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Cuidate:

junio 12, 2011

de la receta que anda dando vueltas
del marco del conocido
de ese que un día se acordó de vos y te buscó y te terminó encontrando
de los martillos neumáticos
de lo que permanece inmutable sin el menor deterioro y con su brillo intacto
de la equinoterapia
de la primera muerte
de la notita alentadora
de las cosas que flotan en el café con leche
de quien tiene una obligación moral con vos
del infierno alternativo
de las ciudades sin raíces
de los nenes bien
de las nenas mal

Ahí vienen los tres eternos, huelen mal, azules, mueven sus últimas maniobras vacías de algo ¿dignidad? probablemente (los toscos entran como orugas por las tumbas. Por todas. Y que nadie se atreva, o se mueva, o…) Entonces: tres, tres que comían sus ambientes hasta la puerta, hasta la última vértebra del último esqueleto. Las vértebras del secreto, las del terror de la cebolla destronada de su ser aromática. Sacan sus palabras mágicas: “éste es un guante, no una mano” (la imagen agrieta la chispa que destruirá para siempre este infinito tan inoportuno). Los tres, decía, de lentes oscuros, recién despiertos de la carne (la nunca sacerdotal) leen “El As de Oro” y entran al restaurante, en hilera y le dan al gospel. Todo lo metabolizan así. “Hay que darle más luz a los nichos del conjuro para que la asfixia sea deliciosa”. Algo así dice la letra.

(en realidad esta historia es un castigo (como la palabra “éramos”))

Cuando en todos los cementerios cercanos al horror y al prurito en los tentáculos se oigan esas letras ya no habrá órdenes en voz alta sino una tranquera transparente y el apretar de la carne hacia el examen. Saldré cabeza en alto y doblaré la apuesta, la esquina, su botamanga, su bocamanga, su bocamarga (Dios comienza, a veces, cuando se cierran los impulsos, la fiebre, la noche interrumpida por el sueño).

(y por el debajo del sueño de cuando se (¿el amor?) les daba, uno de los tres recorta a otro (el sufrimiento, inútil que parece! (y sin embargo)) fotos que por el tiempo van muriendo, cortadas, re cortadas… y en lugares infames)

Rodar a sus pies como a punto (la noche entera moviéndose hacia el sufrimiento inútil que nadie sabe todavía). Uno hace un pacto de calma. Respirar. Exhalar de los cuerpos la necesidad, inhalar resistencia (en realidad respirar es no huir de cuando todo parecía posible), ajustar esa sensación extrema que ofrece la claridad con el apogeo de la belleza del agua que se pudre. ¿Pero por qué aparecen estas señales en la noche? piensan ¿De quién nacen? se preguntan ¿A quién señalan?
A la puerta (que ahora ya es tranquera tranquerita). A la puerta que ahora ya es señal de Alto Cuidado Cuidate Querete Achtung Warning Gefahr Ojito Vorsicht Attention.

Ojete.

Señales enteras moviéndose hacia el calor contra natura, vestidas contra la tierra y contra cualquier otra cosa que no avance (por mucho que flotan sobre un sentido, sabemos nosotros que todo colapsa, desde ser el amor que nos hace tantos en medio del se ha roto hasta ser el que cruza y hace imaginar a los demás que nadie sabe de grados pues no existen los grados desde lejos de las fiebres).

“No cruzar la mirada sin soplarle a la memoria esos restos de cal viva”. La distancia que fingieron para caer del nosotros, para no ver el sin volar de los cuerpos. Distancia para reaccionar a ambos lados aunque igual los dos resulten ser nada. Distancia en el mes de la luz (luz que habla de ser ni los impulsos ni las manos, indignadas de habilidad, como aquellas que pañuelo en zamba, que parecen, que de pura tristeza, que alejamiento, que vuelos del latido de estos tres pobres salvajes).

Un pacto y un sueño de agua interminable que el sonido amontona en filas hacia un único golpe. Ser cuando la voz y la suerte (la mucha suerte (esa sensación extrema de agua de baldeo evaporando los temblores de la casa)), cuando el milagro del viento y del seguir siendo solo salvajes que se consumen. Tres. Tres eternos. El pacto y la distancia a tiempo. Eso que no se llora porque uno ya no es pasto creciendo debajo de una única piedra.

Decía: Tres. Tres, y que las cosas se desarman de a susurros (¿qué hace una sábana colgada a mitad de mi sueño?), susurros que aumentarían dramáticamente si fuese aceptable la caldera de caricias (caricias amargamente entibiadas con datos de otras tierras). No tardaría (¿cuál de los tres?) en buscar paliativos que no se agoten (me informan acá que uno de los tres ya ha vuelto por ayuda que salve de la ayuda de quien da lo innecesario desde detrás de la antes puerta ahora tranquera pero siempre siempre siempre siempre siempre malherida).

No estarían bien el túnel de un cigarro, un sorbo de complicidad (o de algún otro trago) ni el intercambio de la dualidad todo/nada, esa estancia en donde algunos solemos movernos y donde menos sentido tienen la mar de posibilidades.

(¿qué han hecho con las flores que ahora cambian su esperma hacia el aire agotándose en forma de azúcar entre las ramas?) Somos estímulo y pasillo de normas. Estaría bien vivir entre pastos y fotos recortadas sin importarnos de la pasión oculta. Los labios acabarían cediendo, desprendiéndose. La inercia de sacarse los ojos, mismo pájaro, misma noche, en mitad de la misma mismísima muerte. Mismo y cada día (cada noche) más capaz de cosechar puertas desde su propia y privada ¿privada de qué? eternidad.

