Archive for the ‘Pre Textos’ Category

un poco aparte de lo cotidiano

julio 15, 2008

Existe algo que sombra, que produce un volumen que emite una distancia, pero es tenue. Tan solo un instante.

Dejé de temerle a la Máquina de Orán por si acaso la ferocidad naciera de la aprensión misma y para mi propia destrucción y desgaste imaginario. Por si acaso de ese miedo hacia la forma tan bestial con el que su ritmo enguantado nos arrancaba las costillas como pétalos.
Ya lo sé, eran miedos exagerados (fundamentalmente porque ya en aquel tiempo yo había entendido que La Máquina era para nosotros un artefacto muy útil).
Ella se dedicaba a devorar todo aquello que le parecía perfecto, dejando a la vista, y como única existencia, humanos incompletos, decrepitudes, síntomas y búsquedas insaciables.
En ella encontraba yo la dulzura natural de todos los algo que no son nada pero a la vez tan necesarios como lo es la palabra exacta adentro del verso inevitable.
En La Máquina.

– Tres y diez y usted acá, mirando. La laguna se seca, el chalet se seca, las plantaciones, y usted acá mirando.

La Máquina.
Ella se nutría de plexos que no se resfriaban, que respiraban hondo sin asmas ni miedo. De pechos descapotados, de pechos pecera, despechos pájaro. Los cortaba al bies hasta que dejaban de reír, hasta que nimios, hasta que accesorios, hasta que el cuello o hasta que alguien, más aterrado que yo misma, la apagaba o le envenenaba de óxido la espalda para que durante un tiempo, al menos, no pudiera trabajar.
Entonces el desconcierto general, las corridas, el delivery urgente de prendas de hospital para salvarla.

– Si muere, volverá el pájaro de espuma sobre la quietud de las cosas y se reirá satisfecho de nosotros imperfectos por debajo del eclipse.

¿Cómo se podría convivir nuevamente con los pájaros de espuma? ¿Cómo con el pecho tan desahogado?
Sobre las últimas tejas, las del borde, se posaban a esperarla las cunas y los tejidos blandos; sin sonido ni violencia, en silencio, la esperaban sin llegar ni a rozarle su mano dormida.
Todos nos arremangábamos hacia los pulmones. Los mecánicos y las anguilas avanzaban por sus fisuras como paridos hacia adentro. Epidurales metálicas en su boca monedero. Pulpa ansiosa de llanto donante. Lluvias de sed legítima y efectiva por las venas. Todo lo que hiciera falta para recuperarle la salud a La Máquina.

Se me borran fechas, la mayoría de los nombres, los detalles. Sólo recuerdo que yo ya no le temía y que los curiosos acontecimientos que constituyen el tema de esta crónica se produjeron en el año 194… en Orán.

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Adolesce ahora

julio 25, 2006

Yo lo miraba correr. Corría con las manos como alitas, para todos lados, casi sin mirar nada más que a mí. Quizás haya querido chequear en mis ojos una calificación, un elogio para su locura, para su libertad momentánea de parque eterno, correteable.
Cerca del mediodía, se sentaba en la fuente y se mojaba íntegro. Yo no sé cómo hacía, pero quedaba como nuevo en apenas dos minutos. Y enseguida me pedía algunos sanguches y se los devoraba como si hiciera siglos que no viera uno, aunque yo siempre llevaba varios para él.
Verlo comer era agradable, a pesar de su apuro. Comía con sonrisa. Al día de hoy, no puedo recordar su cara en otra circunstancia. Ni sin sonrisa, ni sin sanguche. Su cara era eso, una mezcla de sonrisa y migas de pan.
Después, sacaba un sachet de leche de la bolsa y le mordía la punta. Un agujero chiquito del que mamaba el litro entero. Solo algún chorrito le hilaba cada tanto el cuello, pero hasta ese acto salvaje quedaba elegante en su cuadro. Litros y litros debo haberlo mirado tomar por aquel entonces. Litros de leche buena, que se hicieron dientes hermosos, huesos fuertes.
Él decía que la leche se hacía dientes y que la cebolla se convertía en pelo, y que por eso él era rubio.
Yo nunca entendí lo de la cebolla, pero me reía cada vez que lo decía, porque todo lo que él decía, para mí sabía a mieles, a estufa con cáscaras de naranja, a paraísos en flor.

