Archive for the ‘Fuego’ Category

Film Gun

marzo 22, 2008

Como cuando tosí y los de allá sintieron erróneamente que se insignificaban las distancias sólo porque había compartido con ellos ese ratito de mi gigantesca intimidad, sería útil que supieras que yo no me tiré por vos. Que yo me caí tratando de encuadrarme (o de quedar medianamente en foco)

Como ese primer martes que no fui feliz y no supe explicarle a la prensa exactamente el por qué, mientras me ataba de la soga al edificio más alto y respiraba agitada más oxígeno del que quería gastar.
(para qué tratarme con oxígeno, ese goloso elemento oxidante, si el violeta me pega con todo?)
Dosis periodísticas de radicales libres cuando en realidad lo que yo quería era ser cineasta.
(ni bien le encuentre el cuello al próximo martes, le voy a morder la yugular con el obturador de mi film gun. Y que se exponga lo menos posible a la luz de mi existencia si quiere volverme a ocupar un fotograma).

-Quietos! Sonrían! Enfermos pero de pie! – les grito.- Vamos que vamos! Que estamos pariendo nuestra cama más justa como prólogo para nuestra propia tumba!

Acción!

“Dios no nos odia”, comienza diciendo a cámara el bueno de Job. Y yo pienso que Dios simplemente nos ignora un poco desde su estancia en la grúa. Finje divinidad con su sórdido kamasutra de milagros naturales. Dios es un presagio punk, creo yo. Y lo creo campante y sin temor a represalias, porque en el baile de desmáscaras yo atendía el guardarropas y lo vi. Me lo acuerdo perfectamente: Yo colgué su secreto más negro en una percha y a cambio le di su numerito. Y no le cobré. Me agradeció bastante el gesto, pero igual eso no le hizo cambiar la idea de enfermarme dentro de unos años con artritis y ceguera.
Recuerdo que cuando terminaron de entrar todos, yo le pedí permiso a la ONU para retirarme. No quería presenciar la elección de las Misses de la Nueva Realidad: Miss Nuclear Total War, Miss Universe Richter Scale, Miss Global Warming y además no me sentía nada bien. Pero no, los psicoanalistas de la Organización me dijeron que tenía que quedarme hasta el final de la fiesta y algunas cosas más sobre la continuidad del guión y sobre la posproducción.

“Pero los piojos no nos morimos de catarro”, seguía declamando Job, “tenemos cosas más importantes por las qué morir.” Si, claro, siempre es mejor metabolizar el oxígeno maquinando una falsa revolución o sembrando pejerreyes en el hambre africano. Quizás con cosas así de nobles algún día me reconozcan como un ser de este planeta y me den un ascenso o me hagan entrega de la corbata (y si también me sacan el marcapasos, mucho mejor) pensé, pero me resultaba difícil seguir el hilo de mi historia.
(ahora que lo pienso, algo debieron poner en mi bebida).

El guión dice que Job después se acomoda el moñito y le acerca el ramo de rosas a Miss World Wide Web mientras yo me escondo entre las perchas. Arriba, Dios debería rascarse la cabeza desde la grúa.
Silencio…
Se graba.

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Strawberry Fizz Forever

diciembre 30, 2007

“No me lleves a sombras de la muerte
Adonde se hará sombra mi vida,
Donde sólo se vive el haber sido.
No quiero el vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
De mí un ausente
Y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.”
Macedonio Fernández

El primer disparo nos arranca de la noche, como un latigazo, al vacío que antecede al miedo. La tinta enemiga salpica de enredos a todos los idiotas. No se siente el dolor, pero cómo lastima. Adentro, el viento atormenta a una estrella fugaz que espera no perderse en el desierto convertida en una gran olla de vidrio.
Vemos desde una fe estroboscópica caminos empapados con fantasmas heridos. Ofrecemos los saludos colaterales como única previa al olvido anual. El tacto siempre es eficaz para los asuntos a diferir.
La segunda descarga nos encuentra con un color de pelo nuevo, ardientes y con los dedos repitiendo. Ahí es cuando más nos parecemos a un sabio, perplejo él ante la carta de postres. Flan o budín de pan? Crema o dulce? El humor intacto y nutrido en el buen silencio de muñeca se deja adoptar por el mejor refrán del mercado, ese que nos ayudará a iniciar la guerra fría del nomenadies. Podrá la Mona Lisa algún día comulgar con el sacramento de la risa sin sentirse amenazada? Humores grandes sin partes móviles ni piezas pequeñas que puedan ahogarnos, son bienvenidos. Agradeceré. Recompensaré. No son bienvenidos en cambio los amores, porque los daños que infringe el amor sobre las almas con recursos insuficientes o en los corazones reacios a la calistenia mental (o elemental) son menores, pero a la gente como nosotros puede matarla a fulminazos.
Y eso no le hace bien a nadie. Mucho menos a la gente como nosotros.
Momentos antes del tercer corcho, se acercan las palabras que aparecen como moscas con cada mutilación. Las putas surgen de la nada para saludar y preguntar por tus cosas y sobre qué haremos con lo que nos quedó de la amputación, que si fuera amor derrocharíamos sin culpas en un Universo paralelo al de los pretextos, pero que no siendo amor, es sólo un resto humano a definir. Y ellas quieren saber. Podrías disfrazarte de mesa para no perder el equilibrio, sugieren. Que podríamos sentarnos ante el mostrador de la sed hasta que cicatrice la mirada. O tal vez, como un desgarro fijo, tenso, extenuante, fisurarnos en secreto.
Sin embargo, qué saben las palabras? No tiene sentido que salgamos del momento para alimentar melancolías. Deberíamos, digo yo, aprender a quedarnos de vez en cuando, algunos días, en el interior de lo que somos ahora. Porque afuera está la escarcha intacta del invierno que no termina de irse entumeciendo todo lo que no supo cuidarse y, en cambio, adentro, muy adentro, la esperanza de que todavía tengamos algunas cosas que perder.
Podría contar quién era yo esta mañana, pero qué sentido tiene si ya debo haber cambiado algunas cuantas veces desde entonces. Solo sepan que sigo con el deseo dominical apilado, inerte y con el vicio de la pregunta moderado por las musas no invitadas a la convención del sigilo, con ser luna como actividad pendiente para mi lado oscuro, con las paredes convertidas en palestras, el sentido atento y con la punta de mi lengua como trampolín humano hacia el más abismal de los suelos.

