Archive for the ‘Vidrio’ Category

Arenaque

abril 26, 2010

Si cuando mi pie tropieza, la luz no lo rescata, entonces, es como si nunca me hubiese caído.

Pensar en no pensar, esa es la cuestión.
Los pocos que somos nos vemos los anversos y a veces ni eso. Ahí es donde el afecto cuida la simbiosis.
Sin embargo uno bien puede ser único. Ser el único y el mejor público de uno mismo.
Sólo hay que saber cuándo dejar de mirar.
Saber ser público púdico.
Respetable púdico.
(las impudicias y el cinismo se presienten a no ser que uno sea primerizo y está claro que uno ya no lo es, no a esta altura)

Y así se siente y así se actúa. Sin querellas ni Pompeyas virulentas, ni jugos ni manifestaciones. Apenas una declamación leve cuando alguien pregunta con insistencia sobre qué fue del paredón.

– Y después?
– Ya nunca.

(-y no, no es desdén)
(-entonces?)

Posiblemente sea imposibilidad de dolor ante la facie.
(y eso ya es decir demasiado de mi gentileza pues mi cabeza bien podría hacerse a un lado de la pregunta como hacen las bocas que no van temblando de cariño hacia el famoso robo adolescente o alguna bofetada)

-Pero hablemos de vos. Contame cómo es tu realidad.
-A mí me tocó la de buscar entre un mar de adverbios cuál trastorna mejor la verba. Por ejemplo: “Yo te quiero…”
(tanto, lejos, siempre, mucho, bastante, arriba, también, tarde, algo, casi)

Me gusta la lentitud con la que busco la acepción correcta de cada palabra antes de hablar (y a veces, casi, en lugar de hablar)
Es bueno demostrar que no es preciso demostrar a pesar de que no es el pensamiento quien tiene el poder sino la palabra.

(entre pensamiento, palabra y obra, yo elijo omisión porque sé que al final el equilibrio siempre se nos quedará en sólo uno de los varios lados de la balanza)

En este exacto momento es este texto lo único que tiene sentido:

“No nos quiebra ni la paradoja monumental de haber hecho el amor en camas separadas.”

En este exacto momento somos varios anversos caminando, hablando, mirando, mirándonos.
(y es evidente que yo voy rumbo al octavo casillero)

(estúpido o brillante será convertirme de peón en torre o en alfil en lugar de coronarme directamente reina?)
Pero nobleza obliga:
(siempre necesité de algo como un sometimiento inexplicable ante el rival)

– Su Majestad, querida, sepa Usted que no voy a atacarla en diagonal.

En este exacto momento una voz le pregunta al Usted de mi anverso:

– Le queda chico el papel? Le ajusta? Le tira? O, al revés, lo escaso es Usted? Fíjese que tiene los bordes desajustados a la altura de la sien. Quizás una pinza, un drapee, una alforza, un dobladillo?

Qué fastidio.

– Qué pretende usted de mí?
– Lo que te haga falta, corazón.
– Está todo bien. Perfectamente así como está.

(es que a la herida hay que llevarla con civismo)

Ser reiterativa en la desconfianza parece ser hoy mi mayor acto de fe. Quizás lo poco de romanticismo que me ha ido quedando.

En este exacto momento mi presencia en este mundo es un completo misterio.

Vaya a saber por qué suceden estas cosas.
Como sea. No es tan terrible. Tiene su encanto.

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Undergone

abril 13, 2009

– Usted es el responsable ante el desierto.
– Es que me ven y no me ven.

Habla de su alma como si fuera un camisón. Refiere llevarla siempre por sobre encima del cuerpo de manera que le sea sencillo quitársela en caso de emergencia.
Su andar, la manera en la que se mueve, parece ajustarse más al miedo que al libre albedrío. Según el parecer de las enfermeras, se dejaría llevar por el sonido de sus propias pisadas: “Como si quisiera sentir el contraste que hacen sus zapatos con el silencio del suelo.”
Ha calificado a la oscuridad con adjetivos tales como: compacta, esponjosa, áspera e imperceptible.
Esto mismo es lo que nos ha llevado a considerar su caso como irrecuperable.
Se quedará en observación hasta que algo suceda.

