Archive for 28 septiembre 2007

De sus ojos brotando

septiembre 28, 2007

Y todo el tiempo, bajo su sonrisa de goteo,
él hizo tamborillear la taza de café.
Era el paño grueso y suave de tantas, tantas cenas.

En dos días la naturaleza se volverá de barro siniestro
Submarino.
Mirada hacia afuera, la noche ciega
No podrá distinguir los techos ni las espinas de las casas

Cada minuto estallará en una habitación diferente
Un globo repleto de ruido explotando en mi cuarto

Del cementerio a la cama la curva percibirá al corazón
¿Para quién tomaría yo al hombre entre mis manos
si todo lo que resta de la noche vuela en línea recta
y es una pista tensa de rumores profundos, irrecuperables?

Un hombre toserá bajo la superficie del mar todo su amor
Y un temblor perforará el silencio del barro

Caerán sobre sus pies los misterios
Seguirán bajando y bajando
¿Qué mujer se sentirá deseada entonces
si todos son igualmente hermosos al enfrentarse a los ojos?

(el amor en exceso es también una forma de ceguera)

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Bye Bye

septiembre 25, 2007

“Some of these days
You’ll gonna miss me daddy…”

Y que te acuerdes de mí y de mi intento de poema
De que puedo escribir yo también versos nocturnos
De queja
Porque no es que yo muera de amor
Ni que brinde con vos bohemios intentos de despedida
(si ya nos habíamos escapado del vicio
sin tácticas ni verdades)

Yo espero también
Escaparme de vos

Porque el dolerme y faltarme del alma los labios
(niña de adentros que anoche dormía)
Desesperada sabiendo que el sol se le iba
(sobre redondeles de luna perdidos de ella)
Sin que yo la oyera preguntarme adónde iríamos
Con ese ir de reír llorando
En suave viceversa de madre congelada, inmóvil, infranqueable
Siempre de ánimo de estado de despedida fílica
Casual
De maestra infiel y alrededores perdidos
Entre dones y un aquí que es un himno de grito o de caricia
Fuera de sentido, lejano del amor de carbón

Una elegía de perlas partidas
Quien sabe

Yo te recuerdo tal cual eras
Corazón desinformado
De la hora, de lo oscuro que es todo cuando se presta al olvido
No era amor si los heraldos me querían negra
O blanca
Yo no nací para llamar a tu risa
Soldado

O fatal oda a la culpa
O a lo tarde

Me encanta el interior de esos catorce versos llorados
(que no pueden decirse con las manos)
De las revueltas, de los tristes cantares dormidos que nos saben
/prohibidos
Pies hermosos, margaritas de la luna descrita entre tus dientes
Dos palabras lucero que renuncian a su nombre
Una casa en la cara de dios prisma
Que defina nada más que a su cuerpo que no es nada
Ni cobardía ni nostalgia ni gracia
Sólo un recuerdo que fibrila en el adiós aguacero de mi espalda
(nocturno pirata de lámpara azul bajo el túnel mineral
/de unos sexos sin cultivo)
Tu nombre se va con algo mío que detuve en la sombra
(sencillos versos de primavera en la cabecera feroz
/de un otoño de utopía)

Perdón.
No tenía derecho al celo sobre un agua que no podía tener ni dejar

El caballo está en la puerta y nunca volverá a sernos joven
El profeta habla de madrigueras para vos y para mí
Despecho íntimo de las piedras negras
/sobre las que blancas se van volviendo
Como el corazón
Que vuelve del sueño lento de la niña cisne
/que preguntaba y se torcía
Y se dejaba mordisquear sin saber yo para qué
(creo que ella tampoco sabía)

(more…)

El viaje

septiembre 16, 2007

“el invierno nos carcome a las personas”

