Archive for 29 febrero 2008

Perfumadas Criaturas

febrero 29, 2008

“Wovon man nicht sprechen kann, darüber muß man schweigen”
Ludwig Wittgenstein

Tengo al universo en la punta de la flecha
Alguien desde el paisaje grita tregua
(yo le oigo flores blancas)
Mis soldados caminan en círculos por el patio
Es de día. Todo huele a sombra.

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Happy Ballena and So So Sad Mosquitou

febrero 24, 2008

Voy a alejar al diamante de los gusanos.
No me importa cuántos sean. No voy a dejar de resucitarlo.

Las ballenas, hirviendo luz arriba, cuentan que hay mosquitous que no se animan a vivir ahí donde se puede mirar sin permiso. Ni parpadeando, ni durmiendo de a ratos para descansar las alitas.
Las ballenas, escondiendo sombra abajo, cuentan que hay mosquitous que juegan al tetris en condiciones de gravedad cero, bien alejados de los peligros que las tormentas encierran.

No será por relleno, será por vacío. Voy a poner una fábrica de semillas de ballena para ganarle a la muerte. No dejarlas nacer será mi serena venganza.
En lugar de un silencio, voy a dejar un espacio muy muy vacío en el agua.
Los mares quedarán vacíos. Seguirán fríos como los pies de los perros que mordisquean el viento.
Algunos peces saldrán también a coquetear con el aire. Ellos correrán con la ventaja de los diablos, al igual que los bomberos que todo lo incendian desde sus fósforos de madera balsa.

Y yo me voy a encender en la orilla. Para que impacten las semillas en mi fuego y no en aquello otro que es un perpetuo espejismo (ni en el mar, que será un enorme, un gran gran vacío).
– Era acá? – me preguntarán las fallidas ballenas mientras ardan.
La muerte va a entrar por el agujero que ellas dejen al incrustarse en mi fuego.

Moraleja:
No se puede ser un mosquito impresionable en una tormenta de ideas. No se puede ser una happy ballena en un río de amargura.
(hay tantas cosas no se pueden, hay tantas cosas no se deben, y sin embargo…)

También la marca

febrero 19, 2008

Ellos encontraron el infierno entre las tablas que se separan en el piso de parquet. Preguntas perfectas para respuestas idénticas.
Mi abuela mira. Ni en pedo piensa bajar por la hendidura.

Cada siete días, del bolsillo de mi abuela sangra una suerte de amor milagroso. A veces se juntan grupos de hasta treinta para beberlo. Ella les cobra más barato porque llegan por su cuenta. Con la abuela no se fía.

Y al juntar las cien monedas, mi abuela se vuelve a dormir.
Ella descansa en que algo habrá de consolar sus intenciones, las formas de la ausencia o quizás la respuesta cierta de si murió la rosa.

Siempre hay una señora que habla con mi abuela mientras ella descose los ruedos. En la foto, sin embargo, parece que estuviera sola y que no estuvieran haciendo nada. Por alguna razón, esa foto huele a perejil recién cortado.

Cada vez que saco la cámara del bolso, las caras de todos cambian de formato. Se tensan los labios, las mandíbulas titilan, las frentes se elevan. Mi abuela se pone los anteojos y con esos ojos me mira.
(con esos ojos me llora, con esos ojos me cierra)

Un día se olvidó de llover. Al día siguiente se cortó la luz. Dos días después notamos que ya no había viento ni nubes. Mi abuela y yo compramos rifles.
Los cambios complotan contra la salud mental de los humanos.

Cambiamos todos de tribu los domingos de foto y siesta.
– No hagan caras, hagan memoria.- dice mi abuela.
Veníamos sonriendo, cantando, bailando bajito. Para qué cambiar? Para qué salir, para qué volver?

Rascasol (ella siempre enamorada)

febrero 15, 2008

Para tí oh! queridísima Lucrecia va este oh! humilde pero no por eso menos sentido oh! menaje por tus 6 (6) (que no cinco (cinco)) años en esto.
Que no se corte!

