Archive for the ‘En cubierta’ Category

En cubierta XVIII

octubre 18, 2010

¿Adónde quedó aquel entorno salvaje y libre en éste, nuestro viaje en el que nadie conduce?

En la pugna entre la intransigencia y la reducción, entre creer y someternos, o resistir y subtitular cada una de las cosas que nos siguen sucediendo en el barco, se concentra la mayor incertidumbre.
Ya hemos aprendido que la memoria no nos sirve de mucho en cubierta. La realidad improvisa con nuestra rutina y cambia a diario sus secretos de manera que lo que ayer nos resistía, hoy forma filas de nuestro lado en el combate y viceversa.

El agua ha venido bajando a un promedio de casi dos anclas diarias y aquel peñón al que todos quisimos sentir con los pies, y sobre el cual ese mareo que produce lo inmóvil nos resultó agradable, hoy nos muestra su cuello de piedra y, mientras se recupera, se eleva y se vuelve tan inalcanzable como antes, cuando sumergido, o como mucho antes aún: antes del agua.

La breve visita a lo firme apenas alcanzó para extraer de entre las piedras algo de barro que, puesto a secar, nos dará tierra suficiente como para que el viejo pueda morirse de una vez. Será sepultado en un cajón lleno de tierra. Como un vampiro. No habrá vendas ni buitres ni crisantemos. Sólo serán necesarios algunos clavos para que no puedan escapar los gusanos que saldrán de su boca. Será extraña y breve, pero concurrida, su tumba.

Esta tarde mientras recogíamos el primer tramo de la segunda cadena le he preguntado al capitán si no cree que adquirir cada día como algo lógico lo que cada día sucede, los cambios, es decir, si esta adaptación sobreexagerada que hemos desarrollado no hace que lo que cada día sucede no se resigne y suba la apuesta con otro guantazo como en un duelo de nunca acabar pues – y de esto sí que estoy segura y por eso el énfasis sobre un tono al que antes jamás me hubiera atrevido- ya no hay, ya no quedan en esta batalla rastros de aquella indiferencia amoral a la que la naturaleza nos tenía acostumbrados el tiempo anterior al agua:

– ¿Antes del agua? ¿El tiempo en el cual nadie nos miraba? Ahora por fin hay algo que nos mira. ¡Que nos mira y actúa! Y nosotros debemos responder en consecuencia. Esta es una oportunidad única ahora que nada está quieto, ahora que nadie está del todo en este lugar. ¿Cómo no fortalecernos y llenarnos de esperanza? ¿Qué podríamos perder que no hayamos perdido todavía?

El capitán aún no entiende que se acerca el final del cuento. El más triste final que pueda existirle a un cuento.

Anuncios

En cubierta XVII

agosto 30, 2010

Levadura o indolencia ante la intensidad?
Salvo mi Capitán, todo es tan vulgar! Los sueños, nosotros, el barco. Somos tan vulgares! Al Capitán, al menos, los sueños le mantienen apretada la razón. Durante el sueño, él se informa.
Él tiene la habilidad de recopilar argumentos durante cada inevitable y absurdo trámite nocturno.

Hoy he comenzado el día sin mirar el cielo y, sin chequear el clima, me he puesto a escribir este lamento de cordura en mi cuaderno que juzga todo con el mismo asco con el que juzgaría un espejo a una cosa que se pudre.
Los arreglos y reparaciones que los hombres han realizado no han sido suficientes más que para evitar que el barco se vaya a pique. Será imposible seguir navegando sin repararlo del todo y por eso el Capitán ha ordenado fondear cerca de uno de los islotes de arcilla, piedra y barro que han comenzado a aparecer.
Desde mi puesto y junto al gato, que mastica algo que no logro distinguir, veo a todos corretear alborozados de un modo que, de tan ajeno, me resulta exasperante.

(el gato gris se ha vuelto fiel a costa del frío y del hambre al que he comenzado a someterlo. Ya no le permito mi cama y le ofrezco a diario sólo la mitad de los restos de mi comida mientras que la otra mitad se las arrojo en secreto a las ratas. De tanto verlo actuar he aprendido que su fidelidad durará sólo el tiempo en el que el frío y el hambre no sean saciados por completo)

También veo al hombre de las sogas, que continúa impasible sosteniendo su agonía del brazo de su mujer.

(la ausencia de palabras como “sosiego” o “campo” hacen que cada día me resulte más difícil glosar al barco y a sus ocupantes, pero anoche soñé que si dejaba de contar esta historia podríamos desaparecer todos (por eso de que si no se puede decir, cómo es que existe) y hoy he sentido la obligación de volver al cuaderno que nos hace quiénes somos y continuar)

(dormir nunca es una buena idea, uno puede terminar soñando y amanecer aterrado a una nueva -y mucho peor- urgencia)

Hace unos días, el Capitán tuvo la deferencia de acercarse a la mujer:

– Cómo puedo hacerle a usted más suave este martirio? Pueden pasar semanas hasta que por fin consigamos extraer, de entre las piedras y la arcilla, el barro suficiente.
– Olvídelo. Lo de mi esposo no tiene remedio. Él ya ha visto la tierra y su muerte ha comenzado. Le informaré que harán falta unas semanas y sabrá esperar.

(La “tierra”, dijo? que el Capitán “lo olvide”, “sabrá” esperar? No entiendo cómo el Capitán no la arroja por la borda.)

A veces no encuentro la expresión justa y entonces me detengo unos minutos hasta que logro convencerme de que no es necesario completar todas las imágenes con palabras, pero mis sentimientos y la cara de esta mujer mientras decía “no tiene remedio” quizás merecerían un esfuerzo especial, esfuerzo que hoy no haré pues, a pesar de la intensidad contenida en ambas cosas, para mi cuaderno resultan irrelevantes.

(Ella parece no saber que cada uno se derrumba y cae sobre lo que es (como un mechón cortado del pensamiento de otro) y que, ni bien uno de ellos dos muera, caerán el uno sobre el otro (y sí, ella también) hasta siempre, o hasta que el siempre también caiga sobre el nunca y así…)

(No. Me corrijo. No dijo muerte. Dijo ilusión. Dijo ”su ilusión ha comenzado”. Creo que ella nunca utilizó la palabra “muerte”. Para ella seguramente “muerte” sea una palabra tabú como “crudo” o “poesía”)

Pero sí pudo decir “tierra” la muy estúpida.

