Archive for 28 octubre 2008

En cubierta X

octubre 28, 2008

El cadáver morado de Krane fue encontrado a la mañana siguiente. Sus ojos entrecerrados, llenos de pelo y moco, producían una distorsión grave al sentido de la estética.

Primero fue el ruido de los golpes estratégicamente combinados con el de sus huesos quebrándose, luego la rápida y panorámica caída hacia las redes, después la nausea, el miedo, el pensamiento organizado y entonces sí, ahí sí, el cuerpo de Arseni Krane supo lo que era el dolor.

(probablemente haya sido la pesadilla de sabores que se mezcló en su boca lo que lo alertó sobre el padecimiento al que estaba siendo sometida su carne, lo cierto es que Arseni Krane nunca supo qué o quién lo estaba matando)

El capitán ordenó un funeral inmediato y que se les comunicara la pérdida a todos los de abajo.

Se presentaron algunos, todos jóvenes transparentes, y su mujer, una adolescente de no más de 15 años que de tan blanca, celeste, la cual subió a cubierta con sus hijos, todos ellos envueltos como ella en infinitas telas de gasa, también blancas.
(al verla pensé que la providencia lúbrica de todas las selvas del mundo se había concentrado exclusivamente en ella)

Los restos de Krane se fueron hundiendo en el mar como una elegante y rectangular miga seca de pan dulce.
No hubo palabras de despedida ni llanto.
(a veces necesitaríamos al menos una mosca que nos zumbe alrededor del silencio de las brasas de esta tribu que se extingue)

Los de abajo se fueron enseguida para tranquilidad de todos los acostumbrados a ser siempre mayoría. Estos que anuncian su amor con alegorías. Los que nunca entenderán que hay gente que no necesita disimular con ropa colorida que todo no es más que una mortaja provisoria.

“Los individuos que se temen se recluyen (a leer, a estudiar o a comer en exceso) con la esperanza de que pase pronto.”

A la hora de almorzar, cuando en el suelo se comenzó a dibujar esa sombra fresca como de árbol, sólo quedábamos en cubierta Bassard, el capitán y yo, que me disponía a subir a mi puesto.
(un capitán sin mujer, un hombre que nunca se ganó un regazo sobre el cual reposar su cabeza y una vigía atormentada por el deber de callar lo mejor de lo observado)

Según lo establecido, el infierno y la desolación que anclan cada mañana sobre nosotros se van dispersando conforme se acerca la noche. Solamente nos es concedido cierto descanso durante el rato en el que el sol nos olvida o se detiene la tortura de la sal.
O cuando brota esa sombra de árbol sin árbol o esas otras maravillas que nos invaden a diario.

Lo cual es de agradecer (ciertas veces, digo) a quien sea que esté a cargo.

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En cubierta IX

octubre 22, 2008

Interlocutora de las no bodas vienen a mí las palabras, significaciones listas para envejecer hasta hacerse ininteligibles y que nadie, ni ellas mismas, se piensen.

Asisto al delirio colectivo mientras el barco continúa con sus movimientos negligentes. El caos mismo del Universo representado en su marchar diabólico, desordenado como el deambular de los infantes, para quienes todavía resulta lo mismo pisar los bordes que los interiores de las baldosas.
Persisto en el delirio. Toda esta mentira es, para quien quiera creerla, nada más que un cuento de jugos nucleares, una piñata repleta de papelitos que dicen el día, la hora y el modo en el que algo ocurrirá, cualquier cosa.

Anoche el capitán se sentó por primera vez con nosotros. Al verlo, Bassard se puso de pie, plegó su reposera y desapareció rumbo a los camarotes. Yo acerqué mi silla:

– Capitán, no hay modo de glosar esta irrealidad.
– ¿Deberíamos entonces, según usted, no hablar ya más de nada?

