros escribieron para protegerse?
– Es más entretenido y útil que olvidar.
– Claro. Leer en lugar de olvidar. Es lo que ellos buscan. Fecundarnos con su producto. Objetivan los recuerdos, literalizan su memoria para alienarnos y que nosotros los regestemos. Ese es su método de conservación, entiende? Nos invaden, nos embarazan de su producto plagado de fonemas intrigantes, fonemas de vanguardia, activos y pasivos esmeriles. No lo ve? Por favor, que está clarísimo!
– Entonces, es por eso es que usted ya no lee?
– Leer? Leer es lo de menos. Lo que importa es olvidar. Acá no pueden hacernos nada. No entiende? Cuando yo me olvido, acá llueve. Entiéndalo de una vez. Léame bien: Cuando yo me olvido, acá llue-ve!

Taxidermística (Door Chime Chim Chimney)

diciembre 15, 2008

El mar se arrincona en la costa.

Penélope se desquita. Nada le hace sombra.
Salto mortal sin redes posibles. Lo siente todo.
Ella quiere no mentir y busca cómo ignorarlo.
Mientras soporta. Mientras se esfuerza.
Apenada. Mucho. Muchísimo. Y luego el callo. No hay triunfo.
Izará las velas.
Será amada. Dios hará que el hielo se le suavice en el alma.
Ella le canta. Dejará su ropa. Seguirá la corriente.
El amor brindará por el desnudo.

Taxidermística (Social Achievements)

diciembre 10, 2008

El mar la adora. Haría cualquier cosa.

Penélope deja de correr a su instinto. Volverá a ser la sombra.
Y salta para sentir todos los modos posibles de morir.
Ella no los ignora. También hace que quiere mientras busca.
Mientras soporta. Mientras se esfuerza.
Por boca. Mucho. Muchísimo. Y luego se calla para sorber su triunfo.
Vendrán a buscarla.
Embalsados. No habrá qué suavizar, serán almohadas de hielo.
Ella se hará de copas y el cántaro dejará de correr.
El amor, entonces, no tendrá nada que hacer.

Cuatro

septiembre 3, 2008

El error se aceita los rieles en quien se dilapida.

Así es la modalidad del proceso:
Nos sentamos, pliegue sobre pliegue formando la masa, el drapeado, la desorganización. Nadie habla, nadie dice. Todo conforma una mueca que extraña la dolencia.

– Definir es la manía del soberbio
– nos dice el maestro a los tres pero mirándola a ella.

La voz del maestro y su técnica, sumadas a la terapéutica basal que nos construimos para que sobre ella él nos edifique, nos descomprime, nos suelta un poco, nos pasea, nos alimenta.

– El escéptico, en cambio, no se concentra en el dilema, pues para él no hay dilema sino un espacio a atravesar.

Es cierto, y lo podemos aprobar porque lo hemos visto. Al escéptico. Hastiado y falto de intensidad, este es su modo: Buscar la reabsorción de la incertidumbre y el debilitamiento de la palabra para avanzar.

– Tomaron agua alguna vez en Buenos Aires?

La que festeja los vértigos del sufrimiento, sonríe. La otra siembra esperanzas sin convicción en una banquina de uso frecuente. Alguien que ama ser castigado zapatea su espanto sobre la narración. Jadeante. Extenuado. Vegetal que no fruta de ninguna índole su genio. Tan delirado, tan irreprimible, vive así engañado en la valoración de su propia nada.

– El vacío es una derrota a asumir, muchachos.

Al maestro le esperan unos días de clausura.

Como topos

agosto 12, 2008

Dicen que si no se puede contar es porque no sucedió.

Era lógico que Juan utilizara las horas de la noche y los días de tormenta para anidar su apocalíptica locura como una cicatriz sobre los brazos (a veces demasiado largos, a veces demasiado cortos) de aquella que ocupaba su misma y única trinchera acolchonada. Su último bastión.
Compartir ese refugio con ella era para Juan como una victoria. Como una victoria, pero sin las alas que las victorias suelen otorgar a quienes cargan con ellas.
Miraba al río discurrir frente a ellos sin más compañía que la memoria, la mujer y algunos objetos olvidados por los otros durante el apuro infantil por adueñarse del escape.
No había profilaxis entre ellos, ni progreso, ni quietud, y si bien eso se localizaba dentro de lo temible, como no existían alternativas, ellos lo aceptaban así.
Desde el aire se los veía tan claramente que de haber pasado un ave enemiga los habría apresado o tal vez comido como único intento de comunicación.
El ruido del río les era grato pero el temor, el terror a ser descubiertos y fusilados, no les permitía permanecer en la orilla por más tiempo que el necesario para cargar el agua con el que preparaban el café que constantemente bebían para ayudar al estómago a soportar las pastillas.

Juan seguía una bitácora, un diario prolijo, con fechas, mapas y algunos detalles climáticos para que no hiciera falta observar el avance de las cicatrices como método para calcular el paso del tiempo. Un diario cuidadoso, con líneas que formaban planos y luego nuevas líneas que trazaban nuevas formas y rutas para un nuevo y exitoso escape, un diario en el que cada día iniciaba una página en blanco (mantuviera o no continuidad con el argumento heredado del día anterior) sabiendo que, si sólo hay dos momentos en la vida de las personas, el que había que aprovechar era siempre el segundo porque, el segundo, también es el último y ella, invariablemente, le sonreiría siempre a último momento.

Todos sabemos que en las historias lo que no se cuenta es lo que de verdad importa y lo que se dice nada más que un ejercicio retórico practicado por el puro placer de la descripción y de la búsqueda de nuestra propia y mejor purga existencial.
Por eso considero preciso decir lo menos posible sobre Juan y sobre su circunstancia. Porque, a diferencia de lo que sucede en la vida real, una vez escrita una historia, sea verdad o mentira, se convierte ésta en permanente e irrevocable y Juan no posee todavía, de la victoria, las alas que lo ayuden a soportar que juega un juego sin nombre y sin reglas.
Por otro lado, ella tampoco conoce las reglas. Seguramente, de compartir ese conocimiento, durante los descansos conversarían sobre la partida en lugar de sentir temor, o escribir bitácoras o planes, o de disfrutar del ruido del agua con la que, mañana, volverán a preparar el café, que, ya sabemos, ayudará a que les sea más fácil a comenzar el día.