La pizarrita de hoy se reserva a la resacada que camina vereda por las calles del retroceso en una natación brutal por el consomé asfaltado del civismo (y enarbolando!)
A la que a toda esperanza da por injusta y entonces (no va y) la cesa.
A la que arranca y desgaja de blancos y negros la (oh!) desgracia gentil de los sepulcros.
A la que agosteciendo de alcoholes y abusandos, la noche retractil deja existir como a la espera turbia (noche que se le otorgó también en domicilio y tregua)
Pero no valen la pena los aspectos furtivos y explicables al claro iris de los verbos mieles. Crespos. Que a veces como sedas que a veces como balas. No.
La memoria se me vuelve como grande adormidera por los años de dulce afán desdibujado en el balcón de los ensayos y que en los garbos decreta. De Creta. De Greta.
La paciente corteza se me moja en los sillones mientras trago glutiente sus pretextos más rentables. Burbujeantes… (habituados a los esguinces inmerecidos de las mañanas)
Y no es necesario decir lo que se quiso, lo que guisamos o lo que emparentamos entre versos interminables como pozos en la piedra o como besos en la piel de la mejilla. Tampoco.
La forma sinuosa de su lengua puente (demente) por el que siempre viene del hígado hacia mi yo espejo para que le aligere las voces con el perdón de nosotros y de nuestra temeraria carne, no piensa enderezarse (sólo por hoy)
Y a mí me parece perfecto.
Aunque ella humeante. Aunque ella hervida.

Cortitos sobre Blas

febrero 10, 2008

Es todo tan reciente que ni hace falta nombrarlo.
Aún no hay dedos, aún no hay mundo.
(sólo un poco de barro en una cantera de diamantes)

Blas se depila la incoherencia de tener plumas junto con las de gaviota que le nacen en la mucosa del estómago.
Una interrupción más adentro de la principal interrupción que son los días.
Las alas que le crecen cosquillas adentro son circunstancias muy molestas para Blas.
Por eso, cuando termina, Blas se besa las manos. Con las manos en el aire, Blas no pierde el equilibrio.

Él se arremanga los párpados a muy bajo costo. Es que dejarlos cerrados le resulta muy violento.
Cerrados podrían descubrir lo quieto que puede quedarse el silencio.
Blas no necesita ser feliz. Blas no necesita nada.
Él sólo quiere que pase un día sin pensar en eso.

Él podría suplantarse en su sueño para no vivir dejándose, divorciado de sí, invisible y parroquial de la piel a la cabeza, pero le resulta tan fácil desapercibirse y tan imposible desaparecer.
Por las mañanas, Blas se despierta y escupe sangre.
El mar ronca sus presagios en los entretiempos de su sueño.

Podría suplantarse en el sueño, pero Blas prefiere obligarse a decir. El costo, un peso de hielo la palabra. Buen negocio si entendemos que a Blas lo que menos le importa es el hielo.
Y una vez que se haga hablar, probablemente Blas se corrija y luego enmiende los detalles que no lo conformen.

Como una burbuja metálica que resiste el viento y las palabras
el tiempo de Blas se deja elevar
y se pierde rodando
Soberbio, primicio, desconfiado.

No te lo puedo decir

febrero 6, 2008

Este paso de comedia es otra forma paralela de convalecer la vida.

Tus palabras anochecen en el conocimiento de la farsa. Ellas existen pero no para nombrar, sino para desintegrarte.
Y lo digo sin desconocer que, al fin y al cabo, yo también te finjo a veces poemas entre las letras.
Cuando vos escribís, toda la miseria, toda la esclava ilusión del paréntesis lírico se limita del desnudo de lo individual y se convierte en un escenario líquido en el que sólo se puede andar, despacio pero andar, hacia la ciática de lo último. Como chicos acostumbrados a la espera
Cuando vos escribís, envueltos por el humo que apoeta las cosas, el énfasis y el misterio pierden su potencia. Entran y salen de conversaciones por encargo, reescribiendo sobreentendidos tan nutricios como cuestionables.

En cambio, cuando yo escribo, hay sombras que se cotejan entre ellas la grisura, sin entender que no existen grises sin una médula rehén que les avale la mímica.
Cuando yo escribo, ellas se pelean por saber qué es menos mentira, si lo que no digo o lo que me callo, si lo que oculto o lo que se esconde, porque, para mí, escribir es disimular la indiferencia mediante una filosofía sencilla e imaginaria sobre (y para) nuestros Yo más inestables.

Pero, cada tanto, vos y yo nos leemos en un orden que expresa el grito de volar escrito a un reloj y simulando un verso, verso que aún no existe y sin embargo ansía, tímido, ser nuestro lecho en la escritura. Entonces, ya no hay desorden porque volvemos al origen perfecto de la ausencia de censura. Y es tan sólo un instante lo que nos dura esa amabilidad de pensamiento ausente. Y aunque ambos sabemos que en ese acto la plenitud nos consume, esa atonía ante la verdad nos resulta irresistible.

Nada hay más seductor que un abstracto al que le cuesta alejarse y, por eso, merodea.