Taxidermística (Soft drift rafting)

diciembre 11, 2008

El mar, ahora, es sólo una cosa.

Penélope corre distinto. No hace sombra. O la deja.
Salta el sentir de modo que todo sea posible de matar.
Ella ignora lo que quiere y hace que busca. Miente.
Mientras soporta. Mientras se esfuerza.
Por poco, mucho. Muchísimo. Y luego se calla para sorber su triunfo.
Buscarán la venda.
Embalsamados serán suaves. Serán almohadas en el deshielo.
Ella será la copa. Se dejará cantar por la corriente.
El amor tendría que aprender a nadar.

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Taxidermística (Social Achievements)

diciembre 10, 2008

El mar la adora. Haría cualquier cosa.

Penélope deja de correr a su instinto. Volverá a ser la sombra.
Y salta para sentir todos los modos posibles de morir.
Ella no los ignora. También hace que quiere mientras busca.
Mientras soporta. Mientras se esfuerza.
Por boca. Mucho. Muchísimo. Y luego se calla para sorber su triunfo.
Vendrán a buscarla.
Embalsados. No habrá qué suavizar, serán almohadas de hielo.
Ella se hará de copas y el cántaro dejará de correr.
El amor, entonces, no tendrá nada que hacer.

Taxidermística (Support Art)

diciembre 9, 2008

El mar la ignora. Cree que hace lo que quiere.

Penélope deja correr a su instinto. No va a volver a la sombra.
Salta para sentirse de todos los modos posibles antes de morir.
Ella no los ignora. También hace lo que quiere mientras busca.
Mientras soporta. Mientras se esfuerza.
Provoca. Mucho. Muchísimo. Y luego se calla para sorber su triunfo.
Vendrá a buscarla.
En la balsa no habrá que suavizar, ni almohadas ni hielo.
Ella será la copa o el cántaro cuando deje de correr.
Y entonces si, el amor podrá dedicarse a su mejor menester.

Taxidermística

diciembre 8, 2008

El mar tiene el entusiasmo y la capacidad de escuchar y anotar con minuciosidad entomológica cada uno de los deseos de Penélope. Claro que después hace cualquier otra cosa. Y con una impavidez sorprendente.

Corre. Sus tacos permanecen más tiempo en el aire que en la tierra. Escucha el razonar de todas las formas con las que el agua se ajusta bajo su piel.
(Penélope no reconocería ninguna otra lluvia)
Siembra unos pasos como migas para armar el atlas que la traiga de regreso.
(pero el barro siempre se apura a negar los picotazos)

– Para que haya consuelo no es necesario que se muera la sombra. El consuelo nace de lo oscuro y desde ahí se desliza hacia la superficie.

(es extraña la actitud de Penélope. La sombra podría ser un refugio perfecto)

Mientras salta despreocupada a través de la ventana, de la pared colador, el cuerpo de Penélope se descompone. La curvatura móvil de su silueta portante se astilla.

– Cuando llegue la cianosis, cuando ya no sea necesario volver a respirar, mi cuerpo ya no servirá para nada.

(tampoco “los rastros de este afán”).

El deterioro le dice:
“Besalos, besalos pronto, nena, hacelos felices a estos pobres pobres hombres.”

Ella los mira. Busca en la fractura inmensa del agua por donde emergen los barcos. Pero su búsqueda no tiene objeto.

– Sólo los cuerpos han de buscarse, mi niña, no los objetos.
– No te cansás de enviarme reemplazantes? Hasta hace unos días no podía pensar ni un minuto sin ser interrumpida por alguno de tus enviados y sus estúpidas mordeduras.

Es bien conocido el poder de las palabras, pero nadie imagina el peligro que despierta del silencio de Penélope. De la gangrena de la lengua que duerme en Penélope.
Ella se siente ganadora porque con su silencio podrá evitar que las órbitas se choquen. La suya, tan solo rozará el encantamiento.
Con los ojos bañados en el almíbar que le brota desde el conocimiento del triunfo, Penélope se eleva hacia la abrasión de lo dulce, al festival de la promesa.

Penélope vive de la esperanza, cierta por imposible, de que llegue el barco con la gota que la rebalse. A los ardores los suaviza con el fresco y tonto placer de dar vuelta la almohada o con el de masticar el hielo que se ha ido quedando en las copas.

(esas que podríamos haber seguido rompiendo hasta la harina)

Ay! Si pudiera ser ella como un reloj, si pudiera culpar del destiempo a su triste e imperfecta maquinaria!

NdA: Todos los personajes de esta historia hacemos bien nuestra tarea. La vida sigue y todos tenemos cosas que hacer mientras Penélope corre.

– Se detendrá Penélope algún día?
– Quién sabe. O quizás también nosotros comencemos a correr.
– Y el amor?
– El amor podría dedicarse a tejer algo mientras tanto.

El cielo en la vereda

noviembre 24, 2008

Según las épocas van variando las infusiones.
A alguno le debe pasar con las golosinas,
con las marcas de cigarrillo o con las lecturas.
A mí me pasa con las infusiones.

Según las épocas es el bicho que se arrima.
La hormiga se me escurre por entre los dedos
pero se baja enseguida. Ya no siente ese dulzor, supongo.

Era noviembre cuando leí:
“me agarró un miedo como si te fueras a morir de frío o de repente”
Fue como una premonición. Creo que ese fue el día en que dejé de leer.
(vos que me preguntabas que cómo, qué cuándo, que por qué)
Era noviembre, es noviembre.
(continuamente debería ser noviembre)

Rapsodia de noviembres

Mes en el que todo comienza a comenzar entregado a su ser.
Mes en el que todos estamos, no en el camino del medio,
sino en el medio del camino
(como estorbos almacenados que esperan Navidad)

En noviembre somos:
Abalorios magullados en el pecho o adornos para el futuro arbolito.
(Nota: si esto te suena de alguna manera romántico, algo estás leyendo mal. Esto es decididamente técnico)

La donación de los segmentos de la lepra arbórea avanza como bala por los plexos en ayuno. Es la tundra violeta de noviembre.
¿O no es la decadencia del jacarandá una cosa de todos los días pero noviembre el mes en el que este ocaso se le nota?

Hace un tiempo se habían puesto de moda las flores para las ensaladas. Se te pegaban al paladar. Se escapaban del vinagre primero y de la lengua después. Ni un ruido hacían y entonces no te dabas cuenta de que habías comido hasta que (con suerte) alguien te avisaba que tenías algo violeta pegado en los dientes y empezaba a guiar a tu uña ciega.

– Más arriba, más al costado, no no, del otro lado… ahí, si.
Y listo.

Ahora es todo más competitivo y es raro que alguien te avise que tenés algo entre dientes.
O los cordones desatados.
(o el reloj a medio abrochar)

Yo tenía una flor que me hacía el numerito del silencio cada vez que le pedía. Como a un títere yo la desvalijaba de todo lo que era espuma hasta que se le veía bien bien toda la rabia. Como un esqueleto sin excusas para el circo de las fotos o de los espejos.

Pero, en realidad, lo que yo quería decir con todo esto es que las flores siempre triunfan.
Y triunfan porque no pueden ser abandonadas.

Ellas se van como quien dice ya vuelvo
(pero no)
Se alejan un poco
Se acercan bastante
(como suelen hacer las cosas imposibles)
Acercar y alejar, dos verbos en definitivo
(como amar o látigo o sin tiempo)

En noviembre, la flor es la previa, el pan a la boca.
Después viene lo bravo.
Porque por más que nos encandile, la florcita violenta no va a hacer que los párpados nos pesen y se caigan y tapen finalmente al tedio existencial
Liso
Chato
Abstinente
Sobrio
Ingenuo
Simple
Frugal

El tedio. El sometimiento. El hartazgo.
Ese cautiverio en el claustro interminable de la fiebre,
donde todo es lamer la fruta hasta el carozo,
olerla hasta el carozo,
desearla hasta que la saliva sangre
(pero sin morderla jamás porque algo nos debemos los que respiramos y porque además conocemos bien el riesgo y nos sabemos de memoria los contornos del abismo)

– La insistente persecución de la memoria se concentra sobre aquello que adora, sobre aquello a lo que se le cree siempre y cuya sombra nos remolca.

Pero nada es para siempre, lo cual es un alivio.

El otro día pusimos en algún lugar del universo una mesa con forma de aljibe mientras dejábamos en claro que la elección se quedaba entre la tierra y la cápsula.

– Todo esto se acomodará en el reloj según señalen las agujas de la recaptación
(o de la capitulación)

El día o la noche duran lo que dura la actitud.
(el problema surge cuando la actitud se escribe con una prosa que se regocija en su pobreza tópica)

“A grandes errores, pequeñas rectificaciones”
podría ser una gran frase célebre.
No tengo otra observación inteligente que hacer al respecto.

