Archive for 28 agosto 2008

En cubierta III

agosto 28, 2008

Mi puesto de vigía me confiere una dudosa intimidad. Compruebo que existo. Me siento redimir aquí arriba.
Ocultarse es sinónimo de que afuera es una guerra.

Desde esta cumbre, el barco se ve como un gran zapato de madera. Los ochenta metros de perímetro que nos enmarcan parecen patinar sosteniendo la tibia virulenta de un cuerpo amputado.
A esta altura ya nos hemos hecho las preguntas más urgentes (a nosotros mismos y luego entre nosotros y después al espejo y también a las paredes y al resto de las cosas) pero nadie ha llegado a ningún lado ni ha obtenido respuestas.

(el capitán nos consuela diciendo que es mejor conservar ciertas incógnitas como una reserva de energía o una pócima secreta para cuando sea necesario)

En el barco hay unas cosas que gritan y cada tanto debemos sumergirles las cabezas en el agua para que se callen. Entonces el mar se oye como respiraciones.
Las manos nos quedan temblando después de eso.

(el gato gris quiere volver a cubierta pero no sabe cómo bajar sin mi ayuda)

Anoche sufrimos la llegada del verano más caliente de la historia. Estábamos todos jugando al juego de los siete errores, enroscados a las bufandas, cuando llegó. Creo que fue una gran suerte que semejante verano haya durado sólo una noche y la mitad de la mañana de hoy. Con algo más de sol habríamos muerto. El secreto de este juego está en pasar los ojos por los detalles. Nos envolvimos en telas mojadas para soportarlo. Una especie de Braille pero por los puntos menos sobresalientes. Eso nos refrescó un poco. Por la topografía latente que deja la melancolía de lo general. Por el agua mezclada con el viento. El juego de encontrar los errores como si las diferencias… como si fuera mejor encontrarlos que aguantar la disonancia.

(hoy no tengo intenciones de ayudar al gato)

Todavía quedan en el barco algunas cosas a las que no les hemos puesto nombre. Eso nos inquieta aunque no sean tantas esas cosas, ni llamarlas tan urgente. Nos preocupa más cuidarnos de que no vuelvan los días anteriores. Son los peores. Porque son los días en los que hay que decidir algo, y decidir es siempre una separación.
Solamente nos separa una decisión.

– ¡Tiremos los relojes por la borda!

Pero ya no hace falta. Hace tiempo que en el barco no hay relojes.
Todo el tiempo es tarde.

Anuncios

En cubierta II

agosto 23, 2008

“Vivirás mejor, Licinio, si no te adentras”
Horacio

El cadáver del último infectado flota de espaldas.
(no es una visión disonante con el resto de lo que ya hemos visto).
Vemos cómo el cadáver se aleja desde la perspectiva enferma de los que creen que todo sucede por afuera de uno.
El cadáver se aleja y a bordo nacen los rumores y todos volvemos a nuestros quehaceres como argumento de emergencia para cambiar de paisaje.

-Vivir es querer ser otro.

En este barco no hay cuadros ni imágenes ni fotos.
Algunos vivimos a la espera de que otros más también se pierdan y lleguen.

(nuevas caras para que no todo sea una eterna despedida)

Otros, acaso los indolentes, se contentan con los fantasmas que ven pasar por entre el humo de los cigarrillos.

-Vivir es creer ser otro.

El capitán ha ordenado una gran fiesta para esta tarde.
Deberemos vestir a los maniquíes y no decir nada sobre la falta de música.

(a él no se lo contradice ni se le da consejo si no lo solicita)

Nuestro capitán es un príncipe, un emperador, un hombre reservado que ante un cadáver resume que no hubo curación y regresa al timón para retomar la marcha y olvidar.

¡Y ahora se adelanta, bravo, apretando al mar contra la orilla esférica y abriendo tajos en el agua para que despierte y nos alimente!

(nuestro capitán obliga al enemigo a alimentarnos y el agua pliega su soberbia y entrega su sal sobre el alcohol y los manteles).

-¿Adónde se habrá escondido el perro que nos lamía la cara?

Luego de la fiesta, y como cada noche, comenzarán las historias de peatones. El capitán lo ha dispuesto así para los insomnes. Una tras otra se sucederán las historias y los narradores de asfalto y los insomnes sonreiremos mientras pasa la noche y los libros se siguen muriendo sobre la mesa.

(por la mañana volveré a mi posición y me llevaré conmigo a mis dos gatos)

Seguimos navegando y es primavera y el orgullo despliega su escándalo y libremente exhibe su calavera.
La guerra tiene eso: o matás o te matan.