(sabrá el gato que algún día él también morirá? (y sobre quién elegirá caer con todo su gris para girar juntos hasta siempre, hasta nunca y así?))

Mientras bajo, veo cómo los pasajeros se apiñan para participar de las maniobras con el ancla oxidada y cómo pelean por un lugar en el bote que los llevará a conocer el peñón.

– Tierra! – gritan entre babas y carcajadas.

El Capitán me dice al oído: “Hemos llegado a la cima de todo. Es hora de empezar a descender”

En cubierta XVI

febrero 23, 2010

Desde la entraña (“el medio es el mensaje”) ruge lo inane. Lo accesorio, lo que ha ido quedando. Una tentación, ésta a la que me intima, que sería estúpido de mí satisfacer. Leo insoportable para algunos (inciertos) esta nueva frustración. Por subdesarrollada la escritura y, en mi propia impresión, tan llena de dolor. Por qué he de obedecer una vez más a un anhelo ajeno y tan preciso y sostenido como cada anterior? Así no se gana. Así no se domina. Así no se libera.
El infierno debe dar esa visión.

Refugiado en la creencia de poder controlar la situación, mi capitán prefiere no hablar sobre el hecho de que cada día se ven más peñones, más islotes de pura piedra, más posibilidades de que el agua, finalmente, esté bajando. Tampoco de que el viejo de las sogas ha comenzado a toser y a despedirse de todos de manera firme y sostenida.

Durante la entrega de labores diaria y antes del desayuno, el capitán nos ordenó que confeccionemos un inventario detallado con todas las cosas que hay en el barco. Deberemos tener especial cuidado y no confundir los objetos reales con aquellos que, de haber aparecido un día como cualquiera dibujados sobre las paredes del barco, hoy ya han tomado algo similar a formas de verdad (si es que verdad es esto que está de nuestro lado). Imágenes que se han ido desprendiendo y han ido cayendo de las paredes como láminas, apilándose unas sobre otras sobre otras en el suelo hasta convertirse en objetos fantásticos como este cajón en el que ahora duerme el gato.

(también forma parte de ese grupo la singular cantidad de migas de pan que vemos amontonarse cada mañana debajo del mesana (sabemos distinguirlos porque estos supuestos objetos llevan la sombra unos centímetros desalineada hacia alguno de los lados además de que a todos ellos se les nota como una ausencia))

Luego de la lista deberemos realizar una descripción minuciosa y concienzuda de cada una de las cosas ciertas de manera que mañana mismo y sin falta todo amanezca con su retrato literario pegado al pie.

(conocemos la inconsistencia de las cosas a pesar de las apariencias pero el capitán quiere asegurarse. Quiere evitar el desconcierto y las distracciones. Yo, por mi parte, lo considero útil por otra razón: será entretenido y una buena manera de comprobar cuáles cosas cambian con el tiempo y cuáles son las que se mantienen igual).

A mí me ha encargado la cocina y, de ella, los condimentos. He probado ya el poco de canela y de nuez moscada que aún queda en dos de los frascos de la vieja, pero tendré que informarle al capitán que me resulta imposible describir estos sabores.

(seguramente él me dirá que lo imposible es que existan si es que no pueden ser dichos, a lo que yo ya no podré más que callar y sentarme a escribir mis dos carteles que dirán exactamente lo mismo: “quizás alguna vez haya sido dulce, suave y fragante, pero ahora, viejo, seco y oxidado, sólo es un polvo marrón”.)

(O simplemente debería escribir “polvo marrón” y no explicar más nada?)

Ha salido el sol y es estupendo vernos en cubierta (a los que vamos quedando) ir y venir con lápices de colores y papeles, fijando las descripciones debajo de la totalidad de las cosas: bajo el mástil, el timón, las prendas de vestir, los mismos lápices, los cubiertos.

(Agradezco no ser yo quien debe rotular a los carteles. Ha de ser un trabajo, de verdad, agotador)

En cubierta XV

febrero 17, 2010

“Palos porque bogas, palos porque no bogas”
(cuando no entiende, cuando me pongo a explicar)

Desde mi puesto se vería mejor el modo en el que los cuerpos amortajados siguen cayendo de a uno del barco, pero el capitán nos ha dado la orden de permanecer en cubierta durante todo el cortejo.
Dos horas estimo que durará el proceso completo. Seis cigarros del capitán (sus salidas del puente lo han vuelto para mí un reloj casi perfecto).

Debería concentrarme y describir, decir con palabras esta sensación… pero cómo decir el estupor de vernos despidiendo lo que se va de los que hace mucho se fueron?
Somos(*) ya muy pocos en cubierta. La curandera es hoy la única ausente. No tiene el permiso expreso del capitán pero él ha dicho que no tomará represalias. Él comprende, de alguna manera que nos es extraña, la actitud de la mujer.

((*)debo elegir mejor las palabras y reemplazar al somos)
(*)Somos: Quedamos. Seguimos. Vamos quedando. Nos estamos quedando. Nos seguimos. Estamos. Nos somos.
(no debo dispersarme, debo evitar las distracciones y proseguir con el relato. Luego decidiré el verbo y también la acción)

El mundo de los marcados, el de los desparramados que se concentran en el acto social (en el rito consuelo, en esta tortura espiritual ordenada por el capitán), se reduce a una simulación, a una recreación en la que pactamos ignorar la médula de lo que no estoy contando.

Al soltarse el quinto cadáver, alguien deja su último grito suspendido en el aire:

– A las anguilas, Garrausper! A que te almuercen los Pausewangs, miserable, borracho infecto, a que te pudras en el agua que has de manchar!
– Silencio!
–la voz del capitán suena tranquila, despacio y pausada, como si hubiese estado esperando el grito. -Que nadie se atreva con los muertos de mi barco! Que nadie mientras yo siga al mando!