Abrazado, vos dormías y yo planeaba y decidía el clima. La casa, con aliento a incienso, viajaba sentada en el asiento de atrás. A su lado, un cura nos hablaba sin parar sobre sus molestas erecciones y de todos los pueblos mediocres que conoció y de su fuerte convicción de que estos pueblos no merecían formar parte de un paisaje tan perfecto.
Tener a este trastornado en el auto estando tan cerca de la frontera me obligaba a acelerar. Cada seis o siete minutos, yo le pedía que entrara a la casa y preparara un poco de café o mate o cualquier otra cosa que lo mantuviera entretenido, pero sobre todo, callado. El cura ya no estaba en edad de aprender límites y yo tampoco tenía muchas más ganas de ponerme a educar a nadie. Además para ese viaje yo me había propuesto ser más comprensiva con las realidades ajenas.
En el televisor pasaban videos de unos animales que acaban de descubrir en Zambia. Parecían radiadores de aceite forrados con piel de cebra. Alucinantes. El cura decía que seguro que eran el resultado de algún experimento yanqui, y yo lo dejaba decir.
Tuve que dejar de mirar porque si no nos íbamos a hacer mierda todos.
Lo único cierto es que esos bichos existen, y que el cura se iba a bajar ni bien llegáramos a la frontera.
Te desperté para que cambiaras de canal y para que dejaras subir a otra persona. Un músico con dos baúles llenos de instrumentos que, lógicamente, tuvimos que meter adentro de la casa porque en el auto ya no cabía un alfiler.
Mientras subía, yo busqué en la guantera la máquina de fotos y le saqué una al cura, que miraba quién sabe qué cosa a través de la ventanilla.
Decí que la casa me tapaba el espejito, que si no, me hubiera mandado una marcha atrás de 5 o 6 kilómetros sólo por el gusto de verles esta vez yo a ustedes la nuca aterrada, así que puse primera, y por enésima vez recomenzamos el acercamiento a la frontera.
A pesar de que era hora pico, no se veía otro auto en la ruta y pude acelerar tranquila, sin embargo, cada vez que acelero me salta el recuerdo alarma de esas palabras que me dijo Julián el día que lo fui a buscar al psiquiátrico: “La locura sólo es graciosa cuando es en segunda persona. Ni en tercera ni en primera. En segunda”
Mientras manejo, mi cerebro siempre abre otras ventanas y ejecuta otros procesos como pensar: “Mierda! Yo siempre giro en segunda”.
Será por eso que muchas veces termino incinerada entre los neumáticos preventivos de las curvas más violentas.
El músico iba sentado entre la casa y el cura. Tenía una cara de lo más agradable y unas uñas de más de un centímetro de largo en la mano derecha. En otra ventana, mi cabeza confeccionaba un esquema comparativo que me llevó a la conclusión de que las extremidades de la derecha por lo general se les deforman a los diestros que nacen demasiado fanáticos. Y el otro caso es Vilas.
“Hay muchos Guillermos zurdos”, les comenté a los pasajeros y el músico contestó, “no sé, yo me llamo Guillermo y hago todo con la derecha” (otro desubicado que se iba a bajar en la frontera, porque si la realidad ajena es irrespetuosa, yo no veo por qué tengo que aguantarlo).
