Archive for the ‘Tinta’ Category

Atar es imposible

octubre 16, 2011

Quiero invitarlos a la presentación del libro de Laviga

“Atar es imposible”

de Paula Carman

que es Laviga que es Paula Carman que es Laviga y así…

(hasta el Ragnarök)

Será el próximo sábado 22 de octubre a las 19 hs
en el Centro Cultural Runa Wasi
Jufré 705 (esquina Gurruchaga)
Palermo – Buenos Aires

Con contratapa escrita por Alejandro Dolina pero sin prólogo

(porque el único prólogo que le iría está desarmado
en cada uno de los 8.648 comments que se escribieron acá
en este blog)

Y también sin dedicatoria

(porque quién podría superar a Juarroz con su genial
“A casi todos, a casi nadie, pero a ti”)

Yo digo entonces:

“a vos”

y digo Gracias
y los invito y firmo “Laviga”

(que es Paula Carman que es Laviga que es Paula Carman y así)

Hasta el Ragnarök.

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Undergone (por Rey Ahogado)

mayo 4, 2009

Ellos también son y se mueven. Los casilleros también arden desesperados por que alguien los llene de fichas, todas en equilibrio fluctuante, todas en jaque continuo. Carne fresca. Sólo soy observador de todos esos juegos. No hago nada más que alimentarlos y verlos comer.

Aprendí mi primer oficio a la edad de un mes y medio. Dos oficios más a los tres años. A los cinco ya pervertía los signos de casi todas las cosas.
Muchos oficios pero nadie se da cuenta, quizás porque a veces actúo de manera aficionada, sin compromiso, no lo sé, pero es más cómodo después de todo, hacer las cosas sabiendo que podemos detenernos en cualquier momento. Y mi momento es siempre la hora de la responsabilidad.
Ahí es cuando me disgrego, supongo que por pose.
A nadie le gusta cuando lo hago ¿sabe? pero si me entablan debates o me demandan yo me vuelvo invisible y sin siquiera tener que desaparecer.
En las relaciones forzar y decretar tablas no es nada del otro mundo, es sólo cuestión de hacer que se repitan las jugadas como se repiten los sueños. En definitiva, los casilleros no son tantos, como tampoco son tantos los sueños.
Yo siempre sueño que abro el telón y que espero sentado en mi butaca a que todo esto deje de suceder. Es mi sueño más frecuente, de los más definidos, de esos que uno recuerda como explosiones a lo largo del día en las que cada esquirla es una pincelada más y cada detalle que se completa reconstruye una nueva esquirla mucho más grande.
En mi sueño yo abro el telón y espero. Me concentro en la obra. Mucho me concentro, sabe. A veces pienso que si pudiera en esos momentos me despojaría de toda idea previa, pero es imposible, uno es esclavo de esas cosas.
Me concentro, le decía, y enseguida me doy cuenta de que la obra intenta desintegrarme. Trato de defenderme quitando la vista del escenario. Así he logrado obstruir muchas batallas. Pienso mucho en eso.

– Al quitarle la vista le quita valor.

Un simple desprecio aleja las manías de preguntar y de responder. Es una manera práctica y efectiva de salir de ahí.

– ¿Preguntar y responder son manías?

¿Cuántas veces tengo que decirle que no sé cómo decir de otra forma todo lo que le estoy diciendo? ¡Claro que son manías! Como leer un libro con un lápiz en la mano para subrayarlo, para anotar al margen. Claro que no sucede con todos los libros pero cuando sucede es desesperante la necesidad de tomar posesión. Con las preguntas pasa lo mismo. Y también con las respuestas. Todo es un ajedrez.
En mi sueño sólo sería cuestión de levantar la cruz de madera, desenredar los hilos y manejar los trebejos como si fueran marionetas, pero por alguna razón no puedo hacerlo.

– Prosiga.

