Archive for 28 julio 2008

La incierta voluntad del signo

julio 28, 2008

Lo mejor siempre está lejos. Maldita propensión (la de lo hermoso) de crecer siempre tan lejos.
Que por qué no voy a buscarlo? Porque es inútil. Lo bello corre con tanta rapidez que sería como intentar remontar el más delicado de los barriletes en el rincón más apretado del vacío.

Pasamos por nosotros por entre nosotros. Llevábamos ladrillos rotos en las manos. Apoyados en dos árboles tomábamos todo tal cual se nos daba (importa poco asegurar los peldaños cuando uno necesita quedarse en lo llano).
Hubo palabras cabalgando animales. Se creyeron tan nuestras que nos hicieron fiesta todas las tardes. Por las noches, algunas se levantaban para devorarnos. Nuestros despojos amanecían con hambre de palabras que siguieran con la fiesta como primer borrador de nuestra risa.

Como si fuese indiscutible que en cada color vive un sonido y en cada forma una historia, la ciudad camina ahora por detrás nuestro simulando un paisaje reciclable.
Cada tanto siento que todavía puedo dejar sin bodas a todas las cosas impares que me alman. Como a la desgracia de vivir tan al norte del alivio o a esta cara que busca una respuesta cierta en un pantalón sin bolsillos.
La clave está en el tiempo que pude enhebrar viendo cómo el mar se tragaba las botellas.
Yo que siempre supe saltear las canciones que menos me gustan, me veo reptar por entre los pastos sin saber que lo que busco quizás sean los pasos que voy dejando atrás.

Tus dedos se enrulan alrededor de mis muñecas y mi pelo, como una madreselva, te acerca a esa hora que hasta hace poco me pertenecía.
La morfina me sonríe y yo floto mientras se diluye y se desparrama por debajo de mi ropa.
Solitaria y discreta, por el subsuelo de las cosas.

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Fragmento (bel canto coral)

julio 23, 2008

Los días son tan iguales…
No conocen el deterioro?

1- El escenario responde de manera muy extraña y cada día con detalles más nuevos que reemplazan (de derecha a izquierda) a todo lo que se va saliendo de plano.
El aplauso es grande, gigantesco, pero nunca nadie sabe si es para los que salen o para los que van entrando.

2- Es el acto perfecto sobre la escenografía ideal. Entran dos personajes a entender de qué se trata. Por un rato disfrutan de la perfección hasta que el director les recuerda, a cada uno, su papel en la obra. Entonces, cada uno con su tiempo y con su estilo, comienzan a mirar todo, a tocar todo, a desmenuzarlo, a olerlo todo hasta que, segundos antes de los aplausos, lo único que queda son moléculas de cosas tapizándoles el suelo.

3- Una obrita con tres personajes que hablan todo el tiempo sobre tres cosas diferentes. Son dos horas.
El público, al principio, trata de seguirlos a los tres (en general, nadie quiere perderse nada) pero lo cierto es que eso es humanamente imposible.
A la salida del teatro te hacen una encuesta para averiguar por cuál te decidiste, a cuál de ellos le prestaste más atención.
Un 80% de los encuestados suele decir que se pasó las dos horas intentando unir los tres discursos en un sentido único y proporcionado. Un 15% dice que al cabo de unos minutos se decidió por la voz que resaltaba más por sobre las otras (interesante es que no todos destacaron a la misma). El resto, un 5%, refiere que se sentó y disfrutó de la musicalidad de esa especie de Bel Canto Coral desarmonizado y casi sin melodías simultáneas.

Una vez salió uno que dijo que era la cuarta vez que veía la obra.

(No, gracia a vó)

Fuego de los ahogados

julio 22, 2008

Hay que dejarse azotar por la amonestación de las pesadillas.

En la cualquiera de un verso, de un abrazo o de una placita descampada, quemo el mucho adiós fisiológico que me devuelven algunas lenguas sin discurso.
Para saber dónde tendría más miedo yo, si en el campo, acomodando los leños durante una noche bien bien cerrada, o en mi propia cama con la luz abierta, abiertísima, para que las chispas salgan volando.