Aromas de mixtura

noviembre 14, 2008

– Haría esas cosas sin darse cuenta (sin querer?)
– Sí, si aún hoy, fíjese, patea a un costado las cáscaras de banana.

Yo creo en ella todavía, aunque pocos me entiendan cuando explico que, para mí, lo hace para que nadie detrás de ella -y mientras ella no acompase su paso para salvarlos- vaya a patinarse y a matarse contra el cordón de la vereda.
De esa manera, su espíritu apenas sufre. Sufre a penas.
Como cuando yo me pongo a creer en lo indefendible, se entiende? Cualquiera puede. Como pasa con tantas otras cosas que cualquiera puede.
Sube el telón de la metáfora y al escenario el mago.
(demasiado pañuelo tapando el nada por aquí, nada por allá, dirán, pero el mago sabe que lo más rico de los quesos son siempre los agujeros, que el anzuelo está ahí, en el mismísimo agujero)

Separación vínculo separación.

Todos los días nacen los árboles y todos los días hay que podar.
– Déjame que te cuente mi leña, ahora que aún se esfuma el recuerdo…
(todo por sobre la imagen, que sigue levando)
– Debe ser muy difícil morirse uno del todo, pero hasta la arena va a terminar pudriéndose también.
Es que si la arena tuviera bordes definidos, todo sería más fácil. Pero nadie enmarca. Las cosas ya no son arte, cuánto hace. Cuánto que los compromisos son agua, lisura, aire, guiones que separan al yo apelmazado?
(con la mano las eleva por el precipicio. Una por una, las piedras del alud van subiendo el abismo. Cantos rodados, gigantescas, medianas, arenilla y guijarros. Sube el barro también. Remonta la basura, las cáscaras de banana, la lluvia, el polvo, hasta que en el fondo sólo queda ella. Un rato sola. En lo profundo.
Y después, lógicamente, ella también se eleva)

Separación vínculo separación.

Y ahí está el pájaro con sus alas clavadas al suelo en actitud de airoso volar, con la cara contra el piso y la vida retirada de la vida.
Así es como el pájaro, pienso yo, se inventa las cosas. Cargando todo el peso de sus alas en el suelo.
– Y cuando se aburra?
– Y bueno, cuando se aburra aprenderá a esperar los incendios y luego al deshielo.
El pájaro que se inventa las cosas dice que eso es mejor que volar.
– Pero si ves muchas películas o escuchás mucha radio o leés muchos libros, no vas a poder protagonizarte en nada. No te va a quedar tiempo! Los ojos tienen que andar más sueltos, pajarito. Libres. Para meterse adonde puedas entrar.

De qué se trata la película?
(estas son las preguntas que nos justifican el hecho de estar vivos)
Nada por aquí, nada por allá…
Los besos dichos, vistos o escritos, no son besos. Son películas y radionovelas en las que no nos besaron.
El exotismo se vuelve algo común para los ojos curtidos sobre el viejo puente. Los ojos de las mil visitas al río. Ojos gastados de filosofar sin arte para alcanzar el saber de la alameda.
Quizás algún día el hartazgo nos modifique tanto las preferencias que ya no haga falta buscarnos en los espacios comunes.

En cubierta XI

noviembre 11, 2008

Todavía mordemos los cabos para que no se nos escapen las derivas.
Todavía barremos las noches de la niebla y a los finales que se marchitan lejos y apurados.
Breves todos. Como jazmines.

No tengo el más mínimo recuerdo de haber aceptado participar de esto.
Los de abajo se han encerrado y el capitán ha ordenado que abramos las puertas. Por debajo de nosotros se los oye trabajar como siempre, sin embargo, los ruidos no son los mismos que oíamos antes. Los han alterado, ya no se oyen huecos sino húmedos y hay una arritmia en el orden de los gritos, siempre seguidos de un golpe que nos deja vibrando como varillas o diapasones que no saben de pulso.

A la muerte de Krane la sobrevino la venganza de los de abajo. Algo envenenó la calma. Quizás el subestimar esta realidad plagada de conceptos y licuada de pruebas.

La guerra y el genocidio son ciertamente un tema deprimente sobre el cual escribir por lo que obviaré detalles. Todo es tan irrelevante como irreversible. Sólo diré que durante estos nueve días una cosa que hicimos mucho en cubierta fue arrojar a sus muertos por la borda. Los de abajo, en cambio, dejaron las portillas abiertas, no para que se ventilara tanto olor a muerte que emanaba de esa suerte de catacumba submarina, sino para que nosotros supiéramos que abajo estaban los nuestros, también pudriéndose.
Los demás son todos detalles forenses.

Lo cierto es que ahora hay que abrir las puertas pero nadie quiere acercarse por temor a ser muerto.
(o como un intento por continuar por sobre la inexorable derrota)
Es que sin este miedo estaríamos privados de redención.

– Miedo es rezar todas las mañanas para que sea feliz. Aunque ya no me ame. Eso es el miedo.

Palabras del capitán, que lucha ahora en solitario contra las cadenas, contra los tablones que obstruyen las entradas del infierno.
Le sangran las manos. Le sangran los huesos de ese esqueleto que vivió envuelto en carnes y carnes y en más carnes, sin partirse, porque no es la herida lo que lo mueve, sino su cicatriz, estar frente a la puerta con la gemida sospecha que quizás detrás ya no haya nada.

Durante los últimos días he estado intentando adivinar sus intenciones a través de la lectura de sus gestos, de sus ojos inestables, inmóviles, porque sé que desde ciertos ángulos, algunas cosas parecen menos peligrosas de lo que realmente son, pero decir que el capitán se ha vuelto loco sería insultarlo. Él estuvo toda su vida más allá de la cordura o de la demencia.
Cómo se atreven los demás a bajar la mirada para ocultarle que no van a seguirlo?

Bassard mira y fuma, y mientras tanto amanece, llueve, anochece y vuelve a amanecer. La niebla nos roba consistencia (siempre) unos minutos antes de la lluvia.

– Nadie logrará quitar esos clavos. Entre ellos y la madera hay un momento eterno. Atrapado.

Siento cierta antipatía ante esos días que no tienen ni la menor idea de para qué vinieron.
También por el cielo, cuando llueve o graniza cómo única forma de caérsenos encima.

En cubierta X

octubre 28, 2008

El cadáver morado de Krane fue encontrado a la mañana siguiente. Sus ojos entrecerrados, llenos de pelo y moco, producían una distorsión grave al sentido de la estética.

Primero fue el ruido de los golpes estratégicamente combinados con el de sus huesos quebrándose, luego la rápida y panorámica caída hacia las redes, después la nausea, el miedo, el pensamiento organizado y entonces sí, ahí sí, el cuerpo de Arseni Krane supo lo que era el dolor.

(probablemente haya sido la pesadilla de sabores que se mezcló en su boca lo que lo alertó sobre el padecimiento al que estaba siendo sometida su carne, lo cierto es que Arseni Krane nunca supo qué o quién lo estaba matando)

El capitán ordenó un funeral inmediato y que se les comunicara la pérdida a todos los de abajo.

Se presentaron algunos, todos jóvenes transparentes, y su mujer, una adolescente de no más de 15 años que de tan blanca, celeste, la cual subió a cubierta con sus hijos, todos ellos envueltos como ella en infinitas telas de gasa, también blancas.
(al verla pensé que la providencia lúbrica de todas las selvas del mundo se había concentrado exclusivamente en ella)

Los restos de Krane se fueron hundiendo en el mar como una elegante y rectangular miga seca de pan dulce.
No hubo palabras de despedida ni llanto.
(a veces necesitaríamos al menos una mosca que nos zumbe alrededor del silencio de las brasas de esta tribu que se extingue)

Los de abajo se fueron enseguida para tranquilidad de todos los acostumbrados a ser siempre mayoría. Estos que anuncian su amor con alegorías. Los que nunca entenderán que hay gente que no necesita disimular con ropa colorida que todo no es más que una mortaja provisoria.

“Los individuos que se temen se recluyen (a leer, a estudiar o a comer en exceso) con la esperanza de que pase pronto.”

A la hora de almorzar, cuando en el suelo se comenzó a dibujar esa sombra fresca como de árbol, sólo quedábamos en cubierta Bassard, el capitán y yo, que me disponía a subir a mi puesto.
(un capitán sin mujer, un hombre que nunca se ganó un regazo sobre el cual reposar su cabeza y una vigía atormentada por el deber de callar lo mejor de lo observado)

Según lo establecido, el infierno y la desolación que anclan cada mañana sobre nosotros se van dispersando conforme se acerca la noche. Solamente nos es concedido cierto descanso durante el rato en el que el sol nos olvida o se detiene la tortura de la sal.
O cuando brota esa sombra de árbol sin árbol o esas otras maravillas que nos invaden a diario.

