Archive for the ‘Ruido’ Category

Fragmento (bel canto coral)

julio 23, 2008

Los días son tan iguales…
No conocen el deterioro?

1- El escenario responde de manera muy extraña y cada día con detalles más nuevos que reemplazan (de derecha a izquierda) a todo lo que se va saliendo de plano.
El aplauso es grande, gigantesco, pero nunca nadie sabe si es para los que salen o para los que van entrando.

2- Es el acto perfecto sobre la escenografía ideal. Entran dos personajes a entender de qué se trata. Por un rato disfrutan de la perfección hasta que el director les recuerda, a cada uno, su papel en la obra. Entonces, cada uno con su tiempo y con su estilo, comienzan a mirar todo, a tocar todo, a desmenuzarlo, a olerlo todo hasta que, segundos antes de los aplausos, lo único que queda son moléculas de cosas tapizándoles el suelo.

3- Una obrita con tres personajes que hablan todo el tiempo sobre tres cosas diferentes. Son dos horas.
El público, al principio, trata de seguirlos a los tres (en general, nadie quiere perderse nada) pero lo cierto es que eso es humanamente imposible.
A la salida del teatro te hacen una encuesta para averiguar por cuál te decidiste, a cuál de ellos le prestaste más atención.
Un 80% de los encuestados suele decir que se pasó las dos horas intentando unir los tres discursos en un sentido único y proporcionado. Un 15% dice que al cabo de unos minutos se decidió por la voz que resaltaba más por sobre las otras (interesante es que no todos destacaron a la misma). El resto, un 5%, refiere que se sentó y disfrutó de la musicalidad de esa especie de Bel Canto Coral desarmonizado y casi sin melodías simultáneas.

Una vez salió uno que dijo que era la cuarta vez que veía la obra.

(No, gracia a vó)

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Strawberry Fizz Forever

diciembre 30, 2007

“No me lleves a sombras de la muerte
Adonde se hará sombra mi vida,
Donde sólo se vive el haber sido.
No quiero el vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
De mí un ausente
Y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.”
Macedonio Fernández

El primer disparo nos arranca de la noche, como un latigazo, al vacío que antecede al miedo. La tinta enemiga salpica de enredos a todos los idiotas. No se siente el dolor, pero cómo lastima. Adentro, el viento atormenta a una estrella fugaz que espera no perderse en el desierto convertida en una gran olla de vidrio.
Vemos desde una fe estroboscópica caminos empapados con fantasmas heridos. Ofrecemos los saludos colaterales como única previa al olvido anual. El tacto siempre es eficaz para los asuntos a diferir.
La segunda descarga nos encuentra con un color de pelo nuevo, ardientes y con los dedos repitiendo. Ahí es cuando más nos parecemos a un sabio, perplejo él ante la carta de postres. Flan o budín de pan? Crema o dulce? El humor intacto y nutrido en el buen silencio de muñeca se deja adoptar por el mejor refrán del mercado, ese que nos ayudará a iniciar la guerra fría del nomenadies. Podrá la Mona Lisa algún día comulgar con el sacramento de la risa sin sentirse amenazada? Humores grandes sin partes móviles ni piezas pequeñas que puedan ahogarnos, son bienvenidos. Agradeceré. Recompensaré. No son bienvenidos en cambio los amores, porque los daños que infringe el amor sobre las almas con recursos insuficientes o en los corazones reacios a la calistenia mental (o elemental) son menores, pero a la gente como nosotros puede matarla a fulminazos.
Y eso no le hace bien a nadie. Mucho menos a la gente como nosotros.
Momentos antes del tercer corcho, se acercan las palabras que aparecen como moscas con cada mutilación. Las putas surgen de la nada para saludar y preguntar por tus cosas y sobre qué haremos con lo que nos quedó de la amputación, que si fuera amor derrocharíamos sin culpas en un Universo paralelo al de los pretextos, pero que no siendo amor, es sólo un resto humano a definir. Y ellas quieren saber. Podrías disfrazarte de mesa para no perder el equilibrio, sugieren. Que podríamos sentarnos ante el mostrador de la sed hasta que cicatrice la mirada. O tal vez, como un desgarro fijo, tenso, extenuante, fisurarnos en secreto.
Sin embargo, qué saben las palabras? No tiene sentido que salgamos del momento para alimentar melancolías. Deberíamos, digo yo, aprender a quedarnos de vez en cuando, algunos días, en el interior de lo que somos ahora. Porque afuera está la escarcha intacta del invierno que no termina de irse entumeciendo todo lo que no supo cuidarse y, en cambio, adentro, muy adentro, la esperanza de que todavía tengamos algunas cosas que perder.
Podría contar quién era yo esta mañana, pero qué sentido tiene si ya debo haber cambiado algunas cuantas veces desde entonces. Solo sepan que sigo con el deseo dominical apilado, inerte y con el vicio de la pregunta moderado por las musas no invitadas a la convención del sigilo, con ser luna como actividad pendiente para mi lado oscuro, con las paredes convertidas en palestras, el sentido atento y con la punta de mi lengua como trampolín humano hacia el más abismal de los suelos.