Las dos balas (inevitables desde el día en el que este pobre infeliz fuera gestado) le van directo al pecho y es nuestro mismo capitán quien sin mucho esfuerzo ni ceremonia lo empuja con el taco de su zapato afuera del barco.

– Otro?
-nos pregunta- Alguien más que no esté de acuerdo con el respeto a practicársele a los muertos? Debo desaprobar a alguien más?
Algunos mueven negativamente la cabeza.
– De verdad que no?
Esta vez todos mueven negativamente la cabeza menos yo.
El capitán me llama.
– Ven aquí y contesta: Si o no? Debo matar a alguien más?
– me resulta indistinto.
– ¿Y tu criterio y tu poder de consideración?
– no sabría responder, mi capitán.
– Excelente! Elaborar un auténtico cuestionamiento te llevaría la vida y a ninguna parte. Que gire el mundo con tu ilógica simpleza, vigía! O acaso el Universo se afecta por lo que puedas decir? O acaso no acabará, de todos modos, acomodándonos a cada uno en nuestro sitio cuando llegue el lugar?
– no lo sé, mi capitán.
– Cómo está tu conciencia?
– alerta y dispuesta
– ¿Y tu fidelidad?
– intacta, mi señor.
– Larga vida a las voluntades que no generan tormentas ni desparraman su cólera! Qué siga el funeral!

En cubierta XIV

enero 29, 2010

En caliente. La vieja siempre actúa en caliente.

El último de los de abajo huyó hace dos noches. Yo vi cuando trepaba a la balsa. Se empujó del barco con fuerza y, aunque no puedo precisar si fue la balsa o si fuimos nosotros los que nos fuimos yendo, lo cierto es que cada metro de separación nos llevó horas.
No di la voz de alarma así como tampoco lo ayudé a cortar la última soga. Considero que actué de manera práctica y justa. Mi función es esa: Considerar. Considerar los peligros y permanecer en mi puesto mientras mi capitán descansa.

Hoy, al bajar a las bodegas, encontraron a siete de los nuestros dispuestos en siete cadáveres todos ellos en diferentes estados de descomposición. Los están llevando de a uno al lugar en el que serán preparados por las mujeres para un funeral colectivo.

La curandera se ha negado a participar de los honores pues dice que ya es tarde para ellos.

– Me es imposible trabajar sobre una piel vieja y estos muertos ya están viejos. Que se los coman los Pausewangs! Déjenme a mí continuar con mi caldo!

Me anima ver cómo a la vieja se le refuerzan día a día el hambre y los deseos de vivir.

Al oírla volví a recordar a Bassard aquella vez en la vereda del cementerio fumando y disertando. Adentro había quedado el sol resecando lo seco y agotando lo acabado, todo para que el viento primero y después el agua y ahora otra vez… Tantas señales, tantos signos! Pero entonces quién sabía, quién podía saber que eso era un rompecabezas y que armarlo significaba algo tan imposible como subir todas las hojas caídas cada una a su legítima rama? Eran épocas en las que evitábamos desprendernos de las cosas. Sería por eso que a nada le mirábamos las fallas.

– No miran quienes miran las pieles como a espejos y al caminar propio como una zambullida que les es ajena e inevitable.
– Y todo para no renguear?
– Claro, mi niña, también para no renguear…

Restaurar el hueco del casco resultó más sencillo de lo que nuestro capitán había calculado. Nos hemos vuelto prácticos. La respuesta a las disonancias es automática pues hemos entendido que, ante el asombro, hay que sostener la serenidad y, sobre todo, un orden.
El juego, en realidad, siempre fue muy fácil: No dejar que lo que sabemos o creemos entorpezca a la realidad.
Entonces: unos reparan, otros esperan la llegada del barro para ajustarse del todo las sogas al cuello y morir dignamente, la curandera sigue en su caldo y las mujeres alistando a los muertos mientras yo escribo estas crónicas imposibles sin más asuntos, sin nada más pendiente que lo inmodificable.

Se ha despertado el capitán.

Abajo el gato gris se lame la sal sin siquiera mirarnos

En cubierta XIII

septiembre 16, 2009

El poco rigor de mis palabras necesita de un entorno de poca literalidad y gran decodificación, no de redención educativa.

Es nauseabundo. La calma del mar y del viento concentra en cubierta todo el olor de nuestros muertos. En el barco la gente ya quisiera que fuese otro día, pero las barreras no pasan.
Nuestro capitán ha desbastado sus manos y del antebrazo sólo le queda la mitad. No dejará de luchar contra clavos y cadenas aún cuando el dolor le llegue al cuello.

A los de abajo se los oye trabajar sin descanso.
(anoche perforaron el casco medio metro por encima del agua y traspasaron por el hueco una balsa llena de niños, balsa que ahora flota conectada a nosotros por tres sogas blancas, seguramente construidas con las mismas gasas con las que vistieron a los niños)

Siento como si nos estuviéramos desmembrando de a poco y de adentro para afuera.

– Allá va nuestra médula.

En media hora habrán vaciado de las bodegas a todos sus hijos y, para cuando esto ocurra, en cubierta habrán terminado de rezar de cara al frasco de plástico con forma de virgen que el capitán instaló adelante del timón.
Una virgen plástica y desteñida.
(el capitán dice que está llena de agua bendita, pero ¿para qué más agua?)
Una virgen descreída de sí misma.
(con sólo quitarle el tapón yo podría dejar a esa virgen vacía de contenido (y de corona))

A veces, desde mi puesto, no me pongo a pensar en qué cosas me molestan. Las minorías tenemos eso. Cualquiera podría llamarse afortunado por ejercer mi labor de vigilar.
A ellos yo les diría que mirar alrededor no es más que buscar una voz por afuera del lenguaje (aún sabiendo que la castración dispuesta por nuestra lengua natal ya habrá de tomar cartas. Tarde o temprano). Un intento. Un intento de expulsión, expulsión de lo que se evita oír.
(como si a los sonidos los pudiese convertir uno en una abstracción cualquiera)
Mi puesto es un privilegio. En cubierta es imposible distanciarse de ciertos ruidos. O gritos.