(y si hemos de matar, que sea con determinación y presteza)

“La ruina de muchos comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron ninguna importancia en su momento.”
Thomas de Quincey

En cubierta

agosto 18, 2008

Decir por no hacer y hacer por no decir. Eso, y nada más que eso, es lo que forma las cavernas.

Viajo en compañía de un barco que hace zanja rumbo a Sudamérica. Vamos a la velocidad de los ciegos (se hace lo que se puede durante las curvas). El agua quieta nos retiene en nuestro afán tácito y lento.
Todos quisimos no irnos de casa, pero a las casas no iba a llegar la inspiración que nos fecundara a cada uno su marcha.

– Colgada como un vestido en una de sus perchas, sólo aparezco cuando busca sus camisas. No debo moverme.

El barco hace escalofriantes pausas. Algunos dicen que para meditar, otros que para tantear con sus manos el fondo, sus dedos a cerrar los ojos de los mapas muertos, desnudos entre algas.

– Desde la silla, colgada, soy su esclava, su señora, su bufón y su tumba. Me ofrece vino cuando tiene sed y me pregunta mi precio hojeando la carta y su cartera.

Y cuando las manos vuelven a la embarcación, retorna el viento y seguimos navegando. Pero barco y capitán han cambiado el sentido de todo y debemos aprender los nuevos nombres de las cosas. Salimos de un error para introducirnos en otro.

– Su muñeca en la pared. Mis ojos abiertos día y noche.
Sin descanso.

Nadie nos convoca. Nadie nos nombra fuera de este barco. Rodeando las salidas el silencio no amenaza: cumple.
Hay bicicletas para todos pero yo me pregunto cuánto se puede pedalear en cubierta sin enloquecer por completo.

– Soy un retrato colgado en su cuarto. Oigo que por detrás de mí alguien me llama. Es la misma voz de siempre. Si pudiera darme vuelta sabría que no hay nadie.

Tal vez sea su condición de posible lo que acabe por evitarnos las sales de un mar de placeres y degradación. Tal vez aquel haya sido el momento del insecto y en un rato ya no nos interese más que volver a la clausura de la máscara. Hemos de volver antes de perder de vista las orillas o podríamos dejar de ser lo que somos.

Cuando lleguemos a la costa, me descalzaré durante una sección del silencio y vomitaremos el mareo a orillas del lago en el que efectuamos las prácticas.
No hay nada que hacer ¿de qué me asombro?
Siempre fuimos intrépidos balseros de cuadripléjicas lagunas.

Como topos

agosto 12, 2008

Dicen que si no se puede contar es porque no sucedió.

Era lógico que Juan utilizara las horas de la noche y los días de tormenta para anidar su apocalíptica locura como una cicatriz sobre los brazos (a veces demasiado largos, a veces demasiado cortos) de aquella que ocupaba su misma y única trinchera acolchonada. Su último bastión.
Compartir ese refugio con ella era para Juan como una victoria. Como una victoria, pero sin las alas que las victorias suelen otorgar a quienes cargan con ellas.
Miraba al río discurrir frente a ellos sin más compañía que la memoria, la mujer y algunos objetos olvidados por los otros durante el apuro infantil por adueñarse del escape.
No había profilaxis entre ellos, ni progreso, ni quietud, y si bien eso se localizaba dentro de lo temible, como no existían alternativas, ellos lo aceptaban así.
Desde el aire se los veía tan claramente que de haber pasado un ave enemiga los habría apresado o tal vez comido como único intento de comunicación.
El ruido del río les era grato pero el temor, el terror a ser descubiertos y fusilados, no les permitía permanecer en la orilla por más tiempo que el necesario para cargar el agua con el que preparaban el café que constantemente bebían para ayudar al estómago a soportar las pastillas.

Juan seguía una bitácora, un diario prolijo, con fechas, mapas y algunos detalles climáticos para que no hiciera falta observar el avance de las cicatrices como método para calcular el paso del tiempo. Un diario cuidadoso, con líneas que formaban planos y luego nuevas líneas que trazaban nuevas formas y rutas para un nuevo y exitoso escape, un diario en el que cada día iniciaba una página en blanco (mantuviera o no continuidad con el argumento heredado del día anterior) sabiendo que, si sólo hay dos momentos en la vida de las personas, el que había que aprovechar era siempre el segundo porque, el segundo, también es el último y ella, invariablemente, le sonreiría siempre a último momento.