Lo cual es de agradecer (ciertas veces, digo) a quien sea que esté a cargo.

En cubierta IX

octubre 22, 2008

Interlocutora de las no bodas vienen a mí las palabras, significaciones listas para envejecer hasta hacerse ininteligibles y que nadie, ni ellas mismas, se piensen.

Asisto al delirio colectivo mientras el barco continúa con sus movimientos negligentes. El caos mismo del Universo representado en su marchar diabólico, desordenado como el deambular de los infantes, para quienes todavía resulta lo mismo pisar los bordes que los interiores de las baldosas.
Persisto en el delirio. Toda esta mentira es, para quien quiera creerla, nada más que un cuento de jugos nucleares, una piñata repleta de papelitos que dicen el día, la hora y el modo en el que algo ocurrirá, cualquier cosa.

Anoche el capitán se sentó por primera vez con nosotros. Al verlo, Bassard se puso de pie, plegó su reposera y desapareció rumbo a los camarotes. Yo acerqué mi silla:

– Capitán, no hay modo de glosar esta irrealidad.
– ¿Deberíamos entonces, según usted, no hablar ya más de nada?

Uno de los de abajo, el más joven, aprovechó el nivel del capitán para hablarle de las necesidades de su grupo. Se presentó como Arseni Krane y le solicitó un caballo. ¿Para qué necesitarían un caballo? Al cabo de unos días, él también se aburriría, pensé. Sin embargo el capitán lo escuchó con atención sin que su cara sufriera el mínimo cambio. Krane entonces, continuó. Se quejó de las carencias en las bodegas y le sugirió al capitán que saqueara (en realidad, utilizó el verbo incautar) animales y alimentos de las balsas que se fueran acercando. A todos nos pareció otra estupidez de los de abajo, aunque esta vez, ver tanta osadía, tanta audacia junta en uno de ellos, me resultó sospechoso.

Es que en el momento en el que algo -alguien- ejecuta una acción que no comprendemos, aparece indefectiblemente la desconfianza. Como cuando todo esto comenzó, que sospechábamos de cada una de las falsas señales: de las sombras, de las manchas en los animales, de los incendios, de todas aquellas cosas que sin explicación comenzaban a cambiar su forma de expresión.

Al principio intentamos reparar los daños. Buscábamos métodos, embalses, modos de control. Denunciamos a la suerte en las iglesias, en los templos y en cuanto foro nos dio cabida.
Pasaron varios días. Meses. Llegado el tercer año nos comenzamos a armar (para luego creer con firmeza) cada uno su propia teoría sobre la devastación. Era necesario edificar desde un nuevo cimiento nuevas certezas que validaran esta nueva realidad.

Así, entonces, el capitán edificó sobre el cálculo de que Ella nunca lo quiso a pesar de sus ahogos y de sus intentos por mantener el nivel de romanticismo a una altura media, cómoda y respetable; Bassard, sobre la convicción de que no importa cuánto él haga, es Dios quien no lo quiere particularmente a él y la de que a la vena poética es mejor dejarla de lado para los pobres penitentes y penar únicamente bajo el conjuro de la prosa o del monólogo romántico como para pasar mejor este tiempo, que es mucho.

Yo recalco (y no me falta el aliento para repetirlo) que tuvimos suerte. Y sobre esa teoría construyo.

Nada es demasiado complicado. Alguien quiere contar una historia deliciosa a partir de personas encerradas en un barco y ordena sin sentido concreto lo inadmisible.
Y qué más quisiera ese alguien que anduviera todo de maravilla, de verdad, aunque no importa, quiero decir, todo este drama, el suyo, el nuestro.
Lejos de preferencias o gustos, no cabe duda que ya la experiencia nos habrá inmunizado a todos contra toda la maravilla que pudiere andar, independientemente, ya lo dije, de deseos inocultables por sinceros y gordos.
Escribo esta crónica por aquello que alguna vez prometí de escribir todo lo que ese alguien me pidiera.
Creo sin pruebas. No hace falta más nada.

En cubierta VIII

octubre 7, 2008

Siempre hay alguien que me quita lo bailado.

Bassard me habla mirando al mar. Con gestualidad nula se ofrece a buscar por mí a alguien en quien yo pueda ser todo lo ávida que quiera.
La mímica del sufrimiento sumada a una sintaxis borrosa, y la muerte alojada en la pausa (en la armadura parsimonia de la cosa literaria), contra el pensamiento diáfano.
(con esto él intenta un declive, sembrar una ausencia razonable en esa esquina de mi pensamiento, la esquina perdida por donde siempre me queda la narración incierta, confusa y extrema)

– Hace falta ocupar el distrito ese que existe entre los dedos, Bassard?
– Todo se desvanece en una sed mal saciada, mi niña.

(Ay! con la acusadora seguridad de los otros!)

En cubierta, lo más parecido a un pájaro es uno de los viejos del grupo de los viejos, el que tiene muchos ojos; el que para tomar sus píldoras levanta la cabeza al igual que las gallinas.
Es el más enfermo, pero goza. Goza con sus problemas de orificios, de salivas y de nalgas picoteadas. Se mira el dedo gordo del pie y goza. Gime. Bellísimos y punzantes fragmentos:

– “Señora, su esposo se está ajustando la cuerda demasiado fuerte alrededor del cuello; que tenga cuidado que se puede matar”.

Sin embargo esta señora está dispuesta a seguir ignorándolos. Devotamente. A él por viejo y por enfermo, y a su esposo… con su esposo la comunicación es inoperante. Desesperante. Insoportable. La comunicación entre ellos fue concebida únicamente para guardarse secretos.
El viejo quizás muera cuando el gozo lo harte o el cuerpo se digne, pero el hombre de las sogas no morirá; juró no morir hasta que el capitán le consiga un ataúd y algo de tierra. Cree que el carácter de la intención producirá ese fenomenal resultado para sus funerales.

Hemos leído y estudiado todo pero para nadie parece ya haber consuelo en el conocimiento de lo inmediato, y la densidad inmaternal de los datos comienza a plastificar también el discurso de Bassard:

“La certeza es la sonrisa de los locos inconexos. La prosa piloto les ha ido aislando a algunos el encéfalo”

El barco hace espigar la locura y con ella llegan las ferocidades a besarlo a los mordiscos. No hay nada malévolo en ellas, por el contrario, se encargan de devorar las ramificaciones oscuras que le crecen de entre las maderas al barco por las noches.
Lo verdaderamente tenebroso sigue siendo el ruido.

(esta noche será noche de plegaria, ninguna criatura se comerá lo poco del polidogma que me queda)

Mañana el gato gris se enredará en los pies del capitán mientras él trapee desnudo los desmanes de la noche. Todo es más de lo mismo, no parece que nada fuera a mejorar ni a empeorar.
No tenemos esa suerte.

En cubierta VII

octubre 2, 2008

“Sabés? a veces hace mucho pero mucho mucho mucho mucho calor, y parece que julio es enero, y no hay más nieve. Y enormes olas están barriendo las ciudades y hay huracanes en todas partes.
Y todo el mundo sabe que eso es un problema.
Pero si algunos expertos dicen que no es un problema, y otros expertos afirman que no es un problema (o explican por qué no es un problema), entonces, simplemente, no es un problema.”
Laurie Anderson

La sal nos endurece y los días no perdonan. El barco apesta menos cuando se aleja de las nubes.
Y vienen a mi mente los tiempos firmes, tiempos en los que salir de lo seguro nos llenaba de un deseo que aún no estaba claro.
(sólo la reconocible pulsión de querer ser parte de la Zona)

El barco nos mira, él tampoco nos recuerda. Traza círculos vacíos comandado por un capitán que siente que aborda con firmeza a quien pródigamente lo acecha.
(parecería que todos nos dormimos para que mañana empiece otra mañana idéntica en la que caminaremos de nuevo por sobre la saliva ya seca con la que estamos hablando)

Dicen las mujeres que en la cocina hay una puta que agoniza.
La cocina es fría pero la curandera no ha pasado una sola noche en otro lugar del barco que no sea esta cocina especialmente diseñada para cercenar a las almas de los cuerpos que ya han renunciado a la idea de ser épicos.
La curandera supervisa la agonía. La desviste, la calma. Le cuenta a la puta sus fracasos.
(qué probará conmigo cuando me llegue la hora?)
La bohemia de las cocinas, dirá Bassard.
La entretiene con desengaños porque no sabría contar historias que no ha vivido:

– Yo no sé nadar. Yo solamente planeo.