Enciende uno cada pensamiento que descarrila en esperanza. De a tres. ¿Qué hace la fertilidad con la verdad? ¿Qué hacen olfateándose los besos los sonidos con forma de costumbre? Tengo en formol ese punto radical en el que se odia en el deseo. Persisten en esa cal los troncos y debajo del polvo, en su frontera, los sexos (justo antes de ponerse unas cabezas sin pasado, sin familia ni más besos inútiles e intermitentes) para darle continuidad a las condenas.
Cuando sea tiempo de otro árbol no tardaremos en la locura. Uno: La presión por conocer la vereda del paria, la de lo evidente con su agobiante anatomía. Dos: Mil figuras ejerciendo presión para manejar sus patéticos intentos por huir. Tres: Mil figuras para manejar el modo de dejarlo suelto.

Aceptábamos, pensábamos que ¿de cuántos náufragos en posición de pronto, además de otras preocupaciones, contábamos para hacer lo declarado? Y esas ansias de hambre por encima de la atadura de las manos. Desviar la normalidad, sin dudas, revolcándose en la pulsión, roces en la partida, así sin pensar en perder jamás, traspasando de manera superficial por aquellos instantes de reflejo hostil que encogían de miedo.

(¿Miedo? Miedo del carisma de su cabeza: fogonazos de creer haberla dominado… (esperaba un pequeño universo de alguna razón hacia unas libertades que ya nunca más) ¿Puede sentirse el miedo? ¿Miedo? Miedo del cartílago. Un alarido que mordía el sí. Estaba soñando pero quiso y no se detuvo porque tan cerca que sentía y ahí ahí ahí los párpados parecían soldados tallando espectros, lagunas, poros (y hasta aspirinas!!!) sobre lo sutil (que siempre acecha).)

Contando esto me siento con tanta autoridad, tan seguida en metros. Flexiono las razones desde el pezón de mi ojo, entre los grumos del pellejo, les ofrezco un universo a su antojo. Creo que el ritmo en el paso podría haber resultado desesperante pues duele cuando se empieza a esperar de joven, afuera de la normalidad, revolcándose en la gente con esos carteles que piensan, porque no puede ¿quién puede? actuar la versión segura.

Conseguía verlo antes, consigo ahora. Al parecer el principio es mí color favorito entre las teclas de pluma. Invento un hueco a colorear describiendo la vergüenza que da el pensar en darse en donde aún no es seguro el quiero. ¿Crecer de este sollozo completo, volverse un continente al descubierto y enfrentarse al enfrentarse o al revés? No encuentro doctrina. ¿Como darse a conocer con bordes mientras uno se ajena?

Escribiendo (con bordes) mientras avanzo con el recurso como interrogante, como defecto reemprendido ¿cuántos hay, de los tres, con esta rabia ahora? ¿Todos, los tres, en el mismo retrato del mal hábito? ¿Cuántos bordes necesitaban ayer (cuántos hoy) para llegar a la acabada conclusión (y con cuánto humo)? Complejo.

El día terminó consumado en un montón de avenidas a las que amoldarse. Desaparecido del pleno arrepentimiento, con total conocimiento de que, en toda la cartera, juntaron (entre los tres) algunas dudas apacibles, tres envolturas para construir un señuelo y un lápiz de ser. Toda esa cosa de extrañarnos indivisibles y lluviosos, todos los agostos periódicos, lo nuevo sin ningún quizás, el donde no doler como el que más, como el mismo sacro vacío que expulsa y no me cabe adentro ensartado en la conducta de este vos/sin vos, de este complicado caos, toda esa cosa de los tres… ¿Fue así siempre? ¿Adónde se habrán quedado los ojales?

Una simple sombra, un empujón del animal hacia el brazo. Torturas que nos marcarían. La semilla al costado, junto al salvo, al cuidado con comprobar el punto que pudo y fue su derrota.
Apretó (no pude evitar sentirme ofendida por entonces). Tenía que contradecir abiertamente o mis tuétanos, porque por alguna razón la gente desconocida o no, contradice lo poco de las dos caras para que al menos no nos toque esa, la llena de la rabia. Contradije y alcancé un tejido más, un nivel más antes de dar este examen (sin ningún problema, en la misma cama y planeta de siempre, a los codazos con el vacío y con la idea de las formas intercambiando cortadas) Dos: ¿con el acto arriba? Uno: ¿tan falto del piano?

Esquinas quitándole sintonía, lluvia de cuerpos quitados del cartel (viral, presencial… cualquiera, todos, todo lo que se pueda seguir arrastrando con los puños)

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Hasta que un día no pueda salir

enero 18, 2010

Se filtra en la cama de los muertos. Eso completa el exorcismo (su firma es inconfundible).

Un hombre camina por la vereda. Hay una piedra molar rota que él patea. ¿Para endurecerla? ¿Para ganarse el perdón por haberle hundido los ojos metiéndole los dedos hasta el mismísimo adjetivo?
– ¡Pero si yo sólo quise despertarla a la vida!- (hasta entonces, según él, hipotética).

Un hombre camina por la vereda. Tose sin culpa. Lo demás ya le es conducta y repetición (“sufro porque tengo la costumbre”).
– Yo ya me cansé de imaginarte, pero esta vez creo que de verdad sos vos.

(¿Vos no te acordás si entre los cascotes se nos quedó alguna recomendación? ¿Vos veías eso que se fue? ¿Vos le creíste?)

Camina por la vereda sin rozar ninguna mano, sin tropezar ni una sola. Nada. Ni la mía ni la propia.
(y me dice que éste y que aquel y que tantas vidas de mierda que, entre nos, son mucho mejores que la propia que todavía ni un solo raspón en la rodilla, que es el día de hoy y ni un solo raspón en la rodilla)

El malestar se acumula. La antesala (yo felicito a los que tramaron el andamiaje) se expande. Una infección que te deja pasar, que te deja mirar, que te deja pensar, pero que nunca nunca te corta la respiración.

