Archive for 30 diciembre 2007

Strawberry Fizz Forever

diciembre 30, 2007

“No me lleves a sombras de la muerte
Adonde se hará sombra mi vida,
Donde sólo se vive el haber sido.
No quiero el vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
De mí un ausente
Y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.”
Macedonio Fernández

El primer disparo nos arranca de la noche, como un latigazo, al vacío que antecede al miedo. La tinta enemiga salpica de enredos a todos los idiotas. No se siente el dolor, pero cómo lastima. Adentro, el viento atormenta a una estrella fugaz que espera no perderse en el desierto convertida en una gran olla de vidrio.
Vemos desde una fe estroboscópica caminos empapados con fantasmas heridos. Ofrecemos los saludos colaterales como única previa al olvido anual. El tacto siempre es eficaz para los asuntos a diferir.
La segunda descarga nos encuentra con un color de pelo nuevo, ardientes y con los dedos repitiendo. Ahí es cuando más nos parecemos a un sabio, perplejo él ante la carta de postres. Flan o budín de pan? Crema o dulce? El humor intacto y nutrido en el buen silencio de muñeca se deja adoptar por el mejor refrán del mercado, ese que nos ayudará a iniciar la guerra fría del nomenadies. Podrá la Mona Lisa algún día comulgar con el sacramento de la risa sin sentirse amenazada? Humores grandes sin partes móviles ni piezas pequeñas que puedan ahogarnos, son bienvenidos. Agradeceré. Recompensaré. No son bienvenidos en cambio los amores, porque los daños que infringe el amor sobre las almas con recursos insuficientes o en los corazones reacios a la calistenia mental (o elemental) son menores, pero a la gente como nosotros puede matarla a fulminazos.
Y eso no le hace bien a nadie. Mucho menos a la gente como nosotros.
Momentos antes del tercer corcho, se acercan las palabras que aparecen como moscas con cada mutilación. Las putas surgen de la nada para saludar y preguntar por tus cosas y sobre qué haremos con lo que nos quedó de la amputación, que si fuera amor derrocharíamos sin culpas en un Universo paralelo al de los pretextos, pero que no siendo amor, es sólo un resto humano a definir. Y ellas quieren saber. Podrías disfrazarte de mesa para no perder el equilibrio, sugieren. Que podríamos sentarnos ante el mostrador de la sed hasta que cicatrice la mirada. O tal vez, como un desgarro fijo, tenso, extenuante, fisurarnos en secreto.
Sin embargo, qué saben las palabras? No tiene sentido que salgamos del momento para alimentar melancolías. Deberíamos, digo yo, aprender a quedarnos de vez en cuando, algunos días, en el interior de lo que somos ahora. Porque afuera está la escarcha intacta del invierno que no termina de irse entumeciendo todo lo que no supo cuidarse y, en cambio, adentro, muy adentro, la esperanza de que todavía tengamos algunas cosas que perder.
Podría contar quién era yo esta mañana, pero qué sentido tiene si ya debo haber cambiado algunas cuantas veces desde entonces. Solo sepan que sigo con el deseo dominical apilado, inerte y con el vicio de la pregunta moderado por las musas no invitadas a la convención del sigilo, con ser luna como actividad pendiente para mi lado oscuro, con las paredes convertidas en palestras, el sentido atento y con la punta de mi lengua como trampolín humano hacia el más abismal de los suelos.

Hagan ustedes su mejor 2008. Un año con 25 horas extras no puede salir mal. O al menos, no debería…
Salud!

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Anem al llit

diciembre 21, 2007

La extravagancia del pez cuerda consiste en sostener los límites de la ausencia con las aletitas de atrás. Lleva tanto tiempo muerto que las membranas exteriores parecen de cera. Por momentos me da la sensación de que si lo prendiera fuego, no se apagaría nunca.
Está esperando que le crezcan pies para poder escaparse del agua. No sé por qué no espera alas. Es casi tan imposible como lo otro.

Si alguien te contratara para que soñaras tus sueños para él y te diera para eso brebajes amazónicos y te llevara a una cama nueva y blanca y confortable, en un cuarto también blanco de una casa que no es tuya, ni es nueva, ni es blanca pero que se deja vivir. Si a tus sueños entonces entrara él, cada noche, a vivir tus ideas, a esconderse entre tus fantasías y a jugar a tus terrores. Si pudieras comprobar que este ser que te visita no puede lastimarte y que sólo despierto corrés verdadero peligro. Si ese que te habita te dijera que está todo bien. Querrías despertar?

Velado (en blanca noche)

diciembre 19, 2007

Mal día hoy para los paraguas. Y hay un escarabajo caminando por la protección.