Intro versión de una niña a llamarse Cupertina

agosto 1, 2008

Ya fue suficiente interrogarme, he de sentirme plenamente satisfecha de no haberme delatado.

Desobedientes hasta en la desobediencia de la estampa y detenidos en una nostalgia que ya ni se afeita (y no por falta de filo sino de espejos) nosotros esperamos una nueva confusión que nos alucine como epílogo del trampolín que mira hacia todos los finales.
Y eso que sabemos, o más bien sospechamos, que no nacen finales sin epílogo ni llantos sin engaño, y que no hay finales que consuelen desde afuera y para adentro sino que todos ellos nos atraviesan el esqueleto como si fuera un agujero negro hacia una nueva plenitud.
(lo sabemos, lo intuimos, qué más da…)
Es el reverso del aliento, dirán, redimido, insensato, vacío de juicio en su velocidad invisible.
Quién es la distancia y el límite durante la expulsión que precede a la epilepsia amorosa?
Y sin esa respuesta no hay huída ni derrota posible. Ni rastro ni posibilidad de un orden diferente.
Probar que aún en ausencia existimos, aunque tan sólo como un ingrediente más (e insulso) de las horas, nos basta.
Podríamos no hablar de nada o de las causas del servilismo o sobre qué conmueve al músculo que vivió trajeado de locura pasajera sin que se nos agite nada más que el abrigar los forcejeos de la insuflada introspección, rival de lo que somos (y con razones más que serias para serlo) pero no lo hacemos.
Podríamos teorizar sobre la inutilidad del vacío o sobre la neurosis de lo serio. Sobre si el hastío tiene forma, tal vez, de cuerpo o de látigo hambriento. Sobre literatura y literatos, sobre las redes que atajan a los prosistas y hacen rebotar a los poetas. Tantas cosas. Pero no lo hacemos.
Porque ante tanta intensidad abstracta, ante tanta vanidad filosófica y retórica, hay un humor que se filtra a través de la primera palabra contrariando a todas las inclinaciones que intentan especular (también) sobre las razones de la piel.
Entonces, de qué hablar.
De qué? Vos decime.

Cuerpos incompletos

julio 10, 2008

Alguien soñó alguna vez con la Sra. Keuner. En el sueño se la veía muy razonable y sensata.
Ya llegará otra historia, otro paso del que yo pueda volver a escaparme.

Como no puede hacerse transparente, la Sra. Keuner se maquilla. Está nublado pero a ella le da igual. Caminar bajo el sol o por debajo de las nubes sólo modifica el lugar donde se posa la sombra.

-Hace unos años que las nubes se nos parecen, querida, y no es serio crecer sin ser vistas.

Se maquilla para que las vean los del vagón comedor. El vagón comedor tiene la arquitectura justa para el caos. En el vagón comedor, la felicidad pasa por ver cómo los camareros reparten el té y las naranjas.

-Para ser aire, mi querida, lo primero que deberíamos hacer es dejar de ser pájaros.

El paisaje desde los subtes es muy simple. Pared, estación, pared, estación, pared.

(realmente no me explico por qué me obstino en torcer los desarrollos suaves, pero increiblemente de su cartera nace un revolver de colores demasiado Warhol para una señora como ella.
No me lo explico, pero así son las cosas)

Su caos les apunta directo al centro del centro y las primeras sonrisas se desparraman por el cuero como almejas en un balde con agua.

(hay, puedo verlo, en general, una incapacidad mediana hacia la tolerancia en la mayoría de mis personajes)

En el ambiente se percibe tanto miedo que el azúcar se disuelve sola en las tazas mientras ella dispara. El inspector observa la escena desde cierta distancia. Su saliva endulzada comenzará a llenarse de gritos en la próxima estación.

En unas horas todo el mundo hablará del incidente y en el noticiero pasarán imágenes de archivo con gente automática que espera para subir a los vagones o de una escalera mecánica por la que bajan cientos de personas como un río de cemento hacia un dique vacío.

La Sra. Keuner no abre los ojos porque no quiere enterarse de que acaba de aniquilar al setenta por ciento de sus compañeros de vagón. La pequeña esconde la cara entre los pliegues de su vestido de princesa.

-Maldición, querida! Así nunca serás una niña verdadera.

Tiene un muñón de plástico ahí donde hace tiempo hubo una pierna y todavía le duele.

Mientras se arrastra arañando los interminables pasillos del tren, la imagino caminando por el túnel sin equilibrio. Ya no siente sabores en la boca ni diferencia entre volar o precipitarse al abismo de su relieve roto. Mira hacia la cámara (no he podido traducir su gesto) y se aleja despacio hasta que las luces de las linternas ya no la alcanzan.

¿Debería indultarla y concederle el fantástico privilegio de desaparecer o debería continuar esta catarsis de parto, de vientre, de tripa que percute tristemente mi médula?

Con esta narración dilapido su esencia febril, efervescente, carente de todo significado. La humillo, la delato en su dolor.

¿Debería yo volver a mi posición de ser otra estación a la espera de un nuevo entretenimiento pasajero, menos delirante, que genere en mí otros entusiasmos algo más razonables para mi desprolija jerarquía de ficciones? ¿Cómo y de quién ser libre?

Los cuentos tienen una forma, pero dan una sombra que no se les parece. ¿Da lo mismo que se los diga o es mejor dejarlos a ustedes adivinar qué cosas hay detrás de cada puerta consumiendo espacio, obligándolos así a asumir el riesgo que imaginar implica?

En el suelo dejé una muñeca semimuerta que espera a un valiente que soporte los cuentos incompletos.

