Archive for 24 noviembre 2008

El cielo en la vereda

noviembre 24, 2008

Según las épocas van variando las infusiones.
A alguno le debe pasar con las golosinas,
con las marcas de cigarrillo o con las lecturas.
A mí me pasa con las infusiones.

Según las épocas es el bicho que se arrima.
La hormiga se me escurre por entre los dedos
pero se baja enseguida. Ya no siente ese dulzor, supongo.

Era noviembre cuando leí:
“me agarró un miedo como si te fueras a morir de frío o de repente”
Fue como una premonición. Creo que ese fue el día en que dejé de leer.
(vos que me preguntabas que cómo, qué cuándo, que por qué)
Era noviembre, es noviembre.
(continuamente debería ser noviembre)

Rapsodia de noviembres

Mes en el que todo comienza a comenzar entregado a su ser.
Mes en el que todos estamos, no en el camino del medio,
sino en el medio del camino
(como estorbos almacenados que esperan Navidad)

En noviembre somos:
Abalorios magullados en el pecho o adornos para el futuro arbolito.
(Nota: si esto te suena de alguna manera romántico, algo estás leyendo mal. Esto es decididamente técnico)

La donación de los segmentos de la lepra arbórea avanza como bala por los plexos en ayuno. Es la tundra violeta de noviembre.
¿O no es la decadencia del jacarandá una cosa de todos los días pero noviembre el mes en el que este ocaso se le nota?

Hace un tiempo se habían puesto de moda las flores para las ensaladas. Se te pegaban al paladar. Se escapaban del vinagre primero y de la lengua después. Ni un ruido hacían y entonces no te dabas cuenta de que habías comido hasta que (con suerte) alguien te avisaba que tenías algo violeta pegado en los dientes y empezaba a guiar a tu uña ciega.

– Más arriba, más al costado, no no, del otro lado… ahí, si.
Y listo.

Ahora es todo más competitivo y es raro que alguien te avise que tenés algo entre dientes.
O los cordones desatados.
(o el reloj a medio abrochar)

Yo tenía una flor que me hacía el numerito del silencio cada vez que le pedía. Como a un títere yo la desvalijaba de todo lo que era espuma hasta que se le veía bien bien toda la rabia. Como un esqueleto sin excusas para el circo de las fotos o de los espejos.

Pero, en realidad, lo que yo quería decir con todo esto es que las flores siempre triunfan.
Y triunfan porque no pueden ser abandonadas.

Ellas se van como quien dice ya vuelvo
(pero no)
Se alejan un poco
Se acercan bastante
(como suelen hacer las cosas imposibles)
Acercar y alejar, dos verbos en definitivo
(como amar o látigo o sin tiempo)

En noviembre, la flor es la previa, el pan a la boca.
Después viene lo bravo.
Porque por más que nos encandile, la florcita violenta no va a hacer que los párpados nos pesen y se caigan y tapen finalmente al tedio existencial
Liso
Chato
Abstinente
Sobrio
Ingenuo
Simple
Frugal

El tedio. El sometimiento. El hartazgo.
Ese cautiverio en el claustro interminable de la fiebre,
donde todo es lamer la fruta hasta el carozo,
olerla hasta el carozo,
desearla hasta que la saliva sangre
(pero sin morderla jamás porque algo nos debemos los que respiramos y porque además conocemos bien el riesgo y nos sabemos de memoria los contornos del abismo)

– La insistente persecución de la memoria se concentra sobre aquello que adora, sobre aquello a lo que se le cree siempre y cuya sombra nos remolca.

Pero nada es para siempre, lo cual es un alivio.

El otro día pusimos en algún lugar del universo una mesa con forma de aljibe mientras dejábamos en claro que la elección se quedaba entre la tierra y la cápsula.

– Todo esto se acomodará en el reloj según señalen las agujas de la recaptación
(o de la capitulación)

El día o la noche duran lo que dura la actitud.
(el problema surge cuando la actitud se escribe con una prosa que se regocija en su pobreza tópica)

“A grandes errores, pequeñas rectificaciones”
podría ser una gran frase célebre.
No tengo otra observación inteligente que hacer al respecto.

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Aromas de mixtura

noviembre 14, 2008

– Haría esas cosas sin darse cuenta (sin querer?)
– Sí, si aún hoy, fíjese, patea a un costado las cáscaras de banana.

Yo creo en ella todavía, aunque pocos me entiendan cuando explico que, para mí, lo hace para que nadie detrás de ella -y mientras ella no acompase su paso para salvarlos- vaya a patinarse y a matarse contra el cordón de la vereda.
De esa manera, su espíritu apenas sufre. Sufre a penas.
Como cuando yo me pongo a creer en lo indefendible, se entiende? Cualquiera puede. Como pasa con tantas otras cosas que cualquiera puede.
Sube el telón de la metáfora y al escenario el mago.
(demasiado pañuelo tapando el nada por aquí, nada por allá, dirán, pero el mago sabe que lo más rico de los quesos son siempre los agujeros, que el anzuelo está ahí, en el mismísimo agujero)

Separación vínculo separación.