Para cuando terminé de cerrar las ventanas y me di cuenta de que aún si frenaba, la pared de neumáticos igual se nos iba a venir encima, pensé en que mucho mejor habría sido enfrentarla dormida que con los ojos así de enormes mirándolo todo. Pero yo nunca había podido quedarme dormida mientras manejaba. No entiendo por qué yo siempre me jacté de eso si, la verdad, no es nada bueno, o al menos no resultaba serlo en ese caso. Como fuera, el viaje ya venía medio bodrio y vos habías empezado a joder con ese mal humor que te da cuando se te caen líquidos calientes en la entrepierna.
La velocidad era tanta que me acuerdo que dijiste que al asiento lo sentías como una mochila pesada empujándote la espalda. Otra ventana: Por qué te recuerdo comiendo helado si lo que te chorreabas siempre eran líquidos calientes?
El ruido de la chapa acordonéandose sobre nosotros nos pareció diferente a todo lo que hasta entonces habíamos escuchado, y eso que con tu trabajo, los ruidos raros se te daban a diario. Por qué habrán puesto neumáticos en esa curva si hay tan pocos autos circulando?
A mí me gustó especialmente el segundo ese en el que a pesar del miedo que teníamos, vos me miraste y me sonreíste. Todo un detalle. Tengo los gritos del cura grabados en la médula y tu cara tallada en mi retina. Lamento que lo que yo te devolviera a cambio fuese solo un rictus de asco, pero decime: cuántas veces te dije que no me gusta que te hagas ese horroroso corte de pelo? Algún bombero va a estar de acuerdo conmigo cuando trate de apagarnos.
Quisiera no haber tenido las dos manos sobre el volante en el momento del accidente. Es lo único que cambiaría de ese día. Menos mal que estabas muerto, porque si hubieras visto todo lo que les costó despegar mis dedos del plástico, me habrías reclamado tanta pasión hacia otro objeto. Defenderme de una pasión como la botella o tu cara me habría resultado más fácil. Sabés? Vos nunca me dejabas concentrar y veo que seguís con esa tara. No ves? Ya no sé a qué venía con todo esto.
Bueno, la cosa es que yo iba lo más bien, sentada, con el cinturón puesto y exprimiendo el volante como si fueran las solapas del que me dio la noticia de que vos también te habías muerto, y tuve que frenar contra neumáticos porque para eso estaban prolijamente dispuestos a recibirnos en esa agudísima curva de aquella tan deshabitada ruta.
Hasta hace unas horas me resultaba desalmado eso de que todos hayamos muerto de esa manera, pero medio que ya me voy haciendo a la idea. Peor sería conmigo viva. Yo sola no habría podido soportar el dolor.
A pesar de que pudieron rescatar los baúles, a la casa la dejaron quemarse por completo y ya sacaron a todos. Solamente falta una parte de mí. Ellos aún intentan despegarla del auto y del alquitrán que todavía humea por sobre mis piernas.
Este fuego es sumamente inspirador. A mí en el fondo me encantan este tipo de sorpresas.