Mujer que vuela sobre un hombre que nada, pensará, si es que le cabe, la moribunda, que lleva su piedra ácida a todas partes. Para que la registren. Porque sabe que formará parte de la trama hasta que la olviden y se vuelva de mimbre y ya no se reconozca sino en su duplicado flexible.
Un exceso de algo desconocido. Serán las primeras muelas, los molares de algún dolor amable y deseado. No sé qué cosa estará matando a la puta.
(y cuando no se sabe, lo mejor es dejar todo en manos del vino)

– Es que así no se puede nadar, así de endurecida, digo.– continúa la vieja.

A veces la vida le ofrece demasiados predicados a un único sujeto.
(algunos para ser deseados, otros para ser vistos en el vivir de los otros)

Nadie se viste de nuevo para amar pero tampoco se llega a un destino diferente por la ruta de siempre.
Es la dialéctica del sujeto sujeto al lenguaje.
(¡pero si el lenguaje solo nos sirve para avisarle al entorno que ya estamos muertos!)
La hinchazón de los secantes, explicará Bassard mientras arrojemos el cadáver por la borda.

En cubierta VI

septiembre 19, 2008

Hay un hombre que miente en el interior de cada cosa. Se podría decir que fascinado por las aguas más oscuras de su espejismo externo o por una misión.
Fue suficiente. No puedo yo revelarles tanto.

Mientras hervía el caldo, recordé aquel encuentro con Bassard a la salida del cementerio. Ya se habían ido todos pero él seguía en la vereda. Espontáneamente se había puesto a hablar, desde su borrachera y hacia quien quisiera oír, sobre las bondades de la difunta.
Recordé también cómo por el paredón comenzaron a bajar los gusanos, todavía ellos con sus bocas repletas de la piel de la mujer, muerta y húmeda, y la extrañeza de notar que ya nadie se sorprendía por los hechos formidables que habían comenzado a suceder desde hacía un tiempo, quizás como una defensa última y extraordinaria que nos preservara de la locura. Una batalla contra la imaginación y la realidad, que ya no parecían competir entre ellas sino en contra de todos nosotros.

Como si fueran cachorros perfumados, los miró Bassard sin incomodarse al tiempo que yo evaluaba el modo mejor para cortarles la cabeza: uno por uno me los debería colocar entre los dientes hasta encontrarles el cuello con la lengua. Ahí iría el corte. Exacto en el cuello.

Los gusanos se acercaron a nosotros esquivando y siendo esquivados por chicos de las manos de sus madres las que, al ver la escena, los arrastraban lejos porque: ¿qué madre quiere que la suela de su hijo se hunda entre gusanos?

Bassard continuaba su ponencia. Habrían amarronado aún más sus pulmones cinco o seis cigarrillos cuando noté que los gusanos retrocedían hacia el paredón, seguramente satisfechos por la charla en la que él la nombraba y nuevamente hambrientos de su carne, todavía fresca.

Eso, imaginarlos penetrar nuevamente su féretro, fue lo que quizás apuró mi despedida y lo que luego provocó mi vómito contra el paredón, vómito que enseguida fue devorado por los enviados del “Señor de las Moscas”, como llamábamos a quien quisiera ser el responsable de estos sucesos que nos estaban invadiendo los oficios.

Con Bassard siempre nos habíamos preguntado las razones para tanta pared alrededor de los cementerios. Nadie quería entrar y hasta los gusanos se escapaban.
Habría que enterrar también a los cementerios, pensé en aquel momento en el que aún sentía que podía haber una alternativa mejor para todas las cosas. Pero si eso sucedía, si tapábamos con más tierra a los cementerios, se elevarían montañas inmensas en cada ciudad convirtiendo al paisaje mundial en un mayor camposanto.

Hoy, frente a este caldo, me pregunto adónde estarán las montañas ahora que los mapas ya no sirven para nada.

No dejes pasar esta oportunidad!

septiembre 12, 2008

De qué se trata el conflicto de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

En cubierta V

septiembre 11, 2008

El verdadero su-puesto poder está en poder vencer y no vencer, en poder huir y no hacerlo. Él y yo lo sabemos. El capitán, que yo sé marchar con paso que simula sometimiento, y yo, que él no posee el pulso correcto para el buen combate, sino la particularidad de prestar sus oídos, su sexo, su boca. De prestarse a todos sin transigir con absoluta-mente ninguno.

Como un adicto, bajaría para avisarle al capitán que se acerca una balsa. Hace un rato que la tengo a la vista y que trato de imaginar qué cara pondrían si oyeran mi narración, mi micro mensaje que diría:

– Balsalavista!

El mío es un trabajo parecido al de las parteras: la noticia, o es buena, o es mala.
No hay intermedios.

a- La aparición de la balsa se vivirá con entusiasmo. En la balsa hay animales, árboles frutales, vino, música, equilibrio.
b- La aparición de la balsa se vivirá con recelo. Son humanos pero el capitán verá parásitos que hablarán (que gritarán!) en todos los idiomas que ayudemos a sus críos.
El capitán elegirá la b y nos ordenará no entrar en contacto con la balsa.

(para nuestro capitán, amor y dolor no se reparten sino que se multiplican con la compañía)

Esa será la orden, lo sé, y así estará muy bien porque, en definitiva, nada de lo que expone la balsa nos fuerza a ser buenos.
(o acaso no estamos acá, en este barco, a fuerza de ser buenos?)

La balsa es un problema innecesario.

Bassard dirá:
– Sabemos Capitán! Conocemos sobre astronomía, sobre astrología, sobre gramática, matemática y dialéctica, Capitán. Repiense! Deje subir a esos niños. Nosotros podemos instruirlos!
Mi capitán responderá:
– Oh, Bassard! Cómo te atreves? Tantas disciplinas no han podido disciplinarte!
Y el disparo a Bassard, aunque no lo matará, nos convencerá a todos.

La balsa es un problema evitable.

Y mientras bajo a cubierta sin decidir si pensar en que salvé a Bassard o en cómo se crea la distancia entre nosotros y esa balsa, llega una nueva orden del capitán y mis labores cambian.
Debo ahora limpiar todos los frutos que le quitamos a este gigantesco árbol de agua. Sentarme a quitar espinas, a quitar escamas, a quitar escorias.
(si fuera una granja sería como desplumar, descuartizar, desmenuzar)
Pero no es una granja, es un barco, y hay espinas y escamas y escoria y esa será, sólo por hoy, mi nueva tarea. Un descanso merecido.
Mañana volveré a mi verdadero puesto a rescatar al gato.

(pienso que no tan menuda es la tarea de las menudencias a la hora del caldo, mi querida verdurita)

En cubierta IV

septiembre 11, 2008

“Ellos nos miran creyendo que lo saben y sabiendo que no creen, y nosotros, nada, porque dar explicaciones es de fatuos, de perros sin dueño, de pulgas de arrabal, de muros en blanco, de bacalao en góndola”.
S. Bassard

Anoche vi al capitán haciendo un avioncito de papel. No alcancé a dar vuelta la cara lo suficientemente rápido y, por lógica, la curiosidad tuvo después la justa necesidad de sentirse consolada.

Fue como aquella vez que lo sorprendí trapeando la cubierta. No puedo quitarme esa imagen de la cabeza. Terriblemente desnudo escurría el trapo de piso por la borda. ¡Con una delicadeza tan automática! La misma con la que anoche lo vi hacer los dobleces.
Una delicadeza sin conciencia ni ilusiones y la lentitud con la que sólo se le cierran los ojos a los muertos.

“La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño.”

Cuando me siento mi rato a descansar y a transcribir los hechos, me cuesta asegurar que todo esto sea cierto. Los últimos años, digo. El golpe seco durante esta pausa es agotador. Como aquella otra vez cuando enmudeció en el último boulevard seco que quedaba y yo comprendí que, a determinada confidencialidad, yo jamás sería invitada.
Después de eso ya no pudo (o no quiso o no supo) explicarme más nada.

“Seco” es otra de las palabras que ya casi no usamos en el barco.

El gato gris llora.
Esta noche no lo voy a bajar a cubierta, lo voy a dejar acá arriba, en este micromundo arrinconado en lo más profundo de la superficie.

(porque acá arriba todos podemos llorar, porque acá arriba nadie tiene la culpa de nada)

Cuatro

septiembre 3, 2008

El error se aceita los rieles en quien se dilapida.

Así es la modalidad del proceso:
Nos sentamos, pliegue sobre pliegue formando la masa, el drapeado, la desorganización. Nadie habla, nadie dice. Todo conforma una mueca que extraña la dolencia.