Hagan ustedes su mejor 2008. Un año con 25 horas extras no puede salir mal. O al menos, no debería…
Salud!

Anem al llit

diciembre 21, 2007

La extravagancia del pez cuerda consiste en sostener los límites de la ausencia con las aletitas de atrás. Lleva tanto tiempo muerto que las membranas exteriores parecen de cera. Por momentos me da la sensación de que si lo prendiera fuego, no se apagaría nunca.
Está esperando que le crezcan pies para poder escaparse del agua. No sé por qué no espera alas. Es casi tan imposible como lo otro.

Si alguien te contratara para que soñaras tus sueños para él y te diera para eso brebajes amazónicos y te llevara a una cama nueva y blanca y confortable, en un cuarto también blanco de una casa que no es tuya, ni es nueva, ni es blanca pero que se deja vivir. Si a tus sueños entonces entrara él, cada noche, a vivir tus ideas, a esconderse entre tus fantasías y a jugar a tus terrores. Si pudieras comprobar que este ser que te visita no puede lastimarte y que sólo despierto corrés verdadero peligro. Si ese que te habita te dijera que está todo bien. Querrías despertar?

La noche no tarda

diciembre 2, 2007

El gato perdona al ratón y se lo demuestra matándolo.

Él se despierta y su deber le da la bienvenida y lo despega del mundo. Se durmió detrás de sí, absolutamente ausente y ahora despliega sus dientes hacia el fondo del cielo y estira su lengua hacia su oasis redondo y perfecto como para dibujarse blanco y dejar que todo continúe mareado y perdido adentro. Entre sus ojos, su pensamiento comienza a romperse como cada amanecer. Unas nuevas veinticuatro horas, un nuevo gran viaje inmóvil y sin pensamiento por la inconsistencia de la realidad, lo que, además de cómodo, le resulta fabuloso.

Él, ahora, sólo tiene que restaurar la belleza que durante el sueño se ha ido deteriorando. Levantará gajos y replantará flores allí por donde sus ejércitos desfilaron anoche.
Y la perfección se instala junto a él. Sus manos flotan como nubes, livianas e inmortales bajo una mirada que nadie ocupa.

Él es un cuidador que ha desarrollado tanto su olfato, que ahora es capaz de reconocer el amor, la vida y la muerte que hay en cada cosa con solo acercarse, aunque tomando siempre ciertas precauciones, pues alguna vez le sucedió que una fragancia o un hedor (y no hay peor hedor que el de una flor cuando se pudre) lo penetraron tan profundamente que debió luego arrastrarlos durante días hasta que, ellos mismos, y sin razón aparente, decidieron desaferrarse de su nariz por su propia cuenta.

Él cuida la poesía que hay en el día, caracterizado bajo la forma de un hombre al que, porque ha nacido, hay que consolar, y que, entre dientes, masculla que sólo por hombre, y por nacido, se ha rendido ante dios.
Y aunque ante el altar de sus despojos él se ofrece como alguien dócil ante la bondad divina, bondad que le ilumina sus días pardos y los convierte en jazmines (y luego nuevamente en noches), él sabe que hay algo (quizás malicia) más allá de esa bondad manifiesta en el día y en los jazmines y en los aromas que se pudren según llega la tarde, y esa sospecha le llena el alma como llenan los vampiros el vacío de las noches.

Él es la periferia y el centro. La ausencia del gesto y del disfraz, la falsa impresión de que el borde existe y vive en él. Él se ha rendido, pero aún desconfía de ese dios misericordioso y engrupido. Y mientras siembra, una vieja cicatriz en su mirada lo mantiene en sus límites impidiéndole avanzar demasiado pues también sabe que el horizonte retrocederá siempre (y como todos) hacia dios, hacia ese fanfarrón y vanidoso dios al que le gusta presumir sobre todo, pues sobre todo ya tiene preparada una maldita, redonda y magnífica respuesta.

