Archive for the ‘Frío’ Category

Me quieren agitar

junio 18, 2008

Yo debería hacer algo diferente, pero, para variar (y para gran pena de los comienzos) todavía no cuento ni con mi propia aprobación. Soy lo que me limita y me contiene como un asterisco ante la enormidad. Algún día he volver al tema.

Lo que no deseo no existe, entonces, dónde, para qué ser, por qué no abandonarme y flotar sobre aguas prestadas completamente vacía de fiesta, y pensar en que tal vez sólo sea cuestión de aceptar mis garabatos y el desorden. Para qué hacer estos efervescentes esfuerzos por salvarlo todo, si siempre quedan los mismos? Si sólo resisten los versos que tienen suerte con el eco. Ellos no derrochan a las paredes, ellos viven atentos a procurarse un alma, el arte de hacer, de nacer, en lugar de morder los dientes para que traben mi lengua.
De tanto apretar los ojos para que no entren las noches mal iluminadas, parezco frívola.

Mañana será otro día de reclusión. Habrá en la libertad de mañana algún refugio alternativo, menos grotesco o con bordes más acolchonados?
De a ratos me canso de darme calor en las manos. Lo que debiera calmarme me vuelve denuncia. Quién me llenó con la idea del deber de contraprestar el calor? La luna ya nos fue dada, repartida cada porción, una obra de equidad que se vuelve cada día más injusta. Mi porción de luna discurre atraída como hoja seca por el suelo que otoña a toda esta mitad de planeta. Como la nausea de saber que nada nos exime de no llegar, de no alcanzar a ser absolutamente nada.

Es una pena tener la barba y la piel tan endurecidas, dirán las viejas cuando las ficciones ya no alcancen para llenar el silencio. Uno se enfría con el tiempo y entonces todo se fortalece y yo pienso que ya llevo mucho tiempo cansándome de endurecerme de frío. Por eso ahora cuando hace frío yo ya no estoy ahí sino en otra parte artificialmente más blanda y más tibia y más segura, donde el aire no vuela techos ni tiembla ventanas, donde hasta el viento es tan poco viento que no puede levantar ni las hojas del suelo.

A los ocho años, una aguja me punzó el pensamiento durante el instante en el que brilló aquel flash. La foto no muestra el daño, pero yo lo noto cada vez que la veo. Yo no sé qué pasó, pero todavía siento cómo, por ese agujero, aún hoy tratan de nacer cosas que no van a tener muchas oportunidades allá afuera.
Sobrevivir es hostil, ya lo sabemos. Mucho más hostil que la amenaza perpetua a la que nos invita la fe.
A veces me parece que cada uno de esos nacimientos inaugura un vacío que clona al anterior. No puedo decir que exactamente igual, pero tampoco es que yo les vea alguna diferencia.

En esos vacíos todo lo verde cierra la boca y ya no canta esperando a que se diluya esa falsa separación que nos comprime. Todos quieren asegurarse y se recorren el decorado para ver si encuentran la falla y la reparan antes de que no quede otra cosa que una bolsa de café caliente entre las sábanas o nadar en café tibio o alguna otra cosa con café y calor que nos bendiga un poco y nos despierte algo, porque ya ni queremos matarnos de tanto cansancio.
Entonces todos pintan o bailan o se desesperan, como si los colores o el movimiento pudieran variar lo poco que representan, y la desesperación hacer algo por las semillas que no crecen antes de que aparezcan los pájaros.

Habría que romper las paredes de la cárcel agujero y escapar gritando y corriendo con los brazos como aspas o como lenguas, o no sé, como cualquier otra cosa que corte lo suficiente.
Cuando consiga el ácido, o el sarcasmo necesario, ya no me va a hacer falta seguir entablillando tendones para que sonrían de memoria ante cada gesto extranjero o ante cada imposibilidad de dar una respuesta.
La mayoría de las personas se enamora del episodio anterior durante el episodio siguiente (las cárceles más pequeñas son las que encierran más gente). Una minoría esperanzada, en cambio, vive siempre enamorada de lo que está por pasar.
Y después estamos nosotros, los que desayunamos sano mientras paladeamos el agridulce modo en que nos vamos desafectando, extinguiéndonos como neones que se ciegan desde la entraña misma, rodeados de todo este espacio somnoliento cansado de huesos.