No me sorprendió cuando la combi llena de cieguitos frenó a mi lado (tampoco me había sorprendido cuando Amanda llegó con la bandeja llena de galletitas de avena, deformes todas, pero con el clásico sabor de las pasiones reprimidas).
Resulta lógico y esperable no sorprenderse de esas cosas si uno finalmente decide poner en manos del destino todas las creencias ¿no le parece? Después de todo, si esto no hubiese sucedido (lo de la combi) jamás nos habríamos dado cuenta de lo profundamente desconocidos que éramos el uno para el otro. ¿O acaso hay alguien más desconocido que aquel a quien estamos viendo por primera vez?
Toda una tentación, dígame si no. El privilegio de ver vs. una multitud de ciegos. ¡Pude haber hecho tantas cosas! Confundirlos con el silencio, marearlos con una conversación rotundamente liviana (pero llena de palabras complicadas), seducirlos, confundirlos, exponerlos, rechazarlos.
Los ciegos estaban tan en mis manos, sabe, que hasta sentí que por una vez, si me lo proponía, podría torcer todo eso que llaman destino. ¿Por qué no? De ninguna manera era difícil hacerlos desaparecer, matarlos de a uno o en bloque, a martillazos o de sed, dejándolos atados a un árbol o sueltos en una autopista y a la buena de Dios.
Pero no. A mí todavía me quedaba algo de sensibilidad y a los cieguitos, bastante de suerte.

Recordar todo esto es como ver un humito desleído escaparse de mis sienes. Se eleva licuándose, apagándose, olvidándose de su función hasta desaparecer por completo.
¡Cuánto más simple sería vivir una vida en la que las elipsis sean los únicos momentos memorables! Me tranquiliza pensar que desde un punto de vista ético, debe ser mucho peor crear un recuerdo que olvidarlo.

Durante esos ratos paréntesis, brevísimos espacios de conciencia, me dice que a menudo se pregunta por qué nunca le ha interesado saber qué otras más ingles que la de ella habrían querido, él y su propia lengua, lamer.
Yo aprovecho esos instantes de conexión para conocerlo. Le sugiero que se haga esa pregunta y que intente contestarse.
Se pone violento. Me dice que no es amigo de las preguntas y menos de las respuestas, pero a veces lo intenta.

Una vez me contestó lo que no quería oír y el frío me corrió como una anguila mecánica por la espalda. Le pedí que se callara pero continuó. Mi lengua no se detuvo. La información sobre mis prácticas linguales, presuntamente democráticas, que siguió manifestándome a lo largo de aquella conversación intentaba satisfacerme, pero lejos de eso, sólo logró hacerme sentir el principal responsable.
¿Por qué propicio yo esa fuga de curiosidad?

Al finalizar me confiesa que ha sido doloroso, aunque sin duda, muy interesante conocer de la especial glotonería de “la declarante” (así se refiere el paciente a su lengua) acerca de orejas y dedos varios.
Su confesión anticipa la desconexión y volvemos al lugar primario en el que las palabras se susurran a sí mismas al oído de la inteligencia.

No es falta de interés – me dirá desde el diván antes de irse – hay cosas que uno ve en los ciegos que a otros, aún con el camisón remachado a los huesos, sencillamente se les escapa. Quizás esta gente se ocupe de otra realidad y la busque en otra parte. Yo no.
Nadie es igual a nadie. Es sólo una cuestión de talento.

Taxidermística (Unglassed)

diciembre 12, 2008

El mar ahorra sólo en una cosa.