(¿qué hora son?)

– ¿Tal vez si intercambiamos sábanas o dogmas como eufemismo de lo íntimo?

Por alguna vereda. La escena se vuelve cada vez más independiente. Mérito mío, supongo, y ya me lo he informado (porque para dejarlos es mejor así, saberlo).

(¿cuánto falta? ¿o todavía no soportamos lo suficiente?)

Lo que va quedando

enero 3, 2010

(uno va envejeciendo y ciertas fallas de la juventud van dejando de existir y entonces no hacen falta excesivas dosis de especulación para saber qué cosa gana entre lo urgente y lo importante)

Otra tara más, dirás, pero ¿qué más da, si cuando miro y comparo, entre mi infierno y los demás veo pocas diferencias?
Centavo-beso, centavo-beso, centavo-beso.
Un acto inútil, dirás, como desmenuzar los nervios durante ese espacio auditivo sin interferencias activas y tratar de describirlos
(¿te imaginás tener que soportar a más de dos de esos mendigos de ágil raíz? ¿vos me ves de genocidio mientras todos los demás se ponen a bailar?)

No hay nombre más sordo, ni más transparente, ni con menos masa que aquel al que me acodo con fastidio y en total oposición como único manifiesto.
(durante el silencio se forma la grieta para que yo vuelva a respirar)
Y entonces huelo esta lluviecita a la que dejo que llames bruma y veo que a través nadie se arrima.
(con palos van empujando los mensajes como quien acerca más y más carbones a la pira)

Pero soy yo (y no hablo de mí) la que mira más (y a no confundir cantidades con mis modos, por favor). La panóptica de estar acá, justito en mi centro. Veo todas las entradas (aunque desde acá se ven como salidas) bastante bien usadas (en ambos sentidos y en admirable equilibrio) y los restos del desangre (los termómetros tirados por el parque, las vértebras de alguna sandía…)

Sos la única, dirás.
(y decís)
Y si…
La verdad es que no me veo a mí abrazada a nadie en ninguna de las puertas viendo al hongo tóxico acercarse.
(el que vive solo… (yo tiemblo cuando digo “el que vive solo”)).

Entonces, lo que va quedando.
Ya sin fe. Ya sin obsesión. Sin ninguna lealtad hacia nada.
Y esta implacable digestión que hace todo mucho más insoportable todavía.

Reset

mayo 8, 2009

(entre vos y yo hay una sola indiferencia)

Hay una sola cosa que yo hago antes de olvidarme de casi todo y esa cosa es darle a todo una última oportunidad. Así me queda la impresión de que se ha hecho lo posible aunque en el fondo sepa que no es así, que ya desde el vamos ese asunto fue una causa perdida. Incluso eso -el saberlo de antemano- también se perderá en el olvido y de esa manera las cosas seguirán su curso como desde siempre estuvo planeado.

Resulta triste. Me tomaría un café mirando el techo pero no tengo café (algunos dicen que tampoco techo). Me están explicando últimamente que hay que ser claros como antes. Claro, es que yo antes organizaba mejor el pensamiento y las ideas, y los podía ordenar de una manera mucho más eficaz y convincente que ahora.
Para que haya encuentro, me dicen.

Yo lo llamaría, se sabe, vestida con esos humores que resbalan y zigzaguean desde donde se me vierte la vanidosa. Desde ahí, digamos, no nos costaría demasiado si –también es bien sabido- a él los espasmos se le acaban enseguida y a la mía se la convoca más fácil que pronto con sólo hacerme oler esos anzuelos dulzones que buscan y se llevan de cualquier desnudo su putrefacto.
Como si me fuera de prudencia lo llamaría que si no igual, parecido y hasta el final de su sermón.
Y entonces se iría, pero quedando algo lector y mucho juez de mis ideas sobre verdad o exactitud, y de nuevo arrodillado ante la parroquia de lo binario.

Y no menos ni bien acercar a cuanto mundo el desate del nudo a su vuelta de horca -hay tantas viejas comiéndose los mocos- pero lo llamaría y se me iría de la boca que ya no se naufrague con distorsiones, porque cuando todo se blanca, cuando todo es protocolo, no queda otra que quedarse pero ido y con la incertidumbre del me habré apropiado de lo poco como último alarde o consuelo (porque si había algo que no se pudo, que no se vio ni se le va a aparecer por más devoto, ya está pasado de sincronía y así están las cosas).

Rara vez lo llamaría, pero sí cada tanto. En especial sobre esos días en los que la misa se cruza a practicarme, tan sopa ella en su mística, únicamente porque yo le resulto la más vela de todos los rituales.
Que si me pongo, diría que le resulto: la como ritmo una seda, la que en parte nombre, la como vida un violín, la mejor, la aunque la nadien, la que lo hembra y lo alumbra, la insistidora, la fósforo blanco, la mentolada.
Pero como no me pongo: La que le traduce su yo del no siempre alfil o coronel del se debe.

Entonces yo voy y no lo llamo.
Y no lo llamo porque él -insisto- y porque en él son todos.
(y porque corro el riesgo de que se le pueda venir encima todo el analfabetismo familiar hasta taparlo por completo (y no quisiera ser yo la que lo convierta en penetrante sólo porque quedó accidentalmente metido en el desasosiego ancestral)).