Si pudiera apagar de manera natural el pensamiento y que ya no me nazcan criaturas a morir enseguida para darme duelo y sin sabor a frutos rojos ni a vainilla, yo lo haría. Pero creo que para eso todavía algo me falta y ese algo de seguro que es de lento transcurrir. Lo natural siempre se toma su tiempo, en miniatura, para que nos duela en cuenta gotas, para que marquemos las paredes en rayitas de a semana, “para que aprendas”. Lo natural tiene tanto de sabio como de perverso.
Uno se encariña, pero la desgracia es vulgar.
Tragedia y miseria ocurren todo el tiempo.

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Tanto baldío

abril 21, 2008

Como cuando yo culpo a la puerta porque existe el otro lado.

El ciclo se repite en un loop onírico que ya no me necesita. La persiana, aún en mi ausencia, multiplica los soles como fauces en mi espalda.
De noche, una parte de la luna ocupa mi espacio unicelular y alumbra desde allí a la sordina de los grillos para que alguien crea que cantan bajo esa crema de jazmines.
Cuando vuelvo, suelo quebrar a varios (grillos y jazmines) con mis zapatos. Alguien (que no soy yo) sabría cómo caminar con tanto poder encima. Un poder que parece escrito para mí y que sin embargo no domino.
Yo me desaparecería cada vez que mis letras no me rompen con sus botas. A pesar del miedo horroroso, yo me desaparecería.
A veces un detalle entre dos palabras basta para que yo me sienta algo mejor por unos cuantos días.
Aproximadamente.

Mummers Play

abril 20, 2008

En una historia lineal, el nudo es lo de menos. No importa lo que pasa, los límites de imponen. La avidez invade a la novedad y al desenlace y todo se vuelve pensamientos golosina ante la mirada ociosa de la peste indiferencia.

El sudor le representa su propia obra durante la hora sirvienta. Intenta una explicación sobre su frente, pero no alcanza. Ya nada puede desteñir el código de rimel grabado en sus párpados. Causa y efecto. Durante esa hora, sus minutos no respiran. Un estremecimiento sólido, como de hielo hecho serpientes, se le filtra por los hombros.
Dicen que únicamente se espera durante la hora desnuda.

El telón de fondo es un espejo solidario que le absorbe las sombras, el lado oscuro proyectado por ese cuerpo deshuesado que jinetea el escenario; su deber: devorar lo que quede del aplauso.
El actor, en escena, es todo lo que no es el elogio. Cuentas claras: lo único necesario para sostener el equilibrio entre escena y auditorio. Eso, y un puñado de pochoclos húmedos y amargos y pastillas para la tos, porque, eso sí, nadie quiere interrupciones molestas. Incluso el tren, cuando pase, lo hará en silencio; se zambullirá calladamente como una escalera mecánica en el suelo.
Una raíz metálica perforando el escenario encierra mucho misterio y despierta una curiosidad mezcla de infantil con mediocre que, aunque no divierte a nadie, en los intervalos distrae.

La distancia entre los dos telones roza el acto; se siente en la piel el espacio. Está en el aire. Tan sólo hay que tocarla para que comience y eso hacemos. Qué más puede pasar? Nuestras cabezas no se sumergirán en esa composición tan artificial teniendo una tela de madera tejida con sabor a pasto verdadero oficiándonos de suelo y a nuestras manos ya profesionales del aplauso y del tropiezo contra todo lo posible (aunque parezcan siempre condenadas, ellas ya aprendieron a disolver el azúcar simulándose cucharas).

Dicen que la muerte se llenó de sujetos vestidos con máscaras que no les tocan las caras. Entre ellos y el disfraz hay un viento encerrado y susurros y gritos y voces que no atraviesan ni el cartón ni la carne. Un colchón transparente. Húmedo. Tibio. Un escenario que los protege del frío para que el deambular les sea más amable.

Debería informar a la audiencia que hay un guión navegable para todos y que debajo del asiento encontrarán los diálogos, las navajas, los tazones y la miel.
Cuando amanezca, los tazones deberán estar llenos. Hay avalanchas disponibles para quienes tengan dificultad con los contenidos.
Posteriormente iremos al mar. Todos. Cada uno llevará su taza y su cuervo. Ahí, quizás, nos sintamos menos solos que en este teatro lleno de agujeros y de aplausos, porque en ese mar amarillo, ni la libertad es una estatua ni el mundo es tan tan grande.
En ese escenario, las estrellas tomarán nota de todo lo que ven. Ellas creen en eso de la astrología y de las constelaciones, pero nosotros sabemos que nadie sabe nada de nadie.