Se quedaba siempre un rato más. Siempre fantaseando vidas en donde eso estuviera permitido. Disfrutaba haciéndolo.
Yo anotaba en mis libretas cada avance tras amarlo. Después lo abandonaba en una cama fría y grande y me vestía.
Sin mirarlo.
Él había estado ensayando casualidades aquella noche dejando que sus ojos cayeran por azar sobre tres de las tres millones de palabras que había para elegir. De a dos veces por minuto, al rato ya tenía suficientes. Como para armar algo, decía.
Llenaba cajas con los resultados y esperaba a que alguien se le atreviera y pidiera permiso para jugar. Y siempre había alguien dispuesto.
(esa gente a la que uno jamás invitaría)
Pero nadie sabía qué hacer con sus cosas una vez abiertas las cajas.
Creo que lo salvó de la soledad más extrema el hecho de que yo estuviera siempre ahí para explicarles a todos cómo se usaban. Igualmente siempre me resultó complicado hacerle entender a la gente que su voz, ese viento cargado con arena, no era de balas, y que mis bombas no son nunca una amenaza, y todas las mañanas encontrábamos que algunos se habían ido (o suicidado).

Recuerdo que en algún momento de esa noche me subí a la calesita vintage y abrí los ojos para esquivar a la sortija.
Y volví a mi mesa sin pensarlo. Y volví a mi casa sin saber volver.
(nunca se sabe)
Y me senté.
El juego no pudo marearme, les dije.
Y les recé (a más de tres dioses diferentes) para que le dieran la fuerza, toda la magia que le hacía falta.
Pero ellos, ellos no le veían al juego nada especial.
¡Y no se iban nunca! Y me hablaban y me hablaban…
¿Qué decían? ¡Querían hacerme creer que me falta libertad!
Pero si yo había ido a la cocina…
Y a un programa de televisión en el que un conductor me paseó por varios temas en los que muchas mujeres no se atreverían ni a pensar…
Y también convertí montones de papeles en aburridos tesoros que ahora me hacen compañía…

Y él lo supo. Nunca entendí cómo, pero él se enteró y vino a buscarme a mi casa de encierro.
Tratá de comportarte como si no estuvieran ahí, me dijo, los dioses son sólo un interminable deambular de sombras.

Decidimos dormir en la cocina. Analizamos la situación. Deberíamos correr esos hierros a un costado (cuándo los habríamos puesto ahí?)
Íbamos a tener que dormir abrazados.
Nuevamente.
(nos dábamos cuenta de lo solos que íbamos a parecer si no nos abrazábamos durante esa maldita sensación como de estar cayendo)
Nuevamente.
Había poderosas oscuridades que nos unían.

Entonces los oímos. Habían vuelto.
(tampoco yo los había escuchando acercarse)
Volvían con buenas palabras y sin dejar de sonreír. Los hombres de la cena jugaban a ser buenos.
Cuando alargó la mano hacia el interruptor, para asustarlos, hacerlos reír, o ambas cosas, y se puso a contarles que ya no podía, que ya nada tenía sentido, no me quedó claro por qué me pareció que había ganado.
¿Cuántos minutos le quedarían de vida?
Entonces lo tomaron del brazo y le hicieron levantar las cajas, esos bloques de nada, y él no entendía de qué mierda le estaban hablando ¡Éramos toda gente tan bien educada!
Se quedó un rato secándose la cara y jugándoles con las cajas. Esta vez el juego consistía en desmantelarlas pero, para variar, nadie entendía nada.
Dejó que su boca se le llenara de golpes y de agua y se desbordara. Una creciente flor roja insistió. Era mi cara, ahí, dibujada, que nunca le había dejado de quemar ni de doler.
Y el tiempo no se iba a detener.
Hay personas que nada más viven, sólo que no lo saben.
Pero él no quería vivir (quería evitarse los nervios de pensar que tras las puertas pudiera haber cosas con dientes)
Escuchó, sin embargo, cómo yo les explicaba mis razones. Un esfuerzo inútil, pero algo, cualquier cosa que nos permitiera continuar.
Tristemente.
No servía de nada hablar ni intentar que ya no le pegaran más.
Sé amable, no muestres tu miedo porque pueden olerlo, me dijo al oído a pesar de que hablar nos estaba permitido.
Entonces se levantó de la mesa, me pidió que no me asustara, y se puso gritar y a disparar contra todos los hombres a los que nadie había invitado y contra los dioses y a las paredes.
Yo flotaba.
Cortemos acá la lectura. No vale la pena. La reparación es más sentimiento del que puedo sentir. Esto termina mal. El cazador es la caza misma.
Me dedicaré a pensar en eso hoy. Esta tarde. Si, y a cantar bajito.