Se vienen las preguntas. Pero son preguntas que ya no van a tener suerte. Hay otras urgencias como las de la cuchara y la mosca que flota en la olvidada.
¿Lo de la mosca será el hartazgo de caminar por el filo del cuchillo sin que a sus patas les pase nada?
¿Qué será peor, la angustia de quedar al descubierto o ver que a quien le prestaste la voz ya no vuelve?
Se sabe que cuando la ceremonia se destreza de su carácter hermético lo que agenda percibido es, con sólo mirarlo, un estorbo. Como la mosca.

Y entonces se va y se queda de la mano -de esa mano suya- que insecta inexistencia. Y entonces le toca –¿le acaricia?- el lomo a los únicos ardores (pero al perro no le basta y al libro le pica y (otra demanda al mérito) él no alcanza a rascar bien el lugar).

Son formas, nomás, dirá el experto en discursivas. Un ensayo de soberanía sobre las reglas de la palabra. Para algunos, una brújula en blanco hacia el objeto insondable. Para la literatura, un ejercicio poco enriquecedor. Para mí, lo que sobra del floreo. El agua que queda alrededor de las lentejas.
Pero era necesaria esta instancia para que volvieran y han vuelto.
Las voces han vuelto.
Excelente.

Hasya

febrero 24, 2009

Escrituras y fórmulas para atrapar una abstracción cualquiera hasta que no se pudiera más y entonces…
…para qué era que debíamos decir la soledad?

– Te juego un juego. Es todo o nada.
– Dale.

Cada vez me fascina más la efigie de lo vano. Lo importante me tienta un poco todavía, seguramente porque me señala el quiebre y, desde ahí, la distancia. Pero es lo trivial lo que me lleva al vaivén que va del abuso a la saciedad, hasta quedar desorganizada a un costado, plena de indiferencia, como quien se dilapida en un sueño suspendido.

– Tan triste y aún riendo. Eso es lo que más me gusta de vos.

Aprovecho esta luz accidental para ponerme a pensar si será de noche o verano ahí adentro y a fotografiar este ligero registro del límite para, de ahí en adelante, ir para allá – cualquiera sea el allá- con mucho más cuidado.

– Hay que crear un estilo nuevo para cada obra para no terminar esclavo de la seguridad que define.
Sin esa búsqueda de lo Otro, sin esa purga del carácter, quedaríamos expuestos al pacto que siempre, indefectiblemente, hace alejar al precipicio de su pobre víctima.

Yo he oído tanto sobre las cárceles en las que se han viciado todos. Todos intentando decir lo mismo con mayor o menor brío, tino o talento.
De eso no se escapa.

– Digamos que poco o nada me costaría rehacerme esta vez -las costumbres son arados. Sin embargo, rehacerme, no es otra manera de hacer continuar en mí un pasado inmodificable?
Para qué seguir si seguir es repetirme incapaz de entender el acto consumado de esta nueva catástrofe?
– Porque en cada nueva creación existe un presente puro que nos permite jugar a que las reparaciones son posibles.
– Un presente almacén que le daría un sentido a la nada?
– No, mi querida, con la iniciativa lo único que hacemos es jugar.
– Un ejercicio aparentemente inútil.
– Inútil pero entretenido. Se trata de calmar al sedicioso que tenemos acorralado en el escondedero de la desolación, orgulloso de su sufrir, simulándole que podrá acomodarse algún día a esta nueva nada, otra vez tan recurrente.

– Bueno, dale. Empecemos.
– Tan triste y aún jugando. Eso es lo que más me gusta de vos.

La tangente del Lagarto

diciembre 24, 2008

A veces creo que es mejor callar que desaparecer aplastada por las criaturas horrorosas que cuelgan del arbolito.

Saber quién es el dueño de la paternidad, nos salva.
Al menos sabemos que alguna vez alguna cosa nos hizo comenzar.
Antes de eso, éramos serpientes adentro de una canasta (cuando las canastas duraban más de la mitad de la vida) gozando de la lascivia del doble límite.

Alcanzó tu nombre (su sonido) a mis ojos (sólo a mis ojos) y algo se conmovió un poco.
Y dije.
Y luego seguí descansando.
(lo considero un gesto suficiente)

– Si acaso hubieras venido, no habría dicho lo que dije.
(la distancia, para esas cosas, todavía es un amparo)

Supe esperar el momento, ignoré a la impaciencia con delectación. Ese goce me mantuvo viva.
(hay acciones que nadie se atrevería a usurparme, pero yo ya doy por pagada mi deuda y puedo decir que soy capaz de engendrar sin engendrar y de destruir sin hacerlo)

– He salvado mi equilibrio.
(hoy yo podría ser la peor compañía para los muertos)

“Cuando esta noche empiece a llover, cuando el hastío me (oh!) abra los ojos y me coagule la mirada, ruego que ya nada, ni vos mismo, nos interrumpa el diálogo, amor mío.”

Y ya que hablamos de diálogo, podría escribir un pequeño diálogo, quitar de la escena las coincidencias y los buenos y malos entendidos y después armar una película con lo que va quedando. Con los recortes de una historia dialogada entre un mendigo y una equilibrista, ambos bajo las órdenes de un director seriamente trastornado por su madre, que estaría siempre en primera fila, dándole al flash, para que el pobre infeliz no la pierda nunca de vista.
Eso es la literatura, Señores!

