Archive for 20 mayo 2009

Pero han osado preguntarle

mayo 20, 2009

Elipsis: Evasión, hueco, bostezo con un mínimo de calidad literaria.
Un ahorro de energía presumiendo que el entendimiento (de ser necesario) verterá lo suyo en la grietas como si fueran moldecitos.
(después de todo, los ojos no la pasan preguntando qué cosas han dejado de mirar)

Su fatalidad diaria comienza con el vértigo tras la pesadilla. Ella interpreta cada amanecer como una advertencia nueva, cada vez más severa. Ni otra cosa que “sufrirás, sufrirás, sufrirás por no responder, por no responder y no haber preguntado”.
Abre los ojos justo en ese punto en el que la opción se balancea entre desentenderse de todo y decidir que todo es la mar de interesante. Un punto absolutamente creativo, dirán algunos. Dos pulmones inspirando y expirando al ritmo que exige el funcionamiento de la máquina. Así da comienzo su día.

Se levanta de la cama y en un acto amoroso recubre con la manta la superficie colmada de aquel con quien ha compartido el más intenso de los viajes (con ese acto inaugura el momento metafórico en el que todas las cosas comienzan a volverse otras).
– Deberíamos retratar todo antes de la nieve.
Pero Amelia habla demasiado bajo. Y además, ese hombre ya ha vuelto a ser un hombre corriente, de esos que entran.
Simplemente.
Y el cerebro de Amelia quiere –necesita- estructuras nuevas.
También perspectivas. Para desafiar a los elementos y dejar ese silencio fundado en una historia difícil de contar.

Los más valientes suelen ser los más suicidas, dicen, pero a Amelia le da exactamente igual. O no. Tal vez ella prefiera más bien un estado anímico nuevo a ponerse a escribir su propio epitafio.
Porque todos los días ella amanece como una pantera poco antes de saltar sobre algún cuello. Sí, algo así. Y si bien no hay ni trauma ni perversidad en el acto que protagoniza al enfrentar al día, ella preferiría despertar y correr las diez cuadras que la separan del mar y zambullirse en él o pasarse la mañana bailando en una única baldosa por simple entusiasmo.

Como siguiendo el consejo de Roberto que le dice “pruebe dejarlo todo diariamente”, ella sale de la habitación y deja por fin pasar a médicos y sacerdotes.
(no a cualquiera ella le regala sus no)

Mientras se aleja, sus ojos buscan puntos de referencia para no salir despedidos por la inercia. Algo a qué adherirse.
Quizá sopese, cerca del mediodía, la posibilidad de aliarse a aquel libro que absorbe todos los olores de su cama, lea algún cuento y se ponga a reír muerta de nostalgia mientras se le va desempañando el aliento del que en la habitación ya debe haber dejado de existir.
Quizás deje pasar la tarde con la inquietud de quien ha descubierto que el sentido de la vida -de todas las vidas- es esto: decidir si la noche es un comienzo o una nueva despedida.

Pero primero esconderá sus manos de la flecha fantasma. Las meterá en los bolsillos para amasarlas.
(a escondidas se egoístan los disfrutes)
Que el próximo objeto no sospeche, que no note la demanda hasta que quiera saber quién es esa con la que ha viajado.
Hasta que se atreva a preguntar quién es la que parece que está por saltar sobre su cuello para luego echarse a correr cansada, harta, no de lo que deseó, sino de lo hubiera querido desear.
Los límites son tajantes y le fueron asignados.
¿Cuánto tiempo hasta que codicie que ella lo devore?

Anuncios

Reset

mayo 8, 2009

(entre vos y yo hay una sola indiferencia)

Hay una sola cosa que yo hago antes de olvidarme de casi todo y esa cosa es darle a todo una última oportunidad. Así me queda la impresión de que se ha hecho lo posible aunque en el fondo sepa que no es así, que ya desde el vamos ese asunto fue una causa perdida. Incluso eso -el saberlo de antemano- también se perderá en el olvido y de esa manera las cosas seguirán su curso como desde siempre estuvo planeado.

