Archive for 19 septiembre 2008

En cubierta VI

septiembre 19, 2008

Hay un hombre que miente en el interior de cada cosa. Se podría decir que fascinado por las aguas más oscuras de su espejismo externo o por una misión.
Fue suficiente. No puedo yo revelarles tanto.

Mientras hervía el caldo, recordé aquel encuentro con Bassard a la salida del cementerio. Ya se habían ido todos pero él seguía en la vereda. Espontáneamente se había puesto a hablar, desde su borrachera y hacia quien quisiera oír, sobre las bondades de la difunta.
Recordé también cómo por el paredón comenzaron a bajar los gusanos, todavía ellos con sus bocas repletas de la piel de la mujer, muerta y húmeda, y la extrañeza de notar que ya nadie se sorprendía por los hechos formidables que habían comenzado a suceder desde hacía un tiempo, quizás como una defensa última y extraordinaria que nos preservara de la locura. Una batalla contra la imaginación y la realidad, que ya no parecían competir entre ellas sino en contra de todos nosotros.

Como si fueran cachorros perfumados, los miró Bassard sin incomodarse al tiempo que yo evaluaba el modo mejor para cortarles la cabeza: uno por uno me los debería colocar entre los dientes hasta encontrarles el cuello con la lengua. Ahí iría el corte. Exacto en el cuello.

Los gusanos se acercaron a nosotros esquivando y siendo esquivados por chicos de las manos de sus madres las que, al ver la escena, los arrastraban lejos porque: ¿qué madre quiere que la suela de su hijo se hunda entre gusanos?

Bassard continuaba su ponencia. Habrían amarronado aún más sus pulmones cinco o seis cigarrillos cuando noté que los gusanos retrocedían hacia el paredón, seguramente satisfechos por la charla en la que él la nombraba y nuevamente hambrientos de su carne, todavía fresca.

Eso, imaginarlos penetrar nuevamente su féretro, fue lo que quizás apuró mi despedida y lo que luego provocó mi vómito contra el paredón, vómito que enseguida fue devorado por los enviados del “Señor de las Moscas”, como llamábamos a quien quisiera ser el responsable de estos sucesos que nos estaban invadiendo los oficios.

Con Bassard siempre nos habíamos preguntado las razones para tanta pared alrededor de los cementerios. Nadie quería entrar y hasta los gusanos se escapaban.
Habría que enterrar también a los cementerios, pensé en aquel momento en el que aún sentía que podía haber una alternativa mejor para todas las cosas. Pero si eso sucedía, si tapábamos con más tierra a los cementerios, se elevarían montañas inmensas en cada ciudad convirtiendo al paisaje mundial en un mayor camposanto.

Hoy, frente a este caldo, me pregunto adónde estarán las montañas ahora que los mapas ya no sirven para nada.

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No dejes pasar esta oportunidad!

septiembre 12, 2008

De qué se trata el conflicto de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

En cubierta V

septiembre 11, 2008

El verdadero su-puesto poder está en poder vencer y no vencer, en poder huir y no hacerlo. Él y yo lo sabemos. El capitán, que yo sé marchar con paso que simula sometimiento, y yo, que él no posee el pulso correcto para el buen combate, sino la particularidad de prestar sus oídos, su sexo, su boca. De prestarse a todos sin transigir con absoluta-mente ninguno.

Como un adicto, bajaría para avisarle al capitán que se acerca una balsa. Hace un rato que la tengo a la vista y que trato de imaginar qué cara pondrían si oyeran mi narración, mi micro mensaje que diría:

– Balsalavista!

El mío es un trabajo parecido al de las parteras: la noticia, o es buena, o es mala.
No hay intermedios.

a- La aparición de la balsa se vivirá con entusiasmo. En la balsa hay animales, árboles frutales, vino, música, equilibrio.
b- La aparición de la balsa se vivirá con recelo. Son humanos pero el capitán verá parásitos que hablarán (que gritarán!) en todos los idiomas que ayudemos a sus críos.
El capitán elegirá la b y nos ordenará no entrar en contacto con la balsa.

(para nuestro capitán, amor y dolor no se reparten sino que se multiplican con la compañía)

Esa será la orden, lo sé, y así estará muy bien porque, en definitiva, nada de lo que expone la balsa nos fuerza a ser buenos.
(o acaso no estamos acá, en este barco, a fuerza de ser buenos?)

La balsa es un problema innecesario.