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Fire

junio 7, 2006

Abandonó los papeles mientras se iban carbonizando. Dejó atrás todo: palabras, signos y las más ideales historias aún no escritas.
Huyó como lo hacía siempre de los placeres.
Luego, desde lejos, desde bien lejos, y viendo como se elevaban las llamas, pensó en describir esa furia y al miedo, pero las oraciones se le resbalaban asustadas por entre los dedos y tuvo que contentarse con un mirar indolente y desgraciado, con oír el crepitar de su fueguito, que ya se iba extinguiendo, y con no sentir más que el lamento azul que se le aparecía de a ratos.
Las estaciones pasaban como trenes, insultantemente ajenas, y las novelas seguían sin crecer, como si las llamas las hubieran arrancado de raíz en una profilaxis ridícula hacia el amor.
Atrapado por nuevos espejismos, y más resistente a la locura ajena que a la propia, sintió que aquellos relatos aparentes formaban un vacío denso y celular, y notó, en la soledad que le reflejaba ese humo, la Némesis de su desmesura. Entendió. Que cuando finalmente las musas lo perdonaran, ya sería demasiado tarde. Supo que cuando pudiera volver a escribir, ya no habría ojos, ni pieles, ni lágrimas, ni almas salvajes que quisieran regresar. Supo que estaría solo en ese infierno de fuegos sin sentido. Supo que ya nadie volvería. Ni a leerle las historias, ni a sanarle las heridas.

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Him

marzo 27, 2006

Su oficina está en lo alto de una montaña de cristal. Desde sus ventanales, contempla su imperio. Él mezcla símbolos, letras, signos y señales, pero los cuentos siguen dormidos. Se siente paralizado. Primero por la pereza, después por el espanto, luego por la indignación, y finalmente por la esperanza. Parado frente al imperio, ve cristalizar los borradores de sus cuentos. Maldades camufladas en mentiras, humanos saboteándose el espíritu, horror y un silencio.
La sangre y el alma ya no son recursos literarios, sino dolores profundos.
Nos llamará por nuestro nombre aun sin conocernos. Querremos escapar del destino, pero iremos. Y si entonces nos mira a los ojos, sabremos que no podemos ignorarlo y le rescribiremos cada verso errado con más sangre y alma. Y lo haremos creerse libre de culpa.
No podremos, en nuestra infinita bondad, decirle la verdad. Él deberá descubrir por si mismo que es inferior, y que ésta, nuestra realidad furiosa, no hace otra cosa que imitar su arte.

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Niveles de soledad en sangre

febrero 18, 2006

Se derretía ante mis ojos el piso, y el techo del pasillo chorreaba como miel por las paredes violetas. Quise caminar, pero mis pies se hundían en las baldosas. Era muy difícil despegarlos sin perder el equilibrio.
Recuerdo que la música también se fundía con las paredes y rebotaba martillando círculos concéntricos en mis manos de gelatina.
Ella me ofreció una mano, pero no quise tomarla por miedo a que se deshicieran las mías con su fuerza, tan deshecha como sus ojos, que, totalmente inconexos y desdibujados, me miraban mientras se iban escurriendo hasta el suelo.
Yo hablaba letanías y ella conjuros. Fue una lucha insana de espadas verbales. Ella era legión y yo sólo multitudes.
Corté mis hilos y me dejé caer sobre las baldosas de manteca, que me absorbieron hasta que solo pude respirar, y ahí me quedé un tiempo infinito, llorando, incapaz de explicarme lo que estaba sucediendo.
Ahora que ya pasa el efecto, entiendo que debería medirme. Tengo miedo. Un día de estos, voy a volver a calcular mal la cantidad de hongos y quizás ya no frene a la altura de la nariz cuando me hunda, y me hunda, y me hunda.

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Ambrosía

febrero 6, 2006

Se agita en la camilla. Debería haberse negado, pero el deseo de ayudar
ha definido la elección afirmativamente.
Ahí está ella, sentada frente al mundo.
Hay varias bolsas vacías y ve pasar algunas llenas del divino suero.
Su amigo le aseguró que es sencillo, que tiene que aflojar el brazo, cerrar los ojos y dejar al enfermero trabajar, que sólo tiene que convidar un poco de su sangre. Unos minutos y pasa.
Estira su mano, cierra el puño y espera. El enfermero se acerca y le sonríe. Ella lo sigue con los ojos y alterna su mirada con el espectáculo que ofrece la aguja vulnerando la precaria defensa que intenta su carne.
El líquido púrpura sale con esfuerzo y la embelesa. Siente el vahído
y se deja transportar a evocaciones de antiguas agonías.
En esos minutos de suspensión, ella cauteriza varias vidas pasadas y
a través de esa poción de abolengo y castas que derrama extasiada,
vienen a ella navajas, calvarios, brujas y verdugos.
Presente y pasado se intercalan estroboscópicos en el altar de su letargo.
Intenta instalarse en la realidad, quiere no desestimar el mareo
y se incorpora. Prefiere no sentir el sabor del desmayo.
Teme que desangrarse, termine por gustarle.