Resulta triste. Me tomaría un café mirando el techo pero no tengo café (algunos dicen que tampoco techo). Me están explicando últimamente que hay que ser claros como antes. Claro, es que yo antes organizaba mejor el pensamiento y las ideas, y los podía ordenar de una manera mucho más eficaz y convincente que ahora.
Para que haya encuentro, me dicen.

Yo lo llamaría, se sabe, vestida con esos humores que resbalan y zigzaguean desde donde se me vierte la vanidosa. Desde ahí, digamos, no nos costaría demasiado si –también es bien sabido- a él los espasmos se le acaban enseguida y a la mía se la convoca más fácil que pronto con sólo hacerme oler esos anzuelos dulzones que buscan y se llevan de cualquier desnudo su putrefacto.
Como si me fuera de prudencia lo llamaría que si no igual, parecido y hasta el final de su sermón.
Y entonces se iría, pero quedando algo lector y mucho juez de mis ideas sobre verdad o exactitud, y de nuevo arrodillado ante la parroquia de lo binario.

Y no menos ni bien acercar a cuanto mundo el desate del nudo a su vuelta de horca -hay tantas viejas comiéndose los mocos- pero lo llamaría y se me iría de la boca que ya no se naufrague con distorsiones, porque cuando todo se blanca, cuando todo es protocolo, no queda otra que quedarse pero ido y con la incertidumbre del me habré apropiado de lo poco como último alarde o consuelo (porque si había algo que no se pudo, que no se vio ni se le va a aparecer por más devoto, ya está pasado de sincronía y así están las cosas).

Rara vez lo llamaría, pero sí cada tanto. En especial sobre esos días en los que la misa se cruza a practicarme, tan sopa ella en su mística, únicamente porque yo le resulto la más vela de todos los rituales.
Que si me pongo, diría que le resulto: la como ritmo una seda, la que en parte nombre, la como vida un violín, la mejor, la aunque la nadien, la que lo hembra y lo alumbra, la insistidora, la fósforo blanco, la mentolada.
Pero como no me pongo: La que le traduce su yo del no siempre alfil o coronel del se debe.

Entonces yo voy y no lo llamo.
Y no lo llamo porque él -insisto- y porque en él son todos.
(y porque corro el riesgo de que se le pueda venir encima todo el analfabetismo familiar hasta taparlo por completo (y no quisiera ser yo la que lo convierta en penetrante sólo porque quedó accidentalmente metido en el desasosiego ancestral)).

Se vienen las preguntas. Pero son preguntas que ya no van a tener suerte. Hay otras urgencias como las de la cuchara y la mosca que flota en la olvidada.
¿Lo de la mosca será el hartazgo de caminar por el filo del cuchillo sin que a sus patas les pase nada?
¿Qué será peor, la angustia de quedar al descubierto o ver que a quien le prestaste la voz ya no vuelve?
Se sabe que cuando la ceremonia se destreza de su carácter hermético lo que agenda percibido es, con sólo mirarlo, un estorbo. Como la mosca.

Y entonces se va y se queda de la mano -de esa mano suya- que insecta inexistencia. Y entonces le toca –¿le acaricia?- el lomo a los únicos ardores (pero al perro no le basta y al libro le pica y (otra demanda al mérito) él no alcanza a rascar bien el lugar).

Son formas, nomás, dirá el experto en discursivas. Un ensayo de soberanía sobre las reglas de la palabra. Para algunos, una brújula en blanco hacia el objeto insondable. Para la literatura, un ejercicio poco enriquecedor. Para mí, lo que sobra del floreo. El agua que queda alrededor de las lentejas.
Pero era necesaria esta instancia para que volvieran y han vuelto.
Las voces han vuelto.
Excelente.

Undergone (por Rey Ahogado)

mayo 4, 2009

Ellos también son y se mueven. Los casilleros también arden desesperados por que alguien los llene de fichas, todas en equilibrio fluctuante, todas en jaque continuo. Carne fresca. Sólo soy observador de todos esos juegos. No hago nada más que alimentarlos y verlos comer.