– Definir es la manía del soberbio
– nos dice el maestro a los tres pero mirándola a ella.

La voz del maestro y su técnica, sumadas a la terapéutica basal que nos construimos para que sobre ella él nos edifique, nos descomprime, nos suelta un poco, nos pasea, nos alimenta.

– El escéptico, en cambio, no se concentra en el dilema, pues para él no hay dilema sino un espacio a atravesar.

Es cierto, y lo podemos aprobar porque lo hemos visto. Al escéptico. Hastiado y falto de intensidad, este es su modo: Buscar la reabsorción de la incertidumbre y el debilitamiento de la palabra para avanzar.

– Tomaron agua alguna vez en Buenos Aires?

La que festeja los vértigos del sufrimiento, sonríe. La otra siembra esperanzas sin convicción en una banquina de uso frecuente. Alguien que ama ser castigado zapatea su espanto sobre la narración. Jadeante. Extenuado. Vegetal que no fruta de ninguna índole su genio. Tan delirado, tan irreprimible, vive así engañado en la valoración de su propia nada.

– El vacío es una derrota a asumir, muchachos.

Al maestro le esperan unos días de clausura.

En cubierta III

agosto 28, 2008

Mi puesto de vigía me confiere una dudosa intimidad. Compruebo que existo. Me siento redimir aquí arriba.
Ocultarse es sinónimo de que afuera es una guerra.

Desde esta cumbre, el barco se ve como un gran zapato de madera. Los ochenta metros de perímetro que nos enmarcan parecen patinar sosteniendo la tibia virulenta de un cuerpo amputado.
A esta altura ya nos hemos hecho las preguntas más urgentes (a nosotros mismos y luego entre nosotros y después al espejo y también a las paredes y al resto de las cosas) pero nadie ha llegado a ningún lado ni ha obtenido respuestas.

(el capitán nos consuela diciendo que es mejor conservar ciertas incógnitas como una reserva de energía o una pócima secreta para cuando sea necesario)

En el barco hay unas cosas que gritan y cada tanto debemos sumergirles las cabezas en el agua para que se callen. Entonces el mar se oye como respiraciones.
Las manos nos quedan temblando después de eso.

(el gato gris quiere volver a cubierta pero no sabe cómo bajar sin mi ayuda)

Anoche sufrimos la llegada del verano más caliente de la historia. Estábamos todos jugando al juego de los siete errores, enroscados a las bufandas, cuando llegó. Creo que fue una gran suerte que semejante verano haya durado sólo una noche y la mitad de la mañana de hoy. Con algo más de sol habríamos muerto. El secreto de este juego está en pasar los ojos por los detalles. Nos envolvimos en telas mojadas para soportarlo. Una especie de Braille pero por los puntos menos sobresalientes. Eso nos refrescó un poco. Por la topografía latente que deja la melancolía de lo general. Por el agua mezclada con el viento. El juego de encontrar los errores como si las diferencias… como si fuera mejor encontrarlos que aguantar la disonancia.

(hoy no tengo intenciones de ayudar al gato)

Todavía quedan en el barco algunas cosas a las que no les hemos puesto nombre. Eso nos inquieta aunque no sean tantas esas cosas, ni llamarlas tan urgente. Nos preocupa más cuidarnos de que no vuelvan los días anteriores. Son los peores. Porque son los días en los que hay que decidir algo, y decidir es siempre una separación.
Solamente nos separa una decisión.

– ¡Tiremos los relojes por la borda!

Pero ya no hace falta. Hace tiempo que en el barco no hay relojes.
Todo el tiempo es tarde.

En cubierta II

agosto 23, 2008

“Vivirás mejor, Licinio, si no te adentras”
Horacio

El cadáver del último infectado flota de espaldas.
(no es una visión disonante con el resto de lo que ya hemos visto).
Vemos cómo el cadáver se aleja desde la perspectiva enferma de los que creen que todo sucede por afuera de uno.
El cadáver se aleja y a bordo nacen los rumores y todos volvemos a nuestros quehaceres como argumento de emergencia para cambiar de paisaje.

-Vivir es querer ser otro.

En este barco no hay cuadros ni imágenes ni fotos.
Algunos vivimos a la espera de que otros más también se pierdan y lleguen.

(nuevas caras para que no todo sea una eterna despedida)

Otros, acaso los indolentes, se contentan con los fantasmas que ven pasar por entre el humo de los cigarrillos.

-Vivir es creer ser otro.

El capitán ha ordenado una gran fiesta para esta tarde.
Deberemos vestir a los maniquíes y no decir nada sobre la falta de música.

(a él no se lo contradice ni se le da consejo si no lo solicita)

Nuestro capitán es un príncipe, un emperador, un hombre reservado que ante un cadáver resume que no hubo curación y regresa al timón para retomar la marcha y olvidar.

¡Y ahora se adelanta, bravo, apretando al mar contra la orilla esférica y abriendo tajos en el agua para que despierte y nos alimente!

(nuestro capitán obliga al enemigo a alimentarnos y el agua pliega su soberbia y entrega su sal sobre el alcohol y los manteles).

-¿Adónde se habrá escondido el perro que nos lamía la cara?

Luego de la fiesta, y como cada noche, comenzarán las historias de peatones. El capitán lo ha dispuesto así para los insomnes. Una tras otra se sucederán las historias y los narradores de asfalto y los insomnes sonreiremos mientras pasa la noche y los libros se siguen muriendo sobre la mesa.

(por la mañana volveré a mi posición y me llevaré conmigo a mis dos gatos)

Seguimos navegando y es primavera y el orgullo despliega su escándalo y libremente exhibe su calavera.
La guerra tiene eso: o matás o te matan.

(y si hemos de matar, que sea con determinación y presteza)

“La ruina de muchos comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron ninguna importancia en su momento.”
Thomas de Quincey

En cubierta

agosto 18, 2008

Decir por no hacer y hacer por no decir. Eso, y nada más que eso, es lo que forma las cavernas.

Viajo en compañía de un barco que hace zanja rumbo a Sudamérica. Vamos a la velocidad de los ciegos (se hace lo que se puede durante las curvas). El agua quieta nos retiene en nuestro afán tácito y lento.
Todos quisimos no irnos de casa, pero a las casas no iba a llegar la inspiración que nos fecundara a cada uno su marcha.

– Colgada como un vestido en una de sus perchas, sólo aparezco cuando busca sus camisas. No debo moverme.

El barco hace escalofriantes pausas. Algunos dicen que para meditar, otros que para tantear con sus manos el fondo, sus dedos a cerrar los ojos de los mapas muertos, desnudos entre algas.

– Desde la silla, colgada, soy su esclava, su señora, su bufón y su tumba. Me ofrece vino cuando tiene sed y me pregunta mi precio hojeando la carta y su cartera.

Y cuando las manos vuelven a la embarcación, retorna el viento y seguimos navegando. Pero barco y capitán han cambiado el sentido de todo y debemos aprender los nuevos nombres de las cosas. Salimos de un error para introducirnos en otro.

– Su muñeca en la pared. Mis ojos abiertos día y noche.
Sin descanso.

Nadie nos convoca. Nadie nos nombra fuera de este barco. Rodeando las salidas el silencio no amenaza: cumple.
Hay bicicletas para todos pero yo me pregunto cuánto se puede pedalear en cubierta sin enloquecer por completo.

– Soy un retrato colgado en su cuarto. Oigo que por detrás de mí alguien me llama. Es la misma voz de siempre. Si pudiera darme vuelta sabría que no hay nadie.

Tal vez sea su condición de posible lo que acabe por evitarnos las sales de un mar de placeres y degradación. Tal vez aquel haya sido el momento del insecto y en un rato ya no nos interese más que volver a la clausura de la máscara. Hemos de volver antes de perder de vista las orillas o podríamos dejar de ser lo que somos.

Cuando lleguemos a la costa, me descalzaré durante una sección del silencio y vomitaremos el mareo a orillas del lago en el que efectuamos las prácticas.
No hay nada que hacer ¿de qué me asombro?
Siempre fuimos intrépidos balseros de cuadripléjicas lagunas.

Como topos

agosto 12, 2008

Dicen que si no se puede contar es porque no sucedió.

