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En cubierta XIII

septiembre 16, 2009

El poco rigor de mis palabras necesita de un entorno de poca literalidad y gran decodificación, no de redención educativa.

Es nauseabundo. La calma del mar y del viento concentra en cubierta todo el olor de nuestros muertos. En el barco la gente ya quisiera que fuese otro día, pero las barreras no pasan.
Nuestro capitán ha desbastado sus manos y del antebrazo sólo le queda la mitad. No dejará de luchar contra clavos y cadenas aún cuando el dolor le llegue al cuello.

A los de abajo se los oye trabajar sin descanso.
(anoche perforaron el casco medio metro por encima del agua y traspasaron por el hueco una balsa llena de niños, balsa que ahora flota conectada a nosotros por tres sogas blancas, seguramente construidas con las mismas gasas con las que vistieron a los niños)

Siento como si nos estuviéramos desmembrando de a poco y de adentro para afuera.

– Allá va nuestra médula.

En media hora habrán vaciado de las bodegas a todos sus hijos y, para cuando esto ocurra, en cubierta habrán terminado de rezar de cara al frasco de plástico con forma de virgen que el capitán instaló adelante del timón.
Una virgen plástica y desteñida.
(el capitán dice que está llena de agua bendita, pero ¿para qué más agua?)
Una virgen descreída de sí misma.
(con sólo quitarle el tapón yo podría dejar a esa virgen vacía de contenido (y de corona))

A veces, desde mi puesto, no me pongo a pensar en qué cosas me molestan. Las minorías tenemos eso. Cualquiera podría llamarse afortunado por ejercer mi labor de vigilar.
A ellos yo les diría que mirar alrededor no es más que buscar una voz por afuera del lenguaje (aún sabiendo que la castración dispuesta por nuestra lengua natal ya habrá de tomar cartas. Tarde o temprano). Un intento. Un intento de expulsión, expulsión de lo que se evita oír.
(como si a los sonidos los pudiese convertir uno en una abstracción cualquiera)
Mi puesto es un privilegio. En cubierta es imposible distanciarse de ciertos ruidos. O gritos.

En la cocina, un poco de la fiebre de Bassard ayuda a descubrir algunas cosas, como que hay gente que somete toda su vida a las grandes -o pequeñas- causas que cree ciertas.
Las enfermeras encerradas en la cocina (la vieja ha reclutado a las mujeres y las ha entrenado en el arte de la sanación) comparten los gritos de Bassard y también su silencio.
(a ellas no se les abrirán nunca las puertas de la literatura)

El dolor es enorme.

Bassard y su ocaso razonado, su empobrecimiento, su oscurecido esternón, se arrancan el suero y se escapan de la cocina como de la recámara de un útero.

– Salimos de un error para adentrarnos en otro.

Todo dura apenas unos segundos -salud, enfermedad y muerte- pero en el barco ya hay entendimientos que me resultan fáciles. Bassard así lo ha dispuesto y habrá que respetarlo.
Se ve todo tan claro desde acá arriba…

(no quisiera yo contar cómo fue su muerte. Tampoco decir o sugerir que mi amigo haya muerto, pues sin él estas crónicas no hablarían de nadie…)

La vieja larga una carcajada que nadie entiende ni yo. Es la desconexión de la despedida, supongo, ese momento en el que ya nadie comprende a nadie y lo único que importa es que el círculo no se corte.

(allá reciben a nuestros muertos como nosotros a sus críos)
El círculo cómo única medida posible de infinito.
(incesante intercambio)

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