En la cocina, un poco de la fiebre de Bassard ayuda a descubrir algunas cosas, como que hay gente que somete toda su vida a las grandes -o pequeñas- causas que cree ciertas.
Las enfermeras encerradas en la cocina (la vieja ha reclutado a las mujeres y las ha entrenado en el arte de la sanación) comparten los gritos de Bassard y también su silencio.
(a ellas no se les abrirán nunca las puertas de la literatura)

El dolor es enorme.

Bassard y su ocaso razonado, su empobrecimiento, su oscurecido esternón, se arrancan el suero y se escapan de la cocina como de la recámara de un útero.

– Salimos de un error para adentrarnos en otro.

Todo dura apenas unos segundos -salud, enfermedad y muerte- pero en el barco ya hay entendimientos que me resultan fáciles. Bassard así lo ha dispuesto y habrá que respetarlo.
Se ve todo tan claro desde acá arriba…

(no quisiera yo contar cómo fue su muerte. Tampoco decir o sugerir que mi amigo haya muerto, pues sin él estas crónicas no hablarían de nadie…)

La vieja larga una carcajada que nadie entiende ni yo. Es la desconexión de la despedida, supongo, ese momento en el que ya nadie comprende a nadie y lo único que importa es que el círculo no se corte.

(allá reciben a nuestros muertos como nosotros a sus críos)
El círculo cómo única medida posible de infinito.
(incesante intercambio)

En cubierta XI

noviembre 11, 2008

Todavía mordemos los cabos para que no se nos escapen las derivas.
Todavía barremos las noches de la niebla y a los finales que se marchitan lejos y apurados.
Breves todos. Como jazmines.

No tengo el más mínimo recuerdo de haber aceptado participar de esto.
Los de abajo se han encerrado y el capitán ha ordenado que abramos las puertas. Por debajo de nosotros se los oye trabajar como siempre, sin embargo, los ruidos no son los mismos que oíamos antes. Los han alterado, ya no se oyen huecos sino húmedos y hay una arritmia en el orden de los gritos, siempre seguidos de un golpe que nos deja vibrando como varillas o diapasones que no saben de pulso.

A la muerte de Krane la sobrevino la venganza de los de abajo. Algo envenenó la calma. Quizás el subestimar esta realidad plagada de conceptos y licuada de pruebas.

La guerra y el genocidio son ciertamente un tema deprimente sobre el cual escribir por lo que obviaré detalles. Todo es tan irrelevante como irreversible. Sólo diré que durante estos nueve días una cosa que hicimos mucho en cubierta fue arrojar a sus muertos por la borda. Los de abajo, en cambio, dejaron las portillas abiertas, no para que se ventilara tanto olor a muerte que emanaba de esa suerte de catacumba submarina, sino para que nosotros supiéramos que abajo estaban los nuestros, también pudriéndose.
Los demás son todos detalles forenses.

Lo cierto es que ahora hay que abrir las puertas pero nadie quiere acercarse por temor a ser muerto.
(o como un intento por continuar por sobre la inexorable derrota)
Es que sin este miedo estaríamos privados de redención.

– Miedo es rezar todas las mañanas para que sea feliz. Aunque ya no me ame. Eso es el miedo.

Palabras del capitán, que lucha ahora en solitario contra las cadenas, contra los tablones que obstruyen las entradas del infierno.
Le sangran las manos. Le sangran los huesos de ese esqueleto que vivió envuelto en carnes y carnes y en más carnes, sin partirse, porque no es la herida lo que lo mueve, sino su cicatriz, estar frente a la puerta con la gemida sospecha que quizás detrás ya no haya nada.

Durante los últimos días he estado intentando adivinar sus intenciones a través de la lectura de sus gestos, de sus ojos inestables, inmóviles, porque sé que desde ciertos ángulos, algunas cosas parecen menos peligrosas de lo que realmente son, pero decir que el capitán se ha vuelto loco sería insultarlo. Él estuvo toda su vida más allá de la cordura o de la demencia.
Cómo se atreven los demás a bajar la mirada para ocultarle que no van a seguirlo?

Bassard mira y fuma, y mientras tanto amanece, llueve, anochece y vuelve a amanecer. La niebla nos roba consistencia (siempre) unos minutos antes de la lluvia.

– Nadie logrará quitar esos clavos. Entre ellos y la madera hay un momento eterno. Atrapado.

Siento cierta antipatía ante esos días que no tienen ni la menor idea de para qué vinieron.
También por el cielo, cuando llueve o graniza cómo única forma de caérsenos encima.

En cubierta X

octubre 28, 2008

El cadáver morado de Krane fue encontrado a la mañana siguiente. Sus ojos entrecerrados, llenos de pelo y moco, producían una distorsión grave al sentido de la estética.

Primero fue el ruido de los golpes estratégicamente combinados con el de sus huesos quebrándose, luego la rápida y panorámica caída hacia las redes, después la nausea, el miedo, el pensamiento organizado y entonces sí, ahí sí, el cuerpo de Arseni Krane supo lo que era el dolor.

(probablemente haya sido la pesadilla de sabores que se mezcló en su boca lo que lo alertó sobre el padecimiento al que estaba siendo sometida su carne, lo cierto es que Arseni Krane nunca supo qué o quién lo estaba matando)

El capitán ordenó un funeral inmediato y que se les comunicara la pérdida a todos los de abajo.

Se presentaron algunos, todos jóvenes transparentes, y su mujer, una adolescente de no más de 15 años que de tan blanca, celeste, la cual subió a cubierta con sus hijos, todos ellos envueltos como ella en infinitas telas de gasa, también blancas.
(al verla pensé que la providencia lúbrica de todas las selvas del mundo se había concentrado exclusivamente en ella)

Los restos de Krane se fueron hundiendo en el mar como una elegante y rectangular miga seca de pan dulce.
No hubo palabras de despedida ni llanto.
(a veces necesitaríamos al menos una mosca que nos zumbe alrededor del silencio de las brasas de esta tribu que se extingue)

Los de abajo se fueron enseguida para tranquilidad de todos los acostumbrados a ser siempre mayoría. Estos que anuncian su amor con alegorías. Los que nunca entenderán que hay gente que no necesita disimular con ropa colorida que todo no es más que una mortaja provisoria.