Aprendí mi primer oficio a la edad de un mes y medio. Dos oficios más a los tres años. A los cinco ya pervertía los signos de casi todas las cosas.
Muchos oficios pero nadie se da cuenta, quizás porque a veces actúo de manera aficionada, sin compromiso, no lo sé, pero es más cómodo después de todo, hacer las cosas sabiendo que podemos detenernos en cualquier momento. Y mi momento es siempre la hora de la responsabilidad.
Ahí es cuando me disgrego, supongo que por pose.
A nadie le gusta cuando lo hago ¿sabe? pero si me entablan debates o me demandan yo me vuelvo invisible y sin siquiera tener que desaparecer.
En las relaciones forzar y decretar tablas no es nada del otro mundo, es sólo cuestión de hacer que se repitan las jugadas como se repiten los sueños. En definitiva, los casilleros no son tantos, como tampoco son tantos los sueños.
Yo siempre sueño que abro el telón y que espero sentado en mi butaca a que todo esto deje de suceder. Es mi sueño más frecuente, de los más definidos, de esos que uno recuerda como explosiones a lo largo del día en las que cada esquirla es una pincelada más y cada detalle que se completa reconstruye una nueva esquirla mucho más grande.
En mi sueño yo abro el telón y espero. Me concentro en la obra. Mucho me concentro, sabe. A veces pienso que si pudiera en esos momentos me despojaría de toda idea previa, pero es imposible, uno es esclavo de esas cosas.
Me concentro, le decía, y enseguida me doy cuenta de que la obra intenta desintegrarme. Trato de defenderme quitando la vista del escenario. Así he logrado obstruir muchas batallas. Pienso mucho en eso.

– Al quitarle la vista le quita valor.

Un simple desprecio aleja las manías de preguntar y de responder. Es una manera práctica y efectiva de salir de ahí.

– ¿Preguntar y responder son manías?

¿Cuántas veces tengo que decirle que no sé cómo decir de otra forma todo lo que le estoy diciendo? ¡Claro que son manías! Como leer un libro con un lápiz en la mano para subrayarlo, para anotar al margen. Claro que no sucede con todos los libros pero cuando sucede es desesperante la necesidad de tomar posesión. Con las preguntas pasa lo mismo. Y también con las respuestas. Todo es un ajedrez.
En mi sueño sólo sería cuestión de levantar la cruz de madera, desenredar los hilos y manejar los trebejos como si fueran marionetas, pero por alguna razón no puedo hacerlo.

– Prosiga.

A veces el sueño cambia, empeora, y la insistencia de las preguntas me obliga a ser egoísta y a mostrarme en todo mi esplendor. En esos casos las preguntas intentan poseerme y no responderles es mi modo de preservarme. No me doblegan, nunca lo logran, sabe, y entonces en mi sueño me aparto de lo que queda de esa noche magistral de teatro. Me retiro, retrocedo. Ofrezco piezas sin valor. Humo gris. Intento escapar de la sala, del pasillo. Todos me persiguen. Bajo las escaleras, enderezo las luces y los cuadros y sigo corriendo. Corro hasta una esquina. Ahí me espera un carro al que le ato un globo aerostático. Me trepo en él y comenzamos a carretear. Unos metros después, se eleva. Contengo la respiración. Sigo volando unas cuadras más hasta que ellos se cansan de correr y desaparecen. Vuelvo a respirar pero me ahogo, toso. Cada letra que regurgito cae y quiebra una baldosa. Es un discurso brutal y siniestro.
Entonces me duermo en mi propio sueño y descanso un poco aún sabiendo que mañana estaré hablando con algún otro que querrá otra vez revelar todas mis poses.
¡Un juego tan estúpido es tratar de entender! Siempre resulta en un final absurdo. Por suerte es sólo un sueño y los sueños no duran demasiado.

– No pueden durar demasiado si tenerlos es siempre detenerlos.

Nadie los detiene. Ellos simplemente se cansan antes que yo.

Para el paciente, preguntar es intentar poseer y no responder es preservarse. Su historial clínico espera ser unido por algún fervor literario en un relato medianamente descifrable. Nunca alcanzará a ser libro y no por falta de calidad sino porque él mismo así lo solicita.
(para mí es suficiente bajo este formato, para otros sólo será evocable el día que su historia se deje domesticar como un perro cuyo lomo sepa describir una posición entre aquellos bellísimos ejemplares en los estantes de la biblioteca)