Archive for the ‘Luz’ Category

El vuelo que excede el ala

octubre 21, 2009

“suponiendo absurdos así, que en la zona y en ese momento pudieran ocurrir cosas semejantes, habría que preguntarse si tiene sentido el que estén ahí esperando que empieces a contar, que en todo caso alguien empiece a contar, y si el buñuelo de banana en el que está pensando Feuille Morte no reemplazaría harto mejor esa vaga expectativa de los que te rodean en la zona, indiferentes y obstinados a la vez, exigentes y burlones como vos mismo con ellos cuando te toca a vos escucharlos o verlos vivir sabiendo que todo eso viene de otra parte o se va quién sabe adónde, y que por eso mismo es lo que cuenta para casi todos ellos”
Julio Cortázar

Oigo al que se va, sin su música, sin sus nombres, sin despedida.

Y así, qué más que estarse con los brazos caídos y el corazón amontonado

Acaso porque el vuelo desborda siempre a las alas, esa suerte de sustitutos tuyos continuarán en la zona, sanos y salvos, firmes, doblando, multiplicando y volviendo a duplicar en el éter el inevitable chorrear de tus bis-bises.

Gracias, Hernán.

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Escondido en los Pasillos

febrero 22, 2009

“Me escondo para que no pueda despedirse. Alegre por encontrar la travesura, me escondo. Me escondo detrás de mis párpados al cerrar los ojos, como cuando era feliz y esperaba que alguien me salpicara para abrirlos y reír.”
Carlos Viturro
“Asterión”

Lo hiciste de nuevo. Tomaste una decisión por mí.
Esta vez, que no pudiera despedirme.
(y que no pudiera despedirte)
Te fuiste a escondidas.
Y está bien, porque no despedirnos fue tu Gran forma de hacerme saber que siempre vas a estar.

Gracias, Aste.
(igual, aunque yo sepa que estás, te voy a extrañar tanto)
Te quiero
Te lloro
Vig

Minuciosa ajenidad

junio 30, 2008

”Escuchar sangre. ¿Dónde? ¿En la fístula azul o en las arterias ciegas? Allí el hierro silba, o arde, quizá: no somos más que miserable hemoglobina.” Antonio Gamoneda
”Cuanto mayor el sufrimiento tanto mayor el poeta. Tanto más duro el trabajo. Tanto más profundo el sentido.” Ernst Herbeck
Pero de mi prosa carente de exclamación, cuya raíz no es ni siquiera identificable, qué esperar? Qué decir?

No supongas. Hay sombras que se ocultan de la noche y de su propia muerte. Duelen los dedos que se obligan al silencio, a desmembrarse granada escondida hondamente en mi pecho dulce. Ausencias que llenarán al cuerpo revelando el espacio y el tiempo.

No alcances ritmo en la lectura. Son verdades conscientes de sus persianas. Adentro no es de noche ni junio, adentro reina una luz artificial tan cruel y circular como los límites de un circo transparente. Se concentra y se desvanece como el vapor en las ventanas.

No te dejes confundir. Hay que ser impermeable al magma. Espectros atentos sobrevolando el margen afectivo sin riesgos, amparados en el privilegio de ser ajenos oyentes. Sé que no es sencillo. El ingenio no se entrega fácil a la indiscreción de las almas.

No seas cómplice de tu ser ingenuo. El espanto lúdico es precioso. Que siga escribiendo es absurdo. Giran filos afeitando a las palabras. Caen gajos. Algunas se doblan entre los espacios. Se esconden del secreto. Otras se alejan. Son las que ya me entendieron el fracaso.

No dejes de juzgar esta catástrofe. Sin juicio no podría liberarme. El caos simulado es esclavo de la trampa. Facilita el desinterés, promueve la humillación, hace nacer al desprecio. Darle tono a la humareda promueve el final del suplicio para volver al origen. A la derrota. Al refugio natural de lo que callo.

No le pidas explicaciones a la angustia. Ella nos tienta a pensar en el desequilibrio. Ocupa el espacio de nuestra necesidad de producir con la inminencia de un castigo horripilante. Hay que abreviar su autoridad. Pobremente soberana en el diálogo ella renunciaría. Dejarla en el silencio hasta que vuelva la calma, que ya no exista la posibilidad de que vuelva a censurarnos.

