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En cubierta XVII

agosto 30, 2010

Levadura o indolencia ante la intensidad?
Salvo mi Capitán, todo es tan vulgar! Los sueños, nosotros, el barco. Somos tan vulgares! Al Capitán, al menos, los sueños le mantienen apretada la razón. Durante el sueño, él se informa.
Él tiene la habilidad de recopilar argumentos durante cada inevitable y absurdo trámite nocturno.

Hoy he comenzado el día sin mirar el cielo y, sin chequear el clima, me he puesto a escribir este lamento de cordura en mi cuaderno que juzga todo con el mismo asco con el que juzgaría un espejo a una cosa que se pudre.
Los arreglos y reparaciones que los hombres han realizado no han sido suficientes más que para evitar que el barco se vaya a pique. Será imposible seguir navegando sin repararlo del todo y por eso el Capitán ha ordenado fondear cerca de uno de los islotes de arcilla, piedra y barro que han comenzado a aparecer.
Desde mi puesto y junto al gato, que mastica algo que no logro distinguir, veo a todos corretear alborozados de un modo que, de tan ajeno, me resulta exasperante.

(el gato gris se ha vuelto fiel a costa del frío y del hambre al que he comenzado a someterlo. Ya no le permito mi cama y le ofrezco a diario sólo la mitad de los restos de mi comida mientras que la otra mitad se las arrojo en secreto a las ratas. De tanto verlo actuar he aprendido que su fidelidad durará sólo el tiempo en el que el frío y el hambre no sean saciados por completo)

También veo al hombre de las sogas, que continúa impasible sosteniendo su agonía del brazo de su mujer.

(la ausencia de palabras como “sosiego” o “campo” hacen que cada día me resulte más difícil glosar al barco y a sus ocupantes, pero anoche soñé que si dejaba de contar esta historia podríamos desaparecer todos (por eso de que si no se puede decir, cómo es que existe) y hoy he sentido la obligación de volver al cuaderno que nos hace quiénes somos y continuar)

(dormir nunca es una buena idea, uno puede terminar soñando y amanecer aterrado a una nueva -y mucho peor- urgencia)

Hace unos días, el Capitán tuvo la deferencia de acercarse a la mujer:

– Cómo puedo hacerle a usted más suave este martirio? Pueden pasar semanas hasta que por fin consigamos extraer, de entre las piedras y la arcilla, el barro suficiente.
– Olvídelo. Lo de mi esposo no tiene remedio. Él ya ha visto la tierra y su muerte ha comenzado. Le informaré que harán falta unas semanas y sabrá esperar.

(La “tierra”, dijo? que el Capitán “lo olvide”, “sabrá” esperar? No entiendo cómo el Capitán no la arroja por la borda.)

A veces no encuentro la expresión justa y entonces me detengo unos minutos hasta que logro convencerme de que no es necesario completar todas las imágenes con palabras, pero mis sentimientos y la cara de esta mujer mientras decía “no tiene remedio” quizás merecerían un esfuerzo especial, esfuerzo que hoy no haré pues, a pesar de la intensidad contenida en ambas cosas, para mi cuaderno resultan irrelevantes.

(Ella parece no saber que cada uno se derrumba y cae sobre lo que es (como un mechón cortado del pensamiento de otro) y que, ni bien uno de ellos dos muera, caerán el uno sobre el otro (y sí, ella también) hasta siempre, o hasta que el siempre también caiga sobre el nunca y así…)

(No. Me corrijo. No dijo muerte. Dijo ilusión. Dijo ”su ilusión ha comenzado”. Creo que ella nunca utilizó la palabra “muerte”. Para ella seguramente “muerte” sea una palabra tabú como “crudo” o “poesía”)

Pero sí pudo decir “tierra” la muy estúpida.

(sabrá el gato que algún día él también morirá? (y sobre quién elegirá caer con todo su gris para girar juntos hasta siempre, hasta nunca y así?))

Mientras bajo, veo cómo los pasajeros se apiñan para participar de las maniobras con el ancla oxidada y cómo pelean por un lugar en el bote que los llevará a conocer el peñón.

– Tierra! – gritan entre babas y carcajadas.

El Capitán me dice al oído: “Hemos llegado a la cima de todo. Es hora de empezar a descender”

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