Todos los días nacen los árboles y todos los días hay que podar.
– Déjame que te cuente mi leña, ahora que aún se esfuma el recuerdo…
(todo por sobre la imagen, que sigue levando)
– Debe ser muy difícil morirse uno del todo, pero hasta la arena va a terminar pudriéndose también.
Es que si la arena tuviera bordes definidos, todo sería más fácil. Pero nadie enmarca. Las cosas ya no son arte, cuánto hace. Cuánto que los compromisos son agua, lisura, aire, guiones que separan al yo apelmazado?
(con la mano las eleva por el precipicio. Una por una, las piedras del alud van subiendo el abismo. Cantos rodados, gigantescas, medianas, arenilla y guijarros. Sube el barro también. Remonta la basura, las cáscaras de banana, la lluvia, el polvo, hasta que en el fondo sólo queda ella. Un rato sola. En lo profundo.
Y después, lógicamente, ella también se eleva)

Separación vínculo separación.

Y ahí está el pájaro con sus alas clavadas al suelo en actitud de airoso volar, con la cara contra el piso y la vida retirada de la vida.
Así es como el pájaro, pienso yo, se inventa las cosas. Cargando todo el peso de sus alas en el suelo.
– Y cuando se aburra?
– Y bueno, cuando se aburra aprenderá a esperar los incendios y luego al deshielo.
El pájaro que se inventa las cosas dice que eso es mejor que volar.
– Pero si ves muchas películas o escuchás mucha radio o leés muchos libros, no vas a poder protagonizarte en nada. No te va a quedar tiempo! Los ojos tienen que andar más sueltos, pajarito. Libres. Para meterse adonde puedas entrar.

De qué se trata la película?
(estas son las preguntas que nos justifican el hecho de estar vivos)
Nada por aquí, nada por allá…
Los besos dichos, vistos o escritos, no son besos. Son películas y radionovelas en las que no nos besaron.
El exotismo se vuelve algo común para los ojos curtidos sobre el viejo puente. Los ojos de las mil visitas al río. Ojos gastados de filosofar sin arte para alcanzar el saber de la alameda.
Quizás algún día el hartazgo nos modifique tanto las preferencias que ya no haga falta buscarnos en los espacios comunes.

En cubierta XI

noviembre 11, 2008

Todavía mordemos los cabos para que no se nos escapen las derivas.
Todavía barremos las noches de la niebla y a los finales que se marchitan lejos y apurados.
Breves todos. Como jazmines.

No tengo el más mínimo recuerdo de haber aceptado participar de esto.
Los de abajo se han encerrado y el capitán ha ordenado que abramos las puertas. Por debajo de nosotros se los oye trabajar como siempre, sin embargo, los ruidos no son los mismos que oíamos antes. Los han alterado, ya no se oyen huecos sino húmedos y hay una arritmia en el orden de los gritos, siempre seguidos de un golpe que nos deja vibrando como varillas o diapasones que no saben de pulso.

A la muerte de Krane la sobrevino la venganza de los de abajo. Algo envenenó la calma. Quizás el subestimar esta realidad plagada de conceptos y licuada de pruebas.

La guerra y el genocidio son ciertamente un tema deprimente sobre el cual escribir por lo que obviaré detalles. Todo es tan irrelevante como irreversible. Sólo diré que durante estos nueve días una cosa que hicimos mucho en cubierta fue arrojar a sus muertos por la borda. Los de abajo, en cambio, dejaron las portillas abiertas, no para que se ventilara tanto olor a muerte que emanaba de esa suerte de catacumba submarina, sino para que nosotros supiéramos que abajo estaban los nuestros, también pudriéndose.
Los demás son todos detalles forenses.

Lo cierto es que ahora hay que abrir las puertas pero nadie quiere acercarse por temor a ser muerto.
(o como un intento por continuar por sobre la inexorable derrota)
Es que sin este miedo estaríamos privados de redención.

– Miedo es rezar todas las mañanas para que sea feliz. Aunque ya no me ame. Eso es el miedo.

Palabras del capitán, que lucha ahora en solitario contra las cadenas, contra los tablones que obstruyen las entradas del infierno.
Le sangran las manos. Le sangran los huesos de ese esqueleto que vivió envuelto en carnes y carnes y en más carnes, sin partirse, porque no es la herida lo que lo mueve, sino su cicatriz, estar frente a la puerta con la gemida sospecha que quizás detrás ya no haya nada.

Durante los últimos días he estado intentando adivinar sus intenciones a través de la lectura de sus gestos, de sus ojos inestables, inmóviles, porque sé que desde ciertos ángulos, algunas cosas parecen menos peligrosas de lo que realmente son, pero decir que el capitán se ha vuelto loco sería insultarlo. Él estuvo toda su vida más allá de la cordura o de la demencia.
Cómo se atreven los demás a bajar la mirada para ocultarle que no van a seguirlo?

Bassard mira y fuma, y mientras tanto amanece, llueve, anochece y vuelve a amanecer. La niebla nos roba consistencia (siempre) unos minutos antes de la lluvia.

– Nadie logrará quitar esos clavos. Entre ellos y la madera hay un momento eterno. Atrapado.

Siento cierta antipatía ante esos días que no tienen ni la menor idea de para qué vinieron.
También por el cielo, cuando llueve o graniza cómo única forma de caérsenos encima.