Él es un muerto incapaz de morir. Su felicidad es mecánica. En su jardín todo es belleza recuperada pero en el centro de esa alegría nadie sonríe ni respira. En su paraíso sin bordes el paisaje entero se comprime sobre el piso donde el miedo abre su infinito ángulo hacia la noche, noche que en pocas horas vendrá. Puntual. Porque la noche, con sus ejércitos que marchan, no tarda.

El viaje

septiembre 16, 2007

“el invierno nos carcome a las personas”

Abrazado, vos dormías y yo planeaba y decidía el clima. La casa, con aliento a incienso, viajaba sentada en el asiento de atrás. A su lado, un cura nos hablaba sin parar sobre sus molestas erecciones y de todos los pueblos mediocres que conoció y de su fuerte convicción de que estos pueblos no merecían formar parte de un paisaje tan perfecto.
Tener a este trastornado en el auto estando tan cerca de la frontera me obligaba a acelerar. Cada seis o siete minutos, yo le pedía que entrara a la casa y preparara un poco de café o mate o cualquier otra cosa que lo mantuviera entretenido, pero sobre todo, callado. El cura ya no estaba en edad de aprender límites y yo tampoco tenía muchas más ganas de ponerme a educar a nadie. Además para ese viaje yo me había propuesto ser más comprensiva con las realidades ajenas.
En el televisor pasaban videos de unos animales que acaban de descubrir en Zambia. Parecían radiadores de aceite forrados con piel de cebra. Alucinantes. El cura decía que seguro que eran el resultado de algún experimento yanqui, y yo lo dejaba decir.
Tuve que dejar de mirar porque si no nos íbamos a hacer mierda todos.
Lo único cierto es que esos bichos existen, y que el cura se iba a bajar ni bien llegáramos a la frontera.
Te desperté para que cambiaras de canal y para que dejaras subir a otra persona. Un músico con dos baúles llenos de instrumentos que, lógicamente, tuvimos que meter adentro de la casa porque en el auto ya no cabía un alfiler.
Mientras subía, yo busqué en la guantera la máquina de fotos y le saqué una al cura, que miraba quién sabe qué cosa a través de la ventanilla.
Decí que la casa me tapaba el espejito, que si no, me hubiera mandado una marcha atrás de 5 o 6 kilómetros sólo por el gusto de verles esta vez yo a ustedes la nuca aterrada, así que puse primera, y por enésima vez recomenzamos el acercamiento a la frontera.
A pesar de que era hora pico, no se veía otro auto en la ruta y pude acelerar tranquila, sin embargo, cada vez que acelero me salta el recuerdo alarma de esas palabras que me dijo Julián el día que lo fui a buscar al psiquiátrico: “La locura sólo es graciosa cuando es en segunda persona. Ni en tercera ni en primera. En segunda”
Mientras manejo, mi cerebro siempre abre otras ventanas y ejecuta otros procesos como pensar: “Mierda! Yo siempre giro en segunda”.
Será por eso que muchas veces termino incinerada entre los neumáticos preventivos de las curvas más violentas.
El músico iba sentado entre la casa y el cura. Tenía una cara de lo más agradable y unas uñas de más de un centímetro de largo en la mano derecha. En otra ventana, mi cabeza confeccionaba un esquema comparativo que me llevó a la conclusión de que las extremidades de la derecha por lo general se les deforman a los diestros que nacen demasiado fanáticos. Y el otro caso es Vilas.
“Hay muchos Guillermos zurdos”, les comenté a los pasajeros y el músico contestó, “no sé, yo me llamo Guillermo y hago todo con la derecha” (otro desubicado que se iba a bajar en la frontera, porque si la realidad ajena es irrespetuosa, yo no veo por qué tengo que aguantarlo).
Para cuando terminé de cerrar las ventanas y me di cuenta de que aún si frenaba, la pared de neumáticos igual se nos iba a venir encima, pensé en que mucho mejor habría sido enfrentarla dormida que con los ojos así de enormes mirándolo todo. Pero yo nunca había podido quedarme dormida mientras manejaba. No entiendo por qué yo siempre me jacté de eso si, la verdad, no es nada bueno, o al menos no resultaba serlo en ese caso. Como fuera, el viaje ya venía medio bodrio y vos habías empezado a joder con ese mal humor que te da cuando se te caen líquidos calientes en la entrepierna.
La velocidad era tanta que me acuerdo que dijiste que al asiento lo sentías como una mochila pesada empujándote la espalda. Otra ventana: Por qué te recuerdo comiendo helado si lo que te chorreabas siempre eran líquidos calientes?
El ruido de la chapa acordonéandose sobre nosotros nos pareció diferente a todo lo que hasta entonces habíamos escuchado, y eso que con tu trabajo, los ruidos raros se te daban a diario. Por qué habrán puesto neumáticos en esa curva si hay tan pocos autos circulando?
A mí me gustó especialmente el segundo ese en el que a pesar del miedo que teníamos, vos me miraste y me sonreíste. Todo un detalle. Tengo los gritos del cura grabados en la médula y tu cara tallada en mi retina. Lamento que lo que yo te devolviera a cambio fuese solo un rictus de asco, pero decime: cuántas veces te dije que no me gusta que te hagas ese horroroso corte de pelo? Algún bombero va a estar de acuerdo conmigo cuando trate de apagarnos.
Quisiera no haber tenido las dos manos sobre el volante en el momento del accidente. Es lo único que cambiaría de ese día. Menos mal que estabas muerto, porque si hubieras visto todo lo que les costó despegar mis dedos del plástico, me habrías reclamado tanta pasión hacia otro objeto. Defenderme de una pasión como la botella o tu cara me habría resultado más fácil. Sabés? Vos nunca me dejabas concentrar y veo que seguís con esa tara. No ves? Ya no sé a qué venía con todo esto.
Bueno, la cosa es que yo iba lo más bien, sentada, con el cinturón puesto y exprimiendo el volante como si fueran las solapas del que me dio la noticia de que vos también te habías muerto, y tuve que frenar contra neumáticos porque para eso estaban prolijamente dispuestos a recibirnos en esa agudísima curva de aquella tan deshabitada ruta.
Hasta hace unas horas me resultaba desalmado eso de que todos hayamos muerto de esa manera, pero medio que ya me voy haciendo a la idea. Peor sería conmigo viva. Yo sola no habría podido soportar el dolor.
A pesar de que pudieron rescatar los baúles, a la casa la dejaron quemarse por completo y ya sacaron a todos. Solamente falta una parte de mí. Ellos aún intentan despegarla del auto y del alquitrán que todavía humea por sobre mis piernas.
Este fuego es sumamente inspirador. A mí en el fondo me encantan este tipo de sorpresas.