Todos sabemos que en las historias lo que no se cuenta es lo que de verdad importa y lo que se dice nada más que un ejercicio retórico practicado por el puro placer de la descripción y de la búsqueda de nuestra propia y mejor purga existencial.
Por eso considero preciso decir lo menos posible sobre Juan y sobre su circunstancia. Porque, a diferencia de lo que sucede en la vida real, una vez escrita una historia, sea verdad o mentira, se convierte ésta en permanente e irrevocable y Juan no posee todavía, de la victoria, las alas que lo ayuden a soportar que juega un juego sin nombre y sin reglas.
Por otro lado, ella tampoco conoce las reglas. Seguramente, de compartir ese conocimiento, durante los descansos conversarían sobre la partida en lugar de sentir temor, o escribir bitácoras o planes, o de disfrutar del ruido del agua con la que, mañana, volverán a preparar el café, que, ya sabemos, ayudará a que les sea más fácil a comenzar el día.

Digamé Licenciado

agosto 10, 2008

Una vez, yendo por una ruta, mi viejo cambió una gorra por dos frutas y se sintió un campeón. Hasta ahí todo bien, pero a los dos kilómetros quiso que mi hermano y yo le diéramos las nuestras para seguir con el negocio.
Había muchos misterios. Ese auto era como un callejón donde a veces se oía alguna música perdida o rasante y otras un silencio ideal sólo para el sufrimiento o para la creación de pensamientos obsesivos.

– La bestia me ronda esta noche como antes volaba por adentro del auto. Va a querer, digo yo, ajustar el cuerpo contra los argumentos y después va a quedar todo el tapizado pegoteado. Yo no sé si atarla o ir preparando el jabón y los trapos.
– Y viste cuando te mordisquea los deditos… Levanta los ojos para que veas que en verdad lo que quiere es comerte el hígado. Y después sólo queda pensar ¿Adónde guardo el hígado ahora?
– Es que dan ganas de comerlo. De morder, yo entiendo. Es tan estéril todo sin la parte de los filos. Es desesperante. Como imaginar a Piazzolla tocando bluegrass en el Tibet.
– No hay caso, no, yo no lo puedo entender. Para mí que a la música hay que hacerla circular para que no se escape del cuerpo. Sea cual sea.
– ¿La música o el cuerpo?
– No sé. Ya te dije cómo son las cosas y vos sólo querés que nos encerremos en el placard a escribir mensajitos verde agua el uno contra el otro.
– Es que cuando los escribo ahí adentro siento que me salen con menos grito, como con nueve defensas y sólo dos delanteros. Son los viejos filtros ¿qué esperabas? ¿Filo?
– ¿Entonces vos decís que estamos condenados a cantar para siempre estas mismas canciones de mierda? ¿Nunca otra cosa? ¿Cómo puede ser que todavía queden oyentes para estas músicas?
– Podríamos alquilar gente que se ría por teléfono, si querés, para no aburrir a la audiencia.
– A mí con un solo acto me sobra y cuanto antes se vacíe la sala por mí mejor. El resto, a la hornalla, que se queme junto a las tostadas. Yo no voy a mirar.
– Pero ¿y el olor?
– El olor es una gran parte. Hace un tiempo me ofrecieron un mundo sin olores pero no lo acepté. Me pareció que podría ser algo similar a no vivir pero estando despiertos.
– No mirar es otra de las formas de esconderse. ¿Por qué todos se esconden? Decime ¿tienen la saliva apelmazada?
– La gente que se esconde sólo sirve para escenografía, y se sabe que vale más una mesa que alguien que se esconde. Una mierda.
– Yo sigo sin entender. Para mí que es algo con la saliva.
– Es la mierda. Viene por ese lado.
– Puede ser. Es que mierda, saliva y vergüenza es lo único propio que nos queda, en eso estamos de acuerdo. Y eso se cuida hasta lo último. El resto si, se puede dejar secar sobre la hornalla que no interesa.
– A mí se me complican algunas cosas, como ser la diferencia entre “lo único” y “lo último”, y ante esa duda prefiero edificarme una muy buena tapia llena de carteles de “Peligro” “Warning” “Achtung” a la que, en tu honor, llamaremos Mierda o Vergüenza.
– Todo un detalle, pero son dos cosas diferentes. Pensar que son la misma cosa sería como confundir a Urdapilleta con Tortonese sólo porque alguna vez los nombraste de corrido.
– Esos carteles no sabés cómo me salvan de las catervas de idiotas y de los modelos básicos de la lencería cerebral. Es casi instantáneo.
– Si, si, extremadamente interesante, pero para la bestia un “Don’t trespassing” adornado con colgajos humanos es la gloria. La bestia huele la sangre a años de distancia. Es como la casita de la bruja del cuento de Gretel. Demasiada golosina. Y las golosinas no despiertan ni respeto ni indiferencia.
– Yo antes guardaba un montón de dulces en la heladera y para conservarlas me compraba todos los días una o dos pizzas de fugazzeta. Ahora creo que todas esas cosas están vencidas, pero no me animo ni a mirarles la fecha. ¿Cuánto tiempo habrá pasado?
– ¿En años o en fracciones de segundo? Yo también llevo vencidas muchas delicatessens y rotas cantidad de muñecas porque yo estaba ahí y no supieron disfrutarme ¿Entendés? ¡Yo estaba ahí!
– Es un misterio, si, si. Lo raro del tiempo es que alcanza para todos pero nunca para todo ¿te diste cuenta?