No practiques la erudición almacén. Es incompatible, no alcanza a reconciliarse con la verdad primitiva. Hay que desvivirlo todo, retroceder, ir hacia el atrás, hacia el fondo de la totalidad de las cosas. Flotando y sin interrumpir la agenda de nuestra oficina cotidiana.

No deconstruyas la mirada ni la respiración. Lo imperfecto siempre se excede quemando los límites hasta que ya no se oye el eco. Quién es la distancia? Nadie más que nosotros atravesando la frontera de los nombres que nos significan ausencia.

No perviertas tu naturaleza. Somos calamidades con una poderosa habilidad intelectual que nos mantiene suspendidos en la tortura interrogativa. Existencias desprovistas por completo de la serenidad suficiente como para concebir una respuesta cualquiera.
Y eso vendría a ser todo, me temo.

También la marca

febrero 19, 2008

Ellos encontraron el infierno entre las tablas que se separan en el piso de parquet. Preguntas perfectas para respuestas idénticas.
Mi abuela mira. Ni en pedo piensa bajar por la hendidura.

Cada siete días, del bolsillo de mi abuela sangra una suerte de amor milagroso. A veces se juntan grupos de hasta treinta para beberlo. Ella les cobra más barato porque llegan por su cuenta. Con la abuela no se fía.

Y al juntar las cien monedas, mi abuela se vuelve a dormir.
Ella descansa en que algo habrá de consolar sus intenciones, las formas de la ausencia o quizás la respuesta cierta de si murió la rosa.

Siempre hay una señora que habla con mi abuela mientras ella descose los ruedos. En la foto, sin embargo, parece que estuviera sola y que no estuvieran haciendo nada. Por alguna razón, esa foto huele a perejil recién cortado.

Cada vez que saco la cámara del bolso, las caras de todos cambian de formato. Se tensan los labios, las mandíbulas titilan, las frentes se elevan. Mi abuela se pone los anteojos y con esos ojos me mira.
(con esos ojos me llora, con esos ojos me cierra)

Un día se olvidó de llover. Al día siguiente se cortó la luz. Dos días después notamos que ya no había viento ni nubes. Mi abuela y yo compramos rifles.
Los cambios complotan contra la salud mental de los humanos.

Cambiamos todos de tribu los domingos de foto y siesta.
– No hagan caras, hagan memoria.- dice mi abuela.
Veníamos sonriendo, cantando, bailando bajito. Para qué cambiar? Para qué salir, para qué volver?

Strawberry Fizz Forever

diciembre 30, 2007

“No me lleves a sombras de la muerte
Adonde se hará sombra mi vida,
Donde sólo se vive el haber sido.
No quiero el vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
De mí un ausente
Y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.”
Macedonio Fernández