Wake Up

agosto 7, 2007

De nuevo tengo ante mí la puerta. La miro y recorro mentalmente el camino de mi mano con la llave hasta ella. Trazo una línea con la mente y mientras lo hago imagino las mismas sensaciones una y otra vez (siento cómo gira cada vuelta y puedo verla abrirse. cada centímetro. cada tabla del parquet por delante de mis pies).
Todos los días hago el recorrido varias veces mentalmente, pero si pudiera ser sincera, debería confesar que todavía no sé cómo hacerlo.
Quizás sea por eso que sólo me dedico a esperar.

Duele el estado de fascinación con el que esperamos que las pinturas broten de nuestras manos, alucinando sombra y luz que cae desde lo blando por las canaletas suaves de una nada que se anhela y se aniquila en el rincón preferido de la noche, como un cese histórico dibujado sobre el pentagrama de nuestros cinco dedos. Algo como un abandono huracanado escrito especialmente para piano y tinta.
Las cuerdas se tensan como un último milagro y los gusanos las pasan por debajo, en una carrera solidaria, todos en hilera y a la voz de tres.
El natural modo con el que tropiezan ante la amenaza, ese crujido espeluznante que anticipa el golpe de sus insignificantes figuras, mitad contra el lustre y mitad contra la pared más húmeda de la cueva nos despierta lo suficiente como para sentir nuestra propia caída sobre el azul cactus de la hierba, planos de sentido. Como dibujos.
Y nos abrazamos a la tierra a través del hilván que la química se sabe bien. Y nos dejamos convencer de que abajo no hay nada (pero ese simulacro de piso no es más que una medianera al infierno). Y giramos espantados la cintura y la costura cede un poco y se nos desprende la tarde, y ya no hay papel sino galletas con la sonrisa sostenida de las partes (pero la química nos dice que abajo no hay nada) y las paredes son cielo, y son mar y son pronto, porque la espera nos excede (y abajo no hay nada) y ya casi es de día y hay que levantarse. Porque es de día. Y hay que levantarse.
Porque es de día.
Y hay que levantarse.

Arcade Fire – Wake Up

Hello… you wanna cup of coffee?

junio 25, 2007

No trates de suicidarte. A nadie le interesa demasiado.
Un sentimiento tan intenso, la acción más íntima…
(te recuerdo que cuando nacés hay al menos dos personas
(a la muerte, en cambio, la podés vivir a solas)
Interesante detalle, no?)

