Archive for the ‘Hielo’ Category

Taxidermística

diciembre 8, 2008

El mar tiene el entusiasmo y la capacidad de escuchar y anotar con minuciosidad entomológica cada uno de los deseos de Penélope. Claro que después hace cualquier otra cosa. Y con una impavidez sorprendente.

Corre. Sus tacos permanecen más tiempo en el aire que en la tierra. Escucha el razonar de todas las formas con las que el agua se ajusta bajo su piel.
(Penélope no reconocería ninguna otra lluvia)
Siembra unos pasos como migas para armar el atlas que la traiga de regreso.
(pero el barro siempre se apura a negar los picotazos)

– Para que haya consuelo no es necesario que se muera la sombra. El consuelo nace de lo oscuro y desde ahí se desliza hacia la superficie.

(es extraña la actitud de Penélope. La sombra podría ser un refugio perfecto)

Mientras salta despreocupada a través de la ventana, de la pared colador, el cuerpo de Penélope se descompone. La curvatura móvil de su silueta portante se astilla.

– Cuando llegue la cianosis, cuando ya no sea necesario volver a respirar, mi cuerpo ya no servirá para nada.

(tampoco “los rastros de este afán”).

El deterioro le dice:
“Besalos, besalos pronto, nena, hacelos felices a estos pobres pobres hombres.”

Ella los mira. Busca en la fractura inmensa del agua por donde emergen los barcos. Pero su búsqueda no tiene objeto.

– Sólo los cuerpos han de buscarse, mi niña, no los objetos.
– No te cansás de enviarme reemplazantes? Hasta hace unos días no podía pensar ni un minuto sin ser interrumpida por alguno de tus enviados y sus estúpidas mordeduras.

Es bien conocido el poder de las palabras, pero nadie imagina el peligro que despierta del silencio de Penélope. De la gangrena de la lengua que duerme en Penélope.
Ella se siente ganadora porque con su silencio podrá evitar que las órbitas se choquen. La suya, tan solo rozará el encantamiento.
Con los ojos bañados en el almíbar que le brota desde el conocimiento del triunfo, Penélope se eleva hacia la abrasión de lo dulce, al festival de la promesa.

Penélope vive de la esperanza, cierta por imposible, de que llegue el barco con la gota que la rebalse. A los ardores los suaviza con el fresco y tonto placer de dar vuelta la almohada o con el de masticar el hielo que se ha ido quedando en las copas.

(esas que podríamos haber seguido rompiendo hasta la harina)

Ay! Si pudiera ser ella como un reloj, si pudiera culpar del destiempo a su triste e imperfecta maquinaria!

NdA: Todos los personajes de esta historia hacemos bien nuestra tarea. La vida sigue y todos tenemos cosas que hacer mientras Penélope corre.

– Se detendrá Penélope algún día?
– Quién sabe. O quizás también nosotros comencemos a correr.
– Y el amor?
– El amor podría dedicarse a tejer algo mientras tanto.

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Cortitos sobre Blas

febrero 10, 2008

Es todo tan reciente que ni hace falta nombrarlo.
Aún no hay dedos, aún no hay mundo.
(sólo un poco de barro en una cantera de diamantes)

Blas se depila la incoherencia de tener plumas junto con las de gaviota que le nacen en la mucosa del estómago.
Una interrupción más adentro de la principal interrupción que son los días.
Las alas que le crecen cosquillas adentro son circunstancias muy molestas para Blas.
Por eso, cuando termina, Blas se besa las manos. Con las manos en el aire, Blas no pierde el equilibrio.

Él se arremanga los párpados a muy bajo costo. Es que dejarlos cerrados le resulta muy violento.
Cerrados podrían descubrir lo quieto que puede quedarse el silencio.
Blas no necesita ser feliz. Blas no necesita nada.
Él sólo quiere que pase un día sin pensar en eso.

Él podría suplantarse en su sueño para no vivir dejándose, divorciado de sí, invisible y parroquial de la piel a la cabeza, pero le resulta tan fácil desapercibirse y tan imposible desaparecer.
Por las mañanas, Blas se despierta y escupe sangre.
El mar ronca sus presagios en los entretiempos de su sueño.

Podría suplantarse en el sueño, pero Blas prefiere obligarse a decir. El costo, un peso de hielo la palabra. Buen negocio si entendemos que a Blas lo que menos le importa es el hielo.
Y una vez que se haga hablar, probablemente Blas se corrija y luego enmiende los detalles que no lo conformen.

Como una burbuja metálica que resiste el viento y las palabras
el tiempo de Blas se deja elevar
y se pierde rodando
Soberbio, primicio, desconfiado.

Manchas

diciembre 8, 2007

Voy a erigirme una estatua para contradecir aquello
de que sólo los vencedores construyen monumentos.

Me duelen las palabras donde digo silencio
Las horas más lentas eligen la noche
El deshielo marchita y yo soy su paisaje
¿Cómo podré defenderme del agua?