Hagan ustedes su mejor 2008. Un año con 25 horas extras no puede salir mal. O al menos, no debería…
Salud!

Detalles

diciembre 9, 2007

Cuando el mar quiere romperse, se golpea contra mí
(porque no existe libertad sin un beso que la trabe)

Por dentro está la certeza de que no cabe esperar mucho ni de uno mismo cuando lo primero que se siente ante el desencanto es un cansancio infinito.
Pero estoy mejor así, con el deseo agraviado, incapaz de reclamarlo para que no pierda el sentido. No quisiera que le pase lo que a algunas palabras, que se mecen en el vaivén del va y viene, va y viene de unos labios a otros labios hasta que ya no se oyen porque perdieron identidad de tanto ir y venir y se quedaron en silencio, cansadas, mudas, en ese lugar donde los fracasos se dan una segunda oportunidad, donde el Este se pone al sol y los otoños se levantan para que las piadosas (y geniales) primaveras los fotografíen un poco.

Diferenciar una buena foto de una mala es muy fácil. Simplemente se sabe, de la misma manera que se sabe a quién le corre agua en lugar de sangre por las venas.
Y no digo aire, ni ácido, ni magma. Digo agua.

Habría que dejar de ver a la realidad así, con cada objeto redefiniendo y a su vez redefinido por otro que lo abarca y lo confina en límites artificiales que no son nada, ni frontera (y cómo nos cuesta entender las cosas que andan sueltas, sin su marco, por el mundo)
Lo real me seduce cada vez que descubro que a la fantasía, en el fondo, la tengo sobrevalorada. Y viceversa.

Decir algo divertido sería apropiado. Reírse.
Me gustaría estar en esta noche. Haber venido a legislar en lugar de saber que no existen leyes cuando no se piensa en mañana
(pero hoy ya es mañana y nos toca hablarnos sin el fuego de ayer y mañana no existe, y si existe, no promete demasiado)

Desmantelo mis alas, voy hacia atrás
Destejo despacio, inhalo mi seda
Devuelvo el aire que me envolvió
Y me arrastro en sinuoso bajar
Detrás me esperan más alas, no mariposas
Aves que esperan por mí, picos abiertos

Qué tan cerca tuvimos que estar para ausentarnos del otro?
Qué tan lejos tendremos que estar para estar unidos siempre?
La concupiscencia fue domesticada y ahora fluye hacia adelante.
Y no digo ni futuro, ni mañana. Digo adelante.

Mala Vida

octubre 22, 2007

(se me va a las manos la historia que tengo en mente y se me va de las manos lo que es hermoso que tengo que pensar.
Mentes que rugen sobre manos carcomidas se llevan mi historia)

Mi personaje intenta levantarse de la ronda de camas y grita, y de pronto, algo deja de latir. Yo le sostengo la mano. Alguien tiene que darle ánimo al infeliz.

– “Se repite esta operación hasta que todos decimos el nombre de Ese por quien silenciamos a nuestras almohadas”.- nos dice uno de los enfermeros.

(quizás sean vínculos inútiles los que lo mantienen atado a la cama, correas ajustadas que le impiden arrancarse la alimentación forzosa, ese suero que nunca lo termina de llenar y que apenas le humedece el subsuelo de las venas)

– “Y parecería que todos dormimos, pero ¡Silencio! ¡Oigamos! Todos estamos nombrando”.- sigue.
El enfermero parece una maestra jardinera.