Malherido

agosto 6, 2008

En la noche, que corre a equivocarse en otra de sus formas leves, obsesivas, des esperadas.

Se tendió sin saber que yo iba a glosar

Espiar por la hendidura de los caracteres al que se oculta en el túnel inconexo de la escritura.
Ver cómo se destroza, cómo se rasga y se desarma para alcanzar y poder así acariciarse la espalda (ese lugar que no se conoce) o darse palmadas.

la decoración de su trampa

El azote primordial de las mejillas, el aserrín, la miseria, la degradación desmedida, esa sensación de refrán incompleto, de metáfora en equilibrio.

(porque para nosotros llegaba la noche que encerraría a todas las dolencias)

No me dirijo a nadie.
No defino ni intento el fondo de nada porque los fondos (yo ya lo sé) a nada conducen.
No inmovilizo las inclinaciones que me constituyen ni las contrarío
(ellas me organizan el tormento y lo guían hacia el delta de todas las preguntas)

un viaje, tarde, llevando a Pinocho en el auto

(malherido y mintiendo a intoxicados en la radio porque sólo los humanos lucen hospitales)

puertos de huesos, de cabecitas

Porque:
Nunca nada de lo asido permanece.
Permanecer es vulgar.
Lo incompleto me enaltece.

(yo te aprendo en las preguntas, en tu quemar en mí el tu saber)

tu simiente esperanza

(un suicida en equilibrio sobre mi desarticulada urgencia)

Sólo eso me libera. Cuando baja el río.
Cuando baja al río.
Cuando baje.

Ni el principio ni el final, no hubo modo de verlos.
Sólo los medios suelen quedarse al descubierto.

(como puentes colgantes)

símbolo de nuestras humanas voluntades

Y otras veces soy yo quien se tiende. Quien te atiende.
Quien te tiende.

que te vuelven del río

(quién te entiende?)

para levantar el vuelo que habrá de alejarme de la queja que une a estas dos ciudades

Y mientras tanto, acá, rodeando la extrañeza, está el escrúpulo placentero con el que espero.
Porque:
Todo el mundo espera que pasen las cosas.
Que pasen.
Pero:
Nadie que retrocedan

sino que pasen.

Intro versión de una niña a llamarse Cupertina

agosto 1, 2008

Ya fue suficiente interrogarme, he de sentirme plenamente satisfecha de no haberme delatado.

Desobedientes hasta en la desobediencia de la estampa y detenidos en una nostalgia que ya ni se afeita (y no por falta de filo sino de espejos) nosotros esperamos una nueva confusión que nos alucine como epílogo del trampolín que mira hacia todos los finales.
Y eso que sabemos, o más bien sospechamos, que no nacen finales sin epílogo ni llantos sin engaño, y que no hay finales que consuelen desde afuera y para adentro sino que todos ellos nos atraviesan el esqueleto como si fuera un agujero negro hacia una nueva plenitud.
(lo sabemos, lo intuimos, qué más da…)
Es el reverso del aliento, dirán, redimido, insensato, vacío de juicio en su velocidad invisible.
Quién es la distancia y el límite durante la expulsión que precede a la epilepsia amorosa?
Y sin esa respuesta no hay huída ni derrota posible. Ni rastro ni posibilidad de un orden diferente.
Probar que aún en ausencia existimos, aunque tan sólo como un ingrediente más (e insulso) de las horas, nos basta.
Podríamos no hablar de nada o de las causas del servilismo o sobre qué conmueve al músculo que vivió trajeado de locura pasajera sin que se nos agite nada más que el abrigar los forcejeos de la insuflada introspección, rival de lo que somos (y con razones más que serias para serlo) pero no lo hacemos.
Podríamos teorizar sobre la inutilidad del vacío o sobre la neurosis de lo serio. Sobre si el hastío tiene forma, tal vez, de cuerpo o de látigo hambriento. Sobre literatura y literatos, sobre las redes que atajan a los prosistas y hacen rebotar a los poetas. Tantas cosas. Pero no lo hacemos.
Porque ante tanta intensidad abstracta, ante tanta vanidad filosófica y retórica, hay un humor que se filtra a través de la primera palabra contrariando a todas las inclinaciones que intentan especular (también) sobre las razones de la piel.
Entonces, de qué hablar.
De qué? Vos decime.