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To faith or not to faith

enero 16, 2006

Ya desde chiquita me interesó todo lo oculto. Lo clandestino, lo paranormal. Empecé con los horóscopos y las cartas astrales. Luego conocí las runas, el tarot y en cuanto pude, me hice catequista, para ver a dios desde la cocina de su residencia.
Le até cintitas rojas al Gauchito Gil, deposité varias botellas en el camino de la difunta Correa, dediqué mis diplomas a Ceferino y le recé más de dos rosarios a la Virgen de Luján.
También, como soy muy curiosa, complementaba mis creencias perteneciendo a una logia masónica barrial y saliendo los fines de semana a avistar ovnis con un grupo de amigos que, como yo, ya fueron abducidos varias veces.
Soy mormón, talibana, cuáquera, luterana, protestante, ortodoxa, anglicana y umbanda. Soy judía, budista, metodista y rosacruz.
Pero mis cristianos compañeros, al igual que los chamanes y los fieles del grupo de espiritismo, no ven bien mi doble, o triple, o múltiple militancia, y así es que me están obligando a elegir. Que tengo que decidirme por uno solo, dicen. Y tienen razón. No quiero confundir a ningún dios cuando me llegue la hora. Prefiero evitar trámites de equivalencias cuando me calcen el disfraz de ángel o de demonio. Y además, quiero tener un juicio justo, como dios manda.
Por eso, hoy, me voy a sentar a meditar debajo de la pirámide para ver qué me dicen sobre el tema, la borra del café, el peyote, las velas multicolores y las benditas cenizas de Sai Baba. Me encomendaré al Universo. Quizás la naturaleza se apiade de mí cuando sienta los sahumerios hechos de su esencia. Quizás me ilumine y me ayude a decidir. Quizás me enseñe, quizás yo aprenda.
Y si no… que sea lo que dios quiera.

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A medio camino

diciembre 22, 2005

Después de aquella operación en la que le habían confirmado el diagnóstico de enfermedad terminal, él sentía que estaba encerrado en un cuerpo que no era el suyo. Se sentía prisionero de ese vivir glacial e indiferente de algún hombre distinto de él.
Y soñaba con que un día se vería libre, para ser él mismo.
Y mientras esperaba a que se rompiera el hechizo, desabrochaba su camisa
y mostraba a quien quisiera ver, la herida que le cruzaba el pecho.
Para divertirse, pedía a las mujeres que posaran sus dedos sobre la cicatriz, que notaran su corazón, que sintieran el latir de su vida.
Pocas se animaban, pero cuando una lo hacía, él cerraba los ojos
y le estallaban estrellas en el alma, y unas voces le contaban sus secretos
y miedos que él, por misericordia, nunca repetía en voz alta.

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Otro Adiós Sin Dios

octubre 17, 2005

Lo conmovedor de la tarde, acaso por lo sombrío, haya sido lo irreversible
de aquel adiós en tu boca. Adiós que no fue ritual, de esos custodiados por arcángeles que auguran reencuentros, no.
Tu ese adiós definió precisión. Tu ese adiós fue perfecto.
Lo oí como rutina ensayada por tus años de socializar hipocresías,
y te lo repetí idéntico, altiva. Qué más decir. Habías decidido para mí
el camino de la despedida y yo ya nada podía hacer más que seguirlo.
Y sin embargo, cuando te diste vuelta, yo te seguí buscando en la esperanza de la resurrección, un reencuentro en otro laberinto temporal, en ese
espacio multidimensional prometido por mi fantasía de ficción amorosa,
tan cercana a lo erótico. Pero que seamos los mismos, por dios, recé,
y te soñé infinito, completo y abarcando mi antes y después, yo, inexistente de mí, insistente de vos, de tu voz fuerte, una roca, un peñasco, atolón, abrevadero de nostalgias, sabiduría efímera del humo que te imaginé respirando de mi boca, yo, aire, vacío, evocación de tu recuerdo,
tabaco de tu alma.