A veces el sueño cambia, empeora, y la insistencia de las preguntas me obliga a ser egoísta y a mostrarme en todo mi esplendor. En esos casos las preguntas intentan poseerme y no responderles es mi modo de preservarme. No me doblegan, nunca lo logran, sabe, y entonces en mi sueño me aparto de lo que queda de esa noche magistral de teatro. Me retiro, retrocedo. Ofrezco piezas sin valor. Humo gris. Intento escapar de la sala, del pasillo. Todos me persiguen. Bajo las escaleras, enderezo las luces y los cuadros y sigo corriendo. Corro hasta una esquina. Ahí me espera un carro al que le ato un globo aerostático. Me trepo en él y comenzamos a carretear. Unos metros después, se eleva. Contengo la respiración. Sigo volando unas cuadras más hasta que ellos se cansan de correr y desaparecen. Vuelvo a respirar pero me ahogo, toso. Cada letra que regurgito cae y quiebra una baldosa. Es un discurso brutal y siniestro.
Entonces me duermo en mi propio sueño y descanso un poco aún sabiendo que mañana estaré hablando con algún otro que querrá otra vez revelar todas mis poses.
¡Un juego tan estúpido es tratar de entender! Siempre resulta en un final absurdo. Por suerte es sólo un sueño y los sueños no duran demasiado.

– No pueden durar demasiado si tenerlos es siempre detenerlos.

Nadie los detiene. Ellos simplemente se cansan antes que yo.

Para el paciente, preguntar es intentar poseer y no responder es preservarse. Su historial clínico espera ser unido por algún fervor literario en un relato medianamente descifrable. Nunca alcanzará a ser libro y no por falta de calidad sino porque él mismo así lo solicita.
(para mí es suficiente bajo este formato, para otros sólo será evocable el día que su historia se deje domesticar como un perro cuyo lomo sepa describir una posición entre aquellos bellísimos ejemplares en los estantes de la biblioteca)

Taxidermística (Support Art)

diciembre 9, 2008

El mar la ignora. Cree que hace lo que quiere.

Penélope deja correr a su instinto. No va a volver a la sombra.
Salta para sentirse de todos los modos posibles antes de morir.
Ella no los ignora. También hace lo que quiere mientras busca.
Mientras soporta. Mientras se esfuerza.
Provoca. Mucho. Muchísimo. Y luego se calla para sorber su triunfo.
Vendrá a buscarla.
En la balsa no habrá que suavizar, ni almohadas ni hielo.
Ella será la copa o el cántaro cuando deje de correr.
Y entonces si, el amor podrá dedicarse a su mejor menester.

Dócil ejercicio para el cansancio

marzo 19, 2008

Ya nada queda
Lo que debió
Ser ha sido. Algo
Una mancha gris
Organiza el olvido

La pena es una sola
Una nueva farsa
Alguien saluda y este espejo
Que no me desempaña

A su balbuceo nadie le reclama. Su lengua lisa lo sabe y la fecunda. Somos, sus crías, formas recién escritas, desordenadas, sin vibración y con la sabiduría del abandono como única placenta. Un aire de yoga elevado a los huesos de Occidente.
Siempre negativa y fulminante, mamá. Qué ortografía de cloroformo la durmió de mí? Cuántos verbos me desvistieron de su sangrísima entraña? Yo hoy me muero. Brindo con mi vida por dos vasos de su plástico y un cordón impar que por fin nos conecte, que filtre la imprudencia con la que transmite, con la que me ataca, sus risitas introspectas, su recital de ruinas desde la fila de los que no aprenden. Ni aplauden.
Por qué tengo yo que velar a oscuras a la insigne? Se hizo aniquilar por su parto para cortar (para seguir) con la pena de la quemadura abierta que le arde (cómo le arde!) gozosa y tierna como una jauría que lame y se relame (de los labios) la sangrecita del tibio vientre. Sin músculo. Como beso. Como moneda número treinta, que le embaraza de vergüenza los pechos de su mediocridad triste triste.
Se extiende la explicación, mezcla escasa, por el suelo, sobre el hielo, sobre la contractura de la lengua macha que no entiende al equilibrio y se queda entonces cada vez más quieta, cada instante más anclada al ombligo.
Quillas que
olvidaron al puerto
me cortan la arena

Lo que a mí me avergüenza es su canto editado. Que en la panza de su hambre haya más hambre naciendo, que la taza no alcance para tapar para mí, de su mano, la herida.
Hay una madre que sangra la ley y un hijo que se le encueva adentro y al costado. Ella es una ventana en alquiler (adentro anidan olas por si los barcos vuelven a su espejo, a sus puertos en flor)
Cuando no puedo dormir, pienso en poesía como último recurso para no pensar en nada.