“Los individuos que se temen se recluyen (a leer, a estudiar o a comer en exceso) con la esperanza de que pase pronto.”

A la hora de almorzar, cuando en el suelo se comenzó a dibujar esa sombra fresca como de árbol, sólo quedábamos en cubierta Bassard, el capitán y yo, que me disponía a subir a mi puesto.
(un capitán sin mujer, un hombre que nunca se ganó un regazo sobre el cual reposar su cabeza y una vigía atormentada por el deber de callar lo mejor de lo observado)

Según lo establecido, el infierno y la desolación que anclan cada mañana sobre nosotros se van dispersando conforme se acerca la noche. Solamente nos es concedido cierto descanso durante el rato en el que el sol nos olvida o se detiene la tortura de la sal.
O cuando brota esa sombra de árbol sin árbol o esas otras maravillas que nos invaden a diario.

Lo cual es de agradecer (ciertas veces, digo) a quien sea que esté a cargo.

En cubierta IX

octubre 22, 2008

Interlocutora de las no bodas vienen a mí las palabras, significaciones listas para envejecer hasta hacerse ininteligibles y que nadie, ni ellas mismas, se piensen.

Asisto al delirio colectivo mientras el barco continúa con sus movimientos negligentes. El caos mismo del Universo representado en su marchar diabólico, desordenado como el deambular de los infantes, para quienes todavía resulta lo mismo pisar los bordes que los interiores de las baldosas.
Persisto en el delirio. Toda esta mentira es, para quien quiera creerla, nada más que un cuento de jugos nucleares, una piñata repleta de papelitos que dicen el día, la hora y el modo en el que algo ocurrirá, cualquier cosa.

Anoche el capitán se sentó por primera vez con nosotros. Al verlo, Bassard se puso de pie, plegó su reposera y desapareció rumbo a los camarotes. Yo acerqué mi silla:

– Capitán, no hay modo de glosar esta irrealidad.
– ¿Deberíamos entonces, según usted, no hablar ya más de nada?

Uno de los de abajo, el más joven, aprovechó el nivel del capitán para hablarle de las necesidades de su grupo. Se presentó como Arseni Krane y le solicitó un caballo. ¿Para qué necesitarían un caballo? Al cabo de unos días, él también se aburriría, pensé. Sin embargo el capitán lo escuchó con atención sin que su cara sufriera el mínimo cambio. Krane entonces, continuó. Se quejó de las carencias en las bodegas y le sugirió al capitán que saqueara (en realidad, utilizó el verbo incautar) animales y alimentos de las balsas que se fueran acercando. A todos nos pareció otra estupidez de los de abajo, aunque esta vez, ver tanta osadía, tanta audacia junta en uno de ellos, me resultó sospechoso.

Es que en el momento en el que algo -alguien- ejecuta una acción que no comprendemos, aparece indefectiblemente la desconfianza. Como cuando todo esto comenzó, que sospechábamos de cada una de las falsas señales: de las sombras, de las manchas en los animales, de los incendios, de todas aquellas cosas que sin explicación comenzaban a cambiar su forma de expresión.

Al principio intentamos reparar los daños. Buscábamos métodos, embalses, modos de control. Denunciamos a la suerte en las iglesias, en los templos y en cuanto foro nos dio cabida.
Pasaron varios días. Meses. Llegado el tercer año nos comenzamos a armar (para luego creer con firmeza) cada uno su propia teoría sobre la devastación. Era necesario edificar desde un nuevo cimiento nuevas certezas que validaran esta nueva realidad.

Así, entonces, el capitán edificó sobre el cálculo de que Ella nunca lo quiso a pesar de sus ahogos y de sus intentos por mantener el nivel de romanticismo a una altura media, cómoda y respetable; Bassard, sobre la convicción de que no importa cuánto él haga, es Dios quien no lo quiere particularmente a él y la de que a la vena poética es mejor dejarla de lado para los pobres penitentes y penar únicamente bajo el conjuro de la prosa o del monólogo romántico como para pasar mejor este tiempo, que es mucho.

Yo recalco (y no me falta el aliento para repetirlo) que tuvimos suerte. Y sobre esa teoría construyo.

Nada es demasiado complicado. Alguien quiere contar una historia deliciosa a partir de personas encerradas en un barco y ordena sin sentido concreto lo inadmisible.
Y qué más quisiera ese alguien que anduviera todo de maravilla, de verdad, aunque no importa, quiero decir, todo este drama, el suyo, el nuestro.
Lejos de preferencias o gustos, no cabe duda que ya la experiencia nos habrá inmunizado a todos contra toda la maravilla que pudiere andar, independientemente, ya lo dije, de deseos inocultables por sinceros y gordos.
Escribo esta crónica por aquello que alguna vez prometí de escribir todo lo que ese alguien me pidiera.
Creo sin pruebas. No hace falta más nada.

En cubierta VIII

octubre 7, 2008

Siempre hay alguien que me quita lo bailado.

Bassard me habla mirando al mar. Con gestualidad nula se ofrece a buscar por mí a alguien en quien yo pueda ser todo lo ávida que quiera.
La mímica del sufrimiento sumada a una sintaxis borrosa, y la muerte alojada en la pausa (en la armadura parsimonia de la cosa literaria), contra el pensamiento diáfano.
(con esto él intenta un declive, sembrar una ausencia razonable en esa esquina de mi pensamiento, la esquina perdida por donde siempre me queda la narración incierta, confusa y extrema)

– Hace falta ocupar el distrito ese que existe entre los dedos, Bassard?
– Todo se desvanece en una sed mal saciada, mi niña.

(Ay! con la acusadora seguridad de los otros!)

En cubierta, lo más parecido a un pájaro es uno de los viejos del grupo de los viejos, el que tiene muchos ojos; el que para tomar sus píldoras levanta la cabeza al igual que las gallinas.
Es el más enfermo, pero goza. Goza con sus problemas de orificios, de salivas y de nalgas picoteadas. Se mira el dedo gordo del pie y goza. Gime. Bellísimos y punzantes fragmentos:

– “Señora, su esposo se está ajustando la cuerda demasiado fuerte alrededor del cuello; que tenga cuidado que se puede matar”.