Los sostiene tanta contractura numeral, la nota exacta que eligieron para darle a las canciones lo que le roban a la vida, esa pieza rota del Universo donde nunca faltan ni un cigarrillo ni un árbol. Añitos tristes de soledad dormida, de bandoneón polémico, de suspicacias y remires de alta graduación gaseosa blandiendo voluntades por no decir artificios y madrepatrias (o selvas).
Titulados Reinas, ya nada más les queda por pretender que alguna caricia olvidada o el recuerdo arrinconado en un tangal malevo en el que cantarían todos los parias (machos y hembras) a los que alguna vez amaron. Una armonía pasajera, inmediata, de varios pero pocos segundos y personajes.
Cierto egoísmo corre hoy por la casa. Solo en la cocina hierve algo compartible.
Las personas que se acercan ¿sabrán que el protoplasma en el que flotan los dramas está preparado con un licor finito de absurdia?
El estigma de los escribientes parece ser la velocidad que adquieren las palabras superando muchas veces las crisis vocales con herméticas consonantes cosidas a los detalles que de otra manera se habrían ahogado en un mar de odio rabioso (ellos prometen compensar lo que les falta empardar cuando lleguen a las buenas mientras yo me visto de gota que rebalsa o de colección de presagios para esperarlos (una porción para cada uno (yo sería un muy ideal destino modular para todos mis futuros), e intuyo (a pesar de mis manos) que la realidad no me cree cierta (si no, no se explican tantas dudas a la hora de tocarme, siempre mirándome de lejos, de refilón, a mí, que no soy una cuestión de fe sino algo bastante menos que eso, algo como el serruchito de las hojas deshilachando el conciente como a una pluma de nylon, la ensalada mancillada, el cigarrillo en la taza, la estufa que ni ahí alcanza)))
Hablamos (hablamos hablamos) de todo lo muerto, cascaritas blancas que nos amanecen, prudentes ante todo. Paz. Paz, y no sabría decir qué otra cosa.
Parecería que denominador y dominado se simplificaran y se fueran tachando y tachando como si el resultado pudiera cambiarlos en algo (el show de los ruiditos acalambrando mano sobre mano sobre todo sobre mí, que me sigo rebalsando de esperas).
Miro (miro miro) lo que duran los hasta el filtro del cigarrillo desde una pose que fue desarrollada para cada una de sus formas (creo que nada me entusiasma más que jugar a que me adapto a todo (creo sinceramente que esa es la única manera de mentira que yo puedo tolerarme)), y a mis pulmones golpenadome con sus puños para que yo me despierte y no siga durmiendo sobre los humos celestes.
Y cuando ya no esté la moto, cuando sea simplemente una búsqueda tranqui de qué habrán de ofrecer sin golpear a la vara de cemento con piñatas irrompibles, cuando el futuro se instale en la duda que existe en este instante entre dar un enter o levantar la taza (igual, siempre está el recurso de pasarse cuatro años en cana por alguna sonsera o evitar el yerro y que la bala entre como tragada por un esófago ideal hacia el cerebro), cuando algo más que la nada tampoco nos importe, cuando la resma se resigne al estante…
(cuando ya no esté la moto, yo no sé, cuando todo se detenga, quién, quién, al fin y al cabo, quién, cuando todo se detenga necesitará algo más,
algo más que
algo
más
que
levantar
esa
taza?)

Circunstanciales

junio 10, 2007

A veces, incluso las personas más quietitas se enfurecen de golpe. No depende de los estudios, de la cultura o de las políticas de vida, sino de alguna energía injusta y antigua que se adueña de sus arterias, de las piedras de sus músculos, de las entrañas, de los lugares más oscuros del alma.

Mientras pesca, piensa que mejor no podría pasar sus domingos. La costanera siempre le calma el stress. Sentado frente al río, observa a los aviones despegar y se abrocha el cinturón. Por la ventanilla ve cómo una de las turbinas se incendia y desde el fuego, a la india cocinar las vasijas. Amasa el barro mientras mira a los caballos correr salvajes. Fecunda a una yegua al paso de la caravana peregrina que desconfía del águila. Observa desde el aire al tren, y sentado en el último vagón, ve la aglomeración de autos detenida en el paso a nivel. Toca la bocina como loco y cuando sube la barrera, acelera hasta el puente y el ruido y la congestión lo detienen y se baja y se asoma al río desesperado. Allí distingue una trucha saltando. Nada por horas buscando alimento hasta llegar a esa delicia suspendida de eso tan brillante. La muerde. Siente el tirón. El terror lo paraliza, el sedal lo asciende. Antes de la asfixia alcanza a verse a sí mismo. Tranquilísimo. Pescando. Como cada domingo.

Cortitos sobre Aguirre

junio 4, 2007

“Enséñame un héroe y te escribiré una tragedia”
Francis Scott Fitzgerald

Ciertas espumas a partir de las babas de un sonido inexistente le pinchan una esquina lunar, le aplacan la semilla, le pausan el anhelo, serenan y alisan las pasiones de Aguirre.
Para él es exasperante tanta calma. El silencio no se le rompe ni con piedras. Igual no importa. Él cuenta con la posibilidad de que el silencio también sea falso.

No me animo a escribir nada si todo es sospechable, dice siempre Aguirre, la libertad pasa rozándome la reja en un finito arriesgado: Alguien bien cerca de las vías del subte, mi viejo matando chanchos, una olla de agua hirviendo cayendo sobre mi panza.

Hoy escuché a Aguirre decir que las vitaminas hacen que sientas que Nietzche era un pelotudo (y eso aparte del rejuvenecimiento y la vitalidad). Él supone que la depresión genera pensadores y el amor pasional, poetas. Qué será entonces lo que genera el amor, me preguntó, sino la ingobernable necesidad de escribir una poesía?