Alas, poor Yorick!

junio 3, 2008

Quizás mi vida no sea nada más que la novela en la que me invento.

# Le beso la boca, ahí está el cadáver. Quiero atravesarlo.
Lo beso y la lengua pasa. Mi boca, su único vínculo con el mundo.
Ahí está el cadáver y lo beso.
Otro corazón traspasado por mi lengua.

# “Qué haré con la vida que en mí vive y se revuelca en verdades mal documentadas?
Soy culpable de haberme engañado con realidades que heredé de mí misma.
Modelé el pensamiento a partir del magma estructural que me formaba.”

# Relieves abreviados por la rutina, “esos miles de detalles que conforman la vida”. Asumir el tedio como único castigo por ya haberlo encontrado todo. Desenfermar a la memoria química del cerebro que jura, bajo la pesada sombra de la certeza, que no existe algo mejor, que no habrá nada superior, ningún nuevo evento lleno de vértigo que esperar.

# “Con gran orgullo me permito la degradación de tanta virtud.
Soy muy por debajo de lo que puedo como escudo feroz ante el desencanto.”

# Besamos las bocas que oxigenan. No hay más respiración que la de ese aire dulce que hace cima y se ofrece en nuestro adentro, en los espacios comunes, diáfanos, que no esperan nada, pues nada les falta.

# “No he de buscar vivir por fuera de esta servidumbre, no he de alcanzar goce alguno, todo será ignorado, abdicado hasta que ya no quede nada por perder y por fin alcance la calma, la promesa muerta, la paz furibunda de no desear nada”

# La boca como una mezcladora de hormigón queriendo cimentar el espacio que divide, que separa el diálogo. Intentar materia en el vacío, en lo tenue, un pretexto que sustente alguna idea de unidad sobre la herida abierta. Conseguir una base tan sólida que cueste distanciarse si no es ejercitando un prudente ensayo sobre el espanto.

Con cuidado. Sin apuro.

Hay tiempo.

Gaia (all you need is love)

mayo 28, 2008

Fuimos una sola y única célula durante todo nuestro primer
día de existencia.
A partir de entonces, no dejamos de dividirnos.
Eso lo explicaría prácticamente todo.

otra jornada en el tablero
con el frío
en los dientes
apretados
entre el día y la cama
nuestro llega
el consuelo a bañar
en pétalos
pájaros
tazas de nido
de incienso a exhibir
los árboles
su posición de tormenta
efervecen los filos
los cortes
acumulan viento
aquí y allá el malabar
y en la cuerda
segundos arriba la herida
se equilibra
caminan los huesos
sin contarse
ni en pasos ni en razones
dividen
la red los acróbatas tejen
misma los brazos
dos hilos
que es un único río deriva
de pie
por sobre la calma
esfera
tal suerte de aliento de alivio
quedarnos
mitades dejarnos
juntos
multiplicadas las caras
las fotos
el gesto sepa alguna vez
pruebe el sabor
natural
de engañar a la trama
antes
del olvido
del corte perderán
equilibrio entre las piernas
los dados
entre las piedras la espuma
volverá
en mapa transformada
en luna
en silencio
sin ser silencio otro más
que duerma
quieto nosotros el aire
la brisa
la boca que explore su caída
por tan vivo
privilegio el nuestro
de poner
sobre la piedra la promesa
el poder
sin estertores fundirnos
evaporarnos
fuera de agonías volverle
al magma
sus fantásticas virtudes
el gozo
el completo gozo de caer
vivir
muriendo en el ardor
amorosamente
abrazados
a una piedra que se hunde

“Yo soy una parte que en un principio lo era todo”
del Fausto de Goethe

pequeños círculos entre las ramas

marzo 26, 2008

“¿No ves que son ojos?
Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas”
Eduardo Galeano.

Mi primer amor fue de suicidios. Él me llamaba a mí: “mi aquella muerta” y yo a él: “el destinado”.
Yo no era yo, yo era mis costumbres. Él, en cambio, era todo lo que yo quería significar.

Nuestro amor mayor consistía en darle fin a todos los artificios consumando todas las aventuras, la más deseada a veces, la más inútil por lo general.
El “Equinoccio de las mariposas” era el título secreto para nuestra profesión sin título. “Mariposa”, por el insecto más bello e instantáneo que habíamos conocido y “equinoccio”, porque sí.

Dormimos muchas noches como pájaros, supongo que para sentirnos más acompañados durante el tiempo que durara nuestra novela.
La más corta de las novelas de miedo y de pobreza.
Dormimos mucho. En cables, en carteles, en árboles húmedos de nidos vacíos.

Me pedía que le sacara fotos, que le extirpara el alma (como si eso pudiera salvarnos) mientras él me arrancaba la mía y la vaciaba de un sorbo. Luego la dejaba sobre la mesa y se iba y yo me encargaba de volverla a llenar. Para que él volviera. Para que no me dejara sola.

Durante nuestra última fantasía quedamos de acuerdo en encontrarnos. Sería en un mapa.
Entre la multitud y los días nos íbamos a encontrar.
Me pinté los ojos y los labios y fui. Pero no lo busqué. Ni él a mí.

Hoy yo miro la ventana. Todos los días. Quisiera saber qué hay detrás del vidrio, pero miro la ventana.
Él pasa, me cierra los ojos y se abre las venas. Todos los días.

No puedo dejar de reírme de los que creen en las palabras, cuando está claro que el planeta únicamente considera lo sólido.
Algunos días hay demasiado dios en el aire. Será por eso que ya nadie cree lo suficiente. En unos años vamos a tener que cambiar los colchones si los seguimos llenando de raíces.

Elegíamos palabras porque sí, dormíamos como pájaros. La Tierra no nos invocaba. Flotábamos.
Creo que de verdad nos amábamos.
Yo era “su aquella muerta” y él era mi costumbre, mi “destinado”. Todo lo que yo podía significar.

