Existe algo que sombra, que produce un volumen que emite una distancia, pero es tenue. Tan solo un instante.
Dejé de temerle a la Máquina de Orán por si acaso la ferocidad naciera de la aprensión misma y para mi propia destrucción y desgaste imaginario. Por si acaso de ese miedo hacia la forma tan bestial con el que su ritmo enguantado nos arrancaba las costillas como pétalos.
Ya lo sé, eran miedos exagerados (fundamentalmente porque ya en aquel tiempo yo había entendido que La Máquina era para nosotros un artefacto muy útil).
Ella se dedicaba a devorar todo aquello que le parecía perfecto, dejando a la vista, y como única existencia, humanos incompletos, decrepitudes, síntomas y búsquedas insaciables.
En ella encontraba yo la dulzura natural de todos los algo que no son nada pero a la vez tan necesarios como lo es la palabra exacta adentro del verso inevitable.
En La Máquina.
- Tres y diez y usted acá, mirando. La laguna se seca, el chalet se seca, las plantaciones, y usted acá mirando.
La Máquina.
Ella se nutría de plexos que no se resfriaban, que respiraban hondo sin asmas ni miedo. De pechos descapotados, de pechos pecera, despechos pájaro. Los cortaba al bies hasta que dejaban de reír, hasta que nimios, hasta que accesorios, hasta que el cuello o hasta que alguien, más aterrado que yo misma, la apagaba o le envenenaba de óxido la espalda para que durante un tiempo, al menos, no pudiera trabajar.
Entonces el desconcierto general, las corridas, el delivery urgente de prendas de hospital para salvarla.
- Si muere, volverá el pájaro de espuma sobre la quietud de las cosas y se reirá satisfecho de nosotros imperfectos por debajo del eclipse.
¿Cómo se podría convivir nuevamente con los pájaros de espuma? ¿Cómo con el pecho tan desahogado?
Sobre las últimas tejas, las del borde, se posaban a esperarla las cunas y los tejidos blandos; sin sonido ni violencia, en silencio, la esperaban sin llegar ni a rozarle su mano dormida.
Todos nos arremangábamos hacia los pulmones. Los mecánicos y las anguilas avanzaban por sus fisuras como paridos hacia adentro. Epidurales metálicas en su boca monedero. Pulpa ansiosa de llanto donante. Lluvias de sed legítima y efectiva por las venas. Todo lo que hiciera falta para recuperarle la salud a La Máquina.
Se me borran fechas, la mayoría de los nombres, los detalles. Sólo recuerdo que yo ya no le temía y que los curiosos acontecimientos que constituyen el tema de esta crónica se produjeron en el año 194… en Orán.
Julio 16, 2008 a las 5:25 pm |
Una (1a) sola clase bastó para que me salieras escritora de cuentos. ¡Qué orgullo!
Julio 16, 2008 a las 5:33 pm |
¿Cómo se podría convivir nuevamente con los pájaros de espuma?
Protegiéndolos del viento
Julio 17, 2008 a las 9:15 am |
Luc, es que los datos que diste fueron fundamentales. Yo pensaba que si o si había que empezar con “Había una vez…”
Matu, alguien en Orán propuso la idea de usarlos de esponja, pero andá a atraparlos! (no sabés como refalan).
Julio 18, 2008 a las 5:57 pm |
“En ella encontraba yo la dulzura natural de todos los algo que no son nada …” hubiera mirado en el cajón de la mesita de luz, que para esos menesteres, es fantástico y menos riesgosa que ese espanto tecnológico
Julio 21, 2008 a las 12:10 pm |
Si, claro. Como si la existencia de la Máquina de Orán dependiera exclusivamente de mí. Estaba y se usaba y todo el mundo chito la boca. Nadie se hacía planteos sobre mesitas de luz o kioscos. No entendió que la onda era que nada fuera perfecto?