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En cubierta XVIII

octubre 18, 2010

¿Adónde quedó aquel entorno salvaje y libre en éste, nuestro viaje en el que nadie conduce?

En la pugna entre la intransigencia y la reducción, entre creer y someternos, o resistir y subtitular cada una de las cosas que nos siguen sucediendo en el barco, se concentra la mayor incertidumbre.
Ya hemos aprendido que la memoria no nos sirve de mucho en cubierta. La realidad improvisa con nuestra rutina y cambia a diario sus secretos de manera que lo que ayer nos resistía, hoy forma filas de nuestro lado en el combate y viceversa.

El agua ha venido bajando a un promedio de casi dos anclas diarias y aquel peñón al que todos quisimos sentir con los pies, y sobre el cual ese mareo que produce lo inmóvil nos resultó agradable, hoy nos muestra su cuello de piedra y, mientras se recupera, se eleva y se vuelve tan inalcanzable como antes, cuando sumergido, o como mucho antes aún: antes del agua.

La breve visita a lo firme apenas alcanzó para extraer de entre las piedras algo de barro que, puesto a secar, nos dará tierra suficiente como para que el viejo pueda morirse de una vez. Será sepultado en un cajón lleno de tierra. Como un vampiro. No habrá vendas ni buitres ni crisantemos. Sólo serán necesarios algunos clavos para que no puedan escapar los gusanos que saldrán de su boca. Será extraña y breve, pero concurrida, su tumba.

Esta tarde mientras recogíamos el primer tramo de la segunda cadena le he preguntado al capitán si no cree que adquirir cada día como algo lógico lo que cada día sucede, los cambios, es decir, si esta adaptación sobreexagerada que hemos desarrollado no hace que lo que cada día sucede no se resigne y suba la apuesta con otro guantazo como en un duelo de nunca acabar pues – y de esto sí que estoy segura y por eso el énfasis sobre un tono al que antes jamás me hubiera atrevido- ya no hay, ya no quedan en esta batalla rastros de aquella indiferencia amoral a la que la naturaleza nos tenía acostumbrados el tiempo anterior al agua:

– ¿Antes del agua? ¿El tiempo en el cual nadie nos miraba? Ahora por fin hay algo que nos mira. ¡Que nos mira y actúa! Y nosotros debemos responder en consecuencia. Esta es una oportunidad única ahora que nada está quieto, ahora que nadie está del todo en este lugar. ¿Cómo no fortalecernos y llenarnos de esperanza? ¿Qué podríamos perder que no hayamos perdido todavía?

El capitán aún no entiende que se acerca el final del cuento. El más triste final que pueda existirle a un cuento.

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