Perfumadas Criaturas II

marzo 7, 2008

Los sentimientos con los que me visto no son míos.
Se los robo a ese espacio que se crea entre los ojos de una madre y los de su hijo recién nacido.
Alguien llena de sentimientos ese espacio. Para seducir
(o para convencernos de alguna otra cosa)

Veo pájaros atornillarse
A los campos de batalla
Monumentos a lo inmóvil
Torres piedra se deshacen
Obleas en mi taza de porcelana

Perfumadas Criaturas

febrero 29, 2008

“Wovon man nicht sprechen kann, darüber muß man schweigen”
Ludwig Wittgenstein

Tengo al universo en la punta de la flecha
Alguien desde el paisaje grita tregua
(yo le oigo flores blancas)
Mis soldados caminan en círculos por el patio
Es de día. Todo huele a sombra.

Lobo Sapiens

enero 28, 2008

Yo ya no debería concurrirme.
Hay un terror inexpresable durante el minuto racional
que antecede al amor.

Puede pasar un tren o una manzana transportando conejos que da igual. Da igual lo que cruce la calle, lo que calle, o lo que se vaya a decir.
Cuando Fermín vive, da igual si la pena asciende o enciende la ruta. La vida de Fermín es una solución psicológica que se adecua, se amolda, se adapta, a veces como humo, otras veces como plomo tibio a las formas del mundo.
El ministerio del resquicio en sus paredes, de las grietas formadas por las dieciséis bocas que inhalan sexo exhalando sus secretos, hace de mis ciencias sobre él, una licuadora llena de ojos que miran del museo privado de la noche, la sala exacta, la sala de la noche especial en la que la suciedad nos alejó de nosotros para abandonarnos a pesar de las letritas de colores que habíamos ido dejando migar desde el rechispe que hacíamos cuando frotábamos palabra con palabra para que nos hicieran de antorcha o de bengala.
En la noche especial, que es cualquier noche.
Y yo no hago nada más que escucharlo y decir. Es que, a veces, escuchar o decir pecados es más excitante que su cometer.
Y Fermín dice. Y yo creo en Dios.
Y creo en la tibia búsqueda del tempo, con todas mis cabezas encorvadas sobre mí, meneándose lisérgicas.
Y Fermín dice:
– Hoy no voy a dejar que me entrevistes la floración ni a mis datos impares.
Y ahí, ya nada más le escucho decir a su espectro y entonces digo yo y me vuelvo inhumillable en mi decir.
Él me calma la inquietud de tener que ser siempre antes que el despertador, sin ser última, ni tampoco la primera, sin saber adónde suspirar las risas que flotan como nubes sobre mi plexo buitre, sin transformaciones, sin arabescos.
Su decir son ríos de neón iluminándome la cara. Son las telas que una araña les desteje a los fantasmas que viven entre los marfiles de mi cuarto violeta.
Fermín me enseña que es imposible fraccionar el límite. Que es improbable que yo desgarre el cordón si me forro los dientes con la profilaxis blanda de la palabra lengua. Ese conmovido músculo, palenque, gatera de la letra, tajada de mi carne que aún no se digna, que aún no se alma.
Él me enseña porque él es todo lo que hay que saber.
Su alma tiene aturdidas a las noches que el mundo dejó escapar en cada exhalación.

Anem al llit

diciembre 21, 2007

La extravagancia del pez cuerda consiste en sostener los límites de la ausencia con las aletitas de atrás. Lleva tanto tiempo muerto que las membranas exteriores parecen de cera. Por momentos me da la sensación de que si lo prendiera fuego, no se apagaría nunca.
Está esperando que le crezcan pies para poder escaparse del agua. No sé por qué no espera alas. Es casi tan imposible como lo otro.

Si alguien te contratara para que soñaras tus sueños para él y te diera para eso brebajes amazónicos y te llevara a una cama nueva y blanca y confortable, en un cuarto también blanco de una casa que no es tuya, ni es nueva, ni es blanca pero que se deja vivir. Si a tus sueños entonces entrara él, cada noche, a vivir tus ideas, a esconderse entre tus fantasías y a jugar a tus terrores. Si pudieras comprobar que este ser que te visita no puede lastimarte y que sólo despierto corrés verdadero peligro. Si ese que te habita te dijera que está todo bien. Querrías despertar?

DEFCON 4

octubre 3, 2007

Hay un espacio al que van a morir las almas contrariadas. Pero nada es fácil y el camino se ensancha hasta que ya no hay brújula que las salve. Por eso caminan en círculos cada vez más grandes, tratando de no repetirse, hasta que el espiral es tan enorme que se hace insoportable. Ese es el momento en el que eligen volver.

· Nació, y lo primero que hizo fue reírse de todo, ávida nariz con forma de conejo, o de nombre propio. Los médicos no le perdonaron la no repetición. Nadie más se reía.
Chicos repelentes con modos incompletos y ombligos de calambre.

· Afuera, una mujer viejísima salió a caminar por la lluvia. Nadie lo entiende. Con cada paso pensaba refutar uno a uno sus poemas hasta que ya no le quedara nada más por recordar. Pensó en guardar luego los restos entre los pliegues de su cerebro. Cada pájaro en su jaula.

· Algunos se habían atrevido a entrar solos, seducidos por los misterios de la caja. A todos nos habían dicho que era una locura, que ya habría tiempo, que lo que había adentro no debía diferir demasiado con lo que habíamos afuera.
Pero igual nosotros escribimos esas cartas. Pero igual nosotros entramos esa noche.

· Cada vez que él quería calmar la pena, se ponía en penitencia y así se acordaba de su mamá. La pena pronto se transformaba en ira. Ese era el momento en el que él se subía los pantalones y comenzaba armar el rifle.