El accidente de que exista el tiempo restante es lo que le agota las salidas a Aguirre. Es la circunstancia de tanta gente por todas partes. Un ocurrir desgraciado son, en su vida, los extremos de la pena y del baile.

Se eleva cierto fervor admirativo ante la observación de las formas más elementales de mi amor por Aguirre. Saber que sólo es un germen no me resuelve el conflicto ni le quita gravedad al asunto. A lo mejor, si yo pudiese saber qué ideas absurdas pasan por la cabeza de este feto transparente, sería capaz de adelantarme.

Todas las mentiras y fantasías que seleccioné para negar con corrección, como los conformes que se acuestan sobre el quebrado silencio aferrados a las piernas de una mariposa, no me alcanzan para olvidarme de Aguirre.
Vivimos para ver caer el dado del lado inocente. Para gritar culo, dar vuelta el brillante y describir lo que nunca estuvo.
Soy el monstruo que canta a través de su ojo siniestro.

Capitular

mayo 19, 2007

Un alero de agonía, la aspereza de la sal contenida entre los ojos, una tráquea anegada en tinta seca.
Así la estrategia miserable del olvido.
Ya ves, no puedo ni nombrarte.

IV- (Forte)

Él se presenta
mayórdoma señal,
de mis palmas debatidas
sobre víctimas y agostos
Abril triunfa en desconciertos de cámara
de arrebato fatal
de comienzos
principios
y así
como todo
se envilece
también
el aire
El Rey
la voluntad de morir
la de matar en julio.
Y el fuego que siempre arde entredientes
acuerda
Y luego firma.

VI- (Fortísimo)

Era algo que golpeaba
pesado
las mentes
Y de las vendas goteaban las ranuras
(es que la cabeza siempre gira en algo,
decía)
las muertes detraídas
las figuritas importadas
gente que hubo, que amaron
y murieron
tan solamente.

V- (Allegro – Vité)

Decidimos los tres
dar al entierro por nuevamente terminado
Estampitas repetidas de nuestro álbum budú
Y me reí
Y recibimos a pesares
apretones
atriunfos
vinagre
y cada uno un cuatro inviernos
(con dependencia)

I- (Andante)

Migrando
(la desesperación pica en los dedos de adelante)
como panteras
de la selva a la selva silenciosa
oscilando huesos y miedos
Creyéndose música
en cualquier estadía
que le peine lisa sus pieles y espinas
(y de sus patas remueva la verdad más infecciosa).

VIII- (Magnificat)

“Magnificat anima mea Dominum”
Así practico los restos
los enseres usurpados a un amor inconveniente
y toca él del piano los más bellos tambores
armónica de nadies
y me describe sin hacerlo
la canción de las canciones
la de los cuatro olvidos importantes
(manos minúsculas firman escri(ben parti)turas).

VII- (Adagio)

Un bruto capital de savia vitalicia
colabora en silencio
al remedio
faro que se planta
grito que me empaña
Es muy firme su luz
De malicia en la frontera.

II- (Vivace)

Llegará.
Su gran ojo me guiña los paisajes.
Quizás cuatro docenas de polillas ayudaron a su venda
(ella luego mató a las polillas, se retiró y jugó hábilmente lo que había quedado abierto) La venda, que ahora se desliza a través de la frontera a jugar con los temblores.
Y con los oficiales. Ellos siempre soldados uniformes
infelices
sin sus mandos naturales
descorren y fuerzan fieramente
(pero ya tarde son para todo y no lo saben)
sus partes, el fuego opulento y el registro
el descubrir al hombre
que debía carne-gancho-hierro
ser
deshuesado compañero.
Graciosamente. Y acordó un paseo prodigioso
suave y fluorescente
a tiempo compartido en la deshonra
tarde
a golpear las pieles
intento guardarino en la etiqueta del trapo bien a tiempo.
Por qué el infierno, decía, era su venda, y ella
y ella

III- (Pianissimo)

ella no importaba

Los millares de manos invisibles
Femeninas lumbreras
saldrán a auxiliar a los vencidos:
Amar a tiempo de la venda,
haciendo de una sección entera
la secuencia de sus solos de violines.

IX- (Presto)

El resultado fúnebre integral
nuevoprincipio
fusión de tradiciones ambulantes
tus cenizas
antepasadas de ejecución
lenta caída.
Una venda extensiva
Tampoco cegaría la pena.

X- (Scherzo)

Mi guiño, por siempre vencida
Reparadora venganza
Vaya con mi firma
y mi cansancio
Mi sombrerazo final hacia la muerte.

Rapture

mayo 9, 2007

Está escrito y hay que hacernos madre, ser patria, isla y puente hacia nosotros. Murmullo y graznido lento que se desplaza de 78 a 45… 33… 16 rpms. hasta desaparecer al silencio gutural del útero propio, de tules y aguarosas.
La oscuridad del barro se alumbra ante la ausencia del miedo y festejar que todo sea es tan simple que duele, que trista los ojos, marea la razón, miseria los huesos subterráneos que se quiebran como ramitas nacidas para fuego.
Nos estamos extinguiendo quietamente.