Y ya. Que no hay mucho más que contar. Cada uno tendrá su experiencia individual y única, aunque cuando el sol nos deletree en la arena pensaremos que a éste deja vu ya también lo vivimos.
Sumamente aburrida esta obra. Nadie se ahoga, nadie se convierte en cucaracha, nadie termina de teñir el mar con la tinta de los tazones. Entonces, por qué no nos sentamos en la playa y miramos concentradísimos su marea? Miren cómo sube y baja automático el telón. Cómo se expone! Cuánto aplaude! Cómo abdica su orilla!
De eso que a nosotros no nos cuesta tanto, resignar la frontera, él obtiene una ventaja.
La estrategia del mar es brillante.

pequeños círculos entre las ramas

marzo 26, 2008

“¿No ves que son ojos?
Los ojos de los pájaros que te traje a escondidas”
Eduardo Galeano.

Mi primer amor fue de suicidios. Él me llamaba a mí: “mi aquella muerta” y yo a él: “el destinado”.
Yo no era yo, yo era mis costumbres. Él, en cambio, era todo lo que yo quería significar.

Nuestro amor mayor consistía en darle fin a todos los artificios consumando todas las aventuras, la más deseada a veces, la más inútil por lo general.
El “Equinoccio de las mariposas” era el título secreto para nuestra profesión sin título. “Mariposa”, por el insecto más bello e instantáneo que habíamos conocido y “equinoccio”, porque sí.

Dormimos muchas noches como pájaros, supongo que para sentirnos más acompañados durante el tiempo que durara nuestra novela.
La más corta de las novelas de miedo y de pobreza.
Dormimos mucho. En cables, en carteles, en árboles húmedos de nidos vacíos.

Me pedía que le sacara fotos, que le extirpara el alma (como si eso pudiera salvarnos) mientras él me arrancaba la mía y la vaciaba de un sorbo. Luego la dejaba sobre la mesa y se iba y yo me encargaba de volverla a llenar. Para que él volviera. Para que no me dejara sola.

Durante nuestra última fantasía quedamos de acuerdo en encontrarnos. Sería en un mapa.
Entre la multitud y los días nos íbamos a encontrar.
Me pinté los ojos y los labios y fui. Pero no lo busqué. Ni él a mí.

Hoy yo miro la ventana. Todos los días. Quisiera saber qué hay detrás del vidrio, pero miro la ventana.
Él pasa, me cierra los ojos y se abre las venas. Todos los días.

No puedo dejar de reírme de los que creen en las palabras, cuando está claro que el planeta únicamente considera lo sólido.
Algunos días hay demasiado dios en el aire. Será por eso que ya nadie cree lo suficiente. En unos años vamos a tener que cambiar los colchones si los seguimos llenando de raíces.

Elegíamos palabras porque sí, dormíamos como pájaros. La Tierra no nos invocaba. Flotábamos.
Creo que de verdad nos amábamos.
Yo era “su aquella muerta” y él era mi costumbre, mi “destinado”. Todo lo que yo podía significar.

Bris (du vinner)

noviembre 11, 2007

¿A qué altura de los ojos se apagará el sol
Cuando casque el módulo
Caiga líquido hirviendo
Sobre mi público evento de existencia?

Hay una máquina de círculos que gotea ampollas llenas de redondeles.
Es el reparto masivo de hipnosis y tengo frío.
Cada uno de los latidos sugiere un quiebre único, nuclear y sucesivo (como nacidos de un corazón armado sólo con errores)
Se nos va de foco durante la sístole para volver con la diástole y pasar al olvido.

Alguien debería apagar todas las luces.

Permítanme que sujete mi piel a algunas de las vidas paralelas que pasan como piedras por mi boca.
Déjenme expresar mis ardores en un teatro menos animado de seducciones cansadas o carnavales impasibles.

Alguien debería doblegar a los renglones como se aflojan los corpiños para liberar a la invertebrada fuerza que duerme.