El mareo de Cobián

agosto 28, 2007

Tener las puntas de los pies adheridas a ese alquitrán, a ese asfalto acribillado de dudas, solo se asemeja al miedo que brota cuando intentamos dejar el refugio para visitar a la poesía (sin custodia, y con la sombra bien firme y muy, muy puesta. Rara. Encendida)

Saldré a caminar y cuando recién haya puesto el pan a tostar, ya estaré volviendo.
Nada demasiado humano puede durar más que lo que tarda una tostada en hacerse.
Saldré a caminar, y ya pasadas todas las ganas, pasadas las tareas que me abandonan de un cuerpo que de tanto expuesto al agua y a la sal más se parece a un Guernica que a un cuerpo, me sentaré a mirarme.
Saldré sonriendo, sabiendo que nada de lo real se merece, que nada traspasa el espacio y que cada centavo es una bomba cayendo sobre cada cosa que no es yo.
Saldré sabiendo que sólo soy cuando camino en conjunto como parte de una misma resistencia con los otros que caminan tan callados como yo.
Saldré y caminaré antes de haberlo dicho o pensado todo, y en esa acción inscribiré a mi ser humana en la vereda fresca, siniestramente enferma, de los conocimientos que nunca tuve, por eludir al tacto y a embarcarme en el mundo desde la fatal expiación de la poesía, ese falso triunfo que se alcanza cuando creemos que volamos por sobre todo lo verde.
Y supongo que luego me sentaré y me acomodaré sobre los fotogramas, también sonriendo, y armaré la maqueta con el enmarque mejor para cada detalle.
Un plan excelente, como un paisaje fonético que corre y que cambia de ventanilla con la velocidad con que cambian las diapositivas en los documentales sobre el odio, como un vino fabuloso que resbala y nosotros saboreándolo desde arriba del tren con el oculto goce que le reservamos a lo imprevisto, y con la historia real oscurecida oficiando de ejemplar telón de fondo para cada uno de los sueños.
En cada trago, uno se vuelve más y más dueño de los signos, (y así se actualiza la distancia insalvable) sin interrupción ni cortes en el tiempo.
Quizás haya una obra tardía, una acción latente, una esperanza.
Quizás no, y todo se vaya borrando lentamente, las cartas, las razones, los espasmos, al pié de la lágrima, a cargo de nada o con toda la sensación de hastío ante esta convulsión que nos preserva siempre del conocimiento de esa mínima diferencia que nos separa del mundo, de este mundo roto donde la falta existe, ese querer frágil donde todo es agitar.
Esta forma de morir tan nuestra, como de sábanas dobladas en estantes vacíos y cerrados, en casas vacías y cerradas.

(y sin embargo, de esa casa, cada tanto se escapaban los pájaros de los cuadros…)

La noche desciende

agosto 18, 2007

Del único cielo
Que enjaula la visión de toda mi existencia

Tiraría los dados al mar
Saldrían blancos de mi mano
Es necesario decir el silencio

Pero las nubes caen

Yo esperaría a que se hundan
Y que el abismo los acepte
Sin hacer preguntas

Divine

julio 10, 2007

Cuando algo se les sale del plan, los dioses zafan con casualidades.

Las brujas constantemente me sugieren una vida de dedicada y elaborada decadencia, pero todo lo que ellas dicen es siempre aplastado por una voz secreta que sale de mis huesos. La sabiduría que comienza cuando los dioses se distraen entre las dos identidades del silencio para copular frente a mis inflamaciones mentales. Me siento más sabia y cínica que el infierno, y mientras mi cuerpo me habla y se mueve, yo me escondo en mi sombra, que pesa como cinco mil almohadas.

Pienso al mundo como un solo relato en el que soy dueña de todo lo que pasa. Para bien o para mal. Y siento que si no lo escribo en ese minuto, en ese exacto momento, corro el riesgo de convertirlo en un sueño y que ese sueño se desdibuje instantáneamente en el olvido. Los textos y yo nos escribimos mutuamente. Ellos me defienden de las vagas salpicaduras de algunas verdades, de la frustración anticipada, de la timidez del espíritu cuando piensa que nada de lo que siente es cierto y que el afecto es un simulacro, una metáfora ordinaria de algo similar a un alfajor de maicena o a una vacilación.

Hay que dejar de escapar del perseguidor que nos nubla y entender que aunque no corramos, igual vamos a mantener la distancia.
Hay que dejar de ver la realidad así, con cada objeto redefinido por otro que lo abarca y lo confina en límites artificiales.
Hay que dejar y dejar de dejar.

Estamos todos invitados a exudar destellos sin sentir que los brazos son como alambres de humo que no llegan a integrarse a la fonética del cuerpo. Algunos sujetos renegamos de estos dones porque aceptarlos sería condenarlos a morir.
La misión del adjetivo siempre fue demorar al predicado.

Ayer me desperté pensando en un Buenos Aires probablemente vacío y al rato empezó la nieve a desplazar todo de su lugar lógico. El silencio se defendía de su imagen esquizoide clavándose en los parabrisas. Flotaba hasta caer como remache de luna, como confesión de aguapalabra. Toda la masa del universo se travistió para hacernos el favor de una mentira. Ayer los dioses exprimieron sus forros y pintaron con semen varias galaxias de blanco.

Circunstanciales

junio 10, 2007

A veces, incluso las personas más quietitas se enfurecen de golpe. No depende de los estudios, de la cultura o de las políticas de vida, sino de alguna energía injusta y antigua que se adueña de sus arterias, de las piedras de sus músculos, de las entrañas, de los lugares más oscuros del alma.

Mientras pesca, piensa que mejor no podría pasar sus domingos. La costanera siempre le calma el stress. Sentado frente al río, observa a los aviones despegar y se abrocha el cinturón. Por la ventanilla ve cómo una de las turbinas se incendia y desde el fuego, a la india cocinar las vasijas. Amasa el barro mientras mira a los caballos correr salvajes. Fecunda a una yegua al paso de la caravana peregrina que desconfía del águila. Observa desde el aire al tren, y sentado en el último vagón, ve la aglomeración de autos detenida en el paso a nivel. Toca la bocina como loco y cuando sube la barrera, acelera hasta el puente y el ruido y la congestión lo detienen y se baja y se asoma al río desesperado. Allí distingue una trucha saltando. Nada por horas buscando alimento hasta llegar a esa delicia suspendida de eso tan brillante. La muerde. Siente el tirón. El terror lo paraliza, el sedal lo asciende. Antes de la asfixia alcanza a verse a sí mismo. Tranquilísimo. Pescando. Como cada domingo.