Sin embargo esta señora está dispuesta a seguir ignorándolos. Devotamente. A él por viejo y por enfermo, y a su esposo… con su esposo la comunicación es inoperante. Desesperante. Insoportable. La comunicación entre ellos fue concebida únicamente para guardarse secretos.
El viejo quizás muera cuando el gozo lo harte o el cuerpo se digne, pero el hombre de las sogas no morirá; juró no morir hasta que el capitán le consiga un ataúd y algo de tierra. Cree que el carácter de la intención producirá ese fenomenal resultado para sus funerales.

Hemos leído y estudiado todo pero para nadie parece ya haber consuelo en el conocimiento de lo inmediato, y la densidad inmaternal de los datos comienza a plastificar también el discurso de Bassard:

“La certeza es la sonrisa de los locos inconexos. La prosa piloto les ha ido aislando a algunos el encéfalo”

El barco hace espigar la locura y con ella llegan las ferocidades a besarlo a los mordiscos. No hay nada malévolo en ellas, por el contrario, se encargan de devorar las ramificaciones oscuras que le crecen de entre las maderas al barco por las noches.
Lo verdaderamente tenebroso sigue siendo el ruido.

(esta noche será noche de plegaria, ninguna criatura se comerá lo poco del polidogma que me queda)

Mañana el gato gris se enredará en los pies del capitán mientras él trapee desnudo los desmanes de la noche. Todo es más de lo mismo, no parece que nada fuera a mejorar ni a empeorar.
No tenemos esa suerte.

En cubierta VII

octubre 2, 2008

“Sabés? a veces hace mucho pero mucho mucho mucho mucho calor, y parece que julio es enero, y no hay más nieve. Y enormes olas están barriendo las ciudades y hay huracanes en todas partes.
Y todo el mundo sabe que eso es un problema.
Pero si algunos expertos dicen que no es un problema, y otros expertos afirman que no es un problema (o explican por qué no es un problema), entonces, simplemente, no es un problema.”
Laurie Anderson

La sal nos endurece y los días no perdonan. El barco apesta menos cuando se aleja de las nubes.
Y vienen a mi mente los tiempos firmes, tiempos en los que salir de lo seguro nos llenaba de un deseo que aún no estaba claro.
(sólo la reconocible pulsión de querer ser parte de la Zona)

El barco nos mira, él tampoco nos recuerda. Traza círculos vacíos comandado por un capitán que siente que aborda con firmeza a quien pródigamente lo acecha.
(parecería que todos nos dormimos para que mañana empiece otra mañana idéntica en la que caminaremos de nuevo por sobre la saliva ya seca con la que estamos hablando)

Dicen las mujeres que en la cocina hay una puta que agoniza.
La cocina es fría pero la curandera no ha pasado una sola noche en otro lugar del barco que no sea esta cocina especialmente diseñada para cercenar a las almas de los cuerpos que ya han renunciado a la idea de ser épicos.
La curandera supervisa la agonía. La desviste, la calma. Le cuenta a la puta sus fracasos.
(qué probará conmigo cuando me llegue la hora?)
La bohemia de las cocinas, dirá Bassard.
La entretiene con desengaños porque no sabría contar historias que no ha vivido:

– Yo no sé nadar. Yo solamente planeo.

Mujer que vuela sobre un hombre que nada, pensará, si es que le cabe, la moribunda, que lleva su piedra ácida a todas partes. Para que la registren. Porque sabe que formará parte de la trama hasta que la olviden y se vuelva de mimbre y ya no se reconozca sino en su duplicado flexible.
Un exceso de algo desconocido. Serán las primeras muelas, los molares de algún dolor amable y deseado. No sé qué cosa estará matando a la puta.
(y cuando no se sabe, lo mejor es dejar todo en manos del vino)

– Es que así no se puede nadar, así de endurecida, digo.– continúa la vieja.

A veces la vida le ofrece demasiados predicados a un único sujeto.
(algunos para ser deseados, otros para ser vistos en el vivir de los otros)

Nadie se viste de nuevo para amar pero tampoco se llega a un destino diferente por la ruta de siempre.
Es la dialéctica del sujeto sujeto al lenguaje.
(¡pero si el lenguaje solo nos sirve para avisarle al entorno que ya estamos muertos!)
La hinchazón de los secantes, explicará Bassard mientras arrojemos el cadáver por la borda.

En cubierta VI

septiembre 19, 2008

Hay un hombre que miente en el interior de cada cosa. Se podría decir que fascinado por las aguas más oscuras de su espejismo externo o por una misión.
Fue suficiente. No puedo yo revelarles tanto.

Mientras hervía el caldo, recordé aquel encuentro con Bassard a la salida del cementerio. Ya se habían ido todos pero él seguía en la vereda. Espontáneamente se había puesto a hablar, desde su borrachera y hacia quien quisiera oír, sobre las bondades de la difunta.
Recordé también cómo por el paredón comenzaron a bajar los gusanos, todavía ellos con sus bocas repletas de la piel de la mujer, muerta y húmeda, y la extrañeza de notar que ya nadie se sorprendía por los hechos formidables que habían comenzado a suceder desde hacía un tiempo, quizás como una defensa última y extraordinaria que nos preservara de la locura. Una batalla contra la imaginación y la realidad, que ya no parecían competir entre ellas sino en contra de todos nosotros.

Como si fueran cachorros perfumados, los miró Bassard sin incomodarse al tiempo que yo evaluaba el modo mejor para cortarles la cabeza: uno por uno me los debería colocar entre los dientes hasta encontrarles el cuello con la lengua. Ahí iría el corte. Exacto en el cuello.

Los gusanos se acercaron a nosotros esquivando y siendo esquivados por chicos de las manos de sus madres las que, al ver la escena, los arrastraban lejos porque: ¿qué madre quiere que la suela de su hijo se hunda entre gusanos?

Bassard continuaba su ponencia. Habrían amarronado aún más sus pulmones cinco o seis cigarrillos cuando noté que los gusanos retrocedían hacia el paredón, seguramente satisfechos por la charla en la que él la nombraba y nuevamente hambrientos de su carne, todavía fresca.

