Archive for 28 enero 2008

Lobo Sapiens

enero 28, 2008

Yo ya no debería concurrirme.
Hay un terror inexpresable durante el minuto racional
que antecede al amor.

Puede pasar un tren o una manzana transportando conejos que da igual. Da igual lo que cruce la calle, lo que calle, o lo que se vaya a decir.
Cuando Fermín vive, da igual si la pena asciende o enciende la ruta. La vida de Fermín es una solución psicológica que se adecua, se amolda, se adapta, a veces como humo, otras veces como plomo tibio a las formas del mundo.
El ministerio del resquicio en sus paredes, de las grietas formadas por las dieciséis bocas que inhalan sexo exhalando sus secretos, hace de mis ciencias sobre él, una licuadora llena de ojos que miran del museo privado de la noche, la sala exacta, la sala de la noche especial en la que la suciedad nos alejó de nosotros para abandonarnos a pesar de las letritas de colores que habíamos ido dejando migar desde el rechispe que hacíamos cuando frotábamos palabra con palabra para que nos hicieran de antorcha o de bengala.
En la noche especial, que es cualquier noche.
Y yo no hago nada más que escucharlo y decir. Es que, a veces, escuchar o decir pecados es más excitante que su cometer.
Y Fermín dice. Y yo creo en Dios.
Y creo en la tibia búsqueda del tempo, con todas mis cabezas encorvadas sobre mí, meneándose lisérgicas.
Y Fermín dice:
– Hoy no voy a dejar que me entrevistes la floración ni a mis datos impares.
Y ahí, ya nada más le escucho decir a su espectro y entonces digo yo y me vuelvo inhumillable en mi decir.
Él me calma la inquietud de tener que ser siempre antes que el despertador, sin ser última, ni tampoco la primera, sin saber adónde suspirar las risas que flotan como nubes sobre mi plexo buitre, sin transformaciones, sin arabescos.
Su decir son ríos de neón iluminándome la cara. Son las telas que una araña les desteje a los fantasmas que viven entre los marfiles de mi cuarto violeta.
Fermín me enseña que es imposible fraccionar el límite. Que es improbable que yo desgarre el cordón si me forro los dientes con la profilaxis blanda de la palabra lengua. Ese conmovido músculo, palenque, gatera de la letra, tajada de mi carne que aún no se digna, que aún no se alma.
Él me enseña porque él es todo lo que hay que saber.
Su alma tiene aturdidas a las noches que el mundo dejó escapar en cada exhalación.

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Watt the Hell llevoi

enero 18, 2008

Mi mente está habitada por estanterías con estática en las que se me pegan las ficciones. Unas cuantas metáforas sueltas, unidas en gentil relación, o en alguna oculta forma de coherencia que les tape el absurdo. Algo como para negar el tiempo mientras espero, sentada frente a mi asombro, que evolucione o cambie (mi asombro, claro) o haga algo que lo distinga de algo, o algo.
Así es como pierdo el tiempo, negándolo.
Y así es como pierdo la conciencia, buscándola.

Y mientras tanto, en otra parte, me desarmo en explicaciones vanas sobre el deseo y las necesidades. Sería bueno dejarnos en paz, pienso, que hoy casi llueve y hace hambre. Pero para qué adelantarnos, me dice alguien, por más difícil que sea hay que seguirnos soportando cada momento hasta el final. Podés hacerlo buscando en cada bolsillo una respuesta para cada cosa, y también podés sentarte y esperar. El tiempo siempre va a ser el mismo. Al igual que el silencio o la desesperación con la que nos arropa la soledad hasta volvernos heladas fiebres eternas besando el camino de caracol que flota por debajo de nosotros, junto a ese insólito deseo de rebotar luz, como hace la luna, que cae para embellecerlo todo, y de iluminar la falta, para que algo pudiera ser un poco más liviano o más decible, como una mesa o como una silla.
Hay una maravilla innombrable, algo como una bombita de luz que se desenrosca sin razón del techo y estalla en el aire segundos antes de tocar el suelo. Demasiado honesta. Demasiado digna y discreta.
No hay una palabra suficiente para cerrar con armonía lo absoluto de una metáfora, pero tampoco hay palabras lo suficientemente poco como para no mostrarse agradecidas de su propio decir.

(y con eso, que nos baste. Nos obligan. Y calladitos. No vaya que a alguien le pueda resultar un poco menos difícil digerirse el engrudo, que va…)