Cortitos sobre Beatriz

junio 7, 2007

Betty, vení, Betty. Betty, Betty, vení Betty, vení. Betty, Betty, Betty. Betty. Betty. Betty, vení. Vení, Betty, vení.
Betty… Betty, vení Betty. Vení, vení Betty. Vení.

Beatriz no se mueve más que para temblar y ese temblor le borronea el contorno. Será que cree que las olas la pueden golpear en seco, que son como Haikus, formales, ordenadas y consentidas.
Pobre Beatriz, que no conoce el mar y por eso le teme.

Cuando suena el track de las ballenas, Beatriz se lamenta y murmura algo sobre caballos, cosas que no entiendo entremezcladas en una masa particular de sonidos modernos, un lamento de felicidad que tunea la pena.
Cuando suena el track de las ballenas, ella murmura sobre caballos.
Aunque todos sepamos que se trata de ballenas.

Tira los dados, golpea con los nudillos, se hace la brava y grita ¨Chapita!¨. En la siguiente escena se dedica a probar instrumentos de viento. Todos suenan lo que yo me obstino en llamar mal.
Hace tres días Beatriz estuvo a punto de morir atragantada con la cereza que recibió de labios de un didgeridoo.

Cuando le canta al agua, ella la nombra en secreto. Yo no termino de entender qué es lo que me atrae de Beatriz si a mí los secretos me alejan. Además, el agua que ella describe siempre está helada. No hacía falta el secreto. Me habría alejado de todos modos.

En la canción de despedida, Beatriz canta a capella. Casi al final, pasa un pájaro aleteando y ella silva bajito hasta desaparecer. Fade out. Después, todo es silencio.

Ella cría ciervos. Qué suerte para tus ojos, le digo cada vez que sale el tema. Beatriz me mira extrañada. Creo que nunca va a entender el chiste.

La Elegancia de las Formas

mayo 20, 2007

“escuche decir
que el juego termina
y te vi correr
por las calles del odio
vamos a hablar
de las sombras
que esperan ser vistas
vamos a hablar de esta herida
que sangra de noche”

Cuando ella le contó del desastre, habían pasado algo más de dos meses. A él se le ocurrieron algunos chistes fáciles, pero como no era tan boludo, se tragó en seco el atrevimiento y se puso de golpe un poquito más serio. Ella siguió explicándole que entre la distancia en metros y la que había en días era mucho peor la de los días porque no podía más que agrandarse. Le habló del accidente y de cómo la recuperación la había llevado a conocer gente extraña.
– ¿Vos no tendrás un gajo de ilusión como para pasar la noche? ¿Como para que deje que el hielo se desfonde al menos por un rato? Una puerta hacia otras dimensiones, tal vez menos frías.

Onetti habla de una ella tan triste que necesita de revólveres diminutos para deshacerse del niño enorme. Un escritor amigo lo torneó (al cuento) como para que el cañón del revolver adquiriera un calor desde adentro de su boca. Usó la palabra “lamiéndolo”. También usó “farsa”, “fallido” y “cráneo”. Nada de buen final ha de poder escribirse con esas palabras.
– Hablate algo del poema inexistente, me pidió. ¿Qué te anda faltando que no sea fácil de encontrar?
O de heredar.
A veces me despierto a la tempranísima hora de siempre y me quedo pensando en dónde, o en el por qué de algunas pocas cosas. Es la peor hora, decía Juan. Yo creo que él se debe haber matado cerca de las cinco. ¿Habrán crecido hongos en su tumba?

Si ella hubiese sabido que él se iría convirtiendo en de mármol, le habría leído muchas más cosas al oído. Pero estas cosas se van sabiendo lerdas y las respuestas llegan cuando ya las preguntas están embalsamadas y puestas (muy puestas) al resguardo de los otros. Solo algunos trabajamos con té. Otros prefieren un agua mineral, o varias botellas de vino. Para mí, la elegancia de las formas es fundamental. Los suicidios no deberían ser escandalosos, así como tampoco deberían serlo las soledades autoimpuestas.

Él se inclinó y le ofreció “dame el humo de tu boca” y algo paralizó la distancia.
Como única referencia, sólo aparecían álbumes de música y algunas fotos con puentes. Puentes. Puentes. Acá iría una frase del tipo: Malditos puentes!!, pero ya ves, la elegancia.

Eleonora no toleraba que nadie se le saliera de sitio. Y caminaba, y así le daba ritmo a la razón, arrastrándose cuerpísima, dulcemente arrastrando.
Ella se dejaría que le chupes el cuore, corazón. Que te lleves todo lo que su sangre te sirve en cantidades adultas y calidades de infante.

El jueves oí hablar sobre el final de las cosas. “Lo último no es simplemente la nada”.
Ni el olvido, ni el silencio. Lo último será el intento por entender, o por alguna otra cosa. El intento. Lo humano tiene eso. No Pedro? Lo humano tiene eso.
Esto podría ser una carta, una adivinanza o una confesión. Podría ser un dibujo, un arrecife y hasta la mitad de un sachet de leche. Da lo mismo lo que sea mientras ocupe paciente el soberbio lugarcito que le dimos. Otro de esos giros extraños que tienen las novelas modernas.

Piedra, Papel o Tijera

mayo 2, 2007

Escribo para que los bordes de la cordura, esos que tocamos siempre antes iniciar la travesía, nos sepan a algo que se escapa pero vuelve.
“Je ne sais pas, je ne sais plus, je suis perdu.”