Era lógico que Juan utilizara las horas de la noche y los días de tormenta para anidar su apocalíptica locura como una cicatriz sobre los brazos (a veces demasiado largos, a veces demasiado cortos) de aquella que ocupaba su misma y única trinchera acolchonada. Su último bastión.
Compartir ese refugio con ella era para Juan como una victoria. Como una victoria, pero sin las alas que las victorias suelen otorgar a quienes cargan con ellas.
Miraba al río discurrir frente a ellos sin más compañía que la memoria, la mujer y algunos objetos olvidados por los otros durante el apuro infantil por adueñarse del escape.
No había profilaxis entre ellos, ni progreso, ni quietud, y si bien eso se localizaba dentro de lo temible, como no existían alternativas, ellos lo aceptaban así.
Desde el aire se los veía tan claramente que de haber pasado un ave enemiga los habría apresado o tal vez comido como único intento de comunicación.
El ruido del río les era grato pero el temor, el terror a ser descubiertos y fusilados, no les permitía permanecer en la orilla por más tiempo que el necesario para cargar el agua con el que preparaban el café que constantemente bebían para ayudar al estómago a soportar las pastillas.

Juan seguía una bitácora, un diario prolijo, con fechas, mapas y algunos detalles climáticos para que no hiciera falta observar el avance de las cicatrices como método para calcular el paso del tiempo. Un diario cuidadoso, con líneas que formaban planos y luego nuevas líneas que trazaban nuevas formas y rutas para un nuevo y exitoso escape, un diario en el que cada día iniciaba una página en blanco (mantuviera o no continuidad con el argumento heredado del día anterior) sabiendo que, si sólo hay dos momentos en la vida de las personas, el que había que aprovechar era siempre el segundo porque, el segundo, también es el último y ella, invariablemente, le sonreiría siempre a último momento.

Todos sabemos que en las historias lo que no se cuenta es lo que de verdad importa y lo que se dice nada más que un ejercicio retórico practicado por el puro placer de la descripción y de la búsqueda de nuestra propia y mejor purga existencial.
Por eso considero preciso decir lo menos posible sobre Juan y sobre su circunstancia. Porque, a diferencia de lo que sucede en la vida real, una vez escrita una historia, sea verdad o mentira, se convierte ésta en permanente e irrevocable y Juan no posee todavía, de la victoria, las alas que lo ayuden a soportar que juega un juego sin nombre y sin reglas.
Por otro lado, ella tampoco conoce las reglas. Seguramente, de compartir ese conocimiento, durante los descansos conversarían sobre la partida en lugar de sentir temor, o escribir bitácoras o planes, o de disfrutar del ruido del agua con la que, mañana, volverán a preparar el café, que, ya sabemos, ayudará a que les sea más fácil a comenzar el día.

Digamé Licenciado

agosto 10, 2008

Una vez, yendo por una ruta, mi viejo cambió una gorra por dos frutas y se sintió un campeón. Hasta ahí todo bien, pero a los dos kilómetros quiso que mi hermano y yo le diéramos las nuestras para seguir con el negocio.
Había muchos misterios. Ese auto era como un callejón donde a veces se oía alguna música perdida o rasante y otras un silencio ideal sólo para el sufrimiento o para la creación de pensamientos obsesivos.

– La bestia me ronda esta noche como antes volaba por adentro del auto. Va a querer, digo yo, ajustar el cuerpo contra los argumentos y después va a quedar todo el tapizado pegoteado. Yo no sé si atarla o ir preparando el jabón y los trapos.
– Y viste cuando te mordisquea los deditos… Levanta los ojos para que veas que en verdad lo que quiere es comerte el hígado. Y después sólo queda pensar ¿Adónde guardo el hígado ahora?
– Es que dan ganas de comerlo. De morder, yo entiendo. Es tan estéril todo sin la parte de los filos. Es desesperante. Como imaginar a Piazzolla tocando bluegrass en el Tibet.
– No hay caso, no, yo no lo puedo entender. Para mí que a la música hay que hacerla circular para que no se escape del cuerpo. Sea cual sea.
– ¿La música o el cuerpo?
– No sé. Ya te dije cómo son las cosas y vos sólo querés que nos encerremos en el placard a escribir mensajitos verde agua el uno contra el otro.
– Es que cuando los escribo ahí adentro siento que me salen con menos grito, como con nueve defensas y sólo dos delanteros. Son los viejos filtros ¿qué esperabas? ¿Filo?
– ¿Entonces vos decís que estamos condenados a cantar para siempre estas mismas canciones de mierda? ¿Nunca otra cosa? ¿Cómo puede ser que todavía queden oyentes para estas músicas?
– Podríamos alquilar gente que se ría por teléfono, si querés, para no aburrir a la audiencia.
– A mí con un solo acto me sobra y cuanto antes se vacíe la sala por mí mejor. El resto, a la hornalla, que se queme junto a las tostadas. Yo no voy a mirar.
– Pero ¿y el olor?
– El olor es una gran parte. Hace un tiempo me ofrecieron un mundo sin olores pero no lo acepté. Me pareció que podría ser algo similar a no vivir pero estando despiertos.
– No mirar es otra de las formas de esconderse. ¿Por qué todos se esconden? Decime ¿tienen la saliva apelmazada?
– La gente que se esconde sólo sirve para escenografía, y se sabe que vale más una mesa que alguien que se esconde. Una mierda.
– Yo sigo sin entender. Para mí que es algo con la saliva.
– Es la mierda. Viene por ese lado.
– Puede ser. Es que mierda, saliva y vergüenza es lo único propio que nos queda, en eso estamos de acuerdo. Y eso se cuida hasta lo último. El resto si, se puede dejar secar sobre la hornalla que no interesa.
– A mí se me complican algunas cosas, como ser la diferencia entre “lo único” y “lo último”, y ante esa duda prefiero edificarme una muy buena tapia llena de carteles de “Peligro” “Warning” “Achtung” a la que, en tu honor, llamaremos Mierda o Vergüenza.
– Todo un detalle, pero son dos cosas diferentes. Pensar que son la misma cosa sería como confundir a Urdapilleta con Tortonese sólo porque alguna vez los nombraste de corrido.
– Esos carteles no sabés cómo me salvan de las catervas de idiotas y de los modelos básicos de la lencería cerebral. Es casi instantáneo.
– Si, si, extremadamente interesante, pero para la bestia un “Don’t trespassing” adornado con colgajos humanos es la gloria. La bestia huele la sangre a años de distancia. Es como la casita de la bruja del cuento de Gretel. Demasiada golosina. Y las golosinas no despiertan ni respeto ni indiferencia.
– Yo antes guardaba un montón de dulces en la heladera y para conservarlas me compraba todos los días una o dos pizzas de fugazzeta. Ahora creo que todas esas cosas están vencidas, pero no me animo ni a mirarles la fecha. ¿Cuánto tiempo habrá pasado?
– ¿En años o en fracciones de segundo? Yo también llevo vencidas muchas delicatessens y rotas cantidad de muñecas porque yo estaba ahí y no supieron disfrutarme ¿Entendés? ¡Yo estaba ahí!
– Es un misterio, si, si. Lo raro del tiempo es que alcanza para todos pero nunca para todo ¿te diste cuenta?

Malherido

agosto 6, 2008

En la noche, que corre a equivocarse en otra de sus formas leves, obsesivas, des esperadas.

Se tendió sin saber que yo iba a glosar

Espiar por la hendidura de los caracteres al que se oculta en el túnel inconexo de la escritura.
Ver cómo se destroza, cómo se rasga y se desarma para alcanzar y poder así acariciarse la espalda (ese lugar que no se conoce) o darse palmadas.

la decoración de su trampa

El azote primordial de las mejillas, el aserrín, la miseria, la degradación desmedida, esa sensación de refrán incompleto, de metáfora en equilibrio.

(porque para nosotros llegaba la noche que encerraría a todas las dolencias)

No me dirijo a nadie.
No defino ni intento el fondo de nada porque los fondos (yo ya lo sé) a nada conducen.
No inmovilizo las inclinaciones que me constituyen ni las contrarío
(ellas me organizan el tormento y lo guían hacia el delta de todas las preguntas)

un viaje, tarde, llevando a Pinocho en el auto

(malherido y mintiendo a intoxicados en la radio porque sólo los humanos lucen hospitales)

puertos de huesos, de cabecitas

Porque:
Nunca nada de lo asido permanece.
Permanecer es vulgar.
Lo incompleto me enaltece.

(yo te aprendo en las preguntas, en tu quemar en mí el tu saber)

tu simiente esperanza

(un suicida en equilibrio sobre mi desarticulada urgencia)

Sólo eso me libera. Cuando baja el río.
Cuando baja al río.
Cuando baje.

Ni el principio ni el final, no hubo modo de verlos.
Sólo los medios suelen quedarse al descubierto.