El primer disparo nos arranca de la noche, como un latigazo, al vacío que antecede al miedo. La tinta enemiga salpica de enredos a todos los idiotas. No se siente el dolor, pero cómo lastima. Adentro, el viento atormenta a una estrella fugaz que espera no perderse en el desierto convertida en una gran olla de vidrio.
Vemos desde una fe estroboscópica caminos empapados con fantasmas heridos. Ofrecemos los saludos colaterales como única previa al olvido anual. El tacto siempre es eficaz para los asuntos a diferir.
La segunda descarga nos encuentra con un color de pelo nuevo, ardientes y con los dedos repitiendo. Ahí es cuando más nos parecemos a un sabio, perplejo él ante la carta de postres. Flan o budín de pan? Crema o dulce? El humor intacto y nutrido en el buen silencio de muñeca se deja adoptar por el mejor refrán del mercado, ese que nos ayudará a iniciar la guerra fría del nomenadies. Podrá la Mona Lisa algún día comulgar con el sacramento de la risa sin sentirse amenazada? Humores grandes sin partes móviles ni piezas pequeñas que puedan ahogarnos, son bienvenidos. Agradeceré. Recompensaré. No son bienvenidos en cambio los amores, porque los daños que infringe el amor sobre las almas con recursos insuficientes o en los corazones reacios a la calistenia mental (o elemental) son menores, pero a la gente como nosotros puede matarla a fulminazos.
Y eso no le hace bien a nadie. Mucho menos a la gente como nosotros.
Momentos antes del tercer corcho, se acercan las palabras que aparecen como moscas con cada mutilación. Las putas surgen de la nada para saludar y preguntar por tus cosas y sobre qué haremos con lo que nos quedó de la amputación, que si fuera amor derrocharíamos sin culpas en un Universo paralelo al de los pretextos, pero que no siendo amor, es sólo un resto humano a definir. Y ellas quieren saber. Podrías disfrazarte de mesa para no perder el equilibrio, sugieren. Que podríamos sentarnos ante el mostrador de la sed hasta que cicatrice la mirada. O tal vez, como un desgarro fijo, tenso, extenuante, fisurarnos en secreto.
Sin embargo, qué saben las palabras? No tiene sentido que salgamos del momento para alimentar melancolías. Deberíamos, digo yo, aprender a quedarnos de vez en cuando, algunos días, en el interior de lo que somos ahora. Porque afuera está la escarcha intacta del invierno que no termina de irse entumeciendo todo lo que no supo cuidarse y, en cambio, adentro, muy adentro, la esperanza de que todavía tengamos algunas cosas que perder.
Podría contar quién era yo esta mañana, pero qué sentido tiene si ya debo haber cambiado algunas cuantas veces desde entonces. Solo sepan que sigo con el deseo dominical apilado, inerte y con el vicio de la pregunta moderado por las musas no invitadas a la convención del sigilo, con ser luna como actividad pendiente para mi lado oscuro, con las paredes convertidas en palestras, el sentido atento y con la punta de mi lengua como trampolín humano hacia el más abismal de los suelos.

Hagan ustedes su mejor 2008. Un año con 25 horas extras no puede salir mal. O al menos, no debería…
Salud!

Velado (en blanca noche)

diciembre 19, 2007

Mal día hoy para los paraguas. Y hay un escarabajo caminando por la protección.

Se quedaba siempre un rato más. Siempre fantaseando vidas en donde eso estuviera permitido. Disfrutaba haciéndolo.
Yo anotaba en mis libretas cada avance tras amarlo. Después lo abandonaba en una cama fría y grande y me vestía.
Sin mirarlo.
Él había estado ensayando casualidades aquella noche dejando que sus ojos cayeran por azar sobre tres de las tres millones de palabras que había para elegir. De a dos veces por minuto, al rato ya tenía suficientes. Como para armar algo, decía.
Llenaba cajas con los resultados y esperaba a que alguien se le atreviera y pidiera permiso para jugar. Y siempre había alguien dispuesto.
(esa gente a la que uno jamás invitaría)
Pero nadie sabía qué hacer con sus cosas una vez abiertas las cajas.
Creo que lo salvó de la soledad más extrema el hecho de que yo estuviera siempre ahí para explicarles a todos cómo se usaban. Igualmente siempre me resultó complicado hacerle entender a la gente que su voz, ese viento cargado con arena, no era de balas, y que mis bombas no son nunca una amenaza, y todas las mañanas encontrábamos que algunos se habían ido (o suicidado).

Recuerdo que en algún momento de esa noche me subí a la calesita vintage y abrí los ojos para esquivar a la sortija.
Y volví a mi mesa sin pensarlo. Y volví a mi casa sin saber volver.
(nunca se sabe)
Y me senté.
El juego no pudo marearme, les dije.
Y les recé (a más de tres dioses diferentes) para que le dieran la fuerza, toda la magia que le hacía falta.
Pero ellos, ellos no le veían al juego nada especial.
¡Y no se iban nunca! Y me hablaban y me hablaban…
¿Qué decían? ¡Querían hacerme creer que me falta libertad!
Pero si yo había ido a la cocina…
Y a un programa de televisión en el que un conductor me paseó por varios temas en los que muchas mujeres no se atreverían ni a pensar…
Y también convertí montones de papeles en aburridos tesoros que ahora me hacen compañía…

Y él lo supo. Nunca entendí cómo, pero él se enteró y vino a buscarme a mi casa de encierro.
Tratá de comportarte como si no estuvieran ahí, me dijo, los dioses son sólo un interminable deambular de sombras.