(y Señoras, claro…)

Pero como de mi gusto por la fotografía nació mi antipatía hacia la literatura no voy a escribir tal diálogo ni nada que mencione a la equilibrista ni a la madre de nadie, que puede ser la de cualquiera, hasta del director.
(en definitiva, todas las madres son La Madre)

De verdad no creo que escriba nada sobre la equilibrista.
Tampoco creo que hable mucho ya. Me preocupa decir la misma cosa siempre, una y otra vez.
(la gente no quiere oír siempre las mismas cosas)

– La gente no quiere ver siempre las mismas cosas.
– Gente… gente…
– Si. Gente.
– La tal gente saldría del cine ciega -a tientas- tarareando mis canciones! Y yo me convertiría en una mujer audible! Audible, entendés?!
– Y si en vez de audible fueras un lugar?
– Y si fuera una cosa? Una sóla y única cosa?
– Existen las solas cosas?
– Siempre igual vos…

(si yo fuera un lugar, sería todo aquello que está afuera)

Digamé Licenciado

agosto 10, 2008

Una vez, yendo por una ruta, mi viejo cambió una gorra por dos frutas y se sintió un campeón. Hasta ahí todo bien, pero a los dos kilómetros quiso que mi hermano y yo le diéramos las nuestras para seguir con el negocio.
Había muchos misterios. Ese auto era como un callejón donde a veces se oía alguna música perdida o rasante y otras un silencio ideal sólo para el sufrimiento o para la creación de pensamientos obsesivos.

– La bestia me ronda esta noche como antes volaba por adentro del auto. Va a querer, digo yo, ajustar el cuerpo contra los argumentos y después va a quedar todo el tapizado pegoteado. Yo no sé si atarla o ir preparando el jabón y los trapos.
– Y viste cuando te mordisquea los deditos… Levanta los ojos para que veas que en verdad lo que quiere es comerte el hígado. Y después sólo queda pensar ¿Adónde guardo el hígado ahora?
– Es que dan ganas de comerlo. De morder, yo entiendo. Es tan estéril todo sin la parte de los filos. Es desesperante. Como imaginar a Piazzolla tocando bluegrass en el Tibet.
– No hay caso, no, yo no lo puedo entender. Para mí que a la música hay que hacerla circular para que no se escape del cuerpo. Sea cual sea.
– ¿La música o el cuerpo?
– No sé. Ya te dije cómo son las cosas y vos sólo querés que nos encerremos en el placard a escribir mensajitos verde agua el uno contra el otro.
– Es que cuando los escribo ahí adentro siento que me salen con menos grito, como con nueve defensas y sólo dos delanteros. Son los viejos filtros ¿qué esperabas? ¿Filo?
– ¿Entonces vos decís que estamos condenados a cantar para siempre estas mismas canciones de mierda? ¿Nunca otra cosa? ¿Cómo puede ser que todavía queden oyentes para estas músicas?
– Podríamos alquilar gente que se ría por teléfono, si querés, para no aburrir a la audiencia.
– A mí con un solo acto me sobra y cuanto antes se vacíe la sala por mí mejor. El resto, a la hornalla, que se queme junto a las tostadas. Yo no voy a mirar.
– Pero ¿y el olor?
– El olor es una gran parte. Hace un tiempo me ofrecieron un mundo sin olores pero no lo acepté. Me pareció que podría ser algo similar a no vivir pero estando despiertos.
– No mirar es otra de las formas de esconderse. ¿Por qué todos se esconden? Decime ¿tienen la saliva apelmazada?
– La gente que se esconde sólo sirve para escenografía, y se sabe que vale más una mesa que alguien que se esconde. Una mierda.
– Yo sigo sin entender. Para mí que es algo con la saliva.
– Es la mierda. Viene por ese lado.
– Puede ser. Es que mierda, saliva y vergüenza es lo único propio que nos queda, en eso estamos de acuerdo. Y eso se cuida hasta lo último. El resto si, se puede dejar secar sobre la hornalla que no interesa.
– A mí se me complican algunas cosas, como ser la diferencia entre “lo único” y “lo último”, y ante esa duda prefiero edificarme una muy buena tapia llena de carteles de “Peligro” “Warning” “Achtung” a la que, en tu honor, llamaremos Mierda o Vergüenza.
– Todo un detalle, pero son dos cosas diferentes. Pensar que son la misma cosa sería como confundir a Urdapilleta con Tortonese sólo porque alguna vez los nombraste de corrido.
– Esos carteles no sabés cómo me salvan de las catervas de idiotas y de los modelos básicos de la lencería cerebral. Es casi instantáneo.
– Si, si, extremadamente interesante, pero para la bestia un “Don’t trespassing” adornado con colgajos humanos es la gloria. La bestia huele la sangre a años de distancia. Es como la casita de la bruja del cuento de Gretel. Demasiada golosina. Y las golosinas no despiertan ni respeto ni indiferencia.
– Yo antes guardaba un montón de dulces en la heladera y para conservarlas me compraba todos los días una o dos pizzas de fugazzeta. Ahora creo que todas esas cosas están vencidas, pero no me animo ni a mirarles la fecha. ¿Cuánto tiempo habrá pasado?
– ¿En años o en fracciones de segundo? Yo también llevo vencidas muchas delicatessens y rotas cantidad de muñecas porque yo estaba ahí y no supieron disfrutarme ¿Entendés? ¡Yo estaba ahí!
– Es un misterio, si, si. Lo raro del tiempo es que alcanza para todos pero nunca para todo ¿te diste cuenta?

La incierta voluntad del signo

julio 28, 2008

Lo mejor siempre está lejos. Maldita propensión (la de lo hermoso) de crecer siempre tan lejos.
Que por qué no voy a buscarlo? Porque es inútil. Lo bello corre con tanta rapidez que sería como intentar remontar el más delicado de los barriletes en el rincón más apretado del vacío.