Uno de los de abajo, el más joven, aprovechó el nivel del capitán para hablarle de las necesidades de su grupo. Se presentó como Arseni Krane y le solicitó un caballo. ¿Para qué necesitarían un caballo? Al cabo de unos días, él también se aburriría, pensé. Sin embargo el capitán lo escuchó con atención sin que su cara sufriera el mínimo cambio. Krane entonces, continuó. Se quejó de las carencias en las bodegas y le sugirió al capitán que saqueara (en realidad, utilizó el verbo incautar) animales y alimentos de las balsas que se fueran acercando. A todos nos pareció otra estupidez de los de abajo, aunque esta vez, ver tanta osadía, tanta audacia junta en uno de ellos, me resultó sospechoso.

Es que en el momento en el que algo -alguien- ejecuta una acción que no comprendemos, aparece indefectiblemente la desconfianza. Como cuando todo esto comenzó, que sospechábamos de cada una de las falsas señales: de las sombras, de las manchas en los animales, de los incendios, de todas aquellas cosas que sin explicación comenzaban a cambiar su forma de expresión.

Al principio intentamos reparar los daños. Buscábamos métodos, embalses, modos de control. Denunciamos a la suerte en las iglesias, en los templos y en cuanto foro nos dio cabida.
Pasaron varios días. Meses. Llegado el tercer año nos comenzamos a armar (para luego creer con firmeza) cada uno su propia teoría sobre la devastación. Era necesario edificar desde un nuevo cimiento nuevas certezas que validaran esta nueva realidad.

Así, entonces, el capitán edificó sobre el cálculo de que Ella nunca lo quiso a pesar de sus ahogos y de sus intentos por mantener el nivel de romanticismo a una altura media, cómoda y respetable; Bassard, sobre la convicción de que no importa cuánto él haga, es Dios quien no lo quiere particularmente a él y la de que a la vena poética es mejor dejarla de lado para los pobres penitentes y penar únicamente bajo el conjuro de la prosa o del monólogo romántico como para pasar mejor este tiempo, que es mucho.

Yo recalco (y no me falta el aliento para repetirlo) que tuvimos suerte. Y sobre esa teoría construyo.

Nada es demasiado complicado. Alguien quiere contar una historia deliciosa a partir de personas encerradas en un barco y ordena sin sentido concreto lo inadmisible.
Y qué más quisiera ese alguien que anduviera todo de maravilla, de verdad, aunque no importa, quiero decir, todo este drama, el suyo, el nuestro.
Lejos de preferencias o gustos, no cabe duda que ya la experiencia nos habrá inmunizado a todos contra toda la maravilla que pudiere andar, independientemente, ya lo dije, de deseos inocultables por sinceros y gordos.
Escribo esta crónica por aquello que alguna vez prometí de escribir todo lo que ese alguien me pidiera.
Creo sin pruebas. No hace falta más nada.

En cubierta VIII

octubre 7, 2008

Siempre hay alguien que me quita lo bailado.

Bassard me habla mirando al mar. Con gestualidad nula se ofrece a buscar por mí a alguien en quien yo pueda ser todo lo ávida que quiera.
La mímica del sufrimiento sumada a una sintaxis borrosa, y la muerte alojada en la pausa (en la armadura parsimonia de la cosa literaria), contra el pensamiento diáfano.
(con esto él intenta un declive, sembrar una ausencia razonable en esa esquina de mi pensamiento, la esquina perdida por donde siempre me queda la narración incierta, confusa y extrema)

– Hace falta ocupar el distrito ese que existe entre los dedos, Bassard?
– Todo se desvanece en una sed mal saciada, mi niña.

(Ay! con la acusadora seguridad de los otros!)

En cubierta, lo más parecido a un pájaro es uno de los viejos del grupo de los viejos, el que tiene muchos ojos; el que para tomar sus píldoras levanta la cabeza al igual que las gallinas.
Es el más enfermo, pero goza. Goza con sus problemas de orificios, de salivas y de nalgas picoteadas. Se mira el dedo gordo del pie y goza. Gime. Bellísimos y punzantes fragmentos:

– “Señora, su esposo se está ajustando la cuerda demasiado fuerte alrededor del cuello; que tenga cuidado que se puede matar”.