Penélope descorre la sombra. No la deja hacer.
Salta, mortal, sin modo de sentir que todo es posible.
Ella no ignora qué quiere. Lo hace mentir. Lo busca.
Mientras soporta. Mientras se esfuerza.
Por nada. Mucho. Muchísimo. Y luego encalla sobre el triunfo.
Izará las vendas.
Será almohada. Suave deshará el hielo de los desalmados.
A ella le encanta. Una copa dejará en la corriente.
El amor no tendrá con qué brindar.

Taxidermística (Soft drift rafting)

diciembre 11, 2008

El mar, ahora, es sólo una cosa.

Penélope corre distinto. No hace sombra. O la deja.
Salta el sentir de modo que todo sea posible de matar.
Ella ignora lo que quiere y hace que busca. Miente.
Mientras soporta. Mientras se esfuerza.
Por poco, mucho. Muchísimo. Y luego se calla para sorber su triunfo.
Buscarán la venda.
Embalsamados serán suaves. Serán almohadas en el deshielo.
Ella será la copa. Se dejará cantar por la corriente.
El amor tendría que aprender a nadar.

Como topos

agosto 12, 2008

Dicen que si no se puede contar es porque no sucedió.

Era lógico que Juan utilizara las horas de la noche y los días de tormenta para anidar su apocalíptica locura como una cicatriz sobre los brazos (a veces demasiado largos, a veces demasiado cortos) de aquella que ocupaba su misma y única trinchera acolchonada. Su último bastión.
Compartir ese refugio con ella era para Juan como una victoria. Como una victoria, pero sin las alas que las victorias suelen otorgar a quienes cargan con ellas.
Miraba al río discurrir frente a ellos sin más compañía que la memoria, la mujer y algunos objetos olvidados por los otros durante el apuro infantil por adueñarse del escape.
No había profilaxis entre ellos, ni progreso, ni quietud, y si bien eso se localizaba dentro de lo temible, como no existían alternativas, ellos lo aceptaban así.
Desde el aire se los veía tan claramente que de haber pasado un ave enemiga los habría apresado o tal vez comido como único intento de comunicación.
El ruido del río les era grato pero el temor, el terror a ser descubiertos y fusilados, no les permitía permanecer en la orilla por más tiempo que el necesario para cargar el agua con el que preparaban el café que constantemente bebían para ayudar al estómago a soportar las pastillas.

Juan seguía una bitácora, un diario prolijo, con fechas, mapas y algunos detalles climáticos para que no hiciera falta observar el avance de las cicatrices como método para calcular el paso del tiempo. Un diario cuidadoso, con líneas que formaban planos y luego nuevas líneas que trazaban nuevas formas y rutas para un nuevo y exitoso escape, un diario en el que cada día iniciaba una página en blanco (mantuviera o no continuidad con el argumento heredado del día anterior) sabiendo que, si sólo hay dos momentos en la vida de las personas, el que había que aprovechar era siempre el segundo porque, el segundo, también es el último y ella, invariablemente, le sonreiría siempre a último momento.

Todos sabemos que en las historias lo que no se cuenta es lo que de verdad importa y lo que se dice nada más que un ejercicio retórico practicado por el puro placer de la descripción y de la búsqueda de nuestra propia y mejor purga existencial.
Por eso considero preciso decir lo menos posible sobre Juan y sobre su circunstancia. Porque, a diferencia de lo que sucede en la vida real, una vez escrita una historia, sea verdad o mentira, se convierte ésta en permanente e irrevocable y Juan no posee todavía, de la victoria, las alas que lo ayuden a soportar que juega un juego sin nombre y sin reglas.
Por otro lado, ella tampoco conoce las reglas. Seguramente, de compartir ese conocimiento, durante los descansos conversarían sobre la partida en lugar de sentir temor, o escribir bitácoras o planes, o de disfrutar del ruido del agua con la que, mañana, volverán a preparar el café, que, ya sabemos, ayudará a que les sea más fácil a comenzar el día.

Fragmento (bel canto coral)

julio 23, 2008

Los días son tan iguales…
No conocen el deterioro?