Pasamos por nosotros por entre nosotros. Llevábamos ladrillos rotos en las manos. Apoyados en dos árboles tomábamos todo tal cual se nos daba (importa poco asegurar los peldaños cuando uno necesita quedarse en lo llano).
Hubo palabras cabalgando animales. Se creyeron tan nuestras que nos hicieron fiesta todas las tardes. Por las noches, algunas se levantaban para devorarnos. Nuestros despojos amanecían con hambre de palabras que siguieran con la fiesta como primer borrador de nuestra risa.

Como si fuese indiscutible que en cada color vive un sonido y en cada forma una historia, la ciudad camina ahora por detrás nuestro simulando un paisaje reciclable.
Cada tanto siento que todavía puedo dejar sin bodas a todas las cosas impares que me alman. Como a la desgracia de vivir tan al norte del alivio o a esta cara que busca una respuesta cierta en un pantalón sin bolsillos.
La clave está en el tiempo que pude enhebrar viendo cómo el mar se tragaba las botellas.
Yo que siempre supe saltear las canciones que menos me gustan, me veo reptar por entre los pastos sin saber que lo que busco quizás sean los pasos que voy dejando atrás.

Tus dedos se enrulan alrededor de mis muñecas y mi pelo, como una madreselva, te acerca a esa hora que hasta hace poco me pertenecía.
La morfina me sonríe y yo floto mientras se diluye y se desparrama por debajo de mi ropa.
Solitaria y discreta, por el subsuelo de las cosas.

Seis letras

mayo 7, 2008

Hay tantas dentaduras diciéndolo con mímica
que es una picardía que yo nunca recuerde la película.

La gracia consiste en hacerle sacar chispas al frío hasta llegar al incendio. Que mis dedos se entumezcan y mi rostro se descascare dando lugar a caras nuevas que no terminan nunca de desprenderse ni de nacer. Que por frotación se desmiguen y caigan de a pedazos a llenar los entredichos del teclado.
Es curioso, pero mi cuerpo parece haber nacido para esto y se acomoda fácilmente a las lepras de la gracia.

Once años, la edad de las necesidades y de la espalda en la vereda.
A los once se trata de redactar el cielo y que él nos traduzca el futuro. Simple, simple, simple. Como hablar, como tener sed y tomar agua de lluvia hasta que calme y se borre el espejismo. Redactarlo sin datos, sin lunares, sin pelo en los ojos, ni sillas, ni abandono.
Así de simple, como que no haya lunes en ninguna palabra.

La gracia. La forma de la gracia es lo que llena un vaso de agua tónica en enero. La gracia es llegar a todas partes dando vueltas perfectas como esferas de espuma a pesar del contramano de los ojos.
Cada tanto la gracia y cada tanto se aleja.
De sentir, yo la sentiría revisarme desde adentro buscándome los bordes.

Esto es realmente insostenible. Se acerca, me condena cada instante.
Las venas se arriman con la gracia a las paredes. Qué disfuncional parece la gracia cuando está cerca del aire.
Ser disfuncional no tiene nada de extraordinario (tampoco tiene por qué tenerlo). La disfunción es como ir a sesenta en una onda verde a las tres de la mañana.
Lo normal sería cortar todo lo más pequeño posible de manera que entre en una bolsa cualquiera.

A los once escribí una serie de fórmulas matemáticas (o serían químicas) sobre un mantel de hule prestado.
(si sobrevivo a esta escena, juré sobre ese mantel, (si sobrevivo) voy a dedicar mis ratos libres (todos mis ratos libres) al desahogo).

Es tan fuerte todo acá arriba que si esta vez sobrevivo, (si sobrevivo) voy a dedicarme a buscar un sistema que me dosifique los vuelos sobre la trenza que forma el río con las vías y las frenadas que di en las banquinas. Que por nada del mundo se libere la válvula o podría volverme profeta y tartamudear sobre todos y asustar a los perros que se comen entre ellos y mis huellas con las lenguas todas tendiendo hacia afuera.

El día llegó sin peldaños y tiene las ventanillas cerradas. Necesito que alguien disipe las emanaciones de tanta gente almacenada. El pasado se viene con todo y habrá que reinventarse para no tener que lamer heridas equivocadas con lenguas ajenas.

A los once, la vida se lee como el párrafo final de un libro interminable.

Trabajo Práctico Nº 1

enero 25, 2007

– i
Palabra que más cerca. lo que late esas ramas de exhalar lengua. de manos escondidas, y no es el plato ni el balanceo labiado ni todas las tardes de estornudar puentes tragando saliva y a esperar que se diluyan los rumores. un manojo de buenas intenciones y vicio. en el fondo somos buenos: no nos queda otra (algunos señores de piel estirada insisten en el chiste del perro y los cuñados) un enigma musical apropiado para masticarlo todo y quejarse a los besos.
– madre: hay algo peor que las uñas?
– no vamos a empezar con las preguntas ahora. y la calma.
– dale: nunca aprendí a leer líneas, ni ninguna otra cosa.
– tocame y ves: esta arena es días de cerrar las manos. no importa cuánto quemen los dedos ni hacer montoncitos con la sed de nada. un baile roto somos. y el resto se come. todo. como esconderse, pero para afuera.
– hace tiempo que quiero escribir gotitas.
– ¿de qué rabia estábamos hablando? con toda esta gama de colores pastel. y tan a mano.
habrá que nordeltearse o mandarse a hacer un sello. o un balde.
ii
conservo mi boleto
todavía,
pensaba vestirme de luces
y escupir balas en la boca del engaño. (ilusito)
hoy tengo una cosquilla en los dientes,
las manos listas
y una primavera
frágil
de aliento sostenido

