Velado (en blanca noche)

Mal día hoy para los paraguas. Y hay un escarabajo caminando por la protección.

Se quedaba siempre un rato más. Siempre fantaseando vidas en donde eso estuviera permitido. Disfrutaba haciéndolo.
Yo anotaba en mis libretas cada avance tras amarlo. Después lo abandonaba en una cama fría y grande y me vestía.
Sin mirarlo.
Él había estado ensayando casualidades aquella noche dejando que sus ojos cayeran por azar sobre tres de las tres millones de palabras que había para elegir. De a dos veces por minuto, al rato ya tenía suficientes. Como para armar algo, decía.
Llenaba cajas con los resultados y esperaba a que alguien se le atreviera y pidiera permiso para jugar. Y siempre había alguien dispuesto.
(esa gente a la que uno jamás invitaría)
Pero nadie sabía qué hacer con sus cosas una vez abiertas las cajas.
Creo que lo salvó de la soledad más extrema el hecho de que yo estuviera siempre ahí para explicarles a todos cómo se usaban. Igualmente siempre me resultó complicado hacerle entender a la gente que su voz, ese viento cargado con arena, no era de balas, y que mis bombas no son nunca una amenaza, y todas las mañanas encontrábamos que algunos se habían ido (o suicidado).

Recuerdo que en algún momento de esa noche me subí a la calesita vintage y abrí los ojos para esquivar a la sortija.
Y volví a mi mesa sin pensarlo. Y volví a mi casa sin saber volver.
(nunca se sabe)
Y me senté.
El juego no pudo marearme, les dije.
Y les recé (a más de tres dioses diferentes) para que le dieran la fuerza, toda la magia que le hacía falta.
Pero ellos, ellos no le veían al juego nada especial.
¡Y no se iban nunca! Y me hablaban y me hablaban…
¿Qué decían? ¡Querían hacerme creer que me falta libertad!
Pero si yo había ido a la cocina…
Y a un programa de televisión en el que un conductor me paseó por varios temas en los que muchas mujeres no se atreverían ni a pensar…
Y también convertí montones de papeles en aburridos tesoros que ahora me hacen compañía…

Y él lo supo. Nunca entendí cómo, pero él se enteró y vino a buscarme a mi casa de encierro.
Tratá de comportarte como si no estuvieran ahí, me dijo, los dioses son sólo un interminable deambular de sombras.

Decidimos dormir en la cocina. Analizamos la situación. Deberíamos correr esos hierros a un costado (cuándo los habríamos puesto ahí?)
Íbamos a tener que dormir abrazados.
Nuevamente.
(nos dábamos cuenta de lo solos que íbamos a parecer si no nos abrazábamos durante esa maldita sensación como de estar cayendo)
Nuevamente.
Había poderosas oscuridades que nos unían.

Entonces los oímos. Habían vuelto.
(tampoco yo los había escuchando acercarse)
Volvían con buenas palabras y sin dejar de sonreír. Los hombres de la cena jugaban a ser buenos.
Cuando alargó la mano hacia el interruptor, para asustarlos, hacerlos reír, o ambas cosas, y se puso a contarles que ya no podía, que ya nada tenía sentido, no me quedó claro por qué me pareció que había ganado.
¿Cuántos minutos le quedarían de vida?
Entonces lo tomaron del brazo y le hicieron levantar las cajas, esos bloques de nada, y él no entendía de qué mierda le estaban hablando ¡Éramos toda gente tan bien educada!
Se quedó un rato secándose la cara y jugándoles con las cajas. Esta vez el juego consistía en desmantelarlas pero, para variar, nadie entendía nada.
Dejó que su boca se le llenara de golpes y de agua y se desbordara. Una creciente flor roja insistió. Era mi cara, ahí, dibujada, que nunca le había dejado de quemar ni de doler.
Y el tiempo no se iba a detener.
Hay personas que nada más viven, sólo que no lo saben.
Pero él no quería vivir (quería evitarse los nervios de pensar que tras las puertas pudiera haber cosas con dientes)
Escuchó, sin embargo, cómo yo les explicaba mis razones. Un esfuerzo inútil, pero algo, cualquier cosa que nos permitiera continuar.
Tristemente.
No servía de nada hablar ni intentar que ya no le pegaran más.
Sé amable, no muestres tu miedo porque pueden olerlo, me dijo al oído a pesar de que hablar nos estaba permitido.
Entonces se levantó de la mesa, me pidió que no me asustara, y se puso gritar y a disparar contra todos los hombres a los que nadie había invitado y contra los dioses y a las paredes.
Yo flotaba.
Cortemos acá la lectura. No vale la pena. La reparación es más sentimiento del que puedo sentir. Esto termina mal. El cazador es la caza misma.
Me dedicaré a pensar en eso hoy. Esta tarde. Si, y a cantar bajito.

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11 comentarios to “Velado (en blanca noche)”

  1. LIVIO Says:

    Ahora voy a soñar con las cosas con dientes que acechan tras la puerta!
    No te leo más.

  2. Laviga Says:

    No lo soñés!!! ieeee eh eh eh
    (los ojos ciegos bien abiertosss…)

  3. Moro Says:

    El montaje final es muy curioso, es en verdad realmente entretenido…

  4. LIVIO Says:

    El indio se la come cerati se la da!! ja ja ja… el mundo al revés

  5. Moro y Billy Says:

    Es que este post es para tipos que no duermen por la noche, Livio

    (qué harán, qué harán?)

  6. El Chico del Horóscopo Says:

    Hoy te sentirás especialmente aventurera, Laviga. Las mismas viejas calles y edificios en la misma vieja cuidad de repente se cernirán sobre ti. Por consiguiente, simplemente deberás raptar a tu pareja sentimental, subirse a un auto y partir hacia las montañas o el océano. Seguramente necesites un descanso, has estado trabajando muy duro y probablemente te será beneficioso pasar un tiempo al aire libre o comer un asadito. ¡Manos a la obra!

  7. Laviga Says:

    En fin… creo que voy a optar por lo del asadito.
    Qué llevo?

  8. Matu Says:

    ¡¡¡Qué lindo cuento de Navidad!!!
    ¿Cuándo van apareciendo los fantasmas?

  9. p. Says:

    el montaje final es muy curioso…

  10. p. Says:

    carajo, tarde.
    perá…
    un buen par de ojos de vidrio y tu mirada tiende a mejorar…

    ahí vamos…

  11. Laviga Says:

    no mires por favor!
    (no lo borrréeee, ieeee eh eh eh)
    Todo tiende a mejorar. Dicen.

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