1- El escenario responde de manera muy extraña y cada día con detalles más nuevos que reemplazan (de derecha a izquierda) a todo lo que se va saliendo de plano.
El aplauso es grande, gigantesco, pero nunca nadie sabe si es para los que salen o para los que van entrando.

2- Es el acto perfecto sobre la escenografía ideal. Entran dos personajes a entender de qué se trata. Por un rato disfrutan de la perfección hasta que el director les recuerda, a cada uno, su papel en la obra. Entonces, cada uno con su tiempo y con su estilo, comienzan a mirar todo, a tocar todo, a desmenuzarlo, a olerlo todo hasta que, segundos antes de los aplausos, lo único que queda son moléculas de cosas tapizándoles el suelo.

3- Una obrita con tres personajes que hablan todo el tiempo sobre tres cosas diferentes. Son dos horas.
El público, al principio, trata de seguirlos a los tres (en general, nadie quiere perderse nada) pero lo cierto es que eso es humanamente imposible.
A la salida del teatro te hacen una encuesta para averiguar por cuál te decidiste, a cuál de ellos le prestaste más atención.
Un 80% de los encuestados suele decir que se pasó las dos horas intentando unir los tres discursos en un sentido único y proporcionado. Un 15% dice que al cabo de unos minutos se decidió por la voz que resaltaba más por sobre las otras (interesante es que no todos destacaron a la misma). El resto, un 5%, refiere que se sentó y disfrutó de la musicalidad de esa especie de Bel Canto Coral desarmonizado y casi sin melodías simultáneas.

Una vez salió uno que dijo que era la cuarta vez que veía la obra.

(No, gracia a vó)

Sólo por hoy

abril 13, 2008

Y eso es todo, me temo. Y así seguirá siendo.
Presente inaguantable. Presente forzoso. Presente sin remedio.
Así, sólo por hoy, y hasta que llegue el aplomo.

En un estado de responsabilidad aberrante y prodigiosa, Luciana forzó un paréntesis sobre su desconexión y comenzó a rezar.
Que Dios esté grave no es impedimento.
Que Él sienta esta repugnancia impasible por sus criaturas no es nada más que una falla en el percutor de su pereza.

Y, como cada vez, Luciana pidió cosas razonables: La saciedad; seguir sin adquirir un estilo; no ser culpable de las mentiras que estrangulan su poesía e impermeabilizan su prosa con la refinada intención de preservar sus diferencias (mínimas); y conservar la salud
que va y viene…

– Luciana reza?
– Si.

Hay cosas que ella siente ante determinados estímulos que a otros sencillamente se les pasa. Ella sabe mucho más de lo que aparenta, ella entiende a las cosas naturales como lo que son y a las mágicas como lo que quieren decir. No hay modo de que ocurra otra cosa, ella entiende la señal. Sabe que no es posible sentir el lugar ocupable sino hasta estarlo ocupando y por eso no se adelanta.
Futuro y pasado están viciados de irrealidad. Ambos carecen de la precisión necesaria para volverse vulgares.

Luciana está a mitad de camino del doble de todo y todavía no tiene nada resuelto. No sabe a qué va a jugar, ni si volverá a nublarse alguna vez; si mañana se animaría a detener la eternidad o si aprenderá otra cosa.
Ella tiene miedo.
Lloverán tableros, dice la radio, pero el Universo, que siempre se adelanta, ya chispea los primeros peones. Caen como alfileres
(con lo que a ella la asustan los alfileres!)

– Se sentirá mejor Luciana cuando pare de llover?
– Seguramente.

El ajedrez es un juego peligroso. Los tableros son como paisajes, escenarios fantasma. Ni campo ni ciudad. Cada tablero es un escenario diferente. Algunos, con árboles de papel que ya fue árbol, otros, con animales embalsamados en sí mismos sobre la arena, que sigue siendo arena pero que de lejos se ve playa, o desierto.

Cuando caigan las torres, la reina ya habrá muerto.