No te lo puedo decir

febrero 6, 2008

Este paso de comedia es otra forma paralela de convalecer la vida.

Tus palabras anochecen en el conocimiento de la farsa. Ellas existen pero no para nombrar, sino para desintegrarte.
Y lo digo sin desconocer que, al fin y al cabo, yo también te finjo a veces poemas entre las letras.
Cuando vos escribís, toda la miseria, toda la esclava ilusión del paréntesis lírico se limita del desnudo de lo individual y se convierte en un escenario líquido en el que sólo se puede andar, despacio pero andar, hacia la ciática de lo último. Como chicos acostumbrados a la espera
Cuando vos escribís, envueltos por el humo que apoeta las cosas, el énfasis y el misterio pierden su potencia. Entran y salen de conversaciones por encargo, reescribiendo sobreentendidos tan nutricios como cuestionables.

En cambio, cuando yo escribo, hay sombras que se cotejan entre ellas la grisura, sin entender que no existen grises sin una médula rehén que les avale la mímica.
Cuando yo escribo, ellas se pelean por saber qué es menos mentira, si lo que no digo o lo que me callo, si lo que oculto o lo que se esconde, porque, para mí, escribir es disimular la indiferencia mediante una filosofía sencilla e imaginaria sobre (y para) nuestros Yo más inestables.

Pero, cada tanto, vos y yo nos leemos en un orden que expresa el grito de volar escrito a un reloj y simulando un verso, verso que aún no existe y sin embargo ansía, tímido, ser nuestro lecho en la escritura. Entonces, ya no hay desorden porque volvemos al origen perfecto de la ausencia de censura. Y es tan sólo un instante lo que nos dura esa amabilidad de pensamiento ausente. Y aunque ambos sabemos que en ese acto la plenitud nos consume, esa atonía ante la verdad nos resulta irresistible.

Nada hay más seductor que un abstracto al que le cuesta alejarse y, por eso, merodea.

Watt the Hell llevoi

enero 18, 2008

Mi mente está habitada por estanterías con estática en las que se me pegan las ficciones. Unas cuantas metáforas sueltas, unidas en gentil relación, o en alguna oculta forma de coherencia que les tape el absurdo. Algo como para negar el tiempo mientras espero, sentada frente a mi asombro, que evolucione o cambie (mi asombro, claro) o haga algo que lo distinga de algo, o algo.
Así es como pierdo el tiempo, negándolo.
Y así es como pierdo la conciencia, buscándola.

Y mientras tanto, en otra parte, me desarmo en explicaciones vanas sobre el deseo y las necesidades. Sería bueno dejarnos en paz, pienso, que hoy casi llueve y hace hambre. Pero para qué adelantarnos, me dice alguien, por más difícil que sea hay que seguirnos soportando cada momento hasta el final. Podés hacerlo buscando en cada bolsillo una respuesta para cada cosa, y también podés sentarte y esperar. El tiempo siempre va a ser el mismo. Al igual que el silencio o la desesperación con la que nos arropa la soledad hasta volvernos heladas fiebres eternas besando el camino de caracol que flota por debajo de nosotros, junto a ese insólito deseo de rebotar luz, como hace la luna, que cae para embellecerlo todo, y de iluminar la falta, para que algo pudiera ser un poco más liviano o más decible, como una mesa o como una silla.
Hay una maravilla innombrable, algo como una bombita de luz que se desenrosca sin razón del techo y estalla en el aire segundos antes de tocar el suelo. Demasiado honesta. Demasiado digna y discreta.
No hay una palabra suficiente para cerrar con armonía lo absoluto de una metáfora, pero tampoco hay palabras lo suficientemente poco como para no mostrarse agradecidas de su propio decir.

(y con eso, que nos baste. Nos obligan. Y calladitos. No vaya que a alguien le pueda resultar un poco menos difícil digerirse el engrudo, que va…)