Decidimos dormir en la cocina. Analizamos la situación. Deberíamos correr esos hierros a un costado (cuándo los habríamos puesto ahí?)
Íbamos a tener que dormir abrazados.
Nuevamente.
(nos dábamos cuenta de lo solos que íbamos a parecer si no nos abrazábamos durante esa maldita sensación como de estar cayendo)
Nuevamente.
Había poderosas oscuridades que nos unían.

Entonces los oímos. Habían vuelto.
(tampoco yo los había escuchando acercarse)
Volvían con buenas palabras y sin dejar de sonreír. Los hombres de la cena jugaban a ser buenos.
Cuando alargó la mano hacia el interruptor, para asustarlos, hacerlos reír, o ambas cosas, y se puso a contarles que ya no podía, que ya nada tenía sentido, no me quedó claro por qué me pareció que había ganado.
¿Cuántos minutos le quedarían de vida?
Entonces lo tomaron del brazo y le hicieron levantar las cajas, esos bloques de nada, y él no entendía de qué mierda le estaban hablando ¡Éramos toda gente tan bien educada!
Se quedó un rato secándose la cara y jugándoles con las cajas. Esta vez el juego consistía en desmantelarlas pero, para variar, nadie entendía nada.
Dejó que su boca se le llenara de golpes y de agua y se desbordara. Una creciente flor roja insistió. Era mi cara, ahí, dibujada, que nunca le había dejado de quemar ni de doler.
Y el tiempo no se iba a detener.
Hay personas que nada más viven, sólo que no lo saben.
Pero él no quería vivir (quería evitarse los nervios de pensar que tras las puertas pudiera haber cosas con dientes)
Escuchó, sin embargo, cómo yo les explicaba mis razones. Un esfuerzo inútil, pero algo, cualquier cosa que nos permitiera continuar.
Tristemente.
No servía de nada hablar ni intentar que ya no le pegaran más.
Sé amable, no muestres tu miedo porque pueden olerlo, me dijo al oído a pesar de que hablar nos estaba permitido.
Entonces se levantó de la mesa, me pidió que no me asustara, y se puso gritar y a disparar contra todos los hombres a los que nadie había invitado y contra los dioses y a las paredes.
Yo flotaba.
Cortemos acá la lectura. No vale la pena. La reparación es más sentimiento del que puedo sentir. Esto termina mal. El cazador es la caza misma.
Me dedicaré a pensar en eso hoy. Esta tarde. Si, y a cantar bajito.

Por eso me quedo

septiembre 10, 2007

“Se han de romper las naves,
ha de astillarse el aire como el vidrio corriente,
pero la caja, no.
Dios puede enloquecer y ha de quebrarse al fin
como un volátil superior,
pero la caja, no.”
Eduardo Lizalde