Bassard dirá:
– Sabemos Capitán! Conocemos sobre astronomía, sobre astrología, sobre gramática, matemática y dialéctica, Capitán. Repiense! Deje subir a esos niños. Nosotros podemos instruirlos!
Mi capitán responderá:
– Oh, Bassard! Cómo te atreves? Tantas disciplinas no han podido disciplinarte!
Y el disparo a Bassard, aunque no lo matará, nos convencerá a todos.

La balsa es un problema evitable.

Y mientras bajo a cubierta sin decidir si pensar en que salvé a Bassard o en cómo se crea la distancia entre nosotros y esa balsa, llega una nueva orden del capitán y mis labores cambian.
Debo ahora limpiar todos los frutos que le quitamos a este gigantesco árbol de agua. Sentarme a quitar espinas, a quitar escamas, a quitar escorias.
(si fuera una granja sería como desplumar, descuartizar, desmenuzar)
Pero no es una granja, es un barco, y hay espinas y escamas y escoria y esa será, sólo por hoy, mi nueva tarea. Un descanso merecido.
Mañana volveré a mi verdadero puesto a rescatar al gato.

(pienso que no tan menuda es la tarea de las menudencias a la hora del caldo, mi querida verdurita)

En cubierta IV

septiembre 11, 2008

“Ellos nos miran creyendo que lo saben y sabiendo que no creen, y nosotros, nada, porque dar explicaciones es de fatuos, de perros sin dueño, de pulgas de arrabal, de muros en blanco, de bacalao en góndola”.
S. Bassard

Anoche vi al capitán haciendo un avioncito de papel. No alcancé a dar vuelta la cara lo suficientemente rápido y, por lógica, la curiosidad tuvo después la justa necesidad de sentirse consolada.

Fue como aquella vez que lo sorprendí trapeando la cubierta. No puedo quitarme esa imagen de la cabeza. Terriblemente desnudo escurría el trapo de piso por la borda. ¡Con una delicadeza tan automática! La misma con la que anoche lo vi hacer los dobleces.
Una delicadeza sin conciencia ni ilusiones y la lentitud con la que sólo se le cierran los ojos a los muertos.

“La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño.”

Cuando me siento mi rato a descansar y a transcribir los hechos, me cuesta asegurar que todo esto sea cierto. Los últimos años, digo. El golpe seco durante esta pausa es agotador. Como aquella otra vez cuando enmudeció en el último boulevard seco que quedaba y yo comprendí que, a determinada confidencialidad, yo jamás sería invitada.
Después de eso ya no pudo (o no quiso o no supo) explicarme más nada.

“Seco” es otra de las palabras que ya casi no usamos en el barco.

El gato gris llora.
Esta noche no lo voy a bajar a cubierta, lo voy a dejar acá arriba, en este micromundo arrinconado en lo más profundo de la superficie.

(porque acá arriba todos podemos llorar, porque acá arriba nadie tiene la culpa de nada)

Cuatro

septiembre 3, 2008

El error se aceita los rieles en quien se dilapida.

Así es la modalidad del proceso:
Nos sentamos, pliegue sobre pliegue formando la masa, el drapeado, la desorganización. Nadie habla, nadie dice. Todo conforma una mueca que extraña la dolencia.

– Definir es la manía del soberbio
– nos dice el maestro a los tres pero mirándola a ella.

La voz del maestro y su técnica, sumadas a la terapéutica basal que nos construimos para que sobre ella él nos edifique, nos descomprime, nos suelta un poco, nos pasea, nos alimenta.

– El escéptico, en cambio, no se concentra en el dilema, pues para él no hay dilema sino un espacio a atravesar.

Es cierto, y lo podemos aprobar porque lo hemos visto. Al escéptico. Hastiado y falto de intensidad, este es su modo: Buscar la reabsorción de la incertidumbre y el debilitamiento de la palabra para avanzar.

– Tomaron agua alguna vez en Buenos Aires?

La que festeja los vértigos del sufrimiento, sonríe. La otra siembra esperanzas sin convicción en una banquina de uso frecuente. Alguien que ama ser castigado zapatea su espanto sobre la narración. Jadeante. Extenuado. Vegetal que no fruta de ninguna índole su genio. Tan delirado, tan irreprimible, vive así engañado en la valoración de su propia nada.

– El vacío es una derrota a asumir, muchachos.

Al maestro le esperan unos días de clausura.