(como puentes colgantes)

símbolo de nuestras humanas voluntades

Y otras veces soy yo quien se tiende. Quien te atiende.
Quien te tiende.

que te vuelven del río

(quién te entiende?)

para levantar el vuelo que habrá de alejarme de la queja que une a estas dos ciudades

Y mientras tanto, acá, rodeando la extrañeza, está el escrúpulo placentero con el que espero.
Porque:
Todo el mundo espera que pasen las cosas.
Que pasen.
Pero:
Nadie que retrocedan

sino que pasen.

Intro versión de una niña a llamarse Cupertina

agosto 1, 2008

Ya fue suficiente interrogarme, he de sentirme plenamente satisfecha de no haberme delatado.

Desobedientes hasta en la desobediencia de la estampa y detenidos en una nostalgia que ya ni se afeita (y no por falta de filo sino de espejos) nosotros esperamos una nueva confusión que nos alucine como epílogo del trampolín que mira hacia todos los finales.
Y eso que sabemos, o más bien sospechamos, que no nacen finales sin epílogo ni llantos sin engaño, y que no hay finales que consuelen desde afuera y para adentro sino que todos ellos nos atraviesan el esqueleto como si fuera un agujero negro hacia una nueva plenitud.
(lo sabemos, lo intuimos, qué más da…)
Es el reverso del aliento, dirán, redimido, insensato, vacío de juicio en su velocidad invisible.
Quién es la distancia y el límite durante la expulsión que precede a la epilepsia amorosa?
Y sin esa respuesta no hay huída ni derrota posible. Ni rastro ni posibilidad de un orden diferente.
Probar que aún en ausencia existimos, aunque tan sólo como un ingrediente más (e insulso) de las horas, nos basta.
Podríamos no hablar de nada o de las causas del servilismo o sobre qué conmueve al músculo que vivió trajeado de locura pasajera sin que se nos agite nada más que el abrigar los forcejeos de la insuflada introspección, rival de lo que somos (y con razones más que serias para serlo) pero no lo hacemos.
Podríamos teorizar sobre la inutilidad del vacío o sobre la neurosis de lo serio. Sobre si el hastío tiene forma, tal vez, de cuerpo o de látigo hambriento. Sobre literatura y literatos, sobre las redes que atajan a los prosistas y hacen rebotar a los poetas. Tantas cosas. Pero no lo hacemos.
Porque ante tanta intensidad abstracta, ante tanta vanidad filosófica y retórica, hay un humor que se filtra a través de la primera palabra contrariando a todas las inclinaciones que intentan especular (también) sobre las razones de la piel.
Entonces, de qué hablar.
De qué? Vos decime.

La incierta voluntad del signo

julio 28, 2008

Lo mejor siempre está lejos. Maldita propensión (la de lo hermoso) de crecer siempre tan lejos.
Que por qué no voy a buscarlo? Porque es inútil. Lo bello corre con tanta rapidez que sería como intentar remontar el más delicado de los barriletes en el rincón más apretado del vacío.

Pasamos por nosotros por entre nosotros. Llevábamos ladrillos rotos en las manos. Apoyados en dos árboles tomábamos todo tal cual se nos daba (importa poco asegurar los peldaños cuando uno necesita quedarse en lo llano).
Hubo palabras cabalgando animales. Se creyeron tan nuestras que nos hicieron fiesta todas las tardes. Por las noches, algunas se levantaban para devorarnos. Nuestros despojos amanecían con hambre de palabras que siguieran con la fiesta como primer borrador de nuestra risa.

Como si fuese indiscutible que en cada color vive un sonido y en cada forma una historia, la ciudad camina ahora por detrás nuestro simulando un paisaje reciclable.
Cada tanto siento que todavía puedo dejar sin bodas a todas las cosas impares que me alman. Como a la desgracia de vivir tan al norte del alivio o a esta cara que busca una respuesta cierta en un pantalón sin bolsillos.
La clave está en el tiempo que pude enhebrar viendo cómo el mar se tragaba las botellas.
Yo que siempre supe saltear las canciones que menos me gustan, me veo reptar por entre los pastos sin saber que lo que busco quizás sean los pasos que voy dejando atrás.

Tus dedos se enrulan alrededor de mis muñecas y mi pelo, como una madreselva, te acerca a esa hora que hasta hace poco me pertenecía.
La morfina me sonríe y yo floto mientras se diluye y se desparrama por debajo de mi ropa.
Solitaria y discreta, por el subsuelo de las cosas.

Fragmento (bel canto coral)

julio 23, 2008

Los días son tan iguales…
No conocen el deterioro?

1- El escenario responde de manera muy extraña y cada día con detalles más nuevos que reemplazan (de derecha a izquierda) a todo lo que se va saliendo de plano.
El aplauso es grande, gigantesco, pero nunca nadie sabe si es para los que salen o para los que van entrando.

2- Es el acto perfecto sobre la escenografía ideal. Entran dos personajes a entender de qué se trata. Por un rato disfrutan de la perfección hasta que el director les recuerda, a cada uno, su papel en la obra. Entonces, cada uno con su tiempo y con su estilo, comienzan a mirar todo, a tocar todo, a desmenuzarlo, a olerlo todo hasta que, segundos antes de los aplausos, lo único que queda son moléculas de cosas tapizándoles el suelo.

3- Una obrita con tres personajes que hablan todo el tiempo sobre tres cosas diferentes. Son dos horas.
El público, al principio, trata de seguirlos a los tres (en general, nadie quiere perderse nada) pero lo cierto es que eso es humanamente imposible.
A la salida del teatro te hacen una encuesta para averiguar por cuál te decidiste, a cuál de ellos le prestaste más atención.
Un 80% de los encuestados suele decir que se pasó las dos horas intentando unir los tres discursos en un sentido único y proporcionado. Un 15% dice que al cabo de unos minutos se decidió por la voz que resaltaba más por sobre las otras (interesante es que no todos destacaron a la misma). El resto, un 5%, refiere que se sentó y disfrutó de la musicalidad de esa especie de Bel Canto Coral desarmonizado y casi sin melodías simultáneas.

Una vez salió uno que dijo que era la cuarta vez que veía la obra.

(No, gracia a vó)

Fuego de los ahogados

julio 22, 2008

Hay que dejarse azotar por la amonestación de las pesadillas.

En la cualquiera de un verso, de un abrazo o de una placita descampada, quemo el mucho adiós fisiológico que me devuelven algunas lenguas sin discurso.
Para saber dónde tendría más miedo yo, si en el campo, acomodando los leños durante una noche bien bien cerrada, o en mi propia cama con la luz abierta, abiertísima, para que las chispas salgan volando.

Y no sería, no, como una búsqueda que fuera a significar algo. No, no. Sería, salvando las distancias (pero salvándolas de qué, de qué peligro o de qué experiencia o acaso debería descubrir si es salvarlas hacer que se acerquen o dejarlas así como están de alejadas), sería como si se tratara de una empanada, una empanada a la que hay que encontrarle el condimento que le falta para ser esa empanada que uno aquella vez comió y fue una revelación, una epifanía de la empanada y de la historia de los alimentos que pasaron por el mundo.
Supongo que encontrando esa falta podría yo convertirme en la entidad más fuerte del mundo, pues ya no le temería más a más nada.

– Extrañará usted mi miedo?

Pues vaya haciéndose a la idea.

(porque quizás ya no quede talento, recursos, ni tiempo en el consorcio de los pensamientos impares, y quizás tampoco haya modo de que yo alcance a entender algún día este metro cuadrado de lugar que ocupo yo con mi propia historia, pero miedo, lo que se dice miedo…)

– Orégano tampoco.

un poco aparte de lo cotidiano

julio 15, 2008

Existe algo que sombra, que produce un volumen que emite una distancia, pero es tenue. Tan solo un instante.

Dejé de temerle a la Máquina de Orán por si acaso la ferocidad naciera de la aprensión misma y para mi propia destrucción y desgaste imaginario. Por si acaso de ese miedo hacia la forma tan bestial con el que su ritmo enguantado nos arrancaba las costillas como pétalos.
Ya lo sé, eran miedos exagerados (fundamentalmente porque ya en aquel tiempo yo había entendido que La Máquina era para nosotros un artefacto muy útil).
Ella se dedicaba a devorar todo aquello que le parecía perfecto, dejando a la vista, y como única existencia, humanos incompletos, decrepitudes, síntomas y búsquedas insaciables.
En ella encontraba yo la dulzura natural de todos los algo que no son nada pero a la vez tan necesarios como lo es la palabra exacta adentro del verso inevitable.
En La Máquina.

– Tres y diez y usted acá, mirando. La laguna se seca, el chalet se seca, las plantaciones, y usted acá mirando.