Por entre el prólogo manifiesto de las texturas nerviosas, me siento a ver cómo va el partidito mientras la casa se hunde. Sentada en un bote de noche, yo sabría perderme en la confusión de las coronaciones públicas. De eterna, a nieblareina para todos los papeles.
El mar me haría del santo vacío de la memoria, el cielo de espalda, y la luna de bala celestial que gana tiempo fabricándonos la ropa con pedacitos de espacio para que nos la abrochemos con anzuelos a esta nada portante que nos agrupa los ratos en paquetitos de a años.
Y ahí están. Suben a escena los secundarios, los sirvientes con sus cuerpos impregnados de flashes y de gritos que les gotean de la cara después de cada día piraña. Y ahí está el dueño, flotando su bigote en el aire, sus problemas con el yo, con el vos, con el nosotros.
Los sirvientes siempre se mueren después de un día piraña. Cumplen su acto, pero ese no es mi problema, yo también floto dueña mientras hago malabares con mis pobres dientes y mi crueldad (yo maté mucho más que tres moscas, pastelito, pero escondí el cadáver en un placard lejos de casa como para poder seguir amándote de por vida ante la envidia de todos los que no entienden que no amar es infinito).
Venite, dueñonuestro, venite a vivir mi reino, haceme la voluntad, que no se me note la tierra fértil tanto en las venas como en invierno. Endeudémonos mutuamente, así como nosotros te perdonamos a vos (y no nos dejes caer en la tentación).
El mar no nos hace más inocentes, y por eso nos hundimos cantando “Barbara Ann” y haciendo así con los deditos. Good Vibrations. Y abajo no hay nada, solo el cielo, que no se da vuelta ni para vernos caer, y la arena, que camina Alfonsina para llegar más temprano a su cajita de remedios.
Decime, racimito de letras, qué sería de nosotros si no estuviéramos tan enfermos?
Como cuando tomábamos sol en plena tormenta y nos tiraba la piel y nos ardían los corazones porque nos arrancaron a pedazos de un sueño en el que no habíamos perdido todavía, a mí todavía me jode que aquel maldito rayo no nos haya fulminado.
Yo lamento no haber sido lo suficientemente homicida como para matarte como tu alma me pedía. Me apena no haberme atrevido a probar si alguna vez ibas a decirme basta (es que es lícito para mí dudar que a lo mejor nunca lo habrías dicho).
Es tan humano delirar metafísicamente dentro de las restringidas inteligencias que nos tocan. Es tan humano entender nuestra historia como lo único único e irrepetible. Es tan humano enredarse en la tristeza que florece al comprobar que, finalmente, todo es igual, que con o sin bastas todo acaba siendo igualmente fulminado por el tiempo o por la muerte (aunque nunca por ese maldito rayo).
Tengo la desesperanza recurrente de que pase cualquier cosa y sin embargo hoy sólo puedo sentir que hay una boa acercándose inexorable a aplastarme el corazón.
(es extraño que aún entendiendo que voy a aniquilarme sola, yo siga temiéndole a algunos factores tan externos. Tan alevosa mente externos).

Tabaquería

julio 24, 2007

“la fiebre que escupo,
la rabia:
puntos de apoyo
en el camino oscuro del regreso a casa.”

como si fuera una luz desquiciada a la que hay que cazar y atrapar y coser cada noche. Una luz con la que puedo reiniciar una cansada, nueva e irresponsable exploración sobre el mundo del cual yo me declaro ausente.
(debería estar convencida de que así se resuelve la tristeza que estratégicamente escondí dentro del fuera de foco neural, pero…)
“No. No creo en mí…”
(a muchos les daría ternura mi aridez tan nítida de mí, como un dolor, una pena que se deshabla, que se desarma en rotos los pedacitos en los que de mí me parto, como una oscuridad cieguísima de dios, de plenitudes, como una búsqueda obcecada, sabiendo que buscar es simplemente ya haber llegado tarde)
Y tironeo entonces de mí a un otro, a alguna raicita de miedo exacto, a la sepultura visceral, al principal paisaje, y dejo a la pasión sin esperanza alguna de mundo.
Y los detalles se van fumando al espejo y el humo se cae de rodillas ante mí.
Sobre la sábana. Sobre la flaca pesadez de nuestros sexos.
Y me converso disfrazada de salivitas, de mensajes sin códigos, de fúnebres rescates.
Y fundo un transcurrir basado en la inacción.
“No. No creo en mí…”
Y así, eso que a veces me ausenta se resuelve sin mi presencia y mansamente se equilibra y me abandono del conflicto hasta que casi no quedan ganas de derrotas ni de íntimos cansancios.
“No. No creo en mí…”
Porque tengo una razón muerta, carente de toda belleza, una esclava mortaja sobre cada embrión concupiscente.
Una razón que exfolia máscaras a dentelladas desde el atrás murallón que la acobarda.
Una razón que sólo se hace a un lado cuando llega la roncha verbal, la hinchazón salvaje en la frente, la mutilación del decoro.
Y esa paz que sangran las puntas de los dedos, exhaustos, se hace dialéctica que me calma con su desplazarse entre estúpida e indolente como si fuera una luz desquiciada a la que hay que cazar y atrapar y coser cada noche. Una luz con la que puedo reiniciar una cansada, nueva e irresponsable exploración sobre el mundo del cual yo me declaro ausente.

David Bowie – Modern Love