Que reencarnemos tan humanos (quizás yo con un poco más de fe,
quizás vos con un poco más de paz). Que no haya el adiós y que
ni el riesgo de una fallida resurrección nos inquiete. Que no falten palabras.
Que el diálogo sea eterno. Que solo haya presente. Que no se acabe el día.

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Close

octubre 14, 2005

Enero de sábanas pegajosas. Peso eterno y un ahogo imperativo que le daba vueltas buscando una tregua, un respiro para no enloquecer.
Buscó desde la cama, casi espiando y con un solo ojo, la ubicación de la ventana. Estaba cerrada, bien clausurada a su obsesiva precaución.
Él sabía que debía dejar el ventanal así. El peligro de caerse era sobrenatural. Él sabía que el riesgo estaba ahí. Que dormido, se acercaría sonámbulo a la ventana y que terminaría muerto en el abismo, estrellado contra el planeta.
Especuló con quedarse despierto, cuidándose con su propia vigilia y le pareció una idea aceptable. Tanto calor no lo dejaba pensar.
Se acercó al ventanal y lo entreabrió unos centímetros. El aire fresquito le calmó la miseria de ese aliento insuficiente y lo hizo sonreír un poco.
Se entretuvo entretejiendo ideas con fantasmas, hasta que el sueño lo convocó y ya no pudo volver a despertar. Quiso abrir los ojos. Se le negaron.
Sintió el delirio de la brisa presionándole la cara, al ventanal abierto, arriba.
Y al suelo acercarse.

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Nadas

octubre 12, 2005

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Imbellis Sibila

octubre 5, 2005

Abrió su lengua y dejó sangrar ese sonido cruel que mejor sabía.
Le incendió las mejillas y la piel de los ojos, y se consagró a esperar noticias de ese exilio de palabras.
Desde el extranjero, ella prefirió supurar vapores de desdén, a devolverle ruidos cáusticos en represalia.
Hoy no vale la pena. Ya habrá ocasión para inventar nuevas maneras de quebrarle el velo y de herir su historia.

Se empeñó en resistir el ataque a pesar de la transparencia de la herida. Silenció los llantos y secó las llagas, se vistió de hada y con los ojos negros, se paseó como reina por las ciudades de su alma. Calles y más calles vagó por su alma, mudos los llantos y secas las llagas.
Se dejó engañar por las manos que sostenían la sonrisa en su boca y esperó, deseando que dejaran de sangrar las voces de los dos, para comenzar un nuevo ataque.
Ya nada importa. Solo es cuestión de ver quién le duele al otro la palabra más ardida en el medio del orgullo. Azotar con amores rotos y remediar con polvo de limón.

Así era la receta hasta el momento de la sal, que llegaba cuando los dos,
casi vivos, y sin la custodia de un sentido de cordura, se lanzaban a probarse y a cubrir el mar de sábanas con litros y litros de ternura.
Y antes de que llegara la mañana, se ponían a hacer tiempo, obligados por relojes contrariados, para poderlo perder entre esas telas que habían sido testigos circunstanciales de sus yermas y baldías luchas por hacer infeliz al otro.

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Malestares

octubre 3, 2005

Comenzaron siendo unas ideas raras que solo notaba cuando había silencio. Trataba de disimularlas con música o apagarlas con ruido, pero siempre volvían.
Entonces ella se ofreció a curarle el pensamiento. A quitarle los miedos, las dudas y las vacilaciones.
Se lo devolvió limpio y más tranquilo. A partir de entonces, su pensamiento sería amable con él. Solo le advirtió que no era para jugar.
– Con esto no se jode. Tu pensamiento se muere por ganarte. Está esperando, agazapado, siempre acechando, oculto tras su sonrisa vacía.
No lo uses demasiado.

Una vez a solas con sus ideologías, él vio que habían cambiado. Eran distintas, más simples. Vulgares.
Las palabras que manejaba no tenían el mismo brillo y las frases que esgrimía ya no cortaban con la misma precisión. Pero no le dio más vueltas al asunto. Es solo cuestión de costumbre, se dijo.