– Guau, y yo tan sindormida tañendo sustancias que recuerdan y recuerdan que uñas y de carne y en el fondo qué? si nada labia la espera finalmente y nunca se diluyen las noches disfrazadas de noches (y no existe chiste, ni manojo, ni piel entre los pelos)
uñas, sed: hay algo peor que las madres? o el puño de arena puerca de vidas de cerrar
algo
vida
o nosotros
como sea, de cerrar
y no limar uñas que nos enciendan los dedos
mutilada la esperanza y roto el espacio y la pista
exprimir las últimas letras de los ojos no nos hace menos rabia
ni más puros los colores, tan a puño
los baldes, los señores sabios, las palabras que preñan al enojo
habrá.
pero nunca hoy
y conservamos el retorno comodín
y la mentira hecha estaciones (ilusito)
el ahogo no hace más que detener la risa

– El ahogo, entre otras cosas, cambia los colores. si no me creés probá dejar de respirar un ratito y vas a ver, al menos, estrellitas violeta arriba de los ojos. como cuando se mira mucho tiempo una luz blanca. como encandilarse para adentro.
si mahoma no va a la montaña irá a la costa, o al cono sur, o a la concha de su madre (esta última es, quizás, la más probable). por mí, que vaya donde quiera: no puede importarme menos.
cuidado: algunos incautos insisten en encender su pirotecnia al resguardo del día. no importa cuánto les avise, cuánto les demuestre que las luces se pierden, ellos la tiran igual. y creeme, no son comodines viejos, son cosas escondidas.
guau dicen los perros y a veces algunos hombres que destilan dientes perlados de un silencio lleno de gestos. guau y otras cosas dicen, cosas que guardan en frasquitos y frasquitos que guardan en alacenas que custodian casas que cuidan policías rabiosos. tanto quilombo para evitar el menor momentito de silencio. cuando a nadie se le ocurre nada (en la isla) abrimos un frasco y dejamos que el contenido gotee hasta el suelo, a veces por nuestras piernas.
¿cuando decís puño decís urgencia a manera de mordida, latido que rebota en la pija minúscula del alma? (después de todo, seguimos siendo jovencitos pudorosos: algunos le hacen a las rayitas descoloridas, otros a los gritos histéricos en recitales de los bítles y otros al punki, dicen. en el fondo es el mismo miedo a pura espalda inflamable) tragar aire para escupirlo distinto, pero sobre todas las cosas para que el lento moverse de nuestras panzas nos devuelva un pálido registro de vida.
no es lo negro ni el silencio que crece. no son espirales de estaciones teñidas por el espanto ni el loop de cranealidades quemadas: es nuestro grito, que encoge.

– Ni los perros mas locuaces guauguarían al recibir un mail premadrugado, la sorpresa para ellos no pasa mas allá de un dogui húmedo o un par de hamburguesas diet o ahogadoras. el pie (con su patada al hombro) se ve venir desde afuera, como si los ojos estuvieran cincuenta, ponele, sesenta centímetros adelantados mirando todo de afuera y sin darse vuelta ni cuenta nunca. y el depósito del agua se sigue llenando y parece que desborda pero siempre alguien nos tira de las bolas y el nivel baja un poquito y a cargar de nuevo de líquidos varios, sangre porai de luz transparente o a medio pudrir, pero eso sí, llenecita de estrelladas, destrelladas, dentelladas conchas maternales de encono azul y pirotecnia con sellos y estampitas de diosnossalve a todos menos a mí, diosnosabe cómo salvarnos y se come el comodín como grillos al cerote que salen de frasquitos que contienen frasquitos y adentro mares con botellas llenas de más frasquitos y todos vacíos y la sed que siempre se ocupa de todo y del alma macho con sus huevos chupados y la mesa puesta, yo no sé, pero que no gotee, por favor, que no gotee nada que el agua transmite la corriente y nos llevaría mas de dos mil vidas volver a subir a la canoita que anda como si tal cosa en tu costa de agua tibia de vientre. y ya sabemos que el agua caliente encoge…

– El otro día lo crucé a dios en un pasillo de canal nueve. iba con un reluciente disfraz de facundo arana y cuando le pregunté el por qué de toda la maniobra se rió sin mirarme y dijo que era para tener éxito con las mujeres. salió corriendo en dirección a un estudio y no lo vi más. tuve la ilusión de que existiera, al menos en esa tarde, la justicia divina. pero feinmann salió nomás en la tele. y de dios no supe más nada. más tarde un guardia de seguridad me informó que una vestuarista hospitalaria le propinó un trotecito casi cordial aún sabiendo que era un impostor. salvar el qué? no, no. para eso estamos ocupados. descubra quien baila estas líneas y gánese una inyección de fiebre. busque las diez diferencias. hoy veremos a dos hermanas siamesas indispuestas y a un sanguche de panceta y ajises ayudar al olvido de raúles. no se lo pueden perder. tampoco a los pistols, ni a los clash ni a nadie, en realidad. ya los conocemos, pastelito, nosotros sabemos lo que te estamos batiendo. vos andá y decí que vas de parte mía. cuando los domingos íbamos todos a plaza francia a fumar artesanías pakistaníes. las artesanías en pakistán tienen un pegue bárbaro, posta. ando buscando porque estoy en una misión apostólica, arqueológica, antropofílica o esa de las estampitas. llegan a lomo de perico, vía puerto rico, por eso el precio. si juntás las suficientes y las consumís a intervalos regulares y disponiendo de todos los avales correspondientes, te hacés acreedor a una entrada al soundgarden, que en el budhismo zenil se denomina nirvana que a su vez en egipcio quiere decir “me odio mucho quiero y quiero morir ya mismo”
(los daños son para visitar las examinaciones)