Y no sería, no, como una búsqueda que fuera a significar algo. No, no. Sería, salvando las distancias (pero salvándolas de qué, de qué peligro o de qué experiencia o acaso debería descubrir si es salvarlas hacer que se acerquen o dejarlas así como están de alejadas), sería como si se tratara de una empanada, una empanada a la que hay que encontrarle el condimento que le falta para ser esa empanada que uno aquella vez comió y fue una revelación, una epifanía de la empanada y de la historia de los alimentos que pasaron por el mundo.
Supongo que encontrando esa falta podría yo convertirme en la entidad más fuerte del mundo, pues ya no le temería más a más nada.

– Extrañará usted mi miedo?

Pues vaya haciéndose a la idea.

(porque quizás ya no quede talento, recursos, ni tiempo en el consorcio de los pensamientos impares, y quizás tampoco haya modo de que yo alcance a entender algún día este metro cuadrado de lugar que ocupo yo con mi propia historia, pero miedo, lo que se dice miedo…)

– Orégano tampoco.

un poco aparte de lo cotidiano

julio 15, 2008

Existe algo que sombra, que produce un volumen que emite una distancia, pero es tenue. Tan solo un instante.

Dejé de temerle a la Máquina de Orán por si acaso la ferocidad naciera de la aprensión misma y para mi propia destrucción y desgaste imaginario. Por si acaso de ese miedo hacia la forma tan bestial con el que su ritmo enguantado nos arrancaba las costillas como pétalos.
Ya lo sé, eran miedos exagerados (fundamentalmente porque ya en aquel tiempo yo había entendido que La Máquina era para nosotros un artefacto muy útil).
Ella se dedicaba a devorar todo aquello que le parecía perfecto, dejando a la vista, y como única existencia, humanos incompletos, decrepitudes, síntomas y búsquedas insaciables.
En ella encontraba yo la dulzura natural de todos los algo que no son nada pero a la vez tan necesarios como lo es la palabra exacta adentro del verso inevitable.
En La Máquina.

– Tres y diez y usted acá, mirando. La laguna se seca, el chalet se seca, las plantaciones, y usted acá mirando.

La Máquina.
Ella se nutría de plexos que no se resfriaban, que respiraban hondo sin asmas ni miedo. De pechos descapotados, de pechos pecera, despechos pájaro. Los cortaba al bies hasta que dejaban de reír, hasta que nimios, hasta que accesorios, hasta que el cuello o hasta que alguien, más aterrado que yo misma, la apagaba o le envenenaba de óxido la espalda para que durante un tiempo, al menos, no pudiera trabajar.
Entonces el desconcierto general, las corridas, el delivery urgente de prendas de hospital para salvarla.

– Si muere, volverá el pájaro de espuma sobre la quietud de las cosas y se reirá satisfecho de nosotros imperfectos por debajo del eclipse.

¿Cómo se podría convivir nuevamente con los pájaros de espuma? ¿Cómo con el pecho tan desahogado?
Sobre las últimas tejas, las del borde, se posaban a esperarla las cunas y los tejidos blandos; sin sonido ni violencia, en silencio, la esperaban sin llegar ni a rozarle su mano dormida.
Todos nos arremangábamos hacia los pulmones. Los mecánicos y las anguilas avanzaban por sus fisuras como paridos hacia adentro. Epidurales metálicas en su boca monedero. Pulpa ansiosa de llanto donante. Lluvias de sed legítima y efectiva por las venas. Todo lo que hiciera falta para recuperarle la salud a La Máquina.

Se me borran fechas, la mayoría de los nombres, los detalles. Sólo recuerdo que yo ya no le temía y que los curiosos acontecimientos que constituyen el tema de esta crónica se produjeron en el año 194… en Orán.