Sin embargo esta señora está dispuesta a seguir ignorándolos. Devotamente. A él por viejo y por enfermo, y a su esposo… con su esposo la comunicación es inoperante. Desesperante. Insoportable. La comunicación entre ellos fue concebida únicamente para guardarse secretos.
El viejo quizás muera cuando el gozo lo harte o el cuerpo se digne, pero el hombre de las sogas no morirá; juró no morir hasta que el capitán le consiga un ataúd y algo de tierra. Cree que el carácter de la intención producirá ese fenomenal resultado para sus funerales.

Hemos leído y estudiado todo pero para nadie parece ya haber consuelo en el conocimiento de lo inmediato, y la densidad inmaternal de los datos comienza a plastificar también el discurso de Bassard:

“La certeza es la sonrisa de los locos inconexos. La prosa piloto les ha ido aislando a algunos el encéfalo”

El barco hace espigar la locura y con ella llegan las ferocidades a besarlo a los mordiscos. No hay nada malévolo en ellas, por el contrario, se encargan de devorar las ramificaciones oscuras que le crecen de entre las maderas al barco por las noches.
Lo verdaderamente tenebroso sigue siendo el ruido.

(esta noche será noche de plegaria, ninguna criatura se comerá lo poco del polidogma que me queda)

Mañana el gato gris se enredará en los pies del capitán mientras él trapee desnudo los desmanes de la noche. Todo es más de lo mismo, no parece que nada fuera a mejorar ni a empeorar.
No tenemos esa suerte.

En cubierta VII

octubre 2, 2008

“Sabés? a veces hace mucho pero mucho mucho mucho mucho calor, y parece que julio es enero, y no hay más nieve. Y enormes olas están barriendo las ciudades y hay huracanes en todas partes.
Y todo el mundo sabe que eso es un problema.
Pero si algunos expertos dicen que no es un problema, y otros expertos afirman que no es un problema (o explican por qué no es un problema), entonces, simplemente, no es un problema.”
Laurie Anderson

La sal nos endurece y los días no perdonan. El barco apesta menos cuando se aleja de las nubes.
Y vienen a mi mente los tiempos firmes, tiempos en los que salir de lo seguro nos llenaba de un deseo que aún no estaba claro.
(sólo la reconocible pulsión de querer ser parte de la Zona)

El barco nos mira, él tampoco nos recuerda. Traza círculos vacíos comandado por un capitán que siente que aborda con firmeza a quien pródigamente lo acecha.
(parecería que todos nos dormimos para que mañana empiece otra mañana idéntica en la que caminaremos de nuevo por sobre la saliva ya seca con la que estamos hablando)

Dicen las mujeres que en la cocina hay una puta que agoniza.
La cocina es fría pero la curandera no ha pasado una sola noche en otro lugar del barco que no sea esta cocina especialmente diseñada para cercenar a las almas de los cuerpos que ya han renunciado a la idea de ser épicos.
La curandera supervisa la agonía. La desviste, la calma. Le cuenta a la puta sus fracasos.
(qué probará conmigo cuando me llegue la hora?)
La bohemia de las cocinas, dirá Bassard.
La entretiene con desengaños porque no sabría contar historias que no ha vivido:

– Yo no sé nadar. Yo solamente planeo.

Mujer que vuela sobre un hombre que nada, pensará, si es que le cabe, la moribunda, que lleva su piedra ácida a todas partes. Para que la registren. Porque sabe que formará parte de la trama hasta que la olviden y se vuelva de mimbre y ya no se reconozca sino en su duplicado flexible.
Un exceso de algo desconocido. Serán las primeras muelas, los molares de algún dolor amable y deseado. No sé qué cosa estará matando a la puta.
(y cuando no se sabe, lo mejor es dejar todo en manos del vino)

– Es que así no se puede nadar, así de endurecida, digo.– continúa la vieja.

A veces la vida le ofrece demasiados predicados a un único sujeto.
(algunos para ser deseados, otros para ser vistos en el vivir de los otros)

Nadie se viste de nuevo para amar pero tampoco se llega a un destino diferente por la ruta de siempre.
Es la dialéctica del sujeto sujeto al lenguaje.
(¡pero si el lenguaje solo nos sirve para avisarle al entorno que ya estamos muertos!)
La hinchazón de los secantes, explicará Bassard mientras arrojemos el cadáver por la borda.