La Máquina.
Ella se nutría de plexos que no se resfriaban, que respiraban hondo sin asmas ni miedo. De pechos descapotados, de pechos pecera, despechos pájaro. Los cortaba al bies hasta que dejaban de reír, hasta que nimios, hasta que accesorios, hasta que el cuello o hasta que alguien, más aterrado que yo misma, la apagaba o le envenenaba de óxido la espalda para que durante un tiempo, al menos, no pudiera trabajar.
Entonces el desconcierto general, las corridas, el delivery urgente de prendas de hospital para salvarla.

– Si muere, volverá el pájaro de espuma sobre la quietud de las cosas y se reirá satisfecho de nosotros imperfectos por debajo del eclipse.

¿Cómo se podría convivir nuevamente con los pájaros de espuma? ¿Cómo con el pecho tan desahogado?
Sobre las últimas tejas, las del borde, se posaban a esperarla las cunas y los tejidos blandos; sin sonido ni violencia, en silencio, la esperaban sin llegar ni a rozarle su mano dormida.
Todos nos arremangábamos hacia los pulmones. Los mecánicos y las anguilas avanzaban por sus fisuras como paridos hacia adentro. Epidurales metálicas en su boca monedero. Pulpa ansiosa de llanto donante. Lluvias de sed legítima y efectiva por las venas. Todo lo que hiciera falta para recuperarle la salud a La Máquina.

Se me borran fechas, la mayoría de los nombres, los detalles. Sólo recuerdo que yo ya no le temía y que los curiosos acontecimientos que constituyen el tema de esta crónica se produjeron en el año 194… en Orán.

Cuerpos incompletos

julio 10, 2008

Alguien soñó alguna vez con la Sra. Keuner. En el sueño se la veía muy razonable y sensata.
Ya llegará otra historia, otro paso del que yo pueda volver a escaparme.

Como no puede hacerse transparente, la Sra. Keuner se maquilla. Está nublado pero a ella le da igual. Caminar bajo el sol o por debajo de las nubes sólo modifica el lugar donde se posa la sombra.

-Hace unos años que las nubes se nos parecen, querida, y no es serio crecer sin ser vistas.

Se maquilla para que las vean los del vagón comedor. El vagón comedor tiene la arquitectura justa para el caos. En el vagón comedor, la felicidad pasa por ver cómo los camareros reparten el té y las naranjas.

-Para ser aire, mi querida, lo primero que deberíamos hacer es dejar de ser pájaros.

El paisaje desde los subtes es muy simple. Pared, estación, pared, estación, pared.

(realmente no me explico por qué me obstino en torcer los desarrollos suaves, pero increiblemente de su cartera nace un revolver de colores demasiado Warhol para una señora como ella.
No me lo explico, pero así son las cosas)

Su caos les apunta directo al centro del centro y las primeras sonrisas se desparraman por el cuero como almejas en un balde con agua.

(hay, puedo verlo, en general, una incapacidad mediana hacia la tolerancia en la mayoría de mis personajes)

En el ambiente se percibe tanto miedo que el azúcar se disuelve sola en las tazas mientras ella dispara. El inspector observa la escena desde cierta distancia. Su saliva endulzada comenzará a llenarse de gritos en la próxima estación.

En unas horas todo el mundo hablará del incidente y en el noticiero pasarán imágenes de archivo con gente automática que espera para subir a los vagones o de una escalera mecánica por la que bajan cientos de personas como un río de cemento hacia un dique vacío.

La Sra. Keuner no abre los ojos porque no quiere enterarse de que acaba de aniquilar al setenta por ciento de sus compañeros de vagón. La pequeña esconde la cara entre los pliegues de su vestido de princesa.

-Maldición, querida! Así nunca serás una niña verdadera.

Tiene un muñón de plástico ahí donde hace tiempo hubo una pierna y todavía le duele.

Mientras se arrastra arañando los interminables pasillos del tren, la imagino caminando por el túnel sin equilibrio. Ya no siente sabores en la boca ni diferencia entre volar o precipitarse al abismo de su relieve roto. Mira hacia la cámara (no he podido traducir su gesto) y se aleja despacio hasta que las luces de las linternas ya no la alcanzan.

¿Debería indultarla y concederle el fantástico privilegio de desaparecer o debería continuar esta catarsis de parto, de vientre, de tripa que percute tristemente mi médula?

Con esta narración dilapido su esencia febril, efervescente, carente de todo significado. La humillo, la delato en su dolor.

¿Debería yo volver a mi posición de ser otra estación a la espera de un nuevo entretenimiento pasajero, menos delirante, que genere en mí otros entusiasmos algo más razonables para mi desprolija jerarquía de ficciones? ¿Cómo y de quién ser libre?

Los cuentos tienen una forma, pero dan una sombra que no se les parece. ¿Da lo mismo que se los diga o es mejor dejarlos a ustedes adivinar qué cosas hay detrás de cada puerta consumiendo espacio, obligándolos así a asumir el riesgo que imaginar implica?

En el suelo dejé una muñeca semimuerta que espera a un valiente que soporte los cuentos incompletos.

Taller de Milagros

julio 6, 2008

El de Luc.
Cómo será de milagroso que despertó a Livio…!
Y esto recién comienza.

Testimonio 1:
“Yo antes la gente no me entendía y necesitaba que ya sea me redondearan, ya sea me tradujeran los posts debido a la complejitud de los mismos:

Pero ahora que asisto con mi participación virtual y presencial al Taller de Milagros Literarios de Luc, profundizo y reobservo los conceptos propios míos escritos y la gente me entiende, es decir, concretizo mejor y por ende me explico de manera más claramente simple e inverosimil.”
Laviga

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Minuciosa ajenidad

junio 30, 2008

”Escuchar sangre. ¿Dónde? ¿En la fístula azul o en las arterias ciegas? Allí el hierro silba, o arde, quizá: no somos más que miserable hemoglobina.” Antonio Gamoneda
”Cuanto mayor el sufrimiento tanto mayor el poeta. Tanto más duro el trabajo. Tanto más profundo el sentido.” Ernst Herbeck
Pero de mi prosa carente de exclamación, cuya raíz no es ni siquiera identificable, qué esperar? Qué decir?

No supongas. Hay sombras que se ocultan de la noche y de su propia muerte. Duelen los dedos que se obligan al silencio, a desmembrarse granada escondida hondamente en mi pecho dulce. Ausencias que llenarán al cuerpo revelando el espacio y el tiempo.

No alcances ritmo en la lectura. Son verdades conscientes de sus persianas. Adentro no es de noche ni junio, adentro reina una luz artificial tan cruel y circular como los límites de un circo transparente. Se concentra y se desvanece como el vapor en las ventanas.

No te dejes confundir. Hay que ser impermeable al magma. Espectros atentos sobrevolando el margen afectivo sin riesgos, amparados en el privilegio de ser ajenos oyentes. Sé que no es sencillo. El ingenio no se entrega fácil a la indiscreción de las almas.

No seas cómplice de tu ser ingenuo. El espanto lúdico es precioso. Que siga escribiendo es absurdo. Giran filos afeitando a las palabras. Caen gajos. Algunas se doblan entre los espacios. Se esconden del secreto. Otras se alejan. Son las que ya me entendieron el fracaso.

No dejes de juzgar esta catástrofe. Sin juicio no podría liberarme. El caos simulado es esclavo de la trampa. Facilita el desinterés, promueve la humillación, hace nacer al desprecio. Darle tono a la humareda promueve el final del suplicio para volver al origen. A la derrota. Al refugio natural de lo que callo.

No le pidas explicaciones a la angustia. Ella nos tienta a pensar en el desequilibrio. Ocupa el espacio de nuestra necesidad de producir con la inminencia de un castigo horripilante. Hay que abreviar su autoridad. Pobremente soberana en el diálogo ella renunciaría. Dejarla en el silencio hasta que vuelva la calma, que ya no exista la posibilidad de que vuelva a censurarnos.

No practiques la erudición almacén. Es incompatible, no alcanza a reconciliarse con la verdad primitiva. Hay que desvivirlo todo, retroceder, ir hacia el atrás, hacia el fondo de la totalidad de las cosas. Flotando y sin interrumpir la agenda de nuestra oficina cotidiana.

No deconstruyas la mirada ni la respiración. Lo imperfecto siempre se excede quemando los límites hasta que ya no se oye el eco. Quién es la distancia? Nadie más que nosotros atravesando la frontera de los nombres que nos significan ausencia.

No perviertas tu naturaleza. Somos calamidades con una poderosa habilidad intelectual que nos mantiene suspendidos en la tortura interrogativa. Existencias desprovistas por completo de la serenidad suficiente como para concebir una respuesta cualquiera.
Y eso vendría a ser todo, me temo.