Cuerpos incompletos

julio 10, 2008

Alguien soñó alguna vez con la Sra. Keuner. En el sueño se la veía muy razonable y sensata.
Ya llegará otra historia, otro paso del que yo pueda volver a escaparme.

Como no puede hacerse transparente, la Sra. Keuner se maquilla. Está nublado pero a ella le da igual. Caminar bajo el sol o por debajo de las nubes sólo modifica el lugar donde se posa la sombra.

-Hace unos años que las nubes se nos parecen, querida, y no es serio crecer sin ser vistas.

Se maquilla para que las vean los del vagón comedor. El vagón comedor tiene la arquitectura justa para el caos. En el vagón comedor, la felicidad pasa por ver cómo los camareros reparten el té y las naranjas.

-Para ser aire, mi querida, lo primero que deberíamos hacer es dejar de ser pájaros.

El paisaje desde los subtes es muy simple. Pared, estación, pared, estación, pared.

(realmente no me explico por qué me obstino en torcer los desarrollos suaves, pero increiblemente de su cartera nace un revolver de colores demasiado Warhol para una señora como ella.
No me lo explico, pero así son las cosas)

Su caos les apunta directo al centro del centro y las primeras sonrisas se desparraman por el cuero como almejas en un balde con agua.

(hay, puedo verlo, en general, una incapacidad mediana hacia la tolerancia en la mayoría de mis personajes)

En el ambiente se percibe tanto miedo que el azúcar se disuelve sola en las tazas mientras ella dispara. El inspector observa la escena desde cierta distancia. Su saliva endulzada comenzará a llenarse de gritos en la próxima estación.

En unas horas todo el mundo hablará del incidente y en el noticiero pasarán imágenes de archivo con gente automática que espera para subir a los vagones o de una escalera mecánica por la que bajan cientos de personas como un río de cemento hacia un dique vacío.

La Sra. Keuner no abre los ojos porque no quiere enterarse de que acaba de aniquilar al setenta por ciento de sus compañeros de vagón. La pequeña esconde la cara entre los pliegues de su vestido de princesa.

-Maldición, querida! Así nunca serás una niña verdadera.

Tiene un muñón de plástico ahí donde hace tiempo hubo una pierna y todavía le duele.

Mientras se arrastra arañando los interminables pasillos del tren, la imagino caminando por el túnel sin equilibrio. Ya no siente sabores en la boca ni diferencia entre volar o precipitarse al abismo de su relieve roto. Mira hacia la cámara (no he podido traducir su gesto) y se aleja despacio hasta que las luces de las linternas ya no la alcanzan.

¿Debería indultarla y concederle el fantástico privilegio de desaparecer o debería continuar esta catarsis de parto, de vientre, de tripa que percute tristemente mi médula?

Con esta narración dilapido su esencia febril, efervescente, carente de todo significado. La humillo, la delato en su dolor.

¿Debería yo volver a mi posición de ser otra estación a la espera de un nuevo entretenimiento pasajero, menos delirante, que genere en mí otros entusiasmos algo más razonables para mi desprolija jerarquía de ficciones? ¿Cómo y de quién ser libre?

Los cuentos tienen una forma, pero dan una sombra que no se les parece. ¿Da lo mismo que se los diga o es mejor dejarlos a ustedes adivinar qué cosas hay detrás de cada puerta consumiendo espacio, obligándolos así a asumir el riesgo que imaginar implica?

En el suelo dejé una muñeca semimuerta que espera a un valiente que soporte los cuentos incompletos.

Taller de Milagros

julio 6, 2008

El de Luc.
Cómo será de milagroso que despertó a Livio…!
Y esto recién comienza.

Testimonio 1:
“Yo antes la gente no me entendía y necesitaba que ya sea me redondearan, ya sea me tradujeran los posts debido a la complejitud de los mismos:

Pero ahora que asisto con mi participación virtual y presencial al Taller de Milagros Literarios de Luc, profundizo y reobservo los conceptos propios míos escritos y la gente me entiende, es decir, concretizo mejor y por ende me explico de manera más claramente simple e inverosimil.”
Laviga

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