Detalles

diciembre 9, 2007

Cuando el mar quiere romperse, se golpea contra mí
(porque no existe libertad sin un beso que la trabe)

Por dentro está la certeza de que no cabe esperar mucho ni de uno mismo cuando lo primero que se siente ante el desencanto es un cansancio infinito.
Pero estoy mejor así, con el deseo agraviado, incapaz de reclamarlo para que no pierda el sentido. No quisiera que le pase lo que a algunas palabras, que se mecen en el vaivén del va y viene, va y viene de unos labios a otros labios hasta que ya no se oyen porque perdieron identidad de tanto ir y venir y se quedaron en silencio, cansadas, mudas, en ese lugar donde los fracasos se dan una segunda oportunidad, donde el Este se pone al sol y los otoños se levantan para que las piadosas (y geniales) primaveras los fotografíen un poco.

Diferenciar una buena foto de una mala es muy fácil. Simplemente se sabe, de la misma manera que se sabe a quién le corre agua en lugar de sangre por las venas.
Y no digo aire, ni ácido, ni magma. Digo agua.

Habría que dejar de ver a la realidad así, con cada objeto redefiniendo y a su vez redefinido por otro que lo abarca y lo confina en límites artificiales que no son nada, ni frontera (y cómo nos cuesta entender las cosas que andan sueltas, sin su marco, por el mundo)
Lo real me seduce cada vez que descubro que a la fantasía, en el fondo, la tengo sobrevalorada. Y viceversa.

Decir algo divertido sería apropiado. Reírse.
Me gustaría estar en esta noche. Haber venido a legislar en lugar de saber que no existen leyes cuando no se piensa en mañana
(pero hoy ya es mañana y nos toca hablarnos sin el fuego de ayer y mañana no existe, y si existe, no promete demasiado)

Desmantelo mis alas, voy hacia atrás
Destejo despacio, inhalo mi seda
Devuelvo el aire que me envolvió
Y me arrastro en sinuoso bajar
Detrás me esperan más alas, no mariposas
Aves que esperan por mí, picos abiertos

Qué tan cerca tuvimos que estar para ausentarnos del otro?
Qué tan lejos tendremos que estar para estar unidos siempre?
La concupiscencia fue domesticada y ahora fluye hacia adelante.
Y no digo ni futuro, ni mañana. Digo adelante.

Scherezada

diciembre 8, 2007

Y se fue hundiendo, montado al ancla, seco de tanto tomar.
Iba meando los corales.
Les había declarado amor eterno desde adentro de la escafandra.
Sabía varias recetas de comidas con relleno:
Tomates rellenos, zapallitos rellenos, huevos rellenos.
Digo yo: El obelisco tendrá raiz?

Uno de mis mayores problemas es que tengo una imaginación plagada de contradicciones. Por eso, en los cuentos que imagino, todos los personajes mueren (o ya están muertos y todavía no se enteran) o dibujaron una puerta en alguna de las medianeras de la historia y se escaparon para siempre, porque saben (si, siempre los dejé que se dieran cuenta de eso) que, en realidad, los límites que les impongo no existen, como tampoco existen los espejismos, ni los oasis, y en cambio sí las puertas y las paredes y las ganas de atravesarlas y de escapar.
A veces me pasa que es tanta la quietud de este lado, la ausencia de historias sensatas o cuentos lógicos, que me dejo atrapar por el deseo de adentrarme a imaginar qué puede estar pasando ahí adentro y ver así si todos los personajes que inventé (y que eligieron quedarse) están igual que cuando los nací, o también se han ido, o muerto.
Pero no lo hago. Y creo que no lo hago porque ellos me avergüenzan.
No puedo (ni quiero) pensar que detrás de esta calma mía de pincel vacío, de sin puertas y sin ganas, hay entes posibles, y no solamente ideas amputadas de ánimo que no saben qué hacer con lo que les queda, que es, probablemente, sólo un enorme miedo a escapar.
Pero de todas maneras, y aún sabiendo que no voy a entrar ni por un instante, me siento frente a la pared y la miro. Porque la placidez del muro sin puertas me señala que la vida, en general, ya no es para siempre, lo cual es un alivio, en particular para mí (aunque algunos todavía se empecinen en hablarme de la eternidad y del cielo y del infierno con palabras con las que sólo logran reforzar las propias esperanzas de éxito a sus más íntimos anhelos de continuidad).
Me gusta ver esa pared, en silencio, morbosamente llena yo de lápices en la mano, porque es en esos momentos, mientras la observo, cuando más siento que algo me encadena radicalmente al suelo (pues de otra manera sería imposible no elevarme yo varios centímetros y prenderme fuego en el aire en una espeluznante coreografía bonzo) y vuelvo a comprender que, muy a pesar de mi orgullo, lo mío es, también, una cuestión de miedo.
Y qué extravagancia tanto miedo untado a mi adn contradiciéndole el deseo de desovillarse y hundirse en el barro en busca de nutrientes. Yo podría tomar las puntas de sus hilos y devanarlo para (otro día) tejerme de nuevo en una yo más tranquila o más sabia. Una nueva construcción sin palabras sintéticas ni perfumes asfixiantes. La luz nacería de mis ojos y no habría nada que corregir. Sólo sería mirar las paredes con la consciencia sanada y las pestañas quietas.
Pero nada de esto ocurre y entonces, cada tanto, me siento un buen rato frente a la pared a imaginar ventanas y puertas para que mis personajes escapen y mis raíces aprovechen y busquen y busquen por donde hay que buscar.

