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Undergone

abril 13, 2009

– Usted es el responsable ante el desierto.
– Es que me ven y no me ven.

Habla de su alma como si fuera un camisón. Refiere llevarla siempre por sobre encima del cuerpo de manera que le sea sencillo quitársela en caso de emergencia.
Su andar, la manera en la que se mueve, parece ajustarse más al miedo que al libre albedrío. Según el parecer de las enfermeras, se dejaría llevar por el sonido de sus propias pisadas: “Como si quisiera sentir el contraste que hacen sus zapatos con el silencio del suelo.”
Ha calificado a la oscuridad con adjetivos tales como: compacta, esponjosa, áspera e imperceptible.
Esto mismo es lo que nos ha llevado a considerar su caso como irrecuperable.
Se quedará en observación hasta que algo suceda.

No me sorprendió cuando la combi llena de cieguitos frenó a mi lado (tampoco me había sorprendido cuando Amanda llegó con la bandeja llena de galletitas de avena, deformes todas, pero con el clásico sabor de las pasiones reprimidas).
Resulta lógico y esperable no sorprenderse de esas cosas si uno finalmente decide poner en manos del destino todas las creencias ¿no le parece? Después de todo, si esto no hubiese sucedido (lo de la combi) jamás nos habríamos dado cuenta de lo profundamente desconocidos que éramos el uno para el otro. ¿O acaso hay alguien más desconocido que aquel a quien estamos viendo por primera vez?
Toda una tentación, dígame si no. El privilegio de ver vs. una multitud de ciegos. ¡Pude haber hecho tantas cosas! Confundirlos con el silencio, marearlos con una conversación rotundamente liviana (pero llena de palabras complicadas), seducirlos, confundirlos, exponerlos, rechazarlos.
Los ciegos estaban tan en mis manos, sabe, que hasta sentí que por una vez, si me lo proponía, podría torcer todo eso que llaman destino. ¿Por qué no? De ninguna manera era difícil hacerlos desaparecer, matarlos de a uno o en bloque, a martillazos o de sed, dejándolos atados a un árbol o sueltos en una autopista y a la buena de Dios.
Pero no. A mí todavía me quedaba algo de sensibilidad y a los cieguitos, bastante de suerte.

Recordar todo esto es como ver un humito desleído escaparse de mis sienes. Se eleva licuándose, apagándose, olvidándose de su función hasta desaparecer por completo.
¡Cuánto más simple sería vivir una vida en la que las elipsis sean los únicos momentos memorables! Me tranquiliza pensar que desde un punto de vista ético, debe ser mucho peor crear un recuerdo que olvidarlo.

Durante esos ratos paréntesis, brevísimos espacios de conciencia, me dice que a menudo se pregunta por qué nunca le ha interesado saber qué otras más ingles que la de ella habrían querido, él y su propia lengua, lamer.
Yo aprovecho esos instantes de conexión para conocerlo. Le sugiero que se haga esa pregunta y que intente contestarse.
Se pone violento. Me dice que no es amigo de las preguntas y menos de las respuestas, pero a veces lo intenta.

Una vez me contestó lo que no quería oír y el frío me corrió como una anguila mecánica por la espalda. Le pedí que se callara pero continuó. Mi lengua no se detuvo. La información sobre mis prácticas linguales, presuntamente democráticas, que siguió manifestándome a lo largo de aquella conversación intentaba satisfacerme, pero lejos de eso, sólo logró hacerme sentir el principal responsable.
¿Por qué propicio yo esa fuga de curiosidad?

Al finalizar me confiesa que ha sido doloroso, aunque sin duda, muy interesante conocer de la especial glotonería de “la declarante” (así se refiere el paciente a su lengua) acerca de orejas y dedos varios.
Su confesión anticipa la desconexión y volvemos al lugar primario en el que las palabras se susurran a sí mismas al oído de la inteligencia.

No es falta de interés – me dirá desde el diván antes de irse – hay cosas que uno ve en los ciegos que a otros, aún con el camisón remachado a los huesos, sencillamente se les escapa. Quizás esta gente se ocupe de otra realidad y la busque en otra parte. Yo no.
Nadie es igual a nadie. Es sólo una cuestión de talento.

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