Creemos poesía a la baqueta del alma, explotada con piedad por un cuerpo sin retorno, a la otoñal manera de caernos compitiéndole a la virtud desnutrida de querer enterarnos. No existe el regreso, parece, si aún no partimos más que en pedazos a la inaugural esperanza de la bolsita rasgada. La nariz y el ansia voraz, la desdentada misión de convencer a la luna, la amenaza cierta del me das o te robo, el caudal de potencias que sin el hálito tramitado esquiva hasta el hartazgo y se nos hace un simple transcurrir simulando la vida.
Y entonces aprendemos a cicatrizarnos de los trabajos, del ascensor, del camino de ida, a remendar el soplo cerebral que nos muestra el gris en un foco inapelable (las linternas señalan los bordes claramente). Y se nos traba el horizonte y los bises nos atacan desde el jukebox de la noche.
– Tenés que Mirar, ya no te queda otra.
Mirar o parir, parir o reventar, reventar o Mirar.

Fumando espero

abril 13, 2007

Life must go on. But it siempre happens que I always forget just why. It seems un hueco simbólico holding a little pool by the tide, a tepid boat, secándose inward from the edge.
Too much shaped la luna, le dije. Pero le dio igual. Luna’s waters striking my shore, pensé. Y que nadie ya me construya their houses inland in my mind. I know a winter when it comes…

Las coplas runicirculares de las psicorutas se doman en festivales extraviados, parajes anchos como la más divina necedad de creernos menos crónicos y así darnos permiso para escatimar el espanto.
Nadie en lo salvaje del alma resiste el escaleo de elevarse sin manubrios.
Y somos preciosimios inmaculados levantando sobre altares exóticos y resplandores fílmicos de cago de risa fácil, el maleo contagioso del éxtasis del letargo.
Borrones sin cuentas nuevas.
Hiperadiós y qué, si más quequé la risa empañe lo ilusorio hay otras instancias en fiel trinchera que hacen de lo extraño un modus ponens tan cruelmente afirmante que nos dejan los nos sin ninguna base cierta, entre otras extrafalencias, que para qué voy a enumerar si ya no hay tiempo ni nada.
Y el pebete masoqueado debatiendo entre tenido y cieguito de masiados y mesetas férreas. Implacables. In ex horable. Mesetas desalmadas como gárgolas gigantes enredadas entre cales, viento, nichos y pegote.
Y después, muchos, demasiados demasiados serían para tu tan tiernal escapadita, primoroso afán (agresiva acotación malrecibió), numerosos callos en tu retina, banda de USBs en desuso, ratón, oí que le decían.
Yo te fusilaría y diría que fue por tu bien, mi bien. Y sí, lo haría (capaz que lo hago), por incapaz (yo) o porque sí, o porque a lo mejor es parte de lo que partemente hay y debería, y bien, mi bien, para qué postergar si fue tan solo una misorden, a pedido del inestimable y nunca, por fortuna, lo sobradamente vilipendiado auditorio interno y soberano de miss misma que lo mira con velo y por teverte después.
Y ya de tan cierta la noción, la orden, loqueháyques y eso, me da como pasto seco (ese amargor de planta) hacerlo si ya ni pienso, pero yo nunca dejo sin cumplir mis lemas letanías así me lleve al misremísimo remísero demonio cada debo que final mente me cumplo.
La necesidad mezquina de temperatura ante el abismo de las letras, la singular galería de talentos, los frescos vacíos, la amarga densidad de los adentros voluptuosos.
Todo es nada más que una soga supersticiosa, un fuego fatuo, un exoesqueleto de espejos sobrebalsa de bastones manejándonos el magma.
Si el pasaje inverso de lo absurdo se dignase acaso a sumergirse en acertijos crípticos, de seguro florecerían palabras netas, desprovistas de velos o de aliento. Serían sustantivos firmes, adverbios naturales, verbos al desnudo. Porque no hay nada que la claridad explique y para entender está la poesía que marea los sentidos que al desaparecer hacen brillar al universo.
Nos esquivamos en la agobiante búsqueda de ser otros, en la minúscula razón del tedio. Apoyados en la pared, calesiteros banales, sostenemos la queja incansable ante la imperfección del pensamiento, sortija de Troya. Una sortija más que nos gira alrededando, hacemos tiempo fumándonos el alma.
El gesto como de escoba cepillando zapatos estancados en desgano, la lamida triste a la música, la trivial despedida final, la fetal indiferencia y la cuestionable belleza secándose en los ojos.
Buscamos segundos, apenas un instante sin arena en las orillas.

“Entre el pasado y el futuro subyace lo negado”

abril 9, 2007

Alguien habrá de descoserlos
Y dejarlos seguir lo interrumpido

Vomitar gritos que se encimen sobre el pasto
Toses, un empacho fulminante de elegías
Mirarlos como a hijos a la cara
Ojos de paño
Entregarles el manual de la letra y la palabra
Y dejarlos aprender sobre el silencio que ya los bañó antes
Animarlos a treparse a las gotas de la escarcha
Dejarlos acosar y asustar desde lejos a la noche
Alentarlos a besar los juegos, las peleas
Y que estremezcan de nuevo a las tinieblas
Y a la nieve, si sucede
Las puntas de sus pies y su raíz de crepúsculo
Acaricien dulcemente a la tierra que se aleja
Despidiéndoles el vuelo con mil pájaros de incienso
Que ellos espanten a sus sombras
Que la noche tiemble ante sus voces
como un árbol que sospecha que hay tijeras
y rayos y leña y hormiguitas

Family Table

abril 8, 2007

No sé de dónde salen tantas alegorías sobre la resurrección si apenas podemos dominar los músculos estriados. Granadina inaguantable. Una calesita infernal de parientes. Ellos están pariendo miradas, preguntas de modo, dativas búsquedas rasantes como un Pin Ball por mi cara.