La humanidad nos late al ras del suelo, ceñida, anhelante del exquisito arte del arrebato.
Déjenme evocar el romance de los ojos y omitir los aplausos desparramados por el limbo azul de la entrepierna.

Alguien debería dejar de abofetearme con canciones viejas.

Y mientras tanto, las señales se graban infectando la cinta, como a un pañuelo negro infectan las babas blancas del prepucio de un soldado.
El director siempre es el asesino. Se masturba lo blando y le vemos alejar la carcajada seminal dando saltitos, primero sobre el piso, segundo sobre el piano. Así buscan algunos aclaraciones para las botellas que florecen de sus tapias.
No me explico por qué yo tengo que acallar los breves instantes en los que estuve viva.

“Madre, dicen que me falta libertad
Madre, abróchame al cuerpo
Abrígame
Madre
que se me escapa el alma
Madre
y ellos quieren desnudarme”

(quién preparará ahora las pastas y dejará que me caiga inconsciente y de cara contra el plato?)

Como sombrita de tu nunca pena

octubre 9, 2007

Si te desarmo, vas a saltar en pedazos?

Las cositas de vos, las entizadas piezas que de tu puño acorazo, tan desiladito en pena, remutilada voz, se me silencian.
¿y cómo rasgo entonces a tu ensueño lavado? cómo si no empapo en clarita tu recuadro ¿en qué día a mi almitai se le desapegará el fuerte de tu sangrecita? ¿qué tan mi cara se nos adentrará por tu tan pávida cueva? ¿qué tan de raicita decime es que te escrujen las noches? esta veredita de vos, de tu cielito corto ¿me nace? ¿me resiembra el desol la secadita alma, tu ayuno oscurito, tu milagro, tu desiesta? ¿golpea tu presencia cieguísima el diván minimando mi clausura?
El ensayo de vos, esa obra siempre dolor, la de luto moribundo tan de tu plexo ¿te destiende lo solito de tu sin vos, de tu sin sogas soledad?
Criaturita que te diarmé, de apretarme vocecita, de corazón en tu boca. Agujerito de nuncas, desalmadita de mi herida, de mi misma, mismamente de mi propia.
Desermosear las pareditas de tu espalda para que el diáfano vuelva.
Qué extrañísima es la guerra que le aternuran tus nuncas a mi volvedera vivenda.

La escopeta de Cobain

agosto 22, 2007

Y que cuando abra una puerta
tenga yo derecho a desear
que del otro lado no haya nada.

Cuando se despertó, todavía le temblaban las manos desde adentro de los guantes de cocina. En su sueño, ella podría haber doblado a la derecha pero no lo hizo. Para qué dar giros sobre algo que gira solo? Los planetas se desgastan sin motivo.
Me pregunto qué querrá proteger dejando un par de zapatillas en cada una de las casas a las que va.
Se lavó con agua helada. El ruido de los calefones cuando encienden siempre la sobresaltan.
Ella debería probar ser un gato o algún otro animal de esos que se acostumbran enseguida a las cosas.
Prendió la radio. Buscó por un buen rato algo bueno. Después la apagó y se puso a silbar.
Tenía el libro listo para publicar desde hacía unos tres o cuatro meses. Desde el verano. Sobre la mesa. Se trata de un enano, pero todavía no tiene título. Algún día ella cree que le va a llegar la inspiración. De repente.
Me pregunto de nuevo lo de las zapatillas. Es extraño. Un título se le ocurre a cualquiera.
Cuando tenemos sueño a todos se nos aparecen títulos. Y las peores emociones. Sobre la mesa. En cambio a ella se le llena la boca de bombones y de caramelos de fruta. Eso y lo de las zapatillas.
Cuando ella se despertó todavía los planetas se desgastaban sin motivo. Serían las zapatillas. O tanta nieve adentro.
Ella tiene una caja fuerte donde guarda las ojotas y las pavas con agua hirviendo. Desde el verano. La clave de la caja podría ser un buen título para el libro sobre el enano. El de la nieve en la cabeza. También guarda una tarjetita que dice “no te voy a querer más”.
Es extraño. Eso y lo de las zapatillas. Y también lo de los caramelos de fruta.
Cuando se despertó, todavía le temblaban las manos y la inspiración. Prendió la radio. Alguien hablaba de la hora. De repente. Eran las 3 de la tarde.