– El pasillaje de Gelly suele convocar a más de un fantasma convencido de que la fiebre viene en pastillas y con el tupé suficiente como para que las paredes le reboten la imagen derretida. Digna y todo. Un buen baile cabalgando masajes hembra porque para salvarte hay tiempo y la nebulosa sigue y no deja nada para el difrute pordiosero. Éxito! y no lo vi más… solo el flequillo acongojado de feinny y sucio de dos décadas de malos pensamientos y peor lenguaje liberado a las sintomanías que chocan con miles de monos que no ven, no oyen, no hablan, ni sienten mal. Dos décadas, de casis, dos décadas de filamentos secados al sol de nuestra biblia de antónimos y gerónimos, ambos de apellidos patrios y con poco moretón poguero.
Cuál de las siamesas se pierde primero la ayahuasca? Cuál olvida primero los aullidos? Cuál celebra el rito y pide damedamedame como si corriera pisando serpientes?
Yo paso de la pornografía, la realidad es mucho más hot cuando vas en primera pegadito al cordón. mirás cada paso y eyaculás, mirás un florista que busca cambio y al palo nuevamente, un carrito de supermercado y explotás porque el carro te hace todo lo que no te hace el buda anarquista que espera sentadito a que te canses del damedamedame. Por favor, pedilo bien… con mayonesa me dijiste?
Agachate! Cuidado! que revolotea el Big Brother numismático tirando moneditas de nirvana que si te pegan te quedás duro para siempre. Parapetate en Plaza Once, debajo de los manteles que esconden gritos pasajeros, no como los nuestros que son de paquistán norte, como el viento que vuelve cerdos a los locos.
(las inseminaciones son para visar los sueños)

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Piedra sobre Todo

octubre 6, 2006

Esto sucedía a diario en una ciudad del noeraeste argentino, dentro una plaza bautizada en honor a un héroe nacional cuyo nombre no quiero acordarme.
Sentado en el borde de la hamaca no entendía (nadie) sus premoniciones, divinas ellas, sordo él (y todos) y el ruido sobre la arena, hueco y grave, se oía a lo largo del círculo metropolitano, tanto, que hasta el arzobispo levantaba la mirada.
Recuerdo haberlo visto caminando (yo) por medianeras de papel, sin dudar un instante (él) entre perder el equilibrio y alguna otra cosa, quizás yo.
Él sabía lo que a mí me gustaba la palabra “consabida” discurriendo por su boca. Por eso será que me la decía poco (cuando quiere, y más a menudo de lo que a mi humor le conviene, él es un hijo de puta)
A veces siento que los fantasmas de su vida pasada llegan sólo para atormentarme a mí (habrá consuelo en los sistemas cíclicos del alma?)
Lo quiero todo, desde el alba hasta el fracaso, me decía siempre, pero no se dejaba (nunca) y patinaba por debajo de algunos de los lagos de existencia dudosa que quedan en el parque.
Creo que la mandarina que comimos fue lo único naranja de nuestras vidas (surgida (la mandarina) de una inapropiada traición del árbol sumada al deliberado descuido de la serpiente)
Lo pasado pisado, me propuso una vez y yo me acordé de una propaganda de zapatillas. Ni un segundo de más y ni un metro de menos pactamos. Y cumplimos. Piedra y, sobre todo, vapor de ojos y horizonte.

(algunos dicen que hay remedio en una planta que habla de madres.
De puta madres)

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Averno

julio 29, 2006

– Dame una pizca del goce de vivir.
– El camino es largo y la prisa indebida, mi querida.
– Es endiabladamente difícil no ansiar el fracaso.
– Vienen a nosotros, pero no se convierten en nosotros, ángel. El león no prueba el pasto cuando visita al ganado. Y el ganado no debería ver al león como un insecto fastidioso.
– Quizás una parte de mi ser anhele ser devorada por los leones.
– Deseás la sabiduría del infierno.
– Infierno o Paraíso me dan exactamente lo mismo. Yo no me disculpo por lo que soy.
– Te vas a quemar.
– Me vas a quemar.

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Y así

julio 21, 2006

algo va arrancando de cuajo bastante de todo aquello que le da (…) a esto que llamamos vida.

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Six Feet Under

julio 16, 2006

(“El barco está volviendo a casa ahora”)
Y el faro
También borracho y mareado entre los cactus
Que imprime tu selva para hacerla más altiva
Con el alma abierta y el viento soplando de tu mano
Y tus (“plumas camino del nido tiemblan como seda”)
Y mi amor que vuelve de otro domingo más muerto
En balsa mares cáscaras de llagas novedosas
Haber amado por momentos me hace grande
Todo es sinsentido
Y las vigas caen
No ves?
Cada segundo
Sin más que prisas.

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Continuidad

junio 18, 2006

– Adónde se escondió la noche de tus ojos?
– Por qué no mirás esa ola? Se parece a vos.
– No me vas a contestar esa?
– Es que la ola se te parece. Y hace un miedo de locos.
– Hace años me gustaba creer que yo era primavera.
– Vos no creés que hace un miedo de locos?
– Para mí que hace tiempo. Mis dedos están entumecidos. Será la tristeza. Adónde se escondió la noche de tus ojos?
– No había notado lo de tu risa.
– Una sensación rara ver una ola con forma de mí. Es lindo esto de las raras sensaciones.
– Me voy a tirar vueltacarnero desde el cubilete y le voy a hacer jaque a ese ancho de espadas que tenés en la gatera.
– Linda frase. Yo voy a ver si me hago unos mates salados. Me irritan bien la garganta.
– Te dije que ayer cumplí ciento veinticinco días sin mirarme?
– Adónde vas cuando nada alcanza?
– Yo me quedo quietito. A lo mejor no se derrama.
– Si, claro. Suena lógico.

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