Hay mesas que pueden vivirse. Habitables como la boca de una ballena, como un farol apagado en una esquina canadiense. Hay mesas sin puertas. Hay mesas practicantes. Son mesas sin salida, mesas de calvario, de misa, de crucifixión. Mesas de prueba, de relajo, de climas y macetas. Mesas golpeables, de flor y de manteca, mesas de consuelo y de miseria. Mesas de albur, fuertes, sediciosas. Mesas claras y pesadas, volátiles y hambrientas. Mesas que te dicen, que te arman, que te retan, te anudan, te destrozan, te rescatan, que exterminan los matices, que te aman sin remedio. Mesas púas y de verso. De calma y puritanas, de pie o de sentadas. Mesas que trinan, que caminan, que destinan, que se calzan por las noches. Mesas del medio y del norte, de paraísos y mentiras. Mesas. Sin puertas.
Dicen que hay que sentarse ante todas las mesas para resolver el misterio. Y en alguna se habrán de almorzar mis perdices. No importa. A veces el sacrificio es la más efectiva manera de vengarse.

Ellas

abril 7, 2007

Todos tenemos a alguien que tiene océanos de hilos en los bolsillos para nosotros. Un océano de hilos llenos de posibilidades y un campo de cerezas atravesando el pasado.

Y entonces ella se ve a sí misma sin entender qué es lo que está buscando en ese cuarto. Hay una desesperación que le sube por la garganta. Se pregunta qué está haciendo, se mira las manos y fuerza a la memoria para que le sople el desenlace. Nada sucede y rápidamente entiende que todo ha terminado. Qué de nuevo no hay preguntas. Que su búsqueda, por fin, ha vuelto a ser objeto.

Cuando se pone así no hay caso. Cuando recuerda que él le cantaba canciones viejas y ella se sumergía en su voz para no besarlo y volver a quedar a la deriva, no hay caso.
Que alguien la proteja de los labios que vienen a arrancarle esos besos que no deben darse.

Hubo un tiempo, un rato, en el que en esa habitación pudieron elegir quedarse así para siempre. Quien sepa el por qué, que no lo diga justo ahora, pero es sabido que los dos prefirieron llegar hasta el amanecer para probar que el sol existía y que el infinito continuaba allá, tan deliciosamente imposible.

Debería existir una manera de describir algunos sonidos como el del fósforo al encenderse, el de las chispas o el de los cuerpos aplaudiendo al amor. De existir, ella jura que haría un descargo onomatopéyico, claro, si alguien se atreviera a oírlo. Pero siempre está el miedo, dice, y a eso no hay con qué darle.

Lo que más me molesta de ella es que siempre sabe menos de lo que quiero pero más de lo que creo. Esa cualidad la agremia con las brujas. Si ella entendiera una pizca más, si no fuera solamente una instantánea, una foto enmarcada con la prolijidad con que se arman los rascacielos, a lo mejor, todo sería más sencillo.

Ella siente que si se desliza le roba al espacio y al viento. Ella tiene una arista al descubierto, una arista que no creerías. Siempre en retirada, siempre de caminar lento para atrás y sin mirar. Siempre dejando un lugar en el aire.
Varias formas le va dando a la vereda según cómo le pegue con su luz a las paredes, según cómo maneje las sombras el ladrillo.

Desprendimiento de Iris

marzo 29, 2007

Tu cama transpira mi nombre.

Esta comunicación errática, simbólica, cadáver sintáctico del ombligo inicial, de fecunda y racional ausencia, ha de acabarse pronto.
La lengua se deja caer en la tempestad que practican en mi boca las palabras atadas a este paréntesis de carne.
Los párpados rayan el braille leyendo la danza del papel acribillado, esas cúspides que del reverso enfosan también hasta al más valiente.
Silencios, que escritos entre los rumores prolijos del pentagrama inconsciente maquillan lo más ínfimo volviéndonos a todos mucho menos vulnerables.
Silencios como clavos marcando bien la herida, salivita miserable en la desolación de las noches.
(respirás un presente que te hunde en los zapatos mientras tu sed de vos mismo se te chupa en los mirrores con cada agudo y convulsivo y militar estancamiento)
Silencios que se amoldan al viento, celados por portones que la nausea segrega de tanto analizar la imagen de tu risa nerva, amargadrama lasciva de tu hambre con lujuria (que no cede).
Tu revés al agua y al aire mueren provocarme y yo me quedo callada porque sé que son sólo los últimos vuelos del hermoso vino de tu pena, un último vuelo antes de escapar (uno de estos días).
Y todo para que yo mire

(ellos se alzan nuevamente)

Yo miro

Habraque…

marzo 22, 2007

Habráquetraducirlocomoalosabismoshabráquemasajearlo
como a los silencios
habráquetolerarlocomoalasparterashabráquerecortarlo
cuando se nos dilate
habráqueprogramarlocomoalosplacereshabráquecontemplarlo
como al infinito.

Ya nada proteje, no hay espesores entre lo eterno y la paz del llanto acabado de evaporarse sobre las letras cementadas unas sobre otras y al sol, siempre tan frágiles, tan pulcras bienvestidas. La miseria que fluctúa entre orgasmos centrífugos y el hecho de sabernos portadores sanos de un alma con problemas. Será posible también vaciar de a uno a los átomos? La geometría se despliega dándole a las cosas formas espiraladas, todas dirigidas al centro mismo del residuo más cercano a nosotros. Miente quien dice que el cuerpo es un traje para el alma. Nadie puede desnudarse para adentro las llagas breves y confusas con sabor a anzuelo o a adjetivo exacto que calme un poco a este ojo que me lee rápido el paso por el mundo. Relatividad impaciente, espacio estructural para vidas a llegar, un encargo de atmósferas serenas que bloqueen la pretensión dispersa de ser. Inclasificable la expresión que acompaña a ese muñón de entorno difuso, lejano y fuera de plano, de foco y de mi ser impermeable.
La realidad entra para salir trastornada y convertida en un objeto del pasado. Hereda al infierno renovado, y cada día sale, con más y más
y más carga.