Eso, imaginarlos penetrar nuevamente su féretro, fue lo que quizás apuró mi despedida y lo que luego provocó mi vómito contra el paredón, vómito que enseguida fue devorado por los enviados del “Señor de las Moscas”, como llamábamos a quien quisiera ser el responsable de estos sucesos que nos estaban invadiendo los oficios.

Con Bassard siempre nos habíamos preguntado las razones para tanta pared alrededor de los cementerios. Nadie quería entrar y hasta los gusanos se escapaban.
Habría que enterrar también a los cementerios, pensé en aquel momento en el que aún sentía que podía haber una alternativa mejor para todas las cosas. Pero si eso sucedía, si tapábamos con más tierra a los cementerios, se elevarían montañas inmensas en cada ciudad convirtiendo al paisaje mundial en un mayor camposanto.

Hoy, frente a este caldo, me pregunto adónde estarán las montañas ahora que los mapas ya no sirven para nada.

En cubierta V

septiembre 11, 2008

El verdadero su-puesto poder está en poder vencer y no vencer, en poder huir y no hacerlo. Él y yo lo sabemos. El capitán, que yo sé marchar con paso que simula sometimiento, y yo, que él no posee el pulso correcto para el buen combate, sino la particularidad de prestar sus oídos, su sexo, su boca. De prestarse a todos sin transigir con absoluta-mente ninguno.

Como un adicto, bajaría para avisarle al capitán que se acerca una balsa. Hace un rato que la tengo a la vista y que trato de imaginar qué cara pondrían si oyeran mi narración, mi micro mensaje que diría:

– Balsalavista!

El mío es un trabajo parecido al de las parteras: la noticia, o es buena, o es mala.
No hay intermedios.

a- La aparición de la balsa se vivirá con entusiasmo. En la balsa hay animales, árboles frutales, vino, música, equilibrio.
b- La aparición de la balsa se vivirá con recelo. Son humanos pero el capitán verá parásitos que hablarán (que gritarán!) en todos los idiomas que ayudemos a sus críos.
El capitán elegirá la b y nos ordenará no entrar en contacto con la balsa.

(para nuestro capitán, amor y dolor no se reparten sino que se multiplican con la compañía)

Esa será la orden, lo sé, y así estará muy bien porque, en definitiva, nada de lo que expone la balsa nos fuerza a ser buenos.
(o acaso no estamos acá, en este barco, a fuerza de ser buenos?)

La balsa es un problema innecesario.

Bassard dirá:
– Sabemos Capitán! Conocemos sobre astronomía, sobre astrología, sobre gramática, matemática y dialéctica, Capitán. Repiense! Deje subir a esos niños. Nosotros podemos instruirlos!
Mi capitán responderá:
– Oh, Bassard! Cómo te atreves? Tantas disciplinas no han podido disciplinarte!
Y el disparo a Bassard, aunque no lo matará, nos convencerá a todos.

La balsa es un problema evitable.

Y mientras bajo a cubierta sin decidir si pensar en que salvé a Bassard o en cómo se crea la distancia entre nosotros y esa balsa, llega una nueva orden del capitán y mis labores cambian.
Debo ahora limpiar todos los frutos que le quitamos a este gigantesco árbol de agua. Sentarme a quitar espinas, a quitar escamas, a quitar escorias.
(si fuera una granja sería como desplumar, descuartizar, desmenuzar)
Pero no es una granja, es un barco, y hay espinas y escamas y escoria y esa será, sólo por hoy, mi nueva tarea. Un descanso merecido.
Mañana volveré a mi verdadero puesto a rescatar al gato.

(pienso que no tan menuda es la tarea de las menudencias a la hora del caldo, mi querida verdurita)

En cubierta IV

septiembre 11, 2008

“Ellos nos miran creyendo que lo saben y sabiendo que no creen, y nosotros, nada, porque dar explicaciones es de fatuos, de perros sin dueño, de pulgas de arrabal, de muros en blanco, de bacalao en góndola”.
S. Bassard

Anoche vi al capitán haciendo un avioncito de papel. No alcancé a dar vuelta la cara lo suficientemente rápido y, por lógica, la curiosidad tuvo después la justa necesidad de sentirse consolada.

Fue como aquella vez que lo sorprendí trapeando la cubierta. No puedo quitarme esa imagen de la cabeza. Terriblemente desnudo escurría el trapo de piso por la borda. ¡Con una delicadeza tan automática! La misma con la que anoche lo vi hacer los dobleces.
Una delicadeza sin conciencia ni ilusiones y la lentitud con la que sólo se le cierran los ojos a los muertos.

“La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño.”

Cuando me siento mi rato a descansar y a transcribir los hechos, me cuesta asegurar que todo esto sea cierto. Los últimos años, digo. El golpe seco durante esta pausa es agotador. Como aquella otra vez cuando enmudeció en el último boulevard seco que quedaba y yo comprendí que, a determinada confidencialidad, yo jamás sería invitada.
Después de eso ya no pudo (o no quiso o no supo) explicarme más nada.

“Seco” es otra de las palabras que ya casi no usamos en el barco.

El gato gris llora.
Esta noche no lo voy a bajar a cubierta, lo voy a dejar acá arriba, en este micromundo arrinconado en lo más profundo de la superficie.

(porque acá arriba todos podemos llorar, porque acá arriba nadie tiene la culpa de nada)

En cubierta III

agosto 28, 2008

Mi puesto de vigía me confiere una dudosa intimidad. Compruebo que existo. Me siento redimir aquí arriba.
Ocultarse es sinónimo de que afuera es una guerra.

Desde esta cumbre, el barco se ve como un gran zapato de madera. Los ochenta metros de perímetro que nos enmarcan parecen patinar sosteniendo la tibia virulenta de un cuerpo amputado.
A esta altura ya nos hemos hecho las preguntas más urgentes (a nosotros mismos y luego entre nosotros y después al espejo y también a las paredes y al resto de las cosas) pero nadie ha llegado a ningún lado ni ha obtenido respuestas.

(el capitán nos consuela diciendo que es mejor conservar ciertas incógnitas como una reserva de energía o una pócima secreta para cuando sea necesario)

En el barco hay unas cosas que gritan y cada tanto debemos sumergirles las cabezas en el agua para que se callen. Entonces el mar se oye como respiraciones.
Las manos nos quedan temblando después de eso.