Por eso me quedo

septiembre 10, 2007

“Se han de romper las naves,
ha de astillarse el aire como el vidrio corriente,
pero la caja, no.
Dios puede enloquecer y ha de quebrarse al fin
como un volátil superior,
pero la caja, no.”
Eduardo Lizalde

Por entre el prólogo manifiesto de las texturas nerviosas, me siento a ver cómo va el partidito mientras la casa se hunde. Sentada en un bote de noche, yo sabría perderme en la confusión de las coronaciones públicas. De eterna, a nieblareina para todos los papeles.
El mar me haría del santo vacío de la memoria, el cielo de espalda, y la luna de bala celestial que gana tiempo fabricándonos la ropa con pedacitos de espacio para que nos la abrochemos con anzuelos a esta nada portante que nos agrupa los ratos en paquetitos de a años.
Y ahí están. Suben a escena los secundarios, los sirvientes con sus cuerpos impregnados de flashes y de gritos que les gotean de la cara después de cada día piraña. Y ahí está el dueño, flotando su bigote en el aire, sus problemas con el yo, con el vos, con el nosotros.
Los sirvientes siempre se mueren después de un día piraña. Cumplen su acto, pero ese no es mi problema, yo también floto dueña mientras hago malabares con mis pobres dientes y mi crueldad (yo maté mucho más que tres moscas, pastelito, pero escondí el cadáver en un placard lejos de casa como para poder seguir amándote de por vida ante la envidia de todos los que no entienden que no amar es infinito).
Venite, dueñonuestro, venite a vivir mi reino, haceme la voluntad, que no se me note la tierra fértil tanto en las venas como en invierno. Endeudémonos mutuamente, así como nosotros te perdonamos a vos (y no nos dejes caer en la tentación).
El mar no nos hace más inocentes, y por eso nos hundimos cantando “Barbara Ann” y haciendo así con los deditos. Good Vibrations. Y abajo no hay nada, solo el cielo, que no se da vuelta ni para vernos caer, y la arena, que camina Alfonsina para llegar más temprano a su cajita de remedios.
Decime, racimito de letras, qué sería de nosotros si no estuviéramos tan enfermos?
Como cuando tomábamos sol en plena tormenta y nos tiraba la piel y nos ardían los corazones porque nos arrancaron a pedazos de un sueño en el que no habíamos perdido todavía, a mí todavía me jode que aquel maldito rayo no nos haya fulminado.
Yo lamento no haber sido lo suficientemente homicida como para matarte como tu alma me pedía. Me apena no haberme atrevido a probar si alguna vez ibas a decirme basta (es que es lícito para mí dudar que a lo mejor nunca lo habrías dicho).
Es tan humano delirar metafísicamente dentro de las restringidas inteligencias que nos tocan. Es tan humano entender nuestra historia como lo único único e irrepetible. Es tan humano enredarse en la tristeza que florece al comprobar que, finalmente, todo es igual, que con o sin bastas todo acaba siendo igualmente fulminado por el tiempo o por la muerte (aunque nunca por ese maldito rayo).
Tengo la desesperanza recurrente de que pase cualquier cosa y sin embargo hoy sólo puedo sentir que hay una boa acercándose inexorable a aplastarme el corazón.
(es extraño que aún entendiendo que voy a aniquilarme sola, yo siga temiéndole a algunos factores tan externos. Tan alevosa mente externos).

Satellite Of Love

septiembre 6, 2007

Como sentarse frente a la verdad y tener que mirarla a los ojos hasta hacerla callar por abandono. Nuestro.

Cada tarde Valdez se apiada de la luna y recorre Buenos Aires recogiendo para ella luces viejas y pinceles.
Nada hay más rotundo que lo que hace falta, ni condena mayor que reflejar para siempre todo aquello que es ajeno.
El irrefutable dios de cada historia maneja un barrilete pretendiendo ignorar a los espejos que lo muestran con descaro y de cuerpo entero.
A Valdez no le gusta que lo desprecien sin razón y por eso su piel miente el misterio. Su boca escupe las poesías que de a ratos hacen sombra sobre ciertos vientres.
Yo creo que si Valdez quisiera dar un paso más allá, él lo daría, pero encomendándose al error como para asegurar el hecho de que va a morirse como un perro.
Una mujer lo espera desnuda y lista, y Valdez le pide al Universo que le tape con lluvias el amor y la vergüenza.
Comienza a llover y a Valdez una sombra acribillada le dibuja un rombo gris en el medio de la espalda.
La mujer cierra su cuerpo.
Valdez se aleja, se inclina, y recoge del suelo cuatro lamparitas usadas.
La rota le hurga el dedo índice y él las deja caer.
Hay una única que tiene la cortesía de no explotar y es la que por error golpea sobre su pie y con sinuosa gracia rueda hasta depositarse en el suelo.
Las otras dos revientan como dos hijas de puta.
Dios detiene su juego, y a medida que el barrilete se le enrieda por los cables, él se va acercando a Valdez.
No se explica el argumento de la lámpara bendita, y de una memorable pisada la reincorpora al destino.
Los espejos multiplican hasta el último detalle.
Valdez junta saliva. Sólo piensa en la muerte del perro y en su propia sangre, que ya comienza a pedirle explicaciones.
La luna se boceta con envidia hijos negros en la espalda.
Dios quita los cristales incrustados en su bota, el barrilete es declarado donante y las lamparitas, arena.
La mujer acuna su cuerpo todo repleto de hijos, y el Universo, más lleno de intenciones que de eficacia, se sienta sobre Valdez, y rascándose la cabeza, relee la trama y se pregunta idiotamente, qué puede tener de malo morirse como un perro.

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