A veces uno se da cuenta de que todo terminó cuando (nota que) (siente que) tiene que volver a empezar.
(pero hay cosas que empiezan antes de que todo termine)
La muerte planea, siempre dando vueltas, siempre cerca de ese segundo en el que todo comienza.

Lo miro retorcerse y no, no entiendo cómo pudo terminar así.

“Hablaba poco, pero con ese poco, él podía convencer a la luna de que se hiciera dado para su Ludo Matic. Después desaparecía hacia las torres más oscuras a esperar un nuevo renacimiento en serie, algo que lo llenara de maravillas, o a esperar a que se le durmieran las fieras, esas cosas que lo desgarraban, tan parecidas a su alma.”

Yo lo dejo que apriete mi mano. Nada memorable ni excepcional saldrá de mi propio vacío. Nada grandioso, salvo el saber que el viento (también) nace en mis pulmones.

“Lo suyo era como un sueño, un mandala a medio desmantelar trabado en el disimulo de mi escritura, como el de un ángel al que por error le hubiera dado por tomar forma humana hasta llorar por lo único que no ha perdido pero que aún no encuentra.”

Las comillas, los paréntesis y las letras cursivas siempre me recuerdan que los corazones se huelen a pesar de las distancias.

El enfermero se acerca a nosotros y nos señala. Sólo le falta la Biblia y escupirme.
– “Una persona que es capaz de arrojar su alma hacia arriba sabiendo que no va a atravesar el techo es deliberadamente estúpida”.

Él lo hacía.

(lógicamente su alma nunca atravesó el techo)

“Cayó su alma, varias veces muerta (o sin un rasguño) al suelo.
Se elevó su alma, varias veces viva (o sin sentido) hacia el techo.
Y varias veces, mientras él la arrojaba y nombraba, yo profanaba con mi tinta y con mi mente su historia de diamante.”

O el techo o su alma, algo hice demasiado sólido.
Pude hacérsela más fácil. Pero no lo hice.
(y un poco me arrepiento)

Wake Up

agosto 7, 2007

De nuevo tengo ante mí la puerta. La miro y recorro mentalmente el camino de mi mano con la llave hasta ella. Trazo una línea con la mente y mientras lo hago imagino las mismas sensaciones una y otra vez (siento cómo gira cada vuelta y puedo verla abrirse. cada centímetro. cada tabla del parquet por delante de mis pies).
Todos los días hago el recorrido varias veces mentalmente, pero si pudiera ser sincera, debería confesar que todavía no sé cómo hacerlo.
Quizás sea por eso que sólo me dedico a esperar.

Duele el estado de fascinación con el que esperamos que las pinturas broten de nuestras manos, alucinando sombra y luz que cae desde lo blando por las canaletas suaves de una nada que se anhela y se aniquila en el rincón preferido de la noche, como un cese histórico dibujado sobre el pentagrama de nuestros cinco dedos. Algo como un abandono huracanado escrito especialmente para piano y tinta.
Las cuerdas se tensan como un último milagro y los gusanos las pasan por debajo, en una carrera solidaria, todos en hilera y a la voz de tres.
El natural modo con el que tropiezan ante la amenaza, ese crujido espeluznante que anticipa el golpe de sus insignificantes figuras, mitad contra el lustre y mitad contra la pared más húmeda de la cueva nos despierta lo suficiente como para sentir nuestra propia caída sobre el azul cactus de la hierba, planos de sentido. Como dibujos.
Y nos abrazamos a la tierra a través del hilván que la química se sabe bien. Y nos dejamos convencer de que abajo no hay nada (pero ese simulacro de piso no es más que una medianera al infierno). Y giramos espantados la cintura y la costura cede un poco y se nos desprende la tarde, y ya no hay papel sino galletas con la sonrisa sostenida de las partes (pero la química nos dice que abajo no hay nada) y las paredes son cielo, y son mar y son pronto, porque la espera nos excede (y abajo no hay nada) y ya casi es de día y hay que levantarse. Porque es de día. Y hay que levantarse.
Porque es de día.
Y hay que levantarse.

Arcade Fire – Wake Up