Manchas

diciembre 8, 2007

Voy a erigirme una estatua para contradecir aquello
de que sólo los vencedores construyen monumentos.

Me duelen las palabras donde digo silencio
Las horas más lentas eligen la noche
El deshielo marchita y yo soy su paisaje
¿Cómo podré defenderme del agua?

La noche no tarda

diciembre 2, 2007

El gato perdona al ratón y se lo demuestra matándolo.

Él se despierta y su deber le da la bienvenida y lo despega del mundo. Se durmió detrás de sí, absolutamente ausente y ahora despliega sus dientes hacia el fondo del cielo y estira su lengua hacia su oasis redondo y perfecto como para dibujarse blanco y dejar que todo continúe mareado y perdido adentro. Entre sus ojos, su pensamiento comienza a romperse como cada amanecer. Unas nuevas veinticuatro horas, un nuevo gran viaje inmóvil y sin pensamiento por la inconsistencia de la realidad, lo que, además de cómodo, le resulta fabuloso.

Él, ahora, sólo tiene que restaurar la belleza que durante el sueño se ha ido deteriorando. Levantará gajos y replantará flores allí por donde sus ejércitos desfilaron anoche.
Y la perfección se instala junto a él. Sus manos flotan como nubes, livianas e inmortales bajo una mirada que nadie ocupa.

Él es un cuidador que ha desarrollado tanto su olfato, que ahora es capaz de reconocer el amor, la vida y la muerte que hay en cada cosa con solo acercarse, aunque tomando siempre ciertas precauciones, pues alguna vez le sucedió que una fragancia o un hedor (y no hay peor hedor que el de una flor cuando se pudre) lo penetraron tan profundamente que debió luego arrastrarlos durante días hasta que, ellos mismos, y sin razón aparente, decidieron desaferrarse de su nariz por su propia cuenta.

Él cuida la poesía que hay en el día, caracterizado bajo la forma de un hombre al que, porque ha nacido, hay que consolar, y que, entre dientes, masculla que sólo por hombre, y por nacido, se ha rendido ante dios.
Y aunque ante el altar de sus despojos él se ofrece como alguien dócil ante la bondad divina, bondad que le ilumina sus días pardos y los convierte en jazmines (y luego nuevamente en noches), él sabe que hay algo (quizás malicia) más allá de esa bondad manifiesta en el día y en los jazmines y en los aromas que se pudren según llega la tarde, y esa sospecha le llena el alma como llenan los vampiros el vacío de las noches.

Él es la periferia y el centro. La ausencia del gesto y del disfraz, la falsa impresión de que el borde existe y vive en él. Él se ha rendido, pero aún desconfía de ese dios misericordioso y engrupido. Y mientras siembra, una vieja cicatriz en su mirada lo mantiene en sus límites impidiéndole avanzar demasiado pues también sabe que el horizonte retrocederá siempre (y como todos) hacia dios, hacia ese fanfarrón y vanidoso dios al que le gusta presumir sobre todo, pues sobre todo ya tiene preparada una maldita, redonda y magnífica respuesta.

Él es un muerto incapaz de morir. Su felicidad es mecánica. En su jardín todo es belleza recuperada pero en el centro de esa alegría nadie sonríe ni respira. En su paraíso sin bordes el paisaje entero se comprime sobre el piso donde el miedo abre su infinito ángulo hacia la noche, noche que en pocas horas vendrá. Puntual. Porque la noche, con sus ejércitos que marchan, no tarda.