Desnuda la memoria frente a la verdad irredenta, dejo derrapar los fragmentos que de mí caen a estrellarse en su igual del agua que me extingue, huérfanas ambas de nosotras mismas, cuando menos, y del alma.
Y las sábanas se lavan, se secan, se queman y se vuelven a lavar. Es un retrato orgánico esa acidez y tanto ese silencio enmarcándolo todo.
La vida se nos vive encima. Nos suspende de la decisión, se nos hace sola.
Es obscena tanta inutilidad final ante la propia sombra y su monumental carcajada.
“He de morir en mi sombra
cualquiera que sea
y mi sombra será
la que me venga a buscar”
Si fuera hombre entraría como amante. Vivoreando el cuerpo y mi imagen, reptando y creciendo para cubrirme de mielina todas las veredas.
Pero la noche llega a mi tragedia de razones (no de besos, Alejandra, no de besos).
Y el silencio
Delimitando
Una explicación
Última
Para después salirme yo de las cosas.
Una cuenta, una demostración. Algo en la lengua que aletea que no la olvide ni la engañe.
Tantos libros encallados que se entregan en una crisis ingenua, espasmódica de fe y se fingen mujer enamorada.
Qué mal negocio es ser inquilina de la fe, decía el Gran Fumador.

Entonces la agarré de los pelos y la obligué al suelo. Le sostuve una mano y con mi bota le pisé la mejilla derecha. El taco le sacó un poquito de sangre de la comisura de los labios (nunca me imaginé tan filosa). Ella forcejeaba.
– Siempre te negaste a obedecerle a mis caricias.
Con mi mano libre le subí el volumen al equipo. Apreté la bota.
Su único y subversivo ojo abierto acompañó a la canción.

Adentro mío se producía una dulzura incomprensible pero su resistencia excedida de toda razón y tiempo hacía embudo en una única salida. Quité mi pie de su cara y le solté el brazo. Ella solo atinó a cubrirse.
– Vamos, aflojate, tontita, que a poco me saben los besos que te robé.
Se tocó el labiecito. Miró su sangre primero y luego me miró a mí.
Me sentí tan despreciada.

Solo recuerdo que caí sobre ella y ya no pude detenerme. Le abrí las piernas forzando sus muslos. Sus rodillas cedieron. Ella, tan arisca, tan cerrada, tan endurecida, por fin se ablandaba. Me entré caminando. Sentí mi sangre caliente rodeando mi carne.
Para cuando dejé de ver el rojo, la oscuridad ya era total.

Y mi pleura rebelde se deshará y todo lo de adentro por fin será unido.
Como besarse el cuerpo muerto y los algodones de la boca.
Los huesos también caerán en siniestra evocación de que es más de lo mismo este encierro que cualquiera. Se dormirán para siempre los dolores y el lunar. Un artificio metálico alertará a los gusanos si no ganan antes los de afuera. El párpado derecho hará malabares con cada imagen fantasmal y desde adentro entenderemos de a mitades los principios de las cosas.
Al menos por un tiempo. Probablemente con los días vuelva el tedio. Y con él una nueva angustia y con ella, de nuevo, el deseo por la vida y por volver a nacer y a nacer y a nacer.

Casualties

abril 27, 2007

Todos querían jugar nuevamente y para eso debían dejar que yo me inyectara de nuevo. Solo así el sensible random podría funcionar.

Salí del cuarto y corrí hacia el palier segura de que en la puerta de entrada me estaría esperando con su tapado de piel, él siempre tan raro. Llevaba yo en una mano la impresión de que algo diferente iba a tener en la mirada y en la otra la de las fotos que me había pedido, unas copias horribles de su viaje a Europa, ese viaje iniciático del que volvió con piojos y una sed impresionante.
Me acuerdo que cuando lo fui a buscar al aeropuerto tenía la cámara colgando del hombro como si hasta último momento hubiera estado fotografiando la ciudad a la que nunca volvería. Yo sé, yo sé lo que le costó esa vuelta, o acaso no sé yo quiénes somos? Y ahora, sabiendo que está en la puerta, pienso que a lo mejor debimos evitar ese viaje. Todo el mundo nos miraba como a locos el día que dijimos que él se iba, alguien alcanzará a recordar? Y nosotros nada. Siempre tan nosotros, nosotros.
Yo en aquella época no tenía ni idea de cómo se armaba una valija. Lo más lejos que había ido era a General Villegas para una cosecha de soja medio tardía, a comer unos guisos que ni te cuento. Quizás hoy haga alguno. Como para no olvidarme tanto de que a veces la tierra enseña un poco.
Cuando traté de cerrarla (a la valija), él se rió porque yo no había calculado que allá arriba era invierno y me dijo que la empezara de nuevo. Nunca se lo dije, pero yo lo sabía y quise demorarlo. Me parece, ahora, viendo todo desde lejos, que yo también sabía que el viejo mundo no era para él. Podrán decir, si claro, podrán decirme que lo hice para retenerlo y quién sabe, a lo mejor lo acepto y todo con tal de no romper más nada demasiado.
Y de nuevo el timbre, y saberlo ante mi puerta me revuelve a aquella época. Qué tanto ocupa un año en la vida de la gente? Cuántos milagros suceden en una madrugada? Cómo se arrancan raíces sin herir a la tierra?
Pero ahí llegan a vigilarme. Visitantes llegan a mi celda. Traen jeringas de madera. Ellos vienen a decirme lo que pasa que no pasa y por qué pasa que no pasa. Sostienen hábilmente que yo me engaño con fiebre y con silencios. Oraciones falaces, dicen, como siempre. Hace ratos que ellos llegan. Y cómo entender que las más finas volaron y otras se negaron y hubo una primera vez? Mucha gente a la perfección, casi todos y la misma queja una y otra vez. No te hartás de oírnos grillos? Y siguen hablando.
A mí a veces me da un poco de vergüenza oírlos y por eso cambio a boludeces así finalmente se aquieta el espacio y puedo entretenerme con la fetal certeza de que ni bien se vayan voy a volver a inyectarme de mí. Un poco de madera que queme al insomnio voluntario de buscarlo en el asfalto.
Y después de hacerlo, yo que ya ni me suicido tanto ni nunca ni del todo, les dejaría un veneno miserable a las inevitables jeringas y organizaría una sucia limpieza. Volarían.
Y muchos llegarían, algunos hasta sin elegir orden. Yo creo que ya nada es casual.