El viaje

septiembre 16, 2007

“el invierno nos carcome a las personas”

Abrazado, vos dormías y yo planeaba y decidía el clima. La casa, con aliento a incienso, viajaba sentada en el asiento de atrás. A su lado, un cura nos hablaba sin parar sobre sus molestas erecciones y de todos los pueblos mediocres que conoció y de su fuerte convicción de que estos pueblos no merecían formar parte de un paisaje tan perfecto.
Tener a este trastornado en el auto estando tan cerca de la frontera me obligaba a acelerar. Cada seis o siete minutos, yo le pedía que entrara a la casa y preparara un poco de café o mate o cualquier otra cosa que lo mantuviera entretenido, pero sobre todo, callado. El cura ya no estaba en edad de aprender límites y yo tampoco tenía muchas más ganas de ponerme a educar a nadie. Además para ese viaje yo me había propuesto ser más comprensiva con las realidades ajenas.
En el televisor pasaban videos de unos animales que acaban de descubrir en Zambia. Parecían radiadores de aceite forrados con piel de cebra. Alucinantes. El cura decía que seguro que eran el resultado de algún experimento yanqui, y yo lo dejaba decir.
Tuve que dejar de mirar porque si no nos íbamos a hacer mierda todos.
Lo único cierto es que esos bichos existen, y que el cura se iba a bajar ni bien llegáramos a la frontera.
Te desperté para que cambiaras de canal y para que dejaras subir a otra persona. Un músico con dos baúles llenos de instrumentos que, lógicamente, tuvimos que meter adentro de la casa porque en el auto ya no cabía un alfiler.
Mientras subía, yo busqué en la guantera la máquina de fotos y le saqué una al cura, que miraba quién sabe qué cosa a través de la ventanilla.
Decí que la casa me tapaba el espejito, que si no, me hubiera mandado una marcha atrás de 5 o 6 kilómetros sólo por el gusto de verles esta vez yo a ustedes la nuca aterrada, así que puse primera, y por enésima vez recomenzamos el acercamiento a la frontera.
A pesar de que era hora pico, no se veía otro auto en la ruta y pude acelerar tranquila, sin embargo, cada vez que acelero me salta el recuerdo alarma de esas palabras que me dijo Julián el día que lo fui a buscar al psiquiátrico: “La locura sólo es graciosa cuando es en segunda persona. Ni en tercera ni en primera. En segunda”
Mientras manejo, mi cerebro siempre abre otras ventanas y ejecuta otros procesos como pensar: “Mierda! Yo siempre giro en segunda”.
Será por eso que muchas veces termino incinerada entre los neumáticos preventivos de las curvas más violentas.
El músico iba sentado entre la casa y el cura. Tenía una cara de lo más agradable y unas uñas de más de un centímetro de largo en la mano derecha. En otra ventana, mi cabeza confeccionaba un esquema comparativo que me llevó a la conclusión de que las extremidades de la derecha por lo general se les deforman a los diestros que nacen demasiado fanáticos. Y el otro caso es Vilas.
“Hay muchos Guillermos zurdos”, les comenté a los pasajeros y el músico contestó, “no sé, yo me llamo Guillermo y hago todo con la derecha” (otro desubicado que se iba a bajar en la frontera, porque si la realidad ajena es irrespetuosa, yo no veo por qué tengo que aguantarlo).
Para cuando terminé de cerrar las ventanas y me di cuenta de que aún si frenaba, la pared de neumáticos igual se nos iba a venir encima, pensé en que mucho mejor habría sido enfrentarla dormida que con los ojos así de enormes mirándolo todo. Pero yo nunca había podido quedarme dormida mientras manejaba. No entiendo por qué yo siempre me jacté de eso si, la verdad, no es nada bueno, o al menos no resultaba serlo en ese caso. Como fuera, el viaje ya venía medio bodrio y vos habías empezado a joder con ese mal humor que te da cuando se te caen líquidos calientes en la entrepierna.
La velocidad era tanta que me acuerdo que dijiste que al asiento lo sentías como una mochila pesada empujándote la espalda. Otra ventana: Por qué te recuerdo comiendo helado si lo que te chorreabas siempre eran líquidos calientes?
El ruido de la chapa acordonéandose sobre nosotros nos pareció diferente a todo lo que hasta entonces habíamos escuchado, y eso que con tu trabajo, los ruidos raros se te daban a diario. Por qué habrán puesto neumáticos en esa curva si hay tan pocos autos circulando?
A mí me gustó especialmente el segundo ese en el que a pesar del miedo que teníamos, vos me miraste y me sonreíste. Todo un detalle. Tengo los gritos del cura grabados en la médula y tu cara tallada en mi retina. Lamento que lo que yo te devolviera a cambio fuese solo un rictus de asco, pero decime: cuántas veces te dije que no me gusta que te hagas ese horroroso corte de pelo? Algún bombero va a estar de acuerdo conmigo cuando trate de apagarnos.
Quisiera no haber tenido las dos manos sobre el volante en el momento del accidente. Es lo único que cambiaría de ese día. Menos mal que estabas muerto, porque si hubieras visto todo lo que les costó despegar mis dedos del plástico, me habrías reclamado tanta pasión hacia otro objeto. Defenderme de una pasión como la botella o tu cara me habría resultado más fácil. Sabés? Vos nunca me dejabas concentrar y veo que seguís con esa tara. No ves? Ya no sé a qué venía con todo esto.
Bueno, la cosa es que yo iba lo más bien, sentada, con el cinturón puesto y exprimiendo el volante como si fueran las solapas del que me dio la noticia de que vos también te habías muerto, y tuve que frenar contra neumáticos porque para eso estaban prolijamente dispuestos a recibirnos en esa agudísima curva de aquella tan deshabitada ruta.
Hasta hace unas horas me resultaba desalmado eso de que todos hayamos muerto de esa manera, pero medio que ya me voy haciendo a la idea. Peor sería conmigo viva. Yo sola no habría podido soportar el dolor.
A pesar de que pudieron rescatar los baúles, a la casa la dejaron quemarse por completo y ya sacaron a todos. Solamente falta una parte de mí. Ellos aún intentan despegarla del auto y del alquitrán que todavía humea por sobre mis piernas.
Este fuego es sumamente inspirador. A mí en el fondo me encantan este tipo de sorpresas.