– Y por qué reza?
– Porque cuando no reza, Luciana no duerme tranquila.

Hay quienes han sido tristemente favorecidos con la cosecha (tardía, si) de ciertos aprendizajes banales. Sufrieron cada tormenta viendo peligrar a las espigas como a novicias que vuelven.

(- Pero durante la tempestad del síntoma, algunos malestares suelen alterar las señales.)
(- Si, por eso el apuro, por eso la nostalgia, por eso el hastío.)

Hay quienes son muy tristemente sabios. Como Luciana, que sabe que tiene miedo y entonces es mala. Mala porque les pega a los hijos y a los huérfanos. Mala por hija de puta egoísta, violenta, calculadora, desleal, tramposa, golpeadora, asesina.

Mala.

Luciana tiene miedo y entonces miente, pega, traiciona, engaña, fuerza, abandona.
Tiene miedo.
Es vieja. Le teme a la muerte. Le teme al sida, a la lepra, al hambre, al rehén, al asco, a la duda.

A veces, al dar por aprendida la lección, los nuevos sabios se abandonan al amparo del ungüento que los reviste de gracia. Y se descomen en su asombro y resiembran ociosamente la estupidez por sobre el delirio lento y ya seco, ese sabio Dios planta de una sola temporada.

– Y cuando reza, descansa?
– No, cuando reza, tampoco.

Audrey

marzo 10, 2008

“No parece que haga mal a nadie; pero casi me resulta dolorosa la idea de que me pueda sobrevivir.”
F. Kafka

Observemos cómo sus piernas cuelgan desde esa cadera carretel apoyada contra la pared por donde salen los fantasmas. Cuelgan hacia el vacío como antes colgaban sus hilos y ahora todo lo que se le cae. O lo que él deja caer.
No se acerquen. Miren cómo nos desafía a través del cristal.
Hace unos días creímos que había muerto. Dejamos pasar unas horas antes de incinerar los restos, pero al amanecer resurgió, sereno y suave como un puto fénix de las malditas cenizas. Quisimos curar su memoria en ese momento, pero, si antes era mitad monstruo y mitad humano, después de renacer, el humano comenzó a desvanecerse y hoy ya no hallamos más que silencio en su razonamiento.
Observen su plumaje y el brillo de sus dientes. Dicen los cuidadores que antes de dormir los pone en un vaso con licor, pero por el aliento yo digo que debe ser de cerveza.
También fuma. Miren el detalle del amarillo en la mirada. Tiene toda la nicotina adherida a los ojos. Creemos que la usa para camuflarse.
A las sonrisas también las esconde. Las diluye en todo lo que traga hasta llegarlas a la sangre que es donde continuamente las advertimos. Tarde. Como siempre. Como todo.
Por qué razón no quiere que pensemos que cada tanto sonreiría? Un pudor original? Un desquite? Él cree que el amarillo de la mirada lo socorre, pero nosotros las vemos. Nosotros lo sabemos.
Y observen sus manos. Vean. No son armas. Son nada más que dos diccionarios. Las espadas le nacen sólo cuando habla. Como cuando se escribe un silencio y no se oculta que no se dice nada como parte de la queja o como único agravio.
Miren el vaivén, cómo lleva la llaga de una mano hacia la otra. Interesante evolución. Antes de renacer, rebotaba contra las paredes cuando comenzaban las llagas. Un buen rato. Después se relajaba y el alma se le desenroscaba de los dedos. Una vez dormido, todo volvía a su lugar. Ahora, todos los cambios que le suceden durante el día se instalan. Como si en él se estuviera gestando un molde.
Yo les aseguro que no es sencillo sobrellevar la investigación sobre qué es o que será de él. De mis pieles cuelga la culpa, por mi exceso de prudencia o por no haber podido curarlo a través del vidrio.
Yo debí renunciar a entenderlo hace tiempo.
Yo debí dejarlo volar, porque tal vez, tal vez…