Crápula y Crédula

abril 25, 2007

Criticar a las ausencias como si la vida fuera una cajita con sandías, creyendo que a lo mejor lo urbano nos extirpe más las raíces, esas, las que tanto miedo nos da roer, desterrar, quebrar de un golpe.

Eran dos hermanas, milagrosas ambas. Una desierta, la otra de bosques y monte, gatos salvajes y mosquitos elefantes. Una tenue, seca y arisca, la otra simultanea, llena, una semejante nodriza hacedora de plantas, helechos y palos de escoba. Una real, la otra verdadera, una de cristal, la otra crisálida.
Paseaban del brazo, caminaban por Palermo. Una rengueaba, la otra la orillaba, le peinaba la piel, la ponía a contrapelo, le tejía sillones con arena y pasto seco. Nada singular a su paso y se reían de los adoquines y pisaban turistas los paños artesanos si no gustaban de collares, pulseritas o demonios. Las hermanas se decían en idiomas, se besaban a colores, se escuchaban los cementos, se hilvanaban las pestañas. Ellas navegaban por los secos ríos de Palermo, despuntaban perros sórdidos, abrigaban veredas, techaban ancianos. Caminaban resueltas, flamantes como ideas. Eso decía mi único abuelo muerto, Juan no existe, Elisabeth quedó en la tierra con todo el amor viejo, humeando un poco, por eso de las medias. Ellas pasean por Palermo y sin embargo las medias. Y sin embargo el fuego y las cenizas, y el agua poco y sacrificio, y las uñas llenas de raíces, remos y herramientas.
Ellas pasan por Palermo, y sin embargo lo importante nos pasea en otro lado.

Ramnusia

marzo 27, 2007

Tengo un hueco en el ojo. Desde ahí no se ve nada. Alrededor hay color, brillo y contraste, pero adentro nada. Mi psique siempre descarga su cliba en mis ojos. Me los pica, me los cierra, me los fuma. Esto pensé hoy cuando frente a la pantalla ya no pude ver nada. Los médicos dicen que es temporal, pero yo no les creo.

Hoy le ofrezco una bala a quien pueda mirar esta realidad de infamia dormida, de puerca pista almidonada, seca, sin dársela de consejo, de buen augurio o remediante.
Considerando clase a la póstuma elegía sintáctica, nada menos que decir que el silencio parcial es como un buen estornudo de diamantes filosos. Y darle a los ojos es fundamental. O que floten a la deriva de los planetas. Una abstención de pensamiento y acción, mas nunca de palabras, que son prismas, disfraces múltiples según el día, el ánimo y qué tan lastimados estén los meñiques.
La literatura parásita, que obliga al constante pedaleo de signos y a encallar en arenas superficiales nuestra calabacita calada, es dejada de lado y la miramos como quien espera ver pasar nuestra casa en lugar del cadáver de enemigos que no existen.
Si en el recuerdo de mí, solo hay su vergüenza peor, la del cristo que llora de dolor y de hambre, tan trémulo el ánimo, no sabe ser vergüenza y baña de explicaciones, de tristes y fatuos entendimientos a lo que ya ni duele ni tanto en la sonrisa, entonces es que hay un tiempo verbal infinito imperfecto sobre el cual yo me ofrecería a intentar una conjugación simple a su primer y único modo posible, subjuntiva, conjuntiva y elegantemente, algo que pasme al mundo, que le anuncie que siete colores sobran, que con mucho menos la cosa igual marcha, que un pisotón en el colectivo no es nada más que un desequilibrio universal, algo así como una bomba nuclear pero en chiquito, que la gente no quiere hacernos tanto tanto tanto daño. Supongo. No sé. Creo que al respecto sigo algo confundida.