(el gato gris quiere volver a cubierta pero no sabe cómo bajar sin mi ayuda)

Anoche sufrimos la llegada del verano más caliente de la historia. Estábamos todos jugando al juego de los siete errores, enroscados a las bufandas, cuando llegó. Creo que fue una gran suerte que semejante verano haya durado sólo una noche y la mitad de la mañana de hoy. Con algo más de sol habríamos muerto. El secreto de este juego está en pasar los ojos por los detalles. Nos envolvimos en telas mojadas para soportarlo. Una especie de Braille pero por los puntos menos sobresalientes. Eso nos refrescó un poco. Por la topografía latente que deja la melancolía de lo general. Por el agua mezclada con el viento. El juego de encontrar los errores como si las diferencias… como si fuera mejor encontrarlos que aguantar la disonancia.

(hoy no tengo intenciones de ayudar al gato)

Todavía quedan en el barco algunas cosas a las que no les hemos puesto nombre. Eso nos inquieta aunque no sean tantas esas cosas, ni llamarlas tan urgente. Nos preocupa más cuidarnos de que no vuelvan los días anteriores. Son los peores. Porque son los días en los que hay que decidir algo, y decidir es siempre una separación.
Solamente nos separa una decisión.

– ¡Tiremos los relojes por la borda!

Pero ya no hace falta. Hace tiempo que en el barco no hay relojes.
Todo el tiempo es tarde.

En cubierta II

agosto 23, 2008

“Vivirás mejor, Licinio, si no te adentras”
Horacio

El cadáver del último infectado flota de espaldas.
(no es una visión disonante con el resto de lo que ya hemos visto).
Vemos cómo el cadáver se aleja desde la perspectiva enferma de los que creen que todo sucede por afuera de uno.
El cadáver se aleja y a bordo nacen los rumores y todos volvemos a nuestros quehaceres como argumento de emergencia para cambiar de paisaje.

-Vivir es querer ser otro.

En este barco no hay cuadros ni imágenes ni fotos.
Algunos vivimos a la espera de que otros más también se pierdan y lleguen.

(nuevas caras para que no todo sea una eterna despedida)

Otros, acaso los indolentes, se contentan con los fantasmas que ven pasar por entre el humo de los cigarrillos.

-Vivir es creer ser otro.

El capitán ha ordenado una gran fiesta para esta tarde.
Deberemos vestir a los maniquíes y no decir nada sobre la falta de música.

(a él no se lo contradice ni se le da consejo si no lo solicita)

Nuestro capitán es un príncipe, un emperador, un hombre reservado que ante un cadáver resume que no hubo curación y regresa al timón para retomar la marcha y olvidar.

¡Y ahora se adelanta, bravo, apretando al mar contra la orilla esférica y abriendo tajos en el agua para que despierte y nos alimente!

(nuestro capitán obliga al enemigo a alimentarnos y el agua pliega su soberbia y entrega su sal sobre el alcohol y los manteles).

-¿Adónde se habrá escondido el perro que nos lamía la cara?

Luego de la fiesta, y como cada noche, comenzarán las historias de peatones. El capitán lo ha dispuesto así para los insomnes. Una tras otra se sucederán las historias y los narradores de asfalto y los insomnes sonreiremos mientras pasa la noche y los libros se siguen muriendo sobre la mesa.

(por la mañana volveré a mi posición y me llevaré conmigo a mis dos gatos)

Seguimos navegando y es primavera y el orgullo despliega su escándalo y libremente exhibe su calavera.
La guerra tiene eso: o matás o te matan.

(y si hemos de matar, que sea con determinación y presteza)

“La ruina de muchos comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron ninguna importancia en su momento.”
Thomas de Quincey

En cubierta

agosto 18, 2008

Decir por no hacer y hacer por no decir. Eso, y nada más que eso, es lo que forma las cavernas.

Viajo en compañía de un barco que hace zanja rumbo a Sudamérica. Vamos a la velocidad de los ciegos (se hace lo que se puede durante las curvas). El agua quieta nos retiene en nuestro afán tácito y lento.
Todos quisimos no irnos de casa, pero a las casas no iba a llegar la inspiración que nos fecundara a cada uno su marcha.

– Colgada como un vestido en una de sus perchas, sólo aparezco cuando busca sus camisas. No debo moverme.

El barco hace escalofriantes pausas. Algunos dicen que para meditar, otros que para tantear con sus manos el fondo, sus dedos a cerrar los ojos de los mapas muertos, desnudos entre algas.

– Desde la silla, colgada, soy su esclava, su señora, su bufón y su tumba. Me ofrece vino cuando tiene sed y me pregunta mi precio hojeando la carta y su cartera.

Y cuando las manos vuelven a la embarcación, retorna el viento y seguimos navegando. Pero barco y capitán han cambiado el sentido de todo y debemos aprender los nuevos nombres de las cosas. Salimos de un error para introducirnos en otro.

– Su muñeca en la pared. Mis ojos abiertos día y noche.
Sin descanso.

Nadie nos convoca. Nadie nos nombra fuera de este barco. Rodeando las salidas el silencio no amenaza: cumple.
Hay bicicletas para todos pero yo me pregunto cuánto se puede pedalear en cubierta sin enloquecer por completo.

– Soy un retrato colgado en su cuarto. Oigo que por detrás de mí alguien me llama. Es la misma voz de siempre. Si pudiera darme vuelta sabría que no hay nadie.

Tal vez sea su condición de posible lo que acabe por evitarnos las sales de un mar de placeres y degradación. Tal vez aquel haya sido el momento del insecto y en un rato ya no nos interese más que volver a la clausura de la máscara. Hemos de volver antes de perder de vista las orillas o podríamos dejar de ser lo que somos.

Cuando lleguemos a la costa, me descalzaré durante una sección del silencio y vomitaremos el mareo a orillas del lago en el que efectuamos las prácticas.
No hay nada que hacer ¿de qué me asombro?
Siempre fuimos intrépidos balseros de cuadripléjicas lagunas.