Archive for 23 febrero 2010

En cubierta XVI

febrero 23, 2010

Desde la entraña (“el medio es el mensaje”) ruge lo inane. Lo accesorio, lo que ha ido quedando. Una tentación, ésta a la que me intima, que sería estúpido de mí satisfacer. Leo insoportable para algunos (inciertos) esta nueva frustración. Por subdesarrollada la escritura y, en mi propia impresión, tan llena de dolor. Por qué he de obedecer una vez más a un anhelo ajeno y tan preciso y sostenido como cada anterior? Así no se gana. Así no se domina. Así no se libera.
El infierno debe dar esa visión.

Refugiado en la creencia de poder controlar la situación, mi capitán prefiere no hablar sobre el hecho de que cada día se ven más peñones, más islotes de pura piedra, más posibilidades de que el agua, finalmente, esté bajando. Tampoco de que el viejo de las sogas ha comenzado a toser y a despedirse de todos de manera firme y sostenida.

Durante la entrega de labores diaria y antes del desayuno, el capitán nos ordenó que confeccionemos un inventario detallado con todas las cosas que hay en el barco. Deberemos tener especial cuidado y no confundir los objetos reales con aquellos que, de haber aparecido un día como cualquiera dibujados sobre las paredes del barco, hoy ya han tomado algo similar a formas de verdad (si es que verdad es esto que está de nuestro lado). Imágenes que se han ido desprendiendo y han ido cayendo de las paredes como láminas, apilándose unas sobre otras sobre otras en el suelo hasta convertirse en objetos fantásticos como este cajón en el que ahora duerme el gato.

(también forma parte de ese grupo la singular cantidad de migas de pan que vemos amontonarse cada mañana debajo del mesana (sabemos distinguirlos porque estos supuestos objetos llevan la sombra unos centímetros desalineada hacia alguno de los lados además de que a todos ellos se les nota como una ausencia))

Luego de la lista deberemos realizar una descripción minuciosa y concienzuda de cada una de las cosas ciertas de manera que mañana mismo y sin falta todo amanezca con su retrato literario pegado al pie.

(conocemos la inconsistencia de las cosas a pesar de las apariencias pero el capitán quiere asegurarse. Quiere evitar el desconcierto y las distracciones. Yo, por mi parte, lo considero útil por otra razón: será entretenido y una buena manera de comprobar cuáles cosas cambian con el tiempo y cuáles son las que se mantienen igual).

A mí me ha encargado la cocina y, de ella, los condimentos. He probado ya el poco de canela y de nuez moscada que aún queda en dos de los frascos de la vieja, pero tendré que informarle al capitán que me resulta imposible describir estos sabores.

(seguramente él me dirá que lo imposible es que existan si es que no pueden ser dichos, a lo que yo ya no podré más que callar y sentarme a escribir mis dos carteles que dirán exactamente lo mismo: “quizás alguna vez haya sido dulce, suave y fragante, pero ahora, viejo, seco y oxidado, sólo es un polvo marrón”.)

(O simplemente debería escribir “polvo marrón” y no explicar más nada?)

Ha salido el sol y es estupendo vernos en cubierta (a los que vamos quedando) ir y venir con lápices de colores y papeles, fijando las descripciones debajo de la totalidad de las cosas: bajo el mástil, el timón, las prendas de vestir, los mismos lápices, los cubiertos.

(Agradezco no ser yo quien debe rotular a los carteles. Ha de ser un trabajo, de verdad, agotador)

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En cubierta XV

febrero 17, 2010

“Palos porque bogas, palos porque no bogas”
(cuando no entiende, cuando me pongo a explicar)

Desde mi puesto se vería mejor el modo en el que los cuerpos amortajados siguen cayendo de a uno del barco, pero el capitán nos ha dado la orden de permanecer en cubierta durante todo el cortejo.
Dos horas estimo que durará el proceso completo. Seis cigarros del capitán (sus salidas del puente lo han vuelto para mí un reloj casi perfecto).

Debería concentrarme y describir, decir con palabras esta sensación… pero cómo decir el estupor de vernos despidiendo lo que se va de los que hace mucho se fueron?
Somos(*) ya muy pocos en cubierta. La curandera es hoy la única ausente. No tiene el permiso expreso del capitán pero él ha dicho que no tomará represalias. Él comprende, de alguna manera que nos es extraña, la actitud de la mujer.

((*)debo elegir mejor las palabras y reemplazar al somos)
(*)Somos: Quedamos. Seguimos. Vamos quedando. Nos estamos quedando. Nos seguimos. Estamos. Nos somos.
(no debo dispersarme, debo evitar las distracciones y proseguir con el relato. Luego decidiré el verbo y también la acción)

El mundo de los marcados, el de los desparramados que se concentran en el acto social (en el rito consuelo, en esta tortura espiritual ordenada por el capitán), se reduce a una simulación, a una recreación en la que pactamos ignorar la médula de lo que no estoy contando.

Al soltarse el quinto cadáver, alguien deja su último grito suspendido en el aire:

– A las anguilas, Garrausper! A que te almuercen los Pausewangs, miserable, borracho infecto, a que te pudras en el agua que has de manchar!
– Silencio!
–la voz del capitán suena tranquila, despacio y pausada, como si hubiese estado esperando el grito. -Que nadie se atreva con los muertos de mi barco! Que nadie mientras yo siga al mando!

Las dos balas (inevitables desde el día en el que este pobre infeliz fuera gestado) le van directo al pecho y es nuestro mismo capitán quien sin mucho esfuerzo ni ceremonia lo empuja con el taco de su zapato afuera del barco.

– Otro?
-nos pregunta- Alguien más que no esté de acuerdo con el respeto a practicársele a los muertos? Debo desaprobar a alguien más?
Algunos mueven negativamente la cabeza.
– De verdad que no?
Esta vez todos mueven negativamente la cabeza menos yo.
El capitán me llama.
– Ven aquí y contesta: Si o no? Debo matar a alguien más?
– me resulta indistinto.
– ¿Y tu criterio y tu poder de consideración?
– no sabría responder, mi capitán.
– Excelente! Elaborar un auténtico cuestionamiento te llevaría la vida y a ninguna parte. Que gire el mundo con tu ilógica simpleza, vigía! O acaso el Universo se afecta por lo que puedas decir? O acaso no acabará, de todos modos, acomodándonos a cada uno en nuestro sitio cuando llegue el lugar?
– no lo sé, mi capitán.
– Cómo está tu conciencia?
– alerta y dispuesta
– ¿Y tu fidelidad?
– intacta, mi señor.
– Larga vida a las voluntades que no generan tormentas ni desparraman su cólera! Qué siga el funeral!