En este momento la está esperando. Tiene un lamento apenas armadito para explicarle su nuevo problema. Debe recordarlo. Necesita pedirle que le extirpe las fantasías, los anhelos y que por favor, se lleve también las ilusiones.
Parece que ya le están empezando a hablar en voz baja y siempre es mejor prevenir…

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VOz

septiembre 28, 2005

Él depende del día. Del ánimo, del humor, de los planetas. Qué sé yo… como todo. Pero si un día lo encuentran brillando, lo verán riéndose de esta catástrofe que es la vida.
Él puede hacer de una muerte un chisme de Fellini y puede transformar las historias más amargas en grotescos de Almodóvar. Puede hacer que una colección híbrida de mortales sintonice su mantra con las mandíbulas cayendo en cataratas Zen y obligar al silencio a postrarse ante su paso.
Y cómo lo disfruto. Porque le conozco la técnica y porque también le sé la historia, la que él intenta metamorfosear de escarabaja, a humana y honorable.
Adoro ver cómo envuelve a sus oyentes. Cómo los seduce. Yo ya no lo oigo. Yo solo lo miro y lo estudio. Él es un arriero. Y nosotros corderos marchándonos de Hamelin, trás él.
Él se anima a todo, a decirlo todo, a sentirlo todo. Se le anima a la vida y le hace frente a la muerte en cada amor peligroso.
En ocasiones, intento interrumpirlo de sus parlamentos, para evitar que se me pierda entre las palabras y las risas del público que lo adora. Pero no lo hago. Y así soy uno más.
Nunca se deja conocer. Por eso le gustan los extraños. Los desconocidos son fáciles, me dice. Solo les hace el show y se evapora en su comedia. Se camufla entre la gente y volviéndose invisible, sale otra vez Campeón Mundial de Slalom en fiestas.
Y me encuentro murmurando un corporizate, muerta por verlo perderse entre el tumulto de ojos admirantes. Pero no lo interrumpo. No hay apuro. Sé que él me prefiere y que el resto del admirantado se irá al rato y que seré yo quien se quede a ayudarlo a ordenar la casa.
La recompensa llegará con su sonrisa. Esa que me improvise cuando a mí se me rompa el primer vaso y me lo quede mirando, anémica de orgullo y con mi razón, ballena, surfeando por su modesta vanidad.

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A mano alzada

septiembre 15, 2005

Escribir le estaba resultando difícil. Notaba la diferencia que se había venido generando entre escrito y escrito, y día a día.
Seguía sintiendo la despótica necesidad, pero ya nada dejaba llegar a sus dedos. Miedo, palpitaciones, nauseas. Pánico moderador de fobias.
No era simple. Se mordía las ideas a través de las uñas. Angustia oral.
Y escrita.
Miró mil veces el papel y cargó otras mil con tinta su pluma.
No quería levantarse de la silla, no podía entregarse al terror.
Se forzó mil veces más. Se amenazó, se humilló pensando en un futuro de fracasos y hojas en blanco. Y volvió a cargar la pluma.
La sostuvo frente a sus ojos y la apoyó por un instante sobre el papel.
Mil frecuencias se aglomeraron en su mente tirando los nombres de los diablos. Los escribió en forma de lista y los miró un buen rato como una incubadora. Mil embriones se retorcían frente a él. Ternuritas.
El problema llegaría luego, cuando crecieran del papel las garras, los gritos, los colmillos. Cuando llegara la hora de controlarlos.

La Diosa de los Labios Muertos V

agosto 25, 2005

La sangre de Annebelle iba tiñendo con tibieza el cuerpo de su ama, que envuelta en éxtasis comenzaba a arquearse para alejar las puntadas de placer que le invadían los sentidos. Susurró llantos en los oídos de la Mujer y extendió las manos más allá de sus límites, abrazando el fuego que destilaba la Diosa.
Annebelle entregaba así su última ofrenda, el último pedido para saciar la sed de su señora y mientras moría por ella, derramando su roja juventud sobre los amantes, Annebelle también se entregaba al vacío y al silencio.
Primero sintió una debilidad en los hombros que luego invadió mansa su tronco, su vientre y por último sus piernas. Cayó lentamente y se fue durmiendo bajo la música que para sus oídos componían esas exhalaciones de placer.
Annebelle descendió al centro mismo del infierno por hacer feliz a la Mujer. El mismo destino esperaba por Henry, que desesperado por los gritos y empapado en sangre, ya comenzaba a penetrar a la Diosa.
La Mujer sonrió, al tiempo que en su boca los dedos de Henry se perdían buscando callar esos versos malditos que lo desgarraban.
Ya encontraría otra sierva. Ya encontraría otra lengua que perfore nuevamente su carne, como un a corazón traspasado por mil flechas.

Final Feliz

agosto 21, 2005

-Juguemos a los ángeles de Charlie. Y yo: Bueno, dale; y salgo corriendo con mi jean todo roto a buscar los walkie talkie de mi hermano.
Yo soy Charlie y vos?
Charlie no habla nunca, no nos conviene. Mejor sos Bosley. -Y él: Ok.
Está muerto conmigo. Estoy segura de que si le digo que es Kelly, él va y se hace la permanente.
Yo siempre soy Sabrina. Cuál otra? No soy rubia, no soy linda. Solo soy un cerebro bonito todo tapado por flequillos.
Salimos corriendo él para el norte y yo hacia el sursuoreste. Típico. Jamás algo sencillo. Sursuroeste. Atravieso la calle de tierra y la vereda de cemento. Él desaparece por entre las ligustrinas.
Yo no necesito seguir corriendo. Él ya se alejó por los dos. Corre tan rápido que yo sé que cuando le gano una carrera es porque él se deja. Le gusta dejarme ganar. No sé por qué.
Me quedo quieta esperando que el Walkie Talkie me empiece a dictar la misión y de inmediato empieza:
Hola. Acá Bosley llamando a Sabrina.- Y yo, feliz de estar jugando a los Ángeles de Charlie con Pablo, con mi mejor voz de mina boluda le mando un: Hola Bosley! Y él que se caga de risa y me dice: Te quiero, nena, querés ser mi novia?
Pero lareputamadrequeteparió Bosley, pienso, pero me sale un: Qué? No te oigo bien. Y aprieto varias veces el botón del código morse para aumentar la confusión que intento crear. De repente siento que las piernas me tiemblan como pollitos. Necesito unos segundos para pensar qué mierda decirle.
No te copio, no te copio, le digo y vuelvo a apretar el botoncito. Pensá nena, pensá, me ordeno mientras reaparece el querés ser mi novia hiper diáfano y categórico en el aparato. Tan nítido que no me quedan dudas. Bajo la antena, me siento en el pasto y cierro fuerte los ojos. Me muero de la vergüenza.
Hay mucha interferencia, Bosley, mejor juguemos a otra cosa. Y Pablo, que de boludo no tiene un pelo: No, sigamos con este, que me encanta. Yo te escucho muy bien.
Y laconchademimadre quiero decir, pero elijo un entrecortado: Ok, pero yo no te oigo bien a vos. Y le doy unos cuántos toques más al código morse, ahora agregándole un ruido de jotas que simulan una interferencia más efectiva.
Te lo repito. A ver si ahora oís mejor.
Y se ríe
Pero la voz y la risa ya no salen del transmisor. Algo anda mal. Siento un vientito en la cabeza que me desacomoda las ideas y dos manos que me tocan los hombros. Veo pasar toda mi corta vida ante mis ojos. Es Pablo. Siento su boca moverse en mi oreja:
Te tengo, ahora no te me escapás.

De más está decirles que Charlie todavía está esperando que le resolvamos ese caso.

Guardia Urbana

agosto 17, 2005

Crónica venía informando y en placa roja que el tema ya era preocupante. Por esos días, en la ciudad, se venían sucediendo varios casos de desaparición de niños. Al principio había parecido una suma de casualidades, pero de a poco, la cosa se había ido poniendo peor. Dos o tres chicos desaparecían por día sin causa o razón aparente y a veces, hasta cinco. La locura paranoica comenzaba a hacer estragos en las costumbres infantiles. Ya nadie los dejaba salir solos después del atardecer. Y algunas madres, ni siquiera de tarde.
Por eso le llamó la atención ver a ese chico deambulando a esas horas por la calle. Tan solo.
Vio al hombre que se le acercaba ponerle la mano en el hombro y decirle algo al oído. La preocupación lo sorprendió. Se sintió intranquilo. Debía meterse?
Se fue acercando despacito, en silencio, sigiloso, mientras el extraño seguía hablando con el niño. Era evidente que el chico no lo conocía.

Le saltó por atrás y le quebró el parietal derecho con un pedazo de baldosa. El extraño cayó al suelo, tajante. El niño lo miró caer y sonrió aliviado.
-Gracias. – murmuró.
Y él, desordenándole cariñosamente el pelo, finalizó:
-Todo bien. Vení